Hakin, el argelino 1
Hakin ha sobrevivido al mar y a la muerte, pero su cuerpo pide algo más que caldo. Gema sabe exactamente lo que necesita para curarlo, y su sobrina Ivette no parece oponer mucha resistencia a la receta.
Me llamo Hakin Gómez Shamin, porque mi abuelo paterno era español; él era uno de esos españoles que estuvieron colonizando Argelia y luego se quedó a vivir en esta tierra. Se casó con una argelina; él hizo su vida en nuestro país y cuando falleció, nos dejó la herencia de su apellido y pocas cosas más. Mi padre nos hablaba de mi abuelo, nos contaba que llegó a Argelia y con el poco dinero que llevaba compró unas tierras a un colono. En la villa donde vivía conoció a una bonita argelina de la que se enamoró tanto que ya no quiso volver a España y se quedó allí fundando una familia. Luego hubo revueltas en Argelia y tuvo que huir junto a su familia para que no los mataran.
El abuelo español, era muy buena persona. Donde él estaba, ayudaba a todo el que necesitaba ayuda en lo que fuera. Él no tenía dinero, pero su ayuda siempre estaba dispuesta para todo aquel que le necesitara, y por eso era muy querido allí donde se quedó a vivir. Como eran muy pobres, mi padre, Tarek, un día se separó de ellos para buscar su vida en otra parte.
Toda mi familia es argelina actualmente, todos hemos nacido en Argelia, en el Bumerdés, este es un vilayato ubicado en el norte de Argelia, entre Argel y Tizi—Ouzou. Su capital es la ciudad costera de Bumerdés (anteriormente conocida como Rocher—Noir). La provincia tiene una superficie de 1456. km² y más de 80 km de costa. Y está situada a unos 70 kilómetros de la capital Argel.
En el momento en que estoy escribiendo este relato, yo tengo 27 años cumplidos, y de mi familia, salvo algún primo que yo no conozco, solo quedamos vivos mi hermano Ismail, que es 5 años mayor que yo, y yo. Ambos nos encontramos ahora mismo, a muchos kilómetros de distancia el uno del otro, y ambos no sabemos si el otro sigue con vida, qué suerte puede estar ocurriéndole, o si está bien, pues hace seis años que no sabemos nada el uno del otro.
Mi hermano sigue allí en el Bumerdés, me supongo que en el mismo sitio donde le dejé, y yo actualmente estoy viviendo en España, y sigo buscando la forma de poder comunicarme con él desde hace muchos meses. Tanto tiempo transcurrido sin tener noticias suyas, me mueve a desear hacer un viaje a mi país ahora que mi situación económica ha mejorado sustancialmente.
Nuestra separación fue un acto lleno de extrema valentía y amor de hermanos. Fue un acto doloroso en extremo; él se sacrificó por mí con la esperanza de que, si yo conseguía sobrevivir en mi aventura, algún día pudiera yo ayudarle a él a poder sobrevivir a esa vida tan dura que entonces llevábamos.
El día que todo comenzó, estábamos toda la familia juntos en la casa de mis padres, cuando de pronto ocurrió el terrible terremoto del Bumerdés. En ese momento estábamos en la casa seis personas, mis padres Tarek y Samira, mi hermana Yasmina de 16 años, mi hermano Ismail y mi sobrina Sihen de 5 años, que era hija de mi hermano Ismail. Vivíamos todos juntos en una casa de menos de 22 metros cuadrados construida con viejos ladrillos y adobe. La construyeron mis padres con sus propias manos, y con solo la ayuda de mi hermano, que entonces tenía 13 años, utilizando como he dicho materiales de derribo que ellos buscaban, y adobe que hacían pisando el barro y la paja allí mismo al lado de la casa.
Cuando la casa estuvo terminada, tenía tan solo esos pocos metros cuadrados habitables, y dormíamos en literas dentro de la más absoluta pobreza; estaba la casa construida en una zona llena de chozas y chabolas donde residían más de 200 familias. No teníamos luz ni agua y debíamos de traer el agua en bidones desde casi un kilómetro de distancia, nuestra luz, eran los candiles de carburo que encendíamos al anochecer… Pero éramos una familia feliz, muy unida y donde todos nos dábamos todo sin pedir nada a cambio. Todos nos queríamos muchísimo y entre nuestros vecinos éramos respetados y apreciados, porque todos sabían que siempre estábamos dispuestos a ayudar a quien nos pidiera ayuda.
