La memoria del cuerpo
Quince años de matrimonio ordenado no pueden apagar el recuerdo de una pasión que la dejaba temblando. Cuando el destino la enfrenta a él, la profesora ejemplar se quita la máscara y se entrega a la crudeza que su cuerpo, y su alma, han estado suplicando en silencio.
Después de cuatro días consecutivos de una lluvia persistente y casi obstinada, el domingo amaneció finalmente con una claridad inesperada, abriendo el cielo sin reservas para que el sol cayera sobre la ciudad con una determinación que invitaba a sacudirse el encierro y recuperar ese tiempo que parecía haber sido retenido a propósito. Ricardo, siempre atento a las necesidades del hogar, pensó que los niños merecían expandirse y gastar la energía acumulada entre las paredes de la casa, mientras que Carmen, atrapada en la inercia de su propia disciplina, objetó que los exámenes por corregir exigían el rigor de su mañana, ese único tramo del día en que su cabeza funcionaba con la precisión de un reloj suizo. Sin embargo, la insistencia coral de su familia terminó por doblegar su resistencia y ella accedió a regañadientes, dejándose arrastrar hacia el bullicio de las calles con una leve sensación de haber perdido una pequeña batalla contra el orden que tanto le había costado imponer en su vida tras años de desbarajuste.
Las terrazas rebosaban de gente en un frenesí dominical donde las conversaciones se superponían al tintineo de los cristales y las risas altas celebraban la tregua del tiempo; fue entonces cuando Ricardo, con la agilidad de quien no quiere renunciar a su porción de sol, divisó una mesa libre y se apresuró a ocuparla. Los niños se sentaron impacientes, absortos en la solemnidad de las cartas de helados, y Carmen se acomodó de manera automática, sin sospechar que la normalidad de su existencia estaba a punto de fracturarse cuando el camarero se acercó para atenderlos. Al levantar la vista con una indiferencia educada, el mundo pareció detenerse en un vacío absoluto: frente a ella, con una media sonrisa que desafiaba el paso de las décadas, estaba Jordi.
—¿Carmen? —pronunció él, y el sonido de su nombre en esa boca familiar le golpeó la memoria con la violencia de un impacto físico, disipando de golpe la bruma de quince años de respetabilidad.
Ella se quedó suspendida en un silencio que duró un segundo más de lo necesario, escrutando a aquel hombre que el tiempo no había tratado con especial benevolencia; la calvicie incipiente y los kilos de más acumulados sin pudor eran la antítesis del adonis fibroso que recordaba, pero bajo esa fachada descuidada latía la misma insolencia animal de aquel primer año de carrera. Fue el año de los excesos y las juergas que olían a tabaco y alcohol, la etapa de una Carmen que apenas pisaba el aula porque prefería la urgencia de los cuerpos chocando sin delicadeza, recordándolo a él, apoyándola contra el capó o buscándola en el asiento trasero de un viejo Seat Ibiza donde Jordi la poseía con una brutalidad que la hacía arañar el cuero y perder el sentido de los límites.
—No te había reconocido —admitió ella finalmente, recomponiendo su máscara de profesora y esposa mientras sentía cómo un rubor traicionero escalaba por su cuello ante la mirada libidinosa de Jordi, que parecía desnudarla allí mismo, delante de su marido.
—Normal, estoy hecho polvo —bromeó él con ese deje burlón que nunca había perdido, recorriendo con la mirada el contorno de sus caderas antes de volver a sus ojos—, pero tú, en cambio, estás igual de… estupenda.
Hizo una pausa deliberada antes de pronunciar el adjetivo, una milésima de segundo en la que el aire pareció espesarse; todos en la mesa entendieron que "estupenda" era solo el elegante envoltorio de un pensamiento mucho más crudo. Ricardo, que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano, tensó la mandíbula al detectar el descaro insolente de aquel hombre que la miraba, no como a una antigua compañera, sino como a una posesión recordada. Carmen sintió un escalofrío que no era del todo desagradable, una punzada de adrenalina que le recordó a la chica que solía ser antes de las oposiciones y la vida ordenada.
