Asco de hacerlo con mi marido (Segunda parte)
Fina siempre supo que su matrimonio estaba muerto, pero fue al encontrarse con Andrés donde descubrió que aún podía sentir. Ahora debe elegir entre la rutina segura y el riesgo de despertar algo que había dormido demasiado tiempo.
Segunda parte.
Fina tardó en dormirse aquella noche.
El cuerpo seguía alerta, como si hubiera tenido que defenderse durante horas. Mauricio respiraba a su lado, de espaldas, y ese sonido que antes le había resultado familiar ahora era solo una presencia ajena. No había culpa. Tampoco rabia. Solo una certeza incómoda: no quería volver a estar con él nunca más. Pensó en la escena una y otra vez. En cómo había dicho no sin alzar la voz. En cómo su cuerpo había hablado antes que ella. No se sintió cruel. Se sintió honesta. Y esa honestidad, por dura que fuera, le dejó un poso extraño de calma.
Cerró los ojos. Y entonces, sin buscarlo, apareció Andrés.
No su rostro con precisión, sino la sensación. La manera en que había ocupado el espacio sin invadirlo. El silencio compartido sin urgencia. La tranquilidad de no sentirse observada como un territorio que conquistar.
Recordó sus manos quietas sobre la mesa. La distancia respetuosa. Cómo, durante aquel café, su cuerpo no se había tensado ni una sola vez. Ningún gesto automático de defensa. Ninguna alerta.
Se dio cuenta de algo que la desarmó: con Andrés no había tenido que pensar en su cuerpo. Simplemente había estado allí.
La comparación fue inevitable y no le produjo culpa, sino claridad. Con Mauricio, el rechazo era físico, visceral, definitivo. Con Andrés, la posibilidad no nacía del deseo inmediato, sino de algo más hondo: la ausencia de miedo.
Eso también es deseo, pensó.
No el de antes, impetuoso y ciego. Uno nuevo, más lento, más consciente. Un deseo que no pedía nada a cambio, que no exigía explicaciones ni promesas.
Se giró en la cama, dándole la espalda a Mauricio. Sintió una tristeza breve, suave, como un duelo que ya había empezado hacía tiempo. No por lo que perdía, sino por lo que había sostenido demasiado.
Pensó en el papel con el número de Andrés, guardado en el bolsillo de su abrigo. En cómo lo había tocado sin darse cuenta al llegar a casa, como quien comprueba que algo sigue ahí.
No quería engañar a nadie. Tampoco quería seguir negándose a sí misma.
Comprendió entonces que lanzarse no significaba correr sin mirar. Significaba dejar de quedarse quieta por miedo. Significaba aceptar que el cuerpo también tiene derecho a elegir, a probar, a sentir sin justificarse.
No sabía cómo sería ese próximo encuentro. No sabía si habría torpeza, dudas, pasos atrás. Pero sabía algo con una claridad nueva y firme:
Quería volver a ver a Andrés. Quería permitirse sentir. Quería dejar de vivir a medias.
Esa decisión no le provocó ansiedad, sino una calma profunda, casi serena. Como si, al fin, estuviera caminando en la dirección correcta, aunque el terreno aún fuera desconocido.
Cerró los ojos. A su lado, Mauricio dormía. Dentro de ella, Fina empezaba a despertar.
***
Fina llegó sabiendo que no iba a fingir.
No llevaba un plan ni una expectativa concreta, pero sí una decisión clara: no esconderse. No minimizarse. No pedir permiso para estar allí. Cuando vio a Andrés levantarse al reconocerla, sintió ese mismo sosiego de la primera vez, solo que ahora no era sorpresa, sino elección.
—Gracias por venir —dijo él, con una sonrisa tranquila.
—Gracias por volver a verme —respondió ella.
Caminaron un poco antes de sentarse. El aire era frío, pero no incómodo. Había algo distinto entre ellos, una tensión suave que no empujaba, que simplemente estaba.
—Quería verte —dijo Fina al cabo de un rato—. No para hablar de cosas ligeras.
Andrés la miró con atención.
—Me alegra que lo digas.
Se sentaron en un banco, uno al lado del otro, sin tocarse todavía. Fina respiró hondo.
—Estoy en medio de una ruptura —confesó—. Aunque aún no sea visible desde fuera. Y no quiero engañarte ni engañarme.
—Me da igual—respondió él—. Solo necesito que seas honesta.
Ella asintió.
—Lo soy —dijo—. Y lo que siento ahora mismo es que contigo no me defiendo. Que puedo estar sin levantar murallas.
Andrés bajó la mirada un segundo, como si aquella frase le hubiera llegado más hondo de lo que esperaba.
—Eso es mucho —admitió—. Y también frágil.
—Lo sé —sonrió ella—. Por eso me asusta y me atrae al mismo tiempo.
Hubo un silencio distinto, lleno. Andrés se giró hacia ella.
—Yo también tengo que decirte algo —dijo.
Fina notó el cambio de tono.
—Dime.
—Hace muchos años —empezó— conocí a tu marido.
Ella se quedó quieta.
—¿Cómo?
—Fue algo breve —aclaró enseguida—. Coincidimos en algún lugar, en otra ciudad. Nada personal. No mantuvimos relación después. —Hizo una pausa—. No supe que era él hasta hace unos días, cuando Jana me enseñó una foto en la que estabais los dos juntos.
Fina sintió un impacto seco, pero no violento. Más bien una sacudida lúcida.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
—Porque no quiero que haya zonas oscuras entre nosotros —respondió—. Y porque necesito que sepas que, cuando acepté conocerte, no lo hice desde ninguna ventaja ni conocimiento previo. Si esto te incomoda, lo entenderé.
Fina procesó la información despacio. Pensó en las vueltas absurdas de la vida, en cómo todo parecía entrelazarse sin pedir permiso.
—No me incomoda —dijo al fin—. Me sorprende. Pero no cambia lo que siento aquí.
Andrés sostuvo su mirada.
—¿Y qué sientes aquí?
Fina dudó apenas un segundo. Luego fue honesta.
—Deseo —dijo—. Pero no uno que me empuje. Uno que me deja elegir.
Andrés extendió la mano, despacio, sin tocarla aún.
—¿Puedo?
Fina asintió.
Cuando sus dedos se rozaron, no hubo sobresalto. No hubo defensa. Solo una corriente cálida, serena. Fina cerró los ojos un instante. Su cuerpo no se cerró. Se abrió con una naturalidad que la emocionó más de lo que esperaba.
—No quiero que esto sea una huida —dijo ella en voz baja—. Quiero que sea un paso hacia mí.
—Entonces vayamos despacio —respondió él—. Pero vayamos de verdad.
Fina sonrió. No sintió que estuviera traicionando nada importante. Sintió que estaba siendo leal a algo esencial.
No sabía qué vendría después. No sabía cuánto duraría. Pero sabía que aquel gesto, aquella confesión compartida, aquel contacto elegido, no nacía del vacío ni del miedo.
Nacía de una verdad que, al fin, se estaba permitiendo vivir.
***
El gesto fue pequeño, pero definitivo.
Andrés no la besó de inmediato. Antes apoyó la frente en la suya, como si necesitara comprobar algo más que la cercanía. Fina notó su respiración, pausada, y la suya se acompasó sin esfuerzo. No había prisa. No había esa urgencia torpe que ella había confundido tantas veces con deseo.
—Si en algún momento quieres parar —dijo él—, lo hacemos. Sin preguntas.
Fina asintió. No porque dudara, sino porque agradecía que se lo dijera.
Cuando por fin la besó, fue despacio. No para probar, sino para reconocer. Fina sintió el contacto como una afirmación tranquila, no como una invasión. Su cuerpo no se tensó. No hubo alerta. Solo una apertura suave, casi emocionada.
