Xtories

El inicio de una pareja 6

Ricardo sabe que esta noche no es una visita más, sino la culminación de un juego que lleva meses armando. Mientras él se ausenta para darles privacidad, el verdadero espectáculo comienza: ver a su esposa entregarse al placer con el hombre que él mismo ha invitado a invadir su cama.

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Ana se preparó con una dedicación que Ricardo notó desde temprano, y que lo excitó en silencio. Sabía que esta era la noche: la cuarta visita de Eduardo, la que habían planeado para que todo culminara. Ana pasó la tarde en el baño, depilándose con cuidado, hidratando su piel morena clara hasta que brillara suave. Eligió lencería negra de encaje —tanga diminuta que apenas cubría su intimidad y un sostén que realzaba sus senos pequeños pero firmes—, combinada con un vestido corto rojo que se ceñía a sus caderas curvilíneas como una segunda piel. El escote generoso dejaba entrever el encaje, y el dobladillo subía lo justo al sentarse. Se soltó el cabello ondulado, se maquilló sutil: labios rojos intensos, ojos ahumados que acentuaban su sensualidad tímida. Al mirarse en el espejo, pensó: *Hoy me voy a dar el gusto con él... Ricardo lo quiere, y yo también. Qué nervios tan ricos*.

Ricardo la observaba desde la puerta, sus ojos profundos devorándola. "Estás espectacular, amor. Eduardo se va a volver loco", le dijo con voz ronca, besándola en el cuello mientras sus manos bajaban por sus caderas. Ana sonrió, coqueta: "Todo esto es por ti también... sé que te encanta verme así". Ricardo sintió esa mezcla familiar de celos controlados y excitación pura: su hotwife lista para ser seducida por su amigo.

Eduardo llegó puntual, con una botella de vino como pretexto y esa sonrisa pícara en sus ojos miel. "Ana, cada vez más guapa", la piropeó al abrazarla, su cuerpo alto y atlético presionándose un segundo más de lo necesario contra sus caderas. Ella se sonrojó, pero respondió al abrazo, sintiendo su calor. La noche empezó en la sala: vino, música suave, plática que fluía con bromas subidas de tono. Eduardo se sentaba cerca de Ana en el sofá, su mano rozando "accidentalmente" su muslo desnudo. Ricardo, desde el sillón opuesto, los miraba con disimulo, excitado por la tensión creciente: *Mírala cómo se le acelera la respiración... ya está húmeda, lo sé*.

Como planeado, las cervezas (solo cuatro, tal como Ana le había advertido esa mañana: "No seas loco, Ricardo, con eso no alcanza", y él fingió olvido) se terminaron rápido. Ricardo soltó el truco clásico: "¡Demonios, se acabaron! Voy rapidito al Oxxo por más, no tardo". Besó a Ana en los labios, guiñándole un ojo discreto, y salió. Ana pensó: *Ahí va mi cómplice... ahora sí*.

Apenas cerró la puerta, el aire se cargó. Eduardo se acercó más: "Por fin solos, Ana. Tu marido es un genio". Ella rió nerviosa, pero sus ojos lo invitaban. "Me gustas desde hace rato, Eduardo... esos ojos miel me matan". Él no esperó más: la besó profundo, lengua explorando con urgencia mientras sus manos grandes subían por sus muslos, levantando el vestido. Ana jadeó contra su boca, respondiendo con hambre acumulada. "Quítame esto", murmuró ella, y él obedeció: el vestido cayó, revelando la lencería negra. "Joder, qué cuerpo... esas caderas me vuelven loco", gruñó Eduardo, besando su cuello, bajando al encaje de sus senos.

Se desnudaron con prisa febril. Eduardo se quitó la camisa, mostrando su torso definido; Ana le bajó los pantalones, acariciando su erección gruesa y dura, diferente a la de Ricardo —más larga, venosa—. "Quiero sentirte", susurró ella, tímida pero audaz, echando bolas como nunca. Lo empujó al sofá, se quitó la tanga y se montó a horcajadas, frotándose contra él hasta mojarlo. Eduardo la sujetó por las caderas: "Ana, estás empapada... métemela". Ella lo guió, bajando despacio: la cabeza entró, luego el resto, ensartándola a fondo. "¡Ahhh... qué grande!", jadeó Ana, arqueando la espalda mientras empezaba a moverse, acompasando caderas en círculos lentos que se volvieron intensos.

El sexo era puro fuego: sonidos húmedos de *chap chap chap* con cada bajada, sus jugos chorreando por sus muslos. Eduardo embestía desde abajo, profundo, golpeando su fondo. "Me encanta cómo aprietas, Ana... qué coño tan rico". Ella gemía delicioso: "Más fuerte, Eduardo... sí, así...". Se besaban con desesperación, sus senos pequeños rebotando contra su pecho, el sostén aún puesto pero desabrochado. Ana echaba bolas total: lo cabalgaba con libertad, gritando bajito su nombre, sintiendo cada vena rozándola adentro.

Ricardo regresó sigiloso, sin hacer ruido con las bolsas. Abrió la puerta despacio y los vio: Ana bien ensartada, Eduardo metido a fondo en ella, sus caderas anchas moviéndose en ritmo perfecto. Ella echada ligeramente hacia atrás, apoyada en sus manos para más profundidad, jadeos deliciosos saliendo de su boca —"¡Sí, ahí... no pares!"—. Poca ropa: solo el sostén colgando en Ana, Eduardo desnudo de cintura para abajo. Ricardo sintió una oleada de excitación cuckold: *Mi esposa follada por mi amigo... qué delicia verla así de puta*.

Se sentó frente a ellos en el sillón, destapando una cerveza con un *psssht* ruidoso. El sonido los alertó: Ana abrió los ojos, vio a Ricardo y sonrió lujuriosa en vez de asustarse. "Amor... míranos", jadeó sin parar de moverse. Eduardo giró la cabeza, gruñó con una sonrisa pícara: "Hermano... únete o mira, pero esto está demasiado bueno". Ricardo sorbió su cerveza, excitado al máximo: "Sigan, no paren por mí. Me encanta verte así, Ana... ensartada con su verga grande".

Ana aceleró, provocada por la mirada de su marido: "Me está cogiendo tan rico, Ricardo... siente cómo me llena". Eduardo, animado: "Tu mujer es una diosa, hermano. Mira cómo me cabalga... voy a hacerla venir". Los jadeos subieron, comentarios calientes volando: "Estás tan mojada por él, amor... díselo". Ana gritó: "¡Me vengo, Eduardo... sí!". Su orgasmo la sacudió, contrayéndose alrededor de él, mojándolo todo. Eduardo la siguió poco después, viniéndose dentro con gruñidos: "Toma, Ana... llénate".

Ricardo aplaudió mentalmente: la seducción había culminado perfecto. La noche apenas empezaba, con promesas de más rondas, ahora los tres juntos. La complicidad ardía, y muchas historias vendrían con Eduardo como amante recurrente.

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