En el instante en que sobrevino el terremoto el 21 de mayo de 2003 a las 19:44 hora local en el norte de Argelia, las paredes de mi casa temblaron y en un segundo antes de que pudiéramos reaccionar, toda la casa se nos vino encima. El terremoto asoló esta región de nuestro país.
En ese momento estábamos toda la familia en casa y la casa nos sepultó a todos sin darnos tiempo a intentar salir a la calle. Cuando yo pude ponerme de pie tambaleándome, sentía que mi cuerpo estaba lleno de dolores; fueron tantos los golpes recibidos que yo era un hematoma completo. Todo a mi alrededor estaba lleno de una nube de polvo que me hacía imposible poder ver y respirar. Yo empecé a llamarlos a todos y hui de esa nube de polvo para poder aspirar unas bocanadas de oxígeno; luego, cuando vi que nadie salía de entre los escombros, volví a entrar en esas ruinas para buscarlos a todos, y vi a mi hermano Ismail intentando levantarse, todo cubierto de polvo y que apenas podía tenerse en pie.
Entre los dos, excavando y levantando cosas pudimos encontrarlos a todos y pudimos ver que todos, excepto mi hermano y yo, habían muerto por aplastamiento, la única que aún permanecía con vida era mi sobrinita Hakin de 5 años, hija de mi hermano; fue a la última que encontramos, y la sacamos al igual que a los otros de debajo de los escombros, pero ella estaba totalmente sepultada. Había quedado muy malherida, y la sacamos afuera intentando que volviera a respirar, y ya estábamos oyendo en ese instante las voces de socorro y los gritos de la gente a nuestro alrededor. Vimos a vecinos nuestros andando por la calle como zombis, y otros que lloraban desesperadamente y por todas partes veíamos cadáveres, y vimos que la gente al igual que nosotros, los sacaban a la calle junto a sus casas. Y nos sentamos en el suelo, apoyando nuestras espaldas en lo que quedaba del muro de la casa, intentando pensar.
Mi hermano Ismail, sostenía en sus brazos el cuerpo inerte de Sihen; ella aún vivía, mi hermano la besaba y le hablaba al oído intentando que la niña reaccionara, pero estaba muy grave; yo intenté buscar ayuda, pero era imposible poder recibir la ayuda de nadie, porque allí imperaba la desolación y el caos, algunos, a las pocas horas, decían que la ayuda estaba en camino. Pero allí no aparecía nadie para ayudarnos; esperamos y esperamos, pero cuando pudieron llegar las ayudas médicas hasta nosotros, habían pasado ya dos días después del suceso. Ya fue muy tarde, Sihen ya había muerto en los brazos de mi hermano y este lloraba con desolación. Yo pensaba que quería morirme, que nuestra desgracia era insoportable, pero al final te mueves, aunque sea como un autómata para hacer lo que tienes que hacer.
Como pudimos, sacamos los cuerpos de nuestra familia de entre los escombros hasta la puerta de lo que quedaba de nuestra casa. Los pusimos allí, a uno junto a otro, en hilera, delante de lo que antes era la fachada de nuestra casa. La noche siguiente la pasamos intentando ayudar a nuestros vecinos, oyendo continuamente llantos y rezos por todas partes, y al final después de dos días de no parar de movernos, mi hermano y yo, nos sentamos desfallecidos delante de los cuerpos de nuestros seres queridos y allí apoyándonos el uno en el otro nos quedamos dormidos.
Al día siguiente volvimos a intentar ayudar a los vecinos y acabamos ese día exhaustos y hambrientos y otra vez durmiendo junto a los cuerpos de nuestra familia. Por todas partes había muertos. Pasó otro día y vimos que a primeras horas de la mañana venía un tractor. Llegaba para ir cargando los cadáveres y llevárselos. Mi hermano y yo nos resistimos a que se llevaran a los nuestros, no queríamos que se los llevaran, y les dijimos que nosotros mismos los íbamos a enterrar, pero a la fuerza nos sujetaron y los cargaron en la pala del tractor y se los llevaron.
Al final, la única opción que tuvimos fue seguirles para ver donde los iban a enterrar, y vimos que habían hecho una gran zanja, y allí, en el fondo de esa zanja, ya había más de cien cuerpos alineados y preparados para ser sepultados. Vimos como la pala del tractor empujaba la tierra, y los cubrían con la tierra de esa zanja, y los dos nos quedamos allí como hipnotizados, sin saber qué hacer, hasta que el hambre y el sueño nos hizo despedirnos de nuestra familia, e irnos a buscar algo de comer.
