Xtories

Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 2.

La casa está llena de gente, pero la tensión solo existe entre dos. Benjamín sabe que esta noche debe hablar con Rocío, pero Noelia y Aura tienen otros planes. Cuando la paciencia se agota y las máscaras caen, solo queda una salida: irse.

Unidentified19K vistas9.4· 29 votos

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 22:10 hs. - Obstáculos.

• • •

Rocío estaba y a su vez no, pero no la culpaba. Aquél primer roce después de tanto tiempo sin vernos había sido demasiado fuerte en muchos sentidos diferentes como para no salir aturdidos de él. Esos sentimientos del pasado que creía haber enterrado en lo más profundo de mi ser, habían salido a flote y los tenía ahí mismo, delante de mí, guiándome y suplicándome para que cuidara de ese ser tan vulnerable e indefenso que tenía junto a mí. Jamás creí que podría volver a sentirme de esa manera estando con ella. No me importaba el pasado, no me importaba lo que había hecho o lo que había sucedido, ni siquiera me importaba que tuviera creciendo dentro de ella la prueba más fehaciente de que todos los males que habían estado azotando mi vida aquellos últimos meses eran culpa de ella.

En ese momento sólo quería asegurarme de que estuviese bien.

Y sabía que tendría que ser yo el que tomara la iniciativa si quería sacar algo de aquél primer contacto. Ella seguía recta como una muñeca de porcelana, con las piernas juntas y ambas manos descansando sobre ellas. Su mirada se perdía por momentos en la gran alfombra color burdeos con detalles dorados que decoraba el suelo del amplio salón de la casa de Aura. Luego en las grandes cortinas rojas que hacían juego con el amueblado de madera de cedro. Y hasta en el enorme ventilador de techo que también hacía las veces de candelabro situado justo encima de nosotros. Cualquier objetivo era bueno con tal de no tener que hacer contacto visual conmigo. Estaba tremendamente nerviosa y no podía ocultarlo. Y no tuve que forzarme en lo absoluto para dar ese paso al frente que requería la situación. No tenía miedo, ni me sentía nervioso o perdido. Sabía exactamente lo que tenía que hacer, cómo comportarme y cómo proceder... Me sentía total y absolutamente preparado para cualquier cosa que aquella noche tuviera destinada para mí.

—Estás preciosa —le dije, con una buena sonrisa, intentando encontrar sus ojitos entre la mata de pelo tras la cual se escondían.

—Gracias —respondió, enseguida, casi en un susurro—. Pero no es verdad...

—¿Que no es verdad? —reí—. ¿Me has visto a mí? Si yo te contara la bronca que nos echó tu hermana por no haber venido mejor vestidos...

Muy lentamente, muy despacio, Rocío comenzó a levantar la carita para poder verme mejor. Y no se detuvo hasta que nuestras miradas, por fin, volvieron a cruzarse. Bingo, pensé. Intenté estirar ese momento todo lo posible a pesar de que sus ojitos, todavía humedecidos, pedían a gritos romper el contacto visual conmigo. Y encontraron una excusa cuando, tonto de mí, me distraje un segundo por culpa de esa maldita cicatriz con forma de 's' que coronaba lo alto de su ceja derecha.

—No... —le dije enseguida—. Déjame verte..

—No quiero... —dijo ella, con un nuevo hilillo de voz—. Me da vergüenza.

—¿Estás segura de que es eso? —inquirí, tramposo—. ¿O es que no quieres ni verme a la cara?

—¡No! —exclamó, de inmediato, sin atreverse a volver a mirarme todavía—. Llevo toda la semana esperando este momento. Pero...

—No te preocupes —la tranquilicé, al ver que la situación la estaba sobrepasando de manera visible—. Sin prisas, ¿vale?

—Vale...

