Salvando a Livia: Capítulos (11 y 12)
Joaquín no puede dejar de mirar el espejo retrovisor. Cada gemido de Livia, cada mirada cómplice con su verdugo, queda grabado en su memoria como una maldición. Ahora, mientras el mundo arde a su alrededor, solo busca una cosa: perdonarla, aunque sea demasiado tarde.
11. EL FUNERAL
Diario El Regiomontano
Monterrey Nuevo León
Martes 6 de junio
Ante todo pronóstico, y con el 100% de conteo del sistema de cómputo, el INE (Instituto Nacional Electoral de Los Estados Unidos Mexicanos) confirma el triunfo para gobernar la capital del Estado de Nuevo León, Monterrey, a la reconocida y respetada doctora Olga María Erdinia Estrada, quien suplió de forma inesperada la boleta del ex coronel Aníbal Abascal, tras los presuntos actos de corrupción, asesinato y vínculos con el crimen organizado con el que fue denunciado el sábado pasado.
Así pues, la doctora Erdinia se convierte en la primera mujer presidenta de Monterrey, procedente de un partido conservador aun si ella apuesta por ideas liberales.
Sus primeras declaraciones han dejado clara su postura, al tiempo que el escrutinio público está puesto sobre ella luego de que su partido político sufriera un escandaloso revés, y aun así, posicionándola como triunfadora:
«Vamos hacer las cosas bien, querida gente regiomontana. No les vamos a fallar. Me comprometo a desmantelar las redes corruptas y criminales de esta ciudad que durante muchos años ha sido un referente nacional y americano. ¡Tengan confianza en mí, pues todos saben que las mujeres regiomontanas somos de carácter férreo, astutas, apasionadas con lo que ansiamos, y siempre dispuestas a enfrentarnos a cualquier adversidad!»
Cuando se le preguntó por las acusaciones contra Aníbal Abascal, y los recursos legales que sus abogados han implementado en la fiscalía para protegerle, lo que ha impedido su detención, la doctora Erdinia fue muy enfática al responder:
«No vamos a encubrir a nadie por más poderoso y aristócrata que se diga ser. No vamos a tolerar sobornos para evadir la ley. ¡No habrá protección para criminales de cuello blanco! Quienes tengan cuentas que pagar, tendrán que saldarlas ante las autoridades competentes. El nuevo gobierno de Monterrey se vinculará con las autoridades Estatales y Federales para erradicar la violencia y la corrupción. Ningún funcionario público ni empresario volverá atentar contra nuestra comunidad regiomontana, con sus enriquecimientos ilícitos ni su autocracia. ¡El momento del progreso para los más desfavorecidos, excluidos y olvidados ha llegado a Monterrey, pero, aun así, tengan la seguridad que yo, queridos regiomontanos, seré una mujer que gobernará para todos! Y aquí, en nuestra región, los criminales no tendrán cabida nunca más.»
Monterrey, Nuevo León
Miércoles 7 de junio
Luego de cinco días de velatorios, el miércoles se llevaron a cabo los servicios fúnebres de la señorita Ximena Abascal.
Aníbal, por su parte, permanecía encerrado, apenas comiendo lo poco que las criadas lograban ofrecerle, absorto del mundo. Raquel Soto, terriblemente devastada por la muerte de Ximena, aun si había luchado por mostrarse indiferente ante su marido, ni siquiera se preocupó por él. No se habían visto las caras desde el día del incidente, y a su lado, en completa discreción, al menos por teléfono, siempre estuvo Ezequiel Vásquez acompañándola en su pena.
No obstante, gracias al gran escándalo que se había suscitado en torno a la figura de Abascal y su familia, y aun si todavía no se comprobaban los delitos de los que se le acusaban, los medios de comunicación habían esperado que toda la aristocracia de Monterrey Nuevo León y San Pedro Garza García se congregaran en la Catedral Metropolitana, no obstante, las bancas del gran recito sagrado lucieron vacías.
Ningún miembro de La Sede apareció en la solmene eucaristía, salvo las condolencias públicas que Olga Erdinia ofreció en conferencia de prensa desde La Sede, ahora que se había convertido en presidenta electa.
Además, las ausencias del Gobernador, el alcalde actual de la capital, o algún comisionado del Gabinete del Gobierno de Nuevo León fueron notorias. Tampoco se presentaron los grandes aliados comerciales o amigos de toda la vida de los Abascal, por lo que los noticieros se ensañaron en sus notas al asegurar que tales vacíos eran señas de «un gran mensaje de castigo y decepción para una familia tan ilustre y respetada como la Abascal Soto, que durante décadas fueron admirados por la sociedad». Incluso el Cardenal Oviedo rechazó celebrar la misa, siendo el sacerdote confesor de la familia quien se dignara en oficiarla.
El descrédito estaba siendo devastador para la honorable familia, quien ya, incluso, estaba padeciendo cancelaciones de contratos comerciales.
