Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 3
La multitud la asfixiaba, pero él no la soltaba. En la noche de Año Nuevo, lejos de las miradas y los planes ajenos, solo quedaban ellos dos y el silencio de un arroyo esperando ser descubierto.
Jueves, 1 de enero del 2015 - 00:00 hs. - Comunicación.
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Contra todo pronóstico, la noche se presentaba perfecta para dar un paseo. Los grises nubarrones que habían estado amenazándonos toda la tarde por fin habían desaparecido y nada vaticinaba que pudiesen regresar. No al menos en el corto plazo. Amén de que, al irse, nos habían premiado con un precioso cielo lleno de estrellas, de esos de pueblo profundo en los que puedes admirar la majestuosidad del espacio sin la molesta iluminación de una gran ciudad. Y, aunque hacía algo de frío y yo todavía me sentía medio mal por el improvisado baño que me había hecho tomar Luciano varias horas atrás, la noche estaba espectacular para caminar, charlar y… lo que pudiera surgir.
—¡Achííís!
Rocío me miró y soltó una inesperada carcajada. No me deseó salud, tampoco me preguntó si estaba bien, simplemente se rio. Y yo, sin saber por qué, reí también. ¿Tan cómico había sido? No lo sé, pero reí, y reí mucho. Ambos nos reímos y nos miramos como si algo increíblemente gracioso acabase de suceder. Y aquella tontería para mí significó un mundo. No por las risas, tampoco por volver a verla sonreír después de tanto tiempo, sino por el mero hecho de ver que a mi lado caminaba esa Rocío que tantas veces había visto en el pasado y no ese frío envoltorio carente de identidad con el cual acababa de compartir una cena. El motivo era una chorrada, lo sé, pero verla reír, así como una idiota, con algo tan banal como un estornudo me provocaba una felicidad muy difícil de explicar. Sentía que era la prueba que necesitaba para saber que la noche todavía no estaba perdida. Parecía que todavía podía conseguir lo que había ido a buscar.
Y me sentí aliviado, tremendamente aliviado. Aliviado y con un cosquilleo en el estómago un tanto curioso.
—Feliz año nuevo —le dije, tras escuchar los primeros festejos provenientes de los interiores de las casitas del pueblo.
—Feliz año —respondió ella, sonriente, deteniendo el paso y dándome un tierno abrazo.
Más allá de las circunstancias, no dejaba de sentirse raro tener que despedir el año de esa manera. Ahí, en la calle, sin una copa en la mano y escuchando cómo todo el mundo disfrutaba a nuestro alrededor mientras nosotros caminábamos sin un rumbo establecido en un pueblo dejado de la mano de Dios. Y aquella sensación de rareza se agudizaba al situarme mentalmente doce meses atrás, junto a Rocío también, en su restaurante favorito. Sólo los dos. Sólo ella y yo, regocijándonos en nuestra felicidad, totalmente ajenos a lo que nos tenía preparado la vida en un futuro no tan lejano.
Y no pude evitar sonreír al pensar en ello mientras retomábamos la caminata.
—¿Por qué te ríes ahora? —me preguntó, ya recuperada del ataque de risa. Muy tranquila a simple vista, con su timidez habitual, aunque queriendo demostrarme que quería seguir comunicándose conmigo.
—Pues no lo sé, la verdad —respondí, sincero—. No deja de ser surrealista todo esto.
—Un poquito sí —caviló, perdiendo su mirada en el cielo durante unos segundos—. Pero supongo que era la única forma en la que podían suceder las cosas, ¿no?
—Sí... ¿verdad? —asentí, pensativo.
Tenía razón. ¿De qué otra forma iba a suceder todo sino? Llevábamos meses encerrados en una vorágine de caos y desorden de la cual no parecía haber escapatoria. Nadie en su sano juicio se hubiese atrevido jamás a asegurarnos que transitaríamos aquella reunión sin dificultades. No al menos después de los últimos acontecimientos.
No obstante, me negaba a creer que las cosas, a partir de ese momento, no podían mejorar. Sobre todo, por lo bien que me encontraba, por lo bien que la veía a ella. Estar tan cerca de cumplir el objetivo por el que había acudido a aquel sitio me tenía… ¿feliz? Sí, puede que esa fuese la palabra. Feliz por sentir que por fin algo podía llegar a salir bien. Feliz por estar caminando junto al motivo de todas mis preocupaciones, riendo y charlando despreocupadamente como si nada hubiese pasado. Feliz por no sentirme asustado y perdido después de tanto tiempo.
Y sé que los sabelotodo me llamarán tonto, ingenuo, iluso... Sé que me dirán que ante mí tenía la oportunidad de acorralar a la persona que me había engañado, pisoteado y humillado, para que por fin me dijera lo que necesitaba saber. Que por fin podía desquitarme y pedir las explicaciones que nunca se me habían dado. Sé que me dirán que ese era el momento perfecto para cerrar aquella etapa tan desastrosa de mi vida, para arrancarme a los tirones esos fantasmas que llevaban tantos días consumiéndome por dentro, aunque aquello significara cargarme ese momento tan bonito que estaba viviendo después de tantos otros para el olvido.
Pero no… No tenía sentido. ¿A son de qué? ¿Para buscar qué? ¿Por qué apresurar las cosas? ¿Por qué buscar pleito en un momento tan guay? No estaba enfadado ni me quería enfadar. No estaba triste ni quería estarlo. Aquella charla llegaría a lo largo de la noche, eso era algo inevitable. Lo sabía yo y lo sabía ella. Pero todavía no era el momento. Y mucho menos después de cómo acabábamos de salir de casa de Aura. No, pasaba completamente. Antes tenía que encontrar la forma de disculparme por haber reaccionado de esa forma tan patética después de que su hermana me sacara un tema que jamás me hubiese imaginado pudiese llegar a sacar. Y es que era así, nunca me preparé para tener esa charla con Noelia. Y ya no solo por ser algo que llevaba meses intentando borrar de mis recuerdos, sino porque también sabía, gracias a Luciano, lo que le había costado a ella recuperarse de todo aquello. Por eso me cogió tan desprevenido. Por eso me paralicé. Por eso tuvo que venir Rocío a salvarme… Por eso me daba tanta vergüenza volver a sacar ese tema.
La veía caminar, sin levantar mucho la mirada, alternando alguna sonrisita con gestos propios de su eterna timidez. Por momentos parecía querer comenzar a hablar, pero inmediatamente desistía. Era evidente que todavía no sabía cómo tratar exactamente conmigo y, sin embargo, seguía batallando consigo misma para encontrar la mejor forma de hacerlo. Y me sentí estúpido. Verla tan decidida, tan comprometida con la causa… Y yo dando lástima al primer encontronazo fuerte con su hermana. Ya era hora de dar el primer paso.
—Perdón por el espectáculo de antes… —dije al fin, decidido, mientras pasábamos por la placita en la que había estado antes con Noelia.
—Calla, tonto… —respondió ella, bajando la mirada—. La culpa es mía… Tendría que haber puesto a Noe y Aura en su lugar hacía mucho tiempo ya.
—Tarea nada fácil, tratándose de tu hermana… —añadí.
—Pues lo tendría que haber hecho igual… —suspiró, resignada—. Noe llevaba planeando todo esto desde el primer momento… Sabía qué temas tocar, qué temas no tocar… Todo perfectamente orquestado con Aura. No tenías ninguna posibilidad de salir bien parado de esa.
—Joder… —murmuré, arqueando un poco las cejas.
—O sea —aclaró, al instante—. Con esto no quiero que pienses mal de Noe, tampoco de Aura… Todo esto lo organizaron así por mí. Quiero decir, no porque yo se lo pidiera, sino porque ellas creían que era lo mejor para mí. Ellas tienen metidas ciertas ideas en la cabeza y… pues eso.
—Entiendo…
Se hizo un ratito de silencio. Rocío se creía que me contaba alguna novedad, lo que no sabía era que mis amigos y yo ya nos habíamos anticipado a gran parte de los planes de aquellas dos. Por eso, si bien me impactó un poco saber que mucho no nos habíamos alejado de la realidad en nuestras suposiciones, nada de lo que me estaba contando me sorprendía en demasía. Eso sí, tampoco se lo iba a decir, pero sí que iba a intentar que no se sintiera tan responsable por algo que, estaba convencido, ella no tenía ninguna culpa.
—¿Estás enfadado? —preguntó entonces, mirándome de reojo, tímida.
—¿Yo? —reí—. Qué va… Es que estaba pensando en que igual hubiese sido mejor hacer las cosas de otra manera.
—¿A qué te refieres?
—Que tendría que haberla organizado yo esta reunión. Fue un error dejar que tu hermana y Lucho se encargaran de todo.
—¿Y tú crees que Noelia hubiese aceptado? No, Benja... —volvió a suspirar, hizo una pausa, se acomodó un poco el cabello, se tomó su tiempo—. Como ya te he dicho... las cosas sólo podían suceder de una manera.
—Eso es lo que llevan meses intentando hacernos creer, Ro… Que sólo ellos están capacitados para decidir sobre nuestro futuro.
—Puede ser…
—Bueno —dije entonces—, ya no tiene sentido buscar responsables. Lo que sí me gustaría es buscar un sitio en el que podamos ponernos cómodos, ¿no te parece?
—Eh… —me miró, se sorprendió— V-Vale…
—¿Se te ocurre algún lugar?
—Pues…
La bombilla se me encendió y los ojos se me iluminaron. Me convenció tanto lo que se me ocurrió que no dudé ni un segundo en cogerla de la mano y llevarla calle abajo con desesperación y, a su vez, mucha ilusión. Ella, seguramente con la respuesta a mi pregunta un tanto atragantada, me siguió el paso a duras penas y sin hacer preguntas, confiando en mí con en nuestros mejores días juntos. Y no me detuve hasta que no divisé, allí en la lejanía, mi coche, esperándome justo en dónde lo había dejado.
—¿Me das un segundo? Voy a hacer una llamada —le dije, sin separarme ni un milímetro de ella.
—S-Sí... Claro.
Ella confiaba en mí, me lo dejó muy claro al abandonar la seguridad de su casa para venirse a la aventura conmigo. Así que yo iba a confiar en ella. Nada de secretos. No era noche para secretos. Era noche para confiar y dejarse llevar. Por eso saqué el móvil y marqué el número de Luciano delante de ella.
—¿Lucho? —pregunté, mientras me acomodaba junto al mirador, rezando porque la cobertura me permitiera hablar por lo menos unos cuantos segundos—. ¿Me oyes?
—¡Benjamín, hijo de puta! —exclamó, dando claras muestras de estar mordiéndose los labios para no gritar—. ¡¿Se puede saber dónde cojones estás?!
—Cálmate —le dije, lo más sereno que pude—. Estamos en la entrada del pueblo. Nos vamos por ahí.
—¡¿Me estás vacilando?! —clamó, alterado, haciendo un nuevo y evidente esfuerzo por no levantar el tono de voz—. ¡Noelia lleva media hora encerrada en su habitación con la otra subnormal y yo estoy aquí como un idiota sin saber qué hacer! ¡Te imploro que vuelvas aquí y hagamos como si nada hubiera pasado!
—Lo siento, amigo —dije, mirando por el rabillo del ojo a Rocío, que me miraba expectante, muy atenta también a la conversación—. Vamos a buscar un sitio en el que podamos hablar tranquilos, sin que nadie nos moleste.
—Me cago en tus putos muertos, Benjamín... Este no era el plan.
—Me suda los cojones el plan —le solté, ya sin tapujos—. Y me sudan los cojones Noelia y Aura... Y si te me sigues poniendo tonto, también me sobra sudor para ti.
—Me vas bajando el tonito, gilipollas —respondió, a todas luces cabreado—. Que todo lo que hemos hecho hasta ahora es por tu bien y el de la cría esa. Si estamos así de pesados es porque no queremos que terminen como la última vez.
—¿Qué? —pregunté, haciendo una mueca de enfado—. ¿Por qué siempre todo tiene que ir sobre ustedes? ¿No te alcanza con que te agradezca ochenta veces por día? Podrían dejarnos en paz un ratito, para variar, ¿no crees?
—Vuelve aquí y lo hablamos como se debe.
—No voy a volver a ningún lado. No al menos hasta que terminemos de hablar —afirmé, seguro, mirando a una Rocío a la cual le brillaba la mirada—. Entonces, dime, ¿cuento con tu apoyo o no?
—Eres el cabronazo más testarudo que he conocido en toda mi puta vida —suspiró, e hizo un silencio—. Haz lo que tengas que hacer. Pero mañana te quiero aquí, que tienes que llevarme a casa.
—Hecho. Y gracias, tío. Sabes que te quiero mucho.
—Y yo a ti, desgraciado.
Colgué. Cerré los ojos y respiré. Abrí los ojos y miré a Rocío. Ella me esquivó la mirada y agachó la cabeza. Un fuerte rubor maquillaba sus ya de por sí rosadas mejillas. Sonreí. No tenía ni la más remota idea de qué pasaba por su cabeza ni el motivo de su sonrojo, pero sonreí igual. Lo único que importaba a partir de ahí era que ya no le debíamos nada a nadie. Y que, por sobre todas las cosas, por fin estábamos solos.
—¿Vamos? —le dije.
—Vamos —me dijo.
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Jueves, 1 de enero del 2015 - 00:30 hs. - Traumas.
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Activé el GPS y me dejé llevar. Nos dejamos llevar. Con el beneplácito de mi acompañante, me puse en búsqueda de un lugar que nos satisficiera tanto visual como espiritualmente. La cosa era conducir hasta decir es aquí. Luego ya veríamos cómo continuarían las cosas. Pero, por lo pronto, teníamos que encontrar el lugar adecuado para que todo pudiera fluir bien. Porque el plan era simple: pasarlo bien. No quería tensión, no quería incomodidad. Ella estaba nerviosa y lo último que quería era que se volviera a cerrar como al principio de la noche. La noche era larga y era nuestra. Teníamos todo el tiempo del mundo para comenzar el año de la forma más cómoda y alegre posible.
—Me gustaría pillar unas birras —le dije, apenas salimos del pueblo—. ¿Crees que haya algo abierto por algún lado?
—Por aquí cerca ya te digo yo que a estas horas no... —respondió, pensativa—. A media hora de aquí está la ciudad más cercana.
—¿Vamos? Si total es temprano.
—Por mí...
Sin más, pusimos rumbo a la ciudad más cercana, que estaba a unos 45 kilómetros de dónde nos encontrábamos. La carretera estaba tranquila, desierta, iluminada a duras penas por una farola cada 50 metros, pero perfectamente transitable. Nosotros, muy en armonía con los casi inexistentes sonidos de la noche, permanecíamos en silencio, cada uno refugiado en sus propios pensamientos, en sus propias emociones, tomando noción de todo lo que estaba pasando en ese momento. Cada tanto la miraba, ahí, apoyada contra la ventanilla, con la mirada perdida en la espesa negrura de la noche. No había que ser un genio para darse cuenta de que no sólo estaba nerviosa, sino también preocupada. Y era normal, porque detrás había dejado a su hermana, a saber en qué condiciones, para irse por ahí con un tío que, por más que aparentara lo contrario, no parecía del todo seguro de lo que estaba haciendo. Opté por no molestarla en lo que quedara de trayecto. Le di su espacio, dejé que pensara, que pusiera en orden sus ideas. El ambiente había cambiado de forma radical y ambos íbamos a tener que adaptarnos lo más rápido posible a él.
No volví a abrir la boca hasta que, a eso de la una de la madrugada, llegamos a la gran ciudad. Ciudad que, cómo no, se había vestido de gala para recibir el año nuevo. Una multitud de personas preparadas para la ocasión iban y venían por todos lados. Las risas y los gritos del excitado gentío ensordecían las calles junto a la música y las bocinas de los coches. Ya todo el mundo había cumplido con sus compromisos familiares y ahora tocaba desmadrarse con amigos y desconocidos. Mientras intentábamos avanzar por la abarrotada zona céntrica, vimos de soslayo un 24 horas. No hubo que decir nada más. Continuamos avanzando hasta que, por fin, vimos un aparcamiento no muy lejos de nuestro destino, justo al lado de un pequeño pub irlandés donde parecía que había muy buen ambiente. La posibilidad de quedarnos un rato por allí no me desagradaba, pero también tenía que ver si a Rocío le gustaba la idea.
Me bajé del coche y me topé de bruces con la realidad del exterior. La gente, literalmente, iba y venía por todos lados. El ruido que provocaba la mezcla de música proveniente de cada uno de los vehículos que pasaba por ahí era tan asfixiante que las manos se me iban solas a los oídos como acto reflejo. Caminé hasta la puerta del copiloto y abrí la puerta para que Rocío pudiera bajar. Ella salió con cuidado, sujetando la parte del vestido que le dejaba al descubierto medio muslo y asegurándose de que la gabardina que llevaba puesta no se enredara con ningún saliente de los bajos del coche.
—¿Vamos? —le dije, ofreciéndole el brazo.
—Vamos —me dijo, nerviosa, con un hilo de voz casi imperceptible.
Rocío me cogió del brazo y comenzamos a caminar muy pegados y muy atentos de no chocarnos contra nadie. La calle estaba abarrotada de verdad, no exagero. Y a nadie parecía importarle absolutamente nada. Cada persona, cada pareja, cada grupo, iban absortos en su propio mundo, en su propia galaxia, en su propio universo. Y todos bien vestidos. Era una locura. Persona que veíamos, persona que iba de etiqueta. Y sentí un gran alivio por estar a la altura. No por mí, sino por Rocío. Por más que estuviera tapada por esa negra y larga gabardina, podías intuir a simple vista lo arreglada que estaba. Su larga cabellera de película y su maquillaje de anuncio de televisión era suficiente para hacer de ella la mujer más bella de todas las que pudiéramos cruzarnos, con muchísima diferencia.
—¿Estás bien? —le pregunté, pegándome lo más que pude a su oído.
—Sí —contestó, seria, mientras buscaba con ahínco el único botón con el que podía cerrarse el abrigo.
Continuamos caminando, esquivando personas de toda clase y edad. Se hacía complicado, hasta exasperante, pero, a su vez, agradable. ¿Cómo explicarlo? Fue en ascendencia. Una sensación de satisfacción, de libertad, de felicidad, me empezó a recorrer el cuerpo desde la coronilla hasta los pies. Una euforia única me atravesó de arriba abajo como hacía mucho no sucedía. Los motivos eran, a todas luces, clarísimos. ¿Hacía cuánto que no vivía algo así? ¿Hacía cuánto que no hacía algo tan normal como salir a la calle para algo que no fuera ir al trabajo? Y, encima, junto a ella… ¿Hacía cuánto? Sí… la palabra era felicidad. Y no podía evitar sonreír mientras pasábamos por los escaparates y nos veía tan juntos, tan despreocupados, tan libres… Tantas cosas, tantos recuerdos, tantas sensaciones regresando a mí tan violentamente, tan a la vez… Sentirla tan cerca, tan pero tan cerca… El poder deleitarme con el dulce aroma de su cabello… El sentir el roce, la suavidad y rotundidad de su pecho apretándose contra mi brazo… El hecho de sentirme el rey del mundo, el emperador de la galaxia, el amo de todo el universo, por el sólo hecho de abrirme paso entre tanta gente con semejante mujer a mi lado… Eran tantas, pero tantas cosas que volvían a la vez…
Y ya era imposible ignorar ese maldito cosquilleo…
Sin embargo, esas preocupaciones eran sólo las de un necio, las de alguien que se encontraba totalmente ajeno a la realidad. A ella, a mi acompañante, la atormentaban otras cosas, muchas más además del maldito botón de su chaqueta el cual parecía haber desaparecido. Y no me di cuenta de ello hasta que las señales no comenzaron a ser evidentes, a prueba de tontos. A medida que fuimos avanzando entre la muchedumbre, su brazo se iba enrollando cada vez más con el mío cual serpiente sobre su presa y su cuerpo hacía lo propio sobre el mío, como si algo la aterrara de verdad. Busqué su mirada, pero ella no levantaba la cabeza. Iba guiándose siguiendo el movimiento de sus propios pies, abstraída completamente de su alrededor. Cualquiera podría haber pensado que sus miedos yacían en la posibilidad de separarse de mí y perderse, pero aquello iba mucho, pero mucho más allá de un motivo tan banal como ese. Llegamos al primer paso de peatones y me cogió la mano antes de cruzar. Me cogió la mano y la escondió junto a la suya en el bolsillo de mi chaqueta, apretando como si no hubiera un mañana.
Temblaba. Rocío temblaba.
Busqué su mirada nuevamente, encontrándome una vez más con la barrera de su melena cayendo por el costado de su carita. Descartada completamente la idea de quedarnos en algún recinto nocturno, llegamos al 24 horas. Le pregunté si quería esperarme afuera, pero se negó. Yo estaba perdido, y empezaba a sentir miedo. No sabía qué le pasaba ni cómo solucionarlo. Entramos en la tienda juntos y de la mano. Pasamos desapercibidos. Mucha gente entraba y salía. Rocío me estrangulaba la mano y escondía la mirada cada vez que pasábamos junto a alguien. Recién ahí creí empezar a comprender qué estaba sucediendo. Apreté su mano con fuerza y alcé la cabeza por ella y por mí. Ella se estremeció, pero no me soltó. Continuamos caminando por los pasillos del establecimiento mientras decidía qué coger y qué no. Busqué su aprobación sólo con gestos, sin usar palabras. Ella asentía o negaba con la cabeza. Cuando ya teníamos todo, nos acercamos a la caja a pagar. El chico que atendía nos miraba de frente. Ella me soltó la mano y se cerró el abrigo con desesperación, como si tuviera mucho frío, o como si quisiera ocultar algo, sin importarle lo sospechoso que pudiera parecer aquel movimiento para el dependiente, que ni se inmutó. Algo nervioso, pagué y volví a coger la mano de Rocío, que nunca había dejado de temblar. Salimos de la tienda y recorrimos el mismo camino de vuelta mucho más seguros y veloces. Llegamos al coche. Abrí su puerta, la ayudé a sentarse. Se tomó su tiempo. Yo la esperé. Se relajó. Cruzamos las miradas de forma fugaz y me agradeció sin tener que separar los labios. Me monté en mi lugar. Ella cerró los ojos y se quedó varios segundos así. Luego suspiró, se acomodó la gabardina, a la cual le faltaba el único botón que alguna vez la hubiere decorado, me miró y me regaló la más bella de sus sonrisas intentando cubrirse como podía la cicatriz en forma de ‘s’ que coronaba lo alto de su ceja derecha, y de cuya existencia me había olvidado por completo.
Entendía todo. Ya lo entendía todo.
Puse en marcha el coche y me apresuré en salir de aquel lugar que había resultado ser el mismísimo infierno para mi acompañante. Una vez fuera, una vez lejos del bullicio y de las luces, aparqué en un costado y me focalicé en pensar un plan para arreglar todo lo que se acababa de romper en ese corto, pero turbulento trayecto. Abrí el GPS y me puse a buscar, sin ton ni son, algún lugar que pudiera servirnos para lo que habíamos ido a buscar. Pero no sabía lo que hacía, ni lo que buscaba. Estaba nervioso. Ahora sí que estaba nervioso. Y todas mis fuerzas se iban a que ella no lo notara. En vano, totalmente en vano, porque en cualquier momento se daría cuenta y entonces su sustento emocional se convertiría en una carga para ella, cosa que no podía permitir.
Demasiada información en tan poco tiempo. Demasiadas cosas para las que no me había preparado. Todo había cambiado. Absolutamente todo.
—Hay un río por aquí cerca.
De pronto su voz; su pacífica y tranquila voz. De pronto su mano; su tierna y suave mano acariciando la mía, que temblaba sobre el GPS sin saber cómo continuar.
—Bueno, no es un río —continuó—. Es un arroyito que se va ensanchando a medida que te vas adentrando en la naturaleza. Puedes aparcar en la orilla. Es un sitio muy guay.
Sólo pude asentir, sorprendido por la repentina e inesperada muestra de iniciativa de Rocío. Ella se encogió y ruborizó al no obtener una respuesta rápida de mí. Y yo, en un rápido y acertado movimiento, disimulé un poco esa tardanza haciendo como que todavía no sabía utilizar del todo bien ese GPS. Y digo que acertado no porque colara, sino porque fue tan malo como excusa que provoqué una risilla súper traviesa en ella que, no sólo me trajo tranquilidad a mí, sino también a la propia Rocío.
Me reí yo también, de forma un tanto torpe, sólo para seguirle un poco la corriente. Aunque, en el fondo, me sentía como un absoluto idiota por haber vuelto a perder los nervios a las primeras de cambio. Tenía que espabilar de una vez y darme cuenta de que nada tenía que temer ya llegados a ese punto. Rocío estaba comprometida al máximo y no paraba de hacérmelo saber con situaciones como esa. Sólo tenía que dejarme llevar y que el universo hiciera el resto. Y, por supuesto, no volver a pasar por alto aquellos traumas que todavía no la dejaban volver a ser ella misma del todo.
Me centré y me puse en marcha hacia nuestro nuevo destino. No fue muy difícil encontrar el camino hacia el río. Eso sí, nos tomó otra media hora de viaje llegar hasta el punto en el que Rocío quería que aparcáramos. Nos detuvimos justo en el sitio donde el arroyo se volvía un lago de unas proporciones interesantes. Delante de nosotros, como si los árboles se hubiesen decidido a formarle su propio pasillo, se alzaba una luna grande y amarilla, brillante y hermosa, que queriendo o no, solucionaba todos nuestros problemas de iluminación que ya hacía rato habían recaído sobre los faros delanteros de mí siempre fiel coche. En definitiva, el lugar era ideal y ni siquiera teníamos que abandonar el vehículo, para desgracia de los mosquitos que llevarían frotándose las patas desde que nos vieran aparecer entre la húmeda maleza que ornamentaba el camino.
Y volvió a hacerse el silencio.
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