La Estanquera del barrio
Siempre compraba el mismo tabaco, en el mismo estanco, a la misma mujer. Hasta que una tarde, ella cerró la tienda antes de hora y le pidió que la llevara en su moto. Lo que empezó como un paseo se convirtió en una promesa que ninguno de los dos pensaba cumplir solo una vez.
Me llamo Alejandro, tengo cuarenta y siete años y llevo casado casi veinte. No soy un tipo especialmente interesante. Trabajo, vuelvo a casa, ceno con mi mujer, vemos alguna serie y al día siguiente vuelvo a empezar. Supongo que mi vida se parece bastante a la de mucha gente de mi edad.
Trabajo como técnico en una empresa de mantenimiento industrial aquí en Granada. No es un mal trabajo. Llevo allí muchos años, el sueldo es razonable y no me puedo quejar demasiado. Con el tiempo uno aprende que la estabilidad también tiene su valor.
Mi mujer Yolanda y yo vivimos en el mismo barrio desde hace más de una década. Es una zona tranquila, de esas donde casi todo el mundo termina conociéndose de vista. Tenemos nuestras rutinas muy marcadas: ella sale antes que yo por las mañanas, yo llego antes a casa por la tarde. Los fines de semana hacemos la compra, vemos a algunos amigos o simplemente descansamos.
No diría que mi matrimonio es infeliz. Nos llevamos bien, no discutimos demasiado y la vida en casa es tranquila. Pero con los años muchas cosas cambian. La pasión de los primeros tiempos se convierte en costumbre, y la costumbre acaba pareciéndose mucho a la rutina.
Yo tampoco soy un hombre especialmente tranquilo. Siempre he sido más bien inquieto, aunque observador. Me gusta sentarme en un bar con una cerveza, mirar a la gente pasar o dar una vuelta en moto cuando tengo un rato libre. No necesito mucho más para estar a gusto.
Fumo desde joven, aunque cada vez menos. Y desde hace años compro el tabaco en el mismo estanco, en la calle Mayor, a un par de manzanas de casa. Es un local pequeño donde hace un año siempre atiende la misma mujer.
Hasta hace unos meses, para mí no era más que eso: el sitio donde compraba tabaco.
Pero hay momentos en la vida que empiezan como algo completamente normal y, sin darte cuenta, terminan cambiando muchas cosas.
Y, en mi caso, todo empezó una tarde cualquiera… cuando entré en aquel estanco y Sara me miró de una manera un poco distinta a las otras veces.
Durante bastante tiempo, Sara fue simplemente la mujer del estanco.
Morena, de ojos grandes color miel y una sonrisa fácil que usaba con casi todos los clientes. Tendría unos cuarenta años, más o menos. Era atractiva, de esas mujeres que llaman la atención sin necesidad de arreglarse demasiado. Siempre llevaba camisetas sencillas o alguna blusa ligera que dejaba adivinar unas curvas generosas detrás del mostrador.
Al principio nuestras conversaciones no pasaban de lo típico.
—¿Un paquete de Lucies?
—Sí, un lucies, gracias.
Un par de frases sobre el tiempo, alguna broma rápida y poco más. Yo pagaba, ella me daba el cambio y cada uno seguía con su día.
Pero con el tiempo empezamos a hablar un poco más. Supongo que pasa en todos los barrios: ves tantas veces a la misma persona que acabas cruzando más palabras de las previstas.
Así fui sabiendo algunas cosas sobre ella.
Que estaba casada.
Que tenía un hijo de diecisiete años.
Que vivían no muy lejos de allí.
Nada demasiado personal al principio, solo comentarios sueltos mientras me preparaba el tabaco o colocaba las cajetillas en la estantería.
La primera vez que realmente hablamos más de lo habitual fue una tarde cualquiera. Recuerdo que me llamó la atención nada más entrar. Sara tenía mala cara, como si hubiera dormido poco o llevara todo el día de mal humor.
Le pedí el tabaco y, mientras me lo daba, le dije casi sin pensar:
—Parece que hoy no tienes muy buena cara.
Ella levantó la mirada, como dudando si contestar o no. Durante un segundo pensé que quizá me había metido donde no debía.
Pero en lugar de molestarse, soltó un suspiro.
—He discutido con mi marido esta mañana —dijo, bajando la voz—. Bueno… en realidad llevamos semanas discutiendo.
Yo no supe muy bien qué decir, así que simplemente me apoyé un poco en el mostrador mientras ella seguía hablando.
—Bebe demasiado —añadió—. Y cada vez llega más tarde a casa. Hay días que ni sé dónde está hasta pasada la medianoche.
No lo decía con rabia, más bien con ese cansancio que se le queda a uno cuando un problema se repite demasiadas veces.
—A veces pienso que vamos a acabar separándonos —murmuró.
Fue la primera vez que me contó algo realmente personal.
A partir de ese día nuestras conversaciones cambiaron un poco. No es que habláramos de cosas íntimas cada vez que entraba, pero la relación dejó de ser la de simple cliente y dependienta.
Y entonces ocurrió lo de la moto.
Una tarde llegué al estanco después de dar una vuelta. Aparqué justo delante de la puerta, en la acera. No suelo hacerlo, pero aquel día no había sitio más cerca.
Cuando entré, Sara estaba atendiendo a otro cliente. Me vio, me saludó con la cabeza y siguió con lo suyo.
Compré lo de siempre y salí.
No habían pasado ni treinta segundos cuando oí la puerta abrirse detrás de mí.
—¿Esa moto es tuya? —preguntó.
Me giré y la vi allí, de pie en la puerta del estanco, mirando la moto con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.
—Sí —le dije—. ¿Te gustan?
Sonrió de una manera distinta a otras veces.
—Mucho. Siempre me han gustado… pero nunca he tenido ocasión de subir en una.
Se acercó un poco más para verla mejor, pasando la mano por el asiento como si estuviera comprobando algo.
Y fue en ese momento cuando me di cuenta de una cosa.