A partir de este momento mi hermano Ismail y yo empezamos a vivir de la caridad de los vecinos, y de los desechos de comida que tiraban a la basura en el único mercado, del mercado que una parte quedó en pie en las afueras de la ciudad. Pero no éramos los únicos para buscar comida, y la gente allí se agolpaba buscando entre los escombros y entre los restos de comida. Todos estaban desesperados intentando encontrar algo, y se empujaban y peleaban los unos con los otros, por una lata de conservas aplastada o por un tomate desecho. Buscábamos también comida entre las ruinas de las casas, pero era casi imposible encontrar nada que fuera comestible.
La gente decía continuamente que llegaba un convoy de ayuda, pero pasaban los días y allí no vimos que llegara ninguno, hasta diez días después del terremoto. Ismail y yo no recibimos ninguna ayuda de alimentos. Conseguimos algo de arroz y algunas conservas, pero esos alimentos nos duraron solo dos semanas racionándolos; ambos comíamos cada día, solo lo imprescindible. Nos dieron una pequeña tienda de campaña y unos días después, algunos vecinos nos ayudaron con algo de comida en conserva.
Por último, recurrimos, a buscar chatarra y a venderla, además de seguir buscando despojos en el mercado de la ciudad, pero hasta incluso para conseguir esos despojos, teníamos que emplear la violencia con la gente hambrienta que por todas partes buscaba alimentos.
Pero encontrar chatarra también era muy difícil encontrarla; todo el mundo había tenido la misma idea que nosotros, y teníamos que darnos grandes caminatas, para conseguir algo de valor, y además debíamos de desplazarnos todos los días para seguir consiguiendo esa agua que necesitábamos diariamente, y nuestras fuerzas iban disminuyendo según pasaban los días.
Muchos días nos acostábamos habiendo comido tan solo un trozo de pan mohoso, y la mitad de un pescado o fruta que conseguíamos, y esa comida procedía de los convoyes de ayuda de alimentos que empezaban a llegar y eran los desechos que caían al suelo al pelearse la gente por conseguir esa ayuda. El hambre ya nos atenazaba, debilitándonos cada día un poco más.
Decidimos irnos caminando cómo pudimos, desplazándonos en dirección de la ciudad de Argel, pero esa ciudad está a más de 80 kilómetros de distancia, por lo que después de caminar durante cuatro días, en medio de una caravana de hombres y mujeres que llevaban la misma dirección y pensamiento que nosotros. Apenas pudimos recorrer más de 60 kilómetros, porque nos fallaban nuestras fuerzas, entonces vimos que el ejército estaba en la carretera y no nos dejaban ir en dirección a la capital. Los soldados nos desviaban de nuestra ruta, enviándonos a distintos puntos donde decían que nos iban a ayudar; a mí, y a mi hermano Ismail nos enviaron a trabajar las tierras de un grupo de granjas y campos de cultivo.
Un agricultor nos dio trabajo a cambio de un plato de comida y una cama. Trabajábamos desde que amanecía, hasta la puesta de sol, y así estuvimos haciéndolo durante los dos meses que estuvimos en ese trabajo, al final decidimos cambiarnos de patrón yendo a una tierra de labor que nos habían aconsejado. Allí empezamos a trabajar para un campesino que cultivaba frutales y verduras; este nos daba 1800 dinar a cada uno, a la semana, más la comida y la cama. Eso nos llenó de alegría y optimismo pensando en que podríamos mejorar nuestra situación… Al cambio de moneda, calculo que pudimos ganar unos 46 euros semanales entre los dos, y después de estar trabajando allí, durante casi dos años, entre los dos conseguimos reunir casi 2,600 euros.
Pero en mi hermano y en mí mismo, ya se hizo fuerte la idea de intentar emigrar a otro país, y cuando pensábamos a donde ir, decidimos que lo ideal sería intentar viajar a España. Nos informamos, preguntando a unos y a otros sobre quienes hacían ese viaje, y cuanto pedían por llevarnos, y nos dimos cuenta de que con nuestros ahorros era imposible conseguir un billete para hacer ese viaje.
Entonces decidimos que la única solución era juntar nuestros ahorros y que solo uno de nosotros hiciera ese viaje, y mi hermano me dijo que él tenía que sacrificarse al ser el hermano mayor para que yo pudiera hacerlo realidad.
