Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 4
A las dos de la madrugada, en el silencio de un lago, Benjamín y Rocío se enfrentan a las verdades que los separaron. Lo que empieza como una conversación cargada de culpa y reproches se transforma rápidamente en una necesidad física incontrolable, donde el dolor y el placer se entrelazan bajo la luz de la luna.
Jueves, 1 de enero del 2015 - 02:00 hs. – La Reunión.
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Abrí una cerveza, tenía la garganta sequísima y muchísima sed. La coloqué en el posavasos, no sin algún tropiezo, ya que lo tenía lleno de mierda, entre tickets viejos y algún que otro envoltorio de chicles vacío. Abrí una segunda, la cual le ofrecí a Rocío. Ella, tras dudar unos segundos, la aceptó de buen agrado. Ambos sonreímos y chocamos nuestras latas en un casi imperceptible chinchín que sólo se oyó debido al absoluto silencio que reinaba dentro de mi coche. Di un buen trago, de esos que se convierten en dos, y hasta tres, de lo bien que te sientan. Cosa que demostré con una eterna exhalación, que hasta a mí mismo me hizo reír.
Rocío, por su parte, me miraba algo nerviosa, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Jugaba con su lata, con sus dedos. Intercalaba miradas entre la luna y el lago, entre la oscura espesura y el lejano horizonte. No bebía, claro que no. Ni siquiera sabía por qué le había ofrecido algo que sabía muy bien que no podía beber. Lo que sí podía ofrecerle eran patatas fritas, de esas de jamón, onduladas, que tan buenas están. Rebusqué dentro de la bolsa, entre frutos secos, chucherías y las otras latitas, hasta que di con un paquete morado tamaño tienda de pueblo, de esas que en cinco minutos te las liquidas. Cogí un buen puñado y me lo llevé a la boca, sin tapujos, como un cerdo, haciendo tapón con la mano abierta para que nada se me escapara por las comisuras de los labios. Rocío emitió una casi inaudible risilla al verme, tímida, un tanto temerosa. Le acerqué la bolsa y cogió dos patatas, dos patatas muy grandes. Las observó con detenimiento, con el ceño fruncido, debatiéndose entre si estaba bien comer algo de basura o no. Finalmente, se llevó una a la boca y comenzó a comerla a pequeños mordisquitos, recreando la fiel imagen de un pequeño ratoncito, mientras se acomodaba y se decidía, por fin, a relajarse sobre su asiento.
Nos quedamos en silencio un ratito largo, haciéndonos al entorno, al ambiente, acostumbrándonos al momento. Al cabo de unos minutos, miré por la ventana. La noche estaba preciosa. La luna nos empapaba la cara con un brillo blanquecino muy agradable, que también se reflejaba de una forma deslumbrante por todo lo largo y ancho del lago que le daba vida al paisaje que habíamos elegido para que fuese testigo de nuestra reunión. La noche, en definitiva, era digna para tales menesteres. Ahora, sólo faltaba que alguno se atreviera a poner la primera piedra para empezar a armar nuestro castillito de preguntas y respuestas. Obviamente, no sería ella la que tomara la iniciativa. Eso lo tenía más que claro. Aun así pasaran cien días con sus cien noches, Rocío no sería la primera en mover los labios para algo que no fuera comerse sus patatas. Por eso, tenía claro que tendría que ser yo el que hiciera las veces de director de orquesta en aquella nuestra tan esperada velada.
—Y bien —arranqué, por fin, recién pasadas las dos de la madrugada, mientras luchaba con una gorda migaja que se me había quedado atorada entre las paletas—. ¿Qué te cuentas? ¿Cómo van las cosas por aquí por el monte?
Rocío, que llevaba un rato largo con la mirada perdida en las aguas del lago, me miró con dudas. Se le notaban los nervios en la mirada, en los gestos, en el respirar… Llegué incluso a pensar que podría estar asustada, como que se arrepentía y ya no quería estar ahí. Pero no, ni por asomo. Así como se le notaban los nervios, también se le notaban las ganas que tenía de sacar todo aquello adelante. Era evidente que estaba dejando hasta lo que no tenía para olvidarse de todo lo malo y poder hablar tranquilamente conmigo. Y lo sabía muy bien, porque eso también me estaba pasando a mí. Veía en ella reflejados mis propios miedos. Ya la había cagado dos veces aquella noche y sabía que las posibilidades de seguirla cagando seguían siendo altísimas. Y, quieras o no, eso influye bastante a la hora de decidir qué leches vas a decir a continuación. Por eso la entendía. Pero, claro, había que salvar las distancias. Yo, a diferencia de ella, me sentía más que listo y preparado para seguir cagándola. Ella no. Ella parecía estar en una constante mentalización para conseguirlo, en un bucle infinito de autoconvencimiento, de negaciones y aseveraciones, en una lucha eterna contra sus propios fantasmas.
El asunto ya no trataba de verdugos y víctimas, ni de jueces y condenados, ni de culpables e inocentes. Ya sólo quedábamos dos personas, sin más. Dos personas ante, posiblemente, el escenario más complicado e importante de sus jóvenes vidas, dispuestas a todo para transitarlo y superarlo fuesen cuales fuesen las consecuencias finales.
Y vaya si Rocío me lo demostró. Con sus nervios, con sus dudas, con sus temores e inseguridades, Rocío estaba mucho más que decidida a ponerle un punto y final a ese capítulo de nuestras vidas.
—Pues… mal —suspiró, al fin—. La vida aquí es un rollo.
—¿Sí? —reí—. Antes no dijiste lo mismo.
—Antes no sabía ni cómo mirarte a la cara… —afirmó, desviando la mirada hacia la luna, deliberadamente, mientras se llevaba el último trozo de patata a la boca.
—¿Entonces me mentiste?
—¿Cuándo?
—Me dijiste que el cambio no te había afectado mucho —insistí, con una semisonrisa, en un tono tranquilo, esperando el momento en el que decidiera volver a mirarme.
—¿Y eso es mentir?
—Mmm… No sé —murmuré, para mí mismo—. Explícate.
—O sea… —se acomodó sobre el asiento y cogió su lata de cerveza, como si necesitara tener algo entre las manos con lo que poder jugar—. El cambio no es que me afectara mucho… Después de todo, yo nunca he sido mucho de salir de casa, ya sabes… Es sólo que… ¿cómo decirlo? No es lugar para gente joven.
—Que te limita, quieres decir.
—Puede ser… Sí. Puede que esa sea la palabra.
—Ya… —asentí, serio—. Así, a simple vista, no hay mucho que se pueda hacer más allá de ir a comprar el pan o ir a dar un paseo por el medio de la nada, ¿no?
—Pues —rio, tímidamente—… En una frase has descrito todos mis pasatiempos de los últimos meses.
—Ya veo —reí, yo también—. Al menos tienes a las chicas… Habrán hecho un montón de cosas juntas.
—Qué va…
—¿No?
—Estoy súper agradecida con Aura y Noe… Se han preocupado muchísimo por mí y me han ayudado un montón, pero…
—¿Pero…?
—Vaya coñazo, Benjamín —dijo, mirándome por fin a los ojos, aunque de manera fugaz—. Son las únicas personas con las que tengo relación en todo el pueblo y me tratan como si fuese una enferma terminal. Y yo lo último que necesito ahora es que me sigan tratando como a una tontita, ¿me entiendes?
—Más de lo que crees…
—Aura se pasa todo el día trabajando y cuando llega a casa lo único que hace es comerme el tarro con que si tengo que dejarme de gilipolleces y salir a… —dudó, sopesó un instante, mientras sus dedos no dejaban de jugar con la chapita de su lata.
—¿A salir a…?
—A comerme el mundo dice ella… Que si soy joven, que si tengo toda la vida por delante, que si estoy buenísima… Tonterías…
—¡Vaya! —dije, un tanto sorprendido por la facilidad con la que iba diciendo las cosas, comenzando a colindar terrenos que nos acercaban a lo que a ambos nos interesaba—. Bueno, mentir lo que es mentir… no miente, ¿no?
—Y luego está Noe —prosiguió, ignorándome por completo—. Ese plan de madre protectora que me lleva… me está dejando frita. Poco le falta para empezar a darme cubiertos de plástico, ¿sabes? No me deja hacer absolutamente nada si no es con su consentimiento. Antes de salir, así sea, como tú bien has dicho, a dar un paseo por el medio de la nada, me pregunta doscientas veces si estoy bien, si estoy segura de que quiero salir, si no me duele nada… Me revisa la ropa, las zapatillas, las pulseras… No me extrañaría que un día me haga firmarle un descargo de responsabilidad. ¡No te rías, idiota!
—¡Es que te entiendo perfectamente! —reaccioné, a duras penas, a la vez que intentaba recomponer el gesto—. A mí no me ha ido muy distinto que a ti… Es más, por momento he llegado a sentirme como una princesa encerrada en una torre.
—¡Hala! —exclamó, echando a reír ella también—. ¡Qué exagerado eres!
—¿Y me lo dices tú? ¿La de los cubiertos de plástico?
—¡Que es verdad, jolín!
—¡Y te creo! ¿No llegaste a sentirte como si te estuviesen vigilando las 24 horas del día?
—¡Sí! —exclamó airadamente, dibujando en su rostro una hermosa sonrisa—. Como si tuviesen miedo de que me fuera a cortar las venas en cualquier momento o a ahorcarme. ¿De dónde me iba a colgar, bobitas? ¿De las telarañas del techo?
—¡Tal cual! —adherí, a carcajada limpia ya—. Vaya odisea por la que hemos tenido que pasar, ¿eh?
Las cosas fluían... Vaya que sí fluían. Todavía podían percibirse nuestros nervios en pequeños gestos y en algún tembleque a la hora de hablar y vocalizar, pero era un hecho que las cosas estaban funcionando. Ese pequeño intercambio de experiencias nos había ayudado a soltarnos, a disipar las dudas, los miedos, a asentarnos en aquel momento como dos seres humanos que tenían infinidad de cosas pendientes entre ellos y que se querían demostrar que podían resolverlas sin la ayuda e interferencia de nadie. Estábamos bien, muy bien.
Y el cosquilleo… ¡Uff! El maldito cosquilleo.
—Cuéntame sobre ti —dijo ella entonces, radiante, con los ojitos todavía llorosos por las risas—. ¿Tú estás bien? ¿El trabajo bien? Cuéntame.
—Pues… —dudé un instante, intentando acomodar un poco mis pensamientos—. Yo te diría que genial, Ro… En el trabajo me han tenido una paciencia que flipas… Los peces gordos, mis jefes, mis compañeros… Todos, en definitiva.
—Qué guay, jolín… —decía, con un deje nostálgico en la mirada.
—Ya… —asentí, perdiendo por un instante la mirada en lo oscuro del horizonte—. Todo el mundo muy comprensivo… Nunca tuve que dar mayores explicaciones sobre lo que me había pasado… Nadie las exigió, nadie preguntó más allá de preocuparse por mi estado de ánimo, de salud… Y ahí tuvo mucho que ver Lulú…
—Lulú, ¿eh? —dijo ella, interesada, muy por lo bajo.
—Sí… Lulú… Fue la que se encargó de hablar con todo el mundo para que me dieran cierta tregua… No me va a alcanzar la vida para agradecerle a esa mujer todo lo que ha hecho por mí.
—Siempre me hablaste maravillas de esa chica —intervino, tranquila, sin ningún tipo de reproche en su tono de voz—. Me apena no haber tenido nunca la oportunidad de conocerla como es debido…
—¿Por qué lo dices como si todavía no pudieras hacerlo?
—Venga, Benja… —sonrió, ahora con tristeza.
—¿Venga qué?
—Creo que ya podemos dejarnos de tonterías, ¿no?
Y, de pronto, el primer movimiento de la noche. No me lo esperaba. Poco a poco iba tejiendo mi ruta, muy finamente, para llegar hacia donde quería llegar. Aparentemente, mi querida compañera para aquella nuestra velada tenía otros planes en mente. Y me interesaba mucho saber qué era exactamente lo que estaba pasando por esa cabecita en ese momento.
—No termino de pillarte —le dije, sincero.
—La que no termina de pillarte soy yo —espetó ella, echándose ahora algo para adelante—. ¿A qué hemos venido aquí exactamente?
—Pues… a charlar, ¿no?
—¿A charlar de qué? ¿De nosotros? ¿De la vida? ¿Del futuro? ¿Del pasado? ¿De qué?
—¿Por qué te precipitas? —pregunté ahora yo, sumamente interesado, tranquilo.
—¿A qué te refieres?
—¿No es mejor dejarlo fluir como hasta ahora? ¿No íbamos bien?
—No se puede dejar fluir todo, Benjamín… Hay cosas que te llevan a otras y…
—¿Cómo cuáles? —inquirí, igual de sereno.
—No puedes decirme con esa tranquilidad que todavía estoy a tiempo de conocer a Lulú.
—¿Y por qué no?
—¡Porque no, joder! ¡Todavía hay muchas cosas de las que tenemos que hablar antes!
—¿Y qué más da el orden, Rocío? Déjate llevar, como hasta ahora.
—¡No puedo dejarme llevar con estas cosas, Benjamín! ¡No puedo! ¡Porque al final me voy a hacer ilusiones y no quiero!
En un abrir y cerrar de ojos, sin querer ni buscarlo, Rocío se alteró como hacía mucho tiempo no la veía. Pero no en plan mal, sino, más bien, en plan niña caprichosa. Como cuando se me enfadaba por no poder salir con ella en mis días libres, o como cuando se ofuscaba por haberle comprado comida basura para cenar… Es más, el cuerpo me pedía reírme… Sin embargo, sabía muy bien que, de esbozar la más mínima sonrisa, aquello podría terminar muy, pero que muy, mal. Así que opté por no decir ni una palabra más.
—Hay muchas cosas de las que todavía tenemos que hablar, joder…
Se hizo el silencio nuevamente. Me quedé mirándola un rato largo, esperando que dijera algo más, que volviera a reaccionar, pero, evidentemente, acababa de vaciar su primer cargador. Más allá del factor nostalgia, y de lo bien que me hacía sentir que ella volviese a ser ella misma delante de mí, no podía pasar por alto todos los mensajes entre líneas que me iba dejando ocultos con cada queja. Era evidente que ella tenía una percepción muy única y cerrada de lo que sería aquella reunión. Ella había acudido allí con un látigo en la mano y la espalda lista para ser azotada. Ella no era capaz de concebir un desarrollo en el que no terminara de rodillas, lamentándose y pidiendo clemencia ante una versión de mí que no se sentiría satisfecha hasta no haberla vejado lo suficiente. Y a mí no me servía en absoluto que viniera con las ideas tan preestablecidas desde casa. Yo quería, yo necesitaba a la Rocío más natural de todas. Y tenía que hacer, como fuera, que se quitara todas esas estupideces de la cabeza, aunque tuviese que poner en riesgo todo el devenir de la velada.
—¿Y si yo no quiero hablar de esas cosas, Rocío? —le dije, tan campante.
—¿Qué?
—Lo que oyes. ¿Qué pasa si yo ya he enterrado ese pasado y lo único que quiero ahora es comenzar a fabricar un nuevo futuro?
—E-Espera… ¿qué?
—Venga, vamos allá —continué, con una seguridad en mí mismo alucinante—. ¿Quieres que nos dejemos de tonterías? Venga. ¿De qué cosas quieres hablar?
—P-Pues… —dudó, tartamudeó—. ¡¿P-Por qué me haces esto?! ¡Así no tienen que ser las cosas!
—¿Cómo?
—¡Así! ¡No pueden ser así!
—¿Y por qué no?
—¡Porque estás forzándolo! ¡Las cosas tienen que salir con naturalidad!
—¡Pero si hace un momento me has dicho que no querías dejarlas fluir!
—¡T-Tú me entiendes!
—¡No te entiendo!
—¡Aggh! ¡Vete a la mierda!
Me mandó a la mierda al verme sonreír. Estaba cantado que sucedería algo así en el momento en el que dejara entrever que me lo estaba pasando bien con aquella situación. Porque sí, me lo estaba pasando bien. Si bien nos estábamos gritando y ella, ahora, parecía una niña pequeña a la cual le acababan de decir que no la dejaban salir a jugar con sus amigos, había cero incomodidad en el ambiente. Y pensaba seguir por ese camino, porque era ideal y porque, por sobra todas las cosas, Rocío podría sentirse ella misma cuando llegara el momento de sentenciar todo lo que había que sentenciar.
—Rocío… —le dije, calmado, serio, luego de varios segundos intentando por todos los medios posibles borrar aquella tonta sonrisa de mi cara.
—¿Qué quieres? —respondió ella, enfadada, acodada en su brazo derecho y dirigiendo su mirada a lo alto de uno de los tantos árboles que teníamos a nuestro alrededor.
—Como tú bien has dicho, vamos a dejarnos de tonterías, pero vamos a dejarnos de tonterías de verdad, ¿vale? —proseguí, ante su frío silencio—. Soy un ser humano, Rocío… No podía quedarme tanto tiempo sin saber. Obviamente me refiero a que, por supuesto, yo también he hecho muchas preguntas después de aquel día… Sé todo lo que pasó en aquel garaje y muchas cosas que sucedieron antes de eso. Además, Rocío… no te olvides de lo que me dijiste aquella tarde… Sí, me refiero a cuando ya te ibas hacia el garaje… Pero no te preocupes, porque también creo conocer los motivos que te empujaron a tomar esa decisión. Así como también sé perfectamente por qué todavía no has dado ni un sorbo a tu cerveza… ¿Lo sé todo? Seguramente no. Tengo muy asumido que hay muchísimas cosas que no sé. Pero todo esto, todo esto que te he mencionado, ya me enferma lo suficiente como para seguir añadiendo cosas que puedan hacerme sentir más cabreado conmigo, contigo y con todo el puto mundo. Entonces, por lo tanto, ¿qué sentido tiene volver a abrir ese cajón de mierda? ¿Nos va a hacer algún bien a alguno de los dos? Qué va, Rocío… Yo he venido aquí a verte a ti… A ver cómo estás… A ver cómo sigues… Incluso, a ver si todavía estamos a tiempo de salvar cualquier cosa que se pueda salvar entre tú y yo… ¿Me entiendes ahora? No quiero dar nada por perdido todavía.
Cojones, qué a gusto me quedé después de aquel discurso… Me la había jugado un poco diciendo todo aquello, es verdad. Pero qué bien me sentó… ¿Un poco improvisado? Puede ser. Aunque todo sacado desde lo más profundo de mis entrañas. Porque, a fin de cuentas, era lo que realmente quería hacer. Me negaba, lo digo en serio, me negaba rotundamente a tener que volver a pasar por ahí. ¿Por qué no evitarlo si podíamos hacerlo? El plan era pasarlo bien, ¿no? Pues íbamos a pasarlo bien. Me había cansado de sufrir. Ya no quería sufrir. Lejos habían quedado esos tiempos de llorar cada dos pasos que daba, de sentirme abatido, frustrado y fracasado… De darle vueltas a las cosas por tanto arrepentimiento irracional que no dejaba de carcomerme por dentro. Era hora de construir un camino donde sólo estuviera permitido reír y disfrutar, un camino en el que cuando mirásemos hacia atrás sólo viéramos un muro alto, muy alto, que ocultara todo lo que íbamos dejando a nuestro paso. Una puta utopía, ya lo sé, pero estaba dispuesto a creerme mi propio cuento de hadas si eso me permitía volver a ser feliz. Porque estaba harto, muy harto, de pasarla mal.
—No llores, idiota.
Era de esperarse. No me contestó enseguida porque el acongojo no se lo permitía. Le pasé un brazo por la espalda y la atraje hacia mí. Ella se dejó hacer. Escondió la cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar en voz muy bajita. Y yo me contuve, me contuve por no llorar también. ¿Por fin volvían a salirme bien las cosas? ¿Podía ser que estuviera a unos pocos pasos de recuperar mi vida? No quería anticiparme a los hechos, no quería confiarme… Tenía que mantener la calma, tenía que cuidarme de no volver a cagarla… Y, por sobre todas las cosas, tenía que tener cuidado con ese puto cosquilleo que ya era insoportable.
—Te he dicho que no quiero hacerme ilusiones… —murmuró, entre sollozos, sin despegarse de mí.
—¿Por qué no?
—Porque no me lo merezco…
—Nosotros no decidimos qué nos merecemos y qué no, Rocío.
—Tú te mereces mucho más, Benjamín…
—No te creas… Yo también he cometido errores, como todos.
—Nada en comparación con todo lo que te he hecho yo…
—Da igual… Ya está.
—Además… —sorbió, tosió un par de veces, buscó calmarse—. Tú tienes a Lulú… y a esa otra chica que tan preocupada estaba por ti aquel día… ¿Por qué volver con alguien como yo?
—¿Lulú? —reí—. Lulú no quiere verme ni en foto, Ro…
—P-Pero si antes me dijiste que…
—Sí, ya… —la interrumpí—. Te dije que hizo todo lo que estuvo en su mano para que no me echaran del trabajo… Pero una cosa no quita la otra.
Me sentía bien, relajado, en calma conmigo mismo. Me sentía ilusionado y satisfecho por cómo estaba resultando todo. Pero también me sentía desatado. Quería contarle todo, absolutamente todo lo que me había pasado con Lulú, lo que me había pasado con Clara y hasta lo que me había pasado con Cecilia. Quería hacerla partícipe de todo. Quería que se quedara tranquila. Quería que supiera que nada podía amenazar ese momento tan nuestro.
Luciano y Sebastián me hubiesen fusilado de haber estado presente, ya que estaba a punto de pasarme por el forro todo lo que habíamos acordado que no iba a hacer en caso de darse aquel encuentro entre Rocío y yo. Se suponía que jamás debía darle pie para que pudiera justificar sus acciones. Ella tenía que arrepentirse, pedir perdón y luego sentarse a esperar a ver si a mí me daba la gana absolverla de sus pecados o no, más nunca darle la oportunidad de dejarla pronunciar la frase: “pero tú también…”.
No obstante, y como ya he dicho, me importaba una mierda todo lo hablado antes, las ideas preconcebidas y la planificación previa, tanto de un lado como de otro. Sentía que ese era el camino correcto. Sé que puede resultar un tanto contradictorio con el hecho de no volver atrás y enterrar el pasado, pero, por algún motivo, necesitaba poner a Rocío al corriente de muchas de las cosas que me habían sucedido. Puede que no fuera necesario, puede que las cosas estuviesen bien así como estaban. Sin embargo, más allá de que también me parecía correcto que ella tuviera todo el contexto para, de algún modo, tomar su propia decisión al respecto de nosotros, notaba que dentro de mí había surgido algo así como… como un deseo de aprobación. Sí, eso era. Yo también quería unas palmaditas en la espalda y que me dijeran que ya estaba, que ya todo había pasado y que todo iba a estar bien. Y no quería que fuera cualquiera quien lo hiciera, quería que fuese ella…
Sea como fuere, ya me había metido de lleno en la obligación de hablarle de Lulú y también de Clara… Y, por inercia, sabía también que terminaría hablándole de Cecilia.
—¿Y por qué no te puede ni ver? —preguntó, interesada, en referencia a Lu, sin despegar la carita de mi pecho. Tan mimosa, tan infantil, tan Rocío…
—Porque la rechacé.
—¿La rechazaste? —se sorprendió—. ¿Se te confesó?
—Algo así… Y no le cayó bien que le dijera que no… No pudo aceptar que yo sólo tuviese ojos para ti.
—Ah… —se estremeció—. O sea que fue antes… de todo.
—Durante… diría.
—¿Durante?
—Ro… ¿te pensabas que no iba a buscar compañía por mi propia cuenta para no pensar en… todo? —le solté, tan confiado, tan seguro de que no se lo tomaría a mal. Ni yo mismo me creía que estuviéramos hablando de esas cosas casi sin inmutarnos.
—Ya… Tienes razón. Y estabas en todo tu derecho…
—Puede ser… —afirmé, encogiéndome de hombros—. De todas formas, Rocío, no llegué a hacer nada con ella… No pude… Tampoco quería, en el fondo… El despecho funciona así… Te dejas llevar por situaciones, pero, cuando llega el momento de la verdad, te das cuenta de que no quieres nada de eso…
—Ya…
—Pero, en fin, supongo que el cariño que siempre me tuvo pesó más que su propio orgullo, por eso dio la cara por mí cuando no tenía por qué hacerlo. No tengo más que palabras de agradecimiento para Lulú, aunque ella ahora no quiera saber nada de mí.
—Entiendo… —volvió a sorber, vacilante, temerosa, como intentando disimular con su timidez las ganas que tenía de seguir indagando—. ¿Y la otra chica?
—¿Cuál otra chica?
—La que no se quería despegar de ti cuando… sucedió todo.
—Ah… Clarita.
—Esa…
—Clarita se merece un párrafo aparte…
Hice un nuevo silencio. Le pedí a Rocío que se moviera un poco para poder coger otra cerveza. La necesitaba. Ella, obediente, se reincorporó sobre su asiento y, consciente de que la cosa iba para largo de verdad, se quitó la gabardina y la echó en el asiento trasero. Acto seguido, casi sin darme tiempo a acomodarme, volvió a echarse sobre mi pecho, obligándome a pasar el brazo nuevamente sobre su espalda. Todo en un movimiento muy rápido. Todo muy intencional. Todo para intentar esconder esa hinchazón en su vientre que tanto la atormentaba… y que tanto me seguía envenenando a mí.
Sin embargo, el cosquilleo era más fuerte que la rabia que me producía verle la barriga… y el cosquilleo se potenció al verla nuevamente en su vestido, enseñándome sus hermosas y perfectas curvas, al sentir el roce de su pecho contra mi cuerpo. Ella podía acomplejarse todo lo que quisiera por la fea cicatriz de su ceja derecha, pero puedo garantizar que su belleza no se veía amenazada en lo más mínimo por ello. Y como me estaba empezando a afectar de más el tenerla tan cerca, decidí centrarme en el relato, a ver si así conseguía que el cosquilleo pasara un poco más desapercibido… Además, se venía el tema Clarita… probablemente el más polémico, por lo menos, de todos los que yo tenía para ofrecerle.
—Clarita… —suspiré—. ¿Sabías que Clarita es el motivo por el cuál aquella noche no pude ir a casa?
—¿Qué noche?
—Ya sabes… esa noche que te había prometido que llegaría temprano después de tantos días…
—Ah… —hizo una pausa—. Esa noche…
—Pues bien, esa noche —carraspeé, varias veces—. Todo lo que te dije al día siguiente fue verdad… Ese día se suponía que podía llegar temprano a casa, pero Mauricio me había cogido tirria por culpa de la mismísima Clara, y me obligó a hacer horas extras…
—Ya…
—Clara y Lulú no se llevaban muy bien y… en fin, que se dieron unas cuantas situaciones en las que tuve que posicionarme en favor de Lulú… y eso a Clara no le sentó muy bien. Y teniendo en cuenta que era la secretaria de Mauricio…
—Vale…
—Sigo —volví a carraspear, satisfecho por la última elección de mis palabras. Plenamente consciente de que no era para nada necesario hacer mención de lo sucedido entre Clara y mi jefe—. Cuestión que me puse a trabajar como un enfermo para poder terminar las cosas temprano y, al menos, llegar a casa para cenar, cosa que habría conseguido de no ser por Clara…
—Benja… —me cortó entonces—. ¿Estás seguro que quieres hacer esto así?
—¿A qué te refieres?
—No sé… —dijo, tímida todavía, sin despegar la carita de mi pecho—. Nada… sigue.
La miré, la miré detenidamente. Apretó el puño, cerró sus dedos aprisionando mi camisa. Algo, de un momento, había comenzado a atormentarla. Algo la tenía intranquila. No sabía si era algo que había mencionado o si sólo era miedo al no saber qué sería lo que le iba a contar. Porque, claro, ella todavía no sabía nada. Y ahí, me di cuenta en el acto, es donde entraba en juego una parte que era fundamental en todo aquello y que yo tenía que terminar de asumir. Hablamos del hecho de que el cornudo era yo. Hablamos del hecho de que el tonto, el idiota, el gilipollas era yo. A ojos de Rocío, a ojos del despreciable que le había llenado la cabeza de mierda en contra de mí, yo era el pobrecito, yo era el engañado y el que no se enteraba de nada. ¿Qué quiero decir con esto? Que Rocío nunca se había sentido engañada. Ella era la infiel, ella era la traidora… A su modo de ver, yo no había hecho nada malo. No obstante, una vez yo le contara todo lo que había pasado con Clara y con Cecilia, esas sensaciones, esos sentimientos de decepción y desengaño, podían aflorar de cualquier manera imaginable. Justamente lo que Sebastián y Luciano querían evitar. Que, en un ataque de rabia y celos, Rocío pudiese echarme en cara cosas que darían vuelta la tortilla a su favor, dejándome entre la espada y la pared, cuando no se suponía que debía ser así.
Obviamente todo esto eran meras especulaciones basadas en un ligero estremecimiento que sentí al mencionarle aquella noche. Y, bueno, también, en cierto modo, a su silencio forzado luego de hacerme esa última pregunta. Igual iba a tenerlo en cuenta, muy en cuenta. E iba a tratar de contar los hechos sin jugar al misterio innecesario, explicándole lo esencial antes de hacerle saber todo lo demás.
En los papeles estaba todo perfecto, sin embargo, Rocío me tenía preparada más de una sorpresa. De todo tipo, claro está. Y la primera de todas llegaría a continuación, cuando, por fin, conseguiría zafarse de ese cepo forjado a base de inseguridades que tanto la estaba limitando aquella noche.
—Pues… —retomé el cuento, poco a poco, intentando no perder ese tono de confianza en mí mismo, de no sonar más serio de lo que debía, de que, tal y como veníamos haciendo hasta ese momento, pudiéramos seguir hablando cómodos y sin ningún tipo de mal rollo—. Por cierto, antes que nada… creo que hay algo que deberías saber sobre Clara, Rocío.
—¿Qué cosa?
—Una vez me preguntaste si entre ella y yo había pasado algo... ¿Recuerdas?
—Sí...
—Y te dije que no... ¿También recuerdas eso?
—Sí...
—Pues... técnicamente... sí que pasaron cosas. O sea, no te mentí. Nunca me acosté con ella —me detuve, respiré, pensé bien lo que iba a decir—. Pero... pero me parece justo que sepas algunas cosas que me sucedieron antes de... bueno, antes de que empezáramos a distanciarnos.
Y ahí comenzó el show. Rocío se incorporó. Me miró fijamente durante un rato. Dudó. Apartó la vista y la situó sobre sus dedos, preocupada, inquieta. Deseaba decirme algo con todas sus fuerzas y no se atrevía. Yo lo sabía, ella lo sabía. Volvió a mirarme. Había pena en sus ojos. Sus labios querían moverse, pero algo los contenía, algo los detenía. Volvió a romper el contacto visual. Estaba nerviosa, muy nerviosa. Volvió a mirarme y las palabras comenzaron a salir temblorosas de su boca. Lentamente. Poco a poco.
—¿Por qué...? —arrancó, sin mirarme—. ¿Por qué tendrías que darme ninguna explicación de nada, Benjamín? ¿En qué mundo tendrías que ser tú el primero en empezar a explicarse? ¿Eh? Dímelo, por favor.
—¿Eh? —respondí, tranquilo—. La conversación se está dando de esta manera. No hemos venido a competir, Rocío.
—Sigue sin parecerme bien... Tú a mí no me debes nada. Soy yo la que te debo a ti todo. Absolutamente todo.
—¿No habíamos quedado en que eso ya no importaba?
—No es tan fácil, Benjamín… Yo no sé si podré seguir adelante si no me abro a ti del todo…
—O sea… —reí, con un toque ironía—. ¿Me quieres hacer escuchar todo lo que no tengo ganas de escuchar?
—Lo que no quiero es que vivas en una mentira… No te lo mereces.
—Vale ya con los merecimientos, Rocío… ¿De verdad no te alcanza con que esté aquí, contigo, dispuesto a intentar arreglar lo que parecía no tener arreglo?
—N-No… —susurró, con tristeza, cabeza gacha, dejando caer una casi imperceptible lagrimilla por su ojo derecho—. Es que llevo muchos días pensando en cómo hacer esto, Benjamín… Y vine aquí a decidida a hacer las cosas bien. Te juro que, de verdad, estoy intentando hacerlo a tu manera… Pero no puedo… Cada cosa que dices, cada explicación que me das, es como una puñalada en el corazón… Por eso te pido que me dejes hacer las cosas bien, Benja… Déjame explicártelo absolutamente todo. O no sé si podré seguir con esto…
No había caso. Su mirada era sincera, sus palabras eran sinceras. Su corazón latía a mil y podía saberlo incluso sin tocarla. Aquello le estaba costando una locura, pero ahí estaba, firme, erguida, sin esquivar la mirada. La vida, el destino, el universo, quería demostrarme a toda costa que aquella reunión no estaba destinada a propiciarse de forma apacible. Y me lo iban a demostrar a los golpes. La única forma en la que sabían hacerme entrar en razón.
Sin embargo, la noche se vaticinaba larga y todavía tenía tiempo de hacer las cosas como yo quería. Solamente tenía que elegir muy bien el camino dentro de ese sinuoso laberinto en el que me acababa de hacer entrar la propia Rocío.
—Vale… —asentí, finalmente—. Vamos a hacerlo a tu manera…
—Gracias.
—Pero primero voy a terminar de contarte lo que te estaba contando, ¿vale?
—P-Pero… en serio que no tienes por qué contarme nada…
—Vamos a ver, Rocío… —suspiré, me acomodé en mi asiento, estaba seguro de lo que quería transmitirle en ese momento—. Delante nuestro hay una historia. Una historia que ni tú ni yo conocemos del todo, ¿de acuerdo? Míralo como si fuese un puzle, un puzle a medio terminar. Hemos decidido hacerlo así, ¿no? Bueno, pues ahora nuestro deber es completar ese puzle, cariño. Tú tienes algunas piezas y yo tengo otras. Y da completamente igual quién las coloque primero.
—Yo tengo muchas más piezas para colocar que tú... —respondió, con tristeza, bajando la carita.
—Y las colocarás todas —le dije yo, cogiéndola por el mentón, obligándole a enseñarme sus ojitos llorosos—. Pero, dime, ¿no tienes curiosidad por ver cómo son las mías?
—¡Claro que la tengo! —exclamó ahora, cerrando el puño libre con mucha fuerza—. ¡Pero no me merezco que me las enseñes! No quiero aferrarme a nada de lo que me digas para poder justificarme, ¿me entiendes? ¡¿Por qué cojones te estás riendo ahora?!
—Eres increíble… —dije, pensando instantáneamente en mis amigos— ¿Quieres que te cuente mi historia con Clara o no?
—Sí... Sí quiero.
Me detuve un momento. Volví a bajar la ventanilla y di una buena bocanada de aire fresco. Los nervios habían empezado a aparecer y se sumaban al maldito cosquilleo que hacía rato me torturaba. Lo que iba a contar a continuación podía significar un quiebre total del buen ambiente que había logrado mantener hasta el momento, y, todavía, me quedaba decidir cómo comenzar. Pero estaba completamente decidido a abrirme con ella. Quería contárselo todo. Quería que supiera por qué no pude llegar a tiempo aquella noche. Quería que supiera toda la mierda que, a raíz de esa puta noche, comenzó a sucederme en el trabajo por culpa de la cabrona de Clara. Quería que supiera que, en el fondo, no había sido tan mal novio, sino que, el puto universo había decidido ponerme todas esas putas piedras en el camino para que me tropezara una y otra vez. Era el ‘ahora o nunca’ más grande toda mi vida. Luego ya solucionaríamos lo demás. Luego ya me sentaría a escuchar la historia de cómo mi novia me había sido infiel y había estado a punto de abandonarme por el tipo más despreciable y asqueroso de todo el planeta Tierra. Pero, por el momento, sólo quería que mi confidente durante tanto tiempo me escuchara y me consolara si tenía que hacerlo.
—Como te iba diciendo —continué, invitándola de nuevo, con un gesto, a que volviera a recostarse sobre mí, lo cual hizo de buen agrado—. Entre Clara y yo no paso nada, pero no pasó nada en cierto modo… O sea, ella quería que pasase, pero yo no. Clara me puso una diana en la frente desde el primer momento en el que me vio. Y, desde entonces, no paró de buscarme ni un solo día… Y me buscaba a lo bestia, sin disimular ni un pelo, sin cortarse… Y tú sabes muy bien lo lerdo que he sido siempre para manejarme con las mujeres, Rocío… Ella me vacilaba y yo no le decía nada, reaccionaba como un bobo… Había veces que intentaba ponerme nervioso y lo único que se me ocurría era inventarme una excusa para irme del lugar. Y ella sabía muy bien que yo te tenía a ti, se lo había hecho saber en más de una ocasión… pero le importaba un bledo. Y eso que con eso sí que fui firme… Aunque no lo suficiente, sino no hubiese sucedido nunca lo que sucedió en aquella dichosa oficina…
Di un trago más a mi cerveza, la cual, dicho sea de paso, ya estaba calienta y fea. Hice un nuevo silencio. Intenté concentrarme en el relato. Las imágenes de aquella noche iban llegando a mi cabeza lentamente y de manera borrosa. Cada suceso, cada intercambio de palabras, cada sensación… Poco a poco todo iba cogiendo forma y se iba transformando en las palabras que, eventualmente, terminarían saliendo por mi boca.
El caso era que… no las recordaba tan desagradables como me estaban llegando en ese preciso instante. De un momento a otro, el estómago me dio un vuelco y empecé a tensarme como no lo había hecho en toda la noche. Había empezado el relato de una forma meramente anecdótica, con una energía positiva y esperanzadora, y, ahora, me sentía como si estuviera a punto de narrar una tragedia bélica. Seguía estando bien y confiado para hacerlo, sólo que un poco más… ¿alerta, quizás?
—¿Entonces? —preguntó, interesada, tras otro de mis repentinos silencios.
—A diferencia de lo de Lulú —continué, tras dar un largo suspiro—, lo de Clara parecía, simplemente, el capricho de una niñata que no está acostumbrada a que le dijeran que no. Es decir, Lulú se lo tomó a mal, pero se lo tomó a mal en plan adulto, no en plan vengativo… Clara sí que se lo tomó a mal en plan vengativo, y no sólo en plan vengativo, sino en plan: voy a hacer lo que sea para conseguir lo que quiero, ¿me entiendes?
—Sí…
—Pues eso… —proseguí, tras toser un par de veces, la cerveza caliente no ayudaba para nada—. Volviendo a aquella noche, terminé de trabajar, contento, porque al menos me iba a dar tiempo de cenar contigo… Pero… Me rio por no llorar, Rocío…
—¿Qué? ¿Qué pasó?
—Que me había encerrado en el despacho con ella. Sí, como oyes. Y cuando me di cuenta de lo que había hecho, la cabrona va y se mete las llaves en el escote…
Me detuve otra vez. El estómago había vuelto a darme otro vuelco y me estaba empezando a marear. Y no entendía por qué, si hasta ese momento todo había ido bien… Bajé la ventanilla nuevamente y volví a exhalar con ganas el aire del monte. Podía parecer una tontería, pero aquello funcionaba de maravilla. Repetí la misma maniobra mientras pensaba en cómo seguir el relato, en si debía omitir ciertos detalles o no… Porque no, no me la había follado, pero sí que había habido tocamientos… tocamientos muy certeros y profundos… Encima las voces de Luciano y Sebastián estaban ahí, presentes, diciéndome que no fuera subnormal, que no le cediera la victoria en bandeja… Justamente a ella, que seguía esperando pacientemente a que continuara, acurrucada sobre mí como un angelito, muy lejos de parecerse a ese demonio que mis amigos habían querido venderme, de mirada malévola, agazapado, esperando su oportunidad para transformarme en el malo de la historia.
—Qué va… —dije, en voz alta, sin querer, mientras volvía a cerrar la ventanilla de mi lado, algo más tranquilo.
—¿Eh? —preguntó ella, alzando levemente la mirada hacia mí, sorprendida.
—No… Nada…
—¿Estás bien? —me preguntó, preocupada ante mi silencio.
—Sí… —reaccioné, a tiempo, dedicándole una sonrisa. Ella volvió a su posición original sobre mi pecho—. ¿Sigo?
—Sigue.
—Clara se metió las llaves en el escote… Y yo tenía que conseguirlas si quería salir de ese despacho. Era una de sus tantas provocaciones baratas de siempre… Y como ya estaba más que acostumbrado a pasar por ahí y como no tenía tiempo para sus juegos de una niñata caprichosa, caí como el buen gilipollas que soy…
—O sea, que las fuiste a coger… —concluyó, tranquila, con un hilillo de voz súper angelical.
—Claro que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Ya…
—Pero, cómo te digo, caí como un gilipollas, porque esas no eran las llaves.
—No fuiste ningún gilipollas… —dijo ella, súper dulce, comprensiva, hermosa como ella sola—. Estabas desesperado…
—Sí que lo soy, porque me cabreé, ¿sabes? Estaba harto de que esa cría me tomara el pelo. Eran ya demasiados días provocando, Rocío… Demasiados días queriéndome ver la cara de tonto… Era ya hora de demostrarle que el mayor era yo, que el experimentado era yo... Mostrarle lo que era el respeto de una puta vez. Entonces fui, mientras la tía se reía, y l-la cacheé de arriba abajo. Sí, busqué las llaves por todo su cuerpo y no me importó meterle mano.
Yo no me daba cuenta, pero, al avanzar en la narración, me iba alterando poco a poco. Rocío lo notó muy rápido, mucho antes que yo, por eso me cogió la mano con mucha delicadeza, con mucha ternura, para ayudarme a continuar. Sin embargo, yo ya estaba metido de lleno en los recuerdos y no me daba cuenta de nada. Las sensaciones de mierda que había tenido que experimentar aquella noche ya las estaba volviendo a sentir en carne propia de nuevo. Por eso me dolía el estómago y por eso los mareos. Pero tenía que seguir… ya no había vuelta atrás.
—Lo peor de todo era que me seguía vacilando mientras le metía mano… No le importaba un cojón que estuvieras en casa esperándome y que yo quisiera irme contigo. La hija de puta quería sumarse una estrellita más a su historial y eso era lo único que le importaba… Porque, claro, Rocío… Esa era la condición… Si quería salir de esa habitación, si quería conseguir las malditas llaves, iba a tener que follármela primero…
—Está bien, Benja… Podemos dejarlo aquí si quieres.
—Y-Y no, Rocío —reí, con sorna, sin escucharla—. No… No me la follé… Ojalá me la hubiese follado… Habría llegado a casa a tiempo y, quizás, hubiéramos tenido una noche maravillosa, ¿no crees? Pero no, no me la follé. En su lugar, me puse a buscar las llaves por toda la oficina como un idiota. Y sentía… Y sentía una impotencia, Ro… Una impotencia de no poder hacer nada al respecto… Estaba cabreadísimo y lo único que me salía era insultarla. ¡La insultaba y a ella se la sudaba! ¿Sabes por qué? P-Porque ella tenía turno de madrugada y podía permitirse seguir con aquel estúpido juego toda la noche.
—Benja…
Y entonces me di cuenta de que no, de que no estaba listo para hablar de aquello todavía. Ya era plenamente consciente del temblor de mis manos y del tartamudeo al hablar, pero ya no podía parar. Ni siquiera lo vanos intentos de Rocío por evitar que continuara funcionaban. Todo había sucedido demasiado rápido, tan rápido que no me había dado tiempo a prever nada… Ya había perdido el control y no iba a poder recuperarlo con nada del mundo. Sólo me quedaba terminar de contar la historia y esperar… esperar a ver si era capaz de continuar con todo aquello tal y como lo teníamos planeado.
—Y ahora viene lo mejor, Rocío…
—Benja…
—P-Porque decidí ceder, ¿sabes? Decidí darle el gusto. Y no por las llaves, ni por ti… Me había herido tanto el orgullo, el amor propio, que quería demostrarle que una niñata fanfarrona no podría conmigo… Quería demostrarle que no era ningún pusilánime de pacotilla al que podía venir a torear y manipular cuando le viniera en gana. Y no voy a entrar en detalles de cómo le entré porque, en fin, a parte de que no viene a cuento, fue lamentable… l-lamentable y humillante. No tuve ni para empezar, Rocío… Me vine abajo en el acto. Lo que sí te puedo decir es que terminé de rodillas en el suelo, llorando y lamentándome como el tipejo ridículo que soy.
Empecé a temblar del todo. Empecé a estremecerme y a agitarme. Rocío se dio cuenta y se aferró con fuerza a mi mano. La rabia me estaba consumiendo. El enfado era real, era visceral… Y no con Clara, no con el recuerdo, sino conmigo mismo. Iba cayendo en cuenta de muchas cosas… Iba dándome cuenta de que muchas cosas habían pasado debido a mi ridícula forma de ser. Iba recordando que había perdido a la mujer de mi vida, de que la había empujado a los brazos de otro hombre, de que la había invitado a cambiarme por un ser humano despreciable, sólo por no ser el hombre que tenía que haber sido. Todo en cuestión de minutos. Todo mientras iba contándole lo que había pasado con Clara. Todos temas que creía superados, todos asuntos que ya creía haber dejado atrás, gracias a mis amigos, gracias a mis compañeros, gracias a la maravillosa compañía que había supuesto Cecilia para mí. Sin embargo, el trauma seguía ahí. El trauma seguía vigente. No había conseguido extirparlo del todo. Y tuve que llegar hasta ese momento para darme cuenta de ello.
—¿Sabes qué pasó luego? Clara me tiró las llaves a la cara y me dijo que no volviera a acercarme a ella… ¿Qué te parece? Lo peor es que, en el momento, no me importó, pero ahora… ahora recuerdo todo y…
—Ya está… Ya está, mi Benja…
Rocío, comprensiva, atenta y… hermosa, se incorporó sólo para darme un abrazo. No le importó la incomodidad que nos proporcionaba el habitáculo, simplemente hizo lo que creyó que tenía que hacer. Yo, por mi parte, sólo pude aferrarme a ella y dejar salir un sollozo débil, sin mucha fuerza, pero sollozo, a fin de cuentas. La abracé con ganas. Ella me limpió las lágrimas con los dedos, se aseguró de no dejar rastro de tristeza en mi rostro. Me miró a los ojos. La miré a los ojos. Le brillaban, le brillaban tanto como la luna, que observaba todo desde una posición privilegiada a tantos kilómetros de nosotros. Le acerqué una mano a la carita. La acaricié. Acaricié sus mejillas, sus pómulos, su ceja derecha… Se estremeció. Giró la cara. Me dio completamente igual. Era hermosa aun con esa estúpida cicatriz mancillándole la piel. Rocío volvió a mirarme, nerviosa, callada, preciosa… Hizo su cuerpo aún más hacia mí, ayudándose con sus manos sobre mi cuello. Me volvió a abrazar, más de cerca esta vez, dejando mi rostro a la altura de su corazón, muy cerca del nacimiento de sus pechos... Bajé la mano de su cara y la posé en su cuello, apreté un poco, ella jadeó, cerró los ojos, levantó la cabeza para facilitarme la maniobra. Con el otro brazo forcé más la situación y la terminé de atraer del todo hacia mí, obligándola a pasar una pierna por encima de mi regazo, quedándose completamente a horcajadas sobre mí.
—Benjamín…
Me miró. La miré. Respiraba muy fuerte, demasiado fuerte… El rubor de sus mejillas me decía todo lo que necesitaba saber… El resplandor de sus ojitos llorosos hacía lo propio. Acerqué mi boca a su cuello y lo besé. Ella se estremeció y gimió en voz baja. Subí la mano derecha y la metí debajo de su melena, a la altura de la nuca, y la atraje hacia mí para poder besarle el cuello con más ímpetu. Volvió a agitarse, volvió a gemir. Seguí besando, seguí acariciándola, me dejé llevar como no había conseguido hacerlo ni con Lulú ni con Clara… Cambié al lado izquierdo de su cuello, comencé a ascender por su piel, dejando un rastro de saliva bastante copioso a medida que iba subiendo. Le cogí la carita, la miré a los ojos de nuevo. Ella me miró también. Y la besé. La besé con tantas ganas que creí que iba a hacerle daño. Rocío no se quejó, no retrocedió, no reculó. Rocío puso una mano en mi hombro y la otra en mi nuca. Me atrajo hacia ella. Nuestras lenguas no se contenían, nuestros labios tampoco. El reguero de babas que caía por las comisuras de nuestras bocas no era normal. El morreo era sucio y era guarro, pero era el beso que necesitábamos darnos. Y teníamos que ir más allá, porque ya todo nos invitaba a ir más allá. Curiosamente, no fui yo el que presionó. Fue ella la que me quitó la mano de su nuca y la llevó a su pecho. Fue ella la que, sin separar su boca de la mía, se bajó el tirante de su vestido blanco para dejar su sujetador, también blanco, a merced mía. No dudé, no vacilé, posé mi mano en su pecho y apreté y masajeé, me saqué las ganas de tantas semanas sin sentir la esencia de una hembra. Corté el beso, volví a su ya baboseado cuello, descendí por él y, esta vez, me ayudé de ambas manos para cogerle las tetas, para apretarlas, para estrujarlas como era debido. Ella volvió a gemir, más alto esta vez, con más énfasis. Se bajó el otro tirante, dejando al descubierto todo el sujetador. Me volvió a morrear, me volvió a meter la lengua lo más profundo que pudo y pegó su cuerpo todo lo posible al mío. Me cogió la cara y la apretó con fuerza, con mucha fuerza. Ella también lo necesitaba. Ella también lo quería. No lo iba a disimular, no iba a guardarse nada… Comenzó un rítmico vaivén sobre mi regazo, encontró la dureza que su entrepierna necesitaba para darse un poco de placer previo. Alzó la cabeza al cielo y comenzó a gemir sin contenerse.
—¡Benjamín, por todos los cielos!
Llevé mi mano derecha a su espalda y, en un rápido movimiento, le desabroché el sujetador, que cayó libre hacia adelante, dejándome una clara vista de la mitad de sus hermosas y grandes ubres. Sin titubear, tiré de él por el centro y lo arrojé hacia el asiento de atrás. Rocío volvió a estremecerse y, envalentonada, volvió a echar la cabeza hacia atrás para dejarme hacer a placer. Me prendí de su pezón izquierdo como si la vida me fuese en ello. Lo necesitaba, lo añoraba, lo echaba de menos… Lo chupé, lo succioné y relamí hasta quedarme sin aire. Cambié al derecho e hice exactamente lo mismo, besándolo con vigor, dejando salir todo lo que llevaba tanto tiempo guardando. Me daba completamente igual si le dejaba alguna marca, o si me estaba pasando de bruto, iba a hacer lo que el cuerpo me pidiera sin contenerme ni una pizca. Rocío nunca se quejó, porque no había nada por lo que quejarse. A Rocío le gustaba así. Rocío no quería que la trataran como una princesa, Rocío quería que la trataran como al pedazo de mujer que era. Por eso gemía, por eso jadeaba, por eso pronunciaba mi nombre pidiéndome más, exigiéndome más. Por eso el danzar de su pelvis sobre mi paquete era cada vez más intenso, más veloz, más placentero. Rocío necesitaba que el amor de su vida, que su Benja, que el hombre que ella había elegido para pasar el resto de sus días con ella, le echara, de una vez por todas, el polvo que tanto se merecía.
E iba a suceder. Contra todo pronóstico, iba a suceder. El mundo llevaba lanzándome señales todo el día. Primero con Noelia, después con la propia Rocío… Estaba a punto de suceder lo inevitable, lo que ambos llevábamos tantísimo tiempo esperando. Y lo iba a disfrutar… Lo iba a disfrutar con el alma. Porque, a pesar de todo, había grandes posibilidades de que esa fuese nuestra última vez juntos.
Así que decidí apreciar bien lo que tenía delante. La cogí de los hombros y me separé de ella. La eché hacia atrás. Dejó de mover el culito. Se sorprendió. Me miró extrañada, pero todavía extasiada, con los ojitos medio cerrados, con la mitad de la cara humedecida por nuestros besos… La observé bien, con detenimiento… Debajo de sus hermosas tetas nacía un vientre un tanto hinchado. Nada del otro mundo, pero sí evidentemente hinchado. Se dio cuenta de que la miraba ahí. No podía ruborizarse más de lo que ya estaba, pero sé que le dio vergüenza. Sentí rabia. Sentí el veneno recorrerme las venas. Delante de mí, justo en frente de mí, tenía al vástago del ser que me había arruinado la vida, creciendo y alimentándose dentro de la mujer que más amaba en el universo. El sitio al que yo debería haber proporcionado un huésped, ahora estaba ocupado por un ser maldito, fruto del engaño y la traición. Y ese odio que me derretía por dentro sólo podía salir de una sola forma…
—Benjamín… —susurró, agitada todavía, tímida, avergonzada, con una voz de putita que me hacía hinchar la polla como ninguna otra podía, inclinándose hacia mí para volver a tapar lo que tanta vergüenza le daba enseñar.
Volví a abalanzarme sobre sus tetas, a boca descubierta, a lengua desatada. Chupé y chupé con fuerzas, con ira, con desprecio… Rocío gritó, vociferó, le dolió, pero nunca me pidió que me detenga. Todo lo contrario, se prendió de mi camisa y empezó a tironear hacia los lados hasta que un botón cedió. Continuó hasta que un segundo, y un tercero, saltaron por los aires. Nunca me desprendí de sus pezones, nunca dejé de salivarlos, de morderlos, de marcarlos, de enrojecerlos… Rocío gemía y no paraba de mover su culo, el cual ya hacía rato había sido apresado por mis enrabietadas manos. No había perdido su dureza, su forma, su suavidad… La posición no me dejaba, pero también quería mordérselo y comérmelo entero. Quería hacerle tantas cosas, y me cagaba en todos los santos por no poder ejecutarlas todas al mismo tiempo.
—No puedo más… Benja… No puedo más…
Desatada, cachonda, zorra como nunca la había visto, comenzó a desabrocharme el cinturón con la única intención de liberarme la polla. Volvió a mirarme, ida, inusualmente caliente. Quería follar, quería que le metiera el rabo hasta lo más profundo de su ser. Pero no, no así. No me daba la gana que fuese como ella quería. Y me sentí más enfadado todavía. Así que la miré, serio, y le aparté las manos de mi bragueta. Ella me miró, sonrió y volvió a intentarlo. Fruncí el ceño, le quité las manos de nuevo y le cogí la cara con una mano. Ella me miró sorprendida, con los todavía llorosos, con la respiración entrecortada, con unas ganas tremendas de que le diera lo suyo de una vez. Entonces, sin ningún tipo de pudor, le di una bofetada. Suave, no demasiado fuerte. Ella abrió los ojos, no se lo esperaba. Pero la cara de puta la conservaba intacta. Le di otro bofetón, un poco más fuerte todavía. Esta vez le molestó y detuvo el vaivén. Volvió a llevar las manos a mi pene. La detuve de nuevo y le di una nueva cachetada. Gritó de rabia. La cogí de la boca y le planté un buen morreo. Se resistió unos segundos porque no tenía fuerza para hacerlo más tiempo. Terminó por resignarse y me dejó besarla. Volvió a bajar las manos hacia mis bajos, volví a detenerla, volví a darle otra bofetada. No esperé su reacción y fui yo el que esta vez bajó la mano a su entrepierna. Me la apartó. Me desafió con la mirada. Lo intenté una vez más y llegué a tocar tela. Me quitó la mano de nuevo, sonrió traviesamente. Una vez más, traté de hacer lo mismo. Me apartó de un fuerte manotazo y volvió a probar ella con mi polla. Esta vez no fue al cinturón, esta vez fue al paquete, el cual aprisionó con toda la mano abierta. Consiguió neutralizarme. Eché el cuerpo hacia abajo por acto reflejo y ella se inclinó hacia adelante. Me mordió dio un largo lametazo en el cuello y al instante me lo mordió. Se rio como una niña pequeña. Aquello me hizo cabrear de nuevo. Me recompuse sobre mi asiento de un solo brinco, Rocío se golpeó la cabeza con el retrovisor interior. Volvió a reírse. No quería que se riera, no me gustaba que se riera. Llevé la mano a su entrepierna nuevamente, esta vez se dejó hacer, cosa que también me hizo enfadar. Dejó de oponer resistencia del todo. Comencé a acariciarle el coñito por encima de la braga y empezó a gemir de nuevo. Cerró los ojos y se abrazó a mi cuello. Ya jadeaba de nuevo, ya se balanceaba de nuevo, ya se derretía de nuevo… Hice a un lado la tela blanca y palpé directamente los labios mojaditos de su vagina. Ella suspiró y me mordió una oreja, sin venir a cuento. Empecé a masajearla con dos, con tres, con cuatro dedos. Estaba empapada. Saqué la mano y me la llevé a la nariz, luego a la suya, luego a su boca. Con una cara de zorra impresionante, me cogió los dedos con su propia mano y los chupó, uno a uno, los cuatro. Se relamió, no dejó trozo de piel sin saborear.
—T-Tócame más, por favor…
No tenía tiempo para pensar, o para analizar el por qué, o en qué momento mi linda Rocío se había convertido en esa golfa que tenía delante. No, no había tiempo para nada. Porque los eventos seguían sucediéndose, uno tras otro, sin darnos tiempo a acostumbrarnos siquiera al anterior. El descontrol era total. El desenfreno era total. Ya sólo quedaba adaptarse y esperar el desenlace de todo aquello.
—No —le respondí, seco.
—Ya está bien, ¿no? —me dijo, entonces, con una voz de guarra que se la pisaba.
—¿Ya estuvo bien el qué?
—De jugar al machito dominante… Aquí me tienes, caliente y cachonda como nunca… Dejemos de hacer el gilipollas, por favor…
—No me hables así.
—Quiero chuparte la polla, cariño… ¿Me vas a dejar o no?
La transformación era total. La Rocío que me había acompañado a lo largo de la noche se había ido. Sólo quedaba esta Rocío, la Rocío a la que nunca me habían presentado, la Rocío a la que jamás le había visto la cara… Y fue así cómo terminé de entender todo. Pueden llamarme ingenuo, tonto, o incluso subnormal, pero esa no era mi Rocío. Por eso lo entendía. Y no, no me refiero a que me la habían cambiado por otra, o a que le habían lavado la cabeza… No, asumía toda la responsabilidad. Esta era la verdadera Rocío, la original, la definitiva… La que yo nunca supe sacar al exterior. La que tuvo que venir otro de fuera para despertarla. Y, lo raro era que, a pesar de darme cuenta de ello, no me sentía mal al respecto… Me sentía… ¿bien? Sí, seguramente sí.
Sea como fuere, no tenía tiempo para chorradas. Tenía delante una hembra hermosa y caliente esperando ansiosa por posar sus labios sobre mi ya durísimo rabo. Y no la hice esperar más; mi silencio fue la señal para que Rocío volviera al asiento del copiloto y se arrodillara en él para así poder tener más fácil acceso a mi entrepierna. Sin mucha dificultad, terminó de desabrocharme el cinturón, abrió el pantalón, bajó mi calzoncillo y me liberó la polla. Y tenía hambre, mucha hambre, porque se la llevó a la boca nada más verla. Me la engulló como quien se deleita con un polo en pleno verano. Y vaya mamada, por el amor de Cristo… Eché el cuerpo hacia atrás y me dejé hacer. Vaya mujer, vaya boquita, vaya profesional… No paraba, era un constante succionar, chupar y lamer, todo al mismo tiempo, todo en un ritmo perfecto e ideal. Y se notaba que le gustaba. No era por obligación, como tantas otras que me lo había hecho en el pasado… Esta vez se la comía con ganas, con placer, con fervor…
—Qué rica polla tienes, mi Benja… Qué… Qué…
Por alguna razón, Rocío hablaba consigo mismo en voz baja, en tono de reproche, lamentándose ella sola. Pero a mí me daba igual. Ya sólo pensaba en seguir conociendo ese lado de ella que tan alucinado me tenía. Quería probar cosas. Quería saber hasta dónde podía forzar. Ya no me importaba una mierda Clara, ni el relato, ni la historia… Ahora mismo sólo me importaba esa mamada. Por eso, sin vacilar ni un segundo, la cogí de la nuca y presioné hacia abajo. «Si podías con la del cerdo ese, puedes también con la mía, hija de puta», pensé al instante. Y no me defraudó. Se apoyó con ambas manos a los costados del asiento y se metió mi polla hasta la mismísima garganta. Tres segundos, cuatro, cinco… Diez, quince, veinte… No la solté, no le di tregua… «Traga, guarra. Traga». Treinta segundos, treinta y cinco, cuarenta… «Cómetela toda… Atragántate, putita». Un minuto, un minuto diez, un minuto veinte… Hasta que la solté. E instantáneamente comenzó a toser con desesperación. La flema, mezclada con sus mocos y mis fluidos, le caían por la barbilla, aterrizándole en el cuello y las tetas. Y, justo delante, mi reluciente pene, erguido, más grande de lo normal, esperando ansioso por el siguiente round. La imagen era espectacular. La imagen era maravillosa. La imagen era para recordarla toda la vida.
—Eres un hijo de perra —fue lo único que me dijo y, acto seguido, me plantó el morreo más asqueroso y nauseabundo que me nadie me había dado jamás. Su boca sabía a polla. Sus manos olían a polla. Ella, en su conjunto, olía a polla, y a coño, y a sexo.
Allí mismo, sin detenerse ni un solo segundo, volvió a arrodillarse sobre su asiento y prosiguió con la mamada. La agarré de la nuca nuevamente, recibiendo una mirada asesina por su parte. Entendí el mensaje. Quería darme placer y quería hacerlo a su manera. Así que la dejé, pero acompañé el sube y baja de la chupada con mi mano sobre su cabeza. Porque sí, porque quería. Así como también fui regalándole diferentes tipos de masajes alrededor de su cuerpo. Porque quería tocarla, porque echaba de menos acariciar su cuerpo, de sentir sus preciosas curvas… Y hacerlo mientras me regalaba la mejor mamada de mi vida, le daba el doble de valor, el doble de sentido, el doble de satisfacción… Y así seguimos hasta que no pude más. Cerca de las tres y media de la mañana, Rocío aceleró el lengüeteo sobre el tronco de mi rabo, el masaje de su mano sobre mis huevos y abrió bien, pero bien grande la boca para recibir con ansias, con gula, con deseo, tres grandes y potentes chorros de semen que salieron disparados con furia hacia el fondo de su garganta.
—Dámelo… Dámelo todo, mi Benja…
Y no se detuvo ahí, no quería perder tiempo. Aquello sólo había sido una parte de lo que su cuerpo le pedía. Por eso se relamió, limpió mi barriga y mis testículos con la lengua y, sin darme ni un solo segundo para recomponerme, volvió a metérsela a la boca. Y se esmeró para despertarla de nuevo. Se esmeró para volver a darle vida. No me dio tregua de ningún tipo, regresó a la carga con el mismo énfasis, con la misma energía, con las mismas ganas de antes de lograr hacerme correr… Hasta se quitó las bragas para poder tocarse ella también. Yo quería disfrutar un poco más del bendito orgasmo que acababa de regalarme, pero ella quería su parte también. Así que la ayudé de la mejor forma que sabía… Aparté su cabeza con mi mano derecha, sin tosquedad pero sin suavidad, y la empujé un poco hacia atrás para que se apoyara en la puerta del copiloto. Allí mismo, acuclillé una pierna en mi asiento y me abalancé de cabeza hacia su delicioso coñito.
—Tenías hambre tú también, ¿eh? —rio ella, muy guarra, súper juguetona, coqueta como pocas veces la había visto.
No le hice caso. Seguí deleitándome con su chochito, seguí lamiendo y degustando las delicias de sus partes más íntimas. Ella se acomodó sobre la puerta y comenzó a gemir en voz baja, tranquila, recreándose a gusto con la comidita que le estaba ofreciendo. Me desabroché los botones que me quedaban intactos de la camisa y la tiré no sé ni a dónde. El calor dentro de mi coche ya empezaba a arreciar, y no podía abrir las ventanas para que no nos crujieran los mosquitos. El vaho en los cristales ya era total y absoluto. El sudor me recorría la espalda como aceite hirviendo y a Rocía le había cubierto todo el torso, regalándome una fotografía de sus tetas en un fulgor tan atractivo como erótico. Ella seguía relajada, acariciándose un pecho con una mano y con la otra mi cabeza. Decidí acelerar, decidí que ya era hora de devolverle el favor. Ataqué su hinchado clítoris con voracidad y agresividad, provocándole una seguidilla de gemidos mucho más enérgicos que los anteriores. Metí un dedo, metí dos. Comencé a masturbarla animosamente buscando aquel orgasmo que pudiera equilibrar las cosas. Ella gemía, gimoteaba, se dejaba ir en pequeños gritos y exclamaciones de placer. Le gustaba, le estaba gustando de verdad. Hasta, que, de un momento a otro, me detuvo en seco.
—Ya vale… ¡Ya vale!
—¿Q-Qué pasa? —le pregunté, sin sacar del todo la boca del asunto.
—Quiero que me folles… Necesito que me folles ya mismo…
Así mismo, sin dejarme opinar al respecto, me empujó hacia mi asiento nuevamente, pasó la pierna por encima de mi regazo y volvió a quedar sentada a horcajadas sobre mí, con la única diferencia de que, esta vez, aplastó todo el peso de mi pene con su culo.
—Me da igual lo que piensen los demás, Benjamín… —arrancó a decir, sorpresivamente, con la respiración entrecortada y entre jadeos—. Yo te quiero a ti… Yo quiero pasar el resto de mis días contigo… Eres el hombre de mi vida. Y no lo digo sólo como frase hecha, lo digo con todas las putas letras: eres mi hombre, eres mi macho, eres la única persona en este mundo que puede proporcionarme el placer que necesito, en todos los aspectos, en todos los ámbitos… Me da igual lo que haya pasado con Lulú y con la guarra esa de Clara, o con cualquier otra con la que hayas podido tener algo… Me importa una mierda. Yo soy la única mujer que puede hacerte feliz, y te lo voy a demostrar todos los días de mi vida, mi amor. Te amo. ¡Te amo, Benjamín!
No dijo nada más. No me dejó decir nada más. Me besó, me besó con ganas. Su boca seguía sabiendo a polla, y la mía, ahora, sabía a coño. Todos esos sabores se mezclaron en un morreo lleno de sinceridad, lleno de lujuria, lleno de amor… Lo que acababa de escuchar me había taladrado el corazón, me había perforado el alma, me había dejado KO en un momento en el que sólo teníamos que dejarnos llevar por nuestros más bajos instintos. No sabía qué hacer, o qué decir, o cómo reaccionar… Me había dejado desarmado. No obstante, ella sí que lo sabía. En todo momento supo lo que hacía. Por eso, se aferró con vehemencia de mi cuello con una mano, y con la otra, me cogió la polla para dirigirla directamente, y sin restricciones, a la empapada entrada de su coño.
—¡Aaaahhhh! —gritó ella, desatada, cachonda como nunca, dejándose caer sobre mi regazo de una y sin anestesia.
Se quedó quieta unos segundos. Me miró. La miré. Me sonrió. Me besó. Me volvió a besar y comenzó a cabalgarme como una potra en el apogeo más absoluto de su celo. Clavó sus uñas en mi cuello, en mis hombros, en mi espalda, e inició una serie de saltos potentes y aparatosos sobre mi polla. Entonces regresé a la realidad. Abrí los ojos y volví al interior de mi coche. Me ardía el cuello, me dolían los huevos, el corazón me latía a mil y, para colmo, estaba sudando como un puto gorrino. Rocío seguía brincando y gimoteando encima de mí. Algunas veces más cerca, otras más lejos de mi cara. Por suerte el coche era alto y había lugar más que de sobra para que pudiera cabalgarme a gusto. Y el placer comenzó a recorrerme el cuerpo como una onda de corriente eléctrica. Y empecé a sentir el gozo de mi compañera en mis propias pieles. Y me decidí yo también a poner de mi puta parte.
—¡Aaahhh! ¡Mi amor! ¡Aaaahhh! ¡Te amo, mi amor!
Rocío no paraba, no podía parar. Y me prendí, nuevamente, de sus grandes y relucientes tetas. Me abotoné con los dientes en su rozado y puntiagudo pezón mientras que, con la otra mano, me aferraba con furia al otro pecho. Al ritmo de su galopar, comencé a morder y a chupar, a lamer y a succionar. Solté una ubre y la cogí del culo. Lo apreté con autoridad, con rabia, con obscenidad. Ella bramó, ella rugió. Gimió de una manera tan depravada que hizo que me viniera más arriba todavía. Entonces le solté un violento azote en esa misma nalga. Volvió a gritar con fiereza. Uno más en el otro glúteo. Esta vez el berrido fue de gozo. Y cayó otro, y otro, y otro… Hasta que comenzó a correrse como una puta cerda. Un alarido mezclado con mi nombre, varios “te amo” y diversas palabras inentendibles salieron de su boca mientras intentaba asimilar el orgasmo. Entonces la observé. La observé bien. Su cara estaba desencajada del placer. Esa era la cara, esa era la puta cara a la que se refería el hijo de puta ese… Por fin la veía. Por fin veía el rostro de la verdadera Rocío. Y volví a enfadarme. Volví a cabrearme conmigo mismo. Volví a sentirme un idiota por haber perdido tanto tiempo tratando a aquella perra como a una muñeca de porcelana. Tantos buenos momentos juntos que nos habíamos perdido… Tantos buenos polvos desaprovechados… Tantos viajes, tantas vacaciones, tantas tardes de aburrimiento echadas a perder por no haberme dado cuenta de que lo que mi hembra necesitaba era un macho que se la follara como era debido. Qué rabia que me daba todo. Qué horrible sentir que nuestra relación se había ido a la mierda sólo por mi gran y puta culpa. Y lo pagué con su culo, con sus tetas, con su cara, porque también volví a abofetearla en la cara… Porque así es como ella quería ser tratada, así es como ella quería que me la folle… Le importaba un comino estar embarazada, ella me embestía la polla como si no tuviera ninguna vida formándose dentro de ella. A ella sólo le importaba el placer y nada más que el placer. Por eso me dijo que su marcha era lo mejor para todos en nuestra despedida. Por eso me pidió que siga con mi vida… Porque así, así tal y como estaba en ese momento, no podía darle, ni por asomo, lo que una mujer como ella necesitaba. No había más que eso. La realidad era una sola. Y por fin me había dado cuenta de ello.
Intentó ponerse en marcha de nuevo, pero la detuve. Abrí la puerta del coche y salí con ella a horcajadas y todavía ensartada. El calor me iba a matar. Sus manos seguían clavadas a mi espalda, a mis hombros, que sangraban a borbotones. Ella se sorprendió por un momento, todavía en su estado de éxtasis total, pero no le di tiempo a que volviera en sí, porque la senté en el capot del coche, allí, a la luz de la luna, a merced de los mosquitos, a orillas de aquel lago que había sido nuestro principal aliado a lo largo de aquella noche, y continué follándomela como la puta que era, como la puta en la que se había convertido, como la puta que tantas ganas tenía de ser. En consecuencia, Rocío comenzó a gritar de nuevo, aunque ahora, el doble de alto. Al aire libre, bañada en la luz de la luna, aullaba como una verdadera loba. Y me besaba el cuello, me besaba la frente, la nariz, la cara… Me limpiaba la sangre con las manos empapadas en diferentes fluidos y luego se las pasaba por las tetas, por mis pectorales, por su culo... Ya no le importaba absolutamente nada, ni siquiera el vestido a medio remangar sobre su preñado vientre, sucio ya, manchado en diferentes tonalidades de rojo y beige, totalmente impresentable. Tampoco le importaba su melena, perfectamente peinada, que ahora no distaba mucho de un estropajo de acero cerca ya de sus últimos usos. A mí, por otra parte, me dolía la polla de las embestidas, del esfuerzo que había tenido que hacer para recuperarme del primer orgasmo. Y ni cerca todavía me sentía del segundo. Y ni ganas que tenía de que llegara, porque sólo pensaba en seguir empotrándola, en seguir dándole hasta que ninguno de los dos pudiera más
—Aaayyy… Aaahhh, Benjamín… ¡¿Q-Qué me haces, Benjamín?! ¡¿Qué me haces, amor, amorcito?! N-No puedo más… Esto es demasiado…
La bajé del capot. Me salí de dentro suyo e hice que me soltara el cuello. La besé, la besé con brusquedad y deseo. La alejé de mí y le mordí un pecho. Ella volvió a gritar y me cogió la polla con la mano. Comenzó una paja veloz mientras buscaba nuevamente mi boca. Pero yo quería chuparle las tetas. Y seguí chupándole las tetas mientras le apretujaba el culo con ambas manos. Y volví a azotarla. Y la puse, esta vez, contra la puerta del coche. Ella empinó el culo en un acto reflejo instantáneo. Porque ese era mi culo, era de mi propiedad y ella lo sabía, por eso me lo ofrecía para que hiciera con él lo que me diera la gana. Así que lo volví a cachetear. Una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, cinco veces… Alternando en una nalga y en la otra… Cada azote al ritmo de sus alaridos, de sus berridos desenfrenados de gozo y placer… Y no paré hasta que cada cachete quedó rojo como el putísimo sol. Recién entonces volví a meterle la polla. Así, contra la puerta de mi coche, el coche con el que había intentado fugarse el día que se había decidido a cambiarme por aquel despojo social del cual se había enamorado porque la trataba como lo que realmente era y porque tenía la polla muy grande. Al pensar en ello me sentí asqueado, entonces le propiné una nueva bofetada en el culo… Y volví a pensar otra vez en ello, y me prendí de sus tetas por detrás y comencé a follármela con más fuerza y violencia. Un nuevo alarido mucho más agudo que los demás volvió a avisarme que estaba a segundos de correrse. No paré. No paré y seguí taladrándola ahogado en la atmósfera del momento. Rocío se llevó una mano a su clítoris y comenzó a masajearlo con ferocidad hasta que, por fin, consiguió correrse… Me obligó a salirme de un feroz empujón hacia atrás con su culo. Se apoyó con una mano en la ventana de mi coche y comenzó a convulsionar sin dejar de tocarse la entrepierna. La imagen era bárbara también. Digna de guardarla junto a las mejores cosas que había presenciado en toda mi puta vida. Rocío temblaba, sucia, empapada, tratando de no ceder ante sus sensaciones y de no tirarse al suelo de rodillas. Era una maravilla. Todo era una jodida maravilla.
No obstante, lejos estábamos todavía de terminar. Me acerqué a Rocío por detrás. La abracé. Aceptó mi abrazo. Se abrazó a mis brazos. La acaricié con suavidad. Acaricié su cabecita, su carita… Bajé con delicadeza por su cuello y acaricié sus pechos; primero uno y después el otro. Con ternura, con cariño… Le acaricié el vientre… el contaminado vientre… No me importaba lo que había en su interior. Se lo acaricié con mucho amor. Y me sentí impactado, porque no era lo mismo verlo que sentirlo… Al tacto era mucho más grande de lo que parecía a simple vista. Ella se estremeció. Giro la carita y me lo agradeció con un piquito y los ojitos llorosos. Yo seguí bajando… posé una mano en su monte de venus. Ella me detuvo, pero sólo por un instante. Mi polla, todavía muy dura, descansaba sobre su enrojecido culo y, supongo que por ello, entendió que todavía nos quedaba un asalto más. Llevó una mano hacia atrás y me la cogió con fuerza. Quiso darse la vuelta, y no la dejé. Lo siguiente que quería no estaba delante, estaba detrás...
—¿D-Dónde vamos…? —preguntó, cuando la cogí de la mano y la guie hasta la parte delante del coche, a contraluz de la luna.
Volví a abrazarla. Besé su cuello, acaricié sus pechos y su vientre. Ella se dejaba hacer y me seguía cómo podía, sin saber exactamente qué era lo que buscaba. No tardé mucho en demostrárselo. Hice que empinara el culito de nuevo y dio un sobresalto cuando le puse una mano encima. Los efectos reales del dolor ya estaban empezando a hacerse presentes y eso era algo que todavía no podía dejar que sucediese. Me agaché en el sitio y separé sus nalgas con ambas manos. Metí la nariz en su coñito y aspiré con ganas. El olor era increíblemente intenso. Me llenaba las fosas nasales y todos los rincones de mi cuerpo. A continuación, sustituí la nariz por la lengua. Empecé a lamer con suavidad y tranquilidad. Quería que volviera a entonarse, pero quería hacerlo de manera natural. Ella entendió las reglas del juego a la perfección y se dejó hacer. Seguí lamiendo a ese ritmo un rato más, ayudándome también con algún que otro dedito que iba metiendo con delicadeza, para sacarlo de nuevo y meterlo otra vez acompañado de uno nuevo. Rocío volvía a gemir. En voz baja, pero volvía a gemir. Fue en ese momento que decidí separar un poquito más sus nalgas y deslizarme, sigilosamente, hacia su otro agujerito… Y la queja fue instantánea.
—No… Amorcito… Ahí no…
Me estaba enfriando. Los diez grados de temperatura empezaban a notarse más a medida que mi cuerpo regresaba a la temperatura ambiente. La ignoré. Miré su agujerito más pequeñito… Limpio, reluciente, de un color rojizo que se iba difuminando con el resto de su piel en un diámetro de no más de centímetro y medio. Nunca me había parado a apreciarlo con detenimiento. Nunca había puesto atención en esa parte de su cuerpo. Para nosotros ni siquiera era un tema tabú. Es decir, jamás se nos había pasado por la cabeza tener sexo por ahí. No existía. Entonces, se preguntarán, ¿por qué ese interés repentino en el ano de Rocío? Jamás se lo iba a preguntar directamente, a no ser que ella decidiera contármelo por su propia cuenta, pero tenía mis fuertes sospechas de que el indeseable trozo de mierda le había dado por el culo. Y como no se lo iba a preguntar, lo averiguaría por mis propios medios.
—Amorcito… Por ahí no es… Por ahí no…
Pasé la lengua desde el nacimiento de la vagina hasta el mismísimo centro de su culito. Rocío se estremeció briosamente. Repetí el mismo movimiento. Separé sus glúteos con fuerza y metí la cara de lleno dentro de sus poderosas carnes. Saqué la lengua y empecé una serie de lambetazos pequeñitos pero veloces en el pequeño circulito. Rocío se retorcía. No sé si por el escozor que debía sentir en las nalgas o por si, de verdad, había tocado una zona con fuerte carga erógena en ella. No me importa igual. Así que continué lamiendo, presionando fuerte con la punta de la lengua, intentando penetrar en ella, llenándome la boca de una mezcla increíblemente potente de sabores. Rocío ya jadeaba de nuevo. Rocío ya había entendido cómo eran las cosas. Rocío se estaba dejando llevar y se había vuelto a tocar por delante. Aproveché ese momento y apreté con la primera falange del dedo índice. Se estremeció otra vez. Seguí empujando hasta tener medio dedo dentro de ella. Lo saqué y lo metí de nuevo. Rocío gemía de forma diferente ahora… Rocío seguía tocándose, pero se lo tomaba con un poco más de calma que antes… Rocío se masturbaba y se acariciaba las tetas, pero sin vociferar. Rocío estaba cansada, pero iba a poner todo de su parte, porque sabía que aquella noche era especial, porque se sentía en deuda conmigo y, por encima de cualquier cosa, porque le gustaba follar como nada más le gustaba en el mundo. Entonces se deslizó hacia adelante sobre el capot del coche, quedando completamente en pompa, y me miró…
—Amorcito…
Ahí estaba de nuevo esa cara… Esa cara que no dejaba de sorprenderme… Esa cara que seguramente tantas veces le había mostrado al tío que se la follaba en mi cama, en mi casa, en mi balcón, por la boca, por el coño… ¿por el culo? Estaba a punto de averiguarlo. Me seguía mirando, me pedía sin hablar que continuara, que diera el siguiente paso… Me lo rogaba. Y ahí estaba la señal que necesitaba. Apenas había lamido un par de veces… Apenas había metido un dedo hasta la mitad… Y a ella le daba igual… Le daba igual porque ya estaba acostumbrada a que algo mucho más largo y grueso entrara por ahí. Le daba igual porque, seguramente, más de una vez la habían perforado por ahí sin previo aviso, sin lubricar, sin anestesia… Le daba igual porque le gustaba que le dieran por el culo.
—Amorcito…
Era doloroso ir descubriendo cuán puta podía llegar a ser la mujer por la que tanto había sufrido, pero también era fascinante. Llegados a ese momento, sólo podía verlo de dos formas: o me adaptaba y me dedicaba a explorar y disfrutar la vida con ese pedazo de hembra que la vida me había puesto por delante, o podía quedarme llorando como un perdedor por lo que podía haber sido y, al final, nunca fue. Yo, por lo menos, lo tenía claro.
—Amorcito… Hazlo.
Me levanté, sin más, y me dispuse a darle lo que ella quería. Me coloqué detrás suyo, acaricié sus acaloradas nalguitas… Me hice sobre su espalda y comencé a besarle el cuello, los hombros, su piel… Agarré sus pechos, los masajeé con dulzura… Ella suspiraba, se dejaba hacer, gemía en una voz casi imperceptible, pero su cara de puta no cambiaba. Su cara me seguía pidiendo guerra. Su cara me seguía pidiendo que acabara lo que empecé. Ningún gesto de cariño servía ya. Nada que pudiera demostrarle el amor que alguna vez sentí por ella funcionaba ya. Sonreí, resignado, pero aliviado de haberme, por fin, dado de bruces con la realidad. Y, con esa tranquilidad, apunté mi polla al único hueco de su cuerpo al que todavía no había tenido la oportunidad de acceder. Y se la metí de una y casi sin esfuerzo, como era de esperarse…
—¡Aaahhh! ¡Mi amor!
Aulló, y no de dolor. Gimoteó y vociferó, pero no de molestia. La sonrisa en su carita me lo decía todo. Así que empecé a follármela sin piedad, sin paliativos… Fuera chorradas, fuera pensamientos intrusivos, fuera gilipolleces sobre la reunión y sobre nuestros amigos… Ya no importaba nada. Cogí a Rocío por sus gordos glúteos, me aferré con fuerza a ellos, y empecé a abatirla con ganas y convicción. Ya no sé ni qué hacía ella, porque la mezcla de sonidos en lo negro y solitario de la noche ya era cualquier cosa. Ni los mosquitos querían acercarse ya. La depravación era total. Lo más bajo a lo que podían caer dos personas que, en su ingenuidad e ignorancia, habían creído durante mucho tiempo que eran la pareja perfecta, la pareja ideal, la pareja a la que todo el mundo debía envidiar. Una utopía dentro de dos mentes que no tenían la más remota idea de lo que era la vida. Una utopía que fue derruida hasta sus cimientos por el primer obstáculo que se les cruzó por delante.
—¡M-Me matas, Benjamín! ¡Me vas a matar!
Su culo recibía mis pollazos como si no fuese la primera vez, como si llevase toda la vida haciendo funciones de toma de entrada. Su rostro gritaba a los cuatro vientos que aceptaba esos envites con gozo y alegría, como si aquella fuese su afición favorita, la que más felicidad le tría, la que podría hacer tantas veces como le viniera en gana y con la que nunca se aburriría. Y yo ya empezaba a sentir que podía llegar a aficionarme también a aquella sucia e indecente práctica. Mi polla hacía rato ya que entraba y salía con total facilidad, empapada, cubierta en diferentes tonalidades de fluidos y otras sustancias, al límite ya de sus fuerzas, pero todavía capaz de proporcionarle una última bocanada de placer extremo a la puta de mi compañera para aquella noche. Y así fue, Rocío, aceleró el movimiento de su mano sobre su coño, con ojos en blanco, dejando escapar los últimos hilillos de voz que sus cuerdas vocales le permitían, y logró correrse una última vez. Convulsionó de nuevo, se retorció de nuevo, y se dejó caer sobre mi coche, totalmente agotada, con los ojos entrecerrados, incapaz de pronunciar una palabra más, recibiendo como una campeona las últimas acometidas antes de mi inminente corrida.
—B-Ben… B-Benja…
Se la saqué. La cogí de los brazos y la hice agacharse delante de mí. Estaba al borde del colapso y, aun así, abrió la boca para regalarme una última mamada. Y esta sí, esta sí que sí, no se contuvo, no puso pegas para tragar esa obscena macedonia de fluidos que recubría mi pene de arriba abajo. No le importó lustrármela con la lengua, dejármela brillante e impoluta con sus labios, no le importaron cinco minutos más de impudicia con tal de sacarme los últimos jugos que tenía para ofrecerle aquella noche. Y no aguanté más. En el momento en el ella mismo presionó para tenerla en el fondo de la garganta, en el momento en el que su nariz hizo contacto con mi corta capa de vellos púbicos, expulsé en cinco o seis largos chorros, la mayor cantidad de semen que jamás, en toda mi jodida vida, había eyaculado en un solo orgasmo. Y me encargué de que no se escapara ni una sola gota. Con una mano firme sobre su nuca, yo mismo me aseguré de que nada quedara para la bendita tierra sobre la que estábamos parados. Y ella, experta y obediente, como no podía ser de otra forma, aguantó y consiguió beberse hasta el último mililitro de mi semen.
Una vez ambos satisfechos, cayó, por fin, de rodillas contra el coche, junto a la puerta, muy cerca de una de las ruedas delanteras.
La dejé ahí, sola, maloliente, destruida, carente de cualquier tipo de humanidad. Me acerqué a la orilla del lago y me lavé las manos, los sobacos, la polla, los huevos… Qué coño, dije, y me saqué toda la ropa para meterme de cuerpo entero en las aguas de aquel ancho estanque, sin preocuparme de lo que pudiera haber dentro de él. El agua estaba fría, pero soportablemente fría. El cielo todavía estaba despejado y la luna seguía proporcionándonos la luz que necesitábamos para no quedar perdidos en medio de la nada. Me sentía bien, muy bien. Después de tanto tiempo, sentía que no tenía nada por lo que preocuparme. Ni siquiera por la chica que todavía se encontraba tirada junto a mi coche a no muchos metros de mí. Mi cabeza estaba libre ya de problemas, libre ya de tormentos, libre ya de cualquier tipo de culpa. Había ido a buscar eso y eso me iba a llevar a casa. Todo lo que viniera luego… bueno, sería un extra a todo lo positivo que había conseguido aquella noche.
Al cabo de unos minutos, pude ver cómo Rocío se ponía de pie. A duras penas, se quitó el vestido y comenzó a caminar, lentamente, hacia donde estaba yo. En la orilla, se acuclilló y se puso a lavar ese trozo de tela blanca que estaba hecho un asco total. Incluso me reí al pensar en lo que serían capaces de hacerme Aura y Noelia si llegaba a volver a su casa con Rocío vestida así y en ese estado. Me acerqué a ella, finalmente. Ella no me miró. Frotaba el vestido con sus manos sin dignarse a dirigir su mirada hacia mí. Estaba enfadada, no hacía falta ser un genio para saberlo. Salí del agua y me acomodé detrás de ella. La abracé. Me negó el primer abrazo sin mucha convicción. Sonreí y volví a abrazarla. Esta vez se dejó y me apretó los brazos con firmeza. Dejó de frotar el vestido. Cambié la postura y me senté. No la solté. Empezó a llorar. Dejó el vestido en un costado y me abrazó por el cuello para llorar con más ganas.
—Te amo —le dije, sonriente, confiado, muy cerca de las cinco de la mañana, a la vez que me limpiaba un par de lágrimas tontas que hacía rato también habían comenzado a resbalar por mis mejillas.
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