Xtories

Invasores y nativos. 10

Mikane nunca imaginó que el cuerpo de su yerno la haría temblar de esa manera. Ahora, entre las sábanas y el sudor, debe decidir si cede al deseo que la consume o si su amor por su hija es suficiente para contenerlo. Pero Sam no pide permiso, solo ofrece placer, y ella ya no sabe dónde termina su deber y dónde comienza su propia necesidad.

Nutor1K vistas
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Fue entonces cuando Sam cambió de postura reclinándose más sobre las bolsas y su erecto pene quedó expuesto a la mirada de Mikane. La hembra ya lo había visto en alguna ocasión en las piscinas o al salir del baño, pero nunca en erección. Se asombró ante su descubrimiento. Le parecía una barra. No pudo reprimir su exclamación.

- ¡Es enorme!

- ¿Qué? Sí mamá, ya lo ves. Es grande, largo y gordo. Y la ayuda es por lo mucho que dura hasta que culmina. Es muy cansado aguantar eso dentro del cuerpo durante tanto rato.

Se acercó a Mikane sujetándola por un brazo. Y al observar el rostro de su madre que continuaba mirando el pene de Sam, añadió liberándola del compromiso.

- ¿Mamá? Si cambias de decisión no pasa nada. No te preocupes. Lo comprendemos. No nos ofendes.

Mikane tardó un poco en responder.

- Cariño, hija. Nada de echarme atrás… Yo, bueno. Quiero notar eso en mi cuerpo. - Dedicó una sonrisa a Sam al preguntar: - Hijo mío… ¿Dónde has guardado semejante aparato todo este tiempo?

Su asombro era lógico. Estaba acostumbrada a que los penes de los machos sorevanos tuvieran siempre el mismo tamaño al disponer de un báculo. Pero los humanos no, por eso la diferencia de tamaño entre la excitación y el reposo.

Despacio y sin dejar de mirar, se separó de su hija para situarse frente a Sam. Acercó sus manos y sujetó ese miembro tan diferente a lo que recordaba. Lo manejó con cuidado y al mismo tiempo con decisión. Sabía que no le cabía en la boca, pero sacó la lengua y lo lamió desde el extremo a la base. La diferencia de sabor a lo conocido, a lo añorado, era enorme, realmente era de otro mundo, pero le gustaba. Al retirarse de Sam, sus pezones ya generaban crema. También sintió picazón en los pétalos, sabía que pronto notaría ahí lo que llamaba maravilla.

Mileada se acercó a su madre y la cogió de una teta. La apretó para que saliera más crema del gordo pezón y chupó con deleite.

- ¡Qué rica! Mamá, vamos a pasarlo muy bien.

- Sí cariño. Puedes estar segura.

Mikane empujó a su hija haciendo que se inclinara hasta que quedó con su cara sobre el pene de su esposo, que aprovechó, para acariciar y lamer. Y se dispuso a lamer los pétalos de su hija. Así Mileada tuvo su primer estallido con el que dejó el pene de Sam totalmente lleno de crema.

- Y ahora. Bueno ya veo tu pene, hijo mío, pero quiero saber qué tal mueves la lengua.

Dicho esto, Mikane se sentó en la cara Sam de forma que veía a su hija acariciando el pene de su esposo, aunque esta vez con las tetas, y con deleite descubrió que su yerno sabía hacer maravillas con la lengua. La notó por los pétalos, y cuando la metía en la vagina… era sublime. Tan gorda, tan áspera y juguetona. La crema de sus tetas se mezcló con la de su hija sobre el pene de Sam mientras que sus caderas espoleadas por el estallido de su cuerpo hacían que restregase sus pétalos por toda la cara de su yerno.

- Lo haces muy bien. – Murmuró.

Culminado el placer, la hembra llevó sus manos a las tetas superiores y las apretó haciendo que salieran sendos chorros de crema. Repitió el gesto con las inferiores, de las que salió menos.

