Xtories

Las decisiones de Rocío - La reunión - Parte 1.

Lleva meses huyendo de la verdad, pero esta noche no hay vuelta atrás. Con la lluvia cayendo y los nervios a flor de piel, Benjamín sabe que lo que encuentre al final del camino no será un juicio, sino el espejo de todo lo que perdió. ¿Está realmente preparado para mirar a los ojos a quien lo destruyó, o el miedo lo hará huir una vez más?

Unidentified15K vistas9.3· 30 votos

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 18:30 hs - Motivaciones.

• • •

—Joder... Cómo llueve, ¿no?

Diciembre frío. Diciembre húmedo. Diciembre gris. Si lo que buscabas era ver cumbres blancas y paisajes de película navideña, aquella meseta capitalina no llegaría nunca a satisfacer tus necesidades hollywoodienses, pero sí que te ofrecería agua para aburrir. Horas y horas de cielos nubosos y lluvias torrenciales como para aislarte en tu salón con el mando de la tele como única compañía y no levantarte del sofá durante todo el invierno.

—Ya te digo... —asintió Luciano, mirando al cielo con cierto recelo—. No caía una así desde... ¿mediados de septiembre?

—Ni idea... —respondí preocupado, mientras me cercioraba por tercera vez de que todas las ventanillas estuvieran cerradas—. Igual deberíamos parar en algún sitio hasta que amaine un poco.

—Ah, ¿sí? ¿Y en dónde sería eso, genio?

La idea en la teoría era buena, pero la realidad indicaba que todavía nos quedaban kilómetros y kilómetros de campo antes de llegar a la población más cercana. El único refugio que nos ofrecía el entorno eran las gordas secuoyas que decoraban ambos lados de la carretera. Aunque entre eso y nada no había mucha diferencia.

Miré a Luciano y me encogí de hombros antes de volver a acomodarme en el asiento del copiloto no sin cierta preocupación. Si bien mi amigo era una máquina conduciendo, la cantidad de agua que estaba cayendo era demasiada y todavía nos quedaba más de una hora hasta llegar a nuestro destino.

—Igual es una señal —murmuré, en un momento de iluminación.

—¿Una señal de qué?

—El universo me está diciendo que no vaya, que dé media vuelta y regrese a casa.

—Me estás vacilando, ¿no? —dijo Lucho, dejando salir una sonora carcajada que ahogó enseguida al ver mi cara— ¿No?.

—No lo sé...

Nada más decirle esto, dio un volantazo y detuvo el coche en un costado de la carretera. Lo miré extrañado y enseguida me di cuenta de que se me venía encima esa misma que yo mismo me había prometido mil veces no volver a provocar. Esa que siempre arrancaba cuando me ponía a pensar en voz alta y que, sin importar cuántas tortas me dieran mis amigos, seguía ocurriendo una y otra vez.

—Te juro que damos media vuelta y regresamos a casa, eh —me advirtió Luciano con seriedad, sin dejarse amedrentar por el violento chapoteo de la lluvia sobre el techo de mi coche.

—Que no, Lucho... —suspiré—. Lo siento... No lo decía en serio. Venga, arranca.

—Sí. Sí que lo decías en serio, y ese es el problema. ¡Creía que ya estabas preparado, joder!

—Que sí que lo estoy... Venga, arranca.

—¡Pues no lo parece, pedazo de gilipollas!

El tono de voz de Lucho me indicó al instante que no conseguiría irme de rositas tras aquella cagada. Ese coche no volvería a moverse hasta que no le demostrara a su conductor que estaba en plena condición física y mental como para emprender ese viaje junto a él. Y no era una corazonada, no. Momentos como ese los había tenido de a montones esas últimas semanas... y ya me estaba arrepintiendo de haber abierto la boca.

Porque tras aquellos últimos acontecimientos que habían dado vuelta todo mi universo, Lucho se mostró excesivamente comprensivo conmigo. Incluso pesado y empalagoso. Durante varias semanas estuvo empeñado con que yo estaba atravesando alguna especie de shock post-traumático y aquella idea no se le fue de la cabeza hasta que un profesional no lo convenció de lo contrario. A partir de ahí volvió el Luciano de siempre, el que solucionaba todo con insultos y a los golpes. Y el cambio fue para bien. Tenerlo encima todo el día lo único que había provocado había sido enrarecer el ambiente. ¿Cuál era el problema? Que sí, que no estaba enfermo, pero que igual necesitaba superar algunas cosas... O, más bien, decidir qué iba a hacer con mi vida. Sabiendo eso, Sebastián y Luciano se encargaron de asesorarme y me ayudaron a poner cada cosa encima de la mesa. Fueron muchos días sentándonos los tres todas las noche en el salón para ir analizando mis progresos e ir decidiendo cuándo sería la fecha en la que le pondríamos fin a todo aquello. Finalmente, y después de mucho pensarlo y debatirlo, llegamos al acuerdo de que dicho momento tendría lugar la noche de fin de año.

Como ya he dicho, fueron muchas noches hablando y decidiendo entre los tres, fueron muchos los días discutiendo y prometiendo que todo estaría bien. Si los tres no nos hubiésemos puesto de acuerdo, en ese momento no estaríamos dentro de ese coche dirigiéndonos a aquella reunión.

Por eso entendía que Luciano, en ese preciso instante, tuviera ganas de partirme la cabeza.

—Mira —dijo entonces—. Bájate del coche.

—¿Qué? —respondí, riendo a pesar de su tono de voz amenazante.

—Que te bajes del puto coche.

—No me voy a bajar del coche, Lucho.

Sin dudarlo dos veces, se quitó el cinturón y cruzó todo su torso por encima de mi cuerpo con la intención de abrir mi puerta. Lo detuve con ambas manos y empezamos a forcejear como dos pubertos peleando por el cromo que les faltaba para completar su álbum de la liga. El cabrón tenía mucha más fuerza que yo y contenerlo no era fácil. Ni siquiera colocando mi ancha espalda entre la puerta y él conseguí evitar que terminara abriéndola.

—¡Lucho, para ya! ¡Me voy a empapar por tu culpa! —le grité en un último y desesperado intento de que desistiera.

—Es lo que necesitas, capullo. Un buen baño que te quite la tontería. ¡Bájate de una jodida vez!

Sin más, cedí ante la presión y me bajé del coche por mi propia voluntad, y para no terminar en el barro de rodillas. Lucho cerró la puerta y se alejó de mí unos cincuenta metros. La lluvia arreciaba. Se escuchaban truenos de fondo. El cielo cada vez estaba más negro. Sólo se escuchaba el agua estrellarse contra el asfalto. Ni un alma por aquel paso. Sólo yo. Yo contra la naturaleza. Yo contra mi mejor amigo. Yo contra mis miedos. Yo contra mis fantasmas.

—Me cago en mi vida...

De nuevo, uno de esos tantos capítulos de mi realidad reciente que no dejaba de repetirse volvía a atormentarme. En la ducha, en mi cama, en el trabajo, en el bar, en el sofá, en el gimnasio... ¿Hasta cuándo? Pensaba. ¿Hasta cuándo este sinvivir? La respuesta estaba tan cerca y me asustaba tener que transitar aquella recta final que se interponía entre ella y yo. "Miedo al éxito" le decía Sebastián. Porque según él me aterraba tener que empezar de cero una vez cerrara aquella etapa. Por lo contrario, Luciano estaba convencido de que lo que me aterraba era el mero hecho de cerrar esa etapa. Y sí, ambos tenían razón. Igual no de la forma en la que ellos creían tenerla, pero sí en su esencia. Porque si bien me provocaba pavor todo aquello, lo que más me asustaba de todo era que todavía estuviese latente esa posibilidad de no poder recuperar nunca más la paz, de hacer ese viaje y que todo fuese en vano, de no poder volver a ser nunca una persona feliz. Por eso cada tanto me hacía la pregunta de si, quizás, lo mejor sería no descubrirlo nunca... Si no sería mejor intentar dejarlo todo atrás y reiniciar mi vida de una manera distinta a la que todos esperaban.

Caminé empapado, pesado, desganado... Un tanto cabreado... Lucho me esperaba con la puerta del coche semi abierta y una toalla cubriendo el tapizado nuevo del asiento del copiloto. Me senté y esperé paciente a que me gritara de nuevo. No había enfado en su mirada sin embargo, tampoco pena ni expectación... Su atención se perdía en el horizonte, donde ya no se veía camino, como esperando a que fuera yo el que hablara primero, cosa que no hice nunca.