El escarnio público habría afectado a doña Raquel Soto sobre manera en otras circunstancias, no así ese día, en que la soledad parecía ser su mayor aliada en su constante búsqueda por una inmediata resignación.
Raquel, firme, con su pelirroja cabellera atada en un moño, desde donde se anclaba una alta peineta y sevillana negra, se había cansado de tanto llorar; por eso, aquél mediodía, de pie, frente al féretro de su amada hija, sólo podía estar en silencio, consumida por el arrepentimiento y la ausencia que sólo una madre puede llevar consigo, en secreto, en lo más hondo de su corazón.
La hija que le quedaba, Vanessa, permanecía sosteniéndola a su lado, llorando y lamentándose, y junto a ellas, algunos familiares de los Abascal, procedentes de Chicago, ya que los Soto esperarían a que parte de sus cenizas llegaran a Escocia, cuando Raquel y Vanessa viajaran hasta allá.
La Catedral estuvo cerrada para los medios de comunicación, y Samuel Cárdenas se aseguró de que todos supieran que el motivo se debía a que querían evitar que la tragedia familiar se convirtiera en un reality show.
«Será una ceremonia íntima y privada para la familia» había comentado esa mañana.
Y aun si la ausencia de grandes figuras de la región era evidente, lo más manifiesto fue el fuerte dispositivo de seguridad que Samuel Cárdenas armó para resguardar un buen kilometraje a la redonda de la Catedral, a fin de salvaguardar la integridad física de los asistentes ahora que las amenazas a los Abascal por parte del cártel de Los Rojos se había concretizado.
Dos horas antes, Lola, horrorizada ante la idea de que Aníbal ni siquiera tuviese la intención de despedirse de su hija antes de ser llevada en cortejo a la catedral, arribó al despacho, pasando por alto los gritos del Tamayo que había ido tras ella para evitar que asaltara la tranquilidad de su patrón, sin lograrlo.
—Déjala —murmuró el exiguo hombre que permanecía exánime, en el interior de ese despacho, sentado en un sofá, mirando a un punto indeterminado.
—Como ordene, patrón —dijo el Tamayo antes de salir.
Lola se llevó las manos a la cabeza al advertir que el Aníbal que estaba delante de ella no se parecía en nada al que conocía. Las cortinas estaban corridas, y la luz que ofrecían las lámparas del ámbito empeoraba aún más el aspecto demacrado del que fuese líder de La Sede.
—¡Por Dios Santo, Aníbal! —corrió hasta él.
Abascal no se había afeitado, se le veía delgado, exiguo, acabado. Y, sobre todo, con un odio y resentimiento infernal en sus ojos que calaban en Lola.
—Aníbal, levántate, por Dios —le dijo la esposa de Ezequiel, poniéndose de rodillas frente al sofá donde él permanecía tumbado—. Falta poco para que se lleven a tu hija y ni siquiera la has ido a ver.
Lola, que todavía llevaba los rasguños en la cara de dos días atrás en que Raquel la había arrastrado, arañándola y expulsándola arrastras de la capilla cuando tuvo el atrevimiento de presentarse allí, parecía impresionada de ver al hombre más duro y poderoso que había conocido en su vida consumido, aferrándose a una fotografía de Ximena que tenía entre sus brazos.
—Aníbal, por favor, escúchame. Tienes que levantarte, tienes que recuperarte. Ximena está por ser trasladada a la Catedral Metropolitana de Monterrey, pero antes tienes que ir a verla. Tienes que ir a despedirla también, es tu hija.
—Me han mutilado el alma… Lola… y sin alma… ya no tengo humanidad —dijo él, arrastrando las palabras.
—Mi amor, vas a salir de esta, porque eres muy fuerte. Pero, por favor, te necesito de pie, ahora. Tu hija… está en un mejor lugar y…
—¡No me resigno! —gritó Aníbal de pronto—. ¡NO ME RESIGNO!
Aníbal se puso de pie, y comenzó a andar a trompicones entre el despacho, vociferando:
—¡Mi hija no puede pagar mis culpas. ¡No lo acepto!
—Esto no se trata de culpas, Aníbal. —Lola también se levantó, pero permaneció al costado del sofá—. Lo que ha ocurrido no es culpa de nadie.
Pero Aníbal no la escuchaba, sólo escuchaba los tormentos que lo satanizaban en su interior:
—Me he quedado sin hijas... una ha muerto y la otra ha renunciado a mí. No sé qué es peor... que Ximena ya no esté a mi lado… o que teniendo a Vanessa… ella haga como si yo no existiera. Ni siquiera ha venido a verme desde que me encerré aquí. No puedo obligarla a que me quiera… pero… ¡Maldita sea, Lola! ¡Me han quitado lo que más quería en mi vida, y ahora me vale una mierda lo que le pase al mundo!
Aníbal se hallaba roto; su alma parecía mutilada, hecha añicos, y su gesto temblaba, provocándole espasmos y una mirada devastadora.