Aquello, sin duda alguna, iba a tomar mucho más tiempo de lo que imaginaba. Lo de las cicatrices era todo un tema. Si bien algo había llegado a mis oídos sobre que la recuperación no había ido del todo bien, debido a que en su momento no la llevamos a urgencias en tiempo y hora, jamás me esperé encontrármela así. Mucho menos me esperaba que aquello fuese a suponer un problema tan grande a la hora de poder comunicarme con ella. Pero, en definitiva, tenía sentido. Rocío era una chica joven, increíblemente atractiva, y la amenaza de tener que cargar con esas horribles marcas el resto de su vida debía tenerla más preocupada de la cuenta. No todo se trataba de mí, o de nosotros. Había muchas cosas a tener en cuenta y yo en ningún momento había pensado en ello. La realidad era mucho más cruda de lo que me había imaginado en un principio.

De todas formas, teníamos todo el tiempo del mundo aquella noche para intentar acomodarnos el uno al otro. O al menos es lo que haría yo para tratar de llevarme la mayor cantidad de cosas positivas de esa reunión a casa. Lo importante era que me sentía tranquilo, confiado y listo para hacer lo que tuviera que hacer.

—¿Qué tal la vida por aquí? —pregunté entonces, tanteando el terreno, buscando que se fuese soltando de a poco—. Tu hermana me dio un pequeño tour por la calle principal y... vaya diferencia con la ciudad.

—Ya... —dijo ella, aún apagada—. Aunque yo no salgo mucho a la calle... Así que tampoco es que el cambio me haya afectado mucho.

—Entiendo —asentí, pensativo—. ¿Y la convivencia con tu hermana? ¿Qué tal va eso? Me imagino que no debe ser nada fácil aguantar a Noelia a todas horas, ja.

—Qué va... —respondió, dejando entrever el comienzo de una pequeña sonrisa que finalmente quedó en una sutil amenaza—. No sé qué habría hecho sin Noe todos estos meses... Me ha ayudado muchísimo con todo.

—Sí, ¿verdad? —sonreí yo, de una manera un tanto exagerada, viendo si así conseguía contagiarla un poco—. Detrás de esa armadura de amazona que tanto le gusta ponerse hay un corazoncito hermoso. Yo lo sé también.

—Pues sí... —asintió, para luego alzar levemente la carita, amagando con volver a mirarme a los ojos, aunque no atreviéndose a pasar más allá de mi pecho—. Y tú... ¿Y tú cómo estás?

—¡Chicos, a cenar!

Siendo casi las diez y media de la noche, era normal que nuestra anfitriona tuviera prisa por cenar para que las campanadas no se nos echaran encima, pero que se pasase el contexto de aquella complicada charla que tanto me estaba costando sacar adelante por el forro de sus guantes de cocina... Intenté disimular la cara de odio lo mejor que pude cuando Aura llegó a nuestro lado y se llevó a Rocío con ella de la mano. Lo que no pude disimular fue el desconcierto con el que me quedé al no saber si esa chica entendía verdaderamente lo que se estaba cociendo en su salón en ese momento. Yo daba por hecho que Noelia la había puesto al tanto de todo, por si la cosa llegaba a ponerse fea durante la cena, pero ahora tenía mis serias dudas al respecto. Sobre todo cuando me encontré a mi cuñada pidiéndome perdón desde el marco de la puerta.

—Joder, Noelia... —le dije, mosqueado.

—¡Lo siento! —dijo ella, sin levantar la voz—. Es que dice que no va a volver a poner el solomillo a calentar por tercera vez. No la pude detener...

—Manda huevos.

Llegué al comedor, haciendo de tripas corazón para poner buena cara y no soltar ningún comentario al respecto sobre lo que acababa de suceder. Me senté en el primer lugar que vi libre, en el lado izquierdo de la mesa, dejándole la cabecera libre a la dueña de la casa. Rocío se sentó a mi lado, a mi izquierda, mientras que Noelia y Luciano se situaron frente a nosotros. Nadie movió un dedo, por mera cuestión de educación, hasta que Aura no se sentó con nosotros y nos dio la orden para comenzar.

