♓️ Piscis VI
Él espera que ella regrese, pero ella ya no mira hacia atrás. En la cama de su hermana, Daniel descubre que la traición también puede ser un refugio, y que el deseo no distingue entre el deber y la pasión.
La mañana amaneció con un aire distinto, cargado de expectación. Daniel había dormido poco, con la mente enredada entre el recuerdo del beso robado por Piscis y la voz de Victoria todavía resonando en su cabeza como una herida mal cerrada. Se vistió despacio, con torpeza, acostumbrándose todavía a la muleta y a la sensación de debilidad en las piernas. La luz que entraba por la ventana parecía burlarse de su insomnio: demasiado brillante, demasiado sincera para un corazón que apenas sabía dónde apoyarse.
Gerardo lo recogió temprano junto a Estela, y con ellos iba Piscis, radiante, con un vestido ligero que la hacía parecer parte del cuadro que esa mañana presentarían en la exposición. Daniel no apartaba los ojos de ella, aunque se esforzaba en fingir interés por la conversación de sus amigos. Cada gesto de Piscis, cada risa leve, era un recordatorio de que su vida estaba deslizándose a un terreno nuevo, incierto, vertiginoso.
La galería estaba dividida en nueve salas, cada una asignada a un artista emergente. Al entrar, Daniel sintió de inmediato que algo gravitaba en el aire, un magnetismo que arrastraba a los visitantes hacia un rincón específico. Y allí estaba Piscis, delante de su cuadro más comentado: los koi en un estanque, brillando bajo un juego de luces que parecía darles movimiento real. El rumor de la multitud se espesaba frente a aquella obra, como si todos compartieran una misma fascinación.
Piscis, al notar a Daniel cerca, se inclinó hacia él y, con una voz baja y clara, le susurró:
—Ese lo pinté por ti.
Gerardo arqueó una ceja, divertido, y Estela sonrió con picardía. Daniel, en cambio, se quedó mudo, atrapado entre el asombro y el rubor. Cuando sus amigos avanzaron hacia la siguiente sala, él se inclinó un poco hacia ella y dijo en voz baja:
—Ese… ese es un sueño mío. Los koi en un estanque.
—Lo sé, Dani.
—¿Cómo?
Se arrepintió enseguida, pero ya lo había dicho
bajó la mirada un segundo antes de alzarla con una sinceridad que desarmaba.
—La primera noche que me quedé en tu apartamento miré tus fotos, tus proyectos, y todas tus cosas. Incluso el informe médico. Pero te juro que el collar del yin yang me lo regaló mi difunta abuela.
Daniel sintió un golpe seco en el estómago. Su rostro se endureció.
—lo que hiciste no está bien.
Piscis no retrocedió, pero en su mirada apareció un destello de culpa.
—Lo siento… si iba a estar contigo necesitaba conocerte.
—Aun así, es privado.
Un silencio denso los envolvió. Daniel apretó la mandíbula, mirando el cuadro como si buscara refugio en los peces inmóviles. Entonces Piscis, con un gesto delicado, le tomó el rostro entre sus manos y lo besó suavemente, con esa carita de niña buena que era su manera de pedir perdón.
—¿Me perdonas, por fa?
Daniel se puso rojo como un tomate. No pudo responder de inmediato; ella, al notar su debilidad, se mordió el labio con una mezcla de travesura y ternura.
—Eres como un niño… y me encantas.
Antes de que él pudiera reaccionar, Piscis empujó su silla de ruedas con una risa cómplice.
—Vamos con Gerardo antes de que te dé algo.
La complicidad entre ellos se volvió evidente, incluso para Estela y Gerardo, que los miraban de reojo con sonrisas divertidas. Sabían que Piscis era la hermana de Victoria, y aun así no ocultaron sus bromas:
—Hacéis mejor pareja que muchos que conozco —dijo Estela.
Piscis, para sorpresa de Daniel, se sonrojó.
—¡Ja, ja, ja! Mira quién se puso roja —rió Daniel, hasta que un pellizco inesperado lo hizo callar.
—¡Ayyyy, joder! Estoy convaleciente…
Las carcajadas de todos rompieron la tensión.
Esa noche, cuando la casa se sumió en silencio y Piscis se dirigía a la habitación de invitados, Daniel la llamó desde su puerta entreabierta.
—Piscis… ¿te gustaría dormir conmigo?
Ella lo miró fija, con un gesto entre desconfiado y divertido.
—No soy de esa clase de chicas.
—¡No, no! —Daniel agitó la mano, nervioso—. Digo que… que me hagas compañía. Cuando te vas… te extraño.
La sinceridad le salió con un nudo en la garganta. Piscis parpadeó, sorprendida, y sus ojos se llenaron de un brillo húmedo.
—Yo también te extraño… pero desde que murió Hans no he vuelto a estar con nadie, y no sé si pueda.
Daniel tragó saliva.
—Por favor… inténtalo.
Ella suspiró, sonriendo con una dulzura resignada.
—Te estoy malcriando demasiado.
—Dijiste que soy tu niño, ¿lo recuerdas?
—Dije que eras como un niño, no que eras mi niño.
—Vale.
Con ese “vale” Daniel dio media vuelta con la muleta, cabizbajo, y entró a su cuarto. Ella también se retiró, aunque con el corazón encogido.
Daniel se tumbó en la cama, abrió su portátil e intentó distraerse revisando el proyecto que llevaba semanas puliendo. Estaba tan concentrado que no notó cuándo Piscis, en silencio, entró en su habitación y se metió bajo las sábanas a su lado.
—Si me tocas, te empujo fuera de la cama —dijo ella, fingiendo severidad.
Él soltó una carcajada.
—¿Soy tu niño?
—Aún no.
—Gracias —susurró Daniel con sinceridad.
Ella se acurrucó en su pecho y él apartó un poco la pantalla para que la luz no la molestara.
—¿Qué miras?
—El proyecto.
—Explícamelo.
Daniel la miró incrédulo.
—¿En serio?
—Sí, claro.
Y entonces se desbordó. Nunca Victoria, había mostrado verdadero interés en su trabajo. Hablarle de su proyecto fue como abrir una compuerta. Le explicó cada parte, cada diseño, cada función, y ella escuchó con atención genuina. Al terminar, Piscis se levantó de golpe, con los ojos brillando.
—¡Daniel, esto es revolucionario! En serio, es brillante. Sabía que eras inteligente, pero me quedé corta.
Él sonrió tímidamente.
—Quiero presentarlo pasado mañana en la Expo de tecnología médica.
—Joder… serás el ganador de calle.
—No sé, ya veremos.
—La programación… ¿la hizo Gerardo?
—Sí. Es un friki, pero brillante.
—Joder, sí que lo es. Yo estudié diseño gráfico donde vi algo de programación, pero esto está a años luz.
Daniel se rió.
—Mira quién habla.
Ella le dio un golpecito juguetón.
—Mañana te voy a sacar de tus números y tus programaciones.
—¿Dónde me vas a llevar?
—Será sorpresa.
Al amanecer, Piscis lo llevó al zoológico. Lo empujaba en la silla de ruedas entre familias y turistas, riéndose de sus comentarios sarcásticos sobre los animales. Más tarde lo arrastró a un pequeño teatro, y en la tarde se animaron a jugar a los bolos, y aunque se mantuvo de pie bastante bien, al rato llegaron los mareos. Al caer la noche, lo llevó al paseo marítimo, donde la brisa olía a sal y promesas.
Se levantó de la silla y Caminaron juntos por un muelle de madera, hasta el extremo donde el mar se abría inmenso bajo la luna llena. Allí apoyado a la barandilla, Daniel la besó. Esta vez sin urgencia, sin la torpeza del primer roce, sino con la dulzura contenida de alguien que por fin se atreve. Piscis correspondió, entregada.
Entonces sonó el teléfono. Victoria.
El mundo se quebró. Piscis contestó con el ceño fruncido.
—¿Cómo que le dieron el alta y no me dices nada? —la voz de su hermana estalló furiosa al otro lado.
—¿Para qué? ¿Acaso te importa?
—¡Claro que me importa!
—Te acuestas con otro y tienes el descaro de molestarte.
Un silencio pesado. Luego, la confesión de Victoria.
—Yo y Oliver… fue un error. Estaba cegada por lo que vivimos. En mis adentros lo sabía y ahora me arrepiento.
Piscis apretó los dientes.
—¿Qué te pasó?
—Ese idiota se puso a coquetear con la camarera del restaurante. Fui al baño y al regresar lo pillé.
