Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 27 y 28)
María no solo le cuenta a Pablo cómo la folla Edu, sino que lo hace mientras se toca. Pero la verdadera prueba de sumisión comienza cuando Edu la llama desde el otro lado de la playa, ordenándole que se desnude y se masturbe frente a los ojos de su novio, mientras él la observa desde el agua.
CAPÍTULO 27
El sol se marchaba a nuestra espalda, y el mar, al contrario que el fin de semana anterior, iba de más a menos. María y yo estábamos sentados sobre nuestras toallas, completamente desnudos, situación a la que no acababa de acostumbrarme, y mirábamos hacia aquella marea que se tranquilizaba.
Ella se tomaba su tiempo antes de comenzar, y yo aprovechaba el impasse para contemplar cómo el viejo nos observaba: siempre sin moverse, como si fuera una estatua, una escultura, tranquila e impasible, como las rocas altas y pulidas que flanqueaban el pequeño arenal.
—A ver —comenzó ella—. Es que tengo que ponerme en situación. Y la situación, si recuerdas, y comprenderás… era que yo estaba bastante, o muy, cabreada contigo. Porque… no sé si te acuerdas, pero habíamos salido aquella la noche, con la intención de jugar los dos, como hoy, y me… traicionaste… vilmente…
—¿Vilmente? —la interrumpí, de buenas formas, pues me había hecho gracia que utilizara esa palabra.
—Sí. Vilmente. Absolutamente. Ya que avisaste a Carlos para que viniera, y vete a saber si también a Edu.
—No, no. Te juro que a Edu no le dije nada —me defendí.
—Mira. Ni lo sé… y ya ni me importa. Lo que es claro es que tenía un buen cabreo contigo. Ahora. Nos situamos. A ver. Pasó lo que pasó… entre los dos coches… eso lo viste. Y te fuiste, como otras veces. Y Carlos también se fue. Y Edu y yo fuimos en su coche a su casa. Que él dijo el otro día que yo le hice no sé qué en el coche…
—Que… se la chupaste en el coche mientras conducía —volví a interrumpir.
—Sí. Eso dijo, ¿no? Pues mira, no recuerdo eso, y creo que me acordaría. Y que tampoco entiendo que se lo invente, cuando… en fin, aquí ya ha pasado de todo como para andar… endulzando.
María hablaba y yo miraba de reojo para el señor que a veces nos miraba y a veces miraba hacia el mar. Y yo deseaba que hiciera algo, al igual que también deseaba que María me tocase, como me había anunciado, y esperaba que estuviera esperando para hacerlo a que su narración llegase a trances explícitos.
—Y, a ver… llegamos a su casa y sí, pasó eso que dijo… en el salón de su casa —prosiguió ella, mencionando, sin mencionar, que se la había chupado nada más entrar—. Y… sí, es verdad que después él se fue a la ducha, que el otro día se… chuleó de que yo hubiera ido detrás, pero ya me dirás, qué coño iba a hacer; me veo allí sola en su puto salón con fango en las rodillas de los pantalones y la camisa manchada de barro… pues me fui al cuarto de baño, ¿detrás de él? Pues mira, sí. Qué iba a hacer.
—Vale, ¿y una vez allí? —pregunté, reclinándome un poco hacia atrás, sin sentir vergüenza por exponer mi pequeño miembro a aquel viejo que llevaba largo rato viendo todo.
—Pues una vez allí… los dos en la ducha... pues… recuerdo… Es curioso pero recuerdo chocarme… con ella… o sea… con su… eso, todo el rato. Era como que… a ver, es cierto lo que dijo el otro día que nos enjabonamos, yo qué sé, nos besábamos y nos tocábamos… Y él estaba bastante… pues, empalmado, y recuerdo eso, chocar con su polla, pues en mi barriga, o en mi cuerpo. No sé, es una chorrada, pero me llamaba la atención. Que a veces pensaba: “joder, estoy hasta bastante lejos, y no paro de tropezarme con… su aparato”. Bueno, ya sabes lo que tiene ahí, que es de todo menos normal.
—Ya…
—Y… y aquí es donde quería llegar. Yo no me sentía bien del todo. Y pensaba: “a ver, esto de cuernos no tiene nada. Éste cabrón, o sea tú, Pablo, está encantado de que esto pase”. Pero era así. Y otras veces te habías ido, pero no sé, sentía que no acababa de ser lícito. No punible. No lícito. No sé. Quizás porque en ese momento nos besábamos y nos tocábamos y no era tan guarro. También pudo ser eso, que a más sucio más permitido, ¿no crees?
—Sí, sí. Te entiendo —le respondía yo, con ganas de que continuase—. ¿Pero follásteis en la ducha?
María se mantuvo callada un instante, entendiendo que yo quería que fuera más directa. Y me miró. Miró también más allá de mí, hacia el señor. Y miró hacia mi entrepierna. Y después alargó su mano, usó dos dedos, y los posó en la punta, y retiró levemente la piel. Un poco. Y una gota transparente brotó, solo por aquel mínimo movimiento. Y la miré: su mirada morbosa, su melena densa, sus pechos grandes y pesados pero repuntando hacia arriba… y otra gota salió... y le pedí que continuara.