—¡Yo no lo acepto! —gritó con amargura, rompiendo todo lo que había a su paso—. ¡No acepto que Ximena ya no respire... No acepto que mi niña caprichosa ya no me llame papá. ¡No acepto que mi hija más amada y la que más necesitaba de mí esté muerta...!
—¡Solo despídete de ella, Aníbal, y todo será más fácil para ti!
—¡No me resigno! —volvió a gritar, estrellando su puño sobre el escritorio por enésima vez, rompiéndose el marco de la fotografía contra el suelo—. ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la vida ¡Me cago en todos! ¡No me resigno a que Ximena esté muerta! ¡Por mis hijas he hecho todo en esta vida de mierda… para que lo tuvieran todo… para que no sufrieran lo que yo… para que no padecieran hambres como yo… para que nadie las humillaran como me humillaron a mí, a mis hermanas y a mi madre cuando mataron a mi padre y nos arrebataron nuestras tierras… las tierras que siempre fueron de los Abascal y que yo recuperé con esfuerzo para que el apellido volviera a tener el mismo valor que en el pasado…! ¡Preservé mi nombre intacto toda mi puta vida para que ellas estuvieran orgullosas de mí, para que nunca tuvieran vergüenza de pronunciarlo, de leerlo, de escucharlo! ¡Para que siempre me amaran…!
»Pero ahora, ¿de qué putas me sirvió? Si… ahora una de ellas me aborrece y la otra… ya no está aquí. ¡No me resigno, María Dolores! ¡NO me pinches putas resigno! ¿Cuándo se ha visto normal que un hijo muera antes que su padre?
Lola lloriqueaba más por Aníbal que por el destino de Ximena.
—Aníbal, Samuel ha persuadido a Raquel para que te deje a solas con tu hija. Todo está dispuesto. Si no quieres exponerte ante la gente como un hombre que también sufre y llora, entonces autorízanos y te dejarán estar solo con ella el tiempo que necesites. Pero por favor, despídete de tu hija o te arrepentirás toda tu vida.
—¿Cuál vida, Lola? ¿De qué puta vida me hablas, si estoy muerto en vida? Si me la han arrebatado.
Y ahí se derrumbó. Colapsó en el suelo y comenzó a llorar de verdad. Lola corrió hasta él, incrédula, asombrada por tal resquebrajamiento.
—¡Me la han arrebatado…! ¡Me la han quitado…! ¡¿De qué mierdas ha servido todo lo que hice?! ¡La puta vida se ha ensañado con mi hija…! ¡¿Por qué con ella… Lola… por qué mierdas con ella si era inocente de todo lo que hice yo?! ¡Aquí el único hijo de puta he sido yo, no ella! ¿Es ese mi castigo? ¡Porque si es así… yo no lo quiero!
—Ven conmigo, Aníbal… vamos con tu hija…
—¡No voy a soportar… verla ahí dentro…! ¡No la quiero dentro del féretro! ¡Que la saquen si la tienen ahí! ¡Quiero que la me la devuelvan… que me la devuelvan! ¡No me resigno! ¡No acepto su muerte! ¡NO LA ACEPTO!
Lola lo rodeó con sus brazos, pero Abascal continuaba atacado en el suelo:
—¿Por qué no lo aceptas y tratas de comenzar de nuevo? Ya ha sido suficiente dolor y desgracias con todo esto.
—Porque si lo acepto me voy a volver loco. Tengo rabia... mucha rabia... ¡Ella no tenía la culpa de mis acciones! ¡Mi hija no! Ella era inocente... inocente... y no te perdono... vida... no te perdono que me la hayas quitado...
Entonces, tras minutos de sollozos, algo cambió en la mirada de Aníbal. Era como si de pronto un chip se hubiese intercambiado en su cerebro y hubiese adoptado una postura mucho más férrea para sobreponerse. Se sostuvo de la pata del escritorio y volvió a levantarse. Se limpió las lágrimas y volvió hacer puño su mano:
—Lola, tráeme a Livia... Es la única que me puede calmar, ¿por qué no está aquí, conmigo, justo ahora que la necesito? Traérmela aquí, ¡la quiero aquí!
Lola pasó del lamento al odio. ¿No era ella la que estaba junto a él, apoyándole, interesándose por su salud mental? ¿Y Aníbal la nombra a ella, a esa maldita zorra cuya aparición en la vida de su amante le había propiciado todas sus desgracias?
—Aníbal… vamos con tu hija.
Pero Lola estaba asustada por la nueva mirada que había adoptado Abascal. Su rostro destrozado, cenizo, traumático se había trasmutado a rabia pura. Una mirada vengativa que ya conocía de antes.
Entonces, Aníbal, mirando hacia la puerta de su despacho, gritó:
—¡Tamayo, ven aquí!
Lola suspiró. Esa voz, esa presencia, y esa acción en su amante también la conocía.
—Aníbal… ¿para qué lo has mandado llamar?
Y Lola se horrorizó. En el estado en que se hallaba su amante ninguna decisión que tomara sería buena.