En cuanto Jordi se alejó hacia la barra con ese andar despreocupado de quien se sabe dueño de su terreno, Ricardo se inclinó hacia ella, bajando el tono de voz para que los niños, absortos en sus helados, no participaran de la hostilidad.
—¿Quién es ese deslenguado? —preguntó con una suspicacia que rara vez mostraba.
—Un compañero de primero de carrera —respondió ella, sosteniendo la mirada con una naturalidad que la asustó a ella misma—. Coincidimos en un par de asignaturas, pero le perdí la pista cuando dejó la facultad. Ya lo has visto, nunca tuvo demasiados filtros.
—Desde luego —replicó Ricardo, echando una última mirada de desaprobación hacia el tipo que en ese momento atendía en otras mesas el pedido de otros clientes.
—Parece que el tiempo le ha quitado el pelo, pero no la mala educación. Me ha dado la sensación de que te estaba desnudando con los ojos. ¿Hubo algo entre vosotros? —quiso saber él, con esa curiosidad afilada del marido que intenta descifrar un código que no le pertenece.
—Nada que valga la pena recordar, cariño —mintió Carmen, sosteniéndole la mirada con una serenidad técnica mientras, bajo el mantel, la traición de su cuerpo se manifestaba en una humedad incipiente que la obligó a cruzar las piernas con fuerza. No mentía solo por proteger su matrimonio, sino porque la verdad era un incendio que no podía permitirse desatar allí mismo.
Aquel "estupenda" seguía resonando en sus oídos como una caricia sucia. Mientras Ricardo pagaba la cuenta, ella volvió a mirar a Jordi por encima del hombro. Él la esperaba. No con una sonrisa de despedida, sino con la certeza de quien ha lanzado un anzuelo y sabe que la pieza es demasiado voraz para no picar. Fue en ese último instante, mientras el marido le ponía los abrigos a los niños, cuando él aprovechó para acercarse y sentenciar el encuentro con esos dos besos lentos y aquel susurro que, esta vez sí, no tuvo filtro alguno:
—Si sigues siendo tan zorra... Búscame.
Esa noche, el silencio de la casa se volvió opresivo, una capa de barniz doméstico que Carmen sentía deseos de rasgar con las uñas. Mientras Ricardo dormía a su lado con la respiración rítmica y previsible de quien tiene la conciencia tranquila, ella permanecía con los ojos abiertos, atrapada en una penumbra donde las sombras de los muebles parecían transformarse en siluetas de su pasado. La quietud de su marido, esa calma que siempre había sido su refugio, se le antojaba ahora como una llanura estéril; sentía una punzada de ternura mezclada con un fastidio irracional, porque Ricardo era el hombre que la amaba con delicadeza, el que la tocaba como si fuera de porcelana, pero ella, en ese preciso instante, necesitaba ser tratada como carne.
El recuerdo de Jordi no era una imagen estática, era una sensación táctil que le recorría la columna: el roce áspero de sus manos, el olor a tabaco mezclado con el sudor de la urgencia y aquella polla que, en los años de facultad, parecía tener voluntad propia, capaz de anular cualquier rastro de juicio moral. Recordó el Seat Ibiza aparcado en descampados donde el único testigo era el vaho en los cristales, y cómo Jordi la doblaba sobre el capó frío, ignorando cualquier preámbulo, que la incitaba a gritar sin medida, sabiendo que en aquella soledad nadie, salvo la noche, podía juzgar su entrega.
Sintió el primer latido húmedo entre las piernas, una pulsación densa y exigente que la traicionaba desde el interior, y comprendió que no podría conciliar el sueño si no aliviaba esa presión que amenazaba con hacerla estallar. Se levantó de la cama con movimientos felinos, conteniendo el aliento hasta que cerró la puerta del baño tras de sí. La luz blanca del espejo le devolvió una imagen inquietante; no veía a la madre abnegada ni a la profesora ejemplar, sino a una mujer cuyos ojos brillaban con una lascivia que creía haber enterrado bajo años de oposiciones y rutinas.