—¡Pues bien, a comer! —dijo al fin, emocionada a más no poder, completamente ajena a todo lo que estaba pasando a su alrededor en ese momento.

Inmediatamente todos, Rocío incluida, cogieron los cubiertos y empezaron a dar los primeros bocados. La comida estaba buenísima, de escándalo, pero yo no podía evitar seguir pensando en todo lo que me quedaba por hacer aquella noche. Lo mismo parecía pasar con Rocío, que lentamente iba comiéndose la ensaladilla rusa con la que acompañábamos al solomillo, pero con la cabeza claramente en otro sitio. Noelia y Luciano, por otro lado, daban el ambiente necesario a aquella velada con sus típicas pullitas, peleas y contando cada tanto alguna anécdota de sus respectivos encuentros recientes de los cuales ya todos los ahí presentes estábamos al tanto.

Y la cosa marchaba relativamente bien, hasta que comenzó a marchar relativamente mal... Es decir, cuando Aura decidió centrar la atención de la conversación directamente en mí.

—¿Y tú qué, Benjamín? —dijo, de pronto, deslumbrándonos a todos con su radiante sonrisa—. ¿Qué tienes para contarnos?

—¿Yo? —pregunté, sorprendido—. Pues... poco, la verdad... Aprovechando ahora estas mini vacaciones, que el viernes hay que volver al trabajo.

—Hay que volver al trabajo, ¿eh? —repitió, entrecerrando un tanto los ojos—. Me han contado que tienes un puesto bastante importante en una empresa bastante importante.

—Eh... ¿Sí? —reí, no sin ciertas dudas sobre las intenciones de aquella afirmación—. Al final no dejo de ser otro peón más obedeciendo a cuatro gordos con traje.

—Sí, ¿no? —sonrió, muy inocentemente—. Pero debes cobrar una buena pasta, que es lo que vale.

—¡Aura! —intervino Noelia, entre forzadas risas—. ¡Es de mal gusto hablar de dinero! Me extraña de ti.

—¿Qué tiene de malo? Estamos en confianza, ¿no? Ojalá yo pudiera alardear de tener un buen sueldo... —rio también nuestra anfitriona, ante la atenta mirada de Luciano, al que se le estaba empezando a cambiar el gesto de forma considerable.

—De todas formas... —añadió Noelia—. Tú tampoco es que cobres muy mal en la cafetería... No creo que te puedas quejar.

—Me alcanza para sobrevivir y darme algún caprichito no muy caro de vez en cuando... —respondió, encogiéndose de hombros, justo antes de mirarme a mí—. Pero si quisiera mantener una casa, una pareja... y hasta un hijo... ¿Tú podrías, Benjamín? Quiero decir, ¿con tu sueldo podrías?

Nada más terminó de decir esto último, un estruendo en forma de cristal haciéndose añicos contra el suelo nos hizo sobresaltar a todos. Tras cagarse en sus propios muertos, Luciano, responsable directo del accidente, se levantó con la camisa empapada de vino y me llevó consigo al cuarto de baño bajo la excusa de que le dejara alguna de las mudas extra que había metido en mi bolso. Todo esto mientras las chicas se apresuraban a limpiar el desastre que había ocasionado mi amigo.

—Lo siento, no podía más —me dijo nada más cerramos la puerta del baño.

—No sé si agradecerte o decirte que estás como una cabra. O las dos cosas... —le dije, totalmente descolocado por ese giro repentino en los acontecimientos.

—Estas te van a intentar colar al crío —añadió de golpe, a palo seco, controlando a duras penas el tono de su voz—. Y mira que le dije a Noelia que no intentaran nada raro.

—Espera —le pedí, intentando mantener la cabeza fría, tratando de no sacar las cosas de quicio tan pronto—. Sólo están tanteando el terreno. Más o menos lo que esperábamos que fuesen a hacer, ¿o no?

