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Dominaciónene 2026

Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 18

Conduce con el deseo ardiendo entre sus piernas, sabiendo que cada kilómetro lo acerca a entregar a una de sus siervas a un monstruo. El olor a sexo y droga llena la camioneta, pero el verdadero peligro espera en la puerta de un departamento donde la violencia no conoce límites.

Jane Cassey Mourin3.2K vistas9.3· 9 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

RODRIGO

Quisiera decir que tras salir de la galería logré controlar mis impulsos y no mirar a Adahí por el retrovisor mientras una enorme erección crecía entre mis piernas; de verdad me gustaría afirmar sin lugar a dudas que conduje por la ciudad sin embobarme de vez en cuando viendo a esa chica comiéndole la boca a Ivette, siendo esa la única manera que encontré para que la pelirroja dejara de tocarme mientras manejaba; y me encantaría decir que me mantuve ecuánime durante todo el trayecto al departamento que antes le pertenecía a Alejandra, donde intercambiaría a esa mujer por la única hermana de Anahí que aún me faltaba tener en mi poder; sin embargo, debo admitir que el deseo que experimenté ante la posibilidad de poseer a esa hermosa mujer, fue mucho más grande que cualquier otra cosa que me hubiera podido detener, tan inmenso que me hizo sentir muy ansioso al escuchar sus gemidos y notar aquel aroma a hembra que de pronto comenzó a dispersarse por todo el vehículo, al tiempo que Ivette metía su mano entre los vestigios de ropa que cubrían precariamente el cuerpo de Adahí, para penetrarla con sus dedos, provocando que una sinfonía de gemidos abandonara su boca a la vez que una de sus tetas era ultrajada por la mano libre de mi otra sierva.

¿Cómo mantenerme ecuánime ante tal clase de espectáculo? ¿De qué forma se suponía que manejara con precaución si mi atención una y otra vez se desviaba hacia la erótica escena que se estaba gestando a mis espaldas?

Por supuesto que no pude hacerlo, porque ya estaba demasiado afectado por todo lo que estaba ocurriendo, y más aún al saber que solamente tendría a esa mujer por unos pocos minutos antes de que tuviera que entregársela a ese patán como parte de un intercambio que para nada resultaría equitativo.

Fue cuando las cosas llegaron a un punto inmanejable, cuando decidí estacionar la camioneta en una calle y unirme a lo que esas mujeres hacían en el asiento trasero, un gesto que Ivette recibió con una sonrisa en el rostro, que la hizo aparatarse de esa pelirroja y mirarme mientras me sentaba entre las dos, antes de que su mano comenzara a desabrocharme el pantalón, de que Adahí me quitara la camiseta y me quedara desnudo entre ellas, sintiendo cómo sus labios recorrían mi cuerpo desnudo, cómo Ivette me chupaba el cuello mientras Adahí me masturbaba imprimiendo una cierta desesperación en los movimientos de su mano.

El solo tener a esa mujer a mi disposición, hizo que mi erección se hiciera aún más dura, porque la imagen que me obsequiaba no tenía precedente con ninguna otra que hubiera presenciado, porque la belleza de esa chica no tenía comparación con ninguna mujer que hubiera tenido tan cerca, un hecho que me provocó tal clase de impresión que por algunos segundos ni siquiera me atreví a tocarla, a pesar de que fuera mi sierva y de que estuviera inundada por esa droga que la haría susceptible a cualquier cosa que quisiera hacer con ella.

Por fortuna mi estupor se terminó cuando Adahí se acercó a mi rostro con la boca entreabierta y la mirada perdida, buscando mis labios mientras su mano me apretaba el pene, subiendo y bajando de una manera exquisita, haciéndome gemir a la vez que en mi interior se desvanecía aquello que me detuvo de tocarla un minuto atrás, permitiéndome llevar mis manos a sus senos, apretándolos entre mis dedos, experimentando lo rico que se sentía tocarlos, lo suave que resultaba su piel y lo agradable que me hacía sentir mientras me besaba, porque a pesar de que estuviera tan ansiosa, sus labios eran tan suaves como aquellos movimientos de su lengua con los que me hizo entregarme por completo a sus caricias, a su manera de besarme y a esa forma tan impaciente con la que de pronto comenzó a masturbarme, como si en ello le fuera la vida, como si no fuera capaz de pensar en nada más que en hacerme venir tan rápido como pudiera hacerlo, una actitud que me obligó a detenerla y observarla por un minuto, a la vez que sentía las caricias que Ivette ejercía sobre mi pecho y esa sensual forma como me chupaba los hombros y el cuello.