—Aníbal… no hagas disparates, ¿es que no te has cansado de tanta miseria? ¿Es que no has aprendido la lección?
Pero Aníbal se mostró ansioso. Temblaba de todo el cuerpo. Caminaba de un lado a otro.
—¡Tengo que hacerlo, Lola… tengo que lanzar mi ofensiva, tengo que vengarme… porque si no hago algo pronto… voy a terminar desquiciado! ¡Entra, Tamayo, entra!
El fornido hombre se presentó ante Aníbal como el mejor de sus perros, asintiendo con la cabeza:
—Lo que ordene, señor Abascal.
—Primero me traes a mi Drusila…
—La señorita Aldama ha despar…
—¡Que la traigan te digo! ¡Búsquenla hasta por debajo de las piedras!
—Como ordene, señor.
Lola continuaba indignada, asustada y confundida:
—¡Y también quiero a ese perro inmundo delante de mí! —dijo, y Lola lanzó un gemido de terror al intuir a lo que se refería—. ¡A Ezequiel! ¡Al hijo de puta de Ezequiel! ¡Pero también quiero muerto a su hijo, para que sienta el malnacido el dolor que estoy sintiendo yo! ¡Quiero que le maten a toda su puta parentela a la voz de ya! ¡Pero a él lo quiero vivo, Tamayo! ¡Aquí lo quiero vivo, arrodillado delante de mí, suplicándome clemencia! ¡Yo mismo lo voy a despedazar como el perro desgraciado que es! ¡Y NO TENDRÉ PIEDAD…!
Lola estaba horrorizada mientras Aníbal se hundía en la silla frente a su escritorio, repentinamente transformado.
—¡Aníbal por Dios!¡Recapacita! ¿No te ha bastado ya tanto dolor? Lo que pretendes hacer es una locura. ¡Si matas a Ezequiel sabrán que fuiste tú! Toda tu gente estamos haciendo hasta lo imposible para salvarte de las acusaciones que han recaído para ti. ¡No lo eches todo a perder, mi amor, por favor!
—Voy a matarlo, Lola, ¡voy a destrozar psicológica y físicamente al cornudo de tu marido hasta que sea una paria!
—Aníbal, no te olvides que al final de cuentas, es Dios quien dispone todas las cosas.
—El hombre pone y Dios dispone. Pero en cosas de desquite, yo tengo la última palabra.
Lola lloriqueó por el terror de lo que se avecinaba.
—Tienes razón, Lola —murmuró Aníbal, poniéndose en pie, sorprendentemente renovado, pero con una carcasa que ya no parecía abastecer humanidad—. Tengo que despedirme de mi hija. Quiero que saquen a todos de esa capilla y que me dejen a solas con ella. Y entonces, frente a su cuerpo juraré vengarla, y no voy a descansar hasta haberlo conseguido.
—¿Vengarla de quién, Aníbal? ¡Si han sido tus acciones las que…!
—¡Harás lo que te digo y te callas, Lola! Y tú, Tamayo, cuando salgas avísale a Samuel Cárdenas que quiero hablar con él. Es momento de remontar y tomar mi lugar. Necesito saber qué ha pasado durante estos días. ¡Aníbal Abascal necesita retornar!
—Señor —dijo el Tamayo—, Los Rojos…
—Sí, sí… Con esos también tengo cuentas pendientes. Dile a Samuel que venga. Y quiero a todos aquí esta noche, incluido Montiel. Es momento de poner las cosas en su lugar y derribar lo que tenga que derribar. Olga Erdinia y La Sede en general, se arrepentirán de haberme dado la espalda.
—¿Y con el señor Jorge Soto, patrón? —Se le ocurrió decir al Tamayo cuando ya salía de la oficina—. ¿Qué quiere que hagamos contra Jorge Soto?
Aníbal levantó la cabeza, miró al vacío y respondió.
—Nada. Él ya está muerto... sin advertirlo también lo maté.
12.ARREPENTIMIENTO
JOAQUÍN ARMENTEROS
Viernes 7 de julio
Monterrey, Nuevo León
Había pasado más de un mes desde aquél devastador 3 de junio, donde el sistema político de Monterrey se hizo mierda.
Y, aun así, yo me seguía arrepintiendo de todo cuanto había hecho mal.
«Me arrepiento con toda mi alma. Con todo mi cuerpo. Con todo mi espíritu. Me arrepiento de no haber hecho lo suficiente para evitar su caída. Me arrepiento de no haber luchado más para que su salvación hubiese imperado más que mi sentido de la aprobación en una sociedad colmada de excesos y locura.»
Pero, ¿cómo se salva a quien amas en silencio, sin que ella lo sepa, y, aun peor, cuando ese amor parece entregarse a voluntad a esos sórdidos placeres a los que, de alguna manera, tú has permitido con tus omisiones?
