Xtories
Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 11

Isabella creía haber cometido un error único, pero el joven indígena no la suelta. Entre el asco y la excitación prohibida, descubre que su cuerpo responde donde su mente falla, y ahora el peligro no es solo el deseo, sino la consecuencia que crece en silencio.

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Era una tarde pesada en el altiplano boliviano, con el viento cargado de polvo silbando entre las chozas de adobe como un lamento ancestral. Isabella, sola en la choza prestada, no podía dejar de pensar en lo sucedido, su mente un torbellino de culpa, asco y un deseo prohibido que la avergonzaba. "Dios mío, ¿qué he hecho? Ese crío indígena me folló como un animal, su verga larga y oscura estirándome hasta el límite... y yo me dejé, gemí como una puta. A mis 40 años, casada, sin hijos... y ahora podría estar preñada de un mestizo salvaje. Mi marido me repudiaría, mi vida en España se iría al carajo. Asco puro, su olor a tierra y sudor, su piel morena contra la mía blanca... pero su juventud, esa vitalidad... me hace sentir deseada, fértil por primera vez en años. No, Isabella, contrólate, eres una mujer culta, no una salvaje", reflexionaba ella, tocándose el vientre con manos temblorosas, imaginando un chamaco moreno creciendo dentro, un horror que la excitaba en secreto.

De repente, Inti apareció en la puerta, su figura menuda pero decidida, con esa verga larga ya medio endurecida bajo los pantalones raídos solo de verla. "Señora Isabella... no aguanto más. Vengo a por usted, sea mi mujer como le dije. La cuidaré, la haré feliz aquí en el pueblo, cerca de su hermano", dijo él con voz torpe pero insistente, acercándose con ojos negros brillantes de lujuria juvenil. Isabella se levantó furiosa, el asco brotando: "¡Inti, basta ya! ¿No entiendes? Eres un niño, un indígena primitivo... podrías ser mi hijo. Lo que pasó fue un error, un momento de debilidad. No me toques, me das asco con tu propuesta ridícula. ¿Tu mujer? ¿Yo, una europea rica, viviendo en esta miseria preñada de ti? Vete, o grito". Por dentro: "Su juventud me tienta... esa verga larga, típica de su raza, me llena como nadie. Pero un mestizo... terror, arruinaría todo. No, resiste".

Inti no se amilanó, agarrándola por el brazo con manos callosas. "Señora... no me rechace. Usted gemía rico esa vez, su concha blanca apretándome... déjeme follarla de nuevo, préñela con mi chamaco mestizo. Seremos felices, yo la cuido como una reina". Isabella lo empujó fuerte: "¡Eres un salvaje! No me preñarás, crío... asco, tu semen indígena en mí... jodería mi vida. ¡Fuera!". Pero el calor entre sus piernas traicionaba, y al ver el bulto en sus pantalones, cedió un poco, arrodillándose con un suspiro de derrota. "Bien... solo esto, para que te calles y no me metas esa cosa adentro. No quiero tu leche en mi útero... chúpamela tú, no, espera... te la mamo yo, pero nada más". Por dentro: "Qué humillante... una mujer de 40 chupando la verga de un indígena de 18. Pero su longitud... me excita, me hace sentir joven. No, no lo preñes, Isabella".

Inti jadeó, bajándose los pantalones, sacando esa verga larga y oscura, venuda como raíces andinas, el glande morado hinchado y goteante. "Sí, señora... mámemela... sea mi mujer, la invito a quedarse... la cuidaré, le daré chamacos fuertes". Isabella abrió su boca rosada y se la metió, chupando con maestría madura pero asqueada, lamiendo el tronco largo con lengua experta, succionando el glande mientras sus manos blancas masajeaban las bolas peludas. "Mmm... qué larga... sabe a sal y tierra... asco, pero su juventud... oh, dios". Inti gemía: "Ahhh... señora... qué boquita... sea mía, quédese... la amo". Por dentro, Inti pensaba: "No me lo creo... esta blanca rica, con tetas como diosas europeas, chupándome la verga... podría ser mi madre, pero su boca me aprieta como una concha virgen. Soy el rey del altiplano".

Inti se vino en su boca con chorros espesos y calientes, gruñendo: "Tome, señora... mi leche para usted... sea mi mujer". Isabella tragó con asco, limpiándose los labios: "Vete ya, Inti... esto no significa nada". Él se fue sonriente, pensando: "La convenceré... esa europea será mía".

Aymara, oculta detrás de un muro de adobe, lo había observado todo, sus ojos morenos brillando de sorpresa y picardía. "Mi hermano con la blanca... chupándole la verga como una puta europea. Sospechaba, pero esto... y ella cediendo. Pobre, aterrorizada por un mestizo en su barriga". Cuando Inti se alejó, Aymara salió del escondite, acercándose a Isabella con una sonrisa indirecta. "Señora Isabella... qué casualidad encontrarla aquí sola. ¿Todo bien? Parece agitada".

Isabella se recompuso rápido, sonrojada: "Oh, Aymara... nada, solo... discutiendo con tu hermano. Es un crío insistente, pero no pasa nada, solo tonterías". Por dentro: "Dios, ¿me vio? No, no puede ser... actúa normal, Isabella".

Aymara rio suave, mirando su vientre: "Ah, entiendo. Mi hermano es joven, fuerte... en nuestra raza, los machos como él tienen una vitalidad impresionante. Dicen que el semen de un macho joven es muy fuerte, ¿sabe? Puede prender fácil, dejar huella profunda... pero usted sabrá, siendo una mujer experimentada". Por dentro: "Ja, que se asuste... el semen de Inti es potente, como el de todos los aimaras. Si la preñó, bienvenida al club mestizo".

Isabella palideció, el terror invadiéndola: "Qué... qué dices, chica. No pasa nada, solo... adiós". Se fue hecha un lío: "Su semen fuerte... dios, estoy preñada seguro. Asco, deseo... ¿quedarme? No sé".

Mientras tanto, Javier y la familia planeaban el futuro, ajenos al secreto que bullía en las sombras del pueblo.

Fin de la parte 11.

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