Sara no estaba hablando conmigo como hablaba con los demás clientes.
Había algo en su mirada… algo que hasta entonces no había notado.
Y lo cierto es que, mientras la veía rodear la moto con aquella curiosidad casi infantil, pensé que quizá estaba empezando a sentirse atraída por mí.
Después de aquel día, empecé a notar algo curioso.
Cada vez que llegaba al estanco con la moto, Sara parecía darse cuenta incluso antes de que yo entrara por la puerta.
Al principio pensé que era casualidad. El ruido del motor se oye bastante en una calle tranquila como aquella, así que supuse que simplemente lo reconocía.
Pero pronto me di cuenta de que no era solo eso.
Una tarde aparqué frente al estanco como siempre. Apagué el motor, me quité los guantes y todavía no había terminado de guardarlos cuando la puerta del local se abrió.
Sara salió a la acera.
—Sabía que eras tú —dijo sonriendo.
—¿Cómo lo sabías?
—Ese ruido ya lo reconozco desde lejos.
Se acercó a la moto como si quisiera examinarla otra vez. Llevaba una camiseta clara que el calor pegaba ligeramente a su cuerpo, y al inclinarse un poco para mirar el depósito no pude evitar fijarme en sus curvas.
—Es bonita —dijo pasando la mano por el manillar—. Siempre me han gustado las motos.
—Pues ya la has visto dos veces.
—No será lo mismo verla que montarla —respondió con media sonrisa.
No supe si lo decía en serio o solo por bromear, pero el tono de su voz tenía algo distinto.
Nos quedamos un rato hablando allí mismo, en la acera. De la moto, de viajes que a ella le gustaría hacer algún día, de lo diferente que se siente uno cuando va por carretera en moto comparado con ir en coche.
Desde dentro del estanco se oía el timbre de la puerta abrirse.
Sara miró hacia el interior y suspiró.
—Tengo que volver, que entra gente.
Antes de entrar se volvió hacia mí.
—Pero otro día me cuentas más cosas de la moto.
Aquella escena empezó a repetirse.
No siempre, claro. Había días que el estanco estaba lleno y apenas podíamos intercambiar un par de frases mientras me daba el tabaco.
Pero otras tardes, cuando la calle estaba tranquila, Sara parecía encontrar cualquier excusa para salir un momento.
A veces decía que necesitaba tomar el aire mientras se fumaba un cigarrillo.
Otras veces simplemente salía con alguna caja vacía para tirarla al contenedor que había junto a la acera.
Siempre terminábamos hablando unos minutos junto a la moto.
Fue en una de esas tardes cuando volvió a salir el tema de su marido.
Sara estaba apoyada en el asiento de la moto, mirando hacia el final de la calle con expresión cansada.
—Anoche volvió a llegar tarde —dijo de repente.
No me sorprendió que me lo contara. Desde aquella primera conversación había empezado a hablar de esas cosas conmigo con bastante naturalidad.
—¿Otra vez? —pregunté.
Asintió.
—Cada vez es peor. Cuando bebe se vuelve insoportable.
Se quedó callada unos segundos.
—A veces pienso que ya no lo aguanto más.
La forma en que lo dijo no sonaba a enfado. Sonaba más bien a alguien que lleva demasiado tiempo soportando algo.
Yo no dije nada. A veces la gente no necesita consejos, solo alguien que escuche.
Sara me miró entonces, como si de repente se diera cuenta de lo cerca que estábamos.
—Perdona… siempre termino contándote mis problemas.
—No pasa nada.
Sonrió, pero esta vez su sonrisa era distinta. Más suave.
—Contigo da gusto hablar.
En ese momento la puerta del estanco volvió a sonar.
Sara se incorporó rápidamente.
—Tengo que volver otra vez.
Antes de entrar se volvió hacia mí, con esa misma mirada que había empezado a reconocer.
—Un día de estos tienes que darme una vuelta en esa moto, ¿me lo prometes?.
Lo dijo como quien hace una broma.
Pero la forma en que lo dijo… no parecía exactamente una broma.
—Bueno, prometido. Le respondí casi por compromiso.
Y mientras la veía entrar de nuevo en el estanco, pensé que aquella idea no le había pasado por la cabeza solo por casualidad.
Durante varios días aquella frase se me quedó dando vueltas en la cabeza.
"Un día de estos tienes que darme una vuelta en esa moto."
No sabía si Sara lo había dicho medio en broma o si realmente le apetecía. Con el paso de los años uno aprende que a veces es mejor no interpretar demasiado las cosas.
Además, los dos teníamos nuestra vida.
Yo estaba casado.
Ella también.
Y aunque entre nosotros había empezado a surgir una complicidad extraña, ninguno había hecho nada que pudiera considerarse inapropiado.
Hasta aquella tarde.
Llegué al estanco algo más tarde de lo habitual. El sol ya estaba bajando y la calle estaba casi vacía. Aparqué la moto en el mismo sitio de siempre y me quité el casco.
Cuando levanté la vista vi a Sara dentro, detrás del mostrador. Estaba hablando con una señora mayor que parecía tomarse su tiempo para elegir tabaco.
Entré, saludé y esperé mi turno.
Sara me miró un momento mientras atendía a la clienta. Fue solo un segundo, pero en su mirada había algo distinto, como si estuviera pensando en algo.
Cuando la mujer se marchó, Sara cerró la caja registradora y miró el reloj que tenía colgado en la pared.
—Hoy voy a cerrar un poco antes —dijo.
—¿Sí?
—No hay casi nadie por la calle… y la verdad es que me apetece salir un rato.
Mientras hablaba empezó a recoger algunas cosas del mostrador con movimientos rápidos, como si ya tuviera la decisión tomada.
Yo pagué el tabaco y salí a la acera. Pensé que ella seguiría con lo suyo dentro, pero no fue así.
Un par de minutos después la puerta del estanco volvió a abrirse.
Sara salió, bajó la persiana hasta la mitad y echó la llave.