Todavía puedo escuchar sus traspiraciones mientras Valentino la pervertía. Yo conduciendo el coche y ellos detrás de mí, deleitándose entre procacidades y pedanterías. Yo, agitado, acelerando el vehículo y ella, con los muslos separados, exhibiendo un gozo expectante, disfrazado de horror.
«¡Mmmmh!»
Sus suaves gemidos eran una mezcla de inocencia y fruición. Y yo no quería mirar, porque me dolía, porque es bien sabido por todos que siempre duele advertir que quien amas se entrega al disfrute que le ofrece alguien que no eres tú.
Pero cada vez que me ganaba la curiosidad alzaba la vista al espejo retrovisor y me entregaba al tormento de ver cómo la niña que me gustaba estaba siendo poseída por mi jefe. Ese hijo de puta de Valentino Russo que ya había robado su inocencia y sencillez, y que ahora la acariciaba como si fuese suya, cuando ella ya era de otro, estrujando sus hermosos senos apenas ocultos por los insinuantes escotes que la hacía lucir cada vez que se reuniría con él, mientras le preguntaba cosas inapropiadas que alimentaban su ego y su morbo «¿Así te acaricia él, tu novio? ¿Así te hace chorrear él, con sólo tocarte y respirarte en el cuello?»
Y ella respondía con jadeos, reiteradamente, deslizándose en el asiento, abriendo solita sus muslos, para que él pudiese prendarse de su más divino tesoro, con su mirada perdida, su lengua de fuera, sus labios humedeciéndose, sus mejillas sonrojadas, y sus constantes gemidos «Huuummm» que, a su vez, acogían las vulgares caricias que le ofrecía su pervertido infractor.
«¿Te gusta, Aldama? ¿Verdad que te gusta? Claro que sí, o no estarías chorreando como una golfa» «Uffff ¡Aaaammm!» «Me tienen loco tus ubres… y es que estás deliciosa, ¿lo sabías?, toda tú eres deliciosa»
Y sus blasfemos dedos husmeando debajo de su vestido, intentando ingresar a su inocente sagrario.
«Auuuuhhh» oía quejidos femeninos cuyo aliento empañaba los cristales.
Y todo se volvía aún más candente y siniestro cuando, entre mis vistas en el retrovisor, ella abría sus candorosos ojos, y me miraba. Y nos mirábamos. Y yo conduciendo, y ella jadeando con más placer «Ricooo… ¡Hummm!» sin apartar su vista de la mía, y yo sintiendo que mi vida se me iba, que mi pecho se paralizaba. Que mis fosas nasales se ocluían impidiéndome respirar.
«¡Uyyy! ¡Qué ricoooo…!»
Y ella clavando sus pupilas sobre las mías, mordiéndose los labios, como incitándome, como si se burlara de mí, como si supiera que yo la deseaba y que jamás podría tenerla. Y de pronto, mientras Valentino le metía los dedos en la boca y le chupaba el cuello, ella me sonreía con crueldad, separando aún más sus muslos, para que los dedos de su amante pudieran frotarle el clítoris y sus labios vulvares, como diciéndome que «él sí…y tú no» «Él sí puede tenerme» «Tú sólo mira…» «Él si podrá poseerme, pero tú no pasarás de mirarme, cabrón pajillero.»
Y cuando los dejaba en cualquier sitio, en una fiesta, en un restaurante, en un motel, yo padecía la humillación de tener que esconderme en un baño, o en el mismo coche, sacar mi pene y masturbarme. Pensando en ella. Siempre en ella.
—Livia Estefanía… mi dulce Estefi…
Y las promesas de Valentino atormentándome siempre. Y yo oyéndolas constantemente como ecos en mi cabeza:
«Te la voy a pasar, Joaco, cuando la tenga completamente pervertida y depravada, te la voy a rolar para que tú también la culees. Cuando me haya hartado de agujerarla, te la voy a ceder, para que la tomes y saborees mis espermas, que ya estarán impregnados en su coño, en su boca, en su culo y en todo su cuerpo»
Y de nuevo la noche, yo en mi habitación, frotándome el falo, viéndola a ella mientras cerraba los ojos. Sintiéndola a horcajadas arriba de mí, frotándose en mi entrepierna…
—¡NOOO! —bramé mientras me detenía en seco, cuando el semáforo de la avenida se puso en rojo.
¿Cómo pude ser tan poco hombre para consentir que ese perro de mierda que decía ser mi amigo, y quien siempre me manipuló, provocándome deseos de ser como él, arrebatara la inocencia a una niña tan buena como ella?
Cuando yo la conocí, Livia no era así. Juro por Dios que ella no era así. Aquella chica tan inocente, tan ingenua, tan hermosa, tan sólo era la niña bella de las galletas. Pero, por miedo a perder los privilegios que Valentino me destinaba, y que sin ellos habría hecho imposible sostener a mi familia, yo permití que la pervirtiera.
Yo la conocía desde antes, y conocí su belleza incluso con mucha antelación; desde antes de que sus piernas brillantes se mostraran a los hombres como el gran preciado tesoro. Desde antes de que el poderío y los excesos la contaminaran.
