Xtories

El regreso de un amor olvidado - Parte 5

Emma siempre fue su refugio, pero Claudia es su fuego. Entre una iglesia silenciosa y un baño público lleno de testigos, el protagonista elige la pasión prohibida, sin saber que la mujer que lo desea es la hermana de su enemigo.

Vespero4.8K vistas9.2· 17 votos

PARTE 5

El cielo estaba cubierto de nubes grises cuando llegué al pequeño cementerio para mascotas que Emma me había indicado. La brisa era fría, pero no desagradable, como si la naturaleza intentara atenuar el peso de lo que estaba a punto de enfrentar. El lugar estaba rodeado por altos árboles que susurraban con el viento, y el suelo estaba tapizado de hierba y flores silvestres.

Mentiría si dijese que habían pasado años desde la última vez que pensé en Dante, él estaba siempre en mi corazón. A pesar de que pertenecía a alguien que nunca había tenido el menor respeto por mí, Dante había sido una criatura noble, leal y dulce. Tenía una mezcla de labrador y golden retriever, con un pelaje dorado que brillaba bajo el sol y ojos llenos de inteligencia y bondad. Cuando Emma mencionó que había sido enterrado aquí, algo en mí supo que tenía que venir y más aun con lo que se avecinaba.

Caminar por los senderos me llenó de una nostalgia que no esperaba. Recordé las tardes en las que Dante corría libre en el jardín de Chad, siempre con una energía que parecía inagotable. Había algo en él que desarmaba incluso a los más endurecidos; su presencia tenía un efecto calmante, como si, por un momento, todo estuviera bien en el mundo.

Cuando finalmente llegué al lugar, lo reconocí de inmediato. La pequeña lápida estaba adornada con el nombre grabado con esmero: Dante. Alrededor de la tumba crecían lirios blancos, sus pétalos abiertos se mostraban como si estuvieran ofreciendo una oración silenciosa al cielo. También había margaritas, violetas y algunas flores silvestres que habían brotado de manera natural, como si la tierra misma quisiera honrar la memoria de aquel ser tan especial.

Me agaché junto a la tumba, dejando que mis dedos rozaran los pétalos suaves de los lirios. El silencio era profundo, roto solo por el canto lejano de un gorrión. Un nudo se formó en mi garganta mientras los recuerdos se acumulaban.

—Dante… —murmuré, mi voz era apenas audible.

Las imágenes eran tan vívidas: él saltando emocionado al verme, trayendo un palo que siempre dejaba caer a mis pies, y esas veces en las que, después de una discusión con Chad o una conversación con Emma, Dante simplemente se sentaba a mi lado, apoyando su cabeza en mi rodilla como si supiera que necesitaba consuelo.

—Fuiste mejor que muchos de nosotros —continué, tragando el dolor que comenzaba a arder en mi pecho—. No importaba de quién fueras el perro; siempre supiste cómo ser un amigo.

Recordé cuando Emma me habló de sus últimos días. Me dijo que Chad apenas le prestaba atención, demasiado ocupado en sus asuntos turbios, pero que Dante siempre la buscaba a ella, como si supiera que necesitaba de compañía. Cuando enfermó, Emma lo cuidó hasta el final, asegurándose de que no estuviera solo.

El viento sopló suavemente, haciendo que los lirios se mecieran como si estuvieran respondiendo. Me senté en el suelo, sintiendo el frío de la tierra a través de mis jeans, y dejé que los recuerdos inundaran mi mente. Había una tristeza profunda en mí, pero también una gratitud que no podía ignorar. Dante en estos momentos estaba siendo un faro de luz que me guiaría en lo que estaba por suceder.

—Gracias por eso —dije en voz baja, como si pudiera escucharme desde donde estuviera.

Antes de irme, arranqué suavemente una rama de lirios y la coloqué sobre la lápida, como un último homenaje.

—Descansa, amigo. Te lo ganaste.

Decidí visitar a Emma, quería agradecerle por haber puesto en bonito lugar la tumba de Dante. Llegué a la iglesia donde asistía mi padre, me sorprendió la primera impresión: el eco de los cantos resonaba en las paredes altas y ornamentadas del santuario. La luz del sol se filtraba a través de los vitrales, pintando el suelo con colores cálidos y vibrantes. Había algo solemne y a la vez acogedor en ese lugar, como si cada rincón estuviera impregnado de una paz que trascendía el tiempo.