—Vale, sigo. Sí. Lo hicimos allí. Pero no fue normal. Creo que fue el orgasmo más extraño que tuve en mi vida.
—¿Por qué no fue normal? ¿Y fue sin condón? —pregunté, ya temblando, mientras ella restregaba aquella gota transparente que había brotado, por todo el glande, con su dedo pulgar, haciéndome vibrar.
—Todo lo que me folló fue sin condón… —dijo, y mi corazón se detuvo un instante, y lo imaginé, él follándola… sin nada que los separase… y me dolía y me excitaba a partes iguales.
— Y… —prosiguió— lo de que no fue normal… Fue porque… me puso contra la mampara de cristal… y yo pensaba… Es que cuando me chocaba con su polla y la miraba… yo misma me decía a mí misma, valga la redundancia, que no entendía cómo me podía caber aquello… Y… eso mismo pensé mientras esperaba a que me la metiera, allí contra la mampara… pensaba algo como… “imposible”. Y… la metió, entera, hasta el fondo, de una sola vez… y yo lo sentí como si nunca me la hubiera metido. Te lo juro. Hasta el fondo… Y de esto que la penetración no para y no para y yo recuerdo hasta pensar: “Pero cuánto me está metiendo…” Y, lo que te decía de que nunca había tenido un orgasmo así: me la metió, la sacó, me la metió, la sacó… y… comencé a correrme… Te lo juro… me corrí con su polla fuera. Me quedé allí gimiendo… y deseando que la metiera otra vez… pero sabía que me estaba corriendo sola… Recuerdo que me fallaban las piernas y estar corriéndome… y él sin tocarme… Fue…
—¿Qué?
—Pues fue… una locura… y a la vez…
—¿Qué?
—Pues un poco humillante… la verdad.
—Joder… y… pero… ¿no te tocaste? —pregunté mientras ella cambiaba y ya me pajeaba sutilmente.
—No. Te lo estoy diciendo. Sin tocarme y con su polla fuera. Quién me viera pensaría que estaba loca…
—Madre mía… —suspiré… y vi sus mejillas sonrojadas, ardientes por recordar, y miré más a nuestro entorno y nadie parecía reparar en nosotros, solo el viejo, que tampoco miraba mucho más detenidamente.
—Pues sí. ¿Y sabes qué es lo que me jode? —preguntó.
—¿Qué?
—Pues que es… como si se lo agradeciera. A ver, que no le doy las gracias, vamos. Pero en el fondo es un agradecimiento que siento, y que no… como que no es justo, ¿sabes?
—Sí, que él es buen amante y ya está, que no es mérito suyo.
—No sé. No es cuestión de mérito. Simplemente que me jode sentir agradecimiento por alguien como él.
Yo me volví a incorporar un poco, disimulando aquella pequeña masturbación, que desde lejos podrían parecer simples caricias, con mis piernas flexionadas, y la besé en el hombro, de forma extraña, pero no era fácil estando los dos sentados.
—¿Sigo? —preguntó.
—Sigue.
—Pues después… Nos fuimos a su dormitorio. Bueno, nos secamos y fuimos allí. Y… en su cama, recuerdo estar encima de él. No sé si me lo pidió o surgió así. Y recuerdo mirar hacia abajo y otra vez un poco de… culpa… a pesar de que sabía que tú querías que pasara, y a la vez… sentirme mal por… joder, es que le miraba y pensaba en lo bueno que estaba. E igual se lo dije, no sé. Lo digo porque el otro día se… jactó de que se lo hubiera dicho. Pero sí recuerdo estar… follándomelo… porque en ese momento era así… y mirar para él, su pecho, su barba, sus ojos claros… su pelo y decir, o pensar: “qué bueno está…” y me jode, ya te dije, pensar eso, pero en esos momentos… pues… no sé si reconocerlo es la palabra, o asumirlo, no sé.
Mi miembro ya estaba completamente duro y todo lo grande que podía ser, y miré hacia el viejo, el cual curiosamente seguía sin mostrar un interés exagerado, y entonces María me dijo, sin cambiar el tono:
—¿Cuando te quieres correr?
—¿Aquí? —pregunté.
—¿Quieres?
—Sí, no sé. Al final, supongo.
—¿Aguantas?
—Así despacio, sí —respondí.
—Vale. Pues… sigo así —prosiguió, con aquella paja lentísima, masturbándome con dos dedos, despejando y ocultando todo mi glande en movimientos largos, sobre todo el movimiento de bajada, y llegando a detenerse incluso un par de segundos una vez despejaba la punta del todo—. Y… ahí empezó a ponerse un poco tonto. A ver, no tonto, pero como que no estábamos en la misma onda. Quiero decir, el tema este de… insultar… yo lo asumo, y está bien, alguna vez lo hemos hecho tú y yo, pero no sé si era porque no estabas tú… y seguía con la neura del… vacío legal… pero… A ver… que estaba cachonda… estaba muy muy,… caliente, no sé, pero no con esa… suciedad suya, ¿entiendes? Para mí era sexo, buen sexo, increíble… pero no… esa locura absoluta, no sé si me explico. Y él… pues sí…
—¿Pero insultos…? O sea… ¿qué te decía? —pregunté.