Al entrar en la bañera, dejó que el chorro de agua caliente la golpeara, pero no buscaba limpieza, sino aislamiento. Sus manos, poseídas por una memoria muscular que ignoraba el paso del tiempo, descendieron por su cuerpo con una urgencia que no reconocía en sus encuentros con Ricardo. Se apretó los pechos con fuerza, buscando ese rastro de dolor que siempre precedía a su entrega más absoluta, y gimió al notar cómo los pezones se erizaban bajo el maltrato de sus propios dedos. El pensamiento de Jordi llamándola zorra con aquel desprecio cargado de deseo actuó como un detonante; ya no eran caricias lo que buscaba, sino una invasión.
Cuando sus dedos índice y corazón se hundieron en su coño, lo encontraron ya anegado, palpitando en una bienvenida desesperada. No hubo sutileza: se masturbó con una violencia rítmica, imaginando que era el madero de Jordi el que la penetraba, el que la golpeaba con esa cadencia de potro salvaje que la hacía arañar los azulejos. El pulgar no tuvo piedad con el clítoris, frotándolo con una insistencia casi punitiva hasta que el placer la desbordó en un orgasmo que la sacudió entera, obligándola a ahogar un grito contra la pared mientras el agua arrastraba su flujo y sus culpas por el sumidero.
Al salir del baño, agotada pero no saciada, se metió de nuevo en la cama. Ricardo, despertado a medias por el movimiento, estiró un brazo y la atrajo hacia él con un beso dulce en el hombro, un gesto cargado de un romanticismo que a Carmen, en ese momento, le supo a ceniza. Se dejó poseer por él, buscando el alivio físico, pero mientras su marido se movía sobre ella con su parsimonia habitual, ella cerraba los ojos y proyectaba sobre la oscuridad la figura de Jordi, deseando que los empujes fueran más secos, más sucios, más reales. Se corrió de nuevo, sí, pero fue un estallido solitario, una liberación de endorfinas que solo servía para confirmar la grieta: amaba a su marido, pero su cuerpo acababa de declarar una guerra que solo Jordi podía terminar.
Durante los días siguientes, la normalidad se convirtió en un simulacro agotador. Carmen cumplía con su papel de madre y profesora con una eficacia mecánica, pero bajo la superficie de su vida ordenada, la bestia que Jordi había despertado arañaba las paredes de su autocontrol. Cada tarde, tras la siesta y antes de que los niños reclamaran su atención, el silencio de la casa se transformaba en el escenario de una urgencia privada; se encontraba buscando el alivio rápido en la penumbra del dormitorio, castigando su cuerpo con una regularidad que la asustaba, buscando en sus propios dedos la aspereza que la ternura de Ricardo no podía proporcionar.
Incluso por las noches, cuando buscaba a su marido con una voracidad inusual, el acto se sentía como una traducción fallida. Ricardo la recibía con una devoción sincera, con susurros románticos y caricias que buscaban el alma, pero mientras él la amaba, ella cerraba los ojos y se transportaba a aquel asiento trasero del Ibiza, deseando que los besos fueran mordiscos y que la delicadeza fuera sustituida por el peso bruto de un hombre que no pedía permiso. La insatisfacción no nacía de la falta de amor, sino de un hambre de desorden que Ricardo, en su bondad, era incapaz de saciar.
