Invasores y nativos. 11
Sam no es de aquí, pero su cuerpo y su esencia pertenecen a ellas. En un mundo donde el agua lo es todo, la intimidad no se guarda, se comparte. Esta noche, bajo la promesa de tormenta, la familia celebra su unión sin reservas.
Sam lavó la vajilla empleada durante la cena. Siendo tan poca no quería emplear el lavavajillas, le parecía un despilfarro de agua y energía, y luego se puso a ojear las noticias y chismes de la comunidad en una pantalla que apoyó sobre sus rodillas.
Cerca de la puerta de salida y donde estaba la caja con la ropa tras ser lavada, Mikane repasaba la ropa por remendar mientras tarareaba una canción muy antigua, pero que en las fiestas es bien recibida por todos cuando el Coro la canta fuera del programa.
-… el agua es vida, el agua es salud… Todo fue, es y será gracias al líquido que nos dio la vida.
Y Mileada releía sus notas y comunicados de los compañeros sobre nuevos acuerdos entre vecinos. Encontró uno que no era legal del todo y que, si bien por el momento funcionaba, al término de las cosechas podría haber disputas. Llegó a la conclusión que debía hablarlo con el jefe, y quizá con algún compañero más. Recordó la experiencia de Zumeco.
- ¿Cómo lo hacemos para dormir?
La pregunta de Sam era lógica porque en el dormitorio que compartía con Mileada resultaba pequeña la cama piscina. En el dormitorio de Mikane había una más grande, pero no había espacio para Sam y no le gustaba pasar la noche en el agua.
- Para esta noche podemos dormir en nuestro nido. - Dijo Mileada ofreciendo el de su habitación. - No accionaremos las duchas. Sam puede dormir sobre las bolsas, y nosotras a su lado tenemos el agua al alcance. Y mañana por la tarde ya buscaremos una solución. ¿Os parece bien?
Sam estaba conforme, aunque eso de estar toda una noche mojándose, por poco que fuera le resultaba molesto. Y Mikane sonrió ante esa solución temporal.
Poco más tarde todos estaban en el nido.
Poco más tarde todos estaban en el nido. Puesto que solo van a dormir todavía llevaban un calzón corto y Sam no pudo evitar comparar las tetas de sus dos esposas. Eran hermosas, aunque diferentes en tamaño y forma. Se tumbó boca arriba y se dejó abrazar por el fresco y mojado cuerpo de Mileada. La hembra murmuró:
- Cada vez tienes más pelo en el pecho. ¿Es normal?
La verdad es que si bien habían aparecido unos cuantos más los anteriores eran más largos y quizás más gruesos por lo que daba la sensación de ser el doble que unos cautes atrás.
- Por lo que sé, es algo muy variable entre los machos de mi raza. Recuerdo que mi padre tenía mucho por lo que puede ser hereditario.
Mileada hizo un gesto con la boca de difícil interpretación y Sam pensó que no le gustaba su pelo.
Mikane pidió permiso para acercarse y abrazar desde el otro lado a su esposo. Mileada simplemente sonrió mientras que Sam alargó el brazo para acogerla.
Inesperadamente Mileada cogió con fuerza una mano de su madre por encima de Sam y casi gritó:
- ¡Ya sé cómo solucionar lo de las camas!
- Bien cariño. - Dijo Sam sonriendo ante el entusiasmo de su esposa más joven. - Mañana nos lo cuentas. Pero ahora… ¿Vamos a dejar a mamá sin que sepa cómo nos amamos sin penetración?
Los ojos de Mikane brillaron deseando saber qué y cómo, y Mileada dijo que no podían consentir semejante falta. Pero ordenó:
- Se lo enseñaremos todo, pero antes quiero notar su maravillosa lengua en mis pétalos.
Los ojos de Mikane brillaron deseando saber qué y cómo, y Mileada dijo que no podían consentir semejante falta. Pero ordenó:
- Se lo enseñaremos todo, pero antes quiero notar su maravillosa lengua en mis pétalos. - Ya se estaba quitando el calzón arrojándolo al otro lado de la puerta al nido. - Ven mamá, por favor.