Por fin recuperó el aliento. Se retiró de encima de Sam y preguntó a su hija con algo de anhelo:

- ¿Y ahora?

- Pues… continúo encima y me froto sobre su miembro, hasta que estallo.

- ¿No te la metes aún?

- No. Me agotaría con tanto estallido antes de que él culminase. Lo dejaría insatisfecho y se merece lo mejor.

- Adelante. Vamos a gozar y darle gozo a ese macho que cómo bien dices, se lo merece.

Mileada se puso a horcajadas sobre Sam, y comenzó a restregar los pétalos de su sexo sobre el pene. Sam la sujetaba de las caderas, aunque a veces acariciaba sus nalgas y tetas.

- Te amo. - Murmuró Sam.

Mileada pidió a su esposo que no la acariciara o estallaría demasiado pronto. Y añadió lo que parecía una orden:

- Quiero que disfrutes, cariño. Quiero que sientas… quiero devolverte todo el placer que te debo.

- ¡Nada me debes! - Replicó Sam entre jadeos. - Es mi obligación satisfacer a mi esposa.

Mikane se acercó comprobando que tal como le dijo su hija las dos podrían sentarse sobre el pene de Sam a la vez. Miró al rostro de Sam para preguntar si le gustaba así.

Sam contestó jadeante:

- Sus pétalos son suaves, cálidos, sabrosos. Noto como se desliza en mi miembro y me encanta. Además, es mi novia. - Se corrigió. - Mi esposa. Y todo lo que me da es perfecto.

Mikane iba a acariciar el cuerpo de su hija cuando se dio cuenta de un detalle. Con unos manotazos se quitó gran parte de la crema que se acumulaba sobre sus tetas y salió corriendo a la cocina. Regresó con un tazón con agua. Lo ofreció a su hija, la cual lo bebió sin dejar de restregar sus pétalos por lo que algo de agua cayó sobre sus tetas.

- Gracias mamá lo necesitaba.

- Sí cariño. Lo sé. Yo también he bebido.

Mikane mojó sus manos en el agua encharcada en el nido y se dispuso a acariciar la espalda de su hija repetidas veces. Pero llevó una mano a las nalgas y sorpresivamente le introdujo un dedo por el ano.

- ¡No! Eso no. Quita el dedo de ahí.

- ¿Por qué cariño? ¿Tanto te disgusta?

- Quita el…

No pudo decir más, un estallido apagó su voz.

Mikane retiró el dedo y aportó más agua al cuerpo de su hija. Que animada por las manos de Sam sobre su culo continuaba restregando su cuerpo sobre el acerado pene. Tras otro estallido de Mileada, Mikane empujó a su hija a un lado ocupando su lugar.

- Ahora yo, hija mía.

Se puso sobre el pene de Sam y restregó su sexo como si quiera sacar brillo a esa barra que parecía de metal. Miró a su hija que aún tardaría un poco en reponerse y reconoció que una hembra no bastaba con un nativo. O al menos con ese nativo. Y quería notarlo ya dentro de su cuerpo. Se inclinó para acariciar el rostro de Sam y murmuró:

- Bueno, hijo mío, basta de juegos, vamos a follar.

- ¡No! Es pronto para ti.

Sam protestó, avisando, pero se dejó llevar por el placer.

Mikane cogió el enorme pene de Sam, muy mojado de crema y jugos propios, y despacio lo fue introduciendo en su cuerpo. Ya al notarlo en la entrada reconoció que era enorme, que era como empalarse. Pensó que el dolor o la incomodidad le duraría varios cautes. Pero también era fantástico saborear esa herramienta. Calculó que mientras se lo introducía estalló tres veces, pero si le dijeran que fueron doce lo creería.

- ¡Por la charca! ¡Por el agua sagrada!