Yo a Estefi, como me gustaba llamarla en mis adentros, la conocí antes que Valentino y que Aníbal. Yo la conocí incluso antes que Jorge Soto. Yo, por tal motivo, tenía derecho de antigüedad.
Ella se convirtió en mi sueño irrealizable desde que vendía galletitas de mantequilla en la Sede, o esas otras galletas de chispas de chocolate que eran mis favoritas. Estefi, que para mí siempre fue, era y seguiría siendo la niña bella de las galletas, solía deambular por los pasillos del edificio luciendo aquellas faldas largas que le llegaban a los tobillos. Por aquél entonces su sonrisa era autentica, vistosa, contagiosa, y aquellos hoyuelos, que iluminaban con su inocencia cada estancia donde se detenía, se convirtieron en una de mis muescas favoritas.
No hacía falta maquillaje para que sus labios carnosos resplandecieran, para sus ojos brillaran desde el alma, y para que sus mejillas se enrojecieran cada vez que la hacían reír.
Ahora, al pasar el tiempo, me doy cuenta de que ella nunca fue consciente de mí aunque era uno de sus clientes principales, porque en ese tiempo sus intereses no estaban en ningún hombre, sino en pagar su universidad.
«Estoy enamorado mamá, de una niña hermosa que en cuanto la veas te gustará»
«¿Y qué esperas para decirle que la amas, Joaco?»
«Ella está estudiando, no creo que ahora mismo quiera una relación. Pero en cuanto se gradúe, voy a declararle mi amor. Le diré que desde que la vi la he amado en secreto, y que nada me daría mayor alegría que saber que mis sentimientos, alguna vez, podrían llegar a ser mutuos»
Pero un día, cuando me disponía a comprarle una más de sus galletas, descubrí que el cuñado de Aníbal, Jorge Soto, la cortejaba con insistente caballería, y antes de que yo pudiera hacer algo al respecto, ella ya le había entregado su corazón y le había dicho que «sí»
«No llores, hijo» me consoló mi madre mientras yo descansaba mi cabeza sobre su regazo, oyendo en la consola la canción de Hombres G llamada “devuélveme a mi chica” «dichoso el que sufre por amor, porque entonces es verdad que ha amado»
Y yo jadeando desconsolado, tarareando entre silencios la misma canción cada vez que volvía a reiniciar «…Estoy llorando en mi habitación… Todo se nubla a mi alrededor… Ella se fue con un niño pijo…»
Pero de alguna forma me resigné, porque el hombre siempre se resigna. Sobre todo cuando vi que el trato que le daba ese joven pelirrojo era digno de ella. Estefi era feliz, y yo no podía reprocharle nada a su novio si me la había ganado a la buena. Y decir que me la había ganado es sólo un decir, pues en realidad nunca fue mía; todo lo contrario fui tan estúpido que nunca lo intenté, y cuando quise hacerlo, ya había sido demasiado tarde.
Por eso me obligué a no sufrir más por su romance con Jorge… me obligué a no padecer más la pena de saber que Livia pertenecía a otro, porque yo sabía que, independientemente del clasismo y presunción que irradiaba el chico, Jorge Soto era un tipo de buen molde, caballero y decente.
Pero entonces… un día todo cambió, cuando años después apareció en su vida Valentino y sus ansias perversas de emputecerla.
Y aun si Livia Aldama ya estaba cada vez más cerca de nosotros, ella apenas si me miraba. Ni siquiera se acordaba de mí ni de todas las ocasiones que le compré galletitas sólo para verla, para tenerla cerca. Estefi ni siquiera sabía mi nombre. Y eso me dolía de verdad.
De cualquier forma, siempre recordaba su dulce voz, cuando llegaba a mi oficina y me decía:
«Hola, amigo: Me llamo Livia Estefanía Aldama Cortines. Estoy vendiendo galletitas de mantequilla, de chispas de chocolate, brownies y paletas de sabores. Al comprar alguno de mis postres estarás contribuyendo a mis gastos de titulación, que ya se avecina, por la Gloria de Dios, para el año entrante.»
«Sí, sí, Estefi, ¿te puedo llamar Estefi? Quiero cuatro, por favor, de chispas de chocolate.»
Y su sonrisa genuina, sus ojitos bonitos, su ingenuo semblante siempre quedaría tatuado en mi corazón.
—Perdóname… Estefi, por favor perdóname… —lloré en el coche, impotente, avanzando y luego deteniéndome de golpe en cada acera, esquina o rincón donde creía mirar una cabellera larga, del color de las avellanas o el chocolate líquido—. ¡Livia! —gritaba a la chica en cuestión, pero ella nunca me miraba.
No era ella. Esa chica tampoco era ella.
¿Entonces dónde estaba?
«¿Dónde estás, cielo mío, dónde?»
