Xtories

Invasores y nativos. 09

Sam siempre supo que sería diferente, pero nunca imaginó que su cuerpo dictaría las reglas de su hogar. Cuando la resistencia de su esposa no es suficiente para contenerlo, la única salida no es la separación, sino la complicidad de quien más lo conoce: su suegra.

Nutor1K vistas
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Al caute siguiente muchos vecinos de la comunidad, y como habían acordado con los Vigilantes, fueron a desmantelar los adornos y lonas de la fiesta de primavera, y Sam se dispuso a ir ayudar. Ya es bien sabido que para acudir a la fiesta todo el mundo disponía de tiempo, pero muy pocos eran los que colaboraban en el trabajo de limpieza.

Sam salió de casa con intención de ir primero a desayunar y luego a colaborar en el desmantelamiento, pero se fijó que de la fiesta celebrada en la entrada a la granja solamente estaban los postes que ya retirarían los vigilantes con un vehículo adecuado.

Todo lo demás ya había sido retirado.

Descubrió que Pitape había sido más madrugador. Se había dedicado a quitar los adornos y ya se marchó. Por lo que le tocó ir andando hasta donde fuera el centro de reunión o fiesta para toda la comunidad. Llegaría más tarde de lo previsto porque no sabía dónde era. Tuvo que preguntar la dirección a algunos vecinos que realmente se les veía atareados en los huertos

Ya veía a lo lejos los postes erguidos que sujetaron las lonas cuando un vehículo de seis ruedas pequeño y ligero, salió a su encuentro. El vecino abrió una ventanilla y gritó.

- ¡He! ¡Nativo Sam! Ha habido un accidente. ¡Te necesitamos!

Sam no lo pensó. De un salto subió al vehiculó, pero sin entrar en una cabina que no cabía, mientras preguntaba qué había pasado.

- Uno de los postes de la carpa ha caído atrapando a tres vecinos. - Y repitió parte de lo dicho: - Te necesitamos.

Sam asintió mientras pensaba que era raro que le necesitaran para eso porque estaban las grúas y otras máquinas que aportaban los vigilantes. ¿Qué podía haber pasado? Se sujetó con fuerza de los laterales de la ventana.

El vehículo se puso en marcha sin girar, simplemente retrocedía. Al parecer podía ir así sin problemas. O que la distancia a recorrer era corta para la habilidad de ese conductor.

Al llegar descubrió que una grúa estaba ladeada y medio sumergida en el fango de un canal, y que por eso se volcó el poste que intentó mover. Corrió a un extremo. Pronto se dio cuenta de la situación y ordenó:

- ¡Esperar, vecinos! Hay que aunar fuerzas. Cuando diga tres. ¿Vale?

Se situó en un extremo y pronto se unieron más brazos.

El esfuerzo colectivo fue fructífero. Alguien puso unas cuñas y los accidentados fueron retirados. Dos estaban heridos, y resultó que el único fallecido era Pitape, el padre de Mileada. Tenía el pecho hundido y sangraba por la boca.

Cuando Sam lo descubrió cayó de rodillas a su lado.

Algunos vecinos afirman que con el grito de dolor del nativo los cristales de las granjas cercanas vibraron. Luego le vieron llorar mientras murmuraba “papá” varias veces, tanto en sorevano como en otro idioma que no entendían, pero lo suponían.

Es vergonzoso ver llorar a un macho, pero al tratarse de un nativo joven no se le amonestó, simplemente los vecinos cubrieron sus rostros o miraron a otro lado. Fue Zumeco quien palmeándole la espalda hizo que reaccionara y dejase que los sanadores retiraran a Pitape.

Dos cautes más tarde el cuerpo de Pitape fue sumergido, convenientemente lastrado y anclado, en el fango de esa gran charca que se emplea para entierros y queda algo alejada de la comunidad. Según la costumbre el sitio fue marcado con un poste pintado con franjas blancas, azules y rojas, además del número, para que se respetara la tumba durante cuarenta cautones. Diseminados por la charca había varios postes.

Finalizado el rito Mileada se abrazó llorando a Sam, que se había arrodillado facilitando la caricia, y los rumores que pululaban en la población sobre si son pareja quedaron confirmados.

En la intimidad del hogar estaban sentados alrededor de la mesa Sam, Mileada, Mikane y Miteno. Habían estado tomando una infusión caliente ya que nadie tenía ganas de comer. El más joven tenía los ojos irritados de tanto llorar y todavía bebía en cortos sorbos el contenido de un tazón.