—¿Y bien? —dijo, tras unos segundos que parecieron interminables.

—¿Y bien qué? —respondí, intentando parecer más enfadado de lo que estaba.

—¿Sigues igual?

—¿Igual cómo? Venga, vamos, que al final vamos a llegar tarde.

—Bájate del coche.

—¡Lucho!

—¡Pues espabila!

—¡¿Qué cojones quieres que te diga?! —estallé, harto ya—. ¡¿Estoy preparado para todo esto?! ¡Pues no! ¡Ya lo sabes! ¡¿Tengo que hacerlo de todas formas?! ¡Sí! ¡Me cago en todo ya!

—¿Es eso todo lo que tienes para decir?

—¡Sí! ¡No! ¡No lo sé!

—Pues bájate del coche.

—¡¿Puedes darme algo de tregua?!

—¡¿Puedes dejar de hacer el ganso?!

—¡Lo intento, joder!

—Mira... —dijo, tras soltar un largo suspiro y dar un trago a una botella de agua que tenía junto a él—. Benjamín, no me importa que dudes, no me importa que no te decidas, tampoco me importa si terminas haciendo todo lo contrario a lo que hemos hablado estas últimas semanas. Lo que no te voy a tolerar es que sigas en ese plan depresivo-perdedor que te ha traído hasta este punto, ¿de acuerdo? Porque ese plan depresivo-perdedor es el que te ha girado la vida por completo, gilipollas. Porque puedes dudar, puedes equivocarte y hasta puedes reincidir en la equivocación, lo que no puedes hacer es ser un cobarde toda tu vida, hijo de la gran puta. Que todo el mundo te pisotea como quiere.

—¿Qué? —reí, con sorna, intentando aguantar intacto cada puñal dirigido hacia mi ya heridísimo orgullo—. Nadie me pisotea como quiere. Eso ya ha quedado en el pasado...

—¡Eso ya ha quedado en el pasado gracias a todos menos a ti, puto imbécil! ¡No porque hayas hecho tú nada al respecto! —continuó gritando, ahora innecesariamente furioso—. ¡Porque de ser por ti aquel trozo de basura se habría quedado con tu mujer, con tu coche y hasta con tu gata!

—¡Vete a la mierda! —grité yo esta vez, ahora sí indignado—. ¡¿Me sales con estas ahora que estoy intentando poner los cojones sobre la mesa?! ¡Basta ya de tocar ese maldito tema!

—¡Vamos a tocar ese tema cada vez que vuelvas a sacar tu lado depresivo-perdedor!

—¡Que te den por el culo, gilipollas!

Así habían sido las últimas semanas. Exactamente así. Por muy dura que pudiese resultar la escena, no era más que un nuevo capítulo de cómo Luciano me decía lo patético y penoso que era tras una de mis recaídas. Y estaba harto, muy harto. Hacía rato que me había cansado de que me dijeran lo que tenía que hacer y cómo tenía que vivir. Estaba hasta los mismísimos huevos de que mis mejores amigos me recordaran a cada rato todas y cada una de las cagadas que me habían conducido a ese lamentable momento de mi vida. Y todo eso a veces me evocaba ganas de insultarlos a todos con el alma, ganas de pegarles y, en mis peores noches, hasta de matarlos. Y si no habíamos llegado a las manos todavía era porque...

¿Por qué? Pues porque... yo mismo les había pedido que fuesen así de duros conmigo cuando me pusiera más dubitativo de la cuenta.

—¿Me he pasado? —me preguntó Lucho al cabo de unos minutos, luego de ese momento que siempre nos dábamos cuando ambos sabíamos que habíamos traspasado un límite.

—Un huevo, cabrón —respondí, medio cabreado todavía.

—Pues es lo que tú nos pediste —respondió, encogiéndose de hombros—. Que cada vez que te pusieras en gilipollas que te frenásemos como fuera.

—Nunca te pedí que me dejaras solo bajo la lluvia. ¿Qué voy a hacer si pillo un resfriado? Que el lunes hay que volver al curro, anormal.

—Lo siento... —se ruborizó—. Me pareció una buena manera de... Joder, el agua fría de toda la vida tranquiliza a las personas.

—Venga, arranca... ¡A-Achííís! Joder...

—Lo siento...

—¡Arranca ya!

—¡V-Vale!

Así es, mi vida seguía siendo una contradicción constante, pero al final aquellos golpes de realidad eran la única manera de hacerme espabilar. Si quería volver a tomar las riendas de mi destino, todavía necesitaba que Lucho y Sebastián me tiraran de las orejas cuando me comportara como un tonto, y que encauzaran mi rumbo cuando me saliera del camino.

Así habían sido esas últimas semanas y así sería todo hasta que lograra recuperar la paz. Todo lo demás ya dependía única y exclusivamente de mí.

• • •

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 19:45 hs. - Reencuentro.

• • •

Aparcamos en un claro a las afueras del pueblo, lleno de arbustitos y junto a un mirador que permitía apreciar lo gigantesco que era aquel valle que nos rodeaba y por el que habíamos estado conduciendo durante horas. Ya no llovía, pero el hecho de que el cielo continuara amenazando con volver a regarnos en cualquier momento me tenía bastante intranquilo. Ni las dos chaquetas que tenía encima habían conseguido disminuir los ya constantes estornudos que me estaban dejando frito.

—¿Sabes qué? Más allá de todo, sí que te veo mucho más decidido que hace un par de semanas —confesó Lucho, apoyándose en el coche mientras se encendía un cigarro—. Eso que dijiste antes... Eso de que tienes que hacerlo igual aunque no estés preparado... No sé, me parece un gran paso.

—Yo que sé, Luciano... —respondí, resignado, acomodándome junto a él—. Ya estamos aquí, ¿no? Al final no me queda de otra. Así que... vamos a por ello.

—Un paso gigantesco, tío —sonrió, justo antes de darme una fuerte palmada en la espalda.

—Exageras.

—Bueno... Sólo quería que lo supieras —dio una última calada y tiró el cigarro casi entero al suelo.

—¿Qué haces?

—Que ahí viene, carapolla. No le gusta que fume. Venga, vamos.

Por una callecita que se perdía en lo profundo del poblado, venía una diosa espectacular ondeando su larga cabellera color fuego ardiente al viento mientras los pocos viandantes que circulaban a su alrededores se dislocaban el cuello al verla pasar. Aun vestida con ropa de andar por casa, dígase un pantalón de chándal gris, una blusa de algodón blanca y una rebequita también gris por encima, Noelia seguía estando como para modelar en la revista más famosa que se te pudiera ocurrir.

—Tan guapo como siempre —dijo, bella y brillante, tras darme un tierno y fraternal abrazo.

—No tanto como tú —atiné a responder, un tanto descolocado por lo inusualmente placentero que me resultó el roce de sus senos contra mi pecho.

—Tonto... —sonrió, desviando enseguida la mirada hacia Lucho—. ¿Y tú qué miras tanto?

—Lo buena que estás, jodida. Vas como una pordiosera y aun así me la pones dura como relato de veterano de guerra.

—Qué asco que me das —respondió ella, dedicándole un gesto de repulsión significativo—. Venga, Benja, vamos a casa. ¿Por qué me traes toda la ropa mojada?

—Una larga historia...

—¿Y por qué la de este cafre está seca? Venga, me vas contando por el camino, que igual esta noche alguien duerme en el rellano.

—Si es contigo soy capaz de dormir hasta en la caseta del perro —respondió Lucho, dándose por aludido al instante.

—Antes me acuesto con el perro que contigo, cerdo. Que encima apestas a tabaco...

—Y eso que sólo le di tres o cuatro caladas...

—¿Qué has dicho?

—Que tu culo está como para dedicarle una balada.

—Repugnante.

Mientras se seguían lanzando toda clase de lindeces, comenzamos a caminar por la entrada del pueblo camino a lo que se suponía era la nueva casa de Noe. Si bien la idea original era que ella misma nos diera un pequeño tour por la zona antes de la cena, el hecho de que estuviese anocheciendo y de que la amenaza de lluvia todavía siguiese ahí, hizo que tuviéramos que saltarnos esa parte del plan. Parte del plan que, según me había comentado Luciano en el coche, era para que yo tuviera un poco de tiempo de terminar de prepararme para lo que se me venía encima. Porque sí, Noelia y él lo tenían todo planeado para que yo me sintiera lo más a gusto posible. Cosa innecesaria para mí, pero, en fin, tampoco iba a ponerme a discutir nada con ellos. El caso era que, aunque los nervios estuvieran ahí y supiera bien que me iba a derretir una vez llegara el momento de la verdad, el cuerpo me pedía acabar de una vez por todas con aquello. Así que, en parte, me alegré cuando Noe nos dijo que nos dirigíamos directamente hacia su casa.