Y lo que más me duele, lo que más me avergüenza, lo que más rabia me da es que me dejé contaminar por las argucias de Valentino y su vileza, y mientras él comenzaba con su proceso de perversión, yo dejé de ver a Livia como esa niña dulce y tierna de la que me había enamorado, para suplirla por esa mujer lasciva que yo ansiaba llevarme a la cama.
Mi resentimiento con Estefi comenzó por la decepción, cuando advertí que ella dejaba de luchar por resistirse a los embustes de Valentino. Cuando empezó a ceder a sus insinuaciones. Cuando comenzó a dejar de respetar la dignidad de Jorge, su novio que me consta que la amaba, a quien, siempre cuando pude, intenté defender, advertir y tranquilizar ante los diabólicos planes de mi jefe.
«Perdóname tú también, Jorge, donde quiera que estés, por haber sido tan perro... ¡Perdóname!»
Apenas he logrado entender que Livia sólo fue una chica a la que llegó la gloria de golpe, que no supo gestionar tanto poder y belleza, y es por eso que me identifico con ella en ese parte, porque, en su tiempo, yo tampoco fui consciente de mi valor, de mi moral, de que era apuesto y atractivo para las chicas, y desgraciadamente cuando lo hice, no supe qué hacer con todo ello y me pervertí.
Yo, como buen regiomontano promedio, era un hombre de 1:90 de estatura, bien parecido, rubio, y con ojos azul turquesa. Mi cuerpo atlético y fornido era el preciso que debía de tener cualquier escolta. Por eso Valentino me había contratado. Mi peor error, además de haber creído en su amistad, fue dejarme convencer por sus panfletos degenerados como ese que solía recordarme cada vez que salíamos a las discotecas; «alguien como nosotros no merece enfrascarse en una relación con alguien que no está a nuestra altura».
Y yo le creí. Partí el corazón a muchas mujeres, sin darme cuenta, y dejé que mis años transcurrieran en medio de excesos y excentricidades. Y fue Livia, precisamente quien me hizo caer de nuevo a tierra, cuando me dijo, de esas veces en que su lucidez la remontaba a la chica buena que yo conocía:
«Mira, Joaco, nunca hagas a una mujer algo que no quisieras que le hicieran a tu madre o a tus hermanas.»
Y allí me di cuenta que lo que Valentino le estaba haciendo a ella para depravarla era exactamente lo que me había hecho a mí: Encandilarla a través de los excesos, el poder y el dinero. Todo poder mal encauzado descarrila a los seres humanos. En Livia me vi reflejado y fue cuando caí en la cuenta de que mi vida me había sido arrebatada. Que el «yo» de ese entonces no era el mismo que habían criado mis padres.
Y aun así me masturbaba todas las noches pensando en ese enorme culo que imaginaba rebotando en mis piernas. Con vanidad sabía que si se fijase un poco más en mí, yo le gustaría. La mayoría de las mujeres opinaba que yo era más apuesto que valentino, aun si solían preferirlo a él aunque sólo por su dinero.
Y yo sufría por dentro, cada vez que veía que Estefi caí más y más, y mis ansias porque Valentino pronto se cansara de ella y la desechara eran intensas, porque ahí estaría yo, como su perro predilecto, comiéndose las sobras que él dejara. Y la tendría por fin para mí.
Después de tanto, después de todo.
Cuando comenzó a dolerme en demasía su sufrimiento, las perversiones que le hacían… entendí que me había enamorado de ella. Por eso le hice llegar al señor Abascal un video donde Valentino, sin darse cuenta, confesaba que se había acostado con sus hijas.
Y ese día, borracho, tambaleándome, llegué a casa y me eché a llorar como un perfecto imbécil ante mi madre.
—¡Es mi culpa! —grité, rompiendo la botella que llevaba conmigo, sangrándome la mano—. ¡Ella era buena… mamá… Estefi era buena, te lo juro! ¡Estoy enamorado de esa niña… la quiero… y nunca me voy a perdonar que no hice nada para evitarle este sufrimiento! ¡Debí advertir a Jorge lo que Valentino pretendía hacer con ella… pero no lo hice por miedo a perder los privilegios!
Y por eso me arrepiento de todo corazón.
«Soy el hombre más perverso del mundo, porque aun queriendo aquél amor, por lealtad a mi supuesto jefe y amigo, y encima por vergüenza a ser tildado de debilidad, no hice nada para defenderla. Ella necesitaba un buen consejo, un abrazo. ¡Y no lo defendí! Salvo las pocas veces que intenté advertirla para que no bebiera lo que le daban»
Y todas las noches dormía pensándola, con remordimientos, y despertaba por las noches haciéndome falta; necesitando su mirada, aunque fuese de lejos. Yo no sé si era obsesión, deseo o las putas ganas de saldar las cuentas pendientes. Pero la quería de vuelta, al menos para liberarla de los yugos de la perversión en la que había contribuido.
Y mientras conducía, buscándola por enésimo día, yo no podía evitar pensar que de verdad habría podido haber hecho más por ella. Pero la abandoné a su suerte. A la maldad de mi pérfido amigo. La culpa me estrujaba el pecho, me empañaba los ojos y oprimía mi corazón.