Despojar a Adahí de la poca y destruida ropa que llevaba encima, constituyó un placer morboso y enloquecedor, porque al menos por unos minutos pude tenerla completamente expuesta ante mis ojos, desnuda, con esos labios hinchados entre sus piernas y sus pezones rozados a unos centímetros de mis labios, disponibles para ser besados y succionados tal y como lo hice, mientras ella se abría de piernas y se colocaba sobre las mías, tomando mi miembro con su mano para dirigirlo entre los pliegues de su vagina y luego sentarse sobre él, engulléndolo con su coño, gimiendo mientras yo me retorcía de placer al sentir el estrecho abrazo con el que me daba la bienvenida a su cuerpo, sin que dejara de meterme sus tetas en la boca, experimentando la forma tan desquiciante como comenzó a mover las caderas sobre mi ser.

Los gemidos de Adahí pronto se ahogaron en los labios de Ivette, quien no quiso ser solo una espectadora de lo que estaba ocurriendo, quien me acariciaba la nuca mientras le mamaba los senos a mi nueva sierva y me dejaba seducir por el ritmo con que se movían sus caderas.

La camioneta se llenó muy pronto con los gemidos de Adahí, los sonidos pegajosos que escapaban de los labios de mis siervas, con ese ruido repetitivo que provocaba el choque de nuestros cuerpos cada vez que esa chica bajaba hasta enterrarse todo mi miembro, haciéndome proferir todas esas expresiones de placer que escaparon de mi garganta cuando dejé de comerle los senos, a la vez que mis manos le apretaban el culo y me recargaba en el asiento, provocando que ella se alejara un poco de mí, que me obsequiara esa intoxicante imagen de su cuerpo desnudo con sus pechos moviéndose al ritmo que imponía con sus caderas.

- Mastúrbate en el asiento hasta que termine de coger con ella - le ordené a Ivette, quien obedeció de inmediato mi orden, dejándome por un momento a solas con esa pelirroja que me llevó a conocer un placer tan demencial como el que me estaba haciendo sentir.

Acariciar su piel, contemplar los gestos de placer en su rostro, sentir la manera como mi miembro era aprisionado por las paredes de su vagina mientras los olores de nuestros sexos se combinaban para dar lugar a una fragancia alucinante, todo ello me hizo entender lo peligrosa que era esa chica, porque era muy fácil hacerse adicto a ella, porque cuando hacía el amor se entregaba de una forma mucho más espectacular de lo que lo había hecho cualquiera de mis siervas.

Una sonrisa se dibujó en mis labios cuando me di cuenta de lo fácil que sería para esa chica enredar al exesposo de Alejandra y tener la oportunidad de acabar con su vida, una idea que de pronto me incitó a dejar de ser un actor pasivo en lo que estaba ocurriendo y tomar las riendas de las cosas, arrojando a mi sierva a un lado y obligándola a que se pusiera en cuatro para luego penetrarla a mi gusto, a mi ritmo, tocándole los bamboleantes senos, embistiéndola tan fuerte como me era posible hacerlo, motivándola a mover el culo de una forma tan deliciosa que no soporté por mucho tiempo aquella escena en la que sus caderas y sus senos se meneaban a un ritmo vertiginoso, obligándome a eyacular en su interior antes de que abandonara su cuerpo, de que escuchara la forma como se quejaba por haberme salido y me rogaba para que siguiera penetrándola hasta llevarla al orgasmo.

