Espíritu de esclava, confesión de una cerda
Cada mañana prepara el café y recuerda la suela de sus zapatos. Aun lejos de él, su cuerpo aún tiembla ante la idea de volver a arrodillarse. ¿Te atreves a leerlo y asumir el control?
Esta mañana, al prepararme el café, pensé de nuevo en la suela de sus zapatos. Me volví a ver arrodillada ante él, sobre el piso impecable tras horas de labor doméstico y con mis piernas adormecidas luego de ser inspeccionada.
En ese entonces aún era su propiedad, como su auto, como los envoltorios de comida que tiraba al basurero cada día, era su propiedad y él decidía cómo usarme.
Ya va un año desde que terminamos con Julio y aún sigo sintiendo el dolor en mis rodillas, nadie me ha llevado a los extremos que él me llevó, nadie me ha sometido de igual forma. De cierta forma, he vuelto a ser una chica normal, ya no domino tan seguido como antes, mi trabajo ha tomado prioridad, todos mis días comienzan con el mismo café y terminan en el mismo sofá y, aunque me lo niegue y probablemente me arrepienta de compartir esto, cada día deseo más volver a la rutina que habíamos establecido. Quisiera empezar el día con su polla latiendo en mi boca, dándole placer mientras él me ignora, revisa el celular, entra a Tinder, lo que sea. Añoro, aunque sea solo una vez más, llevarle el desayuno desnuda a la cama y recibir tanto sus caricias como sus escupos y maltratos. Pienso en su mano inspeccionando mi labia, abriéndome quirúrgicamente, sin compasión y me estremezco, es el mismo cuerpo, aún funciona, aún suda y tiembla, pero ya no es por ti.
Jamás te conté de estas historias, lo que publico es mío solamente aunque lo lean cientos de personas. Me pregunto si un día encontrarás este relato y pensarás en mí. Quizás mires tus zapatos y veas que ya no relucen tanto como cuando mi lengua los lustraba a diario. Quizás te toques. Por favor, tócate y si te sientes generoso, cuéntame. No sabes cuánto quiero leerte de nuevo.
Bastaría con un “al suelo” para que tome mis cosas y vaya a tu departamento, sin ropa interior, con mi collar de perra de nuevo en mi cuello, orgullosa de volver a pertenecerte y estar a tu merced. Quiero que vuelvas a jugar conmigo y quiero volver a sentirme así de ínfima bajo tu sombra.
Me imagino que te preguntas qué pasa con la infidelidad. Está bien, diría que te perdono pero no me hace sentido que una sumisa perdone a su Amo. Más bien ahora lo entiendo, sé que jamás debí negarme a que usted tuviera otra mujer u otras mujeres. Espero que sepa perdonarme usted a mí por ser una cerda celosa, acaparadora de la riqueza que es su control. Usted merece más, merece filas de mujeres rogando por estar bajo su soberanía, merece la cima de la pirámide y yo me contentaré con una mirada o dos.
Esta tarde vuelvo a sesionar con un antiguo cliente, daré lo mejor de mí, destrozaré su ego y aplastaré su masculinidad como siempre me lo pide, pero en la noche me tocaré pensando en ser yo el insecto bajo sus pies y cuando llegue al orgasmo gritaré de nuevo su nombre.
¿Estaré avergonzada? Quizás, no es con poca vergüenza que escribo todo esto, pero mi humeda concha habla más fuerte que mi cerebro y me obliga a humillarme públicamente de vez en cuando, para el placer de algunos, supongo, definitivamente para el mío ahora mismo.
Termino de tomar mi café y vuelvo al trabajo, a la vida mundana de ser una mujer adulta promedio en la capital. Hay tan poca magia en todo. La esclavitud es todo lo que me hace feliz y se siente como una realidad tan alejada de mi vida ahora mismo. La gente que sale en las noticias no entendería jamás el placer de ser un objeto. Nunca podré comentar con mis compañeras de trabajo lo radiante que me siento cuando soy despojada de mi voluntad y mi juicio, cuando bebo la orina de un hombre, cuando mi cara se llena de escupo y semen y me empiezo a ver reflejada en el papel higiénico, en las muñecas inflables y en los condones.
Pero avanzo, continúo, otro día normal.
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