El calzón cayó en el suelo de la habitación y pronto le siguieron dos más.
Ya estaba con las piernas bien separadas cuando su madre se acercó. Pero la madre pidió que mientras la acariciara, Sam lo hiciera con ella.
- Sí, mamá. - Respondió Sam. - Levanta ese culito.
Mikane se afanaba en el sexo de su hija mientras Sam, a su lado acariciaba sus tetas y pétalos. Incluso le metió un dedo por el ano. Mikane recordó que Pitape a veces se la metía por ahí, pero era imposible esa caricia con el enorme falo de Sam.
Pronto las dos hembras empezaron a derramar crema por todas las tetas.
Mileada estalló y al poco lo hizo su madre cuando notó que desde atrás Sam restregaba su pene entre sus pétalos sin llegar a penetrarla.
- ¡Uf! ¡Qué caricia!
- ¿Te gusta, mamá?
- Sí, amor mío. Mucho.
Sam se dejó caer bocarriba mostrando su erección como si fuera un poste. Lo dejaba a disposición de las esposas. Mileada aleccionó a su madre.
- Mira, mamá. Después de hacerme estallar varias veces con sus caricias me sitúo sobre Sam y con las manos, lengua y sobre todo con las mamas acaricio su pene. Tarda un poco, dándome tiempo a más estallidos, normalmente uno, pero juntas haremos que Sam culmine mojando nuestros cuerpos con su esencia. Y puedes beber la cantidad que quieras.
- Su esencia. ¿Hay para las dos?
- Sí, mamá. Recuerda que su estallido es múltiple.
Ante la posibilidad de notar en su boca la esencia de Sam, Mikane aportó más crema con sus tetas, casi tuvo un estallido.
- ¿No empleas los pétalos en esta caricia?
- No, mamá. Porque hacerlo me haría estallar antes de tiempo y tantas veces que me agotaría.
Las dos hembras se afanaron sobre el pene del marido. Lo lamían, acariciaban y restregaban sus tetas rebosantes de crema. Fuera de lo previsto, las dos tuvieron al menos dos estallidos más al notar aquel enorme y duro miembro viril entre sus tetas. Por el momento no reconocerían que a veces, al frotar sus tetas entre ellas dejando en medio el pene de Sam, también les gustaba. Además, tenía el atractivo que entre ellas también se amaban por eso a veces sus bocas se unían en un beso.
- ¡Qué bien besas, mamá!
- Tu boca es muy sabrosa.
Al ser dos, y motivado por el morbo, Sam tardó menos en satisfacerse. Además de vez en cuando veía que una de ellas atrapaba con la lengua esa gota trasparente que salía de su pene y era compartida dándose largos besos. Solía ser Mileada quien más veces se acercaba al agujero y succionaba con fuerza y según qué obtenía era compartido con la otra esposa, y está esa vez que al no obtener nada hizo un gracioso gesto de disgusto.
Por fin Sam avisó que faltaba poco.
- ¡Bien! – Dijo Mileada.
Al otro lado del enorme falo Mikane suspiró, la caricia duraba mucho.
Mileada acercó su boca al extremo del pene. No intentó meterlo en su boca, era imposible, pero sí acercó sus labios al orifico y succionó. Sin dejar de frotar con las manos, con las tetas.
Sam no pudo más. El primer borbotón llenó la boca de su esposa más joven. El segundo la cubrió gran parte del rostro, pero el tercero fue acaparado por la lengua de Mikane que recibió parte en su boca. El cuarto mojó las cabezas de las dos y el quinto resbaló por el pene mojando las manos de las dos hembras.
- ¡Ha sido asombroso!
Murmuró Mikane cuando comprobó que ya no salía más.
Pero su hija no podía contestar. Tenía la boca llena de la esencia de su esposo, y su cuerpo disfrutaba de un largo estremecimiento similar a un estallido.