- Si te quieres venir, primero tendrás que ganártelo - le dije mientras me acomodaba en el asiento, con el pene aún palpitando, completamente bañado en esa deliciosa combinación de mi semen y los fluidos de esa letal pelirroja - límpialo con tu boca, sierva - le ordené y ella obedeció al instante, abalanzándose sobre mí, metiendo mi miembro en su boca para succionarlo y recorrerlo con su lengua, obsequiándome una escena que incluso a mí me costaba trabajo creer que fuera real.

Los minutos pasaron hasta que una vez más mi pene se puso muy duro y, sin esperar a que se lo ordenara, Adahí se montó sobre mí, dándome la espalda, dejándome contemplar su estrecha cintura y la forma como se abría para dar paso a ese trasero perfecto que subía y bajaba enterrándose una y otra vez mi miembro, sin detenerse mientras Ivette gemía a mi lado, contemplando con interés lo que hacía con mi nueva adquisición, creando una situación tan morbosa que me hizo tomar a Adahí de las caderas y comenzar a penetrarla moviendo mi cuerpo bajo el suyo, sacudiéndola con tanta fuerza y determinación que muy pronto logró lo que tanto estuvo anhelando, segundos antes de que yo la siguiera, de que me viniera en su vientre y luego la empujara para que se recostara en el asiento y la viera retorciéndose en medio del placer que le provocó alcanzar el tan codiciado orgasmo que tanto estuvo deseando.

Fue en aquel momento cuando mi mirada se dejó seducir por la forma como Ivette se metía los dedos, por el aroma que se desprendía de su entrepierna y esa imagen de sus labios rosados que me hizo tragar saliva y entender que no podría dejarla ir sin antes habérmela cogido por última vez, algo que me hizo tomarla de la nuca y presionarla un poco para hacer que se metiera mi verga en la boca, iniciando de inmediato aquella sesión oral con la que me hizo poner los ojos en blanco mientras sentía el vicio y la morbosa forma como se devoraba los restos de mi leche, haciendo lo que podía para que me endureciera una vez más, sobándome los huevos, succionando mi miembro con tanta fuerza que parecía querer sorberme el alma, hasta que alcancé la dureza necesaria y se montó sobre mí, dejándose caer lentamente sobre mis piernas, con mi pene enterrado entre sus labios, cerrando los ojos a la vez que sus brazos rodeaban mi cuello y ambos sentíamos ese placer morboso que nos provocaba el tener sexo después de la peculiar historia que compartíamos.

Aquello fue diferente de las ocasiones anteriores en que lo hice con Ivette, porque los movimientos de su cuerpo no tenían nada que ver con aquellos que eran motivados por la ambrosía, porque al no estar bajo los efectos de esa droga pude conocer a la mujer real, a esa chica que durante mucho tiempo se escondió bajo el manto de la soberbia y sus desplantes de superioridad, la misma que en aquel instante apretaba mi miembro entre sus labios, como si no quisiera que saliera nunca de su interior, moviéndose a un ritmo perfecto para dejarme conocer cada rincón de su vagina, para regalarme un placer inaudito y delicioso que se prolongó por varios minutos, tantos que en algún momento Adahí regresó a nosotros, buscando mis labios, los de Ivette, siendo una intrusa de aquel momento que estábamos compartiendo, provocándome para que la apartara y le ordenara masturbarse lejos de nosotros, porque aquello quería vivirlo solo con Ivette, solo con la chica de quien me estaba despidiendo.

Venirnos juntos representó un placer morboso, una comunión especial, no tan intensa como lo que sentía con Alejandra en cada ocasión en que hacíamos el amor, pero lo bastante única como para cuestionarme si de verdad era necesario entregársela a ese imbécil con el que me proponía hacer un intercambio.

Aquel último beso que nos dimos me hizo saber que, a pesar de lo que ella ya me había dicho, en realidad no quería apartarse de mi lado, que lo que de verdad quería era permanecer en mi harem, con mis chicas, porque supongo que entendía que la vida que llevó durante las últimas semanas, no sería la misma que le daría si yo siguiera siendo su amo.

- Amo, deberíamos limpiarla antes de llevarla con ese tipo, porque no creo que le guste verla derramando leche de su boca y de su vagina - sugirió Ivette, mirándome después, esperando a que yo le respondiera.

