Parte 2. Mi novia se toma muy enserio los retos
Isma se sienta en el sofá y no se mueve. Su única función es mirar. Mientras Sebas toma el control del cuerpo de Samantha, Isma descubre que su mayor placer no está en tocar, sino en ser testigo de cómo su novia se entrega por completo a otro.
Sebas sonrió con esa calma depredadora que siempre ha tenido, se desabrochó los jeans del todo y dejó que su polla dura saltara libre. Era más gruesa que la mía, más larga, y Samantha no pudo evitar mirarla con los ojos muy abiertos, mordiéndose el labio inferior mientras un gemido bajo escapaba de su garganta.
—Ven aquí —le ordenó Sebas con voz ronca, sin mirarme siquiera.
Samantha se levantó de mis piernas de inmediato, obediente, temblorosa de excitación. Sus jugos brillaban en el interior de sus muslos mientras caminaba los dos pasos que la separaban de él. Yo me quedé sentado en el sofá, con la polla aún fuera, palpitando en el aire, pero sin tocarme. Solo mirar. Solo ser testigo.
Sebas la tomó por la cintura y la giró de espaldas a mí, de modo que yo tuviera la vista perfecta. Le bajó los shorts y las bragas que ya había quitado antes hasta los tobillos de un solo tirón. Samantha se apoyó con las manos en el respaldo del sofá, justo frente a mí, arqueando la espalda y abriendo las piernas sin que se lo pidieran.
—Míralo, Mati —dijo Sebas, colocándose detrás de ella—. Mira cómo tu novia se abre para mí.
Introdujo dos dedos de nuevo dentro de ella, rápido y profundo. Samantha gritó, echando la cabeza hacia atrás. Los sonidos húmedos llenaban la sala cada vez que Sebas la follaba con la mano, cada vez más rápido, más fuerte. Ella me miraba a los ojos mientras gemía mi nombre mezclado con el de él.
—Mati… mírame… mírame cómo me toca…
Sebas sacó los dedos empapados y los reemplazó con la cabeza de su polla. Rozó la entrada de Samantha una, dos veces, cubriéndose de sus jugos. Ella empujó las caderas hacia atrás, desesperada.
—Pídemelo —ordenó Sebas.
—Por favor… métemela… —susurró Samantha, la voz rota.
—Más alto. Que tu novio lo oiga bien.
Samantha me miró fijamente, los ojos llenos de lágrimas de placer.
—Sebas, por favor… fóllame. Fóllame fuerte delante de Mati.
Sebas no esperó más. Empujó de una sola estocada, enterrándose hasta el fondo. Samantha gritó con fuerza, el cuerpo temblando violentamente. Yo vi cómo su coño se abría alrededor de él, cómo lo tragaba entero, cómo sus labios se estiraban al límite.
Empezó a moverse. Lento al principio, saliendo casi del todo para volver a clavársela hasta los huevos. Cada embestida hacía que los pechos de Samantha se balancearan, que sus gemidos se volvieran más altos, más animales. Sebas la sujetaba por las caderas, marcando el ritmo, dominándola por completo.
—Joder, qué apretada estás… —gruñó él—. Tu novio nunca te ha llenado así, ¿verdad?
Samantha negó con la cabeza, incapaz de hablar, solo gimiendo con cada golpe que recibía contra su culo.
Yo no me tocaba. No podía. Solo miraba, hipnotizado, cómo mi mejor amigo follaba a mi novia a centímetros de mi cara. Veía su polla entrar y salir brillante de sus jugos, veía cómo el cuerpo de Samantha se rendía por completo a él, cómo sus rodillas flaqueaban cada vez que Sebas la embestía más profundo.
Sebas aceleró. El sonido de piel contra piel llenaba todo el departamento. Samantha empezó a correrse otra vez, esta vez más fuerte, gritando su nombre sin vergüenza.
—Sebas… me vengo… me vengo en tu polla…
Su orgasmo la hizo convulsionar, apretándolo tanto que Sebas gruñó y tuvo que detenerse un segundo para no correrse él también. Pero no salió. Siguió dentro, esperando a que ella terminara de temblar.
Cuando Samantha se calmó un poco, jadeando, Sebas la giró con facilidad y la empujó de rodillas al suelo, justo entre mis piernas abiertas, pero sin tocarme. Le tomó el cabello y guió su boca hasta su polla empapada de ella.
—Límpiala —ordenó.
Samantha obedeció al instante, lamiendo con avidez, saboreándose a sí misma en él, gimiendo alrededor de su grosor. Sebas la follaba la boca ahora, lento pero profundo, mirándome a los ojos por primera vez.
—Tu novia es una puta perfecta, Isma —dijo con voz grave—. Y todavía no he terminado con ella.
Samantha gimió más fuerte al oírlo, chupando con más ganas, como si aquellas palabras la excitaran aún más.
Yo seguía sin tocarme. Solo miraba. Solo sentía cómo mi mundo se reducía a esa imagen: mi novia de rodillas, tragándose la polla de mi mejor amigo, mientras él decidía cuánto más iba a usarla delante de mí.
Y lo peor… o lo mejor… es que no quería que parara nunca.
Sebas seguía follándole la boca a Samantha con un ritmo controlado pero implacable. La tenía agarrada por el pelo, guiando su cabeza hacia adelante y hacia atrás, haciendo que se tragara casi toda su longitud con cada embestida. Los ojos de Samantha estaban llorosos, el rímel corrido, pero no apartaba la mirada de él; al contrario, lo miraba con una mezcla de sumisión y hambre que yo nunca le había visto conmigo.
Cada vez que Sebas empujaba más profundo, ella emitía un gemido ahogado que vibraba alrededor de su polla. La saliva le brillaba en los labios y le caía por la barbilla, goteando sobre sus pechos desnudos. Yo seguía sentado en el sofá, a menos de un metro, viendo cada detalle: cómo sus mejillas se hundían al succionar, cómo su garganta se movía al tragárselo, cómo sus manos se aferraban a los muslos musculosos de Sebas como si temiera que se apartara.
Sebas respiraba cada vez más pesado. Sus abdominales se marcaban con cada contracción, y una fina capa de sudor le cubría el pecho.
—Joder, Samantha… me vas a hacer correr así si sigues chupando tan rico —gruñó, la voz ronca y baja.
Ella respondió acelerando, moviendo la cabeza más rápido, una mano bajando para masajearle los huevos con suavidad mientras la otra se apoyaba en su cadera. Sebas soltó un jadeo profundo y cerró los ojos un segundo, perdiendo por primera vez esa calma dominante.
—No… todavía no quiero correrme en tu boca —dijo de pronto, apartándola con delicadeza pero firmeza.
Samantha jadeó al liberarse, hilos de saliva conectando aún sus labios con la punta roja e hinchada de él. Sebas la levantó del suelo como si no pesara nada y la empujó de nuevo contra el respaldo del sofá, esta vez boca abajo, el culo en alto, las piernas abiertas. Yo tenía la cara a la altura perfecta para ver cómo su coño seguía hinchado, rojo, chorreando después de los orgasmos anteriores.
Sebas se colocó detrás de ella, frotando la cabeza de su polla entre sus labios resbaladizos, cubriéndose otra vez de sus jugos.
—Míralo bien, Mati —me dijo sin girarse—. Voy a correrme dentro de tu novia. Profundo. Hasta que no quede ni una gota fuera.
Samantha giró la cabeza hacia mí, el rostro enrojecido, el pelo pegado a la frente por el sudor.
—¿Lo quieres ver, amor? ¿Quieres ver cómo me llena? —susurró con voz temblorosa de excitación.
No pude responder. Solo asentí apenas, la garganta seca.
Sebas empujó de una sola vez, enterrándose hasta el fondo. Samantha gritó, arqueando la espalda con violencia. Él no esperó: empezó a follarla con embestidas cortas y brutales, los huevos golpeando contra su clítoris con cada choque. El sonido era obsceno, húmedo, animal.
Samantha gemía sin control, las manos aferradas al respaldo, los nudillos blancos.
—Más fuerte… Sebas, por favor… rómpeme…
Él obedeció. La sujetó por las caderas y aceleró hasta que el sofá se movía con ellos. Sus gruñidos se volvieron más guturales, más desesperados. Veía cómo su polla entraba y salía, brillante, cada vez más rápido, cada vez más hinchada.
—Ahora… joder, ahora… —masculló Sebas.
Se clavó hasta el fondo una última vez, quedándose quieto, los músculos tensos como cables. Su cara se contrajo en un gesto de placer puro mientras bombeaba dentro de ella. Sentí casi el pulso de cada chorro: uno, dos, tres… largos y potentes. Samantha gritó también, sintiendo cómo la llenaba, su cuerpo temblando con un nuevo orgasmo que la pilló por sorpresa.
—Te siento… te siento correrte dentro… tan caliente… —gimió ella, empujando hacia atrás para recibirlo todo.
Sebas se quedó enterrado varios segundos más, respirando agitado, dejando que las últimas gotas salieran dentro. Cuando por fin se retiró despacio, un hilo grueso de semen salió con él, resbalando por los muslos de Samantha hasta gotear en el suelo.
Ella se derrumbó sobre el sofá, jadeando, el cuerpo laxo y satisfecho. Sebas se dejó caer a su lado, aún semiduro, y le acarició el culo con posesión mientras miraba hacia mí por primera vez en minutos.
—Tu novia está llena de mí ahora, Isma —dijo con voz tranquila, casi amable—. Y creo que a los dos nos encantó que lo vieras todo.
Samantha, aún temblando, giró la cabeza hacia mí y sonrió débilmente, los ojos vidriosos.
—Ven aquí, amor… ven a sentirlo todavía caliente dentro de mí si quieres…
Yo seguía sin moverme, la polla palpitando dolorosamente, al borde sin haberme tocado ni una vez.
Y supe que ese clímax de Sebas no era el final… solo el punto sin retorno.
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