Un día hablamos con el propietario de una patera, y mi hermano le prometió trabajar para él durante un año, además de darle esos 2.600 euros, con la condición de que a cambio él me admitiera en un viaje de su patera a España. Tuvimos que negociar mucho con ese hombre, pero al final cuando vio que no teníamos nada más que ofrecerle a cambio, accedió con esas condiciones. Al ir a embarcar, yo supe el día de la partida, que había sitio en esa patera para muchas personas más. La rabia me alteró tanto, que, si hubiera pillado al dueño de la patera, le habría dado una paliza, pero mi hermano se había quedado muy distante de donde yo estaba en ese momento, y no pude hacer otra cosa que partir a ese viaje yo solo.
Al fin, el día 12 de junio de 2008, cinco años después del terremoto, yo embarqué junto a 22 hombres rumbo a ese sueño de poder llegar a vivir en España, un país de donde decían que no faltaba de nada, que la gente vivía dentro de casas que tenían agua y luz y todas las comodidades inimaginables, decían que allí la gente vivía en grandes ciudades y en total paz y libertad. Contaban que allí en ese país, la gente encontraba trabajo y ganaba jornales diez veces superiores a lo que ganábamos aquí.
Recuerdo que el día en que yo me separaba de mi hermano, para embarcar en esa patera, mi hermano y yo, llorábamos abrazados como niños al despedirnos porque no podíamos saber si volveríamos a vernos. Ambos nos resistíamos a soltar nuestro abrazo porque era como perdernos el uno al otro a partir de ese momento, pero mi hermano había hecho un gran sacrificio por mí, y yo tenía una misión que cumplir.
Cuando la patera se iba alejando de la costa, a mí me invadía el peor de los presagios. La verdad es que ya no me importaba morir; no le tenía ningún miedo a la muerte, porque habíamos sufrido tanto, que el futuro incierto que me pudiera aguardar a partir de este momento, era mucho mejor que quedarme en mi tierra sufriendo. Pero a pesar de no temer a la muerte, sí que llevaba temor, y recuerdo que mi temor era mayor aún porque la mitad de los que íbamos en esa barca, no llevábamos chaleco salvavidas. La incertidumbre del mar y la vulnerabilidad de nuestra situación se entrelazaban en un nudo de ansiedad.
El motor sonaba choc,choc,choc,choc, mientras íbamos avanzando. El sonido de ese motor se me hizo monótono y aburrido al cabo de un buen rato de estarle oyendo, pero pensé que ese sonido, acompañaba mis pensamientos y mis miedos, y me supongo que también los miedos de mis compañeros de viaje. La gente que viajaba conmigo eran personas de las que yo estaba seguro, que la mayoría llevaban el mismo miedo que yo, y es que cuando yo les miraba yo lo veía reflejado en sus caras. A mi lado iba un niño que no podría tener más de 12 años, pero vi que también había otros dos, los dos de más o menos esa edad.
El mar rugía con furia; yo veía que las olas tenían más de dos metros y medio de altura, y sonaban contra el casco de la patera con golpes que ponían los pelos de punta. De pronto el motor dejó de sonar, y me di cuenta de que uno de los que iban en la barca intentaba rápidamente arrancarle otra vez; estuvo tirando de la cadena de arranque, más de una docena veces, hasta que el motor volvió a arrancar y cuando volvió a sonar, y oímos otra vez el choc,choc,choc, todos nos miramos con una sonrisa de alivio en nuestras caras.
No habrían transcurrido más de cinco minutos en los que seguíamos oyendo el motor, cuando otra vez dejó de funcionar; el mismo hombre estuvo tirando de la cadena de arranque tantas veces, que acabó sin fuerzas para continuar haciéndolo. Otro tomó su lugar y siguió intentándolo por espacio de por lo menos diez minutos más, pero acabó también sin fuerzas. Finalmente, el primero volvió a intentarlo, pero enseguida todos nos dimos cuenta, de que ese motor ya no iba a arrancar porque se había averiado.
