Mulata (2)
Maylén no pide permiso, solo espera. Luis sabe que cruzar esa línea lo perderá para siempre, pero la tentación de ser su 'llave' es más fuerte que su dignidad. Esta noche, la pensión se vuelve un escenario de fuego donde él no es el amo, sino el instrumento.
El recuerdo del baño abierto le perseguía como una fiebre. Luis no podía pensar en otra cosa: el agua cayendo sobre la piel oscura, el jabón resbalando, la mirada directa de la joven, sin pudor, sin miedo.
Dormía poco, soñaba con ella, despertaba con la respiración agitada, las sábanas húmedas, y un hierro candente entre las piernas.
Durante el día evitaba cruzarse demasiado con ella, pero el destino parecía burlarse: siempre estaba ahí, en las escaleras, en la cocina, en el patio. Maylén aparecía como un fantasma luminoso en esa casa arruinada. Y cada vez que se miraban, Luis sentía que algo en su interior se resquebrajaba.
Una tarde, al regresar del trabajo, la encontró en el pasillo, recostada contra la pared, con un vestido rojo barato que se le pegaba a las caderas. Masticaba un chicle y le observaba con descaro.
—Anda cansado, don Luis. Se le nota en la cara.
—El cansancio es mi segundo apellido —respondió él, intentando mantener la ironía.
—Y el primero… ¿cuál es?
—Fracaso.
Ella sonrió, mostrando los dientes brillantes.
—A mí no me parece un fracasado.
Luis levantó una ceja.
—¿Y qué le parezco?
La hermosa mulata le miró de arriba abajo, lenta, saboreando el silencio.
—Un hombre que todavía no se decide.
Luis sintió que el aire se le espesaba en los pulmones.
—¿Decidir qué?
—Eso ya lo sabe usted.
Lo dejó ahí, colgado de sus palabras, y entró en su habitación cerrando la puerta con suavidad. Luis quedó en el pasillo, ridículo, con la camisa pegada de sudor y el corazón desbocado.
Las noches siguientes fueron un juego cruel. Ella pasaba por su puerta en ropa ligera, descalza, con el cabello suelto como un estandarte. A veces dejaba la puerta de su cuarto abierta, apenas una rendija, lo suficiente para que él viera un destello de su piel, una pierna sobre la cama, la curva de un hombro desnudo. Nunca le invitaba, nunca le rechazaba. Solo le mantenía en vilo.
Una madrugada sofocante, Luis bajó a la cocina a beber algo frío. La encontró allí, sentada sobre la mesa, en camisón. Las piernas desnudas colgaban, los pies se balanceaban en el aire. Ella le contempló en silencio mientras mordía una manzana.
—No puede dormir, ¿verdad? —preguntó, con la voz ronca de sueño.
—¿Y usted?
—Yo tampoco.
Luis se acercó, despacio, como si caminara hacia una trampa. Maylén dio otro mordisco a la manzana, el jugo escurrió por la comisura de su boca, y lo lamió con la lengua.
Luis la observaba, temblando por dentro. Quiso tocarla, pero no se movió. Maylén sonrió, inclinándose un poco hacia él.
—Usted me mira como si yo fuera un pecado.
—Lo es —susurró él.
Ella soltó una carcajada baja, llena de malicia.
—Entonces rece más fuerte.
Le tendió la manzana, brillante por su saliva. Luis la tomó y mordió justo donde ella había mordido. El sabor era dulce y ácido al mismo tiempo, y le supo a derrota.
Maylén se deslizó de la mesa, pasó junto a él tan cerca que pudo sentir el calor de su piel, y salió de la cocina sin decir más.
Luis quedó solo, con la manzana en la mano.
*
La invitación no llegó con palabras. Una noche, mientras Luis subía la escalera, encontró la puerta de Maylén entreabierta. Dentro había penumbra, apenas la luz de una lámpara pequeña iluminando el cuarto. La joven estaba sentada en la cama, con una bata de algodón ligera, las piernas cruzadas, descalza. No le llamó, no le miró siquiera: solo dejó la puerta abierta lo suficiente para que él entendiera.