Mileada estaba abrazada a su esposo. Tenía los ojos cerrados y parecía esperar el sueño. Sus tetas mojaban de crema el pecho de Sam que naturalmente no se molestaba. Estaban tan cansados que no se habían lavado. Mientras que Mikane continuaba lamiendo el miembro de Sam. Como no estaba erecto a veces lo metía en su boca o apretaba la base del extremo para ver si salía una gota más de esencia.
- Por favor, mamá. Necesito descansar. - Protestó Sam.
- Perdona, cariño, pero es que es muy sabrosa.
- Por favor…- Insistió.
La hembra, que no aclaró si lo de sabrosa era el pene o la esencia aportada, dio un coqueto beso al miembro de su esposo antes de colocarse en una posición similar a su hija.
Por la mañana y tras regar bien los cuerpos de sus esposas, Sam ordenó a las dos que se levantaran. Recordó a Mileada que debía ir a una reunión y a Mikane que faltaba casi media piscina por recolectar.
Por fin las hembras se levantaron y fueron a asearse juntas al mismo baño. Mikane se disponía a limpiar las tetas de su hija, como había hecho infinidad de veces, pero esta protestó alegando que si las tocaba volvería a excitarse y no había tiempo para eso.
- Mamá, si necesitas más caricias hazlo con nuestro esposo antes de meteros en la charca.
Era todo lo contrario a una conversación que habían tenido.
- Te esperaremos. - Respondió Mikane.
Al llegar a la cocina coincidió que Sam salía del otro baño, pero a diferencia de sus esposas llevaba puesto un calzón. Se dieron varios besos.
- Mileada, cariño. – Llamó la atención Mikane desde la recuperada posición de matriarca de la familia. - Si quieres puedes empezar a vestirte que yo preparo el desayuno. – Ahora le tocaba al macho de la casa. - Y tú, Sam, deja de mirarnos las tetas y siéntate.
Hubo risas mientras Sam protestaba que no fueran así por casa.
- Siempre hemos ido así. - Dijo Mileada mientras regresaba a la habitación por su ropa de vigilante. - Y he visto que en otros hogares la gente va igual dentro de casa y en las charcas.
- La tradición dice que allá en el primer Sorevan, durante los ritos y ceremonias todo el mundo debía ir desnudo. Como se supone que íbamos cuando vivíamos en las charcas. Algunos ritos eran en familia oficiados por la madre. Pero con el tiempo… bueno, resulta muy cómodo ir sin la ropa.
Las tradiciones y leyendas del primer planeta Sorevan estaban muy presentes entre los habitantes la colonia. Sam recordó las agradables conversaciones con Pitape mientras realizaban cualquier labor o simplemente descansaban un rato sentados bajo los frutales o en la orilla de los canales que les separa de los vecinos. Entonces cayó en el detalle que no había templos. Se habla mucho de tradiciones y ritos antiguos, pero no de religión.
Preguntó a Mikane.
- Pues sí. - Respondió mamá. - En principio tenemos religión, pero eso que dices sobre personal especializado en ritos, no. En familia, si son muy creyentes, es la hembra más mayor quien dirige los ritos. Pero ignoro si alguien los hace entre las vecinas que conozco del Coro. Es algo no se pregunta, se considera privado. En mi familia tendríamos que remontarnos a la abuela de mi abuela. Creo. - Soltó un suspiro al añadir: - En caso de un acto entre vecinos los suele hacer un tercero que casi siempre es una vigilante o una sanadora.
- ¿Tiene que ser hembra?
- No. Basta que haya acuerdo.
Todos recordaron el funeral de Pitape oficiado por un sanador.
Era casi el medio día cuando Sam y Mileada coincidieron con sus vehículos cerca de casa. Sam regresaba de la Recolectora con el convoy vacío mientras que Mileada lo hacía desde su trabajo. El vehículo de vigilante era más ligero y por eso pasó delante. Simplemente se dedicaron unos gestos a modo de saludo.
Poco después Sam dejaba las cubetas vacías en el almacén, ya las lavaría en otro momento. Guardó el tractor en esa parte del almacén que de siempre se usaba como garaje.
Cerca de la puerta de la casa descubrió el vehículo vigilante. En su opinión, desde el punto de vista con su tamaño, quedaba demasiado cerca de la puerta, pero la verdad es que no importaba.