Tras una semana de este desasosiego, Carmen comprendió que la grieta no se cerraría sola. Tomó la decisión con la calma gélida de quien acepta un destino inevitable y, una tarde, tras salir del trabajo, regresó a casa para deshacerse de la piel de profesora. Se miró al espejo mientras se enfundaba en unos vaqueros de cintura baja que abrazaban sus caderas con una obviedad casi impúdica, dejando que el suéter corto revelara la firmeza de su vientre y el inicio de un escote que era, en sí mismo, una declaración de guerra. Se calzó los tacones, se puso la cazadora de cuero y, con el corazón martilleando contra las costillas, se dirigió a la cafetería.
Cuando entró, Jordi estaba tras la barra. No necesitó buscarla; la reconoció por el eco de sus tacones y por esa forma de ocupar el espacio que siempre había tenido. Al verla así, armada con su propia sensualidad, él no sonrió con cortesía, sino que la repasó de arriba abajo con una mirada libidinosa que era casi táctil, deteniéndose en su escote con una franqueza que la hizo vibrar.
—Has venido —dijo él, su voz cargada de una suficiencia que en cualquier otro hombre le habría resultado insufrible.
—Aquí estoy —respondió Carmen, notando cómo el aire del local se volvía denso, saturado de una promesa de suciedad que la hacía humedecerse al instante.
Tras un intercambio de palabras que solo servía para ganar tiempo —donde él despreciaba la estabilidad matrimonial y ella fingía defender un pasado que ya no le bastaba—, Jordi decidió que el escenario público se les quedaba pequeño.
—¿Te apetece que te enseñe el local? —preguntó él con esa media sonrisa torcida.
—¿Ahora? —balbuceó ella, aunque su cuerpo ya estaba dando el primer paso.
—Ahora. Mi socio se encarga de esto; él sabe cuándo no debe ver nada.
La guió por un pasillo angosto, lejos de las miradas de los clientes, hasta un cuarto trastero que olía a café almacenado, cartón y humedad. En cuanto cerró la puerta y echó el pestillo, el ruido del mundo exterior desapareció, sustituido por el sonido de dos respiraciones que se volvían pesadas. No hubo preámbulos. Jordi se acercó a ella y, sin decir una palabra, le quitó la cazadora y le hundió las manos en los pechos a través del suéter, apretándolos con una fuerza que rozaba el dolor y que a Carmen le arrancó el primer gemido real en años.
—Sigues siendo una zorra de lujo, Carmen —le susurró, arrancándole literalmente la prenda para dejar sus tetas a la vista de la luz mortecina del cuarto—. —Vamos a ver si todavía follas como antes —sentenció él, con una voz rasposa que no admitía réplica.
Antes de que Carmen pudiera siquiera asimilar la orden, Jordi le arrancó literalmente el suéter, dejando sus pechos expuestos a la luz mortecina de la estancia. No hubo caricias, sino una invasión: sus manos grandes y rudas atraparon la carne con una fuerza que buscaba el rastro del dolor, estrujándolas como si quisiera comprobar que seguían siendo reales bajo la piel de la profesora ejemplar. Carmen jadeó, arqueando la espalda mientras sentía cómo los dedos de Jordi le retorcían los pezones con una saña que le hizo morderse el labio, esta vez de puro placer eléctrico.
Sin darle tregua, él la obligó a girarse con un movimiento brusco, empujándola contra la mesa de madera que presidía el cuarto. El contacto del vientre contra la superficie fría y el olor a cartón húmedo solo sirvieron para disparar su excitación. Jordi le bajó los vaqueros de un tirón seco, dejando al descubierto el tanga negro que se hundía en la curva de sus nalgas.
—Qué culo de pija me traes, Carmen —gruñó él, antes de descargar dos sonoros azotes que dejaron sus posaderas encendidas y palpitantes—. Pides a gritos que te pongan en tu sitio.
Le quitó el resto de la ropa con la urgencia de quien desguaza una presa, dejando que solo los tacones estilizaran su figura desnuda sobre la mesa. Jordi se desabrochó el cinturón y liberó su verga, que ya golpeaba su vientre con una erección insultante. Carmen, con el coño chorreando y el pulso desbocado, sintió el roce del glande paseándose por su raja, demorando el momento, torturándola con la proximidad de lo que llevaba una semana anhelando.