Llevaba el bolso colgado del hombro y el pelo algo revuelto por el calor de todo el día.
Se quedó unos segundos mirando la moto.
—¿Te acuerdas de lo que te dije el otro día? —preguntó.
—¿Sobre la moto?
Asintió.
—Siempre me he quedado con ganas de subir en una moto gorda.
Me miró entonces directamente, con una mezcla de timidez y decisión.
—¿Me das una vuelta?
No era una propuesta escandalosa. Solo una vuelta en moto por ahí. Nada que no pudiera parecer completamente normal si no fuera por estar casados y la gente del barrio que nos conociera pudiera pensar cosas…
Los dos sabíamos que no era tan simple.
Pero no era solo la moto.
Era el hecho de que Sara había cerrado antes el estanco.
Era la forma en que me estaba mirando.
Y era esa sensación, cada vez más clara, de que entre nosotros empezaba a notarse algo que no estaba allí unas semanas antes.
—¿Y tu marido? —pregunté casi sin pensar.
Sara bajó la mirada un instante.
—No llega a casa hasta muy tarde… ya sabes.
Lo dijo con naturalidad, pero el silencio que siguió fue más largo de lo normal.
Yo también pensé en mi mujer.
En que seguramente estaría en casa, como casi todas las tardes, viendo alguna serie o preparando la cena.
Nada de lo que estaba pasando allí era grave.
Pero tampoco era exactamente inocente.
Sara dio un pequeño paso hacia la moto.
—Solo un paseo corto —dijo con una sonrisa suave—. Me prometiste que algún día me darías una vuelta. Quiero notar cómo se siente el viento en la cara.
La miré un segundo más.
Y al final abrí el asiento de la moto para sacar el casco de Yolanda.
—Está bien —le dije.
Sara sonrió de una manera que no le había visto antes.
Se acercó un poco más, se colocó el casco que le pasé y, antes de subir, me preguntó:
—¿Dónde me agarro?
Fue una pregunta simple.
Pero mientras subía a la moto detrás de mí y apoyaba las manos en mi cintura, tuve la sensación de que aquel paseo iba a cambiar más cosas de las que imaginábamos.
Sara se acomodó detrás de mí con cierta torpeza al principio. Era evidente que no estaba acostumbrada a subir en moto.
—Agárrate bien —le dije.
Noté sus manos rodeando mi cintura con algo de timidez, como si al principio no estuviera segura de hasta dónde debía acercarse. Después apoyó el cuerpo contra mi espalda y sentí cómo se relajaba un poco.
Arranqué despacio y salimos de la calle del estanco.
El tráfico a esa hora era escaso, así que tomé un par de calles tranquilas que salían del barrio. El aire de la tarde empezaba a refrescar y, a los pocos minutos, Sara se pegó un poco más a mí.
—Ahora entiendo por qué te gusta —dijo cerca de mi oído para que pudiera oírla.
Su voz sonaba distinta dentro del casco, más lejana.
Conduje sin prisa, dejando que el paseo se alargara. Pasamos por algunas avenidas amplias y luego subimos por las calles estrechas que serpentean hacia el Mirador de San Nicolás, en el barrio del Albaicín. A esa hora la ciudad empezaba a encender sus luces y el aire que subía desde el valle del Río Genil refrescaba un poco después del calor del día.
Sara se agarraba a mi cintura con más confianza que al principio. Al subir por las cuestas del barrio su cuerpo se pegaba inevitablemente al mío, y notaba cómo se inclinaba conmigo en cada curva, sintiendo sus pechos en mi espalda.
Cuando llegamos al mirador, aparqué junto al borde de la plaza. Había gente sentada en el muro mirando hacia la ciudad, algunos turistas con cámaras, parejas hablando en voz baja.
Sara se quitó el casco despacio.
—Madre mía… —dijo mientras miraba al frente.
Desde allí se veía iluminada la Alhambra, recortada contra el cielo oscuro, con las torres rojizas y sus murallas iluminadas brillando sobre la colina.
Nos acercamos a la barandilla.
Durante unos segundos ninguno habló. A veces la ciudad de noche tiene ese efecto: hace que la gente se quede callada mirando.
—Hacía años que no venía aquí —dijo al fin.
—Yo tampoco vengo mucho.
Sara apoyó los codos en el muro de piedra. El viento movía un poco su pelo oscuro y le apartó algunos mechones de la cara.
—Cuando era más joven venía con amigas —continuó—. O con mi marido… cuando salíamos más.
Se quedó mirando hacia la Alhambra mientras decía la última frase.
—Cuchi, supongo que con el tiempo todo cambia.
No respondí. A veces es mejor dejar que la otra persona hable si lo necesita.
Sara suspiró y se giró hacia mí.
—¿Sabes una cosa? —dijo con una media sonrisa—. Creo que llevaba mucho tiempo sin hacer algo solo porque me apetecía.
—¿Tan mal están las cosas en casa?
Suspiró.
—No es solo lo de beber… —dijo al fin—. Es que ya no hablamos. Cada uno va por su lado. A veces siento que vivimos en la misma casa, pero nada más.
Bajó la mirada un momento antes de añadir:
—Supongo que por eso hablo tanto contigo cuando vienes al estanco.
No supe qué responder. En realidad tampoco hacía falta decir nada.
Sara se apartó de la barandilla y caminó despacio hacia la moto.
—Además —continuó con un tono más ligero—, tú tienes la culpa.
—¿Yo?
—Claro. —sonrió—. Apareces con esa moto, te quedas charlando conmigo como si nos conociéramos de toda la vida… y al final termino escapándome del trabajo contigo para dar una vuelta en tu moto, como cuando era una colegiala en el instituto.
Se quedó muy cerca de mí cuando terminó de hablar.
Durante un segundo ninguno se movió.
En aquel momento pensé en algo que hasta entonces había evitado pensar demasiado.
Los dos estábamos casados.
Los dos teníamos una vida fuera de ese momento.