Luis se detuvo. La garganta se le secó, las rodillas le temblaron. Todo en él pedía entrar, pero algo en su cerebro gritaba que era un salto al vacío. Y aun así, dio un paso, y luego otro. Cerró la puerta tras de sí.
Maylén levantó la vista y sonrió. Una sonrisa lenta, felina, que no era ternura ni dulzura, sino control.
—Se tardó —dijo, como quien reprende a un niño.
Luis no supo qué contestar. Se sentó en el borde de la cama, demasiado cerca, demasiado lejos. El calor del cuarto era asfixiante pero embriagador, olía a perfume barato y a piel.
—¿Sabe qué pienso? —dijo Maylén, con voz baja.
—Dígame.
—Que usted me tiene miedo.
Luis rio, nervioso.
—¿Miedo?
—Sí. Me mira como si fuera a devorarlo. Y eso le excita.
El silencio se espesó. Maylén se inclinó hacia él, tan cerca que pudo sentir su respiración húmeda en el cuello. No le besó. No le tocó. Solo lo rodeó con el calor de su cuerpo, dejándolo arder.
Luis quiso alcanzarla, pero ella se apartó.
—No hoy —susurró, con una expresión casi asustada—. Mañana tengo que ir a firmar unos papeles.
Luis parpadeó, confundido.
—¿Papeles?
—Sí. Lo que empezó no se acaba con una firma. Necesito más cosas. Es burocracia, usted entiende. Y si usted pudiera… usted es mi llave.
Luis tragó saliva. Había algo en esa palabra —“mi llave”— que lo estremeció más que cualquier caricia.
Ella se levantó, se acercó a la ventana, abrió apenas las persianas. La luz de la calle iluminó la curva de su cuerpo bajo la bata. Se giró un instante y lo miró fijo.
—Por favor, váyase ahora —suplicó.
Luis obedeció. Salió del cuarto como un niño expulsado de un juego que no entiende. Al cerrar la puerta detrás de él, sintió que el corazón le latía en la boca. La tensión lo desgarraba. El deseo lo arrastraba.
Esa noche no durmió. En su cabeza, las imágenes se mezclaban: Maylén con la bata abierta bajo la penumbra, Maylén sonriendo como un gato satisfecho, Maylén pidiéndole que le acompañe, Maylén dejando que sea su llave.
Y en medio de todo, la certeza inquietante: ya no era dueño de sí mismo.
*
El calor era pegajoso, un peso en la nuca. Luis acompañó a Maylén a una oficina del centro, un edificio deslucido de paredes descascaradas y ventiladores inútiles. El pasillo estaba lleno de gente: mujeres con carpetas en las manos, hombres sudorosos con ojos cansados. El murmullo era opresivo, como una plegaria colectiva.
Caminaba delante de él con la carpeta contra el pecho. Tenía el gesto serio, los labios apretados, la frente perlada de sudor. Cada tanto lo miraba, como si buscara en él sostén, un asidero en medio de la marea de papeles, funcionarios y sellos.
—Siempre piden algo más —murmuró, con un dejo de amargura—. Siempre falta un sello, una firma, una copia. Uno nunca acaba.
Luis le puso una mano en el hombro.
—Tranquila. Yo me encargo.
Ella lo miró, con esos ojos oscuros que sabían suplicar y desafiar al mismo tiempo.
Firmaron ambos de nuevo. Una, dos, tres veces. Luis garabateaba su nombre sin leer demasiado, convencido de que solo estaba poniendo el cuerpo a un trámite. Maylén asentía, agradecía con un gesto breve, como si lo que hacía él fuera un sacrificio enorme.
En un momento, mientras esperaban en la fila, ella apoyó la cabeza en su hombro. El contacto fue ligero, pero Luis lo sintió como un relámpago. Ella parecía cansada, frágil, y él la sintió pequeña, vulnerable. Quiso protegerla, cubrirla del ruido, del sudor, del tedio, una muchacha que luchaba contra papeles imposibles por un futuro mejor.
Salieron casi al anochecer, exhaustos. La ciudad bullía con su caos de colectivos, gritos, bocinas, olores de comida callejera de dudosa procedencia. Maylén no habló hasta llegar a la pensión. Allí, en el pasillo oscuro, le tomó de la mano y le llevó a su cuarto.
Cerró la puerta.