—Pídeme que te folle —le ordenó él, dándole un cachete en el muslo—. ¿No es a lo que has venido? ¡Dilo!
—Sí… —logró articular ella, con la frente apoyada en la madera.
—No te oigo.
—¡Fóllame, Jordi! ¡Fóllame de una vez! —gritó, perdiendo el último rastro de su decoro.
—Sigues siendo la misma zorra hambrienta de siempre, por mucho que ahora vayas de refinada —le espetó él mientras le hundía la polla de un solo estacazo, arrancándole un grito que rebotó en las paredes de ladrillo visto.
El impacto fue brutal. Carmen sintió cómo sus entrañas se ensanchaban para acoger aquel madero que la embestía sin delicadeza, con golpes de riñón secos que la hacían avanzar y retroceder sobre la mesa. Era el paraíso perdido: la ausencia total de romanticismo, la crudeza de dos cuerpos que solo se comunicaban a través del choque violento de la carne.
—¡Joder, Jordi!… ¡Qué polla tienes, cabrón! —exclamó ella, entregándose al ritmo frenético de su amante.
—¿Te gusta, verdad? ¿Te gusta que te reviente?
—¿Tú qué crees, cabronazo?
—¿Por eso has venido, zorrona?
—¡No! He venido por tu barriga cervecera. ¡Por esto, cabrón! ¡Sólo por esto! —respondió Carmen con una sinceridad que la estremeció.
Los jadeos se volvieron un coro caótico en la pequeña estancia. Carmen notó que el orgasmo la asaltaba demasiado pronto, fruto de días de acumulación y deseo reprimido. No pudo contenerse; en un movimiento instintivo de sus caderas, se zafó del falo apenas un segundo para que el squirting estallara con una violencia que la dejó temblando, proyectando un chorro de placer que empapó la mesa y las manos de Jordi mientras un espasmo incontrolable la sacudía entera. Pero no hubo tregua: antes de que Carmen pudiera recuperar el aliento, él volvió a incrustarse de un solo golpe, arrastrándola de nuevo al clímax y encadenando un segundo orgasmo que la hizo gritar contra la madera, fundiendo el rastro de su propia humedad con la embestida implacable que la devolvía a su naturaleza más salvaje.
—Menuda puta estás hecha, me has puesto perdido —se quejó él, aunque su voz destilaba un triunfo absoluto.
—Tú te lo has buscado por ser un animal —logró decir ella, intentando recuperar el aliento.
—¿Quién es el dueño de tu coño ahora mismo? —gruñó Jordi, hundiendo su mano en el pelo de ella para obligarla a mirarlo por encima del hombro—. ¿El que te da los buenos días con un beso o el que te está partiendo en dos en este cuarto de mierda? ¡Dilo! ¿Prefieres su romanticismo barato o que yo te use como a un saco de carne? —¡Tú, cabrón! ¡Tú! —gritó ella, entregada por completo a la ignominia de su propio placer.
—Follar contigo… siempre contigo —confesó ella, mientras se abandonaba a una nueva serie de embestidas que prometían no tener fin.
Jordi la obligó a incorporarse apenas unos centímetros, solo lo suficiente para contemplar cómo el coño de Carmen, encharcado y latente, trataba de cerrarse tras el vacío que acababa de dejar su verga. La atmósfera en el trastero era densa, cargada con el olor metálico del sexo y el rastro del squirting que aún goteaba por el borde de la mesa.
—¿Tu marido te da por el culo, Carmen? —le soltó él con una frialdad que la hizo estremecerse.
—¿A ti qué te importa? —logró protestar ella, aunque su voz carecía de autoridad, perdida en el laberinto de sensaciones que Jordi manejaba a su antojo.