—Pues… No sé… Lo de mis tetas, lo de siempre… que si… cómo te botan… que… vaya tetas de guarra tienes… Me las apretaba, me… me daba como bofetadas en ellas… Me las mordía… Me… yo que sé, y también en plan… “vaya puta estás hecha…”. A ver, lo que te decía, que yo, bien, lo entiendo, pero… no acababa de entrar en sus frases… Y me decía también que me metiera un dedo en el culo… o que chupara mis dedos…
—¿Dedo en el culo? —pregunté excitado, y ella volvió a detener la paja para volver a jugar a esparcir preseminal por mi glande con su dedo pulgar.
—Sí. No es que fuera muy cómodo… pero mientras estaba encima de él me metí un dedo en el culo… y me decía que me iba a dar por el culo después, y yo le decía que se olvidase… que eso no cabía ahí.
—¿Y?
—Eso… —dijo, mirando hacia el mar, como haciendo memoria—. Recuerdo eso, un dedo en el culo, y también me dijo que me chupara una teta, que no es que fuera muy sobrada, pero sí, lo hice… Al final le iba cumpliendo todo… que ahora no lo entiendo, pero… hay que verse allí, con aquello dentro…
—O sea, que le montabas con un dedo metido en el culo y con la otra mano te acercabas la teta a la boca.
—Eso es…
—Joder…
—Ya… recuerdo eso, estar así, y mirarle, y pensar: “¿esto quieres cabrón?, pues ya lo tienes…” —dijo, y alzó la vista, miró al viejo, ondeó su melena con un movimiento de cuello, torció un poco su cabeza, y reinició la paja, en un demostración inequívoca de estarse gustando—. Y… qué más… eso, y él riéndose de mis tetas, que eso no falla… y… después cambiamos… y ahí vino lo fuerte.
—¿Lo fuerte…? —respondía yo, tiritando. En sus manos. Como siempre.
—Sí… a ver —dijo, otra vez moviendo su melena—. Pues… me puso… a cuatro patas… Y fue…
—¿Qué?
—Pues… yo creo que me estuvo dando… si no fue una hora seguida poco le faltó. Me estuvo follando casi una hora… así, a cuatro patas… y… recuerdo… un calor… increíble, recuerdo sudarme el pelo… la espalda… las tetas… recuerdo sudor cayéndome de las tetas, pero goteando… sin parar… y… en fin, correrme… yo creo que me corrí, no sé, es que no sé, cada… pocos minutos… y él me metía un dedo en el culo y me decía que me iba a romper el culo y ahí aún me entraba más sofoco… y aún sudaba más… Y yo que no me podía ni mover, con su polla metida y su dedo… una sensación de… es que tú eres un chico… pero la sensación de… invasión… ¿sabes? Es que no te la puedes ni imaginar… Y bueno… sus guarradas… llamándome puta… azotándome en el culo… inclinándose para apretarme las tetas… meterme dedos en la boca… y recuerdo el ruido… O sea… de su cuerpo contra el mío… cuando aceleraba… que acabé con la cara contra el cabecero de la cama… Y después me hizo girar un poco… porque el cabrón tiene como un espejo en diagonal a la cama, y me hizo girar para verse él, y recuerdo estar allí, a cuatro patas y mirar para el espejo y él gustándose y follándome… y ver su cara… su cuerpo… y pensar… “joder, qué bueno está…”, “qué bueno está y qué bien me está follando”… y que era humillante… después de todo, otra vez… que me estuviera follando así, y cada vez que me corría… pues… era como que no quería darle… el gusto de que se enterase… pero vamos… que él se enteraba… y me decía: “intenta no correrte tanto…” y… “no serás tan puta de correrte otra vez…” y cosas así… Y me lo soltaba a mitad de orgasmo… y yo gritando, y él… pues eso, medio riéndose... e insultándome… y…
—Uf… para, para, para… —la interrumpí para que detuviera su mano.
—¿Paro? —preguntó, apartando la mano, y ambos vimos como la punta era toda una masa brillante y sus dos dedos también parecían pegajosos.
Y yo alucinaba con su narración y con verla allí desnuda, masturbándome, y si bien nadie parecía enterarse, volvía a parecerme imposible de creer un año atrás.
Resoplé, de forma exagerada, dándole a entender que me gustaba lo que escuchaba.
—Sigue… —dije finalmente, y acaricié su espalda desnuda, en busca de una complicidad aún mayor, pero ella se mantenía seria, poderosa, y entonces susurró:
—Pues eso…. Que… era increíble, pero no le seguía el ritmo de sus barbaridades. Disfrutaba el sexo, de hecho, eso, me corrí no sé cuantas veces, pero no me sentía tan... puta... como sabía que el me pedía…
—¿En serio te goteaba el sudor… de las tetas… a la cama?
—Sí… madre mía... creo que perdí dos kilos allí… —dijo con incesante seriedad.
—¿Y lo del culo? —pregunté.