Todos vestían únicamente un calzón corto.

Mikane tomó la palabra.

- Bien, hijos míos. Debemos continuar. Sobrellevar la situación. Como ya supondréis la situación económica de este hogar es sostenible. La granja funciona y está el sueldo de Mileada. A no ser que… - Lanzó un suspiro. Miró a Mileada y a Sam.- Que como pareja os marchéis, a lo que tenéis derecho siendo adultos.

Sam notó que Mileada sujetaba con fuerza su mano.

- Nos quedamos, mamá. Si aceptas darnos cobijo en tu casa.

Mikane asintió, parecía complacida de la permanencia de sus hijos en la casa. Pero había que establecer unas normas. Así lo dijo.

- Podéis quedaros, hijos míos, y hacer vuestro nido en la habitación que queráis, pero por favor no me quitéis el mío. Es un recuerdo.

- ¡Mamá! ¡Esta es tu casa! - Fue el grito desesperado de Mileada. Con más calma añadió: - Desde ahora somos la familia Mikane.

Miteno, al ser tan joven no tenía voz ni voto.

Sam, tras darse cuenta que de ser la familia Pitape ahora era el nombre de su suegra, se decidió a hablar.

- Me complace ser aceptado en tu casa como compañero de tu hija. Y ya sabes que no soy un gandul. Trabajaré en la granja como he hecho hasta ahora. Referente al nido… me gustaría, pero no es urgente. - Añadió todo lo solemne que pudo: - Somos uno menos físicamente en la casa, pero no en nuestro recuerdo, seguimos siendo una familia.

Mikane asintió.

Parecía que de momento todo estaba hablado. Incluso en silencio Mikane se puso a recordar a su esposo. Pero Miteno pidió permiso para hablar, y todos supieron que era algo importante, porque a esa edad, el joven nunca lo hacía.

- Quiero… me gustaría… ir a estudiar a la comunidad del Lago Oeste. En ese Colegio Superior tienen un equipo científico técnico que es muy bueno. Sí. Ya sé que no es barato, pero os prometo que en tres cautones estaré instalado con un sueldo con el que podré devolveros lo invertido. Sí, de eso se trata. De una inversión. Estoy seguro que lo lograré.

Mileada tomó la palabra mientras que Sam se mordió la lengua para no opinar sobre un joven al que tenía por un juerguista muy descuidado en los estudios.

- Vale hermanito. - Dijo Mileada mostrando una sonrisa. -. Bien. Confío en ti. Dispongo de casi la totalidad de mi sueldo como vigilante durante un cautón, porque viviendo aquí he gastado muy poco. Yo cubriré tus gastos.

- ¡No! - Dijo solemne Mikane llamando la atención sobre ella con un imperioso gesto. - Como he dicho la economía de este hogar es sana. Yo me ocuparé de los gastos de mi hijo.

Se giró para ordenar a su hijo que le diera los plazos y las cantidades.

Esa noche la pareja no se amó. Pero Mileada estuvo acariciando lo que calificaba de gordas bolsas. Se trataba de los testículos de Sam, algo que los sorevanos guardan dentro de su cuerpo.

- Cariño, deja de acariciarme o me pondrás con ganas.

- Sí, sí, perdona. Es que creo que te acaricio poco ahí. ¿Te gusta?

- Sí, cariño. Mucho. Por eso te pido que no sigas ahora. Y, sí. También me acaricias ahí cuando me lames el pene.

Mileada asintió. Podría ser verdad ya que en esos momentos estaba extasiada de placer y no se daba mucha cuenta. Al poco propuso que Sam saliera de la cama piscina. Seguramente su piel ya debía estar muy arrugada.

- Así es, cariño. Perdona no puedo evitarlo.

- Al contrario, cariño, perdona mi egoísmo. Te he retenido a mi lado cuando hace rato que debías retirarte.

Sam se tumbó sobre una manta en el suelo.

Mediante un examen muy excluyente, Miteno había sido admitido en un centro de estudios superiores en la comunidad de Lago Oeste y durante unos cautes estaba eufórico contándolo a todo el mundo.

Sam sintió curiosidad por saber cómo se llamaba la comunidad donde vivían y Mileada le respondió con un número.

- Y legalmente pertenece, pertenecemos, a Lago Oeste.

Una tarde toda la familia, Sam incluido, ayudaban a Miteno a seleccionar qué llevarse en una mochila y qué enviarle por otro transporte. Al mismo tiempo y casi por casualidad salió el tema por el que aleccionaron a Sam sobre cómo y con qué nombres dividían el tiempo.

La jornada o, mejor dicho, desde antes que salga la estrella por el horizonte hasta una hora concreta de la noche, se llama caute. Que tomaba en nombre de la estrella de allá en Sorevan. Luego estaba el Cautón, esto es la rotación completa del planeta alrededor de Caute-Estrella-Sol. No había divisiones intermedias.

Sam se quejó:

- Eso ya lo sé. Es en los sextos donde me lio.

- Calma. Ahora. - Respondió Mileada.

- Sí, ahora, hermano. - Añadió Miteno.

El caute se dividía en cinco sextos. Al que llamaban por su orden: Primer sexto, segundo sexto… Y cada Sexto se dividía en seis. Que para diferenciarlo del grupo anterior sus partes se nombraban: un sexto de seis, dos sextos de seis. Y a veces se añadía al que se refería para indicar una hora concreta: primer sexto de seis del tercer sexto.

- La mayoría de las jornadas de trabajo, en la que incluyo la mía, empieza al inicio de un sexto de seis del segundo Sexto.

Dijo casi solemne Mileada al sentirse como una profesora, ya que mientras hablaba recordó las lecciones cantadas durante las Enseñanzas

- Hay muchas palabras repetidas. - Se quejó Sam ante la sonrisa de Miteno.

- Sí. - Corroboró Mikane. - Pero es así de siempre.

- Vale. Bien. - Sam planteó un nuevo dilema. - Y… en otros planetas la cantidad de sextos es la misma. Lo digo por la rotación del planeta que puede ser más lenta o rápida.

Las dos hembras se quedaron dudando y entre risas Miteno respondió que, si bien la cantidad de los Sextos era la misma, pues así lo marca la tradición, su duración variaba adaptándola al giro del planeta.

- Eso en los planetas habitables, claro. Pues hay otros que se necesitan muchos sextos, incluso cautes para medir su rotación, y de varios cautones en el giro alrededor de la estrella. Entonces simplemente se ignora en la nave o base que se acerca a explorar, empleando el del planeta de origen de la nave o la tripulación.

Sam pensó que jamás se acostumbraría.

- Ya me cuesta adaptarme aquí, para pensar en esos sitios tan lejanos.

En otro momento recordaría que los humanos emplean dos sistemas numéricos. Base diez para casi todo y base sesenta para la hora y los grados. El primero tipo le parecía normal, mientras que el segundo era heredado de los fenicios que lo copiaron de los sumerios que lo idearon para adaptarlo a un círculo con el que medir el paso del tiempo y curiosamente era similar al empleado por los sorevanos.

- ¡Casualidad! – Murmuró y decidió no pensar en eso.

Unos cautes más tarde, ya bien entrado el verano, Miteno fue despedido por la familia en la terminal del transporte público que unía varias comunidades y llegaba hasta Lago Oeste. El joven cargaba con dos enormes bolsas que compraron en el mercado tres cautes antes. Hubo abrazos y las habituales palabras de una madre ordenando que se portase bien sin descuidar la alimentación y la higiene.

Mileada le recriminó:

- Lo haces a propósito para evitar la recolección. ¿Verdad?

Sonriendo Miteno replicaba que era casual. Él no elegía la fecha de inicio de las clases.

Ya de regreso a casa Mikane, que había estado conteniendo sus lágrimas, suspiró al decir:

- ¡Qué grande y vacía parece la casa!

- Perdona, madre.

Replicó seria Mileada rompiendo el silencio que mantuvo desde que subieron al vehículo para el regreso.

- Mi macho y yo no somos compatibles, no podemos ofrecerte nietos.

Sam quedó callado sin saber qué decir. La verdad es que no había pensado en eso. Se sentía muy joven todavía para ser padre.

Mikane abrazó a su hija y dijo las lógicas palabras en esa situación.

- Lo importante es que os améis.

Mikane recordó algo temerosa el enorme miembro de Sam y cómo dejó de cansada a su hija al principio de la primavera pasada. Temía que en cualquier encuentro el esposo no pudiera contenerse y la dañara.

Esa noche Mileada estaba tumbada sobre el cuerpo de Sam. No notaba que tuviera una erección, lo cual agradecía. Sin saber por qué preguntó:

- ¿Tienes ganas?

- Debes notar que no.

- ¿Me amas?

- Debes notar que sí.

- ¿Qué harías por mí?

- Debes notar que no hay límite.

- ¡Dime qué!

- Debes notar…

- ¡Dime! – Ordenó con voz que rayaba el enfado.

- Ordena, pide, exige qué y yo estoy a tu lado.

Mileada lo besó varias veces. Eran besos cortos cargados de amor. Murmuró al abrazarlo con más fuerza.

- ¡Gigante mío, te amo!

La granja funcionaba. La hacían funcionar entre Mikane y Sam que se pasaban todo el caute entre las charcas, los huertos, el almacén y la cocina. Aun así, tenían mucho tiempo libre.

Mileada regresaba de su trabajo con un humor que dependía de las decisiones que tomaba durante esa jornada. Así Sam se enteró que el cargo de vigilante incluye uno muy parecido al de juez entre los nativos. Mucha responsabilidad para alguien tan joven pensó Sam sin recordar que sus edades eran similares.

Una mañana, Sam estaba agotado, sin ganas de levantarse. Esa noche Mileada le había hecho culminar tres veces y ella estalló más de diez por lo que también estaba cansada.

Mileada restregaba su cuerpo contra el miembro de Sam hasta que estallaba, pero solía ocurrir que en el intento Mileada también lo hacía, incluso más veces. Naturalmente de las tres culminaciones de Sam solo una fue dentro del cuerpo de su esposa, porque siendo solamente ellos dos era lo más prudente para la sorevana. Además, hacía trampa. No frotaba sus pétalos todo el tiempo, sino que empleaba las manos y a veces las tetas.

- Cariño mío. – Murmuró Mileada. – Espero que te vaya bien así. Yo lo siento, no puedo más.

- Cariño. – Respondía Sam. – Quien me preocupa eres tú. Espero que realmente lo disfrutes.

Mileada, sonriendo, se cogió las tetas superiores y las apretó. Salió más crea evidenciando sus culminaciones. Sonrió:

- Te aseguro que lo paso muy bien.

Después del acto amoroso Sam se tumbaba sobre unas mantas en el suelo, mientras que Mileada necesitaba de la cama piscina, además de beber mucha agua, para recuperarse de los líquidos aportados.

Así compartían la misma habitación. Hasta que idearon una cama de la que la mitad era una piscina y la otra parte una superficie acolchada y seca. Sam no necesitaba cubrirse con mantas ya que gracias al agua que bajaba por las paredes la temperatura era la adecuada.

Sobre la mesa estaba el desayuno preparado por Mikane. Esa mañana la hembra adulta y dueña de la casa les miraba con gesto risueño y ligeramente cómplice porque había escuchado los gritos de gozo de su hija desde la soledad de su habitación y sintió envidia. De hecho, se había acariciado hasta alcanzar un estallido por eso vigilaba que de sus pezones la crema amarilla evidenciara que lo pasó bien.

Todos vestían con calzón corto y a Sam, que había disfrutado de las tetas de su esposa, le costaba dejar de mirar las de mamá.

La casa era un poco más grande desde hacía unos cautes, ya que adosada a la habitación de la joven pareja construyeron otra, donde instalaron grifos y desagüe para convertirla en un nido. Un lugar con agua hasta los tobillos, bolsas cómodas donde reclinarse e incluso dormir, y duchas regulables, además del agua que bajaba por las paredes. Todo el confort necesario para una pareja que en tan íntimo momento necesitaba hidratarse continuamente. Sam aún tardaría en acostumbrarse y reconoció que su esposa lo pasara tan mal en aquella caseta tan seca.

Los materiales para la habitación eran prefabricados, siendo el suelo y una pared lo último en instalar ya que cubrían las necesarias tuberías. Todo el gasto recayó en Mileada. Y para la construcción vinieron varios vigilantes y unos operarios, enviados por la comercial vendedora, desde Lago Oeste. Tan solo tardaron dos cautes.

- Bien hijos míos. ¿Me contáis qué ocurre? – Preguntó Mikane por fin a sus hijos. - Cada mañana os veo felices en vuestros juegos de pareja, pero también veo que hay algo que no culmina como debe. ¿Me lo vais a contar?