Había sido difícil para mí volver a esta iglesia. Sabía que mi padre la consideraba su segundo hogar, un espacio sagrado donde pasó incontables horas entregado a su fe. Ahora, yo estaba allí por Emma. No sabía exactamente qué esperar, pero la curiosidad, mezclada con una inexplicable ansiedad, me había llevado hasta ese momento.

La vi antes de que ella me viera. Estaba de pie frente al altar, declamando con firmeza y convicción. Su voz resonaba clara y segura, llenando cada rincón del oratorio mientras hablaba sobre esperanza y redención. Era imposible no admirarla. Llevaba un vestido sencillo, blanco como símbolo de pureza, pero había algo en su porte que la hacía resplandecer, sobre todo por los atributos que sobresalían por la tela. Me percaté de que su cabello, recogido en un moño dejaba libres algunos mechones, y éstos se movían suavemente con cada giro de su cabeza.

Desde mi lugar, en un rincón cerca de una de las columnas, podía ver cómo muchos feligreses varones la miraban con admiración, casi embelesados. Ciertamente había algo magnético en su presencia, una mezcla de autoridad y calidez que atraía a todos los que la rodeaban. Yo mismo no podía apartar la mirada.

Mientras la escuchaba, me di cuenta de cuánto había cambiado Emma. Ya no era la mujer atrapada en los errores de su pasado; ahora era alguien que inspiraba a otros, que encontraba fortaleza en su fe y la compartía con los demás. Y, sin embargo, en sus gestos y en su forma de sonreír al hablar, podía ver destellos de la Emma que conocí en mi niñez, la Emma que aún habitó por mucho tiempo mis recuerdos.

Cuando terminó su discurso, los asistentes aplaudieron suavemente. Emma descendió del altar, y un grupo de personas se acercó a saludarla, cada uno buscando unas palabras de aliento o un consejo. Me quedé en mi rincón, observándola mientras interactuaba con ellos, con una paciencia y una bondad que parecían infinitas.

Finalmente, cuando el grupo comenzó a dispersarse, tomé aire y avancé. Ella me vio antes de que pudiera llamarla, y por un instante, sus ojos se iluminaron.

—No esperaba verte aquí —dijo, su voz teñida de sorpresa y alegría.

—Quería verte… y hablar contigo —respondí, tratando de mantener mi compostura.

Nos alejamos hacia un banco vacío, lejos de las miradas curiosas. Desde tan cerca, era imposible no notar cada detalle: la forma en que sus ojos reflejaban la luz de los vitrales, la suavidad de su piel, incluso el leve aroma a lavanda que emanaba de ella.

—Estoy dispuesto a ayudarte —dije finalmente, rompiendo el silencio. Su expresión cambió, pasando de la sorpresa a un entusiasmo genuino.

—¿De verdad? —preguntó, sus ojos buscando los míos como si necesitara confirmar que hablaba en serio.

Asentí con la cabeza como respuesta. A continuación, acomodé mi postura porque su presencia me ponía nervioso.

—Sé que testificar en el juicio contra Chad no será fácil, pero lo haré. Es lo correcto, y quiero apoyarte en todo lo que pueda.

Emma sonrió, y esa sonrisa fue como un destello de sol después de un día lluvioso.

—Gracias… no sabes cuánto significa esto para mí.

En ese momento, me di cuenta de algo que había estado tratando de ignorar: Emma seguía teniendo un efecto sobre mí que no podía controlar. Cada gesto, cada palabra suya parecía resonar en un rincón profundo de mi ser. Y aunque ahora éramos dos personas distintas, con vidas que habían tomado caminos separados, había una conexión entre nosotros que se negaba a desvanecerse.

Ella tocó mi brazo, un gesto simple pero cargado de significado. Y ese toque me produjo un escalofrío que recorrió mi cuerpo.

—Siempre has sido especial para mí —dijo en un susurro, y pude sentir un leve temblor en su voz.

Me quedé mirándola, sin saber qué decir. Dentro de mí, una mezcla de emociones chocaba con fuerza: alegría, nostalgia, atracción, y algo parecido a la esperanza.

—Emma, quiero que sepas que estaré aquí para lo que necesites. No importa lo que pase, no estás sola en esto.

Ella bajó la mirada por un momento, como si intentara procesar mis palabras. Luego volvió a mirarme, y en sus ojos había una chispa que me hizo sentir como si el tiempo nunca hubiera pasado.