—Y una polla están tanteando el terreno —insistía, totalmente fuera de sí—. Estas van a saco.

—Pues déjalas que vayan a saco —reí, buscando de verdad que se tranquilizara—. ¿Tan poca confianza tienes en mí que crees que voy a dejar que esas dos influyan en un tema tan importante?

—Tanta sonrisita y tanto culito respingón pueden llegar a ser muy convincentes llegado el momento. Yo sólo te digo que tengas cuidado.

—No digas tonterías, por favor —le pedí, ahora con el ceño fruncido—. Me preocupa más el hecho de que puedan estar en medio toda la noche. Ya viste cómo me interrumpieron antes cuando me quedé a solas con Rocío...

—Por eso no te preocupes —dijo, muy seguro—. Cuando llegue el momento yo te las quitaré de encima a las dos.

—¿Seguro?

—Sí. Tú tranquilo. Pero tendrás que esperar hasta después de las campanadas.

—De acuerdo —asentí, pensativo—. Confío en ti.

—De todas formas, ten cuidado —insistió—. Noelia puede quererte mucho, pero no te olvides que ella vela única y exclusivamente por los intereses de su hermana, ¿vale? Que no te quepa duda de que como vea en algún momento que la cosa se está torciendo en alguna dirección desfavorable para sus intereses, hará todo lo posible para enderezarla en su favor.

—Que sí. Despreocúpate ya de eso —le dije, tras rebuscar en mi bolso y lanzarle una camisa color marrón a la cara—. Mientras pueda hablar a solas con Rocío sin que nadie nos interrumpa, todo lo demás me importa poco.

—Luego de las campanadas tendrás tu momento. Te lo prometo.

—Gracias. Eres mi ángel de la guarda, tío.

—Yo sólo quiero que las cosas terminen lo menos mal posible, amigo mío... Lo suficiente como para que tú estés bien y Noelia se deje echar varios polvos esta noche.

—Qué subnormal eres... —reí—. Vístete, anda.

—Sabes que van a seguir bombardeándote con preguntas incómodas, ¿no? —dijo entonces, mientras se abotonaba la camisa.

—Sí... Y escucha —le pedí, ahora con mucha seriedad—. Déjame hablar a mí. Necesito que Rocío esté lo mejor predispuesta posible esta noche para poder hablar de absolutamente todo. Si tú hablas, puede que se te escape alguna pullita y eso es lo último que necesito, ¿vale?

—De acuerdo... —dudó—. Pero no prometo nada... Esta chica Aura me pone un poquitín de los nervios.

—A mí también —volví a reír—. Pero contrólate. Por favor.

—¡Que sí! ¡Venga, vamos!

Más allá de que me sintiera tranquilo y listo para afrontar cualquier inconveniente que pudiera surgir a lo largo de aquella noche, el hecho de que tuviera que tener en cuenta tantos factores diferentes para que todo saliera bien era algo que me estaba tocando demasiado la moral. Sin embargo, también era consciente de que no volvería a tener más oportunidades en el futuro para hablar con Rocío en condiciones. No mientras Noelia estuviera de por medio. Así que tenía que poner todo de mi parte y ser paciente para poder tener ese momento con ella sin ningún tipo de molestias a nuestro alrededor. Para que ella pudiera abrirse, para que pudiera sacarlo todo, para que pudiera escucharme ella a mí también, para que supiera todo lo que todavía no sabía... Era imprescindible crear ese momento con ella para que por fin, de una vez por todas, pudiera tomar la decisión final.

Porque sí, porque a esa hora... a las casi once y cuarto de la noche del 31 de diciembre, todavía no lo tenía nada claro.

Y me importaba una mierda lo que los demás pudieran pensar al respecto.

• • •

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 23:15 hs. - Vísperas.

• • •

—Aquí estamos.