- Sí, es una buena idea - contesté, con el pensamiento perdido en mis propias ideas y la respiración agitada, al tiempo que me arreglaba la ropa y me dejaba envolver por lo que tal vez fue el comportamiento de una mujer que conocía muy bien el arte de manipular a los hombres - hay toallas húmedas en la guantera, encárgate de ella - ordené, viendo cómo de inmediato mi sierva sacaba las toallas y luego saltaba de nuevo hacia el asiento de atrás para limpiar a esa pelirroja que no dejaba de tocarse e intentar besar a Ivette, una tarea que le llevó bastante tiempo, antes de que la vistiera con las tiras de ropa con las que nos la entregaron y quedara lista, sin el más mínimo rastro de que algo hubiera pasado con esa chica.

- Su sierva está lista, amo - dijo Ivette cuando terminó de arreglarla, pero por primera vez pude detectar un tono triste o tal vez temeroso en su voz.

- ¿Te preocupa el quedarte con ella en ese lugar? - le pregunté mientras arrancaba la camioneta y Adahí se pegaba al cuerpo de Ivette de una forma morbosa y desesperada.

- No, no en realidad, según lo que nos dijo el hombre de la galería, solo ataca a hombres, así que eso no me molesta, pero… - se detuvo, comportándose insegura, titubeante, suspirando antes de volver a hablar - no lo sé, supongo que no me hace gracia volver a una galería, porque si las cosas salen como creo que las planeó y esta chica termina con ese hombre, lo más seguro es que regrese a uno de esos lugares y… bueno, solo no me agrada la idea - respondió sin levantar la cara mientras la observaba por el retrovisor, haciendo que me sintiera de nuevo incómodo con ella, culpable por lo que pasó tras haberla hecho trabajar sin descanso durante esas infames semanas.

No hubo ninguna respuesta de mi parte mientras avanzábamos por las calles, ni cuando detuve el auto y descendimos de él ni tampoco cuando entramos al edificio donde pronto abordamos el elevador que nos llevaría hasta el piso donde vivía ese canalla.

Un silencio casi tan absoluto como incómodo se apoderó de nuestro entorno, porque creo que ambos entendíamos que todo estaba a punto de acabarse en esa historia que empezamos a escribir desde aquellos días en los que trabajé para ella, un silencio que solo se rompió cuando ese sonido agudo anunció que habíamos llegado a nuestro piso

- Amo… yo… - dijo, deteniéndose de pronto, mirándome a los ojos, demostrando un miedo que no me gustó ver, mezclado con arrepentimiento, con esa clase de sentimiento que surge cuando alguien se sabe víctima de sus propios actos - por lo que valga para usted, lamento mucho mi comportamiento cuando trabajábamos juntos, no debí humillarlo ni adjudicarme el crédito de su trabajo; amo, de verdad lo siento, y con esto no pretendo cambiar en nada su decisión, ya la he asumido, pero necesitaba decírselo - comentó, antes de que se adelantara y bajara del ascensor llevándose a Adahí con ella, de que yo la siguiera y le indicara el camino, llenando mi cabeza de dudas mientras caminaba por el pasillo, fortaleciendo aquella idea que me decía que esa chica ya había pagado su deuda conmigo, que en realidad no parecía merecer lo que estaba a punto de hacer con su vida.

Gritos de dolor se escucharon desde el pasillo mientras avanzábamos en dirección del departamento de ese tipo, sonidos de golpes, lamentos y súplicas que eran acompañadas por las risas enloquecidas de quien supuse que era el dueño de Lourdes.

Ivette suspiró al escuchar aquel sobrio concierto de agonía y sufrimiento, antes de que nos paráramos delante de aquella puerta, de que yo exhalara con fuerza para luego sacudir la puerta con un par de contundentes golpes que de inmediato hicieron que toda esa sinfonía del dolor se detuviera, siendo sustituida por los potentes y enfurecidos gritos del exesposo de mi mujer. La puerta se abrió de golpe.