—Creo que me llegó a meter dos dedos… Bueno, creo no, estoy segura.
—¿Y?
—Y nada más. Supongo que sería consciente de que si me mete eso por ahí me mata.
—O sea, que no pasó.
—No.
—¿Y… no querrías que hubiera pasado?
—Lo veo imposible.
—Eso… no es respuesta —insistí.
—Pues… no lo sé. No te voy a negar que sería… morboso.
Me imaginé por un instante a Edu metiéndole aquella monstruosidad por el ano… y volví a resoplar… y cogí aire… y se hizo entonces un silencio, y miré a mi alrededor, y alguna gente se iba, pero más o menos todo seguía igual, y el viejo estaba ahora tumbado boca abajo, pendiente de nosotros, pero sin atacar, quizás esperando alguna señal que no se producía.
—Buen. Sigo y acabo —dijo María—. Pues… eso. Después de estar como una hora así. Yo, claro, alucinaba de que no se… corriera… creo que alguna vez le dije, o le pedí, que no se corriera dentro… y… me dijo… creo que me dijo algo así como: “tranquila que sé perfectamente donde voy a echar todo esto”. Y entonces se salió y me puso a… masturbarle con las tetas… Recuerdo estar de rodillas y él sentado en la cama y yo masturbándole con las tetas… que no es que sea muy fácil, o a mí no me lo parece… y él me metía un dedo, o dos en la boca… y yo seguía… y él me volvía a llamar puta… o a decirme… “vaya tetas de fulana tienes” o… “si te vieran en el despacho lo zorrón que eres en realidad… “. Cosas así…
—Joder… —volvía a resoplar yo, y ella llevó otra vez su mano a mi miembro, para reiniciar aquella paja lentísima.
—Y… al final él no era capaz de correrse así… y eso que yo bastantes veces se la chupaba a la vez que… le hacía eso… Y entonces se apartó y se empezó a pajear… y madre mía… Yo no sé cómo puede correrse así… Recuerdo mirar hacia arriba y verle la cara de chulo… es que en ese momento… pone una cara que… y cuando gime… es como… No sé explicarlo… y, vamos… lo que echó allí… me puso perdida… yo creo que se pasó como veinte segundos bañándome… las tetas… el cuello… que yo pensaba “no para… ¡dios…!” o “ya estará acabando”, y entonces lanzaba otra… salpicadura… aún más… grande que la anterior… y la recuerdo calentísima… como que yo tenía frío y calor, como que el sudor en mi pecho se me había enfriado… y noté… todo lo que echó calentísimo. Y, nada más acabar, me dijo algo como… Me dijo algo como que jugara con su semen o algo así, pero además que él se iba.
—¿Cómo? No te entiendo —pregunté y tuve que volver a detener su mano para no correrme.
—Que me dijo como que jugase con su semen en mis pechos mientras él se iba al baño. Y yo allí de rodillas, bañada entera… sola… Y… no sé por qué… pero seguí. O sea, él ya no estaba, que volvió en seguida, pero estuve como un minuto, pues eso, haciendo lo que él me decía, restregándome su semen por las tetas…
… Y después él fue, creo que al salón… y volvió con el móvil… y mientras me decía que siguiera haciendo eso… llamó a Carlos… que pensé que no le respondería, porque eran las tantas, pero sí le cogió el teléfono. Y… yo por lo que deducía… Carlos como que no había querido seguir porque había sentido… que sobraba… y él le decía que no era cierto, y que viniera, o sea, que fuera. Le decía: “ven a mi casa y nos la follamos por turnos”. Le decía: “ahora se está duchando que le acabo de dar bien”. O sea, hablaba de mí, como si yo no estuviera. Y yo seguía allí, masajeandome… o lo que fuera… restregándome todo su semen caliente… que me goteaba de las tetas… que me caía en las piernas y en el suelo… Y, esto fue muy fuerte… mientras hablaba con él, y me llamaba de todo… me metió la polla en la boca… Me metió su polla entera, blanda, en la boca, y se reía con él, y le contaba cómo me había follado… Le decía: “es una fulana… te lo dije… y tú no quieres venir…” Y lo decía con su polla en mi boca… Le decía: “se va de digna, pero no veas como pide polla…” o “ya viste qué coño tiene…” o “todos en el despacho se pajean pensando en ella y creen que es imposible, pero es un putón” o “todos en el despacho deberían correrse en sus tetas de guarra al menos una vez”.
—Joder… —volví a resoplar, allí, desnudo, con mi polla palpitando, a dos sacudidas de explotar.
—Y después colgó —prosiguió una María cuyas mejillas ardían y hasta le notaba el pecho como más duro y más contundente—. Y… me dijo… No me acuerdo, algo como que me fuera a lavar… y que podía dormir allí si quería… Y… me limpiaba… y no me sentía ni bien ni mal. Es decir, no sé. Era consciente del placer, pero faltaba algo para que fuera pleno. Y, nada. Me metí en la cama con él… Nos dormimos… Yo estaba muerta, y me dormí al instante, cosa que lo pienso ahora y dormir con Edu al lado… no sé. Y después, por la mañana, sí recuerdo levantarme muy enfadada, contigo, y de ahí la llamada. Y la verdad es que yo quería irme de su casa… y no sé por qué te dije que me quedaba con él todo el fin de semana. Supongo… bueno, no supongo, lo sé, que fue para… joderte. Porque… porque igual que creo que que me lo hagan… fuerte… te encanta, me imaginé, y me imagino… que que tú… visualizaras un fin de semana… no sé cómo decirlo… ¿meloso?, con él, pues… eso, que te jodería.
