Cogi con un masajista negro colombiano
Diego creyó que era una buena idea llevarla a Cartagena, pero la piscina vacía y la soledad de la mañana trajeron a otro hombre. Cuando el masajista tocó su puerta, Nicole sabía que no volvería a ser la misma esposa. Esta vez, el placer tiene precio y no hay lugar para la culpa.
Poco antes de la pandemia, Diego tuvo un Congreso de Ingenieros en Cartagena - Colombia. Lo enviaba la empresa con todo pagado. Le pareció buena idea que lo acompañara y aprovechando que tenía el hotel pagado y los viáticos y solo debía pagarme los pasajes, parecía una excelente idea.
No nos hospedamos en el hotel donde era el congreso, sino en uno muy cerca, con una hermosa piscina y unas bellas vistas al mar. Llegamos el martes poco después del mediodía y aprovechamos para almorzar en la ciudad amurallada y visitarla. Un hermoso lugar y realmente la pasamos muy lindo.
Por la noche hicimos el amor y tras un día tan bonito tuve un orgasmo real con él. No necesité fingir y me sentí muy bien. Me quedé dormida rápido. A la mañana siguiente, cuando desperté, Diego ya estaba listo para bajar a desayunar y salir hacia su evento. Decidí acompañarlo. Me puse un short y un polito y bajamos a desayunar juntos.
Era un impresionante desayuno buffet, pero él tuvo que irse rápido y me quedé a desayunar sola. Mientras desayunaba me llamó la atención un moreno fornido. En pantalón blanco y polo blanco. Un hombre robusto con una piel que me calentó al verla. En Perú hay negros, pero muy pocos y es raro verlos por la zona donde vivo y me desenvuelvo.
Cuando me levanté para volver a la habitación me abordó y me dijo que ofrecía el servicio de masajes. Me dijo que por $ 50 me haría un masaje integral de una hora y
que me regalaría quince minutos más. El morbo de sentir sus manos sobre mi cuerpo me tentó y acepté. Me preguntó el número de mi habitación. Volví a ella y él fue por sus implementos.
Unos diez minutos después tocó mi puerta, le abrí. Puso sobre la cama una colchoneta que tenía un espacio donde acomodar la cabeza. Me hacía y sigo haciendo masajes en Lima, pero siempre con mujeres. Esa era mi primera vez con un masajista hombre.
Me indicó que me desnudara y me quedara en ropa interior. En ese momento vino a mi mente que la noche anterior había cogido con mi esposo y que esa mañana temprano había hecho mis necesidades. Sentí vergüenza y estuve a punto de decirle que le daba $ 20 y que me disculpe, que recordé que tenía algo que hacer. Tras unos instantes de duda decidí hacerme el masaje, al final (pensé) era su trabajo y seguro no era la primera mujer que tocaba sucia.
Me desnudé y me quedé en tanga. como cuando me hacía masajes en Lima. Me acosté sobre la camilla y acomodé mi cabeza en el vacío disponible.
Comenzó presionando mi cabeza y luego fue bajando, masajeándome el cuello y los hombros. Cuando llegó a mi espalda, me quedé dormida.
Cuando desperté, él me había sacado la tanga, sin mi autorización. Había separado mis piernas y me estaba estimulando suavemente el culito y la vagina. también sin mi autorización. Estaba tan relajada con sus masajes que había llegado a ese punto sin que yo me diera cuenta, pero la excitación me había despertado.
Sentir sus dedos gruesos acariciándome allí abajo era demasiado estimulante. Él se dio cuenta que había despertado y que titubeaba. En ese instante de duda me penetró con uno de sus dedos. Comencé a gemir inmediatamente y me metió un segundo dedo.
Me dijo “señora Nicole, por $ 50 más puede probar una buena verga de un negro colombiano”. Jamás le había pagado a un hombre antes. Algunas veces había aportado para las cenas o los hoteles, o las discos y las bebidas; pero pagar como tal nunca. En ese momento estaba desnuda, en la habitación de hotel que compartía con mi esposo, con un negro colombiano mastubándome. Acepté. Le dije que le pagaría.
Sacó sus dedos de mi vagina. Y antes que reaccionara, con sus fuertes manos me levantó por la cintura y colocó dos almohadas debajo mio. Estaba boca abajo, con el culo muy levantado.
Se colocó encima mío y sobó su pene entre mis nalgas. Sentí en ese momento su inmenso tamaño. Se puso un condón con espuelas y me penetró por la vagina. El grosor de su pene con las espuelas me hicieron volar.
Él me metía la lengua al oido mientras tanto y empezó a hablarme mientras me cogía.
Señora Nicole, siente la diferencia con su marido..
si, si, si la siento, es tan grande la tuya
ayer con él, hoy con un negro
si, y te estoy pagando por eso
Señora Nicole, ¿le gusta?
si, demasiado…..
Tuve mi primer orgasmo y él siguió hasta que tuve el segundo. Luego se levantó y como si fuera un juguete me cogió, me dio vuelta, me acomodó al borde la cama, puso mis piernas sobre mis senos y él de pie empezó a cogerme. Le miraba su cara y su color de piel, sus labios gruesos, su cabello y me excitaba.
le gusta coger con un negro
si, me gusta, me encanta, te adoro
ha probado antes otro negro
no, nunca, nunca, eres el primero
le gusta mi verga grande
si, me encanta
¿vale sus cien dólares?
si, si si…lo valen, vale todo tu pinga….
y tuve el tercer orgasmo. No puedo decir que en ese momento perdí la conciencia. Seguía allí, pero perdí el sentido de la realidad. Él me movía y acomodaba como le daba la gana, en perrito, boca abajo de nuevo, de costado, me hizo cabalgarlo, no se cuantos orgasmos tuve hasta que sonó su alarma y me dijo “tiempo cumplido, me tengo que ir”.
Entró al baño, se duchó muy rápido. Cuando salió le entregué cien dólares de los que Diego me había dado para mis compras. Cuando salía le dije gracias me miró y sonrió.
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