—Gracias —dijo, su voz era suave pero llena de emoción—. Saber que cuento contigo… me da más fuerza de la que imaginé.

Nos quedamos allí un rato más, hablando de los detalles del juicio y de cómo nos prepararíamos. Pero, en el fondo, ambos sabíamos que esa conversación era solo una excusa. Había algo más, algo que se sentía como una puerta entreabierta al pasado y al futuro, esperando a ser cruzada.

Cuando finalmente me despedí y salí de la iglesia, sentí una calidez inexplicable en el pecho. A pesar de todo lo que había sucedido entre nosotros, y de todo lo que aún quedaba por enfrentar, no podía negar que el reencuentro con Emma me había dejado con una sensación que hacía tiempo no experimentaba: la posibilidad de un nuevo comienzo.

La estación de tren estaba envuelta en una bruma ligera que se mezclaba con el humo de las locomotoras. Mi maleta era pequeña, apenas lo suficiente para un par de días, y en el bolsillo interno llevaba el regalo que había escogido cuidadosamente para Claudia. Era algo que sabía que le encantaría, un detalle que evocaría una de nuestras primeras conversaciones sobre las cosas que amaba y que siempre la hacían sonreír.

Subí al tren, encontré mi asiento junto a la ventana y dejé que el paisaje se deslizara lentamente mientras el tren se ponía en marcha. Las colinas verdes y los campos abiertos parecían un telón de fondo perfecto para perderme en mis pensamientos.

Mientras el tren avanzaba, mis recuerdos inevitablemente volvieron a Emma. Las palabras que intercambiamos en la iglesia resonaban en mi mente con una claridad casi perturbadora. Su voz, llena de autoridad y calidez, me había dejado una impresión duradera. Recordé cómo sus ojos brillaban al hablar con los feligreses, y cómo esa chispa parecía mantenerse viva cuando nos mirábamos. Había algo en ella, una fuerza tranquila y un magnetismo que me seguía afectando de maneras que no quería admitir.

—Siempre has sido especial para mí —había dicho, y esas palabras seguían rondando en mi cabeza.

Sacudí ligeramente la cabeza, tratando de centrarme en el momento presente. Claudia esperaba que estuviera en su cumpleaños, y no iba a decepcionarla. Había sido clara cuando me lo pidió:

—Yo estuviste en tu graduación, y no me lo habría perdido por nada. Ahora es tu turno de estar para mí.

Claudia siempre había sido así, directa y sincera. Me quedé observando mi reflejo en la ventana del tren, ajustando la corbata que llevaba puesta. Había optado por un atuendo elegante, un traje azul marino que ella siempre decía que me favorecía. Quería que este día fuera especial para ella, como ella lo había hecho para mí en uno de los momentos más importantes de mi vida.

El regalo estaba guardado con cuidado. Era un libro antiguo que había buscado durante semanas: una edición especial de “Cumbres Borrascosas”, su novela favorita. Había algo en esa historia que la fascinaba, y siempre decía que algún día quería tener una edición única, algo que pudiera conservar como un tesoro. Cuando lo encontré, supe que era el detalle perfecto.

El paisaje seguía cambiando, y el tren cruzaba pequeños pueblos y campos salpicados de flores. Mi mente saltaba entre recuerdos de Claudia y las palabras de Emma, como si ambas estuvieran luchando por ocupar un lugar central en mi pensamiento. Emma, con su fuerza renovada y su magnetismo inexplicable, y Claudia, con su calidez constante y la forma en que siempre me hacía sentir en casa.

El sol comenzaba a ponerse cuando el tren se acercó a la estación de la ciudad de Claudia. Bajé con mi maleta en mano, sintiendo una mezcla de anticipación y emoción. Había algo especial en el aire, una sensación de que esta noche sería inolvidable.

Al salir de la estación, tomé un taxi hacia el lugar donde se celebraría la fiesta. Durante el trayecto, me aseguré de que el regalo estuviera bien guardado. Quería ver su expresión al abrirlo, esa mezcla de sorpresa y alegría que siempre hacía que su rostro se iluminara.

Finalmente, llegué a la entrada del lugar. La música se escuchaba a lo lejos, y las luces suaves decoraban el exterior de la casa donde Claudia celebraba su cumpleaños. Tomé aire, ajusté mi traje una última vez y caminé hacia la puerta, listo para encontrarme con ella y ser parte de su día especial.