- ¡No pienso dejar de…! ¡¿Pero qué demonios estás haciendo aquí?! - gritó ese tipo, mostrándose desnudo frente a mí, sudoroso, con la piel manchada por gotas de sangre que seguramente no le pertenecía y la nariz ensuciada con polvo blanco, sosteniendo un látigo compuesto por varias tiras de cuero, una imagen que me hacía tener una idea bastante clara de cuál sería el destino de cualquier chica que tuviera la desgracia de caer en sus manos, que me tentó a mirar a los ojos a Ivette, algo que no me permití hacer porque en aquel momento era importante no desviar mi mirada de ese patético intento de hombre.

- Viene a hacer un intercambio contigo, quiero a una de tus siervas. Es una chica a quien llevo un tiempo buscando y sé que la tienes porque te vi con ella el otro día en la galería - le solté sin miramientos, antes de ver cómo se dibujaba una sonrisa sarcástica y engreída en su boca.

- ¡No me digas! - exclamó con sarcasmo, apretando cada vez más el látigo que llevaba en la mano - ¿Y qué te hace creer que quiero hacer un trato contigo, imbécil? ¿Ya olvidaste lo que me hiciste? ¡No tuviste ningún problema con llevarte a mi esposa ni tampoco con golpearme en mi propia casa! ¡Y ahora vienes a pedirme que te entregue a una de mis putas! ¡Estás pendejo si crees que…! ¡Si…! ¡¿Pero quién carajos es esa pelirroja?! - preguntó de pronto, interrumpiendo su bravata, demostrando con su falta de atención lo profundamente drogado que se encontraba cuando su mirada se clavó de una forma vulgar en el cuerpo de Adahí - ¡Está demasiado buena para ser tuya! ¡¿De dónde la sacaste?! ¡Porque he visitado muchas galerías y nunca…!

- Ella es Adahí y es mi oferta para que aceptes hacer ese intercambio - dije sin más, viendo cómo ese patán se acercaba a la chica en cuestión, observando la forma embobada y un tanto torpe como la miraba, tragando saliva, sin parpadear, llevándose la mano a la cara para frotársela como si no pudiera creer que en realidad estuviera viendo a esa mujer delante de él, antes de que me mirara de nuevo y su rostro volviera a adoptar esa expresión enfurecida y arrogante.

- ¿Cuál de estas putas es la que te interesa? - preguntó, abriendo un poco más la puerta, dejándome contemplar una escena escalofriante en la que dos chicas estaban encadenadas a la pared con un grillete en el cuello, mientras otra lloraba tirada en el suelo, desconsolada, con la espalda llena de diagonales sangrantes y el culo manchado con líneas de polvo blanco.

- La chica rubia, la que está tirada en el suelo - le respondí, haciendo lo posible para no explotar al verla en ese estado, tratando de controlar el impulso de golpear a ese malnacido que se rió en mi cara mientras me miraba con arrogancia.

- ¡Estás pendejo! ¡No te la daré solo por una sierva! ¡Tendrás que darme algo más! - Ivette dio un paso hacia adelante en aquel momento, supongo que con la intención de ofrecerse a ese sujeto creyendo que era lo siguiente que yo le propondría, sin embargo, ni ella ni yo pudimos decir nada antes de que el imbécil volviera a hablar - ¡Quiero que me des a Alejandra! ¡Quiero que regrese conmigo! - exigió, enloquecido, limpiándose la boca y la nariz en repetidas ocasiones, mostrándose nervioso, a cada momento más ansioso, señal de que una cierta cantidad de la droga que consumió, le estaba comenzando a hacer efecto.

Escuchar el nombre de mi mujer en la boca de ese imbécil me hizo sentir un calor abrasador por dentro, uno que me fue muy difícil de controlar, algo que hubiera sido evidente para una persona en sus cinco sentidos, pero no para un drogadicto tan colocado como lo estaba ese tarado.

- Ella ya no está conmigo, la cambié hace un par de semanas por la pelirroja - le mentí, con el tono de voz más sobrio que pude emplear, viendo de pronto cómo ese tipo me miraba, como si dentro de su confundido e intoxicado cerebro tratara de detectar la mentira en mis palabras, antes de que sonriera como loco y soltara una carcajada un tanto enloquecida.