Le iba a confesar que obviamente me había dolido, pero el momento de la llamada había sido justo después de haber estado con Begoña, así que no quise tentarla a que el tema fuera por allí.
—Y… bueno. Aún tuve una bronca con Edu al final.
—¿Y eso?
—Pues porque... le digo que me voy a casa en taxi, y le pido que me deje algo de ropa, y me dice que no, que vaya así para casa. Un gilipollas.
—¿Pues qué gracia, no? —dije, en sintonía con ella.
—Ya ves… con los pantalones de cuero agujereados… por donde ya sabes… y con las rodillas que, aunque algo las limpié, tenían fango… y la camisa salpicada de barro… Allí, a golpe de sábado a mediodía… en el taxi… que el taxista debió de pensar… no sé… en plan… a este… zorrón… se le ha ido de las manos… Imagínate…
—Ya… —respondía yo, y miraba a la derecha y el viejo seguía impasible, y miraba al otro lado… y veía… a unos treinta metros, a Edu.
Me dio un vuelco el corazón. No me lo podía creer… Veía a Edu que llegaba a la playa, acompañado de una chica pelirroja… Y, justo en ese momento, María giraba su cara… hacia aquella dirección.
CAPÍTULO 28
María le estaba viendo. Era imposible que no se estuviera dando cuenta. Y yo no me podía creer que diez segundos atrás estuviéramos inmersos en su excitante narración y que de golpe todo saltara por los aires; como siempre, por culpa de él, o, también, quizás, por culpa mía.
Mis nervios se dispararon, casi podía escuchar mi corazón latir. Y María se giró hacia mí, y dijo:
—¿Qué es esto?
Yo no sabía qué responder, y veía como Edu y la chica se asentaban y él fingía no vernos.
—Le has escrito para que viniera, ¿verdad? No me mientas más.
—No… le he escrito… echándole en cara que se perdiera… cosas… o tardes como esta —respondí, intentando que aquello aparentara tener cierto sentido.
—No os entiendo. No entiendo nada. Ni a ti ni a él —respondía ella, algo apocada, como superada, pero no parecía enfadada.
Ellos se sentaban en sus toallas y pensaba en aquel no enfado de María, y pensaba que quizás fuera porque aquello era una puerta a la esperanza de que Edu no hubiera abandonado, si bien reaparecía de forma retorcida.
Edu nos había visto, pero fingía no conocernos. Y María, si bien no enfadada, parecía apesadumbrada, y yo no sabía si eso obedecía a una decepción conmigo… por haberle escrito a él a sus espaldas… o lo que sucedía era que le molestaba ver a Edu con compañía.
Y entonces Edu se sacó el bañador y su risueña compañera se ruborizó, y toda la playa se centró en él. De golpe él era el absoluto protagonista, ayudado por la inclinación sexual mayoritaria de la playa, y todo acentuado por el tamaño de lo que liberaba. Y se puso en pie, y la chica también, y ella le abrazó, y María no se cortaba en mirarles… y su polla caía enorme y pesada, y solo había ojos para él, y él le quitó la parte de arriba del bikini a la chica, y salieron a la luz unos pechos medianos, casi pequeños, muy blancos, como toda ella, y unas areolas, eso sí, con un tamaño e impacto vistoso y sugerente.
Ella se colgaba de él, mostrando una entrega casi infantil, algo ridícula, y él se mantenía más seco y distante. La chica no tendría más de veintipocos años. No era una mujer, como María, ni siquiera una chica atrayente como Begoña. Era guapa, de gestos dulces y ojos vivos, delgada y bien hecha, pero con respecto a Begoña, y sobre todo a María, era un paso atrás, si bien, obviamente, no parecía ser más que otro entretenimiento.
María susurró algo y yo no llegué a entenderlo, pero había sonado a desaprobación. Y si ridícula parecía la chica, que seguía entregada a él en cada gesto y mirada, también me sentí ridículo yo, e incluso sentí ridícula a María, pues ambos dejamos de existir, incluso para el viejo. María y yo, allí sentados, desnudos, les observábamos como unos mirones más.
El culo pequeño y pálido de ella, aún parcialmente tapado por una braga de bikini estampada en colores claros, y el culo potente y musculado de él, se alejaban, en dirección al mar.
Él se zambulló, y ella fue detrás, y después se besaron, y María seguía mirándoles, y yo quería decir algo que rompiera la tensión, y es que de alguna forma me molestaba el silencio y curiosidad extrema de María. Pero no sabía qué decir. Y sus besos comenzaron a hacerse más tórridos, y nadie perdía detalle. Con el agua casi a la altura del cuello… ella pronto le comenzó a rodear con sus piernas… y sus brazos se colgaban de él y la melena empapada de Edu le hacía más llamativo y atractivo. Y miré a María, y pude sentir su sofoco… quizás recordando, quizás con envidia, quizás con celos, quizás con una mezcla de todo.
