Xtories

El pendrive

Llegas a casa exhausto, creyendo que la noche se arruinó. Pero en el baño, una pequeña caja te espera con una orden simple: «Ponme». Lo que verás en la pantalla no es lo que esperabas, sino la confirmación de que tu ausencia fue la mejor excusa para que ella te mostrara exactamente lo que hace cuando tú no estás.

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Desde aquella famosa partida de cartas, no habíamos vuelto a tratar el tema durante una larga temporada. No es que no lo disfrutásemos, al contrario, simplemente lo dejamos estar. Supongo que, por la cercanía de ambos episodios, por la necesidad de asimilar con más claridad nuestra nueva intimidad o, según llegué a temer durante un tiempo, porque Aura quizá se hubiera arrepentido. Sea como fuere, nuestra relación no varió ni un ápice y nuestra vida sexual siguió siendo tan satisfactoria y plena como siempre.

Hasta una noche cualquiera. Estábamos en la cama y ella me estaba regalando la felación más ardiente que le recuerdo en años. Tras escalar por mi pecho y mirarme desde arriba, me asaeteó con un susurro que me quemó la sangre:

—¿Te apetecería que invitáramos a Marcos a cenar de nuevo? —ronroneó, sin dejar de acariciarme.

A lo que yo, paralizado como un actor porno amateur con miedo escénico y la mente en blanco, solo pude responder eyaculando de forma prematura sobre mi propio abdomen, dándole después un beso que me supo a mi propio líquido preseminal.

—Me atrevería a decir que eso es un sí —concluyó risueña, mientras su dedo índice dibujaba círculos de semen sobre mi piel.

—Pensaba que nunca me lo volverías a pedir —conseguí articular, tratando de salir de mi enajenación.

—No sabía cómo te lo ibas a tomar, pero compruebo que mejor de lo que imaginaba —contestó, sin dejar de masajear mi decadente erección.

Estuvimos discutiendo sobre cuándo podría ser, pero no sobre el cómo. Encorsetarse en un plan preestablecido solo podía traer decepción, y la experiencia nos decía que dejar fluir la situación era la mejor idea. Al final, decidimos que el viernes de la semana siguiente era el día perfecto: yo tenía una reunión de trabajo por la tarde, lo que le daría tiempo suficiente a Aura para ir preparándolo todo sin prisas. Obviamente, sería ella la encargada de avisar a Marcos; dábamos por hecho que no pondría impedimento alguno. Dormí relativamente bien, aunque me desperté excitado y con la cabeza repleta de posturas y dinámicas que quería probar la noche clave, desconocedor en aquel momento de lo lejos que estaba todo eso de ocurrir.

El viernes señalado, el día en la oficina empezó con muchísimo ajetreo. Yo no dejaba de mirar el reloj en la esquina de la pantalla de mi ordenador, deseando que el tiempo pasara más y más deprisa. Sin embargo, después de comer, mi jefe soltó la bomba: la reunión de las cinco se aplazaba a las siete. Fue como un jarro de agua fría que ablandó mi temple al instante. Llamé a Aura para avisarle de que llegaría más tarde de lo previsto. Ella le quitó importancia, contestándome con voz seductora que no me preocupara, que la cena no se iba a enfriar. Aquello volvió a levantarme el ánimo.

La reunión fue un coñazo soberano, de los peores que recuerdo. Para colmo, dábamos vueltas en círculos sin llegar a ningún acuerdo. Yo no cesaba de mirar el reloj cada cinco minutos, desesperado, pero aquello no tenía pinta de acabar. Sobre las nueve, derrotado, le mandé un mensaje a mi mujer diciéndole que cenaran ellos y que me uniría en cuanto pudiese. Me sentía fatal por ella, y sobre todo por mí, porque sabía que era más que probable que el plato fuerte de la noche se cancelase. Pero estaba atrapado.

Cerca de las diez, el jefe sugirió que telefoneáramos a casa para avisar de que íbamos a llegar tarde. ¡Como si no lo supiéramos ya! Llamé a Aura, me dijo que les había pillado terminando el segundo plato y le conté el panorama. Le pedí que me disculpara ante Marcos y que le rogara posponerlo para otro día. Me contestó que me relajara, que ella se encargaba de las disculpas. Se lo agradecí y colgué, frustrado.