- Pues si no es ella… - dijo, haciendo una pausa para reírse de nuevo, un momento en el que Ivette dio un paso más al frente, hasta que fui yo quien entonces la detuvo, colocando mi mano delante de ella, viendo de reojo cómo me miraba con una expresión llena de sorpresa - ¡Entonces te voy a romper la madre! ¡Quiero pegarte en la cara, idiota! ¡Quiero que tu sangre me manche los nudillos! ¡Y quiero verte tirado en el suelo! - gritó como demente, antes de que alguien abriera una puerta, de que mirara a la mujer que lo hizo y notara lo asustada que se mostró cuando vio a ese idiota desnudo en el pasillo de aquel edificio, algo que hizo que se metiera en su departamento de inmediato, lo cual me permitió saber lo horrible que seguramente sería vivir a un lado de ese animal - tómalo o déjalo, muchacho. No aceptaré nada más a cambio de la rubia - expresó, con una voz adormecida por la excitación que le provocaba ver a Adahí encaramada al cuerpo de Ivette, a quien ese imbécil ni siquiera se dignó a mirar.

Un suspiro muy fuerte precedió al momento en el que intercambié una mirada con Ivette, siendo lo único que ocurrió antes de que mirara a ese tarado y asintiera, de que viera cómo una sonrisa estúpida se dibujaba en su rostro mientras dejaba caer el látigo al suelo, un instante previo a que me lanzara un primer golpe que yo logré detener con mi mano, en un gesto que hizo que ese idiota me mirara desconcertado al ver que había bloqueado su primer ataque.

- Te lo advierto, si me golpeas y no cumples con tu palabra, lo que pasó ese día será nada en comparación con lo que te voy a hacer ¿Entendiste? - lo amenacé, pero él no respondió, solo me miró expresando en su rostro todo el odio que había en su corazón, antes de que recogiera el brazo, de que yo llevara mis manos a mi espalda para evitar la tentación de defenderme, de que sintiera la fuerza con la que me dio ese primer puñetazo entre la mejilla y la nariz con el que logró hacerme tambalear, para luego recibir otro y otro más, todos en el rostro, tratando de soportar de pie tanto como pude hasta que al fin perdí el equilibrio y caí al suelo, sintiendo el sabor de mi propia sangre dispersándose por mi lengua, percibiendo el olor de aquel líquido vital que abandonaba mi cuerpo mientras ese pendejo se carcajeaba en medio de su locura, estando tan drogado que ni siquiera se dio cuenta de que acababa de romperse la mano tras golpearme de la forma tan salvaje como lo hizo.

- ¿Qué se siente ser el imbécil que se revuelca en el suelo pendejo? ¡Eres un cobarde! ¡Eres un imbécil! - gritó enloquecido antes de que intentara abalanzarse de nuevo sobre mí, algo que no logró hacer pues Ivette se interpuso entre los dos, recibiendo un fuerte golpe que la derribó a mi lado, pero que no la hizo rendirse en su tarea de protegerme con su propio cuerpo.

- ¡Es suficiente! ¡Mi amo ya cumplió con su parte del trato! - gritó Ivette, abrazándome con fuerza, pronunciando esas palabras tan cerca de mi oído que me hizo sentirme de pronto muy mareado - ¡Y si vuelves a golpearlo, llamaremos al ejército y te denunciaremos por haber golpeado a la sierva de otro amo! - gritó, sonando tan temerosa como desesperada, pero logrando que ese patán se detuviera y se limitara a desquitar su frustración haciendo una rabieta, al tiempo que yo veía de reojo cómo le daba un fuerte puñetazo a una pared para luego tomar a Adahí del cabello y arrojarla al interior de su departamento, perdiéndose por un momento de mi vista para luego reaparecer con Lourdes tomada del brazo, completamente desnuda, con la piel manchada de lo que creí que sería su propia sangre, teniendo muchos problemas para mantenerse en pie.

