Invasores y nativos. 12
Sam sabe que su libertad está a punto de ser reclamada por el ejército alienígena. Mientras su esposa le ofrece huir juntos, él debe decidir entre el exilio o someterse a una misión que podría separarlo de su familia para siempre. En medio de la lluvia y las confesiones, el amor se mezcla con el deber y la supervivencia.
Esa noche Sam lamió los pétalos de sus esposas hasta que estallaron mientras ellas contribuyeron en la caricia al besarse o prodigarse caricias y chupadas en las tetas. Luego se alternaron en ser penetradas, estallando varias veces cada una hasta que Sam se descargó en el cuerpo de Mikane consiguiéndole cinco estallidos más.
- ¡Hijo mío! Cada vez me haces disfrutar más. – Afirmó mamá sonriendo entre suspiros para recuperar el aire. - Casi llego a la Charca Primordial. ¡Creo que la he visto!
- No te vayas, mamá. Me gusta que nos amemos.
Contestó Sam entre sonoros suspiros.
Descansaron un poco, en ese tiempo Sam abrió las duchas para alivio de las esposas. Luego estuvieron un rato abrazados hasta que, tras las renovadas caricias y penetraciones por turnos con sus nuevos estallidos, esta vez Sam se descargó en el cuerpo de Mileada. La cual estalló cuatro veces seguidas coincidiendo con las eyaculaciones de Sam.
- ¡Cariño!
Repitió esa palabra en cada descarga que la inundaba.
Por la mañana una agradable sensación despertó a Sam. Abrió los ojos y descubrió a Mileada chupando su miembro. Mejor dicho, su esposa tenía la polla de Sam totalmente dentro de la boca ya que no estaba erecto del todo.
- Por favor, cariño. – Protestó Sam. - Déjame descansar.
- Es algo que tenía pendiente de cuando vi que lo hizo mamá hace unos cautes.
Contestó su esposa sonriendo, pero sin dejar de chupar ese pene hasta que el grosor impidió que lo tuviera dentro de la boca.
- Vale. Bien, me gusta, pero se supone que tengo que descansar. ¡Yo sí que iré de cabeza a la Charca del Principio!
Por la puerta al nido apareció Mikane. Venía de preparar el desayuno y al ver a sus esposos decidió unirse a lo que llamó fiesta. Se quitó el calzón quedando desnuda también y se acercó a la pareja.
- Hija mía, déjame un poco. Que también me gusta.
Las dos se afanaron sobre el pene de Sam que inmediatamente se puso mucho más duro. Al poco Mileada estalló aportando gran cantidad de crema que sirvió para lubricar el pene. Poco después lo hizo Mikane aportando más crema. Así una vez más cada una. Cuando Sam culminó llenó las bocas de las hembras con su esencia que volvieron a estallar de gozo.
Las hembras se acercaron a Sam para abrazarle. Mamá murmuró:
- Gracias por el desayuno.
Mileada acercó sus tetas sobre el rostro de Sam y dijo mientras se estrujaba las dos tetas inferiores aportando así más crema.
- Toma, cariño, desayuna tú también.
- ¡Uf! Cariño, me vais a matar.
Murmuró Sam mientras recibía en su boca tan sabroso manjar.
Aquella mañana Sam se asomaba a la puerta de la casa viendo que llovía torrencialmente. Estaba sentado con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el marco de la puerta. Esto es, donde no bajaba agua por las paredes y no se podía mojar. Oyó la voz de mamá ordenando que esa mañana no se podría ir a los huertos ya que la tierra estaría demasiado blanda resultando muy difícil caminar. Había que dejarlo para otro día. Como mucho podían ir a las piscinas al estar más próximas y comprobar que no se llenaran porque debían estar vacías para la llegada de las nieves. Aunque para eso aún faltaban muchos cautes.
Sam asintió, sin levantarse. Quizás fuera más tarde a ver las piscinas, pero sería por ganas de hacer algo ya que estaba seguro que las bombas de vaciado estaban bien protegidas.