Y aun así, allí estábamos, en medio de la tarde, solos en el mirador, mirándonos de una manera que ya no tenía mucho que ver con la conversación entre una dependienta y un cliente.
Sara pareció darse cuenta también.
—Deberíamos volver —dijo finalmente, aunque su voz no sonaba muy convencida.
Pero no se movió.
Y mientras la veía tan cerca de mí, con el pelo todavía desordenado por el casco y el viento del paseo, tuve la sensación de que aquello entre nosotros había empezado a cruzar una línea que ninguno había planeado cruzar.
—Gracias por traerme —dijo al final.
Luego levantó la vista hacia la Alhambra iluminada y sonrió con una mezcla de calma y nervios.
—La verdad… hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Sara dio un paso más hacia mí.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos muy de cerca. Podía ver el reflejo de las luces de la ciudad en sus ojos color miel y notar cómo su respiración se había vuelto un poco más rápida.
Entonces ocurrió.
Se inclinó ligeramente hacia delante y me dio un beso rápido en los labios, casi un roce.
Un pico.
Fue algo tan inesperado que durante una fracción de segundo me quedé inmóvil. Pero antes de que pudiera pensar demasiado en lo que estaba pasando, mis brazos reaccionaron casi por instinto. La rodeé por la cintura y la atraje hacia mí, devolviéndole el beso.
Esta vez ya no fue un roce tímido.
Nuestros labios se encontraron con más decisión, y Sara no se apartó. Al contrario. Sentí cómo se acercaba más, cómo sus manos buscaban mi cuello mientras el beso se volvía más largo, más intenso, como si los dos lleváramos demasiado tiempo conteniéndonos.
Durante unos segundos el mirador, la gente alrededor, la ciudad… todo pareció desaparecer.
Solo estábamos nosotros dos.
De repente nos separamos casi al mismo tiempo, como si de golpe hubiéramos recordado dónde estábamos.
La sujeté suavemente por los brazos, manteniéndola a cierta distancia mientras la miraba a los ojos.
—Perdona, Sara… —dije en voz baja—. No sé qué me ha pasado.
Ella me sostuvo la mirada un instante.
No parecía enfadada.
Ni sorprendida.
Más bien todo lo contrario.
Una media sonrisa apareció en sus labios y, antes de que pudiera decir nada más, volvió a acercarse. Esta vez pasó los brazos alrededor de mi cuello y me besó de nuevo, con mucha más decisión que antes.
Sentí cómo se apretaba contra mí, cómo su cuerpo buscaba el mío sin ninguna duda. La abracé por la cintura mientras el beso se alargaba, más profundo, más cargado de todo lo que llevábamos semanas insinuando sin decirlo.
Cuando por fin se separó un poco, su frente quedó muy cerca de la mía.
Respiraba deprisa.
Bajó la mano por mi pecho de forma instintiva, como comprobando algo que ya sabía, y dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
—Dios… —murmuró en voz baja—. Me tienes loca desde hace tiempo.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros mientras las luces de Granada brillaban al fondo y la noche seguía su curso alrededor del mirador.
Y en ese momento los dos sabíamos que aquello ya había dejado de ser simplemente un paseo en moto.
Me quedé mirándola, sintiendo todavía el rastro de su saliva en mis labios y el calor de su aliento. Ya no había vuelta atrás. Las palabras de Sara, confesando que me deseaba desde hacía tiempo, terminaron de dinamitar cualquier residuo de conciencia que me quedara sobre Yolanda o sobre su marido. En ese momento, lo único que importaba era la forma en que sus pechos presionaban mi pecho a través de la blusa fina y cómo su pelvis, casi por instinto, buscaba la mía.
—Aquí no, Sara —susurré, con la voz rota por la excitación—. Hay demasiada gente.
Ella no respondió con palabras. Se limitó a bajar una de sus manos desde mi nuca hasta mi entrepierna, apretando con una fuerza que me hizo soltar un gruñido sordo. Me miró a los ojos con un descaro que nunca habría imaginado en la "mujer del estanco".
—Entonces sácame de aquí, Alejandro. Ahora mismo.
La ayudé a colocarse el casco, con las manos temblorosas, y me calcé el mío. Nos subimos a la moto y esta vez no hubo timidez. Sara se pegó a mi espalda como una lapa, hundiendo sus dedos en mis costados y apretando sus muslos contra mis caderas. Arranqué la moto y bajamos por las cuestas del Albaicín a una velocidad que rozaba lo imprudente. Los frenazos en las curvas cerradas hacían que su cuerpo impactara contra el mío, alimentando un fuego que ya era incontrolable.
No fuimos muy lejos. Conocía un callejón oscuro, apartado de la ruta turística, donde las paredes de piedra tapaban la luz de las farolas y el eco de la ciudad llegaba amortiguado. Detuve la moto de golpe, apoyé la pata de cabra y, antes de que pudiera quitarse el casco, ya la tenía acorralada contra el muro frío.
Le saqué el casco de la cabeza y lo dejé caer al suelo sin importarme si se rayaba. La besé con ganas, metiendo la lengua hasta el fondo de su garganta mientras mis manos subían por debajo de su blusa. Su piel quemaba. No llevaba sujetador, o al menos mis dedos solo encontraron la suavidad de su carne y unos pezones que estaban tan duros que parecían querer perforar la tela.
—Joder, Sara... —gemí contra su cuello, mordiendo la piel delicada justo encima de la clavícula.
—No hables... —jadeó ella, arqueando la espalda para ofrecerme más de sí misma—.Llevo semanas empapándome solo de verte bajar de la moto...
Sus palabras fueron la gasolina que necesitaba mi polla para ponerse como piedra. Ya no había frenos. Sin separarme de su boca, que buscaba la mía con desesperación, subí mis manos por debajo de su blusa. Dios, qué tetas. Eran generosas y pesadas, y sus pezones estaban tan duros que casi cortaban las puntas de mis dedos. Las amasé sin contemplaciones, estrujándolas con ganas, disfrutando de sus gemidos ahogados contra mis labios.