—Apuesto a que no. Ese bendito no sabe ni por dónde empezar con una zorra como tú —sentenció él, mientras cogía un bote de gel lubricante de un estante cercano—. Pero no te preocupes, que ahora viene la tuneladora a recordarte quién manda aquí abajo.
Carmen sintió el frío del gel penetrando en su esfínter mientras Jordi lo aplicaba con la punta del dedo, jugando con el pequeño orificio antes de prepararlo para la invasión. La humillación de verse allí, en pompa, en un cuartucho de mala muerte mientras su vida de profesora quedaba a años luz, solo servía para que su clítoris palpitara con una furia renovada.
—Ve con cuidado… —susurró ella, aunque en el fondo deseaba lo contrario.
—Coge aire, pija, que esto no es un examen —le advirtió él antes de hundirle la punta del glande de un golpe seco.
Carmen ahogó un grito, sintiendo cómo su esfínter se tensaba y cedía ante el intruso que reclamaba su espacio. Jordi no tuvo piedad; con un golpe de riñón definitivo, le hundió la polla hasta la raíz, obligándola a arquearse y a clavar las uñas en la madera de la mesa. El dolor inicial se transformó rápidamente en una presión insoportable y placentera, un llenado total que la hacía sentirse completa por primera vez en dos décadas.
—¡Eso es! ¡Trágatela toda! —gruñía él mientras iniciaba un bombeo lento, profundo y cruel—. Pídeme que te folle el culo más fuerte, Carmen. ¡Dilo!
—¡Sí, más fuerte! ¡Rómperme el culo, cabrón! —gritó ella, entregada al ritmo de la tuneladora que la levantaba del suelo en cada embestida.
Carmen deslizó su propia mano entre sus piernas, buscando su clítoris hinchado para acompasar el castigo anal con su propio placer. El sonido del chapoteo del lubricante y el choque de sus caderas contra las nalgas de Jordi crearon una sinfonía sucia en la habitación. Cuando el tercer orgasmo asomó, Carmen sintió que perdía el control de sus esfínteres; la presión sobre su vejiga fue tal que, al estallar el clímax, un nuevo chorro de pis escapó a presión, regando las piernas de ambos mientras ella gritaba el nombre de Jordi como si fuera una oración.
Él esperó a que los espasmos de ella remitieran ligeramente para terminar de descargar su propia simiente dentro de su ano, resoplando como un toro en celo, dejándola vacía y temblorosa sobre la mesa.
Cuando Jordi se retiró, el líquido manó como un géiser invertido, desparramándose por sus muslos. Carmen estaba exhausta, pero él aún no había terminado con su ritual de dominio.
—Toma. Arrodíllate y ora —le ordenó, agarrándose la verga que, pese a la descarga, aún conservaba una firmeza insultante.
Carmen no dudó. Se deslizó de la mesa y se puso de rodillas sobre el suelo frío, alzando la vista hacia aquel hombre que la miraba desde las alturas de su desaliño. Se aferró al madero con ambas manos y lo engulló, buscando el tope de su garganta en una mamada desesperada, basculando la cabeza con el hambre de quien lleva veinte años de ayuno.
—¡Vamos, mámamela como lo hacías en el Seat Ibiza, cabrona! —le gritó él, agarrándola por el pelo para marcar el ritmo de las estocadas contra su boca.
El final llegó con la brusquedad de un latigazo. Jordi se zafó de su boca justo a tiempo para que la primera descarga le cerrara un ojo. Los siguientes chorros de esperma se estrellaron contra su cara, su frente y su cabello, regándole la cara de pija con una abundancia que la dejó momentáneamente cegada. Un último goterón rezagado se empotró en su ojo izquierdo, dejándola ciega por un momento con un quejido.
—Cabrón… —logró decir ella, mientras buscaba un pañuelo en su bolso, sintiendo el rastro viscoso de Jordi recorriéndole la cara y descendiendo por su cuello.
—Cabrón, sí —replicó él, contemplándola desnuda y humillada, pero con una chispa de triunfo en los ojos—, pero bien que te gusta que te recuerden lo que eres. Pon cara de mamá buena ahora, si puedes.