Regresamos al comedor y, entre disculpas, nos sentamos en nuestros respectivos lugares para continuar cenando como si nada hubiese pasado. Los trozos de vidrio ya habían sido recogidos y el suelo volvía a estar impoluto. Sin duda alguna nada estropearía los esfuerzos de las chicas por hacer de aquella velada algo perfecto, más allá de todo lo que nos envolvía a Rocío y a mí.

O eso creía yo en ese momento.

Por suerte, ni Aura ni Noelia volvieron a tocar el tema de mi trabajo, o de mi salario.

Por desgracia, y como había vaticinado Lucho, todavía seguían empeñadas en indagar sobre mi vida y mis planes a futuro. Sobre todo Aura, que empezaba ya a parecer la portavoz oficial de Noelia, preguntando cada tanto cosas que seguramente le interesaban más a mi cuñada que a ella misma. Y todo esto mientras intentaban venderme de mil formas distintas a la propia Rocío.

—¿Qué tal la comida, chicos? —dijo la que te cuento, luego de meterse en la boca el último trozo de carne que quedaba en su plato—. Buenísima, ¿eh?

—Espectacular —respondí yo, enseguida, terminando ya también con lo que quedaba en el mío. Los demás asintieron.

—Pues que sepas que lo ha hecho casi todo Rocío —aclaró, dedicándole una mirada cargada de orgullo a la susodicha.

—No mientas... —acotó la propia Rocío, que no había abierto la boca durante toda la cena—. Sólo hice la salsa y la ensaladilla...

—¿Y te parece poco? —exclamó Noelia—. ¡Lo más importante, cariño!

—Y el resto no lo hiciste porque tuviste que salir pitando al médico —añadió Aura.

—La salsa es lo mejor, Ro —dije yo, para deleite de mi cuñada—. Te quedó para chuparse los dedos.

—C-Calla... —respondió ella, ruborizada, esquivándome la mirada una vez más.

—Tú ni caso, Benjamín —me apremió Aura al instante—. Está hecha todo un ama de casa. Si la casa está impecable es sólo por ella... ¿O te creías que todo esto iba a estar así gracias a Noelia o a mí? ¡Ja!

—Tranquila —reí, intentando seguirle el juego de la manera más inteligente posible—. Sé muy bien lo que es Rocío como compañera de casa. Y te aseguro que es mucho más que una simple ama de casa...

—¿Podemos parar de hablar de mí? —saltó ella, torciendo el gesto, casi sin darme tiempo a terminar la frase—. ¿No deberíamos ir preparando las cosas para las campanadas? Ya son casi las y media.

—Sin prisas, mi amor. Sin prisas —le contestó Aura, volviendo a dirigirse a mí a continuación—. Oye, Benjamín, ¿ya tienes visto algún piso? Supongo que no pensarás quedarte en lo de tu amigo mucho tiempo, ¿verdad? Esa no es vida para alguien con tus responsabilidades.

Luciano me miró al instante, como pidiéndome permiso para intervenir. Sólo con una mirada entendió que no era necesario, que lo tenía todo bajo control. Porque sí, a pesar del asedio constante de la nueva representante de las hermanitas allí presentes, lo iba llevando bastante bien y sin necesidad de enrarecer el ambiente. Lo que sí me tenía un tanto mosqueado era la actitud de Noelia. No podía entender cómo, siendo ella como era, no se atreviese a preguntarme directamente lo que quisiese saber de mí. Cómo era capaz de dejar que una completa desconocida tuviese la voz cantante en una cena que a priori iba a ser algo íntimo. Y eso no era lo peor. Lo peor era verla ahí, tan tranquila pero atenta a todo, como tomando nota de cada respuesta que yo le daba a Aura... ¿Dónde había quedado la Noelia que poco antes me había dicho que podía contar con ella? No quería pensar en ello, pero la decepción que me estaba llevando no era precisamente pequeña.

—No tengo prisa ahora mismo por conseguir piso —le dije a Aura, con total sinceridad—. Y de llegar a necesitarlo, tengo un compañero en el trabajo que tiene uno bueno, bonito y barato listo para alquilar.