Me separé un momento de su boca y bajé mis manos a su culo. Era firme y redondo, y me lo llevé por delante, apretándolo y sobándolo como si quisiera grabarme la forma de sus nalgas en las palmas de mis manos. Con un movimiento rápido, metí una mano por dentro de su pantalón vaquero, deslizándola entre la tela de sus braguitas y su piel. Estaba ardiendo.
Bajé la mano directamente hacia su coño y mis dedos se toparon con un desastre delicioso. Estaba empapada, chorreando. Sus bragas estaban completamente mojadas, pegadas a sus labios vaginales como una segunda piel caliente. Me eché un poco hacia atrás para tener más ángulo e inserté dos dedos por debajo del borde de sus bragas, acariciándola directamente. Al pasar por sus labios hinchados, noté cómo su clítoris estaba duro y resbaladizo; lo rocé con el pulgar en círculos lentos y Sara dio un respingo, clavándome las uñas en los hombros.
—Joder, Alejandro… —jadeó contra mi cuello, con la voz entrecortada—. Así… más despacio al principio, por favor.
Metí un dedo entero dentro de su vagina. Estaba ardiendo, apretada, como si me estuviera succionando. La pared interior estaba hinchada y resbaladiza; empecé a moverlo despacio, curvándolo hacia arriba buscando ese punto que la hacía temblar. Con el pulgar seguí rodeando su clítoris, sin prisa, sintiendo cómo se hinchaba más con cada pasada. Sara se retorcía contra el muro, arqueando la espalda, y sus pechos se apretaban contra mi pecho con cada respiración entrecortada.
—Más… méteme otro —susurró, casi suplicando.
Introduje el segundo dedo. Ahora los movía los dos juntos, entrando y saliendo con un ritmo constante, mientras el pulgar aceleraba un poco sobre su clítoris. Se oía el sonido húmedo, ese chapoteo suave y obsceno que llenaba el callejón. Sara apretaba los muslos alrededor de mi mano, como queriendo atraparla dentro, y sus caderas empezaron a moverse por instinto, follándose mis dedos.
—Así… sí… más rápido ahora —gimió, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
Aceleré. Los dedos entraban y salían más profundo, más rápido, golpeando ese punto esponjoso que la hacía jadear cada vez más alto. Sentía cómo su interior se contraía alrededor de mí, cómo se ponía más mojada todavía, casi chorreando por mi muñeca. Su respiración se volvió entrecortada, irregular; todo su cuerpo empezó a tensarse como una cuerda a punto de romperse.
—Voy a correrme… no pares, por Dios, no pares…
Sus uñas se clavaron más fuerte en mi espalda. Una sacudida recorrió sus piernas, luego otra más fuerte. De repente se puso rígida, arqueó la espalda contra el muro y soltó un gemido largo, gutural, que intentó ahogar contra mi hombro. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mis dedos, apretándolos en espasmos rítmicos mientras un chorro caliente me empapaba la mano. Siguió corriéndose varios segundos, temblando, con las piernas flojas, casi colgando de mí. Solo cuando el último espasmo pasó, aflojó la presión y se quedó abrazada a mi cuello, respirando como si hubiera corrido un maratón.
—Hostia… —susurró aún temblando—. Hacía años que no me corría así…
—Qué ganas tenía... ahora te toca a ti.
Sin darme tiempo a reaccionar, se agachó. Quedó completamente oculta de cualquier mirada indiscreta detrás del bulto de la moto. La oí soltar el botón de mis vaqueros y el sonido metálico de la cremallera al abrirse. Metió su mano en mi bóxer y sacó mi polla, que estaba ya al borde del colapso de tanta tensión acumulada. Su mano estaba caliente, firme. Se la llevó a la boca sin dudarlo, envolviendo mi glande con sus labios y comenzó a chupármela con una pericia que me hizo soltar un bufido de puro placer, agarrándome a la moto para no caerme.
Sus labios se cerraban alrededor de mi glande con una succión perfecta, como si supiera exactamente cómo volverme loco. La lengua le danzaba en la punta, lamiendo con suavidad, mientras su mano me apretaba la base con firmeza, bombeando despacio. Joder, qué boca. Caliente, húmeda, experta. Me tenía clavado en el sitio, con las rodillas temblando y la moto como único soporte.
Así, con el pelo cayéndole por la cara, mirándome desde abajo con esos ojos llenos de lujuria. Aceleró el ritmo, tragándosela más profundo, hasta que sentí el fondo de su garganta contra mí. Gemí sin control, una mano en su cabeza guiándola, la otra aferrada al manillar. El riesgo de que alguien pasara por allí solo lo hacía más intenso; cada ruido lejano me ponía los huevos a mil.
—Para... o me corro ya —le advertí entre dientes, pero ella no paró. Al contrario, succionó más fuerte. No pude aguantar más. El orgasmo me golpeó como un mazazo, descargando chorros calientes en su boca. Ella lo tragó todo, sin perder ni una gota, lamiéndome todo el capullo hasta que me lo dejó sin rastro de semen.
Se levantó despacio, limpiándose la comisura de los labios con una sonrisa traviesa. Me besó, compartiendo el sabor salado, y susurró:
—Esto es solo el aperitivo, Alejandro. Quiero follar contigo, no sé ni cuando, ni cómo ni donde, pero me tienes que follar un día de éstos.
Me guardé la polla todavía medio dura dentro de los vaqueros, con el cierre a medio subir y el sabor de Sara todavía pegado en la lengua. Ella se limpió los labios con el dorso de la mano, una sonrisa satisfecha pero nerviosa, como si de repente cayera en la cuenta de dónde estábamos y qué acabábamos de hacer. El callejón olía a humedad, a piedra vieja y a gasolina de la moto que aún estaba caliente.
—Venga, vámonos antes de que pase alguien —murmuró, poniéndose el casco con manos temblorosas.