Las olas aumentaban su tamaño cada vez más, y la embarcación saltaba y se balanceaba con las olas como si fuera un frágil cascarón. Llevábamos en el mar tres o cuatro horas, cuando una fuerte tormenta se desató, agitando aún más las aguas. Las olas crecieron hasta alcanzar dimensiones impresionantes, y la embarcación parecía una nuez a merced del agua embravecida. El estruendo de las olas al golpear contra el casco resonaba con una intensidad tal, que helaba nuestra sangre. Todos nos aferrábamos a las cuerdas de sujeción, luchando por mantenernos en la barca, recibíamos continuamente en nuestros cuerpos el azote de la olas, mientras la madera crujía bajo nuestros pies, presagiando un final incierto.
Pero pronto, vimos como en un salto de la embarcación, cayeron dos de los que iban cerca de mí al agua, y fue imposible ayudarlos, las olas se los llevaron en un instante, y ya muchos lloraban como niños asustados. Porque la patera se ponía totalmente en vertical, subiendo o bajando por encima de las olas. Una de esas olas, vi cómo barrió la embarcación golpeando y arrastrando a todos los que estaban en la proa de la patera; a algunos los vimos en el agua intentando nadar, pero los perdimos en segundos. Cada vez que bajábamos una ola de forma vertical, el golpazo que daba contra el agua la barcaza al encontrarse con la siguiente ola, era tan tremendo que parecía que iba a partirla en pedazos.
De pronto, vimos como una ola nos levantó y nos lanzó al aire, cayó de lado la patera y todos al mismo tiempo salimos violentamente despedidos, caímos al mar y empezamos nadar como desesperados. Yo pude ver la barca a menos de 10 metros de mí, y nadé con todas mis fuerzas hacía ella. Entonces, una ola inesperada me elevó, como si quisiera ayudarme. Casi milagrosamente, caí junto a la patera. Pero al llegar y agarrarme a las cuerdas, vi que estaba boca abajo flotando en el agua. Algunos de mis compañeros de viaje ya se aferraban también a las cuerdas con desesperación. Yo me agarré a esa cuerda, como un náufrago aferrándose a la vida. Y allí, en ese momento de angustia, recé al Dios de los cristianos, como mi padre me había enseñado. El mar rugía contra nosotros, pero mi fe era más fuerte.
Le rogué a Dios que me perdonara mis faltas y me acogiera en su seno si esa era su voluntad. Pero le dije también que yo tenía que sobrevivir porque mi hermano se había sacrificado por mí, a pesar de que el dinero ganado podría ser su tabla de salvación ante tanto sufrimiento, pero él lo había empleado para que yo tratara de tener un futuro mejor, y yo tenía que hacer algo para ayudarle también a él.
Las horas iban pasando y yo veía cómo de vez en cuando, el que estaba a mi lado o el que estaba enfrente de mí, decían que no podían más. Yo estaba igual que ellos, pero intentaba animarlos diciéndoles, que pronto pasaría la tormenta, que solo teníamos que resistir un poco más.
Pronto se hizo de noche y el mar se calmó; pasé toda noche tiritando, sintiendo que mis fuerzas me abandonaban; ya casi no sentía mis piernas por el frío y el cansancio, pero mis manos se negaban a abrir mis dedos, y yo no soltaba esa cuerda porque sabía que de eso dependía el poder salvar la vida, a pesar de que ya no sentía mis dedos, ni mis manos, que también estaban como dormidas. Pero en una pierna, a pesar de notarla como dormida, sí que notaba un dolor lacerante; sentía como si algo me estuviera mordiendo continuamente, y esa pierna intentaba no moverla para mitigar el dolor.
Cuando amaneció, vi que solo quedábamos tres hombres con vida. Los tres estábamos agarrados a la cuerda con desesperación, y yo traté de darles ánimos diciéndoles que aguantaran, que ahora seguramente un barco nos vería y estaríamos salvados, porque la costa de España se veía muy cerca, a no más de un kilómetro. Eso nos dio fuerzas para sobrevivir, porque ya veíamos la salvación tan cerca, que por fuerza alguien tenía que vernos. Y así fue, nos avistó un pesquero español, que nos recogió y nos llevó hasta la costa, cuando llegamos me tuvieron que llevar en una manta entre varios hombres, porque yo perdí el conocimiento.
Cuando me desperté estaba en una cama, y una mujer cincuentona me estaba dando un caldo calentito para que me reanimara; ella me dijo que se llamaba Gema, y que estuviera tranquilo, que ya estaba a salvo y que ella me iba a cuidar. Me explicó que yo había sobrevivido a un naufragio, donde ellos sabían que habían muerto muchos inmigrantes que como yo intentaban llegar a la costa. Me dijo que yo tenía algunas heridas en las piernas y que no debía de intentar levantarme, que vendría una vecina que era enfermera para ayudarme y curarme esas heridas.