Todo pasaba muy rápido. En apenas cinco o diez minutos todo había cambiado y todo parecía más oscuro, como si el sol se hubiera acelerado desde que María había terminado su narración. Cuando, de golpe, escuché:
—Están… follando…
María, afectada, susurraba aquello, y yo llevé mi vista al mar, y vi sus cuerpos completamente pegados, y efectivamente se apreciaba un pequeño vaivén… pero no se podía saber con total seguridad.
—No sé… ¿tú crees? —le pregunté, y la miré, y vi su mirada encendida, y sus mejillas ardiendo, y sus pechos otra vez con una contundencia que parecía vinculada a su nivel de excitación.
—Joder… Mira… —volvió a susurrar, y de nuevo mis ojos fueron al mar, y veía otra vez aquel vaivén, pero se giraron un poco… y dejaron de besarse y entonces se abrazaron, completamente pegados, con sus caras pegadas, y vi… la cara de ella… que era… entrega pura… con sus ojos cerrados, cerradísimos, frunciendo el ceño, y con la boca entreabierta, y envueltos ambos en aquel vaivén… Edu se la estaba follando… y María ardía… y entonces se giraron otra vez… y ahora era a Edu a quién podíamos ver mejor… y nos miró, a mí, o seguramente a María… Serio. La miraba… como si hablase con María a través de la pelirroja, como si se la follase y la hiciera sentir a través de ella… Y el sofoco de María era tan intenso que casi podía sentir sus ganas de tocarse… y de calmarse… y si no lo hacía era por orgullo… pero era evidente que lo que veía la estaba matando.
Y entonces escuché otra vez una voz, pero esta vez no era María, sino que venía ronca y arrastrada, desde mi derecha… Era el viejo, que, de pie, a mi lado, y volviendo a centrase en nosotros, me decía:
—Ey… ¿Por qué no te vas al agua… eh?
—¿Qué…? —pregunté, mirándole, hacia arriba. Con su polla recogida, cerca de mí.
—Déjame… un segundo… quiero hablar con tu chica —dijo entonces.
Me quedé petrificado. Y no sabía si María le había oído. Y no sé por qué miré otra vez al mar, a aquel vaivén evidente. Volvían los besos tórridos y mi incomodidad era máxima. Y tampoco entendía por qué no le respondía a aquel señor.
Tragué saliva y él insistió, en un tono más alto. Y yo no sabía lo que quería. Y entonces le miré. Y vi su mirada sucia. Desagradable e impaciente. Impaciente porque estaba a un “sí” de que todo fuera aceptado y consentido, pues mi “sí” supondría el “sí” de María, o eso seguramente pensaba él.
Y entonces quise que sucediera, otra vez, o al menos quise dejarlo en manos de ella, e hice ademán de levantarme, y María llevó rápidamente una de sus manos a mi muslo, impidiendo mi movimiento, y me susurró:
—Quieto.
Y entonces el señor se acercó más. Y ella alzó la vista, y le dijo:
—¿Puedes apartarte, por favor?, no queremos nada —y lo dijo con soberbia, como si él fuera un indigente pidiendo ayuda… en un desplante cortante y desagradable, y yo no le miré a él, pero pude imaginar su gesto mientras sentía que se alejaba.
Y María se reclinó un poco hacia atrás, sobre sus codos, y separó sus piernas flexionadas, de tal forma que su coño se exponía al máximo, y podía ver por entre ellas aquel vaivén. Y Edu miraba hacia ella otra vez. Y conectaban. Y sus pechos palpitaban, hinchados, grandes, sobre su torso recostado, y vi su mirada… y pude sentir lo que seguramente había sentido Carlos una vez había aparecido Edu: aquella mirada que no solo mostraba excitación y deseo, sino elección.
Su conexión era total. Ella le ofrecía su coño, le decía que era suyo. Y él le decía, con su mirada seria y con los jadeos de aquella chica, que su oferta era un todo o nada.
María movió entonces su mano y creí que iría a calmar su coño, pero simplemente apartó unas arenas de su muslo, y, gracias a aquel movimiento, pude ver que su mano temblaba un poco. Y su melena le caía por la espalda hasta reposar en su toalla, y sus piernas seguían separadas, y nada ni nadie existía… nada salvo aquella conexión entre los dos; no solo yo, o el viejo, o los demás, sino incluso la pelirroja eran mero atrezo, accesorios de aquella conexión. Y entonces precisamente aquella pelirroja se echó un poco hacia atrás, alargando sus brazos hasta rodear a Edu con sus manos en su nuca, y se movía y serpenteaba con su cadera… con aquella boca entreabierta y sus ojos cerradísimos. Y aquel placer fue demasiado para María, que no buscó calmarse, sino huir:
—Vámonos… —dijo categórica. Irrebatible.