Estuvo mucho rato mirando la lluvia, ya fuera la que golpeaba los charcos o que se veía sobre la oscuridad del cercano bosque. Aunque en verdad estaba recordando cuando siendo más joven compartía una tienda de lona con sus padres en aquel campamento militar. En aquellos días la lluvia, tan necesaria en todas partes para la recuperación del planeta tras la guerra entre humanos, representaba suciedad, incomodidad, malhumor y discusiones. Mientras que ahora era la aportación natural de lo necesario para la prosperidad de la granja, de la familia Mikane.
Recordó el rostro de su madre en diversas situaciones, sonriendo, seria. Escondiendo el rubor ante las cariñosas palabras de papá. Y la cara de desafío al negarse a satisfacer sexualmente a aquel soldado con el que compartieron el último camión. Poco antes que desapareciera al salir en busca de un camino por donde escapar.
¿Qué fue de papá? Seguramente fue alcanzado por los Cueros antes de poder salir del campamento.
Aquel día, que también llovía, sabía que su padre se encontraba trabajando en el taller de camiones situado a un extremo del campamento, por donde casualmente esos bichos iniciaron el ataque. Nunca sabría que el ataque de los Cueros fue motivado porque un guardia, desde su torreta vio a un cuero, y sintiendo rabia por su sola existencia, le disparó. Acertara o no motivó que se acercaran más y al poco eran más de cien.
Recordó las prisas, los gritos. Su madre ordenando que la siguiera, pero luego fue al revés, él tiraba de ella al ser más ágil.
Un blindado se movía acelerando y al pasar por su lado se subieron. Mejor dicho: Sam se agarró a un asa y se colgó sin soltar a su madre. La lluvia resultaba muy molesta, pero no quería aflojar. Inesperadamente el vehículo se detuvo y así subió un poco más y desde una mirilla les descubrieron. Alguien abrió la puerta…
Desechó ese pensamiento, y se recreó imaginando que los dos están bien, papá y mamá se reencontraron y viven juntos en un campamento. Algo casi imposible, pero agradable de imaginar, de soñar.
Casi despertó de sus recuerdos, ya que algo similar notó cuando Mileada pasaba por su lado. Como siempre iba casi desnuda al llevar únicamente ese calzón, se protegió los pies con sus sandalias y se situó debajo de la lluvia que ya no era tan abundante como poco antes. Alzó los brazos y el rostro. Al poco se puso a bailar y tararear algunas canciones.
Mikane se asomó y riendo se unió al juego de su hija. Cantaban, bailaban, reían. A veces mamá intentaba imitar algunos pasos de baile de su hija, pero tras unos divertidos equívocos regresaba a las danzas más populares. Y el corazón de Sam volvió a ser feliz: estaba en casa con sus esposas.
"Creo que tengo veinte años y vivo con dos mujeres que me aman. Esto solo puede pasar aquí, en una comunidad de extraterrestres, de Sorevan. Este es mi hogar. Esta es mi familia".
Unos sextos de seis más tarde Mileada estaba repasando anotaciones de su trabajo, ante algunas hacía un gesto de desagrado y añadía otras notas marginales, mientras tanto madre e hijo estaban en la habitación repasando las tuberías de las camas piscinas, parecía que había un atasco por algún sitio.
- En este tramo no es. – Dijo serio Sam mostrando un trozo de tubería que marcó con tinta. – Voy con el siguiente.
De pronto Mikane y Sam oyeron gritos y risas en el comedor, y mamá se asomó a ver por qué Mileada causaba tanto alboroto. Se unió a los gritos al ver a su hijo Miteno. Corrió a abrazarlo.
Poco más tarde los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa saboreando un tazón con néctar tibio.
- A ver hermanito. Cuenta qué haces aquí que eso que tienes unos cautes libres no cuela. - Pidió Mileada sonriendo. - Recuerdo que dijiste que tardarías todo un cautón. ¿Verdad que te han echado? – Añadió empleando un tono de voz punzante. - Seguro que has hecho una trastada y te han echado.
Miteno iba a replicar, pero cambió el talante diciendo que sí, que le habían echado del Centro de Investigaciones Avanzadas.
Los gestos en los rostros de madre y hermana mostraron gran asombro. Y además el de Mikane parecía a punto de llorar.
