La Esposa que Aprendió a Mirarse (14)-EL SUSTO
El contrato dice que el mundo verá su desnudez. Él le dice que su boca verá su secreto. La línea entre la vergüenza y el deseo se rompe antes de que ella firme.
EL SUSTO
Unos días después de la sesión fotos a la que asistieron Marta y Puri como representantes de la marca, llegó el correo electrónico de la primera de ellas, con el asunto: “Borrador de Contrato de Colaboración – Gema [Apellido]”. Gema lo abrió en la cocina, con el móvil en la mano temblorosa, y me llamó para que me sentara a su lado. Lo leímos juntos, en silencio al principio, mientras los espaguetis se enfriaban en la mesa.
El borrador era profesional, claro y detallado, con puntos que nos llamó la atención,
Tipo de fotografías: Sesión principal para el catálogo digital y físico (aprox. 25-30 imágenes finales editadas). Estilo sensual-elegante, ropa interior de la marca, se utilizaran prendas de vestir (incluyendo, entre otras, lencería, ropa interior, prendas de baño, body, mallas o similares y accesorios) que sean total o parcialmente transparentes, translúcidas, semitransparentes o de tejido muy fino, de modo que podrían permitir visualizar, de forma intencional y deliberada, partes íntimas del cuerpo (incluyendo, sin limitación, pezones, areolas, zona púbica, contorno de genitales, glúteos y/o cualquier otra área considerada erógena o íntima).Poses sugerentes pero sin desnudo explícito, curvas marcadas, insinuación de piel, miradas intensas. Todo enfocado en resaltar cuerpos reales y curvilíneos de mujeres de 30-45 años.
La modelo: autoriza expresamente el uso de prendas transparentes, translúcidas o semitransparentes que permitan la visibilidad de partes íntimas (pezones, zona púbica y/o genitales). Presta su consentimiento específico, libre e informado para que dichas zonas queden visibles en las imágenes capturadas, sin que proceda retoque que oculte artificialmente lo que originalmente era visible.
Propiedad y autoría: Las fotos serán propiedad exclusiva de la marca (derechos de uso ilimitado, comercial, publicidad, redes, catálogo, web). La autoría corresponde al equipo de fotografía interno de la marca (un equipo profesional contratado por ellos, con director de arte y retocadores). Gema cede todos los derechos de imagen y explotación comercial a cambio de la compensación. Se incluye una cláusula de no difusión por parte de Gema de las fotos crudas o no aprobadas, salvo acuerdo expreso.
Publicidad que se les dará: Uso intensivo en redes sociales de la marca (Instagram, Facebook, TikTok), web oficial, catálogo impreso (edición limitada para ferias y tiendas asociadas), campañas de email marketing y posibles anuncios en revistas locales de moda íntima. El nombre completo de Gema o un alias (a elegir) aparecerá como “modelo” en todas las publicaciones. Posible mención en entrevistas o posts de “detrás de escenas”.
Incentivos laborales a percibir:
Pago fijo por la sesión principal del catálogo: 1.800 € netos.
Bono por exclusividad durante 12 meses: 600 € adicionales.
Porcentaje del 3% sobre ventas generadas directamente por campañas donde aparezca su imagen (estimado entre 500-2.000 € en el primer año, según proyecciones).
Prendas de la marca gratis (valor aproximado 3000 €) para uso personal y redes.
Asistencias a pases de modelo: Obligatoria participación en hasta 3 pases o exhibiciones durante los próximos 12 meses (ferias locales de moda íntima, pop-ups en boutiques asociadas, eventos de lanzamiento). Duración aproximada: 1-2 horas por evento. Transporte y catering cubiertos. Pago extra por desfile: 400 € netos por asistencia.
Asistencia obligatoria a fiestas de promoción de la marca: Obligatoria asistencia a un máximo de 2 eventos sociales al año (cócteles, cenas de presentación, fiestas privadas para clientes VIP o influencers). Duración: 3-4 horas. Vestimenta proporcionada por la marca. No es desfile, sino presencia como “embajadora”, fotos con invitados, redes sociales en directo, interacción. Pago extra: 300 € netos por evento + gastos cubiertos.