Finalmente, a eso de la una y media de la madrugada y con todo a medio resolver, salí de la oficina. Pensé en llamar para avisar de mi llegada, pero temiendo despertarla, me limité a mandarle un mensaje diciéndole que iba de camino. Conduje hasta casa de un humor de perros, acordándome de la madre de mi jefe y suspirando con resignación, consolándome con la idea de que ya habría otra oportunidad.

Cuando entré en casa, todo estaba a oscuras y en silencio, salvo por una respiración tranquila que llegaba desde nuestra habitación. Me sorprendió comprobar que Aura ya se había acostado, pero supuse que, tras la desilusión, no tendría ganas de esperarme despierta. Dejé las llaves, me quité la ropa de la oficina en el salón hasta quedarme en ropa interior y fui al baño a lavarme los dientes. Cuál fue mi sorpresa al encender la luz y ver que, apoyada junto al lavabo, había una pequeña cajita con un pendrive en su interior y un post-it amarillo pegado: «Ponme».

Me quedé paralizado. Todo aquello era demasiado críptico para las dos de la mañana. Por un instante, el cansancio casi me convence de ignorarlo y meterme en la cama, pero la curiosidad enfermiza pudo mucho más. Salí del baño, tanteé a oscuras el puerto USB de la televisión del salón y me dejé caer en el sofá antes de encender la pantalla. El explorador de archivos no dejaba lugar a dudas: una sola carpeta con un único documento que, por su nombre y extensión, supe que era un vídeo. Le di al play.

El encuadre era fijo. En la imagen reconocí de inmediato nuestra cama, vista desde un lateral, cerrando el plano a lo ancho por la medida del colchón y a lo alto por el cabecero. Una luz titilante, proveniente de lo que supuse que era un par de velas en la mesita de noche, dibujaba sombras cálidas e iluminaba discretamente la estancia. Un leve ruido estático, mezclado con conversaciones ininteligibles muy de fondo, rompía la quietud de la estampa.

—Ciro dice que la reunión va para largo y que me disculpe de su parte. Que no va a poder venir, vaya —se escuchó finalmente con claridad la voz de mi mujer.

—Pues es una auténtica lástima, se está perdiendo una cena maravillosa. No sabía lo buena que eras en la cocina —respondió Marcos, con un tono contrariado que me pareció sincero.

—No. Pero sabes lo buena que soy en otras cosas —contestó Aura, cargada de picardía.

Su frase provocó un silencio espeso que ella misma se encargó de romper—: No te hagas el despistado ahora, anda. Sabías perfectamente a lo que venías.

—Bueno, pero sin él aquí… no sé, me da cosa —replicó él, dudando.

—Pues por eso mismo. De alguna manera tendremos que compensárselo, y estoy segura de que le encantará la sorpresa. Venga, pasa y túmbate —ordenó mi mujer, escuchándose mucho más cerca del micrófono justo antes de que dos figuras irrumpieran en el encuadre de la imagen.

Reconocí el rostro de nuestro invitado mientras apoyaba la cabeza en mi almohada y dejaba descansar los brazos sobre su abdomen, visiblemente tenso. La cintura de Aura ocupó de pronto el primer plano, tapando la cámara mientras se afanaba en la tarea de desabrocharle los pantalones vaqueros a su compañero hasta poder bajárselos. La prenda y ella salieron un segundo de la imagen, dejando como único protagonista del plano la nerviosa desnudez de Marcos, cuyo pecho subía y bajaba con una respiración agitada. Y en unos pocos segundos, que a mí me parecieron horas sentado en la oscuridad del salón, irrumpió en el cuadro la razón de su taquipnea. Mi mujer, ataviada únicamente con una pinza que le recogía el pelo en un moño desordenado, se subió a la cama a gatas, escalando por las piernas de Marcos hasta colocar su rostro a la altura de su ombligo.

—No creerías que me iba a saltar el postre, ¿no? —dijo Aura, girando el rostro para clavar sus ojos oscuros directamente en el objetivo de la cámara, mirándome a mí, antes de atrapar la cálida flacidez de Marcos con los labios.

Nota de la autora: Iré colgando pequeños extractos de esta historia semanalmente por aquí, pero si no aguantas la intriga y quieres leerlo completo (así como otras historias que ocurrieron después de aquella noche), puedes hacerlo desde hoy mismo sin límite ni censura en mi nueva antología Para tus ojos: relatos de una mujer casada.

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