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Joaquina y Simón, el joven jardinero

A sus 60 años, Joaquina se siente más viva que nunca, pero es la ausencia de su esposo lo que despierta una sed antigua. Cuando el joven Simón llega para cuidar sus jardines, la tensión en el aire es tan densa como el calor de agosto. Ella sabe que él la mira; él sabe que ella lo sabe. Esta vez, no habrá límites.

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Mi nombre Simón, tengo 20 años, por mi condición de 'católico practicante' aun soy virgen. Este verano estoy trabajando para sacarme unos euros al cuido y mantenimiento de la piscina y de los jardines en un Chalet de un empresario del textil, dueño de la firma de ropa juvenil "Fresitas", en un pueblo de Guadalajara. La esposa y dueña del chalet se llama Joaquina, una señora de 60 años y de muy buen ver. Su esposo lleva de viaje todo el verano y regresara bien entrando el otoño. Sus dos hijos, chica y chico de 32 y 28 años están casados, pero aún no tiene nietos.

Esta es la historia:

Ya se estaba acabando el verano verano, y esa tarde Joaquina disfrutaba de los últimos baños en su piscina. La luz del sol reflejaba en el agua azul, creando un ambiente relajante y seductor. A sus 60 años, Joaquina se sentía más viva que nunca. Su espíritu aventurero y su confianza la hacían brillar.

Simón, un joven de 20 años, estuvo contratado todo el verano por Joaquina para ayudarla con las tareas del mantenimiento de la piscina y la jardinería, pues su esposo, un empresario del textil llevaba en Estados Unidos todo el verano Desde que Simón la conoció, había sentido una atracción de deseo hacia ella. Su cuerpo a pesar de sus 60 años, sus risas y su energía eran contagiosas. Cuando Simón terminó el trabajo, Joaquina lo invitó a unirse a ella en la piscina para refrescarse después de trabajar.

Con un bikini que realzaba sus curvas y su piel bronceada, Joaquina se zambulló en el agua, dejando que la frescura la envolviera. Simón no pudo evitar mirar con deseo su cuerpo mientras ella nadaba como una sirena. Tras un momento de duda, decidió quitarse la camiseta y meterse al agua también.

La piscina se convirtió en su pequeño refugio. Mientras jugaban y chapoteaban, las risas llenaban el ambiente. Joaquina sabía que a Simón le atraía, pues en más de una ocasión lo pilló espiando por la ventana del cuarto de baño mientras ella se duchaba; cada vez que sus cuerpos se acercaban, una chispa saltaba. Simón se sentía atraído por la confianza y el magnetismo de Joaquina, mientras ella disfrutaba del interés del joven; le ponía cachonda solo pensar en esa polla virgen casi adolescente, potente y varonil.

Después de un rato de juegos acuáticos, Joaquina salió del agua para tomar un poco de sol. Se tendió en una tumbona quitándose la parte de arriba del bikini dejando sus pechos operados al descubierto. El sol acariciara su piel mojada. Simón no pudo resistir la tentación de acercarse a ella poniendo sus manos para cubrir sus partes intimas, pues este estaba excitado y se le marcaba el pene atraves del bañador, sosa que Joaquina se había dado cuenta. Se sentó a su lado, sintiendo cómo la cercanía aumentaba la tensión.

“¿Te gustaría un poco de bronceador?”, preguntó Joaquina al chico con una sonrisa sugerente. Simón asintió, pues estaba deseando sentir el roce de sus manos en su cuerpo.

Joaquina tomó el bronceador y comenzó a aplicarlo suavemente sobre los brazos, el pecho y bajando al bajo vientre metió los dedos por el bañador y rozo su glande, “¿Te gusta?”, le pregunto Joaquina. Era evidente su pene iba a estallar dentro del bañador; quítate el bañador y deja libre el pajarito, le conmino con potestad para que obedeciera, "con mucho gusto" dijo él, "pero ayudame tú", cosa que no dudó en hacer Joaquina, y apareció un pene de casi 28 cm, erecto y duro como una estaca. Continuó dándole crema bronceadora por las piernas. Sus manos se movían con destreza y maestría mientras disfrutaba del contacto cálido y sensual. La cercanía era electrizante; ambos podían sentir cómo ese momento se volvía más íntimo.

Cuando terminó de aplicar el bronceador por todo su cuerpo, Joaquina decidió dar un paso más. “Ahora es tu turno”, dijo con una mirada pícara mientras le entregaba el frasco a Simón.

Él tomó el bronceador con manos temblorosas y comenzó a aplicar el producto sobre los hombros de Joaquina. Cada toque era como una corriente eléctrica que recorría sus cuerpos. Las miradas se intensificaron cuando Simón se atrevió a dejar caer sus manos hacia la cintura de Joaquina, esta se quito la parte baja de bikini dejando su coño al descubierto, a ver hasta done era capaz de llegar el chico. Ahora el mundo había desapareció, ahora los dos estaban completamente desnudos.

El ambiente se volvió denso; cada toque traía consigo una mezcla de deseo y atrevimiento. Sin pensarlo dos veces, Simón se inclinó hacia adelante paso sus dedos por los labios de Joaquina y la besó suavemente la boca, metiendo su lengua para tocar la suya. Para su sorpresa, ella respondió instantáneamente con pasión a ese atrevimiento mordiendo sus labios con suavidad, comiéndole su boca como si fuese un panal de miel, dulce y embriagador.

La piscina se convirtió en un escenario donde las inhibiciones desaparecieron por completo. Entre caricias, tocamientos y besos, ambos se dejaron llevar por la corriente del deseo compartido.

Atraída por su energía juvenil, Joaquina no pudo aguantar más. Sin pensarlo dos veces, se levantó y cogiendo a Simón de la mano llevándoselo a una habitación contigua al salón que daba al jardín oeste de la casa, donde había una camilla de masajes. Joaquina graduó la altura de la camilla y se tumbo en ella, abrió las piernas poniéndolas en unos soportes que sobresalían de la camilla, "¿Te gustaría hacer eso que tantas veces has deseado?", le pregunto Joaquina. Simón totalmente salido, con su polla de unos 28 cm. erecta y dura como una estaca se la metió suavemente en su coño hasta el fondo, entro sin ninguna dificulta ya que ella tenia su coño bien húmedo y dilatado. Joaquina hacia tiempo que no sentía esa sensación, los dos se movían al unísono. Ella gritaba, gemía, jadeaba, “sigue, sigue, no pares” le imploraba Joaquina, “no pares..., me corro!!”, y al instante comenzó a convulsionar su cuerpo de placer, él empujaba con fuerza sin parar y gritaba. Los dos se estaban corriendo al mismo tiempo, Simón temblaba, llenado su coño de leche que chorreaba por sus piernas.

Después de ese encuentro ardiente, Joaquina y el jardinero se dirigieron a la piscina sintiéndose más vivos que nunca. Habían cruzado una frontera desconocida y compartido un momento inolvidable que cambiaría sus vidas para siempre.

por: Mary Love