Antes de que me pudiera dar cuenta María se hacía con su braga del bikini y le daba la espalda a lo que Edu le planteaba y ofrecía. Ella se ofuscaba, sin querer mirar ya más hacia el mar. Y se ponía también la parte de arriba del bikini… y recogía lo demás, y yo la secundaba, siempre en sus manos.
No echó una última mirada hacia el mar, pero yo sí, y vi a la pelirroja, permanentemente colgada del cuello de él, pero ahora el vaivén se había detenido y ella le miraba, agradecida, con aquel agradecimiento del que me había hablado María. Seguramente ya se había corrido.
Llegamos hasta el coche sin decir ni una palabra. Una vez allí se puso unos shorts vaqueros, y creí que se pondría su camiseta, pero se metía en el coche sin cubrirse más, mostrando un sofoco y una calentura impactantes… y hasta desoladores.
Arranqué. Conducía en silencio. Y a veces miraba de reojo cómo ella mantenía parte de su melena ocultando su cara, quizás avergonzada de su propia calentura, y con el cinturón de seguridad encajado entre sus tetas, produciendo que estas emergieran hacia adelante de una forma brutal. Quería tocarla, pero no me atrevía, y en otra rápida mirada vi como sus pezones marcaban aquellos triángulos azules, y me costaba contenerme, pero de nuevo no sabía a qué estaba autorizado.
Y yo pensaba entonces que habíamos ido allí, solos, a jugar, a demostrarnos que no le necesitábamos, y habíamos tenido que acabar huyendo, humillados, y conscientes de la indiscutible evidencia.
Y entonces sonó el teléfono de María, y ella lo cogió rápidamente. Miró su pantalla. No dijo nada. Ni resopló ni mostró nada. Y finalmente descolgó. Y yo no alcanzaba a entender, pero alguien le hablaba, y entonces ella dijo:
—Eres un cabrón…
No había duda de que era Edu, y ella se mantenía oculta bajo su melena, y yo conducía despacio, intentando escuchar.
—Sabes de sobra que se estaba notando —respondía ella, tensísima.
La miraba de reojo y la veía acalorada y escuchándole.
—¿Pero ya no estás con ella? —preguntaba.
Y tras un silencio ella decía:
—Eres un gilipollas…
Y yo deseaba con todas mis fuerzas poder escucharle, pues no era capaz de crear la conversación sin él.
—No, no me puso cachonda verlo —le dijo entonces ella. Aún más seria que antes.
Y, tras algunas frases de Edu, María dijo:
—¿Ahora?
Y tras la réplica de él, ella susurró:
—Pablo, aparca el coche, por favor. Donde puedas —me decía, y yo no entendía nada, y cogía un pequeño desvío, hacia una explanada árida con unos pocos árboles, en lo que parecía ser otro aparcamiento de otra playa.
Edu le hablaba y yo prácticamente tiraba el coche en un terreno llano de tierra rojiza, frente a una especie de duna de maleza y arena.
Y Edu seguía hablando, y yo paré el motor, y la miré, y en ese momento… María… me mataba… y mis pulsaciones se disparaban… y es que… se llevaba un dedo a la boca. Y yo ya lo comprendía: ella empezaba a obedecer a lo que él le decía.
María se quitó el cinturón de seguridad, y yo hice lo propio. Sentía que había cuarenta grados en el coche a pesar de que ya caía el sol, y ella, chupando su dedo, y escuchándole, me miró. Me miraba para que todo encajase, para todo fuera lícito y pleno… y a mí me dolía verla así de sumisa… a la vez que me excitaba como nunca.
Yo no sabía cómo se había deshecho de la pelirroja, pero parecía obvia su intimidad. Y entonces María sacó su dedo de la boca… y gimoteó un “sí…”, y reclinó un poco su asiento hacia atrás.
Lo que vino después fue su mano que no sujetaba el teléfono a sus pechos, a acariciárselos, sobre aquel bikini azul, y ella le seguía escuchando, y aquellas caricias a veces eran sutiles y a veces más rudas… y su cara ya era un sofoco absoluto. Sus ojos le brillaban y todo su rostro lucía sonrojadísimo. Y yo me preguntaba qué le estaría diciendo aquel cabrón para tenerla así…
Y entonces ella se sacó una de sus tetas, y después la otra, y ambas colgaban enormes y sepultaban sus triángulos celestes, haciéndolos casi desaparecer por completo. Y yo miré a nuestro alrededor, y no veía absolutamente nada más que algunos coches aparcados en la distancia, y entonces… María… se incorporó un poco… y dejó caer saliva de su boca a uno de sus pechos… Y mi corazón se me salía del cuerpo mientras ella seguía obedeciendo… y su mano iba a esparcir aquella saliva por su pezón… y María me miró otra vez; le escuchaba, le obedecía y me miraba, y por un instante fui feliz, viendo su sumisión y su necesidad de mí… y ella jugaba con aquel pezón que brillaba, sobre su teta enorme… gustándose… luciéndose ante mí y obedeciéndole a él, llegando otra vez a aquel estado maravilloso y completo.