Mientras cruzaba el umbral, me prometí dejar a un lado los pensamientos sobre Emma, al menos por esta noche. Esta era la fiesta de Claudia, y ella merecía toda mi atención. Y aunque mi mente todavía estaba llena de emociones encontradas, estaba decidido a hacer que este momento fuera tan especial para ella como lo había sido mi graduación para mí.

La casa estaba resplandeciente, decorada con guirnaldas doradas y luces cálidas que iluminaban el jardín trasero donde se celebraba la fiesta. Un arco de flores marcaba la entrada, y desde allí podía escucharse la música y las risas de los invitados. Había un ambiente de alegría que envolvía todo el lugar.

Cuando entré, Claudia estaba en el centro del jardín, rodeada de amigos y familiares. Vestía un vestido rojo que resaltaba su figura, con un peinado suelto que dejaba caer mechones suaves alrededor de su rostro. Era imposible no notar cómo brillaba, no solo por su apariencia, sino por la alegría que irradiaba en cada sonrisa y gesto.

En cuanto me vio, su rostro se iluminó aún más. Se abrió paso entre la multitud y corrió hacia mí, abrazándome con fuerza.

—¡Sabía que no me fallarías! —exclamó con entusiasmo, sus ojos brillaban de emoción.

—No me lo habría perdido por nada —respondí, entregándole el paquete cuidadosamente envuelto.

—¿Un regalo para mí? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y emoción.

Claudia rasgó el papel con una impaciencia encantadora, y cuando vio el libro, se quedó en silencio por un momento. Sus dedos recorrieron la cubierta con delicadeza, como si no pudiera creerlo.

—Es… ¡es precioso! —dijo finalmente, mirándome con los ojos llenos de emoción.

Antes de que pudiera decir algo más, me tomó por sorpresa con un beso efusivo en la mejilla, que rápidamente se convirtió en un breve roce en mis labios. Fue rápido, pero suficiente para que sintiera el calor subiendo a mi rostro.

—Sabías que era mi favorito… Gracias, de verdad —susurró, con una sonrisa que no podía ocultar—. Creo que recibirás un premio por tu detalle.

Estuve a punto de preguntarle a qué premio se refería, pero alguien la llamó para felicitarla. Así que me dirigí a probar unos bocaditos que se encontraban en una mesa cerca del área decorada.

La fiesta continuó, pero no pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que algunos de los compañeros de Claudia me miraban con evidente desagrado. Cada vez que intentaba acercarme a ella, alguno de ellos parecía interponerse, como si quisieran dejar claro que yo no era bienvenido. Había un chico en particular, alto y con una sonrisa forzada, que siempre parecía estar cerca de Claudia.

Pero ella no se dejaba intimidar. Cada vez que alguien intentaba apartarme, Claudia me buscaba con la mirada, tomaba mi mano y me arrastraba de vuelta a su lado.

—No vas a escaparte de mí esta noche —dijo en un tono juguetón, mientras me llevaba al centro de la pista de baile—. ¡Quería hacer esto hace mucho!

—Claudia, sabes que no sé bailar —protesté, intentando resistirme.

Ella sonrió, divertida. A continuación, se acercó y puso su mano izquierda en mi hombro mientras que entrelazó sus dedos de su mano derecha con los míos.

—Por eso estoy aquí, para ayudarte. Solo sigue mis pasos.

La música era alegre, y aunque al principio me sentía torpe y fuera de lugar, Claudia logró que me relajara. Su risa era contagiosa, y con cada giro y cada paso que daba junto a mí, me sentía menos ridículo.

—No lo estás haciendo tan mal —bromeó, guiñándome un ojo.

A medida que la noche avanzaba, me di cuenta de que Claudia no solo estaba disfrutando de su fiesta, sino que se esforzaba por asegurarse de que yo también lo hiciera. En más de una ocasión, atrapé a algunos de sus compañeros varones mirándome con celos apenas disimulados, pero no les di importancia. Claudia estaba conmigo, y eso era lo único que importaba.

Su rostro tenía aires emotivos durante toda la noche. Cuando la música bajó el ritmo y comenzó a sonar una melodía lenta, ella se acercó aún más, apoyando su cabeza en mi hombro mientras bailábamos.

—Gracias por venir. No sería lo mismo sin ti —susurró, y su voz tenía un tono de sinceridad que me desarmó—. ¡Te atrapé!