Mileada se ruborizó y Sam intentó poner una cara de lo más impasible. Pero Mikane insistió y Mileada sucumbió contado todo a su madre. Por suerte Mileada tenía libre ese caute, el último de los cuatro seguidos, y pudieron hablar sin interrupciones. No pasó dos sextos de seis sin retirarse de la mesa cuando Mikane ya lo sabía todo.

- Bien, hijos míos. – Repitió Mikane. - Como ya sabíamos de hace tiempo, este macho necesita de más de una hembra para satisfacerse o la puede dañar si se trata de solamente una.

Algo ruborizada miró alternativamente los rostros de quienes tanto quería.

- Creo que os puedo ayudar si me aceptáis, claro. - Se ofreció a ayudar ante su nerviosa hija y el incómodo Sam. - Puedo ir a vuestro nido, alguna vez, cuando lo pidáis, y ayudar a dejar satisfecho a Sam. Y de paso… pues yo también necesito que mi cuerpo estalle. - Esta vez fue ella quien se ruborizaba y tartamudeaba al explicarse: - Hijos míos, después de una relación plena con un macho saludable… pues… Eso, me faltan las caricias, los besos, los estallidos…

Mileada se sintió agradecida y Sam se asombró que una madre hiciera algo así por el bienestar de la hija y el yerno, aunque lo plantease desde una perspectiva egoísta.

Milane dio algunas explicaciones más a su madre mientras Sam se ruborizaba al revelar algo tan íntimo.

- Verás. A veces me pongo sobre Sam y froto mis pétalos contra su miembro. Ya sabes lo grande que es. Otras, él me acaricia el sexo hasta hacer que estalle. Y, bueno, a veces es una combinación de todo eso. Luego… con mi boca, manos y mamas froto el miembro de Sam hasta que estalla. - Hizo una pausa antes de continuar. - Es sabroso, divertido y nos satisface. Sobre todo, a mí, pero queremos más. En este juego no hay penetración, la retrasamos, porque Sam tarda mucho en culminar y me hace estallar todo el tiempo. – Pasó una mano por encima de la mesa para acariciar el brazo de Sam. Continuó: - Y, bueno, hay veces que cuando tras las caricias y faltando poco para que culmine… me penetra y con su múltiple descarga hace que tenga varios estallidos seguidos.

Quedó callada meditando, recordando o poniendo en orden lo que quería añadir.

Mikane intentaba asimilar eso de múltiple descarga. No lo entendía. Un macho se descarga y deja pasar un rato hasta que vuelve hacerlo. ¿No es así con el humano?

Mileada continuó hablando.

- Pero creo que a él no le es suficiente así. Creo que debería disfrutar más al estar dentro de mí… pero mi cuerpo no resiste tanto tiempo.

Mileada continuaba con las explicaciones mientras que Sam no sabía dónde esconderse ante los risueños ojos de Mikane.

- No me cabe en la boca porque su pene es cuatro o cinco veces más grueso de lo normal. Bueno. Quiero decir de lo que he visto. Y es más de dos veces de largo. - Sonrió al añadir: - Creo que dos hembras nos podríamos sentar sobre esa barra a la vez para frotar los pétalos. Y también está que tarda mucho, muchísimo en estallar. Es agotador.

Tras pensarlo un poco añadió algo preocupada:

- No sé, pero creo que con la práctica está durando más en estallar y puede ser bueno para las hembras nativas, pero muy cansado para mí.

Sam ya sabía que los sorevanos mantienen unas relaciones muy breves comparadas con la duración del sexo en los humanos. Pero un macho podía estallar más de cinco veces en un sexto de seis, lo cual seguía asombrado a Sam cada vez que salía el tema, o la reacción de su esposa en el nido, o como sucedía en ese momento que lo hablaba con su madre.

- Has dicho una descarga múltiple. – Pidió Mikane. – ¿Qué es eso?

- Sí, mamá. Verás, cuando tiene el estallido no es una única descarga como los machos sorevanos. Lo hace en varios chorros, que pueden ser de tres a cinco. – Añadió ruborizada. - Y todos con gran cantidad de esencia. Y con una temperatura, ímpetu y movimiento que hace que estalle a cada chorro.

De un pezón salió un poco de crema evidenciando que se estaba excitando con tanta descripción.

Sam alargó una mano para cogerlo del pezón y Mileada se adelantó. Se lo llevó a la boca mientras ordenaba:

- No me toques ahora, cariño. O no pararemos.