Aunque... ella misma decidió volver a cambiar los planes sobre la marcha en pleno camino.

—Oye, Luciano... —dijo de pronto, de la nada, parando en seco y dirigiéndose a mi amigo con cara de estar a punto de darle una orden—. Necesito que me hagas un favor.

—¿Un favor? ¿Qué favor? Oye, si se trata de... ya sabes, podrías esperar hasta la noche, ¿no?

—Cierra el pico, gilipollas —dijo, visiblemente hastiada—. Necesito que vayas al súper y me pilles algunas cosas que todavía no me ha dado tiempo de comprar para esta noche.

—¿Qué? Son casi las ocho, pechitos de caramelo —contestó Lucho, jocoso—. ¿Dónde esperas que compre todo esto un 31 de diciembre a estas horas?

—El súper del pueblo cierra a las nueve —insistió ella—. Mira, es por ahí, calle abajo. No tiene pérdida.

—¿En serio me lo dices?

—¡Que sí! —exclamó, por última vez—. Venga, ve. Que se te hace tarde. Ahora te mando por mensaje lo que tienes que comprar

—Pues nada... —se resignó al final mi amigo—. Vamos, Benjamín... Así aprovechamos y pillamos unas birr...

—De eso nada, campeón —lo interrumpió Noelia—. Vas tú solo. Nosotros te esperamos en casa.

—¡Pero si no sé dónde está tu casa!

—Esta misma calle hacia arriba del todo. Tampoco tiene pérdida.

Lucho miró a Noe en silencio y esta le mantuvo el contacto visual sin vacilar. Acto seguido, mi amigo endureció el gesto y dio media vuelta sin objetar nada más, pero asegurándose de mandarme una última señal en forma de mirada de advertencia que pasó desapercibida para Noelia. Cacé el mensaje al vuelo, puesto que sabíamos bien lo que mi cuñada podría llegar a intentar si se quedaba a solas conmigo en algún momento. El caso es que nunca nos imaginamos que fuese a ser tan pronto. Pero, en fin, que estábamos preparados para todo aquella noche.

—Ven —me dijo Noe entonces, ahora radiante y contenta, cogiéndome de un brazo y guiándome hacia un pequeño banco de madera que decoraba la entrada de un pequeño parque de actividades para personas de la tercera edad.

Antes de acomodarnos, Noelia cogió el teléfono y comenzó a escribir lo que supuse sería la lista de la compra para Luciano. Yo me senté y me quedé observando los alrededores mientras ella terminaba de mensajearse con mi amigo. Ya era completamente de noche y los nubarrones negros seguían ahí, amenazantes, listos para volver a rociarnos con su molesta lluvia invernal cuando menos nos lo esperásemos. Sorprendentemente, a los locales parecía preocuparles entre poco y nada cualquier inconveniente meteorológico que pudiera surgir aquella Nochevieja, porque las estrechas calles que formaban aquel pequeño pueblito se encontraban increíblemente transitada a pesar de la hora que era. Una buena cantidad de señoras iban y venían bien vestidas, cargando lo que debían ser compras de última hora. Muchas de ellas seguidas por sus maridos, que blasfemaban cuando tenían que esquivar a los mocosos que correteaban a sus pies mientras sus padres les gritaban que dejasen a la gente en paz. Todo era un caos, pero dentro de ese caos había un orden. Vamos, unas vísperas de año nuevo como en cualquier otro lugar, sólo que en un espacio mucho más compacto.

—Ni un jodido coche —comenté nada más Noelia hubo terminado con el móvil.

—Los coches aquí se aparcan en la entrada del pueblo y se entra caminando. Vivimos libres de contaminación —respondió ella, mientras se acomodaba en el banquito, regalándome una imponente postal de lo que era todo su perfil de cintura para arriba.

—Joder... —tosí—. Deben estar todos en forma por aquí.

—No te creas, son diez calles contadas. Y aquí en el centro todo está así como comprimido. Nosotras vivimos por allá, arriba del todo.

—Entiendo... —asentí, tratando de que no se notara de que aquella sutil insinuación sobre ella me había hecho estremecer—. Habrá sido difícil acostumbrarse a esto, me imagino... O sea, el cambio es grande con respecto a la ciudad.

—Pues sí, no te voy a engañar —suspiró, un tanto melancólica, cruzándose de piernas mientras se echaba para atrás, alzando todavía más si se podía su majestuoso pecho—. Pero, ¿qué te puedo decir? De no ser por Aura estaríamos en la calle... No estamos como para quejarnos.

—Noe...

La primera pullita había sido lanzada y había dado de lleno en el blanco. Más o menos lo que nos esperábamos en caso de que Noelia consiguiera quedarse a solas conmigo. Después de todo, muchas heridas aún seguían abiertas y la tentación de sacarme según qué cosas en cara podría llegar a ser muy grande. Sin embargo, también éramos plenamente conscientes de lo que pretendía ella para aquella noche. Es decir, Noelia era la máxima partidaria de que la historia tuviera su happy ending, por lo que tampoco le convenía sacar demasiada mierda a relucir. En resumidas cuentas, sabíamos de qué lado estaba mi cuñada, pero también sabíamos que no podía jugar sus cartas con demasiada agresividad. El resto dependería de mí, que justamente era lo que más le preocupaba a los chicos. Tenían miedo de que Noelia pudiera influir de alguna forma en mis decisiones con respecto a todo lo que envolvía aquella reunión, y por eso hicieron mucho hincapié en que, en caso de quedarme a solas con ella, le diera la menor información posible sobre mis intenciones.

Todo esto según nuestras elucubraciones, evidentemente. Porque Noelia... Bueno, Noelia al final no iba a ser tan fácil de leer y predecir como nosotros nos esperábamos.

—Tranquilo —me sonrió entonces—. Podríamos haber vuelto a mi piso si no nos quedaba de otra, pero hubiese sido un poco... demasiado chocante, ¿sabes? No lo tomes como una pulla.

—No... Si yo... —dudé, tosí y hasta estornudé. La cosa en la práctica era mucho más difícil que en la teoría.

—¡Calla, anda! Ya tendremos tiempo de hablar de todo esto en la cena —dijo, y se volvió directamente hacia mí—. Dime, ¿tú cómo estás?

—Eh... —dudé de nuevo—. Bien... ¡Bien, Noe! Genial, la verdad.

—¿Seguro? —me preguntó, inquisitivamente, con una media sonrisa de las suyas que tan locos ponía a sus seguidores.

—Que sí —sonreí ahora yo—. Estos últimos meses he estado rodeado de maravilla. Los chicos me han ayudado mucho y he tenido tiempo de sobra para poner mis ideas en orden. Hasta en el trabajo se portaron de lujo conmigo.

—No sabes cuánto me alegra oír eso, Benjamín —respondió ella, todavía con ese semblante nostálgico en la carita—. Entonces... deduzco que estás preparado, ¿no?

—¿Preparado para qué? ¿Te refieres a...?

—Sí, Benja... para el reencuentro.

El tema tenía que salir en algún momento, y ahí es donde yo tendría que poner todo de mi parte para no defraudar a mis amigos, para no regalarme ante Noelia. Y, por sobre todas las cosas, para demostrarme a mí mismo que estaba realmente preparado para aquella noche. Porque si podía lidiar con Noelia, podría lidiar con todo lo que viniera después...

—¿Tú qué crees? ¿Tú cómo me ves? —le dije, tratando de quitarle hierro al asunto, intentando demostrarle toda la seguridad posible.

—¿Yo? Pues déjame ver... —contestó, acercándose un poco más hacia mí, más la cara que el torso, dejándome delante un buen paisaje desde arriba de lo que eran sus protuberante mamas entalladas tan perfectamente en aquella blusa de algodón.

No voy a mentir, tanta cercanía estaba empezando a abrumarme.

—¿Y...? —pregunté, tras un par de segundos en los que mi nerviosismo no paró de ir en aumento.

—Y... —repitió, seria, como si fuese a sacar algo de verdad de aquél análisis tan estúpidamente superficial—. Te veo más guapo, cabronazo.

—¿Qué?

—Y más cachas. ¿Has estado yendo al gimnasio? Lo noté antes cuando te abracé, pero ahora que te veo más de cerca se te notan aquí en el cuello algunos musculillos que antes no se te veían.