—Eso está genial, ¿no? Por lo que veo lo tienes todo más que organizado. Ojalá todos aquí pudiéramos decir lo mismo... —soltó entonces, tan tranquila, explicándose únicamente cuando vio la cara de Luciano, que ya no podía disimular más lo poco que le estaba gustando todo aquello—. O sea, lo digo por mí... Ya sabes.

—Ya...

—De todas formas —saltó finalmente Luciano, importándole entre poco y nada la mirada asesina que le lancé tras pronunciar esas primeras palabras—, es cuestión de hacer las cosas bien. Cuando haces las cosas bien, la vida se te termina acomodando sola tarde o temprano.

—Estamos de acuerdo —continuó Aura, observando a Lucho con ávido interés—. Pero todos tenemos derecho a tropezar de vez en cuando, ¿no crees? El tema es si los que decían quererte siguen a tu lado cuando intentes levantarte.

—Por supuesto que todos tenemos derecho a cagarla —la siguió Luciano, lejos de amedrentarse, sacando una munición demasiado pesada para mi gusto—. Pero si lo haces, intenta no llevarte por delante a los que dicen quererte. De esa manera te aseguro que estarán ahí para ti cuando los necesites.

—¡Bueno! —se levantó Noelia, como una exhalación, dándose cuenta por fin de cuán violenta se estaba volviendo la conversación—. ¡Ahora sí! ¡Es hora de preparar la mesa para las campanadas! Benjamín, ¿puedes venir conmigo?

No quería ir con ella. Estaba enfadado. Enfadado con la situación, con ella, con su amiga y con el propio Luciano por haber entrado en las provocaciones de la otra. Lo único que quería era terminar con todo aquel paripé cuanto antes y poder hacer de una vez por todas lo que había ido a hacer. Si Rocío estaba por la labor, claro... Porque ahí seguía ella, quieta, cabizbaja, con el plato a medio terminar y sin ningún tipo de interés en lo que se estaba hablando a pesar de que le estuviesen cayendo pullas por todos lados. Lo que me hacía preguntar si de verdad estaba pasando de todo el mundo y preparándose mentalmente para cuando llegara la hora de la verdad, o si simple y llanamente esa sería su actitud a lo largo de toda la noche. Porque si era así, tenía miedo de que todo terminase siendo en vano y yo tuviera que volverme a mi casa sin haber sacado nada positivo.

Todo estaba siendo tan complicado que era difícil no tener ese tipo de pensamientos intrusivos. Sin embargo, lo importante era que, a pesar de todo, seguía tranquilo y listo a afrontar cualquier prueba que el destino me pusiera por delante para aquella noche.

—¿Vienes? —me insistió, luego de hacerle un gesto a Aura con la cabeza para que, presumiblemente, se hiciese cargo de Rocío.

Y así fue. Nada más recibir el mensaje, nuestra anfitriona se levantó de su asiento sin perder la sonrisa y le dijo algo en el oído a Rocío, que se puso de pie y la siguió escaleras arriba no con muchas ganas. Desganado yo también, hice lo propio y acompañé a Noelia a la cocina, donde me esperaba con una cerveza recién abierta en la mano. Luciano se quedó donde estaba por órdenes de mi cuñada, que tenía ganas de volver a hablar a solas conmigo.

—Toma —dijo, ofreciéndome el botellín.

—Prefiero esperar al cava. Gracias —me excusé, lo más amablemente que pude.

—Vaya nochecita, ¿eh? —dijo entonces, esbozando una leve sonrisa, dando ella misma un trago a la cerveza que acababa de rechazarle.

—¿Querías algo, Noe? —le pregunté, casi al instante, buscando ir directamente al grano. Ya estaba harto de juegos.

—Joder... —volvió a sonreír—. Antes solías tenerme más paciencia.

—O quizás no estoy en un momento de mi vida en el que quiera seguir aguantando gilipolleces.