Luis apenas tuvo tiempo de pensar. Ella se arrodilló frente a él con una naturalidad desconcertante. Le abrió el pantalón sin prisa, sin vergüenza. Luis quiso detenerla, decir algo, pero las palabras murieron en la garganta.
Maylén lo miró desde abajo, seria, con sus ojos marrón claro, como si estuviera a punto de rezar. Y luego tomó su miembro duro como una piedra en la boca.
El primer contacto fue suave, húmedo, eléctrico. Lo acogió en la boca con decisión, cerrando los ojos como si quisiera tragarse el mundo entero. Luis arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta, y sintió contraerse su vientre en un espasmo. Cada movimiento era un golpe de fuego, una succión profunda que lo vaciaba de voluntad.
Ella jugaba con él como un músico con su instrumento: alternaba lentitud con embestidas rápidas, lo lamía desde la base hasta la punta, lo apretaba con los labios y luego lo liberaba, dejando un hilo brillante de saliva que caía sobre el suelo. Luis la miraba, hipnotizado, viendo cómo su pelo se agitaba, cómo su cara hermosa se volvía aún más bella, ruborizada. Esa melena indomable, su piel de bronce brillando a la luz de la lámpara, el sonido crudo de la saliva y el aliento… Todo era demasiado tangible, demasiado real. No había lugar para la fantasía: era carne, era lengua, era garganta.
—Maylén… —murmuró, pero ella no respondió.
Con una mano lo sujetaba fuerte, con la otra masajeaba sus muslos, sus testículos, explorando con un descaro infantil. El sonido húmedo llenaba la habitación: chupadas, jadeos, la respiración rota de él, el gemido gutural de ella cada vez que lo tragaba hasta el fondo.
Luis sintió que se perdía, que el mundo se reducía a esa boca. La agarró del pelo, tiró de ella con torpeza, como si quisiera marcar un ritmo, pero Maylén se resistió un segundo, pero al punto se dejó guiar, con obediencia.
—Dios… —susurró él, apretando los dientes.
La mulata aceleró, lo miraba a los ojos desde abajo, con esa mezcla de ternura y pasión, de inocencia y picardía. Luis no pudo más: descargó con violencia en su garganta, un orgasmo largo, doloroso, que ella recibió con un gemido y sin apartarse, tragando todo y sin dejar de chupar hasta dejar el miembro limpio, brillante, fláccido.
Cuando terminó, jadeante, Maylén se limpió la boca con el dorso de la mano, sonrió con dulzura y se recostó en la cama, como si nada hubiera pasado.
—Gracias —susurró.
Luis, temblando, no supo si era ella quien agradecía o si era él quien debía hacerlo. Lo único que supo, en ese instante, fue que estaba perdido.
*
La llamada llegó un par de días después, de madrugada, cuando el sueño de Luis era apenas un pantano inquieto. Una voz en el teléfono, entrecortada, le dijo que Maylén estaba detenida en una comisaría del centro. No dieron detalles, solo que fuera rápido.
Luis se vistió con torpeza y salió a la calle todavía somnoliento. La ciudad a esa hora era un desierto hostil: perros callejeros, motos que zumbaban como moscas, un aire cargado de humo y humedad. Tomó un taxi destartalado que olía a gasolina, con un chofer que no preguntó nada.
En la comisaría, el ambiente era desagradable: fluorescentes temblando, funcionarios con rostros pétreos, un par de borrachos dormidos en bancos metálicos. Maylén estaba tras una reja, sentada en el suelo, con el vestido arrugado y los rizos deshechos. Cuando le vio, sonrió apenas, con esa mezcla de resignación y confianza que lo desarmaba.
—No hice nada —dijo, como disculpándose—. Solo estaba en el lugar equivocado. Sin papeles. No sabía a quién llamar.
Luis habló con el oficial, entregó un fajo de billetes, firmó más papeles. No preguntó mucho: le bastaba con sacarla de allí, alejarla de ese aire de derrota. El policía bostezó, contó el dinero con calma obscena y le abrió la reja.
Maylén salió y se abrazaron fuerte. Olía a sudor, a encierro, a miedo. Luis sintió su fragilidad como un cuchillo en el pecho.