Cuando creía que iba a perder el sentido ante tanto placer oyó la voz de su hija al mismo tiempo que unas manos mojadas que le refrescaban la cabeza, cara y espalda.

- Ya mamá. Para. Me toca. Deja que sienta la descarga de mi macho dentro de mi cuerpo. - Ordenó anhelante. - Lo necesito, me gusta y es mi derecho de esposa.

Mikane miró a su hija con desesperación, casi con odio. No quería cederle el sitio, aunque todas las células de su cuerpo protestaban pidiendo basta. Debía ceder. Como quien se arranca un sable se dejó caer a un lado y notó que su vagina, además del hueco entre los pétalos, tardaría en recobrar el tamaño y la forma normal. Llevó las manos al sexo para cubrirse y en el leve roce de sus dedos sobre sus pétalos, hacía que sus pezones reaccionaran con simultáneas descargas de crema.

- ¡Uf! Ha sido… es… - Sí había sido grande el pene y enorme el placer.

Despacio se giró para observar a su hija y descubrir ese rostro que tanto gozo mostraba al disfrutar del pene de su esposo, y que debía ser una réplica del suyo poco antes.

Sin levantarse forzó más la cabeza y miró a Sam. A ese macho cuyo rostro también mostraba lo bien que lo pasaba y el amor que sentía por Mileada. ¿Lo sintió también por ella cuando estaba ahí?

¡Alto! ¿Qué ocurre? ¿Qué estaba pensando?

Notó una punzada de dolor en el corazón, en el alma. Acababa de descubrir que se había enamorado de Sam. Supo que ese sentimiento o uno muy parecido ya lo tenía desde hacía unos cautes, mientras se ocupaban de los trabajos en la granja. Se quedaba mirándole cuando se quitaba la ropa mostrando que su torso desnudo estaba cubierto de pelo. Algo que al principio desagradaba, pero ahora formaba parte de las características del macho. ¡Le gustaba notar ese pelo en sus tetas! Y fue al convertirlo en su amante que se mostraba más claro el sentimiento.

¿Qué pasaría ahora? ¿Serian Tres iguales? O debía conformarse con ser la segunda esposa. O peor aún, sería un complemento sexual de una pareja. Tenía miedo.

Oyó a los jóvenes hablar.

- Pronto cariño. - Murmuró Sam.

- Adelante cariño, disfruta de mí, del cuerpo de tu esposa. - Respondió Mileada, añadiendo al poco. - ¡Y por la Charca Primordial no tardes!

Mikane se incorporó lo más rápido que pudo. Puso una mano en el vientre de Sam y otra en las nalgas de su hija. Y así también lo notó. Notó los cinco estallidos que hacían que su hija permaneciera quieta como una estatua con la mirada fija en la pared mientras algo similar a descargas eléctricas parecían crear y destruir Cautes dentro de su cuerpo.

Sam notaba como su miembro se volvía flácido y pronto podría retirarlo sin provocar dolor en su esposa. Mileada se dejó caer a un lado guiada por su madre que en cuanto la acomodó sobre una bolsa corrió para traer más agua sobre ese rostro cansado.

- Mamá ha sido sabroso… ha sido lo mejor. - Mileada bebía el agua en pequeños sorbos sin dejar de hablar: - Debes sentirlo. Deja pasar un rato y Sam estará listo para ti, para las dos, otra vez.

Mikane se retiró un poco más cediendo el sitio a un esposo que se movía preocupado por el bienestar de su amada. Sentada sobre sus talones les observó viendo amor en aquellos rostros, en la preocupación de Sam que intentaba mojar con agua todo el cuerpo de su esposa retirando algo de crema a la vez, mientras la besaba en la frente, en los labios, evitando tocar tan sensibles pezones y su intimidad. Comparó: Un instante antes ese macho era un volcán de pasión donde con sus enormes manos sujetaba el cuerpo de Mileada imponiendo un ritmo, pero ahora era el tierno y solícito amante que se desvive por ayudar a esa persona que tanto ama.