Me calcé el mío, arranqué el motor y ella se subió detrás otra vez, pegándose a mi espalda como si no quisiera soltarme nunca. Esta vez no había juegos: las manos en la cintura, el cuerpo pegado, pero sin roces provocadores. El subidón del orgasmo empezaba a bajar y el miedo a ser vistos tomaba el relevo. Bajamos por las cuestas del Albaicín despacio, con el ruido del motor rebotando en las paredes estrechas, evitando las calles más iluminadas y turísticas. Cada farola que pasábamos me parecía un foco acusador.
La llevé hasta una callejuela lateral, a dos manzanas de su casa, la que da al pequeño parking detrás del bloque donde vive. Aparqué en la sombra, apagué el motor y nos quedamos quietos un segundo, escuchando. Solo se oía el zumbido lejano de la ciudad y algún perro ladrando en un patio.
Miré alrededor: nadie. Las ventanas apagadas, las persianas bajadas, el barrio ya metido en su rutina de noche temprana. Sara se bajó rápido, se quitó el casco con un movimiento brusco y me lo tendió sin mirarme mucho a los ojos.
—Toma. Gracias por… todo.
Lo dijo en voz baja, casi formal, como si estuviéramos despidiéndonos después de una charla cualquiera en el estanco. Pero su voz todavía temblaba un poco, y cuando me rozó la mano al pasarme el casco sentí el calor residual de su piel.
—Nos vemos —añadió, con esa sonrisa corta y profesional que usaba con los clientes habituales.
Asentí, sin saber qué decir. Ella dio media vuelta, se ajustó la blusa que aún estaba arrugada por mis manos y caminó hacia la esquina sin mirar atrás. La vi doblar la calle, el pelo oscuro moviéndose con cada paso, hasta que desapareció entre las sombras de los edificios…
Me quedé allí un momento, con el casco de Yolanda en la mano. Lo abrí, lo metí en la maleta de la moto junto al mío y cerré de un golpe seco. El clic sonó más fuerte de lo normal en el silencio.
Arranqué de nuevo y salí despacio, sin prisa, como si no pasara nada. Subí por la Carrera del Darro, giré hacia el Realejo y luego hacia mi barrio. El viento de la noche me secaba el sudor de la frente y el cuello, pero no borraba el olor de ella: perfume mezclado con sudor, con sexo, con tabaco del estanco que se le pegaba a la ropa todo el día.
Cuando aparqué delante de casa, la luz del salón estaba encendida. Yolanda estaría allí, probablemente con la serie puesta, la cena recogida, esperando a que llegara para decirme “¿dónde te has metido tanto rato?” con esa voz tranquila que ya no pregunta de verdad.
Apagué el motor, me quité el casco y me quedé un segundo mirando la moto. Todavía sentía el abrazo de Sara en el mirador, sus brazos apretando mi cintura, su aliento en mi oreja cuando me había susurrado “me tienes que follar un día de éstos”.
Abrí la puerta de casa con la llave que hacía el mismo ruido de siempre. Yolanda levantó la vista del sofá.
—Llegas tarde —dijo, sin reproche, solo constatando.
—Di una vuelta larga. Me apetecía despejarme.
Asintió, volvió a la tele. Me quité la chaqueta, noté que olía un poco a ella —a jazmín del Albaicín y a algo más íntimo— y la colgué rápido en el perchero del pasillo.
Fui al baño, me lavé la cara con agua fría, me enjuagué la boca como si pudiera borrar el sabor. Me eché un poco de mi loción de afeitar y un poco de mi perfume para que Yolanda no notara el perfume de ella y miré en el espejo: el mismo Alejandro de siempre, el técnico de mantenimiento, el marido desde hace casi veinte años. Pero mis ojos estaban distintos. Más vivos. Y más culpables.
Volví al salón, me senté al lado de Yolanda. Ella apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada. La abracé por instinto, como todas las noches.
Y mientras la serie seguía sonando de fondo, pensé en Sara en el estanco mañana, en cómo me miraría cuando entrara a comprar tabaco, en esa promesa colgando entre nosotros como una bomba de relojería.
“Me tienes que follar un día de éstos”.
Y supe que no iba a ser capaz de no hacerlo.
Que la próxima vez no pararía en un callejón.
Que la próxima vez la llevaría a algún sitio donde pudiéramos quitarnos la ropa despacio y sin miedo a que nos oyeran.
Y que, cuando eso pasara, ya no sé qué iba a ocurrir después.
Cerré los ojos, respiré hondo el olor familiar del salón —a cena recalentada, a detergente, a Yolanda— y sentí cómo el deseo y la culpa se enredaban dentro de mí como dos cables a punto de hacer cortocircuito.
Mañana volvería al estanco.
Sara.
Me quedé un segundo en la esquina, con la espalda apoyada en la pared fría de la casa vecina, esperando a que el ruido de la moto se perdiera del todo. El motor se fue alejando, rebotando entre las calles como un eco que se resistía a morir, hasta que solo quedó el silencio habitual de la noche: algún gato saltando por un tejado, el rumor lejano del Darro abajo, y el aroma persistente del jazmín que trepaba por las rejas de las ventanas.
Me llevé una mano al cuello, donde aún sentía el mordisco suave de Alejandro, y otra al vientre, donde el calor del orgasmo seguía latiendo como un secreto que no quería apagarse. Mis bragas estaban empapadas, pegadas a la piel, y cada paso que daba me recordaba lo que acababa de pasar: el callejón oscuro, mi boca alrededor de él, el sabor salado que todavía me quedaba en la lengua, la forma en que lo había tragado todo sin pensarlo dos veces.
“Joder, Sara, ¿qué estás haciendo?”, me dije en voz baja, casi riendo de nervios. Pero no era risa de arrepentimiento. Era de incredulidad, de vértigo, de esa sensación de estar viva que hacía años que no sentía.