Volvieron a pie, atravesando calles vacías. El asfalto sudaba bajo la luz amarilla de los faroles, los edificios parecían ruinas que se caían a pedazos. Ella no soltaba su brazo. Caminaban en silencio, como dos fugitivos.
Cuando llegaron a la pensión, ella no esperó. Le arrastró a su cuarto, cerró la puerta y le besó de golpe, con una urgencia que le desarmó. La boca de Maylén era un incendio, una mezcla de rabia y alivio. Sus manos le arrancaban la ropa como si odiara cada botón, cada prenda.
Luis cayó sobre la cama con ella encima. El cuerpo de la mulata era un animal salvaje, húmedo de sudor, tibio como la noche. La piel oscura brillaba bajo la luz pobre, el cabello enredado le rozaba la cara como plumas suaves. No había ternura, había hambre. Ella se movía sobre él como si quisiera devorarlo, como si en cada caricia se jugara la vida.
Él la agarró por la cintura y la volteó, arrojándola sobre la cama. Maylén quedó tendida boca arriba, con los muslos abiertos, el vello húmedo de su pubis brillando bajo la luz de la lámpara. Luis la miraba como un animal hipnotizado y reverente.
Se inclinó, besó el cuello, el pecho, bajó lento hasta el ombligo. La lengua se hundió entre los pliegues húmedos de su sexo oscuro, de labios carnosos y definidos, cubierto un vello rizado y apretado. Luis besó y lamió sus labios menores, húmedos y sonrosados, que asomaban apenas con un brillo empapado. La joven gimió con un temblor repentino. Movió las caderas, le sujetó por el pelo.
—Ya, cógeme, papi… —susurró, con la voz quebrada.
Luis levantó la cabeza, la cara brillante, el miembro duro, el rostro empapado de saliva, flujo y deseo. Se colocó entre sus piernas, sujetó la base con la mano y lo frotó un par de veces contra la entrada, húmeda, caliente. Maylén jadeó, apretó las uñas en su espalda.
El primer empuje fue suave, hundiéndose poco a poco. El glande atravesó la carne encharcada, que lo fue envolviendo con una presión cálida, elástica. Maylén abrió la boca, un gemido se le escapó como un sollozo.
—Más… —dijo, y Luis obedeció.
Avanzó centímetro a centímetro, sintiéndola tragárselo por completo. El calor le envolvía, le exprimía, le hacía perder el control.
El vaivén comenzó despacio, con embestidas largas, profundas, jadeando contra su boca. El sonido era húmedo, sucio: piel golpeando piel, el chasquido de la fricción, la respiración rota de los dos. Maylén se arqueaba, recibía su verga con movimientos de cadera que parecían invitar y resistir a la vez., estrecha pero dócil, ceñida pero suave como un guante de piel fina.
Luis le miró a los ojos: había brillo, lágrimas, un destello de algo que lo confundía. La penetraba con fuerza creciente, con un hambre que le hacía olvidarse de todo. La estrechez le enloquecía, la humedad le estremecía.
—¡Así, papi… así! —gritó ella, y él se volvió bestia.
La sujetó de las muñecas, la clavó contra el colchón. La follaba con violencia, con un ritmo que hacía crujir la cama vieja. Maylén gemía alto, con gritos cortos, con un gozo que se derramaba más allá del cuarto.
El sudor goteaba de su frente, caía sobre sus pechos, y él mordió sus grandes pezones arrancando más gemidos, más quejidos. El cuarto se llenó del olor a sexo: fuerte, animal, indiscutible, el ritmo se volvió frenético. Maylén gritaba su nombre, le mordía el hombro, le arañaba. Luis se dejó arrastrar, cada embestida más profunda, más salvaje.
Sintió que se derrumbaba dentro de ella, que la carne húmeda le devoraba, que el calor le fundía. El orgasmo les atravesó como un rayo, rugió contra su cuello, descargando dentro con una fuerza brutal. La joven gimió fuerte, arqueando el cuerpo como si se rompiera en mil pedazos.
Se dejó caer sobre ella, jadeando, empapado en sudor, con la sensación de haber tocado lo absoluto. Ella lo rodeó con las piernas, le abrazó como una amante, y sonrió en silencio.
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