Empotrada por el amigo de su marido
La siesta de su marido es la única barrera entre ella y la perdición. Carlos no espera invitación: empuja, somete y convierte la cocina en su escenario. ¿Podrá guardar el secreto cuando el cuerpo traiciona a la conciencia?
- No, aquí no. Se va a despertar -dijo, desesperada, pero sin convicción, Laura.
- Sí, aquí sí. Si no fueras tan puta conmigo no ocurriría esto -respondió Carlos.
Sin darle tiempo a más, Carlos hizo que Laura se girara, de forma que las palmas de sus manos quedaron apoyadas sobre la mesa de la cocina, con el culo en pompa, y el coño palpitante. Un sonoro palmetazo sobre una de las nalgas de la mujer marcó el comienzo del festín.
Carlos se situó detrás de la mujer de su amigo, y comenzó a sobar su soberbio culo. Siempre le habían llamado la atención aquellas curvas perfectas, aquella forma redondeada y respingona del culo de Laura, con el que tantas pajas se había hecho, soñando un imposible que, ahora, se hacía realidad.
Tras el primer palmetazo llegaron otros cuantos más: dos, tres,..., Laura perdió la cuenta. La mezcla de sensaciones de dolor, escozor, sometimiento y el riesgo de ser descubiertos por su marido, que había subido a su dormitorio para echarse la siesta después de haberse trajinado una botella de vino durante la comida, la hacían perder el control y el sentido. Sería lo que Carlos quisiera.
Y Carlos, lo único que quería, era convertirla en su puta. En su zorra particular. Que con él se transformara, dejando de ser la abnegada y tierna esposa de su amigo, para convertirse en la más zorra y caliente mamapollas.
De un tirón seco y decidido, Carlos hizo que las finas mallas de Laura bajaran hasta los tobillos. Bajo ellas aparecieron unas braguitas blancas de algodón, sin ninguna pretensión. A simple vista no eran nada eróticas, ni sensuales. Eran unas braguitas típicicas y sencillas de algodón. Pero, con ese cuerpo debajo, envolviendo aquel soberbio culo, empapándose de los fluidos que, sin duda, afloraban desde el coño de Laura, esas braguitas se convertían en otra cosa. Eran una hoguera en llamas.
Carlos se arrodilló detrás de Laura sin dejar de sobar, acariciar y apretar sus glúteos, firmes y suaves, y calientes por los azotes que habían acabado de recibir. Apartó con la mano el tejido de la braguita para descubrir el estrecho y oscuro agujerito del ano de la mujer. De inmediato lanzó su lengua contra él, incrustándola en aquel pequeño y suave agujero, sodomizando con la lengua el ano de la mujer de su amigo, que comenzó a gemir, por lo que tuvo que llevar una de sus manos a su boca, para intentar ahogar y mitigar sus gemidos con ella.
Carlos, ajeno al riesgo o, sobre excitado por el riesgo, no dejó de chupar, lamer y succionar aquel delicioso culo durante unos minutos más, provocando, como pudo comprobar con sus dedos, que el efecto inmediato sobre el cuerpo de Laura fue convertir su coño en una verdadera fuente de fluidos, que no dejaban de manar, cada vez de forma más continua.
Laura no podía dejar de gemir, estaba empezando a perder el control. Con su marido en casa era mucho más arriesgado que de costumbre. Se prometió no hacer nada similar con Alfredo por allí, pero Carlos sabía siempre qué debía hacerla para volverla loca. Y otra vez lo estaba consiguiendo.
Ahora Carlos se puso de nuevo de pie. Laura trató de girarse, para quedar de cara a él y oponerse a lo que pudiera venir, pero Carlos no le dio opción. Con una de sus grandes manos empujó su espalda, y la volvió a dejar claro que esa era la postura que debería adoptar durante unos minutos más. Carlos pegó otro tirón, esta vez de las braguitas, haciéndolas caer hasta casi las rodillas. Con una de sus manos en la espalda de la mujer mantuvo a esta con la cara y las tetas pegadas a la mesa, mientras que utilizó el pulgar de la otra mano para comprobar la elasticidad del ano de Laura. Con el dedo empapado en los fluidos de la mujer, presionó suavemente en su orificio trasero, hasta que aquél penetró sin problemas en él, sintiendo como una suave presión lo envolvió y engulló hasta hacerlo desaparecer en el interior del ano de Laura.
A continuación, y tras apenas un minuto de tiempo, en el que Carlos jugó con su dedo pulgar dentro del ano de Laura, Carlos dirigió su verga con aquella misma mano hasta los labios del coño de la mujer de su amigo, impregnando su capullo con los fluidos que encharcaban el sexo de Laura, los cuales arrastró por su piel hasta llegar a la entrada de su ano.
Laura, temiendo que Carlos tratase de sodomizarla, movió levemente sus caderas a los lados, tratando de zafarse de la presión que con su polla, Carlos ejercía sobre su ano. Pero ni el movimiento de la mujer, ni su convicción, fueron lo suficientemente intensos como para evitar lo que Carlos trataba de hacer.
El hombre colocó la punta de su polla, palpitante y dura como nunca, en la entrada del ano de Laura, la cual dejó por un instante de resistirse, aunque fuera levemente, momento que Carlos aprovechó para empujar, suave pero firmemente, contra el ano de la mujer. Después del tercer empujón con sus caderas, una pequeña porción de su capullo se enterró en el ano de Laura. Tras aquel prometedor principio, Carlos se ánimo a continuar lo que había empezado, continuó empujando, cada vez con más firmeza, ahogando los gemidos de placer y dolor de Laura introduciéndole alguno de los dedos de una de sus manos en la boca, con la que Laura los chupó y lamió como si se tratase realmente de su verga.
Poco después, casi toda la tranca de Carlos estaba enterrada en el culo de Laura, la cual ahora, superado el dolor inicial, comenzó a mover sus caderas, acompasando sus movimientos a los del hombre, hasta lograr que, por fin, toda la polla de Carlos se hundiera en su suave y húmedo ano.
A partir de ese momento, Carlos comenzó a bombear con fuerza e insistencia, logrando en cada movimiento sacar su polla casi por completo, antes de volver a clavarla de nuevo de un sólo empujón, haciendo que el coño de Laura chapoteara, inundado en fluidos, y que sus gemidos, aunque ahogados, se hicieran repetitivos y constantes.
La propia Laura se encargó de acariciar y masturbar su coño y su clítoris, ayudando así a sus fluidos a chorrear por la cara interna de sus muslos, llegando a gotear sobre el suelo impoluto de la cocina, mientras que Carlos seguía follando su boca con una de sus manos, y tirando de una de sus caderas con la otra, sin dejar de embestir, una y otra vez, dentro de su ojete, convertido en una fábrica de sensaciones de placer.
Unos minutos después, con los dos cuerpos sudorosos y ardientes, las piernas de Laura comenzaron a temblar, mientras que el resto de su cuerpo convulsionó de forma suave pero repetitiva: estaba llegando al orgasmo. Aquello excitó aún más a Carlos que aumentó aún más la intensidad de su follada. Sus embestidas se hicieron aún más profundas y fuertes, su polla golpeaba el interior del ano de Laura con fuerza, haciendo que sus huevos chocaran, una y otra vez, contra las suaves nalgas de la mujer.
Por fin, Laura estalló, gimiendo, ahogando un grito y retorciendo su cuerpo como una culebrilla cuando una ráfaga de placer recorrió todo su cuerpo, dejando su mente en blanco y sacudiendo hasta sus entrañas. Unos segundos después, fue Carlos quien experimentó el efecto de una corriente eléctrica de placer que recorrió todo su cuerpo para acabar contrayendo sus huevos y eyaculando, de forma abundante, en el culo de Laura. Continuó embistiendo, ahora más suavemente, el culo de la mujer, mientras de su polla brotaba mansa la leche que enviaba sus huevos.
Un minuto después Carlos salió por fin del cuerpo de Luara. Satisfechos y sudorosos, ambos quedaron frente a frente. Se besaron con lascivia y pasión, mientras la lefa de Carlos aún goteaba desde el ano de Laura.
Deprisa, ambos recompusieron sus ropas. Laura limpió el suelo de la cocina de los restos de sus fluidos y de la corrida de Carlos, mientras éste se aseguró de que todo estaba en su sitio.
Alfredo, ajeno a todo, roncaba en su dormitorio.
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