—Mejor tarde que nunca.
—Sí, pero necesitaba saber lo que sentía. Estaba dividida entre los dos.
Piscis rió sin humor.
—¿Y después de acostarte una semana con él… por fin lo sabes?
—Joder, hermana, dicho así suena como si fuera una puta.
—Suena a lo que es.
—Coño…
Victoria colgó. Piscis bajó el móvil y miró a Daniel. Él sonrió, le dio otro beso y murmuró:
—Excelente.
—Ella va a regresar —dijo Piscis con un dejo de inquietud.
—Tenemos que ir preparándonos.
—Sí, ya lo había pensado.
El móvil vibró otra vez. - Victoria. Dijo con desdén
—Contéstale —dijo Daniel, con calma.
—¿Qué quieres? —respondió Piscis, seca.
—Vale, discúlpame. Sí, es verdad, me porté como una mierda. Dime cómo está.
—Mejor. Ya le dieron el alta y guarda reposo en casa.
—Hermana… si te pide estar juntos, por favor dile que no.
Piscis respiró hondo antes de responder con un filo helado:
—Victoria… no todas somos tan putas como tú.
Del otro lado hubo un silencio tenso, como si la hermana se tragara su orgullo. Piscis silenció el micrófono, rió con ganas, y se inclinó para darle un pico a Daniel.
—Estoy disfrutando esto.
Volvió a la llamada.
—Sí, dime.
—Mira… alquilé otra habitación. Esta noche no voy a dormir con él.
Piscis se burló.
—¿No que era el mejor en la cama, que la tenía enorme y todo eso? ¿Cómo vas a dormir sola?
—Joder, sí, es bueno… pero su sexo salvaje no se compara con el de Dani. Extraño sus besos, sus caricias.
Piscis la dejó hablar, entretenida por la ironía.
—Bueno, ¿qué quieres?
—¿me podrías enviar una foto de él cuando esté dormido? Lo extraño mucho.
—No. Si quieres verlo, regresa.
— hermana… la próxima semana regreso.
—¿Por qué la próxima y no ahora?
—Oliver cumple años el domingo y le prometí pasarlo juntos en París.
Piscis rió, cruel.
— das asco. Adiós.
Colgó sin esperar respuesta. Daniel la miraba fascinado, sorprendido por la mezcla de dureza y ternura que coexistía en Piscis. Ella, en cambio, respiró hondo, como si acabara de ganar una batalla íntima.
El muelle quedó en silencio, salvo por el murmullo del mar. La luna iluminaba sus rostros, y por primera vez Daniel sintió que, pese a la tormenta que se avecinaba con el regreso de Victoria, había encontrado en Piscis un refugio inesperado, un lugar donde su fragilidad no era motivo de vergüenza, sino de ternura.
Y allí, en ese equilibrio precario entre la traición y la esperanza, entre la culpa y el deseo, el corazón de Daniel empezó a latir con una fuerza nueva.
La mañana de la exposición amaneció distinta. Daniel apenas había podido dormir. No era por la pierna, que aún dolía a ratos, ni tampoco por la muleta que lo acompañaba como un recordatorio persistente de su fragilidad. Era algo más profundo, un temblor en el pecho, una mezcla de ansiedad y esperanza. Gerardo había insistido en que debían asistir juntos, que su proyecto —ese que tantas noches habían pulido, corrigiendo errores, discutiendo códigos, reescribiendo líneas infinitas de programación— estaba listo para brillar. Y Daniel, a pesar de su timidez, lo sabía también: aquello era distinto.
Estela los animaba con entusiasmo, como si creyera más que ellos mismos en la victoria. Piscis, en cambio, caminaba junto a Daniel, su mirada fija en él, como si cada paso que daba él fuera una pequeña conquista suya. El lugar estaba repleto de stands, de jóvenes ingenieros y científicos mostrando invenciones de todos los tamaños. Había robots que resolvían laberintos, prótesis impresas en 3D, drones de diseño minimalista. Pero nada tenía el pulso, la necesidad vital del proyecto de Gerardo y Daniel.
Se trataba de un sistema médico, una interfaz que integraba monitoreo en tiempo real mediante nanosrobot vía sanguínea, dirigidos con un algoritmo complejo. Daniel lo explicaba con pasión, casi olvidando el dolor de su pierna al ver cómo los jueces se inclinaban hacia adelante, interesados, atentos. Piscis lo miraba desde un rincón, con esa sonrisa que desarmaba cualquier inseguridad suya, y Gerardo hablaba con la soltura de quien domina tanto la teoría como el lenguaje de los números.