- ¡Levántate, idiota! ¡Terminemos de una buena vez con esto! - me gritó ese estúpido, haciendo que Ivette me ayudara a ponerme de pie, que fuera ella quien extrajo el celular de mi pantalón y me ayudó a hacer los trámites necesarios para que el intercambio se llevara a cabo, antes de que volviera a ver la cara de ese imbécil mientras se burlaba del hecho de que mi rostro estuviera hinchado y bañado en sangre.

- ¡Ya está hecho, amo! ¡Ya podemos irnos a casa con Lourdes! ¡Por favor, salgamos de aquí! - exclamó Ivette, conmocionada, muerta de miedo, mientras tomaba a la rubia y comenzaba a caminar en dirección del ascensor, sin que yo pudiera moverme de donde estaba, sin que fuera capaz de apartar mi mirada de la estúpida sonrisa que ese pendejo tenía dibujada en la boca.

- ¿Te digo un secreto? - le pregunté, tratando de sonreír a pesar de que el hacerlo me doliera demasiado, mientras ese bastardo mantenía esa expresión estúpida en su rostro - Alejandra sigue conmigo - le confesé, antes de que, no sé de dónde, sacara la fuerza necesaria para tomar algo de impulso y asestarle un fuerte cabezazo justo en la nariz, provocando que cayera al suelo, sonriendo al ver cómo se retorcía de dolor hasta que sentí una mano cerrándose en mi brazo y llevándome luego por la fuerza hacia el ascensor, donde no pude mantenerme de pie por más tiempo y me senté en el suelo, sin entender del todo los gritos de Ivette, sin saber quién demonios le ayudó a sacarme de ahí y luego meterme en la camioneta, donde al fin perdí la consciencia.

***

Cuando desperté lo hice en la camilla de una habitación muy blanca, escuchando ruidos que no lograba reconocer, sintiendo mucho frío y percibiendo un olor que me recordó a los hospitales que había visitado en mi vida, antes de que una voz familiar me diera la bienvenida de vuelta al mundo.

- ¡Al fin despertaste, amigo! - exclamó Emilio mientras se acercaba a mí y le hacía un gesto con la mano a alguien para que hiciera lo mismo - ¡Carajo, hermano! Por un momento pensé que te perdíamos, llegaste muy lastimado a nuestras manos, pero me alegra que no fuera así - comentó, mientras una chica me inyectaba algo en el brazo.

- ¿Néctar? - pregunté, pensando que quizás esa cosa me ayudaría a hacer como que nada había ocurrido. Emilio sonrió con tristeza mientras negaba con la cabeza.

- No, amigo, lo siento, no podemos aplicártelo, solo podemos ponérselo a las siervas, sería ilegal darte esa medicina y nos meteríamos en muchos problemas. Lo que hicieron los doctores contigo fue inundarte de analgésicos y algunos estimulantes para que sanes un poco más rápido de lo normal, pero no tanto como lo lograría el Néctar - comentó, haciendo que me preguntara por qué no podían aplicarme la dichosa medicina milagrosa, pero sin generar la curiosidad suficiente como para que externara aquella duda, menos aun cuando me di cuenta de que no sabía en dónde se habían metido mis siervas.

- Ivette y Lourdes…

- Ellas están bien. Ivette llegó llorando aquí, estaba muy alterada y me dijo que no sabía a dónde más llevarte, así que, después de cobrar algunos favores, logré que te atendieran aquí, aunque debo decir que no es algo común atender a hombres golpeados por los exesposos de sus siervas - bromeó, haciendo que sonriera un poco, o al menos que lo intentara hasta que el dolor me hizo desistir - por supuesto que tus siervas ahora se encuentran en la sala de espera. Me tomé la libertad de darle a Lourdes el mismo tratamiento que a tus otras siervas, incluyendo el tatuaje, espero que eso haya estado bien; y también le pusimos un poco de Néctar a Ivette, porque no me gustó el aspecto que tenía ese golpe que le dieron - comentó y yo asentí, al tiempo que trataba de levantarme, sintiendo de pronto un dolor muy intenso provocado por la hinchazón de mi rostro y lo molesto que resultaba recibir una paliza - ese idiota se dio vuelo pegándote, mira que pedirte algo como eso a cambio de esa chica…

- ¿Te lo contó Ivette?