Caminé las dos manzanas hasta mi portal despacio, mirando al suelo para no tropezar con los adoquines irregulares. El barrio estaba tranquilo: las luces de las casas apagadas o con el resplandor azul de la tele, algún vecino fumando en el balcón, pero nadie que me conociera lo suficiente como para fijarse en mi pelo revuelto, en la blusa arrugada o en esa sonrisa que no podía quitarme de la cara.
Metí la llave en la cerradura con cuidado, giré despacio para que no chirriara. Dentro, el pasillo estaba a oscuras. Mi hijo dormía en su habitación. Mi marido… bueno, mi marido no estaría hasta las tantas, como casi todas las noches. El bar de la esquina, las copas, las risas con los amigos que ya no me incluían a mí. Mejor así. Hoy no quería verlo llegar oliendo a alcohol y a excusas.
Me quité los zapatos en la entrada, dejé el bolso en la mesita y fui directa al baño. Encendí la luz tenue, me miré en el espejo. Mis ojos miel más brillantes de lo normal, las mejillas sonrosadas, los labios hinchados por los besos. Me pasé la lengua por ellos, saboreando todavía el rastro de Alejandro. Me bajé los vaqueros y las bragas de un tirón, me senté en el borde de la bañera y dejé que el agua fría corriera por mis muslos mientras me limpiaba con cuidado, casi con ternura, como si estuviera cuidando una herida que no dolía.
Pero dolía de otra forma. No era culpa, no todavía. Era más bien un hambre que se acababa de despertar y que no sabía cómo saciar. Llevaba meses —años— sintiéndome invisible. En casa, una madre más, una esposa que ya no preguntaba a su marido dónde había estado. En el estanco, la dependienta amable que sonreía a todo el mundo igual. Y de repente, él. Alejandro. El que entraba pidiendo Lucies y era tan educado.
Cerré el grifo, me secó y me puse el pijama, el de algodón suave que olía a suavizante. Me metí en la cama, pero no apagué la luz de la mesita. Me quedé mirando el techo, con las manos bajo la nuca, recordando cada detalle: el ruido del motor cuando él llegaba, cómo se me aceleraba el pulso solo de oírlo; la forma en que sus manos habían subido por debajo de mi blusa, apretando mis tetas como si fueran lo único que importaba en el mundo; cómo se había corrido en mi boca, gruñendo bajito, agarrándome del pelo; y esa promesa que me había salido sola: “me tienes que follar un día de éstos”.
Me mordí el labio inferior. El coño todavía me palpitaba, sensible, exigiendo más. Metí una mano bajo las sábanas, me toqué despacio, recreando la escena. Mis dedos resbalaban fácilmente, todavía mojada. Cerré los ojos e imaginé a Alejandro encima de mí, dentro de mí, follándome despacio primero, luego con fuerza, en mi propia cama, o en la trastienda del estanco, o en cualquier sitio donde pudiéramos gemir sin que nadie nos oyera.
Me corrí rápido, ahogando el gemido en la almohada. El cuerpo se me arqueó un segundo, tembló, y luego se relajó contra el colchón. Respiré hondo, con el corazón latiéndome fuerte en los oídos.
Mañana abriría el estanco como siempre. A las nueve en punto, la persiana arriba, las cajetillas ordenadas, el olor a tabaco fresco. Y cuando él entrara —porque entraría, lo sabía—, lo miraría a los ojos y le diría con la voz normal de siempre:
—¿Un paquete de Lucies?
Pero por debajo del mostrador, mis piernas se apretarían una contra la otra, recordando. Y quizás, si el día estaba tranquilo, le dejaría una nota en el cambio: “Mañana cierro a las siete. Ven por detrás”.
O quizás no. Quizás esperaría a que él diera el paso.
Porque yo ya no era solo la mujer del estanco.
Era la que había cerrado antes para subir a una moto y chupársela a un hombre casado en un callejón.
Y me había encantado.
Me giré de lado, apagué la luz y sonreí en la oscuridad. El jazmín entraba por la ventana entreabierta, mezclado con el olor lejano de la ciudad. Mañana sería otro día. Pero ya nada sería igual. Y eso, por primera vez en mucho tiempo, no me daba miedo. Me daba ganas.
Pasaron las horas. El reloj marcó las doce, la una, las dos. Me había quedado en ese limbo entre vigilia y sueño cuando oí el ruido de la puerta principal.
Primero el roce metálico de la llave intentando meterse en la cerradura: una, dos, tres veces, fallando. Luego un golpe sordo contra la madera, como si alguien se apoyara con todo el peso. Un juramento ahogado, — “me gago en la buta, cuchi que pollas” —palabras arrastradas, balbuceadas.
—la vín compae…
Era él. Mi marido, Carlos.
Me incorporé despacio en la cama, el corazón acelerándose de golpe. No era la primera vez que llegaba así, pero esta noche me pareció diferente. Más ruidoso. Más torpe. O quizás era yo la que estaba más alerta, más expuesta.
La puerta se abrió por fin con un chirrido. Pasos pesados en el pasillo: tacones de botas arrastrándose, un tropiezo contra el paragüero que hizo caer las llaves al suelo con estrépito. Contuve la respiración. El chaval dormía en la habitación de al lado; si se despertaba ahora, todo sería peor.
Carlos apareció en el umbral del dormitorio, recortado contra la luz tenue del pasillo. Olía desde allí: cerveza rancia, tabaco negro, sudor de bar. Llevaba la camisa fuera de los pantalones, el pelo revuelto, los ojos vidriosos y rojos.
—¿Ya esdtás en la gama? —balbuceó, apoyándose en el marco de la puerta—. Qué magrudadora, coño.
Me senté del todo, encendí la lamparita de la mesita. La luz amarilla me dio en la cara y vi lo de siempre: la barba de tres días, las ojeras, esa expresión entre agresiva y perdida que ponía cuando bebía demasiado.
—Son las dos y media, Carlos. El niño tiene cole mañana.
Él soltó una risa corta, sin gracia.
—El niño, el niño… siempre el niño. ¿Y yo qué? ¿Yo no cuento pa ná, ni ná?
