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Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 14

Rodrigo nunca imaginó que la mujer que espiaba en secreto durante su adolescencia terminaría arrodillada ante él, pidiendo su permiso para tocarlo. Ahora, con el poder absoluto de un amo y la droga corriendo por sus venas, el pasado se convierte en un presente de placer prohibido y sumisión absoluta.

Jane Cassey Mourin3.4K vistas9.3· 9 votos
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RODRIGO

Viajar con Ivette a la galería no se sentía como algo natural, era como si un león y una gacela caminaran juntos en la jungla, simplemente no parecía tener sentido; sin embargo, la cupa y el remordimiento fueron lo que me llevó a decidir que haría todo lo que fuera posible para resarcir el daño que le hice con mi negligente descuido, pues si bien odiaba a esa mujer, de haber sabido lo que pasaba jamás hubiera permitido que se deteriorara tanto como lo hizo.

Por supuesto que entre nosotros no hubo ninguna conversación mientras recorríamos aquella parte de la ciudad, algo que no me parecía raro, después de todo nuestro pasado no estaba construido por recuerdos gratificantes ni momentos muy emotivos, lo cual supongo que fue lo que nos motivó a los dos a no tratar de forzar una charla que no nos llevaría a nada, una constante que se extendió incluso mientras nos adentrábamos en la galería, con esa mujer aferrada a mis hombros, conmigo tomándola de la cintura para evitar que cayera al suelo a la vez que ella se esforzaba por caminar lo mejor que podía, escuchando los gemidos de todas esas mujeres que eran usadas a diestra y siniestra, los gritos de los hombres que se divertían con las siervas y de aquellos que miraban por afuera de las cabinas mientras animaban a quienes descargaban sus impulsos animales con las mujeres por las que habían pagado, esperando su turno para usar a alguna de aquellas siervas que estaban a disposición de quien pudiera pagar el precio por estar con ellas.

- ¡Carajo! ¡¿Qué le pasó a tu sierva?! - preguntó Emilio mientras se apresuraba en nuestra dirección para tomar a Ivette por el otro lado de donde yo me encontraba, perdiendo, por primera vez desde que lo conocí, aquella postura sobria y educada que lo caracterizaba, algo que me hizo gracia y me robó una sonrisa, a pesar de que el estado de Ivette no la ameritaba.

- Al parecer los sujetos que estuvieron con ella no la alimentaron adecuadamente, así que... bueno, creo que las consecuencias saltan a la vista - le expliqué, sintiéndome un poco avergonzado ante Emilio, dada la alarmada reacción que mostró en cuanto la vio, sin que dejáramos de caminar en dirección del área de limpieza y estética.

- Perdón por mi reacción - se disculpó mi amigo, mostrándose muy apenado, tanto que la cara se le puso de un color rojo intenso mientras trataba de recuperar la compostura - es que no es común ver siervas en tan mal estado, al menos no en las galerías, pero no te preocupes, tiene arreglo, ya verás que la dejaremos como nueva - comentó, de nuevo usando ese tono que me hacía pensar que el hombre miraba en las siervas nada más que objetos susceptibles de ser reemplazados, una idea que no se quedó de manera permanente en mi cabeza, pues pronto fue sustituida por aquella pregunta que todos en casa nos veníamos haciendo desde hacía algún tiempo.

- ¿Has tenido noticias de la hermana de Anahí, de Lourdes? - pregunté mientras caminábamos, llevando a Ivette casi a rastras entre los dos.

- Me temo que no, amigo, es un hecho que ha pasado ya por varios amos y por ello le hemos perdido la pista. Lo siento, ojalá pudiera darte mejores noticias - respondió, apenado al no haber podido encontrar a esa chica, a pesar de que ya hubiera pasado algo de tiempo desde que comenzábamos a buscarla.

- No te preocupes, pero si he de ser sincero, creo que conforme pasa el tiempo he ido perdiendo la esperanza de encontrarla, pareciera como si de pronto solo se la hubiera tragado la tierra - dije con pesimismo, sintiendo esa molestia en la boca del estómago que durante los últimos días me había acompañado en cada ocasión en que pensaba en esa mujer.

- Sí, lo sé, es frustrante incluso para mí - respondió el hombre un poco antes de que llegáramos al área de limpieza y estética - no estoy acostumbrado a no dar buenos resultados a quien me solicita hacer esta clase de búsquedas, pero… bueno, seguiré insistiendo hasta que sepamos que fue de esa muchacha, te lo prometo - dijo con solemnidad, como si aquella falta de información con respecto de Lourdes, se hubiera convertido en una afrenta personal - mientras tanto es tiempo de que nos encarguemos de esta sierva, aunque para ser honesto no creo que esto nos lleve poco tiempo, así que si quieres echar un ojo por ahí, sería lo mejor, porque en el estado en el que viene, dudo mucho que una carga de néctar baste para poner las cosas en orden.

- Hagan lo que tengan que hacer, amigo. Me avisas cuando esté lista ¿Cierto? - comenté con algo de resignación, sabiendo que aquello no saldría barato, pero sintiéndome comprometido a hacer lo necesario para que esa chica se recuperara hasta lograr un nivel aceptable de salud.

- Por supuesto - respondió Emilio antes de perderse tras una puerta y de que yo mirara a mi alrededor, sin estar muy seguro de por dónde empezar, sintiendo un poco de fastidio al considerar lo poco probable que sería encontrar una chica que cumpliera con mis expectativas, después de todo la única de mis siervas a quien compré sin haberla conocido de antes, era Lucero, pues su caso había sido uno muy particular, uno en el que me dejé motivar por la compasión que me inspiró al ver el deplorable estado en el que la tenían, algo que por fortuna salió mucho mejor de lo que Alejandra y yo lo hubiéramos esperado, pues con el paso de los días demostró ser una buena chica, una suerte que no estaba seguro de correr si volvía a admitir en mi harem a una mujer a quien no conociera.

Supongo que fue gracias a lo que vi cuando estuve en el mercado de Tavroz y luego en aquella noche en medio del bosque, que de pronto lo que pasaba en la galería ya no me parecía tan escabroso ni repugnante, porque por primera vez desde aquella ocasión en la que conocí ese lugar, no me sentía del todo incómodo caminando por sus pasillos, mirando lo que le hacían a todas esas mujeres, la forma como incluso algunos hombres aprovechaban el estatus de esas chicas para hacer cosas que seguramente ninguna mujer libre les permitiría, como golpearlas con fuerza excesiva, escupirles en la boca, llamarlas de formas que me hacían pensar que esos animales trataban de ser lo más hirientes y crueles que pudieran con sus siervas, entre otras muchas conductas denigrantes que observé mientras avanzaba por los laberínticos corredores de la galería, concentrándome tanto en ello que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que un sujeto gordo me miraba con cierta antipatía, un tipo que solo llamó mi intención cuando lo escuché escupiendo en el piso y volteé a mirar mis tenis, viendo aquella mancha de saliva muy cerca de donde yo me encontraba parado.

Una expresión severa se dibujó en mi rostro cuando me encontré con la grasienta cara de ese imbécil a quien ya había tenido la desagradable molestia de conocer, justo el mismo día en el que compré a Anahí, pues ese tarado fue el protagonista de una patética discusión en contra de un muchachito muy joven a quien increpