Xtories

Me vio llegar sin bombacha

Siempre creyó que su matrimonio rutinario era suficiente, hasta que el calor de una mañana de primavera encendió un deseo que no podía controlar. En el depósito oscuro de una verdulería, la sumisión la espera con las manos callosas de un hombre que no pide permiso, sino que toma. Ahora, el olor a otro hombre la acompaña a casa, y sabe que el precio a pagar será más que una simple confesión.

Dolores3820K vistas9.1· 15 votos

Soy una mujer casada y feliz, o al menos eso creía hasta que el deseo me traicionó de la forma más cruda y animal. Tengo 43 años, una hija de 19 y un hijo de 21, y estoy casada con un hombre al que respeto profundamente y del que dependo en muchos sentidos, aunque no estoy segura de si lo amo con esa pasión devoradora que se ve en las películas. En estos 22 años de matrimonio, he sentido la pija de mi marido miles de veces, de todas las formas imaginables: suave y rutinaria en las noches cotidianas, dura y posesiva cuando él necesitaba reafirmar su dominio, o rápida y urgente en las mañanas antes del trabajo. Él siempre ha sido el macho dominante, y yo, decididamente sumisa. Siempre he aceptado que los hombres tienen la fuerza bruta y esa herramienta implacable entre las piernas para subyugar a las mujeres como yo. Nosotras somos las que nos abrimos, las que nos dejamos penetrar hasta el alma, y ellos los que nos abren, nos rompen y nos marcan.

En todos estos años de casada, solo le había sido infiel una vez, hace casi 20 años, cuando aún trabajaba de mucama en una clínica antes de recibirme de enfermera. Fue algo fugaz, casi olvidado. Pero el año pasado, en la primavera argentina de 2006, todo cambió de manera accidental... o quizás no tanto. Volví a engañar a mi marido, y esta vez él se enteró. Me dio la primera paliza de mi vida, una que me dejó marcada en el cuerpo y en el alma. No voy a decir que aplaudo que un hombre le pegue a una mujer, pero lo entendí perfectamente: un macho como él, dominante y posesivo, se debió sentir humillado al descubrir que su esposa llegaba a casa con la concha y el culo dilatados, rebosantes de la leche de otro.

Todo empezó una mañana en la verdulería del barrio, un lugar al que iba todos los días. El verdulero, un tipo grandote y descarado llamado José, siempre me atendía con esas procacidades de doble sentido que nos hacen sonreír a las mujeres sumisas como yo: comentarios sobre las "bananas grandes y duras" o las "zanahorias gruesas que hay que saber meter". Solía reírme por educación, pero esa mañana fue diferente. Estaba embriagada por un calor inexplicable, un maleficio diabólico que me tenía la concha palpitando desde que me desperté. Sus palabras ya no eran bromas; eran invitaciones directas que me alarmaban el coño, lo humedecían hasta empapar mis bombachas, ponían mis pezones duros como piedras bajo el sostén y me obligaban a clavar la vista en el bulto notable que se marcaba en su pantalón de trabajo. Estaba caliente de una forma irreversible, con un hambre voraz que me nublaba la razón.

—¿Y usted, Doña, ya probó mi banana? —me dijo esa mañana, mostrándome un plátano enorme, curvado y grueso, con una sonrisa lasciva.

—Ja ja... debe ser media dura, ¿no? —le contesté, sin poder contener la mirada en su entrepierna, donde el bulto se hacía más evidente, como si su pija ya estuviera despertando ante mi provocación.

Pedí lo de siempre: papas, lechuga, tomates, zanahorias...

—Doña, las zanahorias se las debo para más tarde, todavía no las sacamos del cajón —me dijo con voz ronca.

—Bueno —le respondí—, paso luego.

Hice otras compras por el barrio y volví a las 12:30, justo cuando cerraba la verdulería y él estaba solo, bajando la persiana.

—Vengo por las zanahorias —le dije, con la voz ya temblorosa por la excitación que no podía disimular.

—Ahh... claro —me respondió, mirándome de arriba abajo como si ya supiera lo que iba a pasar—. Pero si no te molesta, me tenés que esperar unos minutos que las saque del cajón... Vení, vamos para atrás así elegís las mejores.

Lo seguí al fondo del local, al depósito. Él venía detrás mío, casi pegado, y sentía su aliento caliente en mi nuca, su cuerpo grande rozándome. El calor en mi concha era inaguantable: estaba chorreando, las piernas me temblaban, y cada paso hacía que mis labios hinchados se rozaran dolorosamente de necesidad.

Llegamos a un galponcito oscuro, lleno de cajones y bolsas, y en un costado había un colchón viejo en el piso, cubierto solo por una sábana sucia y arrugada. Lo miré curiosa, con el corazón latiéndome fuerte.

Él se dio cuenta y sonrió con picardía: —Este colchón es para cuando a las clientas les cuesta mucho decidirse por la mercadería... pueden esperar ahí cómodas.

Nos reímos nerviosamente, y le pregunté: —¿Y son muchas las que esperan?

—Algunas —me contestó misterioso, acercándose más.

—Aquí están las zanahorias —señaló un cajón en el suelo—. Elegí la que te guste.

Me agaché para mirar, y entonces lo sentí: su pija dura como una barra de hierro se apoyó contra el surco de mi orto, presionando a través de la pollera, mostrándome el camino del placer prohibido del que no podría volver. Me quedé quieta, sin decir nada, solo un gemido bajito escapó de mi garganta. Él apretaba más, frotándose descaradamente, y me decía al oído: —¿Y esta zanahoria? ¿Qué te parece, Doña?

No respondí, solo me reí nerviosa, pero mi cuerpo traicionero empujaba hacia atrás, buscando más contacto.

De repente, me levantó la pollera con rudeza, dejando mi bombacha al aire, esa vieja y quizá rota que tanto me avergonzaba en ese momento. Se inclinó sobre mi espalda, su peso dominándome, y me susurró ronco al oído: —¿Te gusta esta poronga que te quiero dar, putita?

—Sí —le respondí con voz ronca, temblorosa, rendida ya.

José empezó a empujarme hacia el colchón con su verga dura, guiándome como a una perra en celo, mientras me decía que me iba a llenar de pija como yo andaba buscando desde hacía rato. Me dejé llevar por completo. Solo pensaba en que ese hombre grande, bruto y pijudo me iba a coger en minutos, y lo único que me preocupaba era esa bombacha fea que llevaba puesta.

Me llevaba casi en el aire, metiéndome las manos por todas partes: sobándome las tetas con fuerza, pellizcándome los pezones duros, mientras su soberana verga palpitaba en el surco de mis nalgas, la cabeza caliente empujando la tela de la bombacha hacia adentro, como queriendo entrar ya. Era rudo, animal en su trato, y a mí no me resultaba extraño: los hombres siempre me habían tratado así, disfrutando de hacerme sentir que la dureza de sus pijas manda sobre una mujer sumisa como yo.

Me mordía la oreja con dientes fuertes, lamiéndome el lóbulo, y me prometía: —Vas a conocer lo que es irse llena de pija a casa, gorda. Te voy a hacer morder ese colchón de lo duro que te voy a coger.

Yo no decía nada, solo me dejaba llevar, asimilando el miedo y la excitación de que después de tantos años, otro hombre que no era mi marido me iba a garchar. Sabía que mi marido era muy macho, posesivo, y que me escarmentaría duramente si se enteraba. Pero no me importaba: tenía un hambre desesperada de esa pija grande y cabezona que ya me había evaluado como a una ama de casa putona, lista para abrirse bien abierta y gritar.

De un tirón me bajó la bombacha hasta los tobillos, y pasó su gruesa mano callosa por la raya de mi culo, de arriba abajo, deteniéndose para revolverme un dedo grueso en la concha mojada y hinchada. Gemí fuerte, abrí las piernas instintivamente, ofreciéndome. Me di vuelta hacia él, y me metió la lengua en la boca, chupándome hasta la garganta, saboreándome con hambre. Luego me empujó la cabeza hacia abajo con fuerza, obligándome a arrodillarme a sus pies, y frotó mi cara contra la abultada bragueta.

—¿Querés esto, gorda puta? —me gruñó.

No dije nada, pero mi calentura era evidente: jadeaba, mis manos temblaban tocando sus muslos.

Se bajó la bragueta de un jalón, y le saltó la verga: grande, venosa, cabezona, dura como piedra, con un olor fuerte a hombre sudoroso que me mareó de deseo. Me agarró de los costados de la cara con manos rudas, me levantó la vista hacia él y me dijo: —Te voy a hacer tragar esta pija hasta por las orejas, putona.

Y me apuntó la boca hacia su verga parada. Solo me entraba la cabeza gruesa, pese a que empujaba mi cabeza con rudeza, follándome la boca como si fuera una concha. Babeaba abundante, me ahogaba con su grosor, pero lo chupaba con avidez, sintiendo cómo su pre-semen salado me llenaba la lengua. Así me cogío la boca durante unos 10 minutos intensos, hasta que sacó su estaca baboseada y la balanceó delante de mi cara, brillando con mi saliva.

Me hizo parar, me metió otra vez la lengua en la boca, saboreando su propio sabor en mí, me agarró las nalgas con fuerza, clavándome los dedos, y me dijo: —Te voy a abrir en cuatro, putita... vas a sentir un verdadero choto bombeándote la argolla.

Solo atiné a apretarme contra él, sintiendo su pedazo duro preparado para invadir mis profundidades.

No se hizo esperar: sin sacar la lengua de mi boca, se agarró la pija con una mano, me la colocó en la entrada de la concha chorreante y empujó de golpe, alojándome la cabeza gruesa. Así de parados, me empezó a garchar con fuertes embestidas, cada una chocando contra mi cervix, mientras me metía un dedo en el culo, revolviéndolo sin piedad.

Me cogía salvajemente, sin dejar de soltarme procacidades que me humillaban y excitaban a partes iguales: —Toma puta... te voy a mandar a tu casita abierta como una cacerola para que sepas qué les pasa a las gordas que le miran la pija a los machos.

Gemía alto, grititos destemplados salían de mi garganta con cada bombeada implacable de su poronga. Trataba de no escuchar sus insultos para no avergonzarme, pero era imposible: su glande amplificaba cada palabra con golpes profundos, me daba duro y yo lo sentía en cada fibra, el placer mezclado con la culpa.

Sin sacármela, me tiró boca arriba sobre el colchón sucio, me abrió las piernas con rudeza y siguió embistiéndome, su lengua lamiéndome la cara como un animal, metiéndose en mi boca y escupiéndome saliva que yo tragaba sumisa.

De pronto, me dio dos cabalgadas brutales, metiéndomela hasta el fondo, haciendo que mi concha se contrajera en espasmos, y me la sacó de golpe. —Ahora, putona, abrí el orto. ¡Abrilo, te dije! —y me dio varias nalgadas fuertes en los cachetes, que ardieron y me hicieron gemir de dolor y placer.

Pese a mis casi 90 kilos, me dio vuelta como si fuera una pluma, me puso en cuatro, culo para arriba, expuesta como una perra. Yo no decía nada, solo temblaba.

Sabía que no iba a poder evitar que me rompiera el culo. Tenía miedo: me dolería mucho, me marcaría como su propiedad, y mi marido podría darse cuenta por las marcas o el olor. Pero también tenía una necesidad profunda, animal, de que este verdulero vergón y bruto me diera mi merecido por mojarme pensando en su pijota.

Pasó su garcha baboseada por la hendidura de mis nalgas, me abrió los cachetes con manos fuertes, me escupió directo en el agujero negro, lubricándolo con saliva caliente. Se agarró la pija y apoyó la cabezota hinchada en mi ojete, empezó a presionar con fuerza implacable. Creí que me partía en dos: su verga dura, caliente, gruesa, comenzó a trepanarme centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite.

Emitía lamentos ahogados, le rogaba en voz baja que me la sacara, que dolía demasiado, pero no me resistía: empujaba hacia atrás, abriendo lo que podía mi culo virgen de tanto tiempo. Ya me lo habían roto a los 14 años, unos chicos en los pastizales cerca de la cancha, pero esto era distinto: nunca nadie me había clavado tan duro, tan profundo, con tanta dominación.

Cuando empezó a bombearme, yo ya lloraba del ardor intenso, lágrimas rodando por mis mejillas. En una embestida profunda sentí una puntada aguda, y luego el dolor cedió lentamente, transformándose en un placer oscuro y prohibido. Sentir su pija llenándome el culo, sus mordiscones en la oreja, su mano nalgueándome los cachetes rojos, me hizo sentir protegida en su poder macho, en esa sumisión total.

Me culeó así más de una hora, variando el ritmo: lento y profundo para hacerme sentir cada vena, rápido y brutal para hacerme gritar. Eyaculó finalmente adentro, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Me dejó ir, dolorida, sucia, sin bombacha, con el culo y la concha ardiendo, pero encariñada con ese hombre que me había usado como merecía.

Cuando llegué a casa, el desastre me esperaba: mi marido había llegado temprano de la fábrica y se dio cuenta al instante, por mi cara, mi olor, mi forma de caminar rengueando. Me enseñó que las cosas se pueden hacer, pero que una mujer sumisa como yo debe estar preparada para pagar el precio cuando se deja agrandar los hoyos por otro macho.

Alguna vez, si me animo, les contaré sobre esa buena paliza que me busqué... y sobre otras cosas que me pasaron después de esa tarde, o cuando era mucho más joven y ya sabía lo que era a

brirse para un hombre dominante.