—No puede ser —reí, de la forma más sincera imaginable—. ¿Tanto mirarme sólo para eso?

—¿Y qué esperabas, tonto del culo? —rio ahora ella—. ¿Que te leyera los pensamientos o algo por el estilo? ¡Eso tendrás que decírmelo tú, capullo!

—¡Ya te he dicho que estoy bien, boba! ¡¿Qué más necesitas?! Me siento listo, preparado y todos los adjetivos que se te ocurran. No sólo he tenido tiempo para poner mis ideas en orden, también para ver todo lo que pasó desde una perspectiva más neutral, ¿sabes? A-Además... ¡a-a-achíííís!

—¡Hostia puta! —exclamó, de golpe, esquivando con éxito todos los perdigones que solté con aquel estornudo—. ¡Ven aquí, anda!

Sin darme tiempo a reaccionar, Noelia se sacó un pañuelo de tela del bolsillo del pantalón y se abalanzó sobre mí para limpiarme los mocos que acababan de mancharme toda la nariz. Y digo que se abalanzó porque pegó todo su cuerpo de lleno contra el mío, dejando mi brazo izquierdo prácticamente enterrado entre sus dos gordos pechos. Y aquello me terminó de abrumar. Me terminó de abrumar en un sentido en el nunca me hubiese imaginado que podría llegar a abrumarme con ella. Pero tampoco tuve tiempo para lidiar con aquellas sensaciones, porque, nada más terminar de limpiarme, me abrazó. Pero no como antes, cuando nos encontramos en la entrada del pueblo. No. Esta vez Noelia me abrazó con tanta fuerza que entendí que lo que buscaba con aquel abrazo era transmitirme sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones... Me abrazó con tantas ganas que me sentí hasta estúpido por haberme puesto nervioso al hacer contacto tan estrecho contra sus perfectas curvas. Y más estúpido me sentí, ya dejando a un lado lo físico, por haber planteado tan a la defensiva todo lo relacionado con ella. Porque cuando se separó de mí y comenzó a hablar nuevamente, entendí cuáles eran sus verdaderas intenciones aquella noche.

—Te echaba mucho de menos, Benjamín... —dijo, mientras se limpiaba una lagrimilla que todavía no había comenzado a resbalar por su blanca mejilla.

—Joder, Noe... —atiné a responder, todavía aturdido por todo lo que acababa de suceder—. Sabes que yo también a ti.

—Quiero que sepas... —empezó de nuevo, cogiéndome una mano con mucha fuerza—. Quiero que sepas que no importa cómo salgan las cosas esta noche...

—Noe... —intenté interrumpirla, en un acto reflejo.

—No, déjame terminar. Quiero que sepas que aquí tienes una hermana para toda la vida, Benjamín... Vales mucho más de lo que te crees. Vales mucho más de lo que te han hecho creer nunca. Quiero que lo sepas, ¿vale?

No había nada que pudiera hacerme creer que Noelia no estaba siendo sincera en ese momento. Sus ojitos humedecidos, esa semisonrisa cargada de cariño, los cachetitos enrojecidos debido a la fuerza que debía de estar haciendo para no ponerse a llorar como una niña pequeña... No tenía delante a una estratega, tampoco a una persona que quisiera manipularme para que las cosas salieran como ella tenía planeado... Delante tenía a una amiga, a una amiga que se alegraba de verdad de verme y de verme bien. Una amiga que había abierto su corazón y me lo acababa de enseñar tal cual era. Una amiga que me había ofrecido su amistad eterna e incondicional más allá de lo que pudiera pasar entre la persona que más quería en el universo y yo. Una amiga... Una amiga cuyos pezones habían comenzado a marcársele de una forma terrorífica sobre la blusa de algodón... Una amiga a la que tuve que desviarle la mirada para que no se diera cuenta de que la mera imagen de sus tetas había llevado mi atención por otros derroteros a los cuáles nunca creí que pudiese llegar tratándose de ella.

—¡Dime algo, gilipollas! —dijo, un tanto mosqueada, tras un rato largo limpiándose las lágrimas.

—N-No sé qué decirte, Noe... Me pillas totalmente en fuera de juego. No me esperaba esto...

—¿Y por qué no? ¿Qué esperabas sino?

—Joder... nada en particular. Es sólo que... Mira, nada, olvídalo. Es hermoso esto que me acabas de decir. Y sabes muy bien que yo me siento exactamente igual contigo más allá de todo lo que haya pasado o lo que pueda pasar esta noche. Te lo agradezco de corazón.

—Qué mono eres... —afirmó, justo antes de darme un nuevo abrazo—. Oye, que te noto más macizo en serio, fuera de coñas. ¿Has estado yendo al gimnasio o no?

—Qué pesada... —reí—. ¿Tanto se nota? ¿En serio? Fue cosa de los chicos... Según ellos liberar endorfinas ayuda a... bueno, a muchas cosas.

—¡Pues sí! ¡Estás buenísimo, jodido! —decía, sin dejar de apretarme los brazos con ambas manos.

—¡Calla, anda! Tú sí que estás buenísima, que tienes loquito perdido al ingobernable de Luciano.

—¡Benjamín! —se enrojeció, contra todo pronóstico—. ¡Guárdate esos piropos para... ya sabes!

Se hizo un silencio, entonces. Un silencio un tanto incómodo. Un silencio que emborronó un poco ese repentino aura de coqueteo que se había formado de la nada entre los dos. Era evidente que el sólo hecho de haberla mencionado tan poco iba a enrarecer las cosas cuando su nombre saliera a escena por primera vez en la noche. Podía parecer una tontería, pero costaba mucho más de la cuenta hablar con naturalidad de ella, de los dos, de todo lo que había pasado en esos últimos meses... Y el hecho de que me sintiera tan... tan... agobiado físicamente con respecto a Noelia no ayudaba mucho a mantener la calma que digamos. Porque sí, Noelia siempre había sido como un hermano mayor para mí. Sí, un hermano mayor, en masculino. Alguien con quien podría haberme ido a la cama mil noches seguidas y jamás habría pasado nada. Una persona con la que podía tener el mismo trato que con mis mejores amigos. Era un amigo más. Jamás la había visto de una forma tan... ¿sexual? Que sí, que uno no era de piedra y no era tonto, que la chica estaba buenísima y a veces era imposible no quedarse mirándola un poquito de más... Pero esta vez era distinto... Una cosa es apreciar y otra muy distinta es... desear. Y no entendía por qué me estaba pasando eso con ella.

Sin embargo, tenía que tratar de dejar todas esas gilipolleces a un lado y centrarme en lo importante de verdad. Obviamente sabía que cada movimiento, sonrisa, roce o gesto de Noelia conmigo no venía acompañado de ningún tipo de intención extra de la que tuviera que preocuparme. Ella era así conmigo de siempre y con cualquiera con el que tuviera una confianza como la que tenía conmigo. Por eso, teniendo eso más que claro, tenía que hacer todo lo posible para concentrarme en lo que estaba por venir, en lo que me esperaba más allá de aquella charla, porque no iba a quedarme hablando con mi cuñada toda la noche... Los golpes terminarían llegando y yo no podía seguir con el cerebro sumido en el centro de los huevos.

En eso estaba, luchando contra mi propia estupidez cuando la propia Noelia me sacó de mi ensimismamiento.

—Veo que no quieres hablar mucho sobre ella... —dijo entonces, con cierta pena en su tono de voz—. Está bien, no te voy a forzar tampoco... Es algo que tiene que salir de ti.

—No es eso, Noe... Es que tampoco quiero hablar mucho del tema hasta... ya sabes, hasta no verla.

—Ya... —asintió, con una bonita sonrisa—. Hablando de eso... Si estamos aquí charlando ahora mismo también es en parte para hacer un poco de tiempo.

—¿Un poco de tiempo para qué?

—Pues... —dudó—. Resulta que tenía cita con el doctor por la mañana...

—¿Quién? ¿Tú? —pregunté, tontamente.

—Ella, Benjamín...

—Ah...

—Pues eso, que tenía cita con el doctor esta mañana, pero resulta que el pobre hombre tuvo que ir a buscar a sus nietos a la ciudad y no la pudo atender, por lo que tuvo que cambiarle la cita para las ocho.

—Un 31 de diciembre a las ocho... Joder —fue lo único que atiné a decir.

—Ya te he dicho que las cosas aquí no funcionan como en la capital.