La primera jornada cerró con una sensación extraña: ni Daniel ni Gerardo estaban del todo convencidos de haber impresionado lo suficiente. Había demasiado talento alrededor, demasiadas mentes brillantes. Pero al segundo día, cuando anunciaron a los ganadores, el nombre de ellos retumbó en la sala: primer premio.
Los flashes de las cámaras los cegaron por un instante. Estela gritó, Piscis aplaudió con un entusiasmo que parecía un estallido, y Gerardo abrazó a Daniel como pocas veces lo había hecho, con verdadera emoción. Daniel apenas podía reaccionar. Estaba feliz, claro, pero al mismo tiempo había una sombra en su interior, un miedo de que aquello fuera demasiado para él, que la vida le estuviera dando algo que tarde o temprano le iba a arrancar de las manos.
En medio de la euforia, un hombre de traje oscuro, cabello cano y ojos rasgados se abrió paso entre la multitud. Caminaba con la calma de quien carga una certeza y, al mismo tiempo, con un temblor en los labios que lo traicionaba. Se presentó como Li Zheng, director de una multinacional china del sector tecnológico. Los organizadores parecían honrados con su presencia, pero lo que nadie esperaba era lo que sucedió después.
Cuando sus ojos se posaron en Daniel, el hombre palideció. Durante unos segundos lo observó sin parpadear, como si la realidad se le escapara. Dio un paso hacia atrás, otro hacia adelante y, sin previo aviso, se desplomó en el suelo. El murmullo de la sala se transformó en un grito colectivo. Daniel, instintivamente, quiso levantarlo, pero Piscis lo detuvo y fueron los guardaespaldas quienes auxiliaron al empresario.
Cuando recobró el sentido, Li Zheng pidió un vaso de agua y, con la voz temblorosa, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una fotografía doblada por los bordes. La sostuvo con manos temblorosas frente a Daniel.
—Este… este era mi hermano —dijo, y el aire de la sala se congeló.
Daniel miró la imagen y sintió un golpe seco en el estómago. Era su propio rostro. Tal vez unos años mayor, con una expresión distinta, pero inconfundible. Gerardo y Estela se miraron incrédulos. Piscis apretó la mano de Daniel, como temiendo que se derrumbara.
Li Zheng continuó, con pausas entre cada palabra, como si le costara desenterrar la historia:
—Mi hermano viajó a Estados Unidos hace muchos años. Cuando nuestro abuelo murió, tuve que regresar a China para encargarme de la empresa familiar. Él se quedó buscando cliente, cerrando contratos… y más tarde me enteré de que tuvo un hijo. Cuando quise buscarlo, ya era tarde. Mi hermano sufrió un accidente doméstico, un resbalón en el baño. Murió de inmediato. Yo… yo busqué a su hijo por años, pero sin un nombre, sin registros claros, fue imposible. Hasta hoy.
El silencio que siguió pesó como plomo. Daniel apenas podía respirar. Cada palabra parecía arrancarle un trozo de la vida que había conocido hasta ese instante.
—Joven —dijo Li Zheng con solemnidad—, si las pruebas lo confirman, usted es heredero de la mitad de nuestra empresa. Es un derecho legal… y también un deber hacia mi hermano.
Daniel sintió que la sangre le abandonaba el rostro. Todo se volvió borroso. El murmullo de la sala, la mirada fija de Piscis, el orgullo confundido de Gerardo. Solo alcanzó a escuchar sus propias palabras en un hilo de voz:
—Necesito… necesito una prueba de ADN.
Li Zheng asintió con respeto. —Por supuesto. Le pido disculpas por la sorpresa, pero es necesario.
Las horas siguientes fueron un torbellino. En un laboratorio, usando una muestra de cabello del difunto que el empresario había conservado, se realizó la prueba. El resultado llegó al día siguiente, frío, inapelable: Daniel era su único hijo.
El mundo se le vino abajo. El patrimonio superaba los cinco mil millones de dólares. Era dueño, sin haberlo pedido, de un imperio.