Miteno continuó hablando:
- Me han echado para que vaya a Eje Sur, mi nuevo destino. ¿Os acordáis de esos cursos extra que hice? Sirvieron para que me saltara el próximo Cautón. Paso a trabajar en el centro de astronáutica. - Se mostró muy alegre y añadió rápidamente. - Pero no nos confundamos. ¿He? Dudo mucho que me haga astronauta. Mi vida quedará limitada en hacer cálculos y revisar aparatos. Además, tengo que asistir a algunas clases imprescindibles, que bueno, sustituirán al curso que me salto.
- ¡Naves espaciales!
Murmuró Sam entre sorprendido y admirado.
- Debes ser muy bueno haciendo números. - Mileada tenía ganas de bromear. Y sin dejar de sonreír preguntó: - Veamos hermanito... ¿Cuánto es dos más dos?
Mikane ya devoraba a besos el rostro de su hijo. El cuál iba retrocediendo poco a poco mientras protestaba diciendo que ya no era un crío, hasta que quedó atrapado contra la pared. Al poco el agua que bajaba por los pequeños surcos de la pared mojaba a los dos.
Sam permanecía sentado en su silla especial, pero tenía ganas de aportar algo.
- Espero que hayas tenido un buen viaje. Con semejante tiempo los caminos deben estar muy mal.
- El viaje… pues ni me enterado del tiempo que hace hasta llegar a la colonia. He venido en un… transporte militar. Aterrizó en la explanada frente el centro de vigilantes. - Señaló a Mileada para añadir: - Me ha traído a casa un compañero tuyo que no ha querido salir del vehículo a saludar para no mojarse la ropa.
Mileada fue la primera en darse cuenta que la presencia de su hermano en la colonia era algo casi oficial, aunque no llevara uniforme. Quizás fuera alertada por su instinto como Vigilante. Llena de curiosidad preguntó directamente, provocando que su madre y Sam se interesaran en la respuesta, pero Miteno respondió que ya hablarían al día siguiente.
- Ahora tengo que informar a mis jefes que estoy aquí y averiguar si todavía tengo una habitación en esta casa.
Mikane acompañó a su hijo a su habitación mostrando que nada habían tocado. Todo estaba tal como lo dejó. Se sentó en la cama piscina de su hijo que había sido conectada poco antes, esperando que pudieran hablar más.
Miteno mostró la pantalla de su ordenador para que mamá pudiera ver que le había hecho un depósito de quinientas Tablas. Aseguró que pronto haría otro cubriendo así los gastos que hizo para su estancia en Lago Oeste.
- ¿Ya tienes sueldo? ¿Tanto ganas?
- Bueno, verás, me he quedado limpio, pero sí, mi sueldo cómo técnico no está mal. - Se puso serio al añadir. - Perdona mamá, pero no puedes oír lo que tengo que hablar con mis jefes.
- Pero si eres un crío.
- Bueno, casi no. Pero ya tengo credenciales que… perdona no puedo decirte más. - A Miteno le dolía tratar así a su madre. - De verdad mamá perdona, quizás mañana pueda contaros algo.
Mikane salió de la habitación seria. Cerró la puerta y mirando a sus otros hijos murmuró:
- Lo han cambiado.
- Lo sabemos. - Dijo Mileada, seria, casi enfadada. - Nadie que está de vacaciones informa al jefe que ya está en la casa materna. Ha venido por algo que no tardaremos en saber porque le voy a retorcer un brazo hasta que me lo diga. – Miró la puerta cerrada de la habitación de Miteno, luego por la ventana, continuaba lloviendo. Cambió de talante al añadir: - También me tiene que decir el nombre del compañero que lo trajo para agradecerle tan gran favor.
Poco más tarde Miteno se reunió con la familia. Todos se quedaron mirándole, haciendo una muda pregunta, y sonriendo afirmó que ya podía contar todo. Le habían autorizado.
Mikane sonrió levemente y señaló que ocupara un asiento junto la mesa del comedor.
- Luego, que ahora vamos a comer. Veamos si todavía te gusta el sionma que preparo.
- ¡Ni te imaginas cuánto lo añoro!
Por fin Miteno explicó a su familia lo que pasaba y el verdadero motivo de su visita.
- Además de ir a Eje Sur por cuestiones de mi nuevo trabajo… está que se ha encontrado un cuartel medio militar y científico humano, esto es de los nativos. Son unos cien. No sé los detalles exactos, pero al parecer estaban a punto de morir por inanición. Se les entregó comida y combustible para que pudieran poner en marcha los calentadores. Y ahora hace falta un traductor.