Yo vi que estaba totalmente desnudo en esa cama, y la mujer estaba lavándome las heridas que yo tenía; esas heridas las tenía sobre todo en mis piernas, en una, tenía dos de ellas muy grandes, y en la otra pierna, mi rodilla estaba en bastante mal estado. Me quedé dormido por lo débil que me debía de sentir, pero de pronto sentí que volvían a tocarme esas heridas.
Había llegado una mujer rubia, más o menos de mi edad, muy guapa, y que Gema dijo que era esa enfermera de la que me había hablado. Esa mujer me estuvo dando unos puntos en la herida más grande, aguanté los dolores intentando no gritar cuando me pinchaba la carne, y yo sentía cómo hacía pasar el hilo con el que me cosía, luego con Betadine me estuvo desinfectando y acabó vendándome las heridas. Cuando después de todo esto, esta mujer me pasaba el desinfectante por mi pecho, no pude reprimirme y enlazándola por su cuello, la acerqué a mí para darle un beso de agradecimiento en los labios.
Ella me sonrió y me preguntó si entendía el español; le dije que sí, y ella me dijo que yo era un afortunado por haber sobrevivido en esa tormenta, y otra vez volví a quedarme dormido, cuando al mediodía esta enfermera me trajo un potaje de garbanzos; ella misma con mucho amor me daba de comer pacientemente; luego al día siguiente me volvió a desinfectar las heridas y, cuando se inclinaba sobre mí, quise enlazarla por la cintura para volverla besar, pero ella riéndose se escapó de mis brazos.
Al día siguiente amanecí mucho más fuerte, tanto que al llevarme Gema un calzoncillo y una camisa, al ir a ayudarme a ponérmelos, vio que yo tenía una erección tremenda.
—Jajajaja, ya veo que está mucho mejor mi naufraguito… Jajajaja. Qué pitorro tienes, cabrón, se ve qué tienes que descargar mucha tensión.
Y pasó otro día y no vino a curarme mi enfermera; Gema me ayudó a desayunar, y al mediodía me dio de comer, me quitó las sábanas de encima y estuvo arreglándome la cama. Vi que se me quedaba mirando mi pitorro porque otra vez lo tenía duro y derecho, apuntando al cielo. Y entonces vi que se quitaba las bragas y se subía a la cama encima de mí. Se sentó con su culo desnudo sobre mi erección, y colocándose mi endurecido miembro se lo ensartó hasta tenerlo todo dentro de su coño.
—¿Te gusta esto?
Me preguntó al tiempo que empezaba a moverse subiendo y bajando su culo a lo largo de mi barrote, y sentí que me estaban dando un premio por haber salvado la vida, y ese premio me estaba llevando a la gloria del placer. Y no tardé más de cinco minutos en derramarme dentro de ese coño tan suave y calentito. Gema me culeó durante unos minutos más sin dejar que me saliera de ella, y al final vi como cerraba los ojos y se recostaba sobre mi pecho. Luego se levantó y se limpió con una toalla.
—Bueno, hoy ya te he arreglado un poco, a ver si mañana estás más fuerte para que me aguantes un poco más, jajajaja.
Al día siguiente vino otra vez a lavarme las heridas, mi enfermera bonita. y al quitarme el calzoncillo y empezar a lavarme mis heridas, tuve otra erección, la vi que se quedaba mirándome mi lanza que apuntaba hacia arriba, e hizo como que no le daba importancia.
—¿Cómo te llamas marinero?, me preguntó.
—Hakin, y tú, ¿cómo te llamas enfermera bonita?
—Ivette, pero solo soy asistente sanitario, cielo, me dijo.
Y empezó a lavarme, y al hacerlo me rozaba con sus manos muy cerca de mi barrote tieso; luego vi que me miraba a los ojos y me sonreía, entonces cuando se inclinó sobre mí, esta vez sí que la enlacé por la cintura y traté de abrazarla. Ella se resistió, empujando con sus brazos sobre mi pecho, pero al final acercó sus labios, y nos dimos un beso en la boca que ella retuvo unos segundos.
—Bueno, ya estás mejor, veo que tus energías ya me apuntan, marinero, yo te voy a dejar al cuidado de Gema, y ya me voy, no quiero tener problemas con mi marido por tu culpa, jajaja. Ya verás, Gema, te va a dar un tratamiento completo, estoy segura, y verás como te arregla el cuerpo.