—Ya, entiendo... Y... esto de ir al doctor, ¿es por algo? —pregunté entonces, en mi absoluta y más estúpida inocencia—. ¿Le pasó algo o es...?

—Chequeo rutinario, Benjamín... —respondió ella sin tapujos—. Chequeo rutinario para ver que todo esté bien...

—Ah... ¡Ah, vale! Claro... Qué tonto que soy.

—No eres tonto, bobito... —sonrió de nuevo—. Hay reacciones que son más normales de lo que te crees.

—Bueno... —suspiré, un poco incómodo ya la charla—. Espero que todo esté yendo bien.

—Sí... Todo marcha sobre ruedas.

—Me alegro mucho.

Entonces, como un héroe enviado por los cielos, el móvil de Noelia comenzó a sonar con mucha fuerza. Nada más mirar la pantalla, mi cuñada se disculpó y se alejó meneando su precioso culito al son del tono de llamada. No fue difícil deducir que se trataba de ella, más que nada por su reacción... Pero no me alteré, ni me abrumé, ni me agobié, ni me incomodé... Estaba asombrosamente tranquilo. Era como si esa última parte de la charla con Noelia me hubiese ayudado a tomármelo todo con mucha más naturalidad. También era cierto que ya al estar ahí, ya metido de lleno, esperando únicamente a que llegara la hora del reencuentro, ayudaba mucho. Era como que ya no había vuelta atrás, como que ya no había ninguna posibilidad de salir huyendo o de posponer las cosas para otro día. Como le había dicho a Luciano, ya sólo quedaba ir a por ello.

El único problema era que, claro... Yo podía estar muy tranquilo, muy listo y todo lo preparado que quisieras, pero había una cosa a la que no terminaría de acostumbrarme nunca y era muy consciente de ello. Algo que desde el primer momento que me lo dijeron me afectó de una forma tan fuerte que creí que de esa no podría volver a levantarme. Algo que finalmente y con mucha, pero mucha ayuda, terminé asumiendo y aceptando como una parte más de todo lo malo que había pasado... Sin embargo, seguía siendo algo que cada vez que me lo mencionaban me seguía generando una rabia interna que no podría nunca llegar a expresar con palabras. Y esto era algo que ni los propios Luciano y Sebastián sabían. Lo único que me guardé para mí. Lo único con lo que tendría que lidiar yo sólo y sin ayuda una vez llegara el momento de tomar una decisión.

Podía disimularlo y hacer como si no me importara, pero el hecho de que Rocío estuviese embarazada era algo que no podría perdonarle jamás en la vida, más allá de lo que pudiera suceder aquella noche.

Noelia volvió a los cinco minutos, moviendo el culo de la misma manera y con los pezones ya fusionados prácticamente con la tela de su blusa de algodón. En ningún momento dejé de mirarla, ni siquiera mientras masticaba la ira que me había provocado escuchar lo de la visita al doctor. Y noté que cada vez me importaba menos y me sentía menos mal por deleitarme de esa forma con sus maravillosas curvas. Tanto que, cuando quise darme cuenta, me encontré acomodándome el bulto que ya había comenzado a ponerse rebelde dentro de mi pantalón.

—¿Q-Qué pasó? ¿Qué hacemos entonces? —me interesé apenas llegó a mi lado, colocándome bien la hebilla del cinturón para disimular un poco el movimiento anterior.

—Nada —dijo ella, muy ajena a todo, por suerte—. Venga, vamos.

—¿Ya? ¿No teníamos que hacer tiempo?

—Luciano ya terminó con la compra y las chicas ya terminaron en el doctor. Y tú tampoco estás para coger mucho más frío...

—¿Chicas? ¿Viene alguien más a la cena además de... ya sabes?

—Joder, Benjamín —me detuvo en seco y visiblemente harta—. Se llama Rocío. Puedes decir su nombre. Al final no vas a estar tan preparado como dices.

—¿Q-Qué? Espera, ¡¿qué?! ¡¿De qué cojones hablas?! —respondí yo, ahora sí que totalmente en fuera de juego y sin saber qué decir.

—Que empiezas a parecer un crío ya... Has venido a lo que has venido, ¿no? Pues empieza a comportarte como un hombre.

—¡Pero si estuvimos hablando de ella sin problemas hasta hace un rato! Déjate de paranoias, Noelia, por favor te lo pido.

—Que sí, cariño, que sí... —dijo, y comenzó a caminar de nuevo—. Venga, que la consulta del gine... del doctor no está muy lejos y no quiero que Aura y Rocío lleguen antes que nosotros.

—Ginecólogo, Noelia —le dije yo ahora, sin disimular lo más mínimo el asco que me producía hablar del temita—. Puedes decirlo. Al final la que no va a estar tan preparada eres tú, ¿eh?

—Vete a la mierda —volvió a exclamar, sin detener el paso—. La diferencia es que yo no estoy preparada pero lo digo abiertamente, no como tú. Y el tío es doctor, ginecólogo y hasta veterinario, que el pueblo es muy pequeño.

—Lo que tú digas... —zanjé el temita ahí—. ¿Entonces viene tu amiga Aura también? Creí que iba a ser algo más íntimo todo esto.

—Si quieres le dices tú que no puede pasar la Nochevieja en su propia casa, cariño.

—Sólo estoy preguntando... —reí, para quitarle un poco de hierro al asunto—. Hoy estás imposible, ¿sabes?

—¿Que yo estoy imposible? Tú sí que estás imposible... Maldito el momento en el que decidí dejarte a cargo del gilipollas de tu amigo.

—Qué tendrá que ver Lucho aquí...

—No has parado de mirarme las tetas en toda la noche, Benjamín... Y tú no eras así.

—Venga, hasta luego. Esto ya se nos fue de las manos.

—¡¿Dónde vas?! ¡Que no sabes dónde es! ¡Vuelve aquí!

Cada vez que hablaba era para embarrarla más, así que decidí poner rumbo a la casa de Noelia sin volver a abrir la boquita. Porque aquello no era más que un preámbulo de todo lo que me esperaba aquella noche.

• • •

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 20:30 hs. - Preparaciones.

• • •

—Joder... Sí que eres rápido.

Luego de cinco interminables minutos caminando cuesta arriba, llegamos a una pequeña calle con tres casitas en cada lado. La nuestra, o sea, donde tendría lugar nuestra reunión de aquella noche, se situaba en el lado derecho justo en medio de otras dos. Típica casita de pueblo; con sus dos pisos, su jardín y un tejado anaranjado a juego con el de sus vecinas.

Justo debajo del arco que decoraba su entrada, nos esperaba Lucho cargado con cinco bolsas y cara de querer matarnos a los dos.

—Bien podrías haberme dicho que no había nadie en casa, ¿no, guapa? —espetó, con los dientes apretados y una sonrisa muy forzada.

—No preguntaste tampoco, "guapo" —sonrió ella cínicamente, mientras buscaba las llaves en su bolso—. Igualmente, esperaba llegar antes que tú.

—Pues es la primera vez que llego yo antes que tú —dijo él, guiñándole un ojo, provocando que Noelia se ruborizara por completo.

—¡En tus putos sueños! ¡Benjamín, no lo escuches, que miente más que habla!

—No es asunto mío... Por mí no te preocupes.

—¡Pero te digo que es mentira! ¡Que yo con este nunca...! ¡Argh! ¡A la mierda los dos!

Noe abrió la puerta y entramos con mucho cuidado de no mojar o ensuciar nada. En el recibidor había un pequeño espacio para dejar los zapatos, como era de esperarse de una casita así. Coloqué los míos con mucho cuidado en una esquina y Lucho hizo lo propio tras un no tan suave coscorrón de mi cuñada al advertir que el despistado de mi amigo iba a saltarse ese paso. Una vez dentro, Noe nos guió hasta la cocina para dejar la compra. Nada más entrar, un fuerte olor a carne asada me inundó las fosas nasales, y terminé de comprobar que nos esperaba un gran festín cuando llegamos al salón y vimos la mesa con parte de los entrantes ya servidos en cada plato.

—Vaya bienvenida, Noe —aseguré, alucinado con lo que estaba viendo.

—¡ja! Y todavía no has visto nada.

—Presiento que nos vamos a ir de aquí con diez kilos más... ¡De mínimo!

—No me extrañaría... Aurita es una cocinera excepcional... Y además ha tenido a la mejor de las ayudantes todo el día con ella.

—Ya estás echándote flores, como siempre —reí.

—No... Si no lo digo por mí —dijo, justo antes de guiñarme un ojo—. Por cierto, espero que hayan traído ropa para cambiarse. Porque así ni sueñen que se van a sentar en mi mesa.