Entró en la casa y encontró a las dos hembras muy contentas.
- Ha llamado Miteno. - Dijo Mileada.
- Le va muy bien. - Dijo Mikane y añadió: - Ha logrado no sé qué cosa, pero parece muy importante en sus estudios. Lo malo es que no regresará hasta dentro de otro cautón por lo menos.
Sam pensó que no había venido ese verano porque hacía un curso especial. Nada dijo y se agachó para abrazar mejor a Mikane. Sus cabezas quedaban a la misma altura.
- No le has dicho de lo nuestro.
Mileada se dispuso a escuchar desde el otro lado de la mesa mientras se quitaba el uniforme de vigilante.
- No cariño. Soy su madre. - Mikane se puso seria. – Se trata de algo muy importante. Debo decírselo presencialmente, no por video. – Repitió. - Es algo importante, y, bueno, se lo tomará bien. Sí. Seguro. - Cogió aire y continuó hablando, aunque parecía poco convencida: - Pero eso, debo decirlo cuando esté aquí.
Se ofreció por si le daba apuro.
- ¿Quieres que se lo diga yo?
- No, gracias. Debo ser yo. Pero es posible que te llame para hacerlo juntos.
- Bien.
Preguntaron a Mileada por la reunión de vecinos y simplemente respondió que fue aburrida. Al parecer nada se dijo que pudiera afectarles como parte de un colectivo.
- ¿Y lo del vecino que quiere poner una reja?
- Resuelto. – Sonreía al hablar. - Pero en verdad fue más efectivo plantearle lo caro que le resultaría tanto comprarla como ponerla, además de su mantenimiento periódico por culpa de clima.
Después de comer se ocuparon de solucionar lo de dormir. Era más sencillo de lo esperado. Simplemente había que poner una base seca para Sam y una piscina cama individual a cada lado. Sam dormiría en seco, como era lo más sano para él, y las hembras podrían alternar acercarse o retirarse de Sam según sus apetencias. Parecía una buena solución, pero no fue probada esa noche pues teniendo libre Mileada el caute siguiente, volvieron al nido. Las dos hembras querían notar esta vez las descargas del pene de su esposo dentro de sus cuerpos.
Durante esa jornada Sam y Mikane se dedicaron a recoger esa fruta que según Sam parecía melocotón y era tan jugosa como una sandía. La vodoca. Se vendía bien, pero al parecer no era la favorita de la familia, o simplemente ya estaban hartos de comerla. Ningún frutal superaba los dos metros de alto.
En principio iban a esperar dos cautes para que coincidiera con los libres de Mileada y así pudiera colaborar, pero en el mercado escucharon una conversación en la que varios vecinos iban a empezar ya porque se quejaban que unos cautes después de iniciada la recolección por casi todos los colonos el precio bajaba. Sam y Mikane se miraron a los ojos tomando la misma decisión; no iban a esperar.
Mikane cogía la fruta de las ramas bajas mientras que Sam se ocupaba de las altas, donde precisamente había menos. Así no tenían que cargar con una escalera y era más rápido. Las bandejas de la vagoneta se llenaban rápidamente.
- Salimos a una vagoneta cada dos árboles. - Se quejó Sam.
- Sí. Ya veo. - Corroboró Mikane seria y sin dejar de trabajar. Aleccionando a su hijo, añadió: - Este cautón hay mucha vodoca y es más grande. – Estuvo callada un instante y ya añadió: - Esto es malo, ya verás, bajará el precio hoy mismo.
Miró fijamente a Sam para explicar algo irritada:
- Trabajaremos el doble por una cantidad final igual o inferior al cautón pasado. – Y ordenó regresando al trabajo: - En cuanto podamos hay que llevar dos o tres vagonetas a la Recolectora. Antes que se den cuenta de la cantidad y bajen los precios.
Era algo que podía suceder con facilidad, ya que los encargados de Recolección tenían huertos o familiares campesinos.
Sam asintió y rápidamente acercaron la vagoneta a otro frutal.