—Tampoco es para que te pongas así...

—¿Me vas a decir qué querías o no?

—Sí... —suspiró, dudó y volvió a suspirar—. Creo que tenemos que dejarnos de tonterías y empezar a hablar de lo que tenemos que hablar. No tiene sentido tener a esos dos ahí tirando mierda de un lado a otro.

—¿Esa eso?

—¡Joder, Benjamín! —exclamó ahora, en una pataleta—. ¡¿Se puede saber qué coño te pasa conmigo ahora?!

—¡Que no sé de qué vas, Noelia! —me sinceré, al fin—. ¿Primero mandas a tu amiga a preguntarme todo lo que tú misma no te atreves a preguntar y ahora me sales con esta mierda?

—Yo no mandé a nadie a preguntar nada, ¿vale? Y cálmate —dijo, intentando serenarse también ella misma, y se sentó en un taburete que tenía justo detrás—. Aquí cada uno es lo suficientemente mayorcito para hacer lo que quiere. Aura ha estado ayudándonos desde el principio y está tan involucrada en todo esto como cualquiera de nosotros.

—Sí... Ya lo he visto —reí, con sorna—. Nos es de mucha ayuda eso de empezar una guerra de indirectas para ver quién es más culpable y quién menos.

—¡Luciano le tiró de la lengua! —gruñó ella ahora, apretando los dientes— Y si te ha traído aquí ahora es precisamente para evitar que esto vuelva a pasar. Tenemos que dejarnos de gilipolleces y poner estos temas sobre la mesa cuanto antes.

—Vale —asentí, desafiante—. ¿Y cuáles serían esos temas de los que hablas?

—Y-Ya lo sabes, Benjamín... —dudó, tartamudeó—. Hay muchas cosas que están en el aire que tenemos que resolver hoy mismo.

—¿Qué? —volví a reír—. ¿"Tenemos"?

—Sí, Benjamín —frunció el ceño—. Tenemos.

—Es que ahí es dónde te equivocas —le dije, ya sin tapujos—. Que yo sepa entre tú y yo no hay nada que resolver. Tampoco entre Aura y yo... Los que tenemos cosas que resolver somos Rocío y yo. Nadie más.

—Si te crees que voy a dejar en manos del azar algo tan importante como la salud mental de mi hermana, ya te puedes ir olvidando, ¿vale? No llevo dos meses dejándome el lomo cuidando a Rocío en cuerpo y alma para echarlo todo por la borda en una sola noche.

—¡Ah! Vale —sonreí, entendiendo por fin—. ¿Por eso me interrumpieron antes cuando estaba hablando con Rocío? ¿Tan controlado quieres tenerlo todo hoy, Noelia?

—¡Lo de antes ya te lo expliqué! ¡No saquemos las cosas de quicio, por favor! —se defendió, visiblemente sorprendida y agobiada por la acusación.

—Pues que sepas que todo esto lo dejaste en manos del azar en el momento en el que accediste a que esta reunión se llevase a cabo. Lo que pase a partir de ahora ya no lo puedes controlar, Noelia. Eso es lo que tienes que entender.

—Es que no vamos a discutir esto, Benjamín. Primero trataremos todo lo que tenemos que tratar y luego ya solucionarás tú el resto con Rocío. Todos sabíamos que aquí vendríamos a hablar de temas complicados, ¿no? Bueno, pues ahí tienes.

—¿Ahí tengo el qué? —volví a reír, ya alucinando del todo—. Creo que ya bastante cedí en la burda encerrona que me montaste antes, ¿no? Y si respondí a todas las preguntas de tu amiga fue por pura educación y porque no tengo nada que esconder. Muy diferente es que ahora yo tenga que ir dándote explicaciones a ti o a ella sobre lo que yo haga o deje de hacer con mi vida.