Y murmuró:

- No hija mía. No lo haré con tu macho, tu esposo. – Tubo que reunir fuerzas para añadir: - No quiero enamorarme de él.

Sam no estaba seguro de haber escuchado correctamente por lo que se giró para mirarla. Pero fue Mileada quien reaccionó antes empujando un poco a su esposo para poder ver el rosto de su madre ya que con sus caricias se interponía.

- ¡Mamá! Si te enamoras de Sam me harás muy feliz. Ya sabes que te necesito en este matrimonio de Tres.

Mikane dudaba. Su hija le daba la respuesta que esperaba. ¿Pero era la correcta?

- Creo que necesito pensarlo. - Se defendió.

- Sí, mamá, el tiempo que nuestro esposo necesita para recuperarse. Y sabrás lo que es estallar cuatro veces en lo que se tarda en gritar Charca Primordial. - Tuvo que beber más agua, tanto para hidratarse como continuar hablando. - Pero no es solo el éxtasis… Sam es cariñoso. ¿Lo ves? Sé que te amará igual que a mí, de hecho, ya lo hace. Sí, estoy segura.

Sam no sabía a quién mirar.

Pasó un buen rato en el que los tres dormitaron descansando. Sam se levantó y accionó la ducha durante un rato y sirvió para refrescar rostros, cuerpos y sexos. Incluso él mismo se frotó la cabeza para que la sensación de frescor fuera mayor.

Ya revitalizada, Mikane se acercó al pene de Sam y se lo metió en la boca. Así medio flácido cabía, pero pronto tuvo que retirarlo.

- Bien, hijo mío, ya estás listo.

- Sí mamá, ven, vamos a disfrutar.

Respondió Sam tumbándose sobre una bolsa.

A Mikane le gustó que Sam le llamara así. Podría haber empleado la palabra esposa, pero mamá resultaba más cariñoso. Se puso a horcajadas sobre Sam y despacio introdujo ese enorme pene en su cuerpo. Resultó más fácil que antes porque los pétalos de su intimidad no llegaron a cerrarse del todo, pero no por eso era menos doloroso y al mismo tiempo...

Estalló en cuatro ocasiones y en esa última parecía que iba a inundar el nido con tanta crema que salía de sus tetas. Había notado las enormes manos de Sam en sus tetas, en el culo imponiendo un ritmo un poco más lento que el iniciado por ella. Y al mismo tiempo la caricia era enérgica y sabrosa. Necesitó la ayuda de su hija para retirarse a un lado y descansar.

Luego Mileada se restregó en el pene de su esposo durante un buen rato en el que estalló dos veces porque solamente empleó las tetas. Hasta que despacio se introdujo el pene entre sus pétalos para cabalgarlo, y con el que sería el cuarto estallido casi perdió el sentido.

El tazón con agua había sido rellenado por Mikane resultó gratificante para saciar la sed.

Ahora le tocaba a Mikane.

- Bien cariño intentaré llevarte al límite.

Murmuró a Sam mientras se situaba encima. Jugó un rato con el pene de su ahora esposo y poco a poco lo introdujo en su cuerpo.

- Lo harás, mamá, noto que me falta poco.

- Bien. – Aprobó gimiendo: - Estalla cuando quieras y disfrútalo.

- Sí. Pero deja que te acaricie. Tienes un cuerpo precioso.

La hembra notó esas grandes manos en sus tetas, sujetándola por la cintura y apretando su culo. El ahora marido no dejó sin acariciar un centímetro de su piel. Le gustó que la manejase adaptando su cuerpo al vaivén de ese gordo pene que se deslizaba por el interior de su cuerpo. Ya no había dolor, todo era placer.

- ¡Charca Primordial! Así se creó el universo.