Entró tambaleándose, se dejó caer en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Me aparté un poco, instintivamente. Él se dio cuenta y frunció el ceño.
—¿Qué basa? ¿Te molesto? ¿Te jode gue llegue a mi buta gasa?
—No es eso —dije en voz baja, intentando no elevar el tono—. Solo… baja la voz. Despiertas al crío.
Carlos se pasó una mano por la cara, se frotó los ojos con fuerza.
—Hoy me han invidado a unas gopas en el bar de Paco. No bodía decir gue no, ¿no? Todos allí, riendo, gontándome chistes… y yo bensando: “joder, mi mujer estará aquí sola, aburrida, esberando”. Pero no vienes nunca, Sara. Nunca sales conmigo a tomarde algo.
No respondí. ¿Para qué? Llevábamos años con la misma discusión. Él bebía para olvidar que ya no me deseaba como antes; yo después del estanco me quedaba en casa porque ya no quería verlo así. Pero esta noche las palabras me quemaban diferente en la garganta.
Carlos se inclinó hacia mí, el aliento alcohólico golpeándome de lleno.
—Esdás raaarra úldimamente —dijo, entrecerrando los ojos—. Más… gontenta. ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Te has echado un novio o gué?
Sentí un frío repentino en el estómago. Por un segundo pensé que lo sabía. Que alguien nos había visto. Que la moto de Alejandro había pasado demasiado cerca. Pero no. Era solo la paranoia del borracho hablando.
—No seas idiota —respondí, con voz neutra—. Estoy cansada, nada más. El estanco abre temprano.
Él me miró fijamente un momento largo, como intentando leerme la cara. Luego soltó una carcajada ronca.
—Glaro, el esdanco. Siempre el puto essdanco. Ahí medida dodo el día, vendiendo tabago a viejos y a moderos de mierda.
Me tensé. “Moteros de mierda”. Las palabras me cayeron como un puñetazo sordo. No dije nada, pero apreté los puños bajo la sábana. Carlos se levantó de golpe, tambaleante, y se dirigió al baño arrastrando los pies. Se oyó el chorro de orina golpeando la taza, un eructo largo, el grifo abierto y cerrado sin cuidado. Volvió al dormitorio quitándose la camisa por la cabeza, tirándola al suelo.
—Ven aguí —dijo, dejándose caer de nuevo en la cama, boca arriba—. Hazme un masaje o argo. Estoy muerto.
Lo miré. El cuerpo que una vez me había parecido fuerte ahora era blando, hinchado por la cerveza y el tiempo. La barriga asomando por encima del cinturón, el pecho cubierto de vello oscuro y sudor. Sentí una oleada de asco mezclada con lástima.
—No tengo ganas, Carlos. Duérmete.
Él gruñó, se giró de lado y me dio la espalda.
—Siembre igual. Fría como un buto hielo. Peor borque el hielo sirve pa algo, pa los gubatas.
Se quedó callado un rato. Pensé que se había dormido, pero de repente murmuró, con voz pastosa:
—Te guiero, ¿sabes? Aungue seas una borde.
No respondí. Apagué la lamparita y me tumbé mirando al techo otra vez. El olor a alcohol impregnaba la habitación, mezclándose con el jazmín que entraba por la ventana. Carlos empezó a roncar casi de inmediato: ronquidos profundos, interrumpidos por resoplidos.
Me quedé despierta mucho rato más. Pensando en Alejandro. En cómo sus manos no olían a cerveza rancia, sino a jabón y a gasolina de moto. En cómo me había mirado en el callejón, no con exigencia, sino con hambre limpia. En cómo, por primera vez en años, me había sentido deseada de verdad. No como un deber, no como una costumbre. Como algo que alguien necesitaba.
Y mientras Carlos roncaba a mi lado, deslicé una mano bajo las sábanas otra vez. Me toqué despacio, en silencio, imaginando que era la mano de Alejandro la que bajaba por mi vientre, la que abría mis labios, la que me llevaba al borde otra vez. Me corrí mordiéndome el labio hasta que me dolió, ahogando el gemido en la almohada.
Después me quedé quieta, respirando hondo. Mañana abriría el estanco. Y cuando Alejandro entrara pidiendo sus Lucies, le sonreiría de esa forma que solo él entendía. Porque ahora lo sabía con certeza: no iba a parar. No podía. Aunque Carlos estuviera allí durmiendo, aunque el niño estuviera en la habitación de al lado, aunque el barrio entero pudiera enterarse algún día.
Quería más. Quería todo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me importaba el precio.
Relatos similares
- Hetero: General
La urbanización del deseo (Capítulo 11)
La cocina se convierte en un escenario de tentación cuando Tamara no solo cuida de Isa, sino que también satisface los impulsos de Alex bajo la…
Comparte:Erotismo romanticoRelacion profesor alumnaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Infidelidad con Nenita
La traición lo dejó vacío, pero el deseo de Paula encendió una llama que no podía apagar. Entre el curso y la playa, la línea entre la venganza y el…
Comparte:Infidelidad consentidaErotismo romanticoConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
La cena de empresa
Lleva años soñando con un hombre que la haga gemir de verdad. Esta noche, en la oscuridad de un club, el hombre de sus fantasías le ofrece lo que su…
Comparte:Infidelidad consentidaErotismo romanticoRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Un dia como cualquier otro: Mi primer amante
El consultorio estaba cerrado, pero el deseo estaba a punto de abrirse. Entre masajes terapéuticos y miradas que queman, la línea entre paciente y…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaErotismo romantico
- Hetero: Infidelidad
Masaje
Lleva veinte años con el mismo hombre y cree conocer cada rincón de su vida sexual. Pero hoy, las manos que la tocan no son las de su esposo, y el…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaErotismo romantico
- Hetero: Infidelidad
La Infidelidad de Laura
Lleva años esperando que alguien la mire de verdad. Cuando el nuevo contador de la oficina empieza a cruzar la línea, Laura sabe que cruzarla también…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaErotismo romantico