—¿Con quién te crees que estás hablando, bonita? —carcajeó Luciano—. Por supuesto que trajimos ropa para cambiarnos.

—Sí... Porque te insistimos Sebas y... —quise decir, pero un codazo en el riñón me hizo callar de golpe.

—Vamos, Benjamín. Que esas corbatas no van a anudarse solas...

—¿Qué corba...? ¡Joder! ¡Deja ya de pegarme!

Casi a la fuerza, Luciano me metió en la habitación que nos señaló Noelia y soltó las mochilas encima de una cama perfectamente hecha que él mismo no dudó en estropear cuando se dejó caer de lleno sobre ella. Y como parecía un cuarto de invitados debido a su nula decoración, decidí imitar a mi amigo y me tumbé junto a él.

—¿Y? —preguntó enseguida—. ¿Cómo fue la cosa con Noelia?

—Pues mejor de lo que me esperaba.

—¿Sí? ¿No intentó influir demasiado?

—Pues no... A la primera que salió el tema, le dije que prefería no hablar mucho sobre ello y lo entendió.

—Mejor, la verdad...

—En fin, que ya estamos aquí, Lucho —dije entonces, cerrando los ojos, tratando de no pensar en nada más.

—Y el tonto de Sebastián pagándole las fantas a la otra... Mira tú lo que se va a perder —afirmó Luciano, justo después de soltar un bostezo de bulldog.

—¿A la otra? Creí que iba a pasar fin de año con los padres.

—¿No te lo ha dicho? —rio—. No querría que te enfadaras... Pero vaya gilipollez igual... Clara lo invitó a cenar con ella y sus amigas, es eso.

—¿Con sus amigas? ¿Qué amigas? —pregunté, casi sin quererlo. Lucho sonrió con malicia.

—Ah... Es verdad que Clarita te la suda... La que de verdad te importa es...

—¡Que te calles! —exclamé, alarmado, cerciorándome de que la puerta estuviese bien cerrada—. ¡¿Tú quieres que me maten?!

—¿Qué? ¿Quién te va a matar, anormal?

—Pues Noelia, atontado. ¿Te crees que estoy en posición de ponerme a hablar de otras por aquí?

—Nadie nos oye aquí, enfermo.

—¡Que me da igual! ¡Cállate la boca y punto!

—Venga, dime —insistió, pero en voz más baja—. Pensaste en la pijita esa de diseño gráfico cuando te menté a las amigas de Clara, ¿o no?

—Que no, idiota. Pregunté por pura curiosidad.

—Curiosidad, ya. Vaya huevazos que tienes para pasar así de una hembra como Clara... Encima lo que provocas con eso es que Sebastián se envalentone y le meta fichas. No tiene ninguna posibilidad el pobre... Ya empieza a rozar lo ridículo.

—Pues no sabía que iba tan en serio... Sabía que quedaban, pero no hasta ese punto.

—Que te digo que no hay nada serio ahí. Que la chica empezó a tolerarlo sin más y lo invita a hacer cosas... Su techo está en ser el amigo gay, como mucho.

—Puede ser... Igual nunca se sabe... A veces por pesado... Yo le deseo lo mejor.

—Que te calles, idiota. ¿En serio no quieres nada con ella? Que si la llamas en un minuto la tienes comiéndote las pelotas, cabestro.

—Lo último que necesito ahora es pensar en más mujeres, te lo aseguro —reí—. Lo que necesito es terminar con todo esto de una santa vez.

—Igual ahora no lo necesitas, pero en unos días cuando todo esto haya pasado... Ahí lo dejo.

—Te lo digo en serio, Lucho... Necesito terminar con todo esto ya. Y lo bueno es que ahora sí que me siento preparado de verdad.

—¿Y ese cambio?

—No lo sé... Será que el estar ya aquí, a punto de encontrármela... Estoy nervioso, obvio, pero no ya no le temo al reencuentro.

—Vale, perfecto... —Lucho dudó, se lo pensó dos veces, pero continuó—. No hemos hablado mucho de esto, pero sabes que te la vas a encontrar un tanto cambiada, ¿no? Ya han pasado un par de meses y... va a estar más anchita.

—Anchita... —reí.

—¿Te ríes? Pues sí que puede que estés preparado del todo, sí.

—Que sí, Luciano... Puedes despreocuparte del todo.

—¿Has hablado con Lourdes?

—¡Venga, a cambiarnos! ¡Que se nos va la noche!

—No se te puede decir nada hoy... Estás hecho un mierdas.

—Chúpame los huevos —cerré, antes de soltar un nuevo y pegajoso estornudo.

Sin más, nos vestimos con lo poco que trajimos, que era poco precisamente porque el plan original era cenar con lo puesto, y salimos al encuentro de Noe para ya dejar todo listo para la cena. Curiosamente, y en contradicción con todo lo que le acababa de decir a Luciano, nada más salir por la puerta las piernas empezaron a temblarme de una forma espectacular. Faltaban ya sólo minutos para volver a verla y toda esa seguridad de la que venía haciendo alarde empezó a desvanecerse como hojas que se lleva el viento. Ojo, me seguía sintiendo preparado. Preparado pero muy nervioso al mismo tiempo. Incluso sabiendo que me tranquilizaría una vez superara el incómodo momento del reencuentro. ¡Pero las piernas me temblaban igual!

—La hostia santísima y puta...

Como Luciano, yo también tuve ganas de soltar un exabrupto parecido, pero me contuve por una cuestión de naturaleza propia. Mi cuñada, mi hermosa cuñada, bajó las escaleras y se presentó ante nosotros enfundada en un vestido negro aterciopelado de un solo tirante, extremadamente ceñido y que le caía un poquito por debajo de la mitad de sus muslos. Y redondeando un outfit espectacular para una mujer espectacular, unas botas también negras de largos tacones que le llegaban hasta el nacimiento de las rodillas.

Haciendo caso omiso a la cara de gilipollas que se nos quedó a mi amigo y a mí, Noelia se plantó delante nuestro con un considerable enfado encima y dispuesta a echarnos la bronca sin morderse la lengua en lo más mínimo.

—¿Y esta basura qué es? —dijo, con cara de asco—. Me esperaba mínimo verlos con chaquetas. Parecen vestidos como para ir a trabajar. De verdad, ¿eh? De este me lo podía esperar, ¿pero de ti Benjamín? Y nosotras de gala... En fin.

Sin esperar respuesta de nuestra parte, pasó por nuestro lado como si fuésemos dos insignificantes cucarachas y se metió en la cocina moviendo el culito como sólo ella sabía hacerlo, dejándonos ahí con la misma cara de subnormales con las que nos había encontrado.

—Así que no tienes la cabeza para más mujeres, ¿eh, cabronazo? —me dijo entonces Luciano, como si nada de lo que nos acababa de decir Noelia le hubiese importado una mierda.

—¿Qué?

—Que lo haga yo es una cosa, ¿pero tú?

—¿De qué cojones me estás hablando, Lucho?

—¡Que te has quedado mirándola como si te la quisieras follar! —exclamó, enfadado de verdad, apretando los dientes para que la aludida no se enterase.

—¡¿Y qué coño quieres que haga?! ¡Que no soy de piedra, joder!

—¡Pues cuando se trate de ella te quiero ver como una puta gárgola de monasterio, ¿me oyes?! ¡Que tú ya tienes muchas y a esta la vi yo primero!

—¡Estás enfermo! ¡Has perdido la cabeza ya del todo!

—¡No! ¡El que está perdiendo la cabeza eres tú! ¡El puto norte más bien!

—¡Calla, que ahí viene!

—¡Aléjate de mi hembra!

—¡Que te calles!

Lucho y yo intentamos disimular lo mejor que pudimos esa repentina y absurda subida de humos, pero daba igual, porque Noelia ya había entrado en un bucle de ansiedad y nerviosismo que nos descolocó un poco a ambos.

—Ya vienen —dijo, luego de dejar una bandeja con lo que parecía ser un delicioso solomillo a la mostaza en el centro de la mesa.

Acto seguido, comenzó a caminar de un lado a otro visiblemente preocupada, inquieta. Iba y volvía como pensando, como dándole vueltas a algo. En un momento paró y se sirvió una copa de vino, dio tres sorbos casi seguidos y la volvió a dejar sobre la mesa. Inmediatamente se detuvo delante de nosotros y por fin se decidió a decirnos algo.

—Vale, chicos... —suspiró—. A ver cómo lo digo...