Mikane ya había estallado dos veces cuando Sam afirmó que se venía. La hembra se preparó para recibirle, pero aun así fue toda una sorpresa notar en su interior el fuego de un volcán. Lo notó tres veces y un amago de otra descarga que la hizo estar anhelante de algo que no llegaba y resultaba un martirio. Un delicioso martirio que la tuvo en el borde de un estallido más. Se derrumbó y sus solícitos hijos estaban a su lado para cuidarla. Darle agua, lavar su rostro.

Por fin pudo hablar:

- Hijos míos… cuánto os amo.

Sam le puso más agua por el rostro, aunque pensaba que realmente necesitaba un baño. Estaba llena de crema desde la barbilla al pubis y de algunos pezones aún salía un poco.

- Y nosotros a ti, mamá. - Respondió Mileada. - Mucho. Pero… ¿Sabes? Me acuerdo de tu dedo en mi culo y tengo ganas de devolverte… ese favor. Pero resulta que hace un tiempo que no tomo la esencia de mi esposo con mi boca… así que lo mejor es que la coja de donde está… de entre tus pétalos.

- ¿Qué? ¡No! Por favor ahora no.

Mileada no hizo caso de las protestas de su madre. Separó esas piernas y acercó su boca a los íntimos pétalos de Mikane. Como ya sabía, la esencia de su esposo rezumaba por la vagina de mamá cuya entrada tardaría un poco en cerrarse. Relamiéndose ante un manjar, Mileada acercó su boca y se puso a lamer y succionar. Mientras que con los dedos acariciaba esos pétalos inflamados por el placer recibido, y a veces el ano.

Mikane volvió a protestar. Sabía que su hija no pararía hasta arrancarle otro estallido, pero por lo cansada que estaba pensaba que tardaría. Tenía los ojos cerrados y no vio la cara de deseo de Sam.

Sam cogió las dos tetas superiores de Mikane. La cual abrió los ojos en una súplica muda: Basta, no lo hagas. Sam continuó con la caricia. Apretó las tetas y salió más amarilla crema de ellas. Acercó la boca y succionó tan rico manjar. Cuando las dejó limpias pasó a las de abajo.

Mikane no pudo más. Estalló. Sus contracciones vaginales hicieron que expulsara la esencia de Sam que su hija no alcanzaba con su boca hasta ese momento, haciendo que Mileada se volviera más activa con la lengua. Y sus mamas aportaron más crema. Sam sonrió y estuvo succionando esos pezones durante un buen rato. Disfrutó de la amarilla y sabrosa crema de mamá.

Era mitad de mañana cuando Sam se levantó de su cama. Estaba rebosante de gratitud y cariño, desde la puerta del nido se quedó mirando a sus esposas. Entonces recordó que debía accionar las duchas procurando una lluvia suave sobre esos cuerpos.

Las hembras se regocijaron al sentir alivio en su piel, incluso Mikane cambió de postura, pero no se levantaron.

Habían pasado poco más de tres sextos de seis cuando Mikane llegó a la charca donde Sam segaba la cosecha de Sionma. Desde la orilla manejaba el enorme brazo de la segadora y era evidente que tenía práctica en el control. El joven vestía un pantalón corto que no importaba si se mojaba o manchaba de barro.

- Hola, Sam, hijo mío.

- Hola, mamá. - Sacó un espray del bolsillo y lo ofreció a Mikane. Se trataba de protector contra Caute. - Toma, ponte un poco por la espalda. Caute pica mucho a estas… a estos sextos de seis.

Sam tuvo que ayudar a repartir el protector por la espalda de mamá. Naturalmente Mikane solamente vestía un calzón corto. Y como siempre Sam intentaba no fijarse demasiado en esas tetas, además estaba controlando la cuchilla segadora.

- ¿Tanto te gustan mis mamas?

Sam se ruborizó, pero respondió.

- Sí mamá, de siempre.