Se separó apenas unos centímetros, lo justo para mirarlo.
—Quiero esto —dijo—. Pero quiero hacerlo bien. Sin esconderme.
Andrés le sostuvo la mirada.
—Entonces no estás saltando al vacío —respondió—. Estás caminando.
Se abrazaron. No como refugio, sino como elección. El cuerpo de Fina respondió con una naturalidad que la conmovió más que cualquier gesto. No hubo lucha interna, ni culpa inmediata. Solo presencia. Solo un sí dicho desde dentro.
En ese abrazo entendió algo con una claridad que ya no admitía vuelta atrás: no era Andrés lo que hacía posible aquello. Era ella misma, recuperándose.
Se separaron más tarde, sin dramatismos, con una promesa sencilla de volver a verse. Fina caminó hacia casa sintiendo el cuerpo ligero, como si hubiera soltado un peso antiguo que ya no necesitaba cargar.
Y mientras avanzaba, la decisión terminó de asentarse.
No como una explosión. Como una certeza firme.
No podía volver atrás. No podía seguir compartiendo techo, rutina y silencio con alguien a quien su cuerpo rechazaba. No era justo para él. No era vivible para ella. Aquella calma que había sentido no podía convivir con la mentira cotidiana.
Me voy a separar, pensó.
No quizá. No cuando todo esté más claro. No cuando sea menos complicado.
Me voy a separar.
Al entrar en casa, la normalidad le resultó extraña. Los objetos, las fotos, los pasillos. Todo seguía igual, pero ella no. Mauricio estaba en el salón. Levantó la vista.
—¿Todo bien? —preguntó.
Fina lo miró sin dureza, pero sin refugiarse.
—Tenemos que hablar —dijo—. Y esta vez no para intentarlo otra vez.
Él supo, por el tono, que algo había cambiado de verdad.
Fina respiró hondo. Notó el pulso firme. El cuerpo alineado con la palabra.
—Voy a separarme —continuó—. No es una amenaza. No es una fase. Es una decisión.
Mauricio abrió la boca, pero no encontró palabras.
—No puedo seguir viviendo contigo —añadió—. No quiero. Y no voy a forzarme más.
No hubo gritos. No hubo reproches nuevos. Solo el peso de lo inevitable cayendo, por fin, en su sitio.
Esa noche, Fina se acostó sabiendo que nada sería fácil. Que vendrían conversaciones duras, cambios, miedos. Pero también supo algo esencial:
Había cruzado un umbral. El cuerpo, el deseo y la verdad caminaban por primera vez en la misma dirección.
Y ya no pensaba detenerse.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
La belleza interior versión Sara 3
Llevaban meses siendo inseparables, pero el miedo a romper la amistad los mantenía al borde.
Comparte:Infidelidad ocultaReencuentroVerguenza y placer
- Hetero: Infidelidad
Mi vida. Resplandores y tinieblas (14)
La graduación de Paz no es solo el fin de una carrera, es el comienzo de algo prohibido que él ha deseado en silencio.
Comparte:Relacion profesor alumnaReencuentroConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Olvídame, amor mío
Cristóbal creía haber dejado atrás su culpa, pero el pasado llega a buscarlo en el rellano de las escaleras.
Comparte:Relacion profesor alumnaReencuentroConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Mi vida. Resplandores y tinieblas (7)
La cena era solo el pretexto; lo que realmente buscaba era cruzar la línea que separaba al profesor del amante.
Comparte:Infidelidad ocultaRelacion profesor alumnaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 5
El sol quema la piel, pero el frío de la mentira cala más hondo. Benjamín no quiere solo sexo; quiere respuestas.
Comparte:ReencuentroVerguenza y placerConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
El regreso de un amor olvidado - Parte 5
Emma siempre fue su refugio, pero Claudia es su fuego. Entre una iglesia silenciosa y un baño público lleno de testigos, el protagonista elige la…
Comparte:Infidelidad ocultaRelacion profesor alumnaConexion inesperada