—¿Va todo bien, Noe? —pregunté, preocupado.

—Sí... No... Calla. Acabo de hablar con Aura. Ya vienen.

—Venga, bonita —intervino Lucho—. Menos misterios... Que el horno hoy no está para bollos.

—¡Tú calla, imbécil! —gritó, luego suspiró y me miró a mí—. Escucha, Benjamín... He estado todo el día intentando evitar que esta noche sucedan ciertas cosas, ¿vale? El caso es que no... no he podido convencerla.

—¿Qué cosas? ¿De qué hablas?

—Calla y escucha, por favor —suspiró una tercera vez y dio otro sorbo a su vino—. Cuando terminemos de cenar, Rocío va a querer quedarse a solas contigo, ¿de acuerdo?

—Noelia... —intentó interrumpirla Lucho, pero en vano.

—Tienes que saber que Rocío todavía no está del todo bien, Benjamín. O sea, cuando se quede a solas contigo va a contarte muchísimas cosas que ella cree que son ciertas pero en realidad no es así.

—¡Noelia! —volvió a intervenir Luciano, ahora más serio—. No sé de qué va todo esto, pero habíamos acordado que no íbamos a entrometernos.

—¡Que te calles, joder! ¡Que te calles! —Noelia comenzaba a desesperarse más de la cuenta—. Benjamín, es muy importante que escuches lo que te estoy diciendo.

—Espera, Noe... —dije yo ahora, frenando con la mano un nuevo intento de Luciano de entrometerse—. No te estoy terminando de entender... Tranquilízate y explícate mejor... Dices que Rocío va a decirme cosas que no son verdad... ¿Me va a mentir? ¿Eso quieres decirme?

—¡Que no! ¡Dios! No te va a mentir, el caso es que ella se siente responsable por muchas cosas que en realidad no son culpa de ella, ¿me entiendes? Y por eso es muy probable que termine hablando de más...

—No entiendo nada... —dije, y procedí a servirme una copa de vino yo también.

—Con esto lo que consigues es poner nervioso al tío, Noelia... No entiendo por qué cojones sales con esto justo ahora —volvió a cruzarse mi amigo, visiblemente enfadado ahora.

—¡Yo sé por qué lo digo, joder! ¡Argh! —Noe dio un golpe sobre la mesa y luego cogió a Luciano de un brazo—. ¡Ven conmigo!

Me dejaron solo y se encerraron en la cocina. El cuerpo me pedía ir y poner la oreja, pero mi instinto de supervivencia me decía que me quedara en el sitio, esperando pacientemente, y que dejara a mi amigo encargarse de todo. Por otro lado, mi cabeza me pedía salir corriendo de ahí. Lucho tenía razón, toda esa mierda sólo había conseguido ponerme más nervioso de lo que ya estaba. ¿De qué cojones estaba hablando Noelia? ¿Qué cosas querría contarme Rocío que no son ciertas? No tenía puto sentido. Y me quería cagar en toda la puta en ese momento. La pelirroja al final iba a resultar ser un grano en el culo de verdad aquella noche...

—¡Vete a tomar por el culo! —salió de repente, abriendo la puerta con violencia.

—Ponte como quieras... No voy a darte la razón cuando no la tienes.

—¡¿Pero por qué no quieres entender?! ¡¿No te das cuenta de lo puede pasar si...?! ¡¡¡Joder!!!

—¡Basta los dos! —exploté, al fin—. ¡Coño, ya! Me parece estupendo que no me quieran decir qué cojones está pasando aquí, pero ya que se pongan a secretear entre ustedes sobre lo que debería hacer o no como si fuese un puto juguete... ¡eso ya no lo voy a tolerar!

—Es justo lo que le estaba diciendo ahí dentro...

—¡Me la suda, Lucho! ¡Que tú también llevas todo el día igual! —respiré, intenté tranquilizarme—. Mira... Estoy muy agradecido de todo lo que nos estuvieron ayudando estos últimos meses, pero si estamos hoy aquí los dos es porque queremos solucionar las cosas entre nosotros y sólo entre nosotros... Hoy, chicos, por lo menos hoy, los protagonistas somos nosotros, ¿de acuerdo?

El sonido chirriante del timbre de la puerta nos hizo girar la cabeza a todos. Sin decir nada, Noe se acomodó el pelo y el vestido, lanzó una mirada de reprobación a Luciano, y nos dejó solos en el comedor para ir a recibir a nuestras otras dos anfitrionas de aquella noche.

• • •

Miércoles, 31 de diciembre del 2014 - 21:15 hs. - Confrontación.

• • •

Nada más abrirse las puertas, alcé el oído para intentar descifrar las diferentes voces que provenían de esa dirección. Únicamente logré distinguir las de Noelia y la de, presumiblemente, su amiga Aura. Luciano, en un tierno intento de darme ánimos, me cogió una mano y me la apretó con fuerza. Acto seguido, me invitó a ponerme de pie para recibir de una manera más presentable a nuestras anfitrionas.

Noelia irrumpió en el salón con unas cuantas bolsas y un pequeño labrador moviendo la colita pegado a sus pies. Nadie la siguió. Venía sola.

—Las chicas se fueron a cambiar... —aclaró enseguida, al verme tieso como una estaca—. A diferencia de ustedes, a ellas sí les importa estar bien vestidas esta noche... ¡Ah, ella es Sunny! La perrita de Aura.

—Qué bonita... —fue lo único que me salió decir, decepcionado por este nuevo amague del destino—. Por cierto, ¿y Luna?

—En el piso de arriba estará... —dijo, colocando minuciosamente dos botellas de vino en cada extremo de la mesa—. Esa gata sólo aparece cuando Rocío está cerca.

—Me alegra oír eso, la verdad... No se dan una idea de lo que costó que se llevaran bien.

—Sí... bueno —cortó Lucho, sin disimular lo poco que le importaba el tema—. ¿Esperamos en el salón? Tengo los huevos como un racimo de uvas de tanto estar de pie.

—Sí, ¿por qué no? —respondió Noelia, ignorando el exabrupto y forzando una sonrisa que no podía vaticinar nada bueno—. Si total... aquí hemos venido a hacer lo que nos dé la gana, ¿no?

Sin darnos tiempo a decir nada, cogió el pasillo hacia el recibidor y se perdió escaleras arriba echando humo por los codos. Podría decir que me importaba lo que pensara Noelia, pero estaría mintiendo muchísimo. Me preocupaba más saber a qué había venido lo de antes. Aunque teniendo en cuenta las ganas que tenía Noelia de que volviera con su hermana, seguramente lo que Rocío querría contarme no sería muy de mi agrado.

De todas formas, Lucho, que se dio cuenta enseguida de que aquello me había dejado un tanto intranquilo, tuvo el detalle de explicarme un poco por encima lo que se cocía, o lo que estaba por cocerse. Si bien se notó que no quería hablar de más, seguramente para no cagarla con Noe, mi buen amigo se encargó de sacarme alguna que otra duda para que dejase de darle tantas vueltas al asunto.

—Rocío va a intentar explicarse, Benjamín.

—¿Qué?

—Que quiere darte explicaciones de todo lo que pasó... Vamos, lo que nos imaginábamos antes de venir.

—Ya... Suponía que iban por ahí los tiros —le dije, un tanto pensativo—. Era... es lo normal, ¿no? Lo que no termino de entender es por qué Noelia no quiere que lo haga.

—Ella cree que puede llegar a ser contraproducente para... para sus intereses, ¿me sigues? No quiere que... —dudó—. No quiere que, entre confesión y confesión, la cosa se ponga turbia y...

—¿Y qué? ¿Tiene miedo de que le pegue o algo? —reí—. Dejemos de exagerar, por favor.

—No es eso, animal... El caso es que puede que Rocío te vaya a dar más información de la que necesitas, ¿me sigues?

—Vamos a ver, Lucho... —suspiré—. Las cosas ya pasaron... y ahora estamos como estamos. Los errores ya se cometieron y no podemos hacer nada al respecto, ¿no? Es lo que llevamos semanas hablando tú, Sebas y yo.

—Si yo entiendo lo que dices. El problema es que... —volvió a titubear—. Ella cree que el escenario hoy es perfecto para que vuelvan a estar juntos, Benjamín... Y tiene miedo de que todo se vaya a la mierda por ir removiendo el pasado.

—Joder —reí—. Si la cosa se tiene que ir a la mierda, se va a ir con explicaciones o sin explicaciones... Lo de hoy es algo más... no sé, ¿visceral? Que otra cosa. Tú lo sabes bien, Lucho, no estoy aquí para recriminar nada... Lo que quiero es... bueno, ver si algunas sensaciones siguen vivas.