Ella, con sus tetas fuera y su pezón brillante, volvía a dejar caer saliva de sus labios… y un hilillo colgaba de su labio inferior mientras ya jugaba con el pezón de su otra teta… y la sentí tan sucia, tan guarra, acariciándose y gustándose, y mirándome, que una gota brotó de la punta de mi miembro inmediatamente.
Y después su mano fue al botón de sus shorts, y los bajó un poco, y yo sentí tanto calor que abrí un poco mi puerta, y entonces yo mismo la ayudé a desprenderse de aquellos pantalones cortos… yo mismo le facilitaba las cosas para que pudiera masturbarse mientras escuchaba y obedecía a Edu.
Tan pronto ella se liberó, levantó sus piernas y posó las plantas de sus pies sobre el salpicadero, y se dejó ir… y yo… no sé muy bien por qué… la quise dejar disfrutarlo… sola.
Y salí del coche. Miré a mi alrededor y me volví a cerciorar de la seguridad y soledad de María. Como si fuera un guardián que la protegía. Y caminé hasta situarme frente al coche, y desde allí vi como… ella, con sus piernas abiertas y sus pies allí apoyados, con su cuerpo reclinado, sus pezones brillantes y con un hilo de saliva colgando de sus labios… exigía de aquella braga del bikini… pues se masturbaba, con los ojos cerrados, escuchándole… y yo veía aquella braga azul, adelante y atrás… separándose y juntándose a ella… y sabía que le obedecía, y que se taladraba, con un dedo o dos… que se metía sus dedos, obedeciéndole… y sus piernas a veces temblaban, y las cerraba y las juntaba un poco… y su melena se le pegaba a la cara y sus tetas vibraban y temblaban al ritmo de aquella paja obediente y extrema.
Ella jadeaba… la oía gemir desde fuera del coche… y medio escuchaba, medio leía de sus labios, unos susurros entregados y vergonzosos que decían “sigue… “, “sigue…”, demandando más palabras gruesas de él… Y me mataba verla así, sobre todo cuando entreabría y cerraba la boca, y cuando sus piernas sufrían aquellos espasmos casi indignos… y su braga adelante y atrás, a toda velocidad… castigando ella misma su coño… socavando su coño y su soberbia a la vez… Y tragué saliva, extasiado y encendido, y entonces volví al coche, sin saber bien con qué intención, y la vi, deshecha, sudando, temblando… Y aquellos dedos salieron de su coño… y los llevó, los dos… a su boca… y jadeaba, exagerada y casi sobreactuadamente… con aquellos dedos en su boca, unos “¡hmmm!” “¡hmmm!” entregados y bochornosos… y después, otra vez, mientras le escuchaba, más “¡hmmm!” “¡hmmm!” que volvía a gimotear lastimosamente en el teléfono.
Y entonces quise tocarla… y posé una de mis manos en su vientre, para sentirla, y ella pegó un pequeño respingo, e, inmediatamente después, sacó sus dedos de la boca, y le dijo a Edu:
—No…
Y, tras ese quejido, tenuamente susurrado, volvió a dirigirse a Edu:
—No… Ni Rubén… Ni Carlos… Fóllame tú…
Y yo retiré mi mano. Temblando… Y ella se acariciaba una teta… Y abría los ojos, y me miraba, y susurró de nuevo al teléfono:
—Carlos me da asco… Fóllame tú…
Y yo me mantenía en silencio, alucinando con cómo se había excitado de aquella manera, y ella volvió a susurrarle:
—Eres un hijo de puta…
Yo resoplé y miré al frente. Me apoyé en el volante. Excitadísimo. Desconcertado. Y me mantuve así unos segundos. Y después sentí que ella se movía. Y la miré, y descubrí que habían colgado la llamada.
María, ardiendo, volvía sus pechos a aquel bikini y se intentaba recomponer. Abrió su puerta y cogió aire… pero no entraba nada… Y la tensión y una extraña angustia parecían oprimirla de una manera implacable.
Ella resopló. Molesta. Enfadada. Herida en su orgullo. Y se ponía sus shorts, pero el sofoco en su rostro no desaparecía.
Yo no entendía qué había pasado, y ella me pidió entonces que volviera a arrancar el coche.
Conduje, tentado constantemente de saber. Pero quise esperar a que ella se recuperara un poco. Tenía que esperar a que ella se perdonara a sí misma antes de preguntarle nada.
Cinco. Diez minutos en el más absoluto silencio. Hasta que llegamos a un semáforo y mi teléfono se iluminó. Y lo cogí. Y Edu había escrito en el grupo en el que estábamos los tres. Y María, con su opresión y sonrojo incesante, ya leía de su teléfono. Y yo, infartado, leí del mío:
Edu: Estás de suerte. Rubén libra hoy. Queda con él para que vaya esta noche a tu casa a follarte. Ya le he explicado que Pablo mirará. Ha flipado, pero no se lo ha pensado el cabrón. Envíale tu dirección.
En ese momento la miré. Ella parecía releerlo con una mezcla de indignación y tensión. Y entonces alguien detrás apretaba el claxon y me sobresaltaba. Pero no miré atrás, sino a María, y pude ver cómo los dedos temblorosos de ella… salían de aquel chat… y entraban en su conversación con Rubén.
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