Miró a Sam y descubrió a su hermana que le cogía de una mano. Seguían siendo pareja algo que en principio no le preocupaba. Pero Sam era tan grande… Continuó:
- Alguien entre mis jefes metido en política o en el ejército se enteró que sé algunas palabras humanas y me preguntaron cómo las aprendí. - Señaló a Sam. Y el aludido se sintió como si lo incriminasen. - Hablé de ti, hermanito. Y ya ves, me enviaron a buscarte para que hagas de traductor y enlace. - Añadió rápidamente. - Puedes negarte, claro. Pero creo que estaría bien que colaboraras.
Sam quedó pensativo en silencio. Realmente no sabía qué hacer o si realmente tenía posibilidad de elegir. Por otro lado, sabía gracias a insinuaciones del jefe de vigilantes que desde Supremacía le vigilaban, y que ellos mismos debían informar de vez en cuando. Ahora era el ejército el interesado.
- ¿Qué se hará con esa gente?
Preguntó Mileada refiriéndose a los nativos. Tenía miedo que obligaran a Sam a quedarse con ellos. De perderlo. Apretó con más fuerza la mano de su esposo.
- Pues son todo un problema. No los queremos como presos ni nos fiamos de alguien tan belicoso. Eso sí, nos necesitan para sobrevivir. Los llevaríamos a cualquier otro sitio, pero serían exterminados por los Mandoran de Barro. Lo dicho… Hay que enseñarles a sobrevivir como granjeros a través de alguien que sepa su idioma.
- Acabas de pulsar la tecla sensible.
Nadie entendió lo que Sam decía y tuvo que explicar que era una forma de decir que le estaba coaccionando a colaborar mediante el chantaje emocional.
- Tienes razón, hermano. Perdona. - Miteno se ruborizó. Desvió la mirada un instante antes de continuar hablando. – Se puede decir que me han aleccionado de cómo hablarte para conseguir que vengas al Sur.
- ¿Puedo responderte mañana?
Miteno asintió. Disponían de dos cautes.
Sam se pasó la tarde caminando pensativo por la granja, entre la casa y el almacén. Aprovechaba que no llovía tanto, pero aun así se cubría con un capote. Además, estuvo mucho rato en solitario en la que fuera su casa de soltero y ahora más parecía un trastero al que acudía pocas veces. Ahí lo encontró Mileada.
- Hola. ¿Puedo estar contigo?
- Sí, cariño. Gracias.
Sam se sentó y Mileada lo hizo en las piernas de su esposo. Vestía un sayón, botas y llevaba un sombrero para cubrirse de la lluvia. El calzado y el gorro quedaron en la puerta. Se abrazó al cuello de su esposo.
Tras un tiempo en el que ambos estuvieron callados, Mileada susurró:
- Si no quieres ceder a esa coacción y decides marcharte, escapar… cuenta conmigo. Yo también me voy. No puedo ni quiero estar sin ti. Cariño… Yo. No soy capaz de explicar lo mucho que te amo.
- Yo también te amo y tus palabras me llenan de gozo.
Se dieron tres o cuatro besos cortos, cariñosos.
- Verás, cariño. Ya lo he pensado. - Dijo Mileada seria. - Al vehículo vigilante le quitamos el localizador, es fácil para ti empleando mi código, y como tiene al máximo la carga energética nos puede llevar muy lejos. Donde quieras, pero creo que es mejor al sur. Y continuaremos juntos. ¿Qué te parece?
- El sur no es bueno para ti. Hace mucho calor. Es tan árido que tampoco lo es para mí.
- Me adaptaré.
Los sayones de granjero que ambos vestían pronto fueron retirados y se dedicaron a frotar y acariciar sus cuerpos.
Entre suspiros y algún gemido Mileada murmuró:
- Me gustan tus grandes manos en mis tetas.
- Me gustas mucho. Todo tu cuerpo es maravilloso.
La hembra no se dio cuenta que Sam se acariciaba con una mano para acelerar su descarga y que pudieran amarse sin que quedase dañada.
Mileada, además de cubrir el cuerpo de Sam con gran cantidad de crema, estalló seis veces antes de ser penetrada. Temerosa preguntó:
- ¿Es esto la despedida?
- ¿Despedida? No cariño. Siempre estaré a tu lado.
- Bien.
Frotaba su sexo en el duro pene de Sam. Sus pétalos se abrieron dejando que los interiores se frotasen desde la base, cerca de los testículos hasta la mitad de la barra.
Naturalmente Sam ya no podía masturbarse, y no importaba porque notaba que no tardaría en correrse. Avisó:
- Cariño me falta poco.
- ¡Bien! – Gimió en voz alta Mileada. - Llena mi cuerpo con tu esencia.
Sobre su compañero se deslizó hasta el extremo de la polla. Notó la punta en la entrada de su cuerpo y poco a poco se la introdujo. Estalló otra vez y las descargas del esposo no tardaron. Disfrutó de los cuatro estallidos seguidos en la culminación de Sam.
- Veo que me cuidas. ¡Te amo! – Se desmayó.
Estando los dos desnudos, Sam cargó con el cuerpo desmayado de su esposa hasta la piscina de su habitación en la casa de Mikane.
En ese momento nadie había en el comedor. Mikane ordenaba algo en la despensa y Miteno estaba en su habitación.
Ya en la piscina de la habitación la lavó e hidrató, conteniéndose de chupar esas tetas que aun rezumaban crema, amarilla, sabrosa. Aún era pronto. Ya limpia la depositó en la cama piscina acostándose a su lado para dormir. Sabía que su amada no la oía cuando murmuró:
- Te amo. Y no quiero que abandones esta vida cómoda. No sabes lo duro que es ser errante. Lo sé. Lo viví poco tiempo, pero suficiente. No lo quiero para ti. Además… sé lo que es pasar miedo y hambre… No lo quiero. No lo mereces. No será tu situación si puedo evitarlo.
Recordó a su madre, el miedo de los soldados, el hambre. Rostros de amigos y de odiados, unidos por las penurias. El recuerdo parecía tener filo.
- Por lo que voy a ceder a la petición, orden o lo que sea de los militares. Puede que represente que nos separen y lo lloraré. Pero no pasarás penurias.
Se durmió sin enterarse de la ausencia de Mikane.
Poco antes Mikane, no estaba en la cocina como creía Sam, había estado hablando con Miteno. O mejor dicho se trataba de ese interrogatorio que toda madre hace a los hijos para saber cómo les va y si necesitan algo que, por una razón aún por descubrir, no piden. Con sutiles preguntas al principio y más directas conforme hablaban, Mikane se enteró que su hijo, si bien le iba formidablemente bien tanto en los estudios como en el trabajo, aún no había estado con una hembra ni acudía de vez en cuando a una Cesta.
- ¿Por qué, cariño? Estás sano y aunque no seas un macho adulto ya puedes disfrutar del sexo.
- Bueno, verás. Hace unos cautes, casi un cautón, fui a una Cesta. Nervioso entré en la sala y… resulta que… no sé. Debía haber más machos que hembras… el caso es que notaba que querían mi culo. Y… y salí corriendo.
- Ya veo, hijo mío. - Mikane se mostró seria. - Hay centros de encuentros por ahí que son descuidados en equilibrar las visitas o solamente se ocupan de cobrar la entrada sin importarles nada más.
Ambos asintieron. Mikane continuó hablando.
- Lamento lo sucedido y, perdona que sea egoísta, pero debo decirte que me alegro al ver que eres un macho que prolongará nuestra familia.
- Comprendo, mamá. Mileada y Sam son incompatibles. De su unión no pueden nacer críos. - Se quedó mirando el rostro de su madre al añadir: - Pero mamá, eres joven, guapa y en cualquier momento puede que…
Miteno quedó callado al ver el rubor de su madre y esos ojos que evitaban los suyos.
- ¡Ah! También estás con Sam. ¿No serás…? No. No eres la segunda esposa sois un matrimonio de tres. Os prometisteis fidelidad mutua los tres por igual. Sí.
Mikane se alegró de tener un hijo tan listo.
- Veo que no te resulta extraño.
- No mamá, en Lago Oeste conocí a… un buen amigo que formaba un trío, con otro macho y una hembra. Y se decía que un profesor formaba parte de una relación múltiple en la que nadie estaba de acuerdo al afirmar que eran seis o siete miembros ni su distribución. Y aquí en la colonia hay familias de composición muy variada que… - Hizo un gesto y dejó ese tema. - Pero mamá, lo que me interesa es saber es si estás bien, si eres feliz.
- Sí, cariño. Lo soy y mucho. - Le miró sonriendo al decir: - ¡Qué mayor te has hecho!
Mikane se levantó. Cogió de las manos a su hijo y lo arrastró a la otra habitación matrimonial mientras le murmuraba:
- Cariño. Tu mente, tus conocimientos científicos están muy lejos de mí, pero deja que te convierta en un macho.
Espoleado por la curiosidad y la necesidad que ardía en su juvenil cuerpo, Miteno se dejó llevar.
Debían hacerlo sobre la cama piscina porque el nido estaba seco y adecuarlo les llevaría demasiado tiempo.
Mikane no quiso comparar lo pobre que resultaba el cuerpo de un macho sorevano con el de Sam. Los volúmenes, la duración…Pero por otro lado recordó aquellos cautes con Pitape su primer y gran amor. Además, se sentía bien al aleccionar a su hijo en algo tan importante. Primero notó sus rígidas y nerviosas manos en sus tetas al mismo tiempo que juntaron sus bocas. Si bien sabía besar tuvo que indicarle algunos trucos o detalles. Le gustó notar esa lengua torpe y pequeña en sus pétalos. Tuvo que indicar cómo y que fuera más despacio.
¡Los jóvenes y sus nervios!
Recordó la primera vez con Pitape… Así estalló aportando por fin la crema suficiente para satisfacción del ego de Miteno. Luego le ofreció su culo, algo que no podía hacer con Sam y después de mucho tiempo sintió placer por ese sitio.
Animó a su hijo:
- Por este sitio puedes hacerlo más rápido si te va bien.
Como Mikane ya esperaba, su hijo culminó antes que ella estallara por segunda vez. Menos mal que tenía crema en las tetas y podía fingir que era nueva, así no ofendería al joven macho.
Tumbados uno al lado del otro Miteno preguntó:
- ¿Mamá te gusta por aquí?
- Sí, cariño, por eso te lo he ofrecido.
- ¿Les gusta por aquí a todas las hembras?
Esperaba esa pregunta.
- No lo sé, cariño. Creo que no. Pero sí a muchas. - Recordó algunos rostros de compañeras del Coro y retazos de susurradas conversaciones. - Es algo que no se pregunta directamente a nadie. Pero se deduce a lo largo de varias conversaciones. - También recordó las explicaciones de su madre, y otras charlas. - A tu abuela, mi madre, le gustaba más que por los pétalos. – Se ruborizó al reconocer: - Creo que algo he heredado de ella.
No dijo que a su padre le gustaba follarla por ahí de vez en cuando, pero con el enorme miembro de Sam, su actual marido, eso era imposible. No quiso reconocer que le venía muy bien hacerlo con él, pues ya tenía ganas porque con los dedos de Sam no le bastaba. Le gustaba notar la culminación de un macho dentro de su cuerpo que la llevara al estallido.
- No es algo que se pueda preguntar. ¿Cómo se sabe si le gustará por ahí si no lo pide?
- Cariño. Es algo que se nota durante las caricias. Además, llegado el momento sí se puede hacer todo tipo de preguntas y propuestas. Recuerda: me has hecho un montón de preguntas y te he dicho cosas que en otro momento jamás haría.
Hubo un beso y descansaron abrazados.
Al poco Miteno pidió lamer otra vez los pétalos de su madre y esta consintió. El joven debía aprender todo lo necesario para mantener a su lado a una hembra feliz y satisfecha. Esta vez como Miteno ya había sido saciado y no estaba tan nervioso, Mikane pudo aleccionar mejor a su hijo.
- Suave, cariño. Ahí siempre las caricias suaves.
Por fin disfrutó en otro estallido. Luego le indicó otra vez que no debía ser tan brusco al penetrarla entre los pétalos y al poco, el ritmo a seguir.
- Recuerda. – Explicó entre suspiros. - Si además de tu gozo consigues el de tu compañera, estará más dispuesta a repetir en cuanto se lo pidas.
- Las hembras nunca lo pedís. – Parecía una queja.
- Debes fijarte en las miradas, en las palabras.
¡Qué suave se deslizaba ese fino y duro pene! Le gustaba. Continuó con la lección.
- La que acabas de conocer o tiene pareja, por supuesto que no. La que es tu pareja, compañera o amiga quizás hasta te lo exija.
Como Mikane ya esperaba su hijo estalló cinco veces a lo largo de dos sextos de seis, y como ella lo hizo otras tantas pudo catalogar esa noche como deliciosa.
Dando por finalizada la sesión Mikane iba a elogiar a su hijo antes de retirarse a la habitación matrimonial, pero éste se anticipó.
- Mamá, tu crema es muy sabrosa.
Mikane recordó cuando su hijo era una criatura de pocos cautes y la alimentaba con su crema. Sonrió al decir:
- Bebe, cariño. Bebe toda la que quieras.
No tuvo otro estallido, pero disfrutó de la boca de su hijo hasta que este quedó derrotado sobre su cuerpo. Mikane sonrió y no movió a su hijo. Disfrutó al notar su respiración entre sus mamas durante un buen rato, como cuando era una criatura de pocos cautes. Hasta que sintió sed. Debían hidratarse recuperarse de la crema aportada. Empujó a un lado a su hijo y se levantó.
- ¿Te vas? – Miteno parecía protestar.
- Voy por agua. Tengo que beber.
Después de beber, Mikane no fue a la habitación donde Sam y Mileada dormían, sino que cargando un tazón con agua para ofrecer a su hijo se tumbó a su lado. Y durmieron abrazados después de que el joven saciara su sed.
Al caute siguiente Sam y Miteno estuvieron hablando sobre qué se iba hacer con los humanos del Eje Sur, pero Miteno tampoco sabía mucho, por lo que todo eran especulaciones.
Nada había qué hacer en la granja, pero para evitar estar quietos se pusieron a recorrerla por los caminos laterales mientras hablaban. Al pasar por el almacén se entretuvieron mirando que los esquejes de sionma crecían.
- Son tan solo unos brotes. Aún falta para plantarlos.
- Lo sé. – Respondió Miteno. - Es un trabajo que ya hacía de crío. Y me lo tomaba como un juego.
Continuaron el paseo descubriendo que en algunos árboles había algo de fruta de vodoca y se dispusieron a cogerla.
- Esta suele ser más dulce.
Llenaron una bandeja y decidieron que mamá podría hacer varios tarros de néctar.
- Aunque si es tan dulce como dices nos la comeremos antes.
- Seguro.
Mikane los vio a través de una ventana y se alegró al ver que su hijo y su esposo se lleven bien. Decidió que para comer haría algo especial, pero no sabía qué preparar hasta que recordó que hacía mucho que con comían pescado. Decidida cogió un capazo y se fue al mercado.
Era media tarde cuando Sam y Mileada se pusieron hablar sobre el comportamiento de algunos amigos de ella. Los había con los que apenas se hablaba y otros que parecía que la habían tomado por una consejera desde que llevaba el uniforme de vigilante.
- Ayer me crucé con Cimcauma y solamente me saludó cuando insistí. Debía tener decidido ignorarme. Simplemente nos dijimos hola y agitamos una mano sin dejar de caminar.
Sam dudó un instante, pero pudo decir:
- Con semejante carácter es mejor no tenerla como familia.
Mileada asintió intentando averiguar quién había cambiado de las dos. Antes eran buenas amigas o así lo aparentaban. Recordó juergas, bromas, risas… hasta que ella decidió ponerse el uniforme. Cimcauma le daba igual a qué dedicarse de adulta, simplemente lo retrasaba.
- De momento ayudo en casa. Ya veré qué hago. - Solía decir.
Ya había estado con varios machos tanto en una Cesta, como a escondidas en un almacén, huerto, el cercano bosque o el interior de un vehículo. No le importaba la edad, solamente que supieran hacer que disfrutase. Mientras que Mileada esperó a ser adulta para ir a su primera y única Cesta. Luego fue aleccionada por sus padres y compartió placeres con el macho que actualmente es su esposo. Llegó a la conclusión de que Cimcauma no tenía ganas de emparejarse, pero sí de disfrutar.
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- Relato #247815— title-regex: contiguous parts (11 -> 12)
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