Carmen se quedó un instante inmóvil, arrodillada sobre el suelo del trastero, sintiendo cómo el líquido viscoso que le empañaba el ojo empezaba a enfriarse sobre su piel, recordándole con cada segundo su propia capitulación. Jordi no hizo ademán de ayudarla a levantarse; se limitó a contemplar el cuadro de la profesora pulcra, la madre abnegada y la esposa fiel, reducida ahora a una mujer desnuda que buscaba desesperadamente un pañuelo en su bolso para limpiarse el rastro de una infidelidad que ya no tenía vuelta atrás.
—¿Qué pasa, Carmen? —continuó él, mientras se subía la bragueta con una parsimonia insultante—. ¿Te ha entrado la culpa de golpe o es que no recordabas que para disfrutar conmigo primero tienes que mancharte?
Ella no respondió de inmediato. Se puso en pie con las piernas todavía temblorosas y empezó a vestirse, ignorando la aspereza del tejido de los vaqueros contra su piel irritada y el latido sordo que aún persistía en su ano. Cuando terminó de abrocharse la cazadora de cuero y se miró en el pequeño espejo roto que colgaba de la pared, vio a una extraña: una mujer con el pelo desordenado y el rostro encendido, pero con una mirada que, por primera vez en años, no pedía perdón por existir.
—Ha estado muy bien, Jordi —logró decir, recuperando una pizca de esa dignidad que él se había esforzado en pisotear—. Realmente necesitaba esto. Lo echaba de menos.
Jordi soltó una carcajada seca y se acercó a ella, atrapando su mandíbula con una mano para obligarla a sostenerle la mirada.
—No me vengas con eufemismos de maestra —le espetó, apretándole las mejillas—. No "ha estado bien". Te he dado la paliza de tu vida y te he recordado que tu marido, con toda su bondad, es incapaz de hacerte gritar como acabas de hacerlo. Eres una yegua que necesita que la domen con regularidad para no volverse loca, y los dos sabemos que ese oficinista no sabe ni por dónde empezar contigo.
Él caminó hacia la puerta, echó la mano al cerrojo y, antes de abrir, se giró una última vez con esa media sonrisa que era, a la vez, una invitación y una condena.
—Escúchame bien: ya sabes dónde estoy. Si te cansas de la cara de mamá buena y de los polvos con sabor a vainilla, no tienes más que asomarte por aquí. Este cuarto no es el Seat Ibiza, pero mi tranca sigue siendo la misma y siempre estaré dispuesto a recordarte lo zorra que puedes llegar a ser cuando te quitas el disfraz de pija. Una vez a la semana, todos los días... tú decides cuándo necesitas tu dosis de jodienda.
Carmen tragó saliva, sintiendo cómo la humedad en su entrepierna volvía a aflorar ante la promesa de aquel castigo periódico.
—¿Una vez a la semana? —sugirió ella, con una voz que ya no escondía su hambre.
—Hecho —sentenció él, abriendo la puerta y dejándola pasar hacia el pasillo—. Pero la próxima vez te quiero con menos ropa y más ganas de obedecer. Ahora, vete. Tienes que ir a recoger a tus hijos, ¿no? Pues pon cara de santa, límpiate bien lo que te queda en el pelo y hazle la cena a tu maridito mientras piensas en cómo te voy a reventar el próximo martes.
Carmen salió de la cafetería bajo la luz del atardecer, caminando con paso firme sobre sus tacones. El aire fresco de la calle le golpeó la cara, pero por dentro seguía ardiendo. Sabía que al llegar a casa besaría a Ricardo y escucharía sus historias cotidianas con una sonrisa paciente, pero también sabía que, bajo la mesa del comedor, cruzaría las piernas recordando el peso de Jordi y el sabor de su descaro, contando los minutos para que la semana volviera a empezar.
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