Al final del documento, una cláusula de confidencialidad y otra de cancelación, si Gema se arrepiente antes de firmar, sin penalización. Si firma y luego cancela, devolución proporcional de pagos ya recibidos.
Gema dejó el móvil en la mesa, respiró hondo y me miró con los ojos verdes brillando.
—Joder, Javi… es real. 1.800 por la sesión, bonos, porcentaje de ventas, desfiles, fiestas… y mi nombre en todo. Fotos mías en lencería por toda la web, en catálogos, en redes… y la gente de aquí, la familia, los vecinos… todos lo van a ver. Me da un vértigo brutal… pero me pone tanto que estoy temblando.
Se levantó, se sentó en mi regazo de espaldas y empezó a moverse despacio, frotando su culazo contra mi polla que ya estaba dura.
—El jueves hacemos la sesión de exteriores hot… para nosotros. Quiero sentirme expuesta antes de que el mundo me vea de verdad. Y cuando firme esto… ya no hay vuelta atrás.
La agarré por las caderas, subiéndole la camiseta y bajándole los leggins.
—Y cuando vuelva de la sesión de exteriores —gruñí, penetrándola despacio—, me cuentas cada detalle del riesgo, del viento en el coño. Y luego… firmamos. Porque esto ya no es solo morbo. Es tu cuerpo en el mundo. Y yo voy a estar aquí, follándote cada vez que alguien te vea y se corra pensando en ti.
El aire ya estaba cargado de sexo crudo. Gema no esperó ni un segundo, se levantó de la silla con los ojos encendidos de puta en celo, me agarró de la camiseta con las dos manos y me estampó contra la encimera tan fuerte que los platos tintinearon. Sin decir ni media palabra, se dejó caer de rodillas en el suelo frío, me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón salvaje hasta los tobillos y se tragó mi polla hasta la raíz como si llevara días sin comer.
Chupaba con rabia animal, saliva espesa resbalando por la barbilla, los labios hinchados y rojos alrededor de mi polla, intentando que ésta le tocara el fondo de la garganta. Gemía como una zorra desesperada, la saliva le caían por la cara, mezclándose con lágrimas negras de rímel que le corrían por las mejillas. Le agarré el pelo con las dos manos, tiré hacia atrás con fuerza para que la cabeza se arqueara y le follé la boca sin piedad: profundo, rápido, golpeando mi pelvis contra su cara, hasta que se le marcaban las venas del cuello y los ojos se le ponían en blanco de esfuerzo.
—Trágatela toda, puta asquerosa —gruñí, embistiéndole la garganta hasta que sentí que iba a romperla—. Quiero que te ahogues con mi polla antes de firmar ese contrato.
No aguanté más. Saqué la polla de su boca con un sonido húmedo y asqueroso, un hilo de saliva colgando entre sus labios y mi glande, y le solté chorros gruesos, calientes y abundantes sobre la cara y las tetas. El primero le cruzó los ojos y la frente, el segundo le llenó la boca abierta y le goteó por la lengua, el tercero le salpicó la nariz y las mejillas, el cuarto le cayó directo en el pelo y le resbaló por la oreja. Otro chorro le dio en la barbilla y bajó por el cuello hasta mancharle las tetas. La cara le quedó empapada, brillante, pegajosa, con semen espeso goteando por todas partes como si le hubiera corrido encima un desconocido en un callejón.
Gema no se movió. Se quedó arrodillada en el suelo, respirando agitada con la boca abierta, la lengua fuera recogiendo lo que podía. Con dos dedos recogió un chorro grueso que le resbalaba por la mejilla, lo llevó a la boca y se lo tragó despacio, chupándose los dedos con gemidos bajos y sucios. Repitió con otro que le caía por la nariz, luego con el que le goteaba por la comisura de los labios, metiéndoselo todo en la boca como si fuera lo más delicioso del mundo. Al final se pasó la lengua por la cara entera, mejillas, barbilla, nariz, incluso se metió los dedos en la boca para limpiar lo que quedaba en las comisuras y se lo tragó todo con un gemido ronco.
—Sabe a ti… a puro vicio y suciedad —susurró, la voz destrozada de tanto chupar, la cara todavía brillante de semen seco en algunos sitios—. Y cuando firme ese contrato, Javi… cada vez que alguien me vea en lencería en la web, en el catálogo, en la calle… voy a recordar esto. Que la misma boca que posa para la marca se tragó tu corrida como una cerda después de leerlo.
— Ahora túmbate en el suelo, que quiero correrme.... me ordenó-
El acto fue guarro, sucio, brutal, de los que te dejan la mente en negro y el cuerpo hecho mierda. Ya nunca hacíamos el amor, nuestros ratos de sexo, se habían convertido en sesiones de porno duro y como de costumbre Gema, terminaba masturbándose para lograr correrse, esta vez se sentó sobre mi pecho, con lo que quedaba de mi corrida aun resbalándole entre las tetas y allí con el coño expuesto a mis ojos se tocó hasta lograr correrse.
Cuando terminó, se levantó, me agarró del cuello y me besó profundo, metiéndome la lengua llena de mi propio sabor salado y espeso para que yo también lo probara. Luego se limpió lo que quedaba con el dorso de la mano, se lamió los dedos como una puta callejera y sonrió lenta, peligrosa, con la cara todavía pegajosa y sudada.
Cuando levante la mirada, el contrato seguía abierto en el móvil, y los espaguetis frios a su lado.
EL SUSTO
Al día siguiente, Gema decidió llevar su juego de sensualidad un paso más allá, como un anticipo a lo que estaba por venir. Se vistió para la cafetería como si fuera a un desfile privado. Un mono de verano con pantalón corto, ceñido cuello de pico ancho y diseño hueco, de estilo casual y de punto, ultra ceñido, que se pegaban a su culazo como una segunda piel, marcando cada curva del culo respingón y el hilo del tanga clavado entre las nalgas, se ajustaba a sus tetas medianas y altas sin sujetador marcando los pezones se marcaban claramente bajo la tela cuando se movía, y el pelo castaño claro rubio suelto en ondas salvajes. Maquillaje sutil pero intenso, se ahumó los ojos, labios rojos oscuros, y un perfume que dejaba rastro.
Cuando entró en la cafetería esa mañana, que todo ella era sexualidad. Caminaba con la espalda más recta, las caderas más sueltas, la mirada más directa. Los clientes habituales la miraban dos veces, algunos se quedaban callados, otros sonreían nerviosos. Era como si el aire a su alrededor se hubiera espesado.
El momento clave llegó a media mañana. Un hombre de unos 50 años, traje gris impecable, pelo canoso peinado hacia atrás, entró y se sentó en la mesa del fondo. Pidió un café solo, pero cuando Gema se acercó a servirlo, la miró fijamente y dijo con voz baja y ronca,
— Eres las de las fotos de Insta ¿verdad?
Gema sintió un calor inmediato subirle por el cuello, pero mantuvo la compostura, sonriendo despacio.
— Estás… espectacular. Esa silueta detrás del tul, ese culo alzado de espaldas… joder. ¿Aceptas trabajos personales? Me gustaría hacerte unas fotos privadas, solo para mí. Pagaré bien.
—¿Trabajos personales? —preguntó, inclinándose un poco para servir el café, dejando que el escote bajara lo justo para que él viera el inicio de las tetas.
Él se acercó más, bajando la voz.
—No solo fotos. Algo más… íntimo. Un encuentro. Tú y yo, sin cámaras si no quieres. Sería algo discreto. Solo placer. Dime un precio y lo hablamos.
Gema sintió cómo el calor que le subía por el cuello se transformaba en algo más afilado, en una chispa de ira contenida que le endurecía la mandíbula. El tipo la había mirado como si fuera un objeto en subasta, y ahora soltaba aquello sin filtro, como si ella fuera un capricho que se compra con billetes arrugados. Le hervía la sangre, pero no era de las que explotaban. Era de las que convertían la rabia en veneno dulce.
Dejó la cafetera con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa, y el escote se abrió lo justo para que él viera la curva superior de sus pechos subiendo y bajando con una respiración que ya no era calmada. Pero sus ojos… sus ojos eran puro hielo envuelto en fuego.
—¿Un encuentro? —repitió ella, la voz baja, ronca, casi un siseo—. ¿Tú y yo, sin cámaras si no quiero? Qué generoso de tu parte darme a elegir si grabas o no mi puta cara mientras me follas por dinero.
Hizo una pausa. El silencio entre ellos se volvió espeso, cargado. Él intentó sonreír, pero la sonrisa se le congeló cuando vio cómo los labios de Gema se curvaban en algo que no era amabilidad.
Se levantó despacio, rodeó la mesa con pasos deliberados, tacones marcando cada segundo como un reloj de cuenta atrás. Se detuvo justo a su lado, tan cerca que él pudo oler su perfume —jazmín y algo más oscuro, más animal— y sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Se inclinó hasta que su boca quedó a un susurro de la oreja de él.
—No soy una puta —dijo, cada palabra afilada como una navaja deslizándose por seda—. No me meto en la cama de un desconocido porque me haya puesto precio. Pero… —su aliento le rozó la piel, caliente y peligroso— me cabrea tanto que me tomes por una que igual me dan ganas de demostrarte lo equivocado que estás… y lo caro que te va a salir aprenderlo.
Le rozó el lóbulo con los dientes, solo un mordisco leve, casi juguetón, antes de apartarse de golpe. Volvió a separarse, tiro del mono que vestía hacia arriba y se sentó frente a él y luego cruzó las piernas, pero no lo hizo con delicadeza, lo hizo abriendo un poco más los muslos de lo necesario, dejando que viera perfectamente la raja de su entrepiérnala, su coño se marcaba perfectamente, profundo, como un valle que separa dos montañas. Era un desafío. Era un castigo.
—Mírame bien —ordenó, voz temblando de furia contenida y deseo crudo—. ¿Ves estas tetas que tanto te obsesionan? ¿Este culo que te tiene babeando detrás del tul en Insta? Podrías tenerlos… si yo decidiera que me apetece destrozarte la cabeza y dejarte temblando como un perro. Pero no porque hayas abierto la cartera. Porque yo quiera follarte hasta que supliques, y luego hacerte suplicar más. Porque me excite verte romperte sabiendo que no vales ni la mitad de lo que crees.
Se inclinó hacia delante otra vez, los pechos casi rozando la mesa, los pezones endurecidos marcándose contra el mono de punto, como si quiseran salir entre un punto y otro.
—Así que reformula esa mierda de proposición, cabrón. Dime qué harías conmigo si te dejara. Detalle a detalle. Sin rodeos. Sin “pagaré bien”. Dime cómo me tocarías, cómo me harías gemir, cómo me harías correrme… y convénceme de que vale la pena mancharme las manos contigo. Porque ahora mismo —sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y lujuria pura— solo me dan ganas de levantarme y dejarte aquí con la polla dura y el ego hecho trizas.
Se recostó en la silla, descruzó y volvió a cruzar las piernas lentamente, el roce de las piernas y el sonido de los tacones clavándose en el suelo resonó como un latigazo en el silencio.
—Tienes un minuto. Habla. O vete a pajearte pensando en lo que nunca tendrás.
El aire entre ellos vibraba. Ella no apartaba la mirada, furiosa, excitada, peligrosa. Y él… él ya no sabía si estaba aterrado o más cachondo que en toda su vida...
Gema sintió la ira estallar en su pecho como un latigazo, pero la contuvo justo lo suficiente para que no se le escapara en un grito. En su lugar, la dejó salir en una risa corta, seca, casi cruel, que resonó en el pequeño espacio entre ellos como un portazo.
Se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo. El movimiento fue tan brusco que el escote se abrió un instante más de lo planeado, dejando ver el borde oscuro de una areola antes de que ella se ajustara la tela con un gesto impaciente, como si le molestara que él siguiera mirando.
—No —dijo, y la palabra cayó pesada, definitiva.
Él parpadeó, confundido, la sonrisa congelándose en su cara.
—¿Cómo qué no? Pero si acabas de decir que…
—No —repitió ella, más despacio, más fría, clavándole los ojos como si quisiera atravesarlo—. No a tu “encuentro”. No a tu dinero. No a que me toques ni un pelo porque crees que con billetes y una erección ya tienes derecho. No a convertirme en tu puta privada solo porque te pones cachondo mirando mis fotos en las redes.
Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que sus rodillas casi rozaron las suyas. Se inclinó, las manos apoyadas en los brazos de la silla de él, encerrándolo sin tocarlo. Su perfume lo envolvió como una trampa, pero su voz era puro veneno helado.
—Te lo dije clarito: reformula. Sé específico. Convénceme. Y lo que has soltado ha sido… patético. “Quiero correrme dentro”. ¿En serio? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Ni una puta idea de cómo me harías gemir, de cómo me harías arquear la espalda, de cómo me harías suplicar por más? Solo “quiero follarte y pagarte”. Como si yo fuera un agujero con precio.
Se enderezó de golpe, retrocediendo un paso, y se cruzó de brazos bajo el pecho, empujándolo hacia arriba de forma deliberada, cruel, para que él viera exactamente lo que nunca iba a tener.
—Así que no. No voy a follar contigo. Ni por curiosidad, ni por rabia, ni por nada. Porque ahora mismo solo me das asco. Me das asco el modo en que me miras, como si ya me hubieras comprado. Me da asco que creas que mi cuerpo está en venta solo porque poso como me da lagana. Y me da asco, sobre todo, que pienses que con esa mierda de proposición ibas a conseguir algo más que una erección frustrada y una hostia en la cara.
Respiró hondo, los pechos subiendo y bajando con furia contenida, los pezones duros contra la tela fina, traicionando que su cuerpo seguía reaccionando al calor del momento, aunque su mente ya hubiera cerrado la puerta.
La conversación la tenía acalorada, él insinuando cuánto estaría dispuesto a pagar por “una tarde completa”, ella respondiendo como una mujer empoderada –Espera aqui, que te traigo la cuenta, que el café si que lo vas a pagar-. Trajo la cuenta, pago y el le rozó la mano al recoger el cambio, ella no la apartó.
—Vete —ordenó, señalando la salida con un gesto seco de la cabeza—. Y la próxima vez que quieras “perder la cabeza” con alguien, empieza por aprender a hablarle a una mujer como persona, no como un agujero con tetas. Porque conmigo… —sonrió, pero era una sonrisa que cortaba— has perdido la oportunidad para siempre.
Gema ya había dado tres pasos hacia la puerta cuando oyó el roce rápido del papel contra la mesa. Se detuvo, sin girarse del todo, solo ladeando la cabeza lo suficiente para ver por el rabillo del ojo cómo él sacaba un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta y garabateaba algo en una servilleta de papel con dedos que temblaban ligeramente. No era nerviosismo de vergüenza; era el temblor de quien sabe que está perdiendo, pero no quiere soltar la última carta.
Él dobló la servilleta con cuidado, como si fuera algo valioso, se levantó y se acercó despacio. No invadió su espacio esta vez; se detuvo a un metro, extendiendo la mano abierta con la servilleta entre los dedos índice y corazón.
—No te pido que cambies de opinión ahora —dijo en voz baja, casi ronca—. Solo… guárdala. Por si algún día te apetece demostrarme lo equivocada que estabas al llamarme patético. O por si te cabrea tanto recordar esto que decides venir a cobrármelo en persona.
Gema lo miró fijamente durante un segundo eterno. La ira seguía allí, latiendo en sus sienes, pero ahora había algo más, una curiosidad oscura, un cosquilleo de poder al ver cómo él se humillaba sin pedir perdón, solo ofreciendo su número como quien deja una ofrenda en un altar.
Extendió la mano con lentitud deliberada. Sus dedos rozaron los de él al tomar la servilleta —un contacto mínimo, eléctrico, que duró una fracción de segundo más de lo necesario. Sintió el calor de su piel, el pulso acelerado bajo las yemas. Él no apartó la mano, ella tampoco la retiró de inmediato.
La servilleta estaba tibia por el roce de su palma. Gema la abrió solo lo justo para ver los nueve dígitos escritos con tinta negra, apresurados pero legibles, y debajo, en letra más pequeña: “Si cambias de idea. Sin preguntas. Sin reproches.”
Cerró el puño alrededor del papel, arrugándolo ligeramente, sin mirarlo otra vez.
—No va a cambiar —dijo ella, voz baja y cortante—. Pero si alguna noche me aburro y me apetece destrozar a alguien… sabré dónde encontrarte.
Se giró por completo esta vez, clavándole una última mirada que era mitad desprecio, mitad promesa velada. Sus tacones resonaron de nuevo, más lentos, más seguros, mientras el ya cruzaba el umbral de la puerta.
Escucho como se cerraba la puerta tras ella, con el mismo chasquido seco de antes.
Cuando se fue, dejó una propina absurda y un papel con su número. En el interior, ella se quedó de pie, respirando hondo, con la mano conteniendo aun la servilleta que portaba aquel número. No lo tiró a la primera papelera que vio. Lo guardo, sintiendo su peso insignificante y, al mismo tiempo, extrañamente pesado.
Gema se quedó temblando detrás del mostrador el resto del día. Nerviosa, asustada, excitada. Se sentía expuesta, como si todo el mundo pudiera ver a través de ella y pensar que era “una mujer alegre”, que por un precio cualquiera podía tenerla. La idea la aterrorizaba y la ponía caliente a partes iguales. Todo estaba fuera de control, fuera de lo cotidiano de nuestras vidas.
Ese día cuando llegó a casa sobre las nueve, estaba inquieta, con los nervios a flor de piel. Me lo contó todo, la conversación subida de tono con el hombre de 50, cómo le había insinuado un encuentro íntimo, cómo se había sentido deseada y al mismo tiempo sucia por pensarlo. Terminó llorando un poco, asustada de que la gente empezara a verla como una puta en venta.
Necesitaba desconectar. Quedó para salir con sus amigas y acudir a su clase de salsa. Me parecía un plan perfecto, necesitábamos que ella se despejara. Me avisó que llegaría tarde.
Gema llegó a casa sobre las dos de la mañana, oliendo a sudor fresco, perfume barato de discoteca y ese aroma dulce y cálido que dejan las noches de baile. El vestido corto negro que se había puesto para salir estaba arrugado, pegado a la piel por el calor de la sala, y se le había subido tanto que apenas le cubría el culazo cuando caminaba. Entró en el dormitorio descalza, tacones en la mano, y se dejó caer en la cama a mi lado sin encender la luz.
Me miró en la penumbra, los ojos verdes todavía brillantes de alcohol y adrenalina, y empezó a hablar con voz baja, ronca, como si estuviera confesando un secreto que le quemaba por dentro... y empezó a susurrar en mi oido...
—Estaba bailando salsa con mis amigas… y de repente apareció él. Un mulato alto, fuerte, piel oscura brillante de sudor, camisa blanca abierta hasta el pecho, moviéndose como si la música le saliera del cuerpo. Me invitó a bailar con esa sonrisa lenta, y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando un poco.
—Bailamos pegados, Javi. Muy pegados. Sus manos en mi cintura, bajando despacio por las caderas, apretándome contra su polla que ya estaba dura contra mi culo. En una vuelta me susurró al oído, con voz grave y caliente: “Te mueves muy bien”. Me rozó la oreja con los labios, me apretó más fuerte, y sentí su polla palpitar contra mi muslo. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo moviéndome despacio, frotándome contra él sin disimulo. - Era como si el supiera leer mi mente-. Mis tetas rozaban su pecho, mis manos en su espalda, y él… joder, me mordió el lóbulo suave, me pregunto al oído, “Si quieres nos tomamos algo más tranquilos en los reservados el fondo”.
Gema se removió en la cama, abrió un poco las piernas y vi que el tanga estaba empapado, la tela oscura pegada al coño hinchado.
—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando. Pero no lo hice. Solo bailé, me dejé llevar, y cuando terminó la canción me besó el cuello. Me fui al baño después, me toqué un poco pensando en él, en sus manos grandes, en cómo me apretaba el culo… y me corrí rápido, mordiéndome el brazo para no gritar.
Se giró hacia mí, se subió encima y me besó profundo, metiéndome la lengua con sabor a ron y deseo.
—Estaba asustada antes, Javi… por el hombre de la cafetería, por lo que la gente pueda pensar de mí. Pero bailando con él… me sentí poderosa. Deseada. Como si pudiera elegir a quién follo y a quién no. Y ahora… solo quiero que me folles tú y me da igual que los demas se hagan las pajas que sean viendo mis fotos,
Le quité el vestido de un tirón, le aparté el tanga empapado y saqué el amigo de goma que Gema guardaba en cajón de su mesita de noche, entendía que necesitaba correrse, y no queria volver a defraudarla. La penetré despacio, profundo, agarrando su culazo que había bailado contra otro hombre esa noche.
—Cuéntame más —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Cómo te apretaba? ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo algo más sucio?
Ella gemía alto, clavándome las uñas en la espalda.
—Estaba bailando con mis amigas… y apareció él. Me invitó a bailar y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta, Javi. Me clavó las manos en la cintura y bajó despacio hasta agarrarme el culo con las dos manos, apretándome fuerte contra su polla dura.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando de excitación.
—Me susurró al oído, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. “Me rozó la oreja con la lengua, me apretó más fuerte y sentí su polla palpitar contra mi muslo”. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo frotándome contra él sin disimulo, mi coño mojado rozando su pierna cada vez que girábamos. Me pidió que lo acompañara a los reservados --” Quería follarme allí mismo Javi”--
Gema se removió en la cama, abrió las piernas y vi que el coño estaba chorreando, hinchado y brillante.
—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando cómo me habría de piernas. Sentía mis tetas rebotando contra su pecho. Y yo… joder, Javi, notaba como el calor me mojaba el tanga mientras bailada. Notaba una y otra vez su polla dura contra mí y sus palabras en mi oreja. Me temblaron las piernas, me apreté contra él y sentí cómo mi coño se contraía en espasmos mientras él bailaba contra mí.
Alargo sus brazos, me agarro la cabeza y la empezó contra su sexo, que ya era penetrado por aquel juguete negro, grande y que la violentaba con la ayuda de mis manos.
—Cuéntame más, puta —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo que quería comértelo? ¿Qué quería follarte hasta dejarte el culo rojo?
Ella gemía alto, clavándome las uñas en mi cabeza
—NOoooo!!!, Solo me apretaba el culo con las dos manos… solo me dijo lo de los reservados, pero seguro que quería bajarme el tanga, lamerme el coño hasta que chorree en su boca, y luego follarme por detrás, agarrarme el pelo decirme “mueve ese culo como en la foto, zorra”. Que quería correrme dentro de mí. Y yo… joder, me mojé tanto que cuando me senté después, el tanga estaba empapado de mis jugos.
Seguía follándola con aquella polla enorme de goma con rabia, profundo, sintiendo y viendo cómo se contraía alrededor de aquel rabo de mentira.
—Y ahora… eres mía —gruñí—. Firma el contrato. Deja que te vean todos. Que se corran con tus fotos. Y cuando vuelvas de esos desfiles, de que todos te vean, de las fiestas… yo te follo hasta que te olvides de todos los demás. Ee voy al follar el culo mientras piensas en cómo ese mulato quería metértela.
SIIIII!!, JODER!!! Siiii emperzo convulsionar ¡¡JODER... QUIERO VERTE FOLLARTE UNA TIA!!!, ¡¡¡FOLLATE A PURI, FOLLATE A ESA TETONA ESTIRADA!!! SIII SIIIII, SIII, siiiiiiiii!!!! Y se corrió temblando violentamente, apretándome la polla de goma, gritando el nombre de Puri, mientras sus chorros mojaban, sus muslos, las sábanas y mi cara mis muslos y la cama. Yo no aguanté más, y empecé a tocarme la polla...
-¿Quieres que te la coma?, venga.. Damela como si se la dieras a Puri.
-Joder Gema...!!
- Venga imagina como te la follarias, con esas esas tetas grandes y gordas botando y yo metiéndome la mano en mi coño mientras tú se la clavas...¿o quieres que te coma el culo mientras tú te la follas?
- Serás guarra!!! El de esta mañana en la cafeteria si que queria follarte!!!!!
-- No aguante mucho más... le pedi que se pusiera de rodillas y me corrí en su cara, mientras ofrecia su boca abierta y se agarraba las tetas para que volviera a bañarlas.
Después nos quedamos abrazados, sudados, ella todavía temblando.
-¿Sabes Javi?, no tendrás, la mejor polla del mundo... pero si es cierto que cada vez que te busco, te encuentro y siempre tienes una corrida para mí. Eso siempre me ha asombrado.
- Eso se llama amor cariño.
- Si, si se llamara amor... pero cada vez tonteamos más con hacer realidad las fantasias con otras personas y rio...
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