Mikane asintió. Se sentía halagada ante el piropo del joven. Pero cambió de tema aconsejando que con la segadora en medio de la charca podía bajar la cuchilla un palmo haciendo que los tallos fueran más largos. Y puntualizó:

- Un palmo de los míos.

Sam asintió e hizo las correcciones. Era algo que había visto hacer varias veces a Pitape, pero, distraído con las tetas de mamá, no lo recordaba.

Mikane entró en la charca con cuidado de no acercarse al brazo de la segadora y se dispuso a contar esos tallos que a saber por qué se libraron de la cuchilla. Y aquellos que caían de la rejilla portadora. Debía plegarlos para poder sacarlos de la charca hasta la orilla.

- Mamá, ven. Yo haré eso.

Ordenó Sam. Sabía que al ser más alto se desplazaba mejor dentro de la piscina y con los largos tallos. Sin recordar que mamá aguantaba más la respiración bajo el agua.

Mikane aún sacó dos tallos más antes de acercarse a Sam y cambiaron de lugar. Ahora el muchacho podía dejar los tallos directamente dentro de las cubetas evitando que se secaran demasiado en la orilla. Su estatura y la longitud de sus brazos lo permitían.

Desde la orilla Mikane observó el cuerpo de Sam, su hijo, y desde la noche anterior, su esposo, le agradaba saber que ese macho sentía amor por ella y que le gustaba su maduro cuerpo. Al notar picor en las mamas, precedente a la expulsión de crema, decidió concentrarse en el trabajo.

Sam comprobó que la cubeta estuviera llena y bien cerrada. Sería un desastre que se abriera estropeándose la cosecha.

Rato más tarde casi habían llenado la segunda cubeta con los tallos de sionma cuando oyeron la estridencia de una bocina. Mileada los llamaba para comer. Rápidamente sacaron la cuchilla de la charca y, con la eficacia de la práctica, la secaron con un espray de aire y el frotar de unos trapos. Con el sionma que había en la rejilla terminaron de llegar la segunda cubeta.

- Listo, hijo.

- Sí, mamá.

Después de comer Mikane pidió a sus hijos que esperasen. Les sirvió una infusión y se sentó en el que habitualmente era su sitio en la mesa al quedar más cerca de la cocina.

Mileada se anticipó en el inicio de la conversación.

- Familia. Esposos. Somos un matrimonio de tres. Todos somos iguales. Todos somos iguales en el sexo, en las responsabilidades, obligaciones y derechos. Así es en lo referente al matrimonio. Pero también está que mamá es… mamá. Estamos en la casa de Mikane y es la matriarca. Yo… no soy primera esposa, soy esposa de Sam y de Mikane. Mi entrega es total… Mi fidelidad a los dos es plena. Y pido lo mismo de vosotros.

Mikane soltó una parrafada similar a la de su hija.

Sam se quedó asombrado. No sabía que decir hasta que se le ocurrió:

- Soy muy feliz de estar con las hembras que me gustan, que amo. Estoy convencido que por poco que pongamos de nuestra parte nos va a ir bien. Juntos. Y… bueno. Hay algo que noto, que siento. Veréis. En el nido, en la relación sexual sois iguales, os siento iguales, pero en la relación cotidiana… siento que Mikane es mamá. Jefa de la familia. Estamos en su casa. - Las miró y añadió solemne. - Me comprometo a seros fiel a las dos, siempre.

Se miraron unos a otros hasta que el silencio quedó roto por unos golpes de Mileada a la mesa con su tazón.

- Bien esposos míos. El acuerdo en nuestro matrimonio queda formalizado. Si os parece ahora vamos a firmarlo con unos besos.

Rieron. Las dos esposas abrazaron a Sam que permanecía sentado. Mileada se sentó en una pierna y pronto también lo hizo Mikane en la otra. Los besos duraron un buen rato en los que Sam tan apenas dejaba una boca para atender la otra.