Piscis, lejos de alegrarse, guardó silencio. Esa noche, ya en el apartamento, Daniel la encontró sentada en el borde de la cama, la mirada perdida en el suelo.
—¿Qué te pasa, Piscis? —preguntó con voz suave.
Ella lo miró con ojos húmedos, pero firmes. —Dani, la gente con dinero cambia. Se vuelven arrogantes, fríos. Y los hombres… se pierden en mujeres, en excesos. Te voy a perder.
Entonces Daniel lo entendió. No era envidia, no era distancia. Era miedo, y en ese miedo había un amor feroz.
Se acercó, tomó su rostro entre las manos. —Piscis, por más dinero que tenga… siempre seré tu niño, tu Dani. El mismo que conociste, el mismo que te necesita para caminar, para respirar.
Ella lo miró con una vulnerabilidad que pocas veces dejaba asomar. —Júramelo.
Él la abrazó fuerte. —Te lo juro.
El beso que siguió fue distinto. Ya no había juegos, ni complicidad de adolescentes. Era un beso cargado de promesas. Y de pronto, entre el temblor y la certeza, Piscis susurró:
—Dani… quiero hacer el amor contigo.
Él se quedó inmóvil, como si las palabras hubieran encendido todas sus dudas y deseos a la vez. —Y yo contigo.
Ella respiró hondo, temblando. —Ya va… desde que murió Hans no he podido estar con otro hombre. Cada vez que lo intentaba, venían sus recuerdos… y me rompían.
Daniel acarició su mejilla con una ternura infinita. —Podemos esperar. No quiero que te lastimes.
Ella negó con la cabeza, con los ojos brillantes. —No… contigo es distinto. Me has hecho volver a creer en el amor. Y te juro que no me importa tu dinero.
Él la miró fijamente. —Te creo.
Ella sonrió con dulzura. —No, no me crees del todo.
—Sí lo hago —insistió él—. Preferiste trabajar sola en Francia antes que doblegarte a tu familia. Eso me demostró que no eres materialista.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. —Gracias, Dani.
Se besaron de nuevo, esta vez sin miedo. La noche se abrió ante ellos con la lentitud de un ritual sagrado. No hubo prisa, ni hambre desmedida. Fueron caricias largas, temblorosas, como si ambos aprendieran a amar desde cero.
El ritual duró un par de horas. Dani casi recuperado aguantó lo que pudo quedando enredado entre las sábanas blancas, al tiempo que se dibujaba en la penumbra la similitud de una cola de koi. En contraste al otro extremo yacía Piscis con una bata de seda negra que caía en su cuerpo como un río oscuro sobre la cama, formando así, la imagen del otro pez. Era el yin y el yang, encontrados bajo la luna que entraba por la ventana.
Daniel, entre susurros y caricias, comprendió lo que estaba sucediendo: era el destino, la unión de dos heridas, dos soledades, que por fin encontraban consuelo la una en la otra. No era solo pasión; era redención, era la promesa de que incluso después del dolor y la pérdida, el amor podía renacer entre las cenizas.
En París Victoria compraba un vuelo de regreso planificado para el viernes. Día que se cumplirían tres semanas desde su partida. Antes irían a Roma Venecia y Praga. El problema fue que al regresar a París no encontró su pasaporte, era obvio que Oliver se lo había escondido. Lo maldijo, pero no le quedó de otra que esperar hasta el lunes para regresar.
Llamo hasta el cansancio a Piscis pro no respondió. Esa noche durmió en casa de sus padres. De madrugada tomó el coche de estos y se quedó frente a su apartamento, esperó y esperó
- Me cago en todo Piscis, donde te metes. gritó con amargura
Amaneció, pero nadie apareció. A las 10 am cansada de esperar tocó el portero, pero nadie respondió. Se animó a entrar, tomo el ascensor y caminó hasta su puerta la cual abrió con cautela. A primera vista todo estaba igual, pero al abrir el armario no vio la ropa de Daniel, Entró en pánico tampoco estaba sus objetos personales ni la foto de ellos en su mesa de noche. La llamo otra vez, nada. Desesperada regresó a casa de sus padres, donde lo intentó con el móvil que le prestó el jardinero.
-Hola
- zorra de mierda.
-Piscis respondió con voz apagada
- ¿Estás en casa de nuestros padres?
- Si
- Espérame, tenemos que hablar.
Continuará…
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