—Vale, está bien. Lo que quería es que entendieras un poco por qué Noelia se puso de esa manera.

—Está todo perfecto. No te preocupes. A ver si no tardan en bajar...

—¡Genial, entonces! ¡Ahora que se te ha quitado la cara de pasmarote, podemos dejar bien claro que yo no te he dicho nada de nada, vale?!

—Que sí, Lucho... Tú tranquilo.

—No. Tranquilo tú. Que parecías un fantasma hasta recién.

—Estoy bien, Lucho —sonreí, y le di una buena palmada en el muslo—. Ya estamos aquí, ¿no? Los nervios ya son una cosa secundaria. A partir de ahora lo único que cuentan son los hechos.

—¡Ese es el Benjamín que todos queremos, me cago en la mar! Mantente así de centrado y vas a ver cómo se te quitan así las ganas de mirarle el culo a mi chica.

—¡Que te calles ya con eso, subnormal!

—¡Ja, ja! Te voy a tener vigilado hasta que nos vayamos, pollaloca. Eso te lo garantizo.

Así estuvimos, picándonos e insultándonos durante aproximadamente media hora más. Ese vértigo que tenía en el cuerpo fue transformándose gradualmente en un cosquilleo inofensivo gracias a ese rato a solas con mi amigo. Aunque, por más cómodo que me sintiera en ese momento, no podía dejar de mirar hacia las escaleras.

Y, a lo tonto, se hicieron las diez de la noche...

—Parece que no eres el único que está como un flan... —sugirió Lucho, sonriente, mientras miraba su reloj por enésima vez.

—¿Por qué lo dices?

—No puede ser que estén tardando tanto en vestirse... Ahí arriba alguien tiene tantas dudas como tú.

—Son mujeres, Lucho... Y es Nochevieja.

—Que te calles, anormal... Ya te digo yo que ahora mismo están tratando de convencerla para que baje.

—Y aunque así sea, ¿qué más da? —dije yo, hastiado ya de que la cosa se estuviese estirando tanto, e impotente por no poder hacer nada más que esperar—. Ya bajarán cuando estén pre...

En eso estaba, a punto de decirle a Luciano que cerrara un rato la boca, cuando Noelia apareció por las escaleras, aparentemente de mejor humor, acompañada de su amiga Aura, una muchacha rubia de pelo largo y ojos verdes, delgadita y sin muchas curvas, pero con una carita tremendamente atractiva. Ambas se quedaron de pie en el descansillo, mirando hacia el costado donde nosotros ya no podíamos ver, como animando con la mirada a la persona que faltaba.

—¿Ves? —me dijo Lucho, sonriendo como si acabase de ganar una apuesta.

Pero ya no tenía tiempo para sus tonterías. Toda mi atención estaba centrada en lo que ocurría en ese punto ciego de las escaleras donde Aura y Noelia seguían insistiendo a su tercera acompañante para que bajara. El corazón me palpitaba fuerte, el pecho me ardía y la cabeza había empezado a darme vueltas. Pero el vuelco definitivo se dio cuando, harta ya de tanto tira y afloja, Noe cogió a Rocío del brazo y la hizo aparecer ante nosotros de un tirón.

—Ea —dijo Aura, risueña—. Ya estamos.

Y ahora es cuando debería decir que me quedé deslumbrado por su belleza, por volverla a ver después de tres largos meses y que estuviese más deslumbrante que nunca. Que me quedé con la boca abierta con su vestido blanco entallado, sin escote pero increíblemente revelador, que caía sobre sus piernas dejando medio muslo entero a la vista y apenas una pequeña porción de su otra rodilla. Podría decir que su melena negra, que caía sobre sus hombros ondulada, reluciente, me evocaba a aquellos días en los que me despertaba junto a ella y me quedaba observándola largo y tendido mientras jugaba con sus cabellos. Hasta podría decir que hice lo imposible para no mirarle el vientre, el cual, sin ser para tanto, resaltaba hinchado dentro de la ceñida tela blanca. Y sí, podría decirlo porque todo podría habría ocurrido así tal cual... Pero mi cuerpo, mi alma, mi corazón... sólo pude reaccionar cuando vi aquellas horribles cicatrices en su carita. Y fue automático... El levantarme e ir directamente hacia ella fue instintivo... El levantarle la carita con una mano, el sufrir al ver sus ojitos llorosos, el maldecir por dentro al darme cuenta de que esas marcas tardarían mucho, mucho tiempo en borrarse de su precioso rostro... Todo, todo sucedió de forma espontánea. Y la abracé como hacía mucho tiempo que no lo hacía, y ella se puso a llorar como seguramente hacía no tanto que no lo hacía. Y nos habríamos quedado así de no ser porque había tres personas a nuestro alrededor que en ese momento no hacían más que estorbar. Ese reencuentro no había sido como me lo había imaginado, había sido mucho mejor... O mucho peor, según cómo quisieras mirarlo.

No nos dijimos ni una sola palabra. No hizo falta. El abrazo, las lágrimas, las sensaciones... Todo había sido dicho sin necesidad de gastar ni una sola gota de saliva. Por eso no sentí pesar cuando Noelia, con los ojitos llorosos y una sonrisa de oreja a oreja, nos guió hacia el salón donde nos esperaba un descolocadísimo Luciano, que no sabía dónde mirar cómo reaccionar. Por suerte, fue la propia Aura la que decidió romper el hielo.

—¡Yo soy Aura! —me dijo a mí, y luego a Luciano, o a los dos, intercalando la mirada entre uno y otro con una sonrisa que se le salía de la cara.

—L-Luciano, ¡un placer! —atinó a decir Lucho, todavía en su mundo, respondiéndole con un beso en cada mejilla.

—Benjamín —dije yo, sin más, sujeto fuertemente a la mano de Rocío, la cual no había soltado en ningún momento.

—¡Encantada! —exclamó ella, para luego darme otros dos besos—. ¡Me hacía mucha ilusión conocerte, Benjamín! ¡He oído hablar mucho de ti!

—Vaya... —reí, forzadamente—. Espero que bien.

—¡Maravillas! Las expectativas están por las nubes.

—Pues espero no defraudar.

—¡Bueno! —saltó Noe entonces—. ¡¿Quién tiene hambre?!

—Pues yo... —respondió Lucho, que tenía unas ganas de cambiar de ambiente que no cabía en sí—. Ese solomillo tiene una pinta que...

—Pues habrá que ponerlo al horno un rato más, ¡que con el tiempo que ha pasado seguro se ha enfriado! —acotó Aura, muy ajena a todo. O al menos esa era la impresión que daba.

—¡Pues vente con nosotras, así lo vas probando! —animó Noelia a mi amigo, sin disimular en lo más mínimo que lo que realmente quería decirle era que sobraba ahí entre Rocío y yo.

—Eh... ¡Sí! Venga. Y ya voy valorando.

—De ti también me han hablado mucho, Luciano —le dijo Aura, mientras se iban, dándole un codazo a Noelia.

—Calla, anda... —respondió esta misma—. Que se viene arriba enseguida...

—El día que me veas venido arriba no vas a querer que me vuelva abajo nunca más, caramelito.

—¡Vaya! —se asombró Aura—. ¿Pero no te lo habías... ya?

—¡Aura! ¡Venga, a la cocina! ¡Y a callar!

Mientras esta gente marchaba para darnos un poquito de intimidad, yo ya me había acomodado junto a Rocío en el sofá más cortito. Ella, que seguía sin dar ningún indicio de querer hablar, me iba siguiendo sin soltarme de la mano y sin atreverse a mirarme a la cara todavía. Fue entonces cuando entendí que la cosa iba a ser más complicada de lo que creía, que nada de lo que habíamos pensado esas últimas semanas mis amigos y yo iba a suceder como creíamos que iban a suceder. La campaña para intentar volver conmigo, las posibles mentiras para engatusarme, las excusas sobre todo lo que había ocurrido... No, todo eso quedaba en segundo plano. Aquella reunión no era para eso. Aquella reunión era para que dos almas heridas pudieran reencontrarse, para que dos seres sumidos en la oscuridad pudiesen volver a la luz de la mano, para que ambos sanasen juntos aquellas heridas que no les permitían salir adelante... En ese momento, sólo importaba que ya estábamos juntos. En ese momento, sólo importaba que por fin volvíamos a tenernos el uno al otro.

Todo lo demás podía esperar.