El convoy de Sam y Mikane llegó a la receptora de la cosecha poco más tarde, pero según lo calculado por Mikane llegaron de los primeros. Con todo, eran los terceros en la cola.
Estar sentado mientras conducía había servido a Sam para descansar de la carrera en llenar las bandejas de las vagonetas. Todo para llegar cuanto antes a Recolección. Tenía ganas de estirar bien las piernas y tomar algo caliente. Le dolía un poco la espalda. Mientras que Mikane, a su lado, simplemente lanzaba un suspiro que parecía más preocupada que cansada.
Los dos se cubrían con unos sayones largos como era normal entre los granjeros para protegerse de Caute al medio día. Además, la hembra llevaba una fina camiseta de manga larga que le tapaba parte de las manos.
Como siempre Sam había retirado los asientos para poder conducir, Mikane se sentaba en una pierna de Sam.
Sam estaba algo nervioso y más cuando un operario le indicó que metiera el convoy en la explanada, desviándolo a un lado y quedando en paralelo al que le precedía. Por una pantalla que le mostraba la parte de atrás del convoy vio que cerraban la puerta.
- Voy a ver qué pasa.
Dijo Mikane que también había visto que cerraban.
Con gesto calmado se puso un sombrero, comprobó que todavía llevaba protección de Caute en la cara y bajó del vehículo.
Sam la vio hablar con los granjeros de los otros convoyes y dos operarios de la recolectora. En la distancia y con la puerta de la cabina cerrada no podía escuchar la conversación. Al menos un granjero parecía muy enfadado. Sam abrió la ventana en un intento de oírles. El granjero enfadado era al único que se oía en la distancia, pero no lo suficiente para entender qué decía.
Cuando poco más tarde Mikane entró en el vehículo explicó a Sam que por ser los primeros respetaban el precio acordado dos jornadas antes, pero que las siguientes vagonetas serían más baratas ya que había demasiada vodoca ese cautón.
- Tal como dijiste, mamá.
- Sí. Creo que en este viaje nos dan unas treinta tablas por vagoneta. Algo es algo.
En total fueron noventa y dos tablas. Pero no era para alegrarse ya que perdían nueve tablas en otros viajes.
Esa misma jornada hicieron dos viajes más. Aunque el tercero lo hizo sola Mikane mientras Sam preparaba otra vagoneta para el día siguiente. Debía comprobar las ruedas y el enganche antes de cargarla o sería perder el tiempo.
Mileada llegó a casa con buen ánimo. Había tenido una jornada sin problemas ya que todos los vecinos estaban atareados con las cosechas. Y aquel asunto que predijo que podría haber líos simplemente se solucionó porque se presentaron seis vigilantes y coordinaron el trabajo. Ante tantos vigilantes nadie alzó la voz, ni protestó. Debían ceñirse a lo tratado previamente, aunque en ese momento no les gustase. Así lo recordaba de vez en cuando Zumeco leyendo parte del absurdo tratado que fue aceptado por todos. Y los granjeros acordaron que ya no harían esos tratados tan liosos, limitándose a trabajar con lo de cada uno.
- Es lo mejor. – Puntualizó.
Pero se encontró que Sam y Mikane estaban cansados. Mucho. Mileada supo que tendría que conformarse con unos besos y dormir. Quizá fuera al baño y allí aliviarse como cuando era soltera.
Pero cuando se acostó esa noche, Sam y Mikane se turnaron para acariciar y lamer sus mamas y pétalos hasta provocarle dos estallidos.
Sam murmuró al oído de su primera esposa:
- Cariño. Esta noche es así, pero pronto te daremos todo el gozo que podamos.
Mikane se acercó para besar y decir palabras de cariño a su hija, pero se entretuvo recogiendo con unos dedos un poco de crema de un pezón. Se lo llevó a la boca.
- Delicioso, hija mía. Dentro de unos cautes quiero más.
Mileada sonrió agradecida ante esa muestra de cariño. Cerró los ojos a la vez que murmuraba:
- Os quiero.
Al caute siguiente la vigilante se fue a su puesto, a sus patrullas por la comunidad o alrededores, y los demás a laborar en los huertos.