Mikane apretó los muslos en silencio. También tenía ganas de hacerlo en ese instante. Pero claro, no podía ser. Tras una noche de sexo Sam debía reponer fuerzas.

Se acordó que el encuentro entre los tres sería una noche que al caute siguiente Mileada tuviera libre, algo que normalmente ya se hacía porque Mileada solía quedar tan agotada que no podría trabajar.

Antes, al principio de la relación, se amaban por las tardes, antes de cenar. Pero como decía Mileada, Sam aguantaba más por eso lo hacían esas noches que libraba al día siguiente.

Y esa noche llegó. Mileaba y Sam estaban esperando desnudos en su nido la llegada de Mikane. Fue puntual. La hembra más mayor se presentó totalmente desnuda y la erección de Sam aumentó notablemente al pensar que podría acariciar esas tetas que tanto le gustaban.

Sam estaba acostumbrado a verla casi desnuda por la granja porque como era lo normal solamente vestía un calzón corto dejando sus hermosas tetas al aire. Sobre todo, dentro de casa. Por eso ya sabía que eran ligeramente más grandes que las de su esposa. Pero al verla dispuesta para compartir el nido… lo dicho, era excitante.

Se fijó en sus pétalos. Seguramente por su actividad sexual o el haber parido dos veces, eran un poco más grandes que los de Mileada sobresaliendo ligeramente de su cuerpo. Lo cual no es verdad, se trataba de una sencilla diferencia anatómica, ya que los de Mileada siendo más pequeños estaban más separados porque ya había recibido varias veces el miembro del marido.

La hembra no se percató de semejante volumen del macho porque Sam estaba sentado en un extremo del confortable nido.

Para llegar al nido de los jóvenes, Mikane desde su dormitorio había pasado antes por comedor, el dormitorio de éstos, y, como siempre, le sorprendió ver la cama que empleaban. Media era la cama piscina, como era lo normal con sus dos o tres dedos de agua tibia y mientras que la otra media era una base seca, ligeramente blanda sobre la que Sam dormía porque si estaba mucho tiempo en el agua se arrugaba su piel. Algo que aún le resultaba extraño.

- Bien. ¿Tenéis pensado cómo lo hacemos? – Preguntó desde la entrada al nido mirando a los dos risueña. - ¿Seguimos un orden, una improvisación o será como alguien lo disponga?

Miró a Sam como esperando que fuera él quien que diera las órdenes, que dijera el cómo.

- Seguiremos un orden, mamá. - Dijo Mileada algo nerviosa.

Su cuerpo era hermoso y a Sam le gustaba de cada caute más. Sus cuatro tetas eran casi simétricas, su culo redondo y alzado. Sus pétalos se recuperaban rápidamente después de una sesión de sexo y eran acordes a su juventud. Solamente tras frotarse con su esposo se separaban mostrando un agujero capaz para el pene del humano.

Explicó:

- Debemos hacer coincidir que la culminación, esto, el estallido de Sam sea conmigo, en mi cuerpo. – Necesitaba justificar su egoísmo. - Perdona mamá, pero tengo muchas ganas de notarlo otra vez. Ya te hemos dicho que es múltiple y, bueno, eso. Y, luego. Para su segundo estallido, si quieres mamá, ya será en ti. – MiIeada miró agradecida la intervención de su progenitora y tras una sonrisa continuó: - Mamá, te aviso que las descargas serán ligeramente menores que conmigo tanto en número como en semen aportado, pero no menos de tres seguidas… y, bueno, quiero que lo disfrutes. Te lo mereces mamá.

No dijo que la dejaba en segundo lugar porque temía que con el múltiple estallido quedara derrotada, y no podrían continuar, quedándose ella a medias.

Mikane sonrió a su hija de una forma que aparentaba conforme y cómplice. Pero en verdad era de la duda sobre quien todavía consideraba una cría. Suponía que con dos partos y la experiencia cumulada de muchos cautones con un macho activo sexualmente era suficiente para satisfacer a Sam ya que por muy grande que fuera su miembro y lo que pudiera durar durante el coito, se trataba de un joven con menos experiencia.

Fue entonces cuando Sam cambió de postura reclinándose más sobre las bolsas y su erecto pene quedó expuesto a la mirada de Mikane. La hembra ya lo había visto en alguna ocasión en las piscinas o al salir del baño, pero nunca en erección. Se asombró ante su descubrimiento. Le parecía una barra. No pudo reprimir su exclamación.

- ¡Es enorme!