Por la tarde, y tras esperar a que Caute se hubiera desplazado un poco por el cielo, fueron los tres a terminar la siega. Siendo Mileada la menos acostumbrada en ese trabajo era la que más cansada estaba transcurridos cuatro sextos de seis. Mamá y Sam lo notaban al ver sus lentos movimientos. Y aunque se cubría con un sayón y un sobrero parecía que Caute la castigaba con más saña.

- Vale. - Dijo Sam a sus esposas dando por terminado el trabajo por ese caute. - Podéis regresar a casa. Yo llevaré las cubetas a la cooperativa.

Mikane le miró fijamente dudando sobre lo que había dicho Sam, pero fue Mileada quien explicó:

- Las cooperaciones son para trabajos de construcción, transportes… no sé qué más. Están formadas por gente que normalmente no trabajan juntas, pero lo hacen en algo muy concreto. En estos cautes no hay aquí, en la comunidad.

- ¡He! Sí. Me he equivocado. Quería decir Recolectora.

Las hembras ya llegaban a la puerta de casa cuando vieron pasar por el camino el convoy guiado por Sam. Un tractor y cuatro cubetas. Mileada iba a saludar con una mano, pero se dio cuenta que Sam estaba atento al camino y no miraba en dirección a la casa. Sonrió, se trataba de lo más prudente teniendo en cuenta el cercano arroyo y los huertos de los vecinos. Recordó que para que Sam cupiera en la cabina había quitado el asiento. Así sentado en el suelo podía conducir el tractor con comodidad.

Entraron en la casa. Se quitaron los zapatos dejándolos en el estante al lado de la puerta, pero al contrario de otras veces no se desnudaron.

- Sam tardará dos sextos de seis como poco. Depende de la cola que haya para entregar. Por lo que no preparemos la cena todavía.

Propuso Mikane mientras se sentaba a un lado de la mesa.

Miró la caja donde ponía la ropa por repasar o arreglar, pero no tenía ganas de ese trabajo. Estaba cansada tras la recolección. Además, sabía que no se había lavado bien y la mancharía. Oyó la protesta de su hija.

- Pero tengo hambre.

Mikane propuso que podía coger parte del néctar de frutas que guardaban en varios tarros. Se trataba de conservas de elaboración casera.

- Creo que hay uno empezado en el frigorífico.

Y su hija corrió en busca de esa golosina.

La hembra más adulta sonrió ante el comportamiento de Mileada. Siempre sería su pequeña. La vio prepararse un poco de néctar en un tazón, pero antes de sentarse para comerlo se quitó el sayón con el que se protegió de Caute, arrojándolo contra una silla, y mostrando así su hermoso cuerpo. Mikane, ante la visión de su guapa hija, recordó lo sucedido en el nido unos sextos antes. Cambió de opinión: Su hija es toda una hembra con pareja y digna de respeto. Preguntó:

- Mañana no tienes vigilancia. ¿Verdad?

Mikane lo sabía perfectamente. Mileada trabajada cuatro cautes seguidos y luego tenía otros cuatro de descanso, pero a veces había cambios, como era el caso.

- Pues en principio no. Pero debo asistir a la reunión comunitaria. Como ya sabes la mayoría de las veces son un tostón, pero luego entre los corrillos de la gente, formados en la puerta se llegan a compromisos o acuerdos que hay que conocer y ayudar a planificar.

Añadió en un gesto mostrando fastidio y señaló al otro lado de la ventana al añadir:

- Tengo que llevar el uniforme porque me he dado cuenta que algunos vecinos más cercanos todavía me tratan como una cría. Así impongo más respeto.

Mileada hablaba con la boca llena de néctar y otra vez le pareció a su madre que estaba ante una cría.

- Hija mía… quiero decirte que… que como segunda esposa no estaré con nuestro esposo si no estás presente o lo permites.

Mileada la miró asombrada.

