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Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 5

El sol quema la piel, pero el frío de la mentira cala más hondo. Benjamín no quiere solo sexo; quiere respuestas. Y Rocío, desnuda ante el lago, sabe que esta vez no podrá esconderse detrás de sus lágrimas.

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Jueves, 1 de enero del 2015 - 10:15 hs. – Perspectivas.

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El sol brillaba con fuerza, furioso, encendido a más no poder, allá a lo lejos, donde comenzaba y, al mismo tiempo, terminaba el mundo. Su luz se reflejaba con rabia en el lago. Lago que, ahora que era de día, se alzaba mucho más imponente y colorido, ataviando el paisaje de una forma muy diferente a la conseguida durante la oscuridad de la noche. Lago que, tan excelso como humilde, recibía con responsabilidad la primera meada de un hombre que, hacía no muchas horas, había vuelto a nacer.

Satisfecho y aliviado, me agaché a un par de metros de la zona recién orinada y me lavé las manos. Acto seguido, recogí el montoncito de ropa que yacía justo a un lado y me encaminé de nuevo hacia el coche.

—No sé si es buena idea volver a ponerme esto… —dije, observando con pena las gordas manchas de tierra que ahora decoraban mi camisa por todas partes.

Rocío me miró y se encogió de hombros, con notorio hastío, mientras intentaba con verdadero ahínco desenredarse un mechón de pelo que se le había hecho bola en la melena. Encima, la gabardina de pana, al estar en contacto directo con su piel, no la dejaba efectuar la tarea con comodidad. Porque esa era otra; al dar por perdido el vestido, el grueso abrigo negro del botón roto era lo único que teníamos a mano para cubrir sus vergüenzas.

O sea, que la chica tenía más de un motivo para estar cabreada.

—Ya te he dicho que lo siento… —me disculpé, no de la forma más sincera, por enésima vez, debatiéndome entre sí debía ayudarla o no con el tema del pelo.

Una nueva mirada asesina fue suficiente razón para desistir y decidir dejarla sola un rato más. Cualquier otro intento de querer arreglar los desperfectos ocasionados por aquella salvaje e inesperada sesión sexual de antes tendría que reservármelo para cuando Rocío hubiese conseguido devolver su cabellera a un estado mínimamente parecido al del inicio de la velada. Mientras tanto, a mí sólo me quedaría pensar alguna excusa para decirle a Noelia cuando volviéramos al pueblo. Cosa que, a priori, se presentaba harto complicada dadas las circunstancias… Cualquiera que nos viese, por más tonto que fuese, se habría dado cuenta de lo que había pasado entre nosotros dos.

—¡Hostias!

De repente, en un inesperado ataque de inspiración, recordé que en el maletero tenía una mochila con ropa de gimnasio. Una mochila mía y una de Luciano. Me levanté de un brinco y fui hacia la parte trasera del coche sonriendo como un idiota. Y más sonreí cuando abrí el portabultos y ahí estaban las dos mochilas. Y no me importaba que fuese ropa usada y sin lavar, pues cualquier trozo de tela en condiciones mínimamente utilizables me iba a servir para salir del paso.

—¡Mira, Ro! —la llamé, desde fuera, emocionado.

Ni puto caso. La llamé una vez más, pero tampoco respondió. Resignado, ahí mismo me vestí con un pantalón corto blanco y una camiseta negra de pádel, ambas prendas de Luciano, no sin antes rociarles media lata del desodorante que siempre llevaba conmigo siempre que iba a entrenar. Porque, el cabronazo, otra cosa no, pero lo que era apestar después de sudar…

De la otra mochila, la mía, saqué un pantaloncito verde manzana y una camiseta blanca también de pádel, en mucho mejor estado y con mucho mejor olor. Esta era para Rocío, que seguía dentro del coche batallando contra su pelo.

Me senté sobre el maletero y me quedé mirando a la nada un rato, pensativo, consciente de que todavía quedaba mucho por resolver antes de volver a casa. Porque sí, todavía no habíamos retomado lo que se había dejado a medias. El polvo había sido demasiado agotador como para no dar por finalizada la noche ahí mismo. Y quien dice ahí mismo, dice dentro del coche, cada uno en su asiento correspondiente y con sus respaldares bien echados hacia atrás. Caímos rendidos nada más cerrar los ojos y despertamos a las pocas horas por la mera inercia de no sentirnos abrazados por la comodidad de nuestras camas.

—Ven —me dijo entonces, asomándose por la ventanilla, con algo de timidez—. Ven al coche.

Algo aliviado, pues el sol ya empezaba a quemar, di un nuevo salto y me apresuré hacia el interior de mi automóvil con la ropa en la mano. Una vez dentro, Rocío, que había desistido de luchar contra el mechón haciéndose una coleta, se quedó mirándome con el ceño fruncido y una mirada un tanto extraña. Pero yo esa me la conocía bien, y no era otra que la mirada de reprochar cosas. Esa misma que me ponía antes de las pataletas cuando yo incumplía con alguno de nuestros acuerdos… Tuve la tentación de echar una risilla, aunque logré contenerme cuando, por fin, Rocío se decidió a hablar.

—N-no… —dudó, aclarándose un poco la voz—. No me gustó nada lo que pasó ayer.

—¿Qué cosa? —pregunté, haciéndome el distraído.

—Ya sabes…

—No, no lo sé. Por eso te pregunto.

La cara se le enrojeció y las mejillas se le inflaron. Parecía un hámster. Yo me podía hacer una idea de por dónde quería ir, y no tenía ningún problema en hablar del asunto con ella si así lo quería. Eso sí, sin contemplaciones… Me sentía totalmente libre de cualquier tipo de ataduras, tanto morales como sentimentales. Me había ido a dormir en paz después de muchas, muchísimas noches sin hacerlo y me había despertado como hacía mucho, muchísimo tiempo no lo hacía. Es más, creo que nunca me había sentido así en mi vida. La euforia era tan real que ya tenía pensadas entre cinco y seis posibles respuestas que darle para la inminente queja que estaba por venirse.

—Sí que sabes.

—Te digo que no…

—¿Por qué me quieres hacer decirlo? —casi que me interrumpió, alzando un poco más la voz, con los mofletes infladísimos.

—No quiero hacerte decir nada —respondí, tranquilo—. Pero, para poder disculparme, primero tengo que saber qué es lo que he hecho mal.

—No has hecho nada mal…

—¿Entonces?

—…

Me daba la sensación de que Rocío no había progresado mucho en comparación con la noche anterior. Es decir, le seguía costando hablar una barbaridad y no tenía del todo claro cómo actuar. Y, eso, por desgracia, sólo lograría ralentizar las cosas. Porque, si bien no tenía pensado convertir la reunión en una carrera contrarreloj, ya cada vez quedaba menos tiempo para que Noelia denunciara la desaparición de su hermana a las autoridades correspondientes.

No quería meternos prisa, pero tampoco era cuestión de estar siete días con sus noches para terminar de hablar.

—Rocío, mi amor.

—Dime…

—¿Te parece si vamos al grano y nos dejamos de tonterías, tal y como tú misma dijiste anoche?

—No son tonterías… —respondió ahora, cabizbaja, enfadada como una niña pequeña—. Te… Te portaste como un capullo anoche.

—A ver… —suspiré—. Vamos por puntos. Primero me dices que algo no te gustó, luego me dices que no he hecho nada mal… ¿Y ahora me dices que me porté como un capullo? Explícate, por favor.

—Sabes muy bien a lo que me refiero…

—Pues no —reí, con sorna—. No entiendo cómo puedo portarme como un capullo y, al mismo tiempo, no estar haciendo nada malo.

—No hiciste nada malo p-porque… ¡Aargh! Necesito tomar el aire.

Sin más, me quitó la ropa de la mano, sin preguntarme siquiera si era para ella, y salió del coche sin mediar más palabras. Yo me reí. No pude hacer nada más que reírme. Aquello iba a durar lo suyo y no me quedaba otra más que asumirlo.

Salí del coche yo también y la vi a lo lejos, de pie, junto al lago, quitándose la gabardina y dejándola a un costado. Vi cómo se acuclillaba en la orilla, completamente desnuda, y cogía un montoncito de agua con ambas manos para luego echársela en la cara. Volvió a ponerse de pie. Se desató la coleta y ondeó su cabellera al viento con mucha clase. Con el sol a contraluz, su silueta se fundió a la perfección con el paisaje. Levantó los brazos para volver a atarse el pelo y sus curvas se marcaron todavía más en la inmensidad de la pradera. Sus pechos perfectos, su trasero grande y respingón, su barriguita hinchada… Ni siquiera el rechazo que sentía por esto último impidió que me acercara, sin sigilo, sin disimulo, sin rodeos, y la abrazara por detrás, con cariño, con suavidad, con ternura…

—B-Benja… —murmuró, entre sorprendida y nerviosa.

—Sh… —le susurré yo, en un oído, afianzando el abrazo, pegándome a ella, haciéndole dar tres pasos hacia adelante.

Rocío se estremeció al sentir mi mano acariciarle el vientre. No se lo esperaba. Dio otros tres pasos hacia adelante. El agua nos llegaba por encima de los tobillos. La inercia podría habernos sumergido del todo, pero fue la propia Rocío la que modificó nuestra trayectoria al darse la vuelta y abrazarse a mí de la misma forma que yo la había abrazado a ella. Tan dulce, tan bonita, tan inocente…

Levantó la cabeza. Nos miramos. Sus ojos llorosos me mostraban la tristeza que todavía la estaba consumiendo por dentro. Era imposible no sentir lástima. Y también era imposible no querer besar esos labios rojos que contrastaban a la perfección con el blanco de su delicada piel. Sin embargo, fue ella la que me besó a mí. Fue ella la que, entre lágrimas, prendió su boca con la mía y comenzó a besarme con pasión.

—Te amo, Benjamín —ronroneó, entre sollozos, ofreciéndome su desnudez, empujándome hacia atrás, otra vez dirección a la tierra que tan perdidos nos había puesto hacía no muchas horas.

Me caí de culo. Rocío se cayó encima de mí. No dejamos de besarnos. Sus ganas, su ímpetu, me forzaron a recostarme sobre la verde hierba que embellecía esa parte llana entre tantos árboles que mi compañera y yo habíamos elegido como ubicación para nuestro tan deseado encuentro. Empezamos a tocarnos, a acariciarnos, a demostrarnos las ganas que teníamos el uno del otro. Con la lección aprendida también, porque Rocío no tardó en buscar los bajos de mi camiseta para evitar que quedara como mi muda anterior. También me ayudó a quitarme los pantalones. No paró hasta que ambos quedamos desnudos sobre el pasto, con el sol brillando radiante encima nuestro, con una charla pendiente que tendría que esperar un poco más para llevarse a cabo, con unos amigos que, seguramente, estarían más que preocupados por nosotros.

—B-Benja… —me dijo, entonces, con esa dulzura suya que conseguía derretirme de la cabeza a los pies.

—Dime, bebé —dije yo, dejándome llevar por la situación, volviendo a esa versión mía del pasado donde sólo podía ver a mi niña como lo que era: mi princesita y sólo mi princesita.

—Hazme el amor, cariño.

Porque el universo así lo dictaba, porque nuestros corazones así lo pedían y porque nuestros cuerpos así lo necesitaban. Iba a darle al amor de mi vida lo que me pedía.

Nos dimos la vuelta. Ella quedó abajo y yo de espaldas al cielo. Cogí sus manos, entrelazamos los dedos y elevamos los brazos, firmes, por sobre nuestras cabezas. Nunca dejamos de besarnos, de sentirnos, de juntar nuestras lenguas… Rocío jadeaba en voz muy bajita, disfrutaba del beso, de nuestros cuerpos restregándose el uno con el otro… Abandoné su boca y empecé a saborear su cuello. Comencé a darle besitos, esos besitos que sabía tanto le gustaban, los que la hacían reír traviesamente, los que la hacían doblar las piernas, los que la hacían ladear la cabeza de forma espontánea para luchar contra esas cosquillas. Y se rio, y dobló las piernas, y escondió el cuello entre su hombro y sus mofletitos… Seguí bajando por sus pechos, por su vientre, por su ombligo… Amaba esas tetitas, adoraba esos pezoncitos… Me volvía loco la forma en la que ella se retorcía cada vez que se los lamía, que se los mimaba, que se los mordía… Sus gemidos al sentir cómo jugaba con ellos, cómo los cogía desde abajo y los juntaba para esconder mi cara entre las dos, eran música para mis oídos. Me encantaba cómo se meneaba en el suelo al sentir mis labios navegar entre su ombligo y su monte de Venus. Me llenaba el alma de vida descender hasta su intimidad más profunda y que ella cerrara las piernas por vergüenza, por pudor, por pura inercia… Y que se fundiera en puro gozo al sentir mi lengua hacerse una con los más impuros de todos sus labios.

Rocío disfrutaba y se iba en gemidos cada vez más fuertes. Rocío me cogía, sin contenerse, del cabello para que no dejara de practicarle sexo oral. Su coñito chorreaba y se dejaba hacer con todo el agrado del mundo. Recibía mi lengua y algún que otro dedito sin reticencia y en la más cálida de las bienvenidas. Rocío se rizaba y se ensortijaba en la fresca hierba; se derretía y me pedía más con los ojos cerrados y los labios apretados. Rocío estaba a punto de llegar a la más hermosa de todas las sensaciones que el cuerpo humano puede proporcionarle a una mujer. Y me gritaba, y me jalaba de los pelos, y me apretaba con las piernas, y la cascada de fluidos que salía de su chochito crecía en abundancia con el correr de los segundos. Y todas aquellas sensaciones se potenciaron al máximo cuando conseguí hacer que mi princesa llegara al clímax. A su tan merecido y añorado clímax.

Se desparramó sobre el suelo, exhausta, sin aire, feliz de que el amor de su vida le hubiese proporcionado semejante regalo. Levanté la cabeza y la miré. Me reincorporé un poco. Gateé de nuevo hacia arriba sobre su vientre y sobre su pecho. Llegué de nuevo a la altura de su carita. La besé, la besé con todo el amor que tenía para darle. La besé cómo sólo podía besar a mi princesa. Ella sonrió. Me lo agradeció con una seguidilla hermosa de piquitos en diferentes partes de los labios. Estaba feliz. Ni rastro quedaba del enfado de antes. Sin embargo, sus manos se movieron solas hacia mi miembro, mi ya durísimo miembro, que se rozaba con los pocos pelillos que coronaban su hermosa cuevita.

—Hazlo, cariño…

Me acomodé encima de ella. Tuve mucho cuidado de no apretarle la pancita. La cogí de los muslos y abrí sus piernas todo lo que pude. Ella me miraba, expectante, tapándose la boca con la contracara de una mano. Tan bella, tan perfecta, tan erótica… Me hice un poco hacia adelante y ella misma se introdujo mi pene, despacio, con cuidado, disfrutando cada centímetro, gimiendo de una forma muy sensual, mientras yo terminaba de empujársela casi por completo.

—Mi Benja… Ay, mi Benja…

Empecé a moverme con suavidad y tranquilidad, sujetándome con fuerza de sus muslos, intentando por todos los medios no montarme sobre su barriga. Mi miembro entraba y salía lentamente, lubricado, imperioso, hinchado en toda su extensión. Rocío se mordía los labios con los ojos cerrados, se pellizcaba y tironeaba los pezones mientras me sentía ir y venir. Le gustaba mucho. Lo estaba disfrutando de verdad. Su carita de disfrute era total. Y yo con eso era feliz. Con eso a mí me bastaba. No necesitaba más para saber que había recuperado a la mujer de mi vida. La mujer con la que, definitivamente, pasaría el resto de mis días. La mujer que, a pesar de todo, seguía siendo la misma de lo que yo me había enamorado años atrás.

—U-Un… Un poco más fuerte, cariño.

Sus deseos eran órdenes para mí. Solté sus muslos y me apoyé en la hierba, a sus costados. Nuestras cabezas quedaron a la misma altura. Volví a apuntar mi pene a la entrada de su vagina y se la metí con un poco más de fuerza que antes. Rocío gimió alto y sonrió. Empecé a darle con más velocidad, con más énfasis… Siempre con mucho cuidado de no hacer demasiada presión sobre su vientre. Me sentía bien, me sentía capaz de proporcionarle a mi reina lo que ella necesitara. Y estaba disfrutando el sexo con ella como hacía mucho tiempo no lo hacía. Por eso no dudé en acelerar más todavía, y en darle más fuerte todavía, y en hacerla gritar más todavía. Y Rocío gritó más, y gimoteó más, y se revolvió más sobre el terreno. Y llevó sus manos hacia adelante para ayudarse a sentir todavía más. Y empezó a masajearse el clítoris con vehemencia y violencia. Y sus gritos lograron encenderme más. Y aceleré más, y le di mucho más fuerte, y apreté los puños sobre la hierba.

—M-Más fuerte, cariño… Por favor… Más fuerte.

Y me esmeré por darle más fuerte. Hice todo lo humanamente posible para darle más fuerte… Pero no podía darle más fuerte sin dejar de hacerle el amor… Si llegaba a darle más fuerte, si llegaba a sobrepasar esa fina línea que separaba una cara de otra cara… ya no estaría haciéndole el amor. Y como estaba totalmente decidido a hacerle el amor y sólo el amor, decidí no superar ese límite que nos llevaría mucho más allá de hacer el amor.

—T-Te lo suplico, Benja… Más… M-Más fuerte, por favor…

Seguí haciéndole el amor. Seguí sacándosela y metiéndosela a una velocidad constante. Ella seguía retorciéndose, seguía gozando como la reina que era. Y sus manos seguían batiéndose con violencia, con rabia y ahínco, sobre su hinchadísimo clítoris y sus durísimos pezones. No paraba. No se daba descanso. Quería otro orgasmo y lo iba a tener por la gloria de los dioses. Yo ya no podía aguantar en esa posición. Los brazos me dolían. Tuve que dejar de darle por un momento y apoyar mi culo en el suelo. Estaba agotado. Necesitaba cambiar de posición.

—A-Ay… S-Sí… Sí… ¡Sí! ¡P-Por favor, cariño! ¡Sí!

Entonces volvió a correrse. Sin mí. Nunca tuve tiempo de volver a metérsela. Comenzó a convulsionar y retorcerse nuevamente sin dejar de sonreír, sin dejar de tocarse y acariciarse sus zonas más erógenas. Apagó su voz, pero no cerró la boca. El alma se le fue en un largo e interminable suspiro mientras su cuerpo terminaba de asimilar el tremendo placer que acababa de experimentar. Y terminó así, sudorosa, brillando con luz propia ante los poderosos rayos del sol, con una carita de felicidad que no podía con ella, rendida sobre la verde hierba que nos había hecho las veces de colchón, mientras yo me dejaba caer a su lado, con el pene ya flácido, pero con el triple de satisfacción que ella al haber conseguido lo que pretendía con aquel polvo.

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Jueves, 1 de enero del 2015 - 10:52 hs. – Reproches.

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Obviamente, y ajena del todo a todas las cosas que pasaban por mi cabeza en ese momento, Rocío, radiante y contenta, me regaló una sabrosa mamada para equilibrar un poquito las cosas. En otras palabras, muy lejos de la imagen de la típica princesita Disney, me chupó la polla hasta dejarme completamente seco. Incluso se tomó la molestia de mostrarme cómo sabía hacer burbujitas con el semen en la boca, para terminar escupiéndoselo y desparramándoselo con sus propias manos a lo largo y ancho de sus enormes tetas.

Me dejó un rato solo para darse un baño en el lago. Me invitó a ir con ella, probablemente con la intención de seguir ‘jugando’ en el agua, pero rechacé su invitación con la excusa de que tanta agua al final me iba a hacer resfriar. Aproveché ese rato para vestirme y ordenar un poco el coche. Daba igual las circunstancias, no podíamos quedarnos allí todo el día. Luciano tenía cosas que hacer en la ciudad y yo tenía que llegar con tiempo para empezar a ordenar y organizar mi nueva vida.

Rocío salió del agua sobre las 11 de la mañana. Se secó, se vistió con la ropa que le había encontrado y volvió para abrazarme y besarme, con una felicidad alucinante en su carita, como una enamorada besa a su enamorado en las primeras semanas de relación.

—Ven —le dije, cuando dejó de darme besos en la cara, cogiéndola de la mano y llevándomela bajo un arbolito cercano.

Rocío me miraba alegre, entusiasmada, embelesada. Hacía muchísimo tiempo que no la veía así. Me gustaba mucho verla así. Me alegraba el corazón ver a una Rocío feliz y sonriente después de haberla visto cómo la había visto en nuestro primer encuentro después de tantas semanas. El tema era que ya era hora de que la cosa volviera a ponerse seria.

Nos sentamos bajo el árbol, a la sombra, a resguardo de los potentes rayos de ese sol invernal que ya empezaban a ser molestos. Rocío se acurrucó entre mis piernas y me hizo abrazarla por detrás. No era la posición más cómoda para empezar a hablar de lo que íbamos a empezar a hablar, pero tampoco me importaba demasiado.

—Bueno, Ro… —comencé, algo serio, algo alegre—. Creo que ya va siendo hora, ¿no?

—¿De qué, cariñito?

—De hablar sobre lo que hemos venido a hablar…

—Ah…

Rocío agachó la cabeza un poco y comenzó a jugar con los dedos de mi mano derecha, tímidamente y de una forma demasiado infantil. Y me empezó a chocar un poco, porque ya no parecía algo natural, sino más bien algo así como un… recurso.

—Cariñito…

—Dime.

—Lo he estado pensando y…

—¿Y…?

—Creo que tienes razón.

—¿Razón en qué?

—En que… —dudó, volviendo a jugar con mis dedos, frotando sus rodillas en un vaivén desesperante.

—¿En que…?

—En que igual… es verdad que no tiene sentido que removamos el pasado, ¿no?

Rocío echó la cabeza hacia atrás y me miró de reojo, expectante, con una mirada extremadamente infantil. Seguía jugando con mi mano. Por momentos me acariciaba o se ponía a darme pequeños masajitos en los músculos del antebrazo. Cosas que en el pasado hubiese visto con ternura y simpatía, pero que ahora veía con cierto desagrado.

—¿Has cambiado de opinión? —le pregunté, tranquilo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Mmm… —dudó, ya exagerando en demasía esos gestos de niña pequeña—. Supongo… Supongo que hemos demostrado que nos seguimos queriendo a pesar de todo… Eso es lo único que importa, ¿no es verdad?

—Ya… —sopesé, con la mirada perdida en el suelo—. Puede ser…

—Por eso, cariñito. Yo creo que deberíamos dejarlo así…

Y sí… Tenía razón. Era lo mismo que le había dicho yo la noche anterior y en lo que tan fervientemente creía. ¿Para qué remover la mierda? ¿Para qué traer traumas latentes al presente cuando podíamos enterrarlos para siempre? ¿Por qué torturarnos con cosas que nos hacían daño cuando podíamos levantar el ya mencionado muro delante de ellos y seguir caminando hacia adelante en una carretera llens de felicidad y alegría? Nos habíamos demostrado que podíamos sacar nuestra relación adelante. Que el sexo no iba a ser un impedimento en el día a día. Que el amor que sentíamos el uno por el otro era mucho más fuerte que cualquier otra cosa. O sea… Rocío tenía razón. Y tanto que tenía razón. Debíamos dar por terminada esa reunión y volver a casa con nuestros amigos. Debíamos dar por pisado el pasado y comenzar una nueva vida juntos, ya fuese en la gran ciudad o en algún destino nuevo, lejos de cualquier sitio que nos hiciera recordar todo lo malo que nos había sucedido. Sí… Claro que sí. Esa era la solución. Esa era la solución para mí, para Benjamín, el Benjamín original, el de siempre, al que le metieron un desconocido en la casa y no dijo ni mu. Al que, aun teniendo pruebas evidentes de que la novia le estaba siendo infiel, prefirió callarse y no decir ni mu. Al que le utilizaron chorradas en su contra para instalarle definitivamente al hijo de puta que se estaba follando a su novia en su casa y no dijo ni mu. Al que descubrió a su novia follándose a su amante en el balcón de su casa y no dijo ni mu. Al que se encontró cara a cara a su novia y a su cuñada follándose al deleznable trozo de mierda en su propia casa y no dijo ni mu.

Pero… ¿era solución para el nuevo Benjamín? Y un puto cojón.

—Pues va a ser que no, Rocío.

—¿Eh?

—Yo me he abierto contigo y te he contado cosas que me pasaron para que tú tengas algo de contexto. Creo que lo mínimo que puedes hacer tú es darme una explicación de por qué llegamos hasta esta situación, ¿no crees?

—No lo sé, amorcito… —dijo, sin dejar de juguetear con los dedos de mi mano, en una constante y repetitiva serie de pellizcos y estiramientos que ya me estaban tocando los huevos de una manera bastante seria. Mi cara debía ser un poema—. Con lo bien que estamos…

—Podemos seguir estando igual de bien una vez nos digamos todo lo que nos tenemos que decir.

—Venga, cariñito… —soltó mi mano y se giró hacia mí—. Dame unos besit…

—¡Vale ya, Rocío!

El grito, fácilmente, se tuvo que haber oído hasta en los subsuelos. Hasta a mí me sorprendió, porque nunca en la vida le había levantado la voz de esa manera. Fue con enfado real, con hastío, con aversión… Jamás me hubiese imaginado llegar a sentirme así con Rocío. Pero el sentimiento era tan auténtico, tan visceral, que ni ella misma se atrevió a cuestionar mi reacción. Es más, aun tuvo el descaro de gritar más fuerte que yo si se podía. Sí, así, con sus dos ovarios morenos.

—¡¿Por qué eres así?! —dijo, casi en el acto, poniéndose de pie con una agilidad envidiable, mirándome con la cara desencajada—. ¡¿Por qué estás empeñado en arruinarlo todo?!

—¡¿Arruinar el qué?! —respondí, enojado, levantándome yo también—. ¡¿Toda esta puta mentira?!

—¡No es una mentira! ¡Yo te amo, gilipollas! —siguió gritando, histérica, al borde de las lágrimas.

—¡Y yo te amo a ti, puta niñata! ¡Pero no puedo seguir jugando al noviecito cornudo toda mi jodida vida!

—¡¿J-Jugando al…?! —se frenó, indignada, y dio dos vueltas en el mismo lugar, con los puños apretados hacia abajo, sólo para quedarse en la misma situación—. ¡¿Qué quieres que te diga?! ¡¿Qué se supone que quieres que te diga?!

—¡No lo sé, tú sabrás! ¡Antes parecía que tenías una biblia entera de cosas que tenías para contarme, y, ahora, de repente, ¿ya no tienes una mierda que decir?!

—¡Porque no es necesario, joder! ¡¿No te alcanza con todo lo de anoche?! ¡¿No te alcanza con haberme tratado como a una puta zorra?!

—¡Ah, ya! —reí, con toda la sorna del universo—. ¡Ahora va a resultar que a la princesita no le gustó lo de anoche!

—¡No se trata de si me gustó o de si no me gustó, tonto! ¡Se trata de que me entregué en cuerpo y alma a ti, para que te desahogaras, para que vieras que estoy dispuesta a cualquier cosa con tal de estar contigo!

—¡Lo de anoche fue meramente carnal, Rocío! ¡¿Lo entiendes?! ¡Lo de anoche fue un puto polvo, sin más! ¡No podemos decidir todo un futuro por una follada en medio de la nada!

—No fue sólo una follada, idiota… —cerró ella, volviendo a bajar la cabeza, todavía enfadada, pero con un deje de tristeza considerable en su vocecita.

No respondí. Ella tampoco dijo nada más. Ambos nos quedamos en silencio, mirando a cualquier sitio menos a los ojos del otro. El intercambio había sido feroz y revelador, como ninguno de los que habíamos tenido a lo largo de nuestra relación. No sabía todavía si nos habíamos cargado el ambiente del todo, pero sí sabía que me sentía empachado de reproches y quejas que tenía ganas de soltarle en la cara. Y el momento se había vuelto propicio. No volveríamos a tener una oportunidad como esa de decirnos todo lo que nos debíamos. Ya no importaba si nos haría bien o nos haría mal. Ya no importaba si merecía la pena o no remover el pasado. Estábamos ahí, en medio del tablero. Rey y reina, cara a cara, desafiándonos por primera vez desde que todo hubiese comenzado. Me daba mucha pena verla en ese estado, pero ya era hora de que empezara a espabilar, porque yo ya tenía el pecho presto y dispuesto para aguantar todo lo que se nos viniera encima a partir de ese momento.

—Yo sé que para ti no fue sólo una follada, Rocío —dije, decidido y más tranquilo, intentando con todas mis fuerzas ignorar su carita de dolor—. No tienes que jurármelo. Soy el primero que sabe que estaba a prueba contigo. Sí, no me mires así. Estaba a prueba. Llegaste a este sitio con una única certeza, que fue la misma certeza que te llevó a irte de casa, ¿o no es verdad? Querías volver conmigo, querías que solucionáramos las cosas hablando, pero nunca creíste que fuese a ser por otra vía. Querías contármelo todo para limpiar tu consciencia y esperar mi perdón, pero con ese gusanillo malo dentro de no saber si podría algún día llegar a satisfacerte sexualmente. Y, ahora, como te has dado cuenta de que sí puedo, de que sí tenemos química, de que podemos compenetrarnos a la perfección mientras follamos, sientes que todo es perfecto y por eso no quieres arriesgarlo.

—E-Eso no es… —trató de interrumpirme, con los ojos empapados en lágrimas.

—Sí, sí… Sí que es así —suspiré, muy hondo—. El tema, Rocío, es que yo también terminé poniéndote a prueba a ti. Mantengo que lo de ayer fue un simple polvo, nada más que eso. Pero lo de hoy no… Hoy me acerqué a ti porque sigo enamorado de ti, porque todavía despiertas en mí un montón de cosas que todavía no puedo explicar… Y cuando me pediste que te hiciera el amor, me hiciste muy feliz… Porque sólo quería eso, hacerte el amor. No tenía ganas de follarme a la Rocío que fue de otro… quería hacerle el amor a la persona que yo mismo elegí para que sea mi compañera el resto de mis días. Y parecía que iba a conseguirlo, parecía que ibas a superar esa prueba, pero, en el último momento, apareció de nuevo esa tía que no tuvo ningún tipo de reparo en ponerme los cuernos en mi propia casa y con una persona a la que yo mismo había permitido entrar en mi casa sólo por ella.

Y lo hice, se lo solté. En clave de reproche, pero lo más fraternalmente posible. Sé que podría haberme puesto por encima de ella, que podría haberla humillado y dicho un sinfín de improperios que llevaba meses escuchando de propios y extraños sobre ella. Sé que, tras todo lo ocurrido esas últimas horas, estaba en la posición ideal para reclamarle, por fin, todo lo que me debía. Sin embargo, sentía que todavía podíamos llegar a hacer las cosas bien. Lo último que quería era terminar mal con Rocío. Ya no me iba a achantar, ya no me iba a guardar nada, pero iba mantenerme fiel a mí mismo hasta el final. Ya me estaba costando un mundo pronunciar cada palabra teniéndola delante así, con su carita de tristeza y los ojos humedecidos, aguantando el chaparrón como una campeona, sin atreverse a llevarme la contraria… Sí, estaba convencido de que todavía estábamos a tiempo de hacer las cosas cómo se debía.

—Estás siendo muy injusto… —dijo, entonces, con una vocecita triste, mirando al suelo, jugando con la punta de sus piececitos en la verde hierba—. No sabes por todo lo que he pasado estos meses… Me da mucha rabia que lo simplifiques todo de esa forma.

—¿Y yo, Rocío? —respondí, también tranquilo, acercándome un poco más a ella—. ¿Te crees que para mí ha sido fácil?

—Yo sé que no… —murmuró, en una vocecilla de pena absoluta, sorbiendo algún que otro moco en el proceso—. Yo sé que la que se ha equivocado soy yo… Yo sé que la que nos ha arruinado la vida a los dos soy yo… Pero tú tienes mucha gente que te quiere, Benjamín… Yo estoy sola.

—No estás sola, Ro… Tienes a Noelia y Aura… Tienes a tus padres…

—¿Noelia y Aura? ¿Mis padres? —rio, con ironía, y se dejó caer en el suelo, de rodillas, al más y puro estilo japonés—. Noelia es como una institutriz… Me tiene internada en casa. Rara vez me pregunta cómo estoy… O sea, me lo pregunta, pero no en ese sentido, ¿sabes? Se conforma con saber que no me voy a suicidar… Y yo necesito una hermana, una amiga, no una enfermera personal.

—Ro…

—Y con Aura… A Aura sólo le importa que me recupere para que me vaya de su casa. Está deseando que todo esto salga bien para que vuelva contigo, a pesar de que te tiene un asco que no puede con él. Está deseando poder volver a su vida de llevarse a casa cuanto tío se le cruce por el camino.

—Algo así me imaginaba… —dije, esbozando una milimétrica sonrisilla.

—Y mis padres… Tú los conoces, Benjamín… En el momento que les diga que voy a tener un hijo y que tú no eres el padre, no van a volver a dirigirme la palabra… Estoy sola, Benjamín. Absolutamente sola. El sexo me importa un comino ahora mismo… Si me dijeran que podría recuperar mi vida de antes de haberla cagado con la condición de no volver a follar nunca más, firmaría con los ojos cerrados. Por eso me da muchísima rabia que tengas esa visión de mí…

Esta vez fue ella la que se desahogó, y la que puso sus primeras cartas sobre la mesa. No había mentira en su mirada, no había engaño ni nada que pudiera hacerme sospechar de sus intenciones. No había podido planear un nuevo discurso en tan poco tiempo, cuando creía que todo se había terminado y que, por fin, podríamos volver a nuestras vidas de antes sin tener que charlar nada. Y debo decir que me hizo sentir un poco mal. Hasta algo culpable… A fin de cuentas, tenía razón, había reducido todo al sexo, banalizando totalmente los sentimientos de Rocío y hasta los míos propios. Como si ella fuese una simple golfa amante de la polla y yo un gilipollas obsesionado con sus infravaloradas capacidades sexuales.

Y… sí. Es que era así como me sentía.

El trauma era ese desde mi primera oportunidad con Clara, pasando por Lulú y Rocío, y terminando con Cecilia. Y era plenamente consciente de ello. La única duda que tenía. La única duda con la que venía batallando día sí y día también, semana sí y semana también, mes sí y mes también, era si yo debía sentirme culpable por ello. Ya no podía mentir a nadie. En ningún momento supe lo que quise. En ningún momento supe qué hacer con mi vida. Quería perdonar a Rocío y volver con ella, pero cada suceso, cada evento, cada situación me hacía repensármelo diez veces. Amaba a Rocío y quería hacer como si nada hubiera pasado, pero mi amor propio se despertaba solo cada vez que me iba dando cuenta de algo. Entonces, ¿de quién era la culpa? ¿A quién debía todos esos traumas? ¿A mí, por haber sido un pusilánime incapaz de encarrilar su vida como un hombre hecho y derecho que era? ¿A Rocío, que se había encargado de potenciar esos miedos al haberme sido infiel con un tío que no era mejor que yo en absolutamente nada más que en el sexo? ¿Era de ella la culpa por haber estado a punto de irse con él sólo porque se la follaba mejor que yo? Porque esa era otra, nadie se había dignado a decírmelo directamente. Yo sabía que Noelia le había contado muchísimas cosas a Luciano que yo no sabía. Pero Luciano era como mi hermano y no me iba a decir cosas que pudieran herirme. Sin embargo, a Luciano a veces se le escapaban cosas porque le daba rabia que yo no condenara a Rocío cómo se merecía. Y yo no soy tonto, nunca lo fui. Cada vez que a mi amigo se le escapaba algo relacionado con el tema, yo me guardaba esas cositas y luego les iba dando forma en mi cabeza. Por eso no tenía que ser el hombre más inteligente del mundo para saber que Rocío había estado a punto de irse con el despojo ese sólo porque se la follaba mejor que yo. Podían maquillarlo cómo quisieran. Podían vendérmelo cómo tantas veces intentaron hacerlo, con el cuento ese de que Rocío se sentía tan culpable, tan villana, que la única solución que le había encontrado a todo era irse con ese tío porque ya no era digna de mí. Pero la realidad era una sola. Y me había negado a creerlo. Esos dos meses que pasé alejado de ella, me negué a creer que esos eran los motivos. Tenía las pruebas delante de mis narices. Tenía los exabruptos de mis amigos y los propios hechos delante de mis ojos. No quería creerlo. Tuve que follármela cómo me la follé para darme cuenta. Tuve que tratarla como a una zorra y darle la caña que no le había dado en todos nuestros polvos juntos. Y tuve que volver a follármela al día siguiente, de la manera en la que siempre lo había hecho, y fracasar, para corroborar que todo era verdad.

Así que no. No eran imaginaciones mías. No era mi culpa haberme sentido como un puto impotente durante tanto tiempo. No era mi culpa haberme sentido la mitad del hombre que Rocío se merecía durante tanto tiempo. No era mi culpa haberme derrumbado, emocional y físicamente, el día que me los encontré haciendo un trío con mi cuñada en mi maldita casa. Estaba cansado de sentirme culpable, de que me hicieran hacer sentir culpable. Yo no había dibujado ese cuadro, ellos lo habían hecho. Yo simplemente pasaba por ahí y decidieron incluirme en la pintura. Todo lo que yo sentía, creía y manifestaba, era lo que ellos habían puesto delante de mí.

Siempre había sitio para una nueva revelación en mi vida. Y esa era la última que necesitaba antes de tomar la puta decisión final. Amaba a Rocío, la quería con toda mi alma, pero me había dado cuenta de que me amaba mucho más a mí mismo que a ella.

Me había costado, pero, por fin, tenía en orden todas mis prioridades.

—Rocío… —empecé, sereno como un monje tibetano—, me gustaría que me seas sincera.

—Dime…

—¿De verdad no sientes como que este es el momento para que nos sentemos a charlar sobre todo lo sucedido?

—No lo sé, Benjamín…

—Me dices que te da rabia que yo tenga una visión en particular sobre ti… ¿Por qué no me cuentas todo bien, desde el principio, para que yo pueda llegar a entenderte mejor?

—De verdad que no lo sé…

—Decías que necesitabas un amigo para poder desahogarte… Bueno, Rocío, yo soy tu amigo, y siempre lo seré. Aquí me tienes.

Me acerqué a ella y cogí su mano. Nos miramos a los ojos. Le dediqué la sonrisa más tierna que tenía. Ella se encontraba al borde del llanto. Había aguantado demasiado esos últimos minutos y se notaba. Tenía ganas de abrazarme; de abalanzarse sobre mí y echarse a llorar sin contenerse. Sin embargo, ella seguía aguantando. Porque, de verdad, Rocío era una buena chica que había ido a aquella reunión igual de perdida que yo. Se había dejado llevar por los acontecimientos a medida que iban sucediendo igual que yo. Un “que sí, que no” constante y repetitivo que nos había llevado hasta ese punto.

Ya no había lugar para más reproches y recriminaciones. Ni siquiera había lugar para justificaciones y otros alegatos para intentar salir bien parado de todo lo ya acontecido. Era el momento de sincerarse del todo. Era el momento de sentarse y escuchar. Era el momento de que Rocío, de una vez por todas, me contara todo lo que la llevó a hacer lo que hizo desde el día 26 de septiembre en adelante. Porque ya era hora de saberlo todo. Ya era hora de escuchar la única versión que me faltaba para conocer la historia al completo. Y ahí, recién ahí, sería capaz de decidir si iba a poder seguir con ella o no.

—Vale —dijo, entonces, más decidida que nunca—. Hablemos.

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