—¿Dónde estás, mi pequeña Estefi? ¿Qué te hicieron, mi inocente niña?
Como a las siete de la tarde aparqué afuera de una casa sencilla, de fachada sobria y destartalada. La casa de su madre. Había ido ahí durante las últimas cuatro semanas, desde que ella desapareció.
Doña Olivia Aldama abrió la puerta, me sonrió apenas con alegría, estiró su mano y recibió sin decir más un sobre con dinero que aceptó sin mayores explicaciones; un sobre con una cuota semanal que yo le entregaba para que cubriera sus gastos personales, de ella y de sus hermanas.
Yo, que sabía casi todo de la señorita Aldama, sabía que su principal preocupación siempre estuvo en la de dar manutención a sus tías y a su progenitora, aun si ninguna de ellas lo mereciera por el trato que le habían dado a la pobre muchacha durante toda su vida.
Pero, puesto que yo me sentía responsable de su caída en desgracia, me sentí con la obligación de sostener y proteger a su familia hasta que ella volviera.
Y no es que yo cagara dinero, ni que me sobrara como para echar billetes por las ventanas, sobre todo desde que hubiera renunciado a trabajar para Valentino. Los ahorros se me estaban terminando, y si no lograba encontrar otro trabajo con mayores remuneraciones, correría el riesgo de dejar a la familia de Livia y a la mía misma sin sustento. Y eso me preocupaba de verdad.
Mi madre siempre sufrió de insuficiencia renal, y desde que mi padre muriera, cuando yo tenía quince años, al ser el mayor, me convertí en el hombre de la casa y sustento de ella y de mis cuatro hermanos; tres hermanas preciosas que estudiaban para ser enfermeras, y el menor, mi poderoso campeón, Isaías, que nació con Síndrome de Dow, y a quien siempre mantuve en secreto de mis amistades no porque me avergonzara de él, si mi vida se sostenía y valía la pena por verlo triunfar, sino para evitar que lo lastimaran.
La gente es cruel, y mucho más en el ambiente en el que yo me desenvolvía.
«Si se enteran que tienes un hermano idiota, perderás categoría» me dijo un día Valentino. Y si no le desbaraté la cara a puñetazos fue porque no me convenía perder mi trabajo, sobre todo en ese tiempo en que Isaías sería sometido a una operación de tiroidectomía.
—¿Ha sabido algo de ella, doña Olivia? —le pregunté a la madre de Estefi sin esperar verdaderas novedades.
—Nada, muchacho, nada —respondió ella, visiblemente mortificada—. Y no sabes lo que me urge verla. ¡Tengo que verla!
—Se lo he dicho muchas veces, señora Aldama —le recordé sin que mis palabras parecieran una advertencia—, si usted quiere verla para reprocharla…, mejor que no la busque. Su hija no tuvo la culpa de nada. Ella es inocente, es una muchacha buena que simplemente se encuentra… perdida, emocionalmente perdida. No quiero que la regañe, ni que la ofenda, ni que la culpe de nada.
—No, muchacho, todo lo contrario. Quiero ver a mi hija para pedirle perdón. —Y sus ojos chocolate brillaron de pena. Y me parecía inconcebible que esa mujer, a sus más de cuarenta años, fuese tan parecida físicamente a su hija. Incluso era tan bella como ella, y por eso no me cabía en la cabeza que hubiese podido ser tan mala con Livia—. Me he equivocado, Joaquín, y por eso ella… mi muchacha, se perdió en el camino. ¡Y ese maldito cerdo que no me da la cara!
—¿Se refiere a don Aníbal?
—¿A quién más? —decía rabiando—. ¡A ese cerdo degenerado también me urge verlo! —comenzó a lloriquear—. ¡Él tiene más culpa que nadie! ¡Más culpa que mi muchacha y que yo misma! ¡A ese inmundo cerdo sí tengo muchas cosas que condenarle! ¡Es un degenerado! ¡Un maldito cerdo degenerado! ¡Y no me da la cara! ¡Su gente no me permite verlo! ¡Pero un día lo tendré frente a frente, y se arrepentirá toda su putrefacta vida por haberle hecho a Livia lo que le hizo…! ¡Y no le alcanzará la vida para arrepentirse, te lo juro de verdad, muchacho!
Y cuando retorné a casa, no podía dejar de pensar en esa rabia tan desmedida que doña Olivia había lanzado contra Abascal. Era como si hubiera un trasfondo más serio en todo esto. Algo más fuerte que reclamarle por el hecho de ser el responsable de la depravación de su hija, que, dicho sea de paso, la había iniciado Valentino Russo.
Y yo estaba dispuesto a redimirme, a equilibrar la balanza y a luchar contra todo aquél que se interpusiera en mi camino, durante mi apasionada búsqueda por liberar a Livia de su propia depravación.
Todo estaba a punto de cambiar.
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