El inicio de una pareja 5
Ricardo sabe que Eduardo es el hombre que Ana siempre deseó. Ahora, con la complicidad de su esposa, prepara el escenario perfecto para que la tensión estalle bajo el techo de su propio hogar, mientras él se convierte en el testigo silencioso de su propia pérdida.
Después de las experiencias con Juan el Minero y el joven Alan, Ana y Ricardo se sentían más immersos que nunca en el mundo swinger, con un toque cada vez más pronunciado de cuckold que excitaba especialmente a Ricardo. La idea de ver a Ana deseada, tomada por otro hombre mientras él observaba o imaginaba, se había convertido en su fetiche principal. Ricardo no cesaba en sus intentos por encontrar el siguiente "objetivo" perfecto: alguien de confianza, atractivo para Ana, y dispuesto a jugar sin complicaciones emocionales.
El candidato ideal surgió de su pasado: Eduardo, su amigo de la universidad. Alto, de complexión atlética, con ojos miel que transmitían una calidez pícaro y pelo rubio rojizo que lo hacía destacar. Muy diferente a Ricardo —más imponente, con una presencia magnética y divorciado dos veces—, Eduardo estaba cansado de relaciones frívolas y románticas fallidas. Le gustaba el sexo puro, intenso, sin ataduras, y Ricardo lo sabía por confidencias pasadas. Ana tenía poco trato con él —algunas reuniones casuales en el pasado—, pero Ricardo había notado las miradas furtivas de su esposa, cómo se sonrojaba cuando Eduardo bromeaba con ella. *Le gusta*, pensó Ricardo. *Y él sería el cómplice perfecto: confiable, discreto y con esa energía que la pondría loca*.
Ricardo planeó la estrategia con su habitual astucia: nada directo al principio, sino una seducción gradual. Empezó invitándolo a la clásica noche de domingo —cervezas frías y fútbol americano en la tele—, algo inocente para romper hielo. Eduardo aceptó encantado: "Hace rato que no nos vemos, hermano. Voy".
Esa primera noche, los tres en la sala: Ricardo y Eduardo en el sofá con cervezas, Ana trayendo botanas, vestida casual pero sugerente —shorts ajustados que realzaban sus caderas curvilíneas y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de su sostén. Platicaron de todo: trabajo, universidad, divorcios de Eduardo. Ana reía con sus anécdotas, sus ojos encontrándose con los miel de él más de lo habitual. Ricardo notó la química: *Ahí está, la chispa*. Pero dejó que fluyera natural, sin presionar.
El lunes siguiente, otra noche de cerveza y fútbol. Esta vez, Ricardo soltó la confesión, en un momento de pausa comercial, con el tono casual de amigos de toda la vida: "Mira, Eduardo, somos liberales, hermano. Ana y yo hemos explorado cosas... swingers, hotwife. Me caes de maravilla, y sé que le gustas a mi esposa. ¿Qué te parece si la seducimos juntos? Poco a poco, en estas visitas. Yo disfruto viéndola disfrutar".
Eduardo se quedó un segundo en silencio, sorbiendo su cerveza, pero sus ojos miel brillaron con interés pícaro. "Joder, Ricardo... no me lo esperaba, pero suena interesante. Ana es una mujerón, siempre lo he pensado. Divorciado dos veces, ya no busco rollos románticos, solo buen sexo sin dramas. Si ustedes están en eso... cuenten conmigo. Pero despacio, para que ella se sienta cómoda".
Ricardo sonrió, excitado por la complicidad. "Perfecto. En dos o tres visitas más, la tenemos".
La segunda visita fue un viernes casual: cena en casa, vino en lugar de cerveza. Ana, notando la frecuencia de Eduardo, se arregló más: vestido ajustado negro que marcaba sus caderas y senos pequeños, cabello ondulado suelto. La seducción empezó sutil. Eduardo la piropeaba abiertamente: "Ana, cada vez luces más espectacular. ¿Qué le das de comer a este cabrón para que te consienta tanto?". Ella reía, tímida pero coqueta, rozando su brazo al pasar. Ricardo guiaba: "Eduardo es soltero de nuevo, amor. Podrías darle consejos de conquista". En un momento, solos en la cocina mientras Ricardo "iba por más vino", Eduardo se acercó: "Ricardo me contó un poco de sus aventuras... me intriga". Ana se sonrojó, pero respondió con una sonrisa: "Somos abiertos, sí...". Él rozó su mano: "Me gustas desde la uni, ¿sabes?". Ana pensó: *Qué ojos tan intensos... y qué alto, me hace sentir pequeña*.
Mensajes posteriores avivaron el fuego. Ricardo a Eduardo: "Ana comentó que te ve guapísimo. Sigue así, la estás calentando". Eduardo: "Hermano, tu esposa es fuego. La próxima visita, subimos el nivel".
La tercera visita, un sábado noche: películas en casa, luces bajas, vino fluyendo. Ana en el centro del sofá, flanqueada por los dos. La seducción escaló: bromas subidas de tono, Eduardo acariciando "accidentalmente" su muslo. Ricardo propuso un juego de verdades: "¿Alguna fantasía pendiente?". Ana confesó, incitada por Ricardo: "Me gusta sentirme deseada por dos hombres...". Eduardo, con voz ronca: "Yo podría ayudarte con eso". Besos empezaron suaves: primero Ricardo con Ana, luego Eduardo uniéndose, besando su cuello mientras Ricardo la tocaba. Ana jadeó: *Qué diferente se siente... sus manos grandes, su olor*.
No llegaron a todo esa noche —Ricardo quería alargar la anticipación—, pero el faje fue intenso: manos de Eduardo explorando bajo el vestido, descubriendo su lencería, dedos rozando su humedad mientras Ricardo observaba excitado. Ana pensó: *Me están seduciendo de verdad... qué rico*. Eduardo: *Esta mujer es puro fuego, y su marido me la presta... no lo creo*.
La cuarta visita sería el clímax, Ricardo lo sabía. Mensaje a Eduardo: "Ven el viernes. Ana está lista para darse el gusto contigo. Yo miro y participo si quiero". Eduardo: "No me lo pierdo, hermano. Voy a hacerla disfrutar como nunca".
La seducción gradual había funcionado: Ana, de tímida a ansiosa, esperaba la noche con un cosquilleo constante. Ricardo, en su rol cuckold, vibraba de excitación. Eduardo prometía ser el amante ideal para muchas historias más: intenso, pícaro y sin ataduras. La sal y pimienta en su matrimonio ardía con nueva intensidad.
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