Ella se percató de que mi vista se había dirigido a su escote, enseguida mi rostro se puso colorado.

—Lo siento, no era mi intención —atiné a decir.

—Estas muy juguetón —soltó una sonrisa—. Tal vez debería castigarte.

La fiesta continuó hasta altas horas de la noche, pero cada momento junto a Claudia fue como si el tiempo se detuviera. Su alegría, su calidez y la forma en que siempre encontraba maneras de incluirme hicieron que me sintiera especial, como si todo el esfuerzo por estar allí hubiera valido la pena.

La fiesta seguía su curso, y aunque muchos de los invitados ya se habían marchado, los que quedaban parecían más animados que nunca. Claudia, con un par de copas de más, irradiaba una energía desbordante. Su risa resonaba en el aire, y su cercanía conmigo se volvía más evidente a medida que avanzaba la noche.

Cada vez que bailábamos, sus movimientos eran más atrevidos, sus manos se quedaban más tiempo en mi cuerpo, y sus ojos, brillantes por el efecto del alcohol, me lanzaban miradas que hablaban más que cualquier palabra.

—¿Sabes? —me dijo en un momento, acercándose a mi oído mientras la música seguía sonando—. Esta noche es perfecta… pero aún puede mejorar.

Su voz tenía un tono juguetón y sugestivo que me hizo tragar saliva. Antes de que pudiera responder, Claudia tomó mi mano y me arrastró a la pista de baile nuevamente. Sus movimientos eran provocativos, y aunque intentaba mantenerme concentrado en seguirle el ritmo, era imposible no notar cómo se pegaba más a mí, cómo sus manos buscaban excusas para tocarme. En muchas ocasiones se restregó a mi paquete. La vergüenza había llenado mi rostro, y mi erección estaba en su punto más álgido causando que una protuberancia emergiese desde adentro.

En un momento, mientras la música se volvía más lenta, Claudia se inclinó hacia mí, con una sonrisa traviesa en el rostro.

—Llévame al baño —susurró, su tono lleno de una intención que no dejaba lugar a dudas.

—¿Qué? —pregunté, desconcertado, aunque mi corazón ya latía con fuerza.

—Vamos, será divertido. Nadie lo notará… o tal vez sí —añadió con una risita, tomándome de la mano y tirando de mí antes de que pudiera protestar.

Me dejé llevar, más por la intensidad del momento que por una decisión consciente. Cruzamos el salón, esquivando a los pocos invitados que quedaban, hasta llegar al baño al fondo del pasillo. Claudia entró primero y me jaló con firmeza, cerrando la puerta detrás de nosotros.

—Ven quiero que me toques —me dijo mientras ponía mi mano en su culo—. ¡Vamos, hazlo más fuerte!

Estaba sorprendido por su actuar, el tufo de su boca me decía que había bebido por demás, increíblemente ella se mostraba muy receptiva. Cuando toqué su trasero empezó a sugerirme que lo haga con vigor como si la rudeza fuera lo que buscaba.

Lo hice con algo de pasividad por el lugar en que nos encontrábamos, se escuchaba la música y algunos murmullos de las personas en la parte exterior.

—Estoy muy caliente —comentó arrastrando las palabras—. No sé qué tienes, pero haces que me ponga así.

En mi mente pensé en hacer las cosas más fáciles por lo que imaginé que este lugar era el corazón de nuestro santuario compartido. La miré de nuevo y sus ojos, una mezcla de curiosidad y deseo, cautivaron los míos.

—He estado esperando esto —susurró.

Su voz era una melodía sensual que resonó en las baldosas, ya no me importó el resto, en ese momento solo estábamos los dos.

Sus dedos bailaron a lo largo del dobladillo de su vestido, subiéndolo lentamente, revelando el encaje que adornaba sus muslos. Y así la tenía, parada allí en ropa interior, fue una provocación a la que no pude resistirme. Me acerqué, y nuestros cuerpos se fusionaron, mis labios se encontraron en un beso apasionado.

Sus ojos nunca dejaron los míos. Con una sonrisa pícara, se arrodilló, y sus manos trazaron el contorno de mi pene endurecido a través de mis pantalones. Alzó la vista, con un brillo travieso en sus ojos.

—Hagamos esto interesante —comentó, y yo me sorprendí por su nueva faceta.