—Yo prefiero que me sigas cuidando tú, Ivette,
—Bueno, mi marido no quiere que siga cuidándote, pero si me lo pides tú, haré una escapadita algún día que otro para verte. Cuídate, marinero.
—Qué suerte tiene tu marido de tenerte a su lado.
—Jajajaja, díselo tú cuando le veas, a ver si te cree, jajajaja.
—A ti te gusta que te cuide mejor mi sobrina, ¿verdad pillín? Dijo Gema
—Perdóname la sinceridad, Gema, pero sí que me gusta más que Ivette venga a cuidarme.
—Yaaa… A cuidarte y a darte eso que tú necesitas, eeehh bribón.
—Es que tu sobrina me gusta mucho, Gema, te lo digo a ti también, Ivette, y muy sinceramente, me gustas mucho porque eres preciosa y sé que eres muy buena persona.
—Buenooo, si ya tienes ganas de piropearme y todo… Qué bien te veo, Hakin.
—Él te ve a ti mucho mejor, Ivette, jajajaja, dijo Gema.
Al día siguiente vino otra vez Ivette, y dijo que venía para cambiarme las vendas, y cuando lo estaba haciendo, vio como mi pitorro se levantaba apuntándola, se inclinó mucho sobre mi pecho y yo vi como una invitación en ese movimiento, y la atraje por su cintura para besarla, e Ivette correspondió a mi beso para mi sorpresa, pero esta vez vi que ella me besaba con pasión mientras se abrazaba a mi pecho, tiré de su cuerpo para subirla encima de mí y ella no opuso resistencia, cuando la sentí encima de mí, empujé con mi duro ariete entre sus piernas, y ella me las abrió para sentirme empujando donde yo la deseaba.
—Miraaa, que dos tortolitos, dale duro, sobrina, que es un buen chaval.
Pero Ivette se bajó al instante de mi cuerpo, y me tapó con las sábanas, hizo unas cuantas maniobras como para arreglarme la cama, y cuando vio que Gema se había ido, me dio otro beso en los labios, y yo aproveché para enlazarla por debajo de su falda tratando de retenerla, pero cuando ya llegaba con mi mano hasta su culo, ella se zafó de mi abrazo, me volvió a besar en los labios y se marchó riendo.
Al día siguiente ya me quise levantar de la cama; tenía otra vez una erección tremenda, y cuando Gema me la vio, me dijo:
—Bueno, te voy a poner el desayuno, come y repone bien esas fuerzas, que cuando acabes, te voy a acompañar a casa de mi sobrina, que estoy segura por lo que veo, que os vais a dar los dos, y muy bien dados, los buenos días.
Y así lo hicimos Gema me acompañó a la casa de Ivette que estaba a menos de 50 metros de la suya, y cuando íbamos a llamar a la puerta me dijo:
—Si está mi sobrino Germán en casa, tú vienes a arreglarle un enchufe y una lámpara que ellos tienen estropeada.
—Jajajaja, qué bruja eres Gema.
Efectivamente, nos abrió la puerta Germán, el marido de Ivette, y Gema le dijo:
Germán, aquí te traigo a Hakin, para que te arregle esas cosas que no te funcionan; él es electricista. Y pasamos los dos a esa casa donde Ivette estaba con una batita muy liviana haciendo la limpieza; ella al verme me sonrió mirándome a los ojos.
—Ivette, a ver si le descargas bien a este chico que está a reventar, y si no lo haces tú, me lo descargo yo, le dijo Gema muy bajito casi al oído, pero yo lo pude oír.
—Qué bruta eres, Gema, y al decir esto, Ivette me miraba para ver si yo me había enterado de ese comentario de su tía.
—¿Me vas a decir ahora que no estás deseando darle un buen repaso a este chaval? Sobrina, o ¿es que yo no te conozco?
—Bueno sí, pero anda, calla que nos va a oír.
Yo me hice el sordo y empecé arreglando el enchufe del salón. Germán me estuvo mirando como yo hacía el trabajo, luego se cansó de mirar y cuando yo estaba terminando, él le dijo a Gema que se tenía que ir, pero la preguntó si él podía irse, contando con que ella se quedaba haciéndole compañía a Ivette.
—Sii, tú vete tranquilo, que yo me quedo con Ivette para que ella esté acompañada.
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