- Sí, lo hizo y ¿Sabes algo? Esa chica parece apreciarte más de lo que crees. Se veía auténticamente preocupada por ti.

- Sí, bueno, supongo que a cualquier sierva le preocuparía perder a su amo y que la manden de nuevo a una galería o algo peor - respondí, negándome a creer que esa chica en verdad sintiera algo como eso, hasta que recordé de pronto la forma como se interpuso entre mí y ese maniático cuando trató de pegarme una vez que ya me encontraba tirado en el suelo.

- No lo sé, amigo, pero no creo que se trate de eso, más bien creo que se dio cuenta de que lo que haces con tus siervas es el trato más digno que va a recibir tras haberse convertido en una propiedad. En fin, según lo que me dijeron los doctores, con el tratamiento que te pusieron podrás estar bien en un par de semanas, mientras tanto, te recomiendan mantener el esfuerzo físico al mínimo y que trates de descansar tanto como puedas, supongo que para ello te servirá tener la casa llena de siervas ¿No? - bromeó, haciéndome reír al tiempo que me repetía a mí mismo que la risa no era mi mejor amiga en aquella situación tan precaria en la que me encontraba, algo que Emilio también notó ante mis expresiones de dolor - lo siento, creo que hacerte bromas en este momento no es una buena idea - comentó, para luego ayudarme a bajar de la camilla y sacarme de ese lugar hasta donde Ivette y Lourdes ya me estaban esperando, estando esta última ataviada con uno de los vestidos que les había comprado a mis siervas.

- ¡Por dios! - exclamó Lourdes antes de que ella e Ivette se apresuraran a reunirse conmigo - ¡Lo siento mucho, amo! ¡Yo no…! ¡Yo…! ¡Ivette me lo contó todo! ¡Me dijo que usted tiene a mis hermanas! ¡Me dijo que es bueno con ellas y…! - la chica de pronto se abalanzó hacia mí y me abrazó con mucha fuerza, con tanta energía que no midió bien sus movimientos antes de que se diera cuenta de que me estaba lastimando - ¡Santo dios, lo lamento mucho, creo que lo lastimé más de…! ¡Perdón, amo! - se disculpó, apenada.

- ¿Puede caminar, amo? - preguntó Ivette, sonando verdaderamente consternada por mi estado, pero cargando el tono de su voz con una tranquilidad que no parecía muy natural en ella.

- Sí, aunque creo que lo mejor será que conduzcas de regreso a casa, porque tengo al menos la mitad de la visibilidad obstruida - respondí, tratando de hacerme el gracioso sin lograrlo en absoluto.

- Por supuesto - respondió, dejándome ver el atisbo de una tímida sonrisa en su rostro, haciéndome saber lo agradecida que estaba ante el hecho de que no la hubiera entregado, de que le hubiese permitido ser parte del harem que estaba construyendo.

- Amigo, por favor avísame si necesitas algo ¿De acuerdo?

- Pues me serviría de mucho una nueva cara - le respondí a Emilio, riendo ambos al final, a pesar del dolor que ello me provocó, antes de mirar a Lourdes y sonreír, porque en realidad me alegraba reunir a esas hermanas.

- Sí, a mí también me alegra que las hayamos encontrado a todas - comentó mi amigo antes de darme una ligera palmada en la espalda - cuídate, Rodrigo - se despidió, antes de que comenzara a caminar con mis siervas a mis costados, recorriendo los pasillos de la galería hasta entrar en la camioneta y acomodarme en el asiento trasero a un lado de Lourdes, dispuesto a marcharme a casa, a reunirme con Alejandra y las chicas, dejando atrás aquella larga búsqueda y todo lo que nos costó reunir a esas hermanas, sin tener idea de que las cosas estaban a punto de empeorar, de que pronto nuestra peculiar comunidad se vería amenazada por un enemigo mucho más peligroso que el patán al que Alejandra una vez llamó esposo.

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