Aquellos delicados dedos trabajaron rápidamente para liberar mi pene de sus confines. A continuación, la imagen de ella en rodillas, con mi polla en su mano, fue una visión que hizo que mi corazón se acelerara. Acercó su boca y envolvió mi verga con sus labios, con su lengua girando alrededor de la cabeza, enviando escalofríos por mi columna. Sentí cosas que no había experimentado antes, su boca era cálida e invitante, y podía sentir que perdía el control.

Pero quería más. Quería sentirla, mi imaginación había alcanzado nuevas alturas, mis ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.

La puse de pie y le di la vuelta, presionando su espalda contra la puerta del baño. Escuché su respiración, que se entrecortó cuando deslicé mi mano entre sus piernas, sintiendo el calor y la humedad que me esperaban.

Me bajé el pantalón con premura y deslicé mi polla dentro de su vagina, enseguida me agarró con fuerza.

—Mmm…mmm —empezó a gemir.

La seguí llenando, y su cabeza cayó hacia atrás contra la puerta. La follé duro, y nuestros cuerpos se movieron en sincronía, el sonido de nuestra piel al chocar llenó aquel baño, que no debía tener un área mayor a seis metros cuadrados.

Sus gemidos se hicieron más fuertes, por ratos su respiración se entrecortaba. Podía sentir su coño apretarse a mi alrededor, la sensación me llevó al límite. Me corrí fuerte, llenándola con mi semen.

—Siiiii —gritó, cuando su propio orgasmo se estrelló contra mis fluidos.

Pero aún no había terminado con ella. La di la vuelta, Claudia tuvo los ojos muy abiertos por la anticipación. La levanté sobre el lavabo, abriéndole las piernas. Y así, en esa posición surrealista entré de nuevo, esta vez por detrás. Podía ver el placer escrito en toda su cara mientras la follaba, sus manos agarraban el borde del lavabo para apoyarse.

Extendí la mano, y mis dedos encontraron tu clítoris. Lo froté en círculos, la sensación le envió al límite otra vez. Gritó mi nombre sin importarle que los demás la escuchasen, su coño se apretó alrededor de mi polla mientras se corría por segunda vez. Seguí su ejemplo, llenándole con mi semen una vez más.

Nos derrumbamos en el suelo del baño, con nuestros cuerpos resbaladizos por el sudor. Me miró, con una sonrisa de satisfacción en su rostro.

—Eso fue... increíble —dijo, con la voz entrecortada.

Le sonreí de vuelta, con el corazón todavía acelerado.

—Increíble es poco para lo que sentí —respondí.

En el silencio del baño, con el aroma del sexo flotando en el aire, me di cuenta de que esto no era algo de una sola vez. Tal vez podría ser el comienzo de algo más. Y no podía esperar por ver a dónde nos llevaría.

Lo que ocurrió fue un torbellino de emociones, besos apasionados y caricias desesperadas. El espacio reducido parecía intensificar todo, y aunque tratámos de ser discretos, era evidente que los ruidos que se escaparon por la puerta no pasaron desapercibidos. Sería una mentira si dijese que no tenía vergüenza.

Cuando finalmente salimos, ambos teníamos las mejillas enrojecidas y el cabello desordenado. Los pocos que quedaban en la fiesta nos miraron con expresiones que iban desde la diversión hasta la incomodidad. Sobre todo, aquel hombre alto, que me mostró una mala cara durante toda la noche, ahora me miraba con gesto de asombro o tal vez como si hubiera visto a su héroe de comic de su infancia, hecho realidad. Sentí el calor subiendo a mi rostro, pero Claudia, en su estado despreocupado, simplemente soltó una risita y volvió a la pista de baile como si nada hubiera pasado.

—¿Vienes o te vas a quedar ahí parado? —me dijo, lanzándome una mirada que mezclaba picardía y ternura.

A pesar de mi vergüenza, no pude evitar sonreír. Claudia era así: intensa, impredecible y completamente desinhibida. Aquella noche seguramente quedaría grabada en mi memoria como una mezcla de nervios, pasión y el tipo de momento que, aunque inesperado, termina marcando un antes y un después.

Cuando la noche llegó a su fin, mientras la llevaba a su puerta, Claudia me tomó las manos y me miró con una intensidad que me dejó sin palabras.

—Eres importante para mí, ¿lo sabes? —dijo, con una sonrisa que mezclaba dulzura y algo más profundo.

No respondí de inmediato, pero el simple hecho de estar allí, con ella, hizo que cualquier palabra sobrara.

—Quiero decirte algo —mencionó despacio, como si lo que dijese a continuación debía ser importante—. Entiendo que ahora tienes la mente en otro lado por la reciente tragedia de tus padres, pero necesito que me confirmes cuanto antes si quieres iniciar una relación conmigo.

—Me gustas mucho, Claudia —dije también tomándome una pausa—. Pero en estas en lo cierto, en estos momentos me encuentro con la cabeza en otro, tengo un juicio pendiente…

—¿Juicio? —respondió cortándome—. Dime que no estás en problemas.

—Para nada, solo iré en calidad de testigo.

—Vale —manifestó escuetamente para luego sonreír—. Me cuentas mañana, ahora necesito descansar porque alguien se puso como una fiera en el baño.

Esa noche me retiré pensando en que no solo celebré su cumpleaños, sino también la conexión que había entre nosotros, una conexión que parecía hacerse más fuerte con cada momento compartido.

Al día siguiente, el sol de la mañana entraba tímidamente por las cortinas de la casa de Claudia. Me recibió con una sonrisa, aunque su rostro aún mostraba los rastros de la celebración de la noche anterior. Me ofreció un café, y nos sentamos en la sala, cómodos, mientras yo le contaba sobre el juicio contra Chad.

—No puedo creer que tengas que testificar contra ese hombre —dijo Claudia, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

—Es lo correcto. Lo que hizo está más allá de lo despreciable —respondí, con un tono serio.

Ella soltó una pequeña risa, tratando de aligerar el ambiente.

—Siempre pensé que los villanos de este tipo solo existían en las películas. Parece sacado de un drama barato.

No pude evitar sonreír ante su comentario. Claudia tenía una forma única de hacerme sentir más ligero, incluso en las situaciones más tensas. Pero entonces, su curiosidad habitual la llevó a una propuesta inesperada.

—Oye… ¿puedo ver esos videos? No es por morbo, solo intento entender cómo alguien puede hacer algo tan… asqueroso.

Vacilé, pero su insistencia era difícil de ignorar.

—No creo que sea una buena idea. Son perturbadores, Claudia.

—Por favor, lo tomaré en serio —me interrumpió, con una mirada decidida.

Finalmente accedí, sacando mi portátil para mostrarle solo un fragmento corto, el menos comprometedor dentro de lo comprometido. Mientras las imágenes se reproducían, su rostro cambió. La sonrisa que había mantenido se desvaneció, y su expresión se tornó seria, casi congelada.

—No puedo creer que alguien haga esto… —murmuró, pero algo en su tono parecía diferente, como si estuviera distraída por otra cosa.

Cuando el video terminó, cerré la computadora y traté de cambiar el tema.

—Claudia, hablando de otra cosa, estaba pensando… ¿por qué no vienes conmigo a mi ciudad natal? Hay algunos lugares turísticos que estoy seguro de que te encantarían. Sería un buen cambio de aires para ambos.

Esperaba que reaccionara con entusiasmo, como solía hacerlo ante cualquier idea espontánea. Pero su rostro, de repente, perdió todo color. Se quedó en silencio, mirando hacia el suelo, y cuando alzó la vista, sus ojos parecían vacilantes.

—No puedo ir… —dijo finalmente, con un hilo de voz.

—¿Por qué no? —pregunté, preocupado por su reacción.

Claudia suspiró profundamente, y su mirada se llenó de una mezcla de vergüenza y dolor.

—No quería que te enteraras de esto… No así. Pero Chad… él es mi hermano.

Continuará…

***

Estimados lectores,

Quiero invitarles a sumergirse en las páginas de mi libro, My best friend's mother, ahora disponible en Amazon Kindle. Esta obra fue creada con mucha dedicación y pasión, y estoy seguro de que los llevará a explorar emociones profundas y aprendizajes valiosos.

Tu apoyo no solo significa mucho para mí como autor, sino que también me ayudará a llegar a más lectores apasionados como tú.

¿Te animas a descubrirlo? Puedes encontrarlo aquí: [https://www.letraminuscula.com/amz/B0DR6BSL4D].

Si te gusta, no olvides dejar una reseña. Tus palabras pueden hacer una gran diferencia.

¡Gracias de corazón por tu tiempo y por ser parte de este viaje literario!

Lapilli.

Continúa en