Bebió un buen trago de agua para empujar el néctar que quedaba en su boca. Y se puso muy sería al afirmar:

- Mamá, somos un matrimonio de tres. Somos iguales ante él y entre nosotras. Puedes estar con Sam cuando os apetezca, y… bueno, admito que tienes más experiencia y… y yo. Bueno. Eso. Acepto tus consejos. – Fue cuando admitió que algo de celos podía llegar a sentir: - Y que me gustaría que esperaseis a estar los tres para juntos ir al nido. - Se ruborizó al admitir: - Lo paso bien con vuestras caricias.

El tazón ya estaba vacío y abandonado en medio de la mesa cuando se acercó a Mikane para coger sus manos. Empleó un tono casi solemne.

- Mamá. En el nido somos esposas, iguales, pero fuera de ahí, en la casa, la granja, la comunidad… eres mi madre. Somos la familia Mikane.

Algo similar se acordó poco antes.

En contra de lo esperado por Mikane, su hija hablaba claramente, sin amontonar las palabras como hacía pocos cautones atrás. Quizá fuera fruto de su experiencia como vigilante o la madurez de una hembra. Mikane asintió sonriendo agradecida por la oferta de su hija.

Luego la conversación derivó sobre esos comentarios que a veces se hacían fuera de la asamblea. Entre otros, destacó el asunto de un vecino que quedaba casi al otro lado de la colonia, naturalmente no dijo el nombre.

- Y, ya ves. El muy cabezota quiere poner una rejilla que impida a los Mandoran entrar en su huerto.

El asunto podría ser muy delicado. No convenía enemistarse con esos bichos. Reaccionaban como un colectivo y peor era su extraña cualidad de multiplicarse en poco tiempo.

- ¿Se le ha dicho que los Mandoran cazan alimañas que sí dañan el huerto mientras que ellos nada tocan?

Cierto. Los roedores podían pasar por debajo de la rejilla por muy profundamente enterrada que estuviera y se alimentan de los cultivos y de las raíces de los frutales mientras que los mandoran son carnívoros.

- Pues…- Mileada sonrió ante la solución. - Se lo diré mañana. ¡Gracias, mamá!

Cuando Sam llegó de Recolección besó primero a Mikane, coincidía que estaba más cerca de la puerta. Dio la vuelta a la mesa con intención de besar a Mileada, pero esta ya se había levantado y saltaba para abrazar el cuello de Sam. Mientras se besaban, las piernas de Mileada rodearon el cuerpo de Sam el cual la sujetaba por las nalgas.

- ¡He! Hijos míos. Que yo también quiero mimos. - Protestó Mikane mientras se acercaba a la pareja.

Sam se agachó haciendo que Mileada quedara sentada en sus piernas y liberando una mano abrazó la cintura de Mikane. Tras unos besos la hembra más mayor propuso cenar. Mileada estaba conforme.

- Sí, mamá, demos de comer a nuestro esposo y luego te enseñamos cómo jugar sin necesidad de penetración… pero claro, siendo tres podemos hacer alguna variante.

Al sentir una punzada de deseo en su cuerpo, Mikane se retiró de la pareja. Notó que era una sensación similar a cuando besaba a Pitape mientras le hacía insinuaciones antes de ir al nido. Y lo añoró. Mileada vio algo extraño en el rostro de su madre, de pronto estaba triste, y preguntó qué pasaba.

- ¡Oh, hijos míos! Al sentirme tan bien, tan dichosa he tenido añoranza por Pitape, vuestro padre. - Miró a Sam, sin saber bien qué más decir. No quería ofender al joven esposo. - Sam, hijo mío, te amo, pero tardaré mucho en olvidar a mi primer esposo.

Sam protestó.

- No mamá. No quiero que olvides a papá. ¡Yo jamás le olvidaré! Pero deja que intente hacerte feliz. ¿Vale?

Hubo más besos hasta que Mikane insistió en la cena.

Continúa en