—¿Por qué eres tan cabezota? —preguntó, cabreada, intentando todavía controlar el tono de voz—. ¡Que no quiero explicaciones! ¡Quiero certezas, joder! ¡Saber a qué me tengo que atener para cuando la noche haya acabado! ¿En serio te cuesta tanto ver todo lo que hay en juego hoy aquí?

—Estamos perdiendo el tiempo —dije ya, harto—. Son las menos diez y todavía no hemos preparado nada. Las cosas no van a ser como tú quieres... Y si no quieres entenderlo, eso es ya es problema tuyo.

—¡No! ¡El que no quieres entenderlo eres tú! —explotó, entonces, ya sin preocuparse por si los demás nos escuchaban o no—. ¡La cordura de mi hermana pende de un hilo y tú lo único que haces es pensar en ti!

—¡¿Y tú qué sabes en lo que pienso o dejo de pensar yo?! —bramé yo también, sin dejarme intimidar en lo más mínimo—. ¡¿Acaso sabes cómo han sido estos últimos dos meses para mí?! ¡Un putísimo infierno, Noelia! ¡Así que cierra la boca, porque no tienes ni puta idea!

—¡No! ¡Ciérrala tú! ¡Te crees el puto centro del universo y no eres capaz de mirar más allá de tus narices! ¡Aquí todos lo hemos pasado mal, no sólo tú!

—¡¿Tú qué cojones vas a pasar mal?! ¡Deja de querer ser la puta protagonista de una santa vez, por Dios!

—¡Vete a la mierda, gilipollas! —gritó, por última vez, y me soltó una bofetada que resonó en la cocina, en el salón y a lo largo de toda la casa—. ¡No fuiste tú el que tuvo que dejarse follar por aquél indeseable para evitar que Rocío se condenara para toda la vida! ¡No! ¡Si terminamos así es porque tú preferiste hacer oídos sordos a pesar de mis advertencias y las de tus propios amigos! ¡Porque no eres más que un patético y asqueroso cobar...!

—¡¡¡BASTA!!!

De pronto se hizo un silencio sepulcral. De un momento a otro sólo se podían escuchar los ruidos provenientes de la noche navideña, tanto los de dentro como los de fuera de la casa. Un grupo de niños, no debían ser más de cinco, pasaban justo por delante de la ventana de la cocina cantando un popurrí de villancicos a viva voz, haciendo de aquella una escena todavía más surrealista si se podía. Dentro, respirando entrecortadamente y con varios mechones tapándole su ruborizada carita, Rocío se había plantado en el umbral de la cocina, seguida de Luciano y Aura, que a todas luces se notaba habían llegado tarde para detenerla de intervenir en aquella imprevista pelea. Sin decir ni una palabra, la visiblemente enfadada muchacha se deshizo de la mano de Aura, que hasta ese momento había estado posada sobre su hombro, y comenzó a caminar directamente hacia mí mientras fulminaba con la mirada a su hermana de una manera en la que nunca la había visto hacerlo antes. Una vez a mi lado, levantó su manita y, con una ternura que me hizo estremecer, me acarició la enrojecida mejilla derecha a la vez que sus ojitos llorosos no dejaban de navegar sobre mi rostro como buscando asegurarse de que los daños no habían ido mucho más allá.

—Ven —me dijo entonces, en voz alta, asegurándose de que todos pudieran oírla bien—. Nos vamos.

Nadie dijo nada. Ni siquiera Noelia, cuyo semblante había pasado de indignación a resignación al ver cómo su hermana me guiaba de la mano a través de la cocina hacia el salón. Rocío caminaba ahora briosa, implacable. Ya había tomado la decisión y pobre de aquél que intentara hacerla cambiar de opinión. Por eso, a cinco escasos minutos para las doce de la noche, me vi cogiendo mi abrigo para acompañar a la que una vez pensé sería la mujer de mi vida, a la aventura de intentar averiguar de una vez por todas si realmente podía volver a ser la mujer de mi vida.

Una reunión había llegado a su fin y otra estaba a punto de comenzar. La más importante de todas.

Continúa en