La jornada transcurrió normal en la que Mikane hizo cuatro viajes a la Recolectora mientras Sam seguía con la recolección. Pensaban, no sin alarma, que seguramente volvería a bajar el precio en cualquier momento por lo que debían darse prisa.
- Hijo mío, sé que es cansado, pero es por el bienestar de la familia.
- Sí, mamá. Ya descansaremos.
A última hora mamá avisó que en la Recolectora había oído comentarios sobre un accidente de un vecino, parecía que se trataba de habladurías. Y no fue hasta que llegó Mileada que se enteraron de más detalles.
- Sí. El macho de la familia Dosuono. Durante la recolección sobre un árbol, la escalera se desmontó, el pobre cayó con las piernas entre los peldaños y se las ha roto, las dos. Más que grave es delicado. Tiene para muchos cautes, quizá todo un cautón.
Por momentos su rostro mostraba la preocupación y cansancio de la jornada.
- Lo malo es que no podrá atender la cosecha, y la esposa, que colabora en la granja se ocupa más de las dos crías de pocos cautones. Este invierno lo pasarán muy mal si la comunidad no les ayuda. - Ahora su rostro parecía animado al explicar la posible solución. - Por eso varios vigilantes pediremos voluntarios para recoger su cosecha después de atender la propia durante la jornada. Ahora mismo unos compañeros están llamando a los vecinos y por televisión local se pedirá ayuda.
- Yo también ayudaré. - Dijo Sam solemne.
- Gracias. - Sonrió Mileada. - Ya contaba contigo.
Explicó dónde estaba la granja de los Dosuono y cómo llegar sin necesidad de emplear el vehículo ya que había un camino entre las granjas vecinas.
Esa noche durmieron en el nido y las esposas se ocuparon de restregar sus cuerpos sobre el miembro de Sam hasta que culminó. En ese tiempo Mikane estalló dos veces y Mileada tres porque empleaban más las tetas y los pétalos que las manos. Todos se dieron por satisfechos. Sabían que al caute siguiente tenían trabajo.
Tras un lavado, Mileada ordenó que debían acostarse, anticipándose a su madre que sonrió divertida.
Todavía Caute no asomaba por el horizonte cuando Sam llegó junto los frutales. Ahí estaba Mileada, que había llenado dos gavetas ocupándose de la tercera. Saludos.
- ¿Has desayunado?
- Sí.
- Bien, cariño. Ahora ves a vestirte el uniforme. Ya sigo.
Mileada iba a preguntar por mamá y llegaba en ese momento. Mikane conducía con un remoto otro vagón. Que aparcó a la entrada del huerto. Se dispuso a bajar las bandejas.
Sam y Mileada se despidieron y al poco el muchacho trabajaba codo con codo con Mikane.
Concluida la jornada, Sam contempló los frutales desde una esquina de la casa, habían cogido la mitad de la cosecha. Dos jornadas más a ese endiablado ritmo y se acabaría el trabajo hasta la primavera siguiente. Miró el cielo nublado que les permitió trabajar sin usar sombreros ni que Mikane se pusiera protección de Caute, y supuso que esa noche llovería. No fue así.
Ya en casa avisó que se marchaba para ayudar a los Dosuono.
- Espera. - Ordenó Mikane. - También voy.
Tras un lavado rápido, se vistieron con los habituales sayones de granjeros empleados esa misma jornada y se pusieron en marcha.
Descubrieron que ya había una docena de vecinos colaborando. Tres vigilantes coordinaban el trabajo y al poco llegó Mileada conduciendo un convoy de vagonetas vacío. Había ido a la Recolectora. Con tanta gente en dos sextos de seis se hizo el trabajo en el que Sam y Mikane empleaban una jornada completa. Mejor, ya estaba anocheciendo.
Mileada se acercó para decirles que Zumeco podía llevarles a casa. Ya que ella iba a llevar el último convoy a la Recolectora.
Sam, señaló el cielo para mostrar lo tarde que era.
- Ya debe estar cerrado.
- No. Esposo mío. Está acordado que van a esperarme.
La esposa de Dosuono estaba entre los vecinos que ya se marchaban. Les ofrecía agua en tazones y regaderas. Algunos aceptaban la oferta, debían hidratarse tras el trabajo.
Cuando se acercó Sam la hembra casi retrocede un paso hasta que se fijó que iba acompañado de una hembra que había escuchado cantar en el Coro. Su semblante cambió y le dijo solemne:
- Gracias, nativo Sam. Te estamos agradecidos.
- Somos vecinos. - Acertó a responder.
Esa noche los tres durmieron en la cama piscina. Y el cansancio evitó que hubiera caricias.
En la ayuda en la granja de Dosuono, en la jornada siguiente había mucha gente, que ocho o nueve vigilantes coordinaban. No vio a su esposa por lo que debía estar de patrulla por cualquier parte de la colonia.
Sam se dispuso a recoger la fruta de las ramas más altas hasta que vio que en la fila de al lado era adelantado por un vecino que ayudado de una grúa recogía la fruta depositándola en una cinta sin fin que llegaba hasta la gaveta que también remolcaba.
- ¡Qué práctico! – Murmuró.
Pero supuso que esa máquina debía ser muy cara. Miró alrededor descubriendo que otros vecinos manejaban grúas de diversa modalidad y muchas escaleras. Eran tantos los que esta vez colaboraban que en poco más de dos sextos de seis, terminaron de cosechar toda la plantación.
Después de despedirse de la esposa de Dosuono, Sam se fijó que los vigilantes habían cubierto parte de un canal con unas planchas de metaligero para que los vecinos pudieran aparcar ahí sus vehículos, ya que había tantos que no cabían en la entrada de la granja.
Dos cautes más tarde Sam regresaba del último viaje a la Recolectora. Ya habían terminado y se sentía satisfecho. En la entrada al almacén que hacía de depósito de vagonetas, cubetas y el tractor encontró a Mikane. Tras los saludos mamá ordenó que debían guardar bien los vehículos asegurándose de cerrar las puertas del almacén, y proteger los motores que regulan el nivel del agua en las piscinas con unas lonas. Aseguró que esa noche iba a llover mucho.
Sam miró el nublado cielo que llevaba así varios cautes y por el momento no caía ni una gota. Mikane se situó a su lado, se quitó el sayón y la camiseta dejándolo en el suelo. Quedando casi desnuda, separó los brazos alzándolos un poco y aspiró por la boca.
Sam sintió curiosidad:
- ¿Puedes oler la lluvia?
- Algo. Sí. Realmente la noto en la piel. El aire es más húmedo y el olor es el que precede a las tormentas eléctricas. Esta noche lloverá. Seguro.
Se dispusieron a hacer las recomendaciones de Mikane.
Con todo recogido y protegido Sam miró el huerto. A su lado Mikane miró más allá, pensativa. Recordaba a Pitape y el esfuerzo por sacar la granja adelante.
“Amor mío, lo lograste. Tenemos casa, un hogar”.
Despacio se acercó a Sam para cogerse de la mano. Sam aceptó sin mirarla durante un rato hasta que se agachó a su lado y vio su serio rostro. Preguntó un tanto preocupado:
- ¿Va bien, mamá?
- Sí, cariño.
Sam se incorporó con Mikane en brazos. Le dio varios besos hasta que la hembra protestó:
- Venga, para ya de tanto beso. Entremos en la casa.
Ya en casa y tras el aseo esperaron la llegada de Mileada. Mikane volvía a ocuparse de repasar la ropa y Sam intentaba conectar a un ordenador el soporte de memoria que Pitape le compró.
En cuanto entró la joven esposa lo primero que dijo fue avisar del mal tiempo:
- ¡Hola! Creo que esta noche lloverá. ¿Habéis tapado…?
- Sí, cariño. - Interrumpió Sam. - Gracias a mamá todo está protegido.
- ¡Bien!
Concentrados sus sentidos en dar y recibir placer no se enteraron de cuando se puso a llover.
Continúa en
- Relato #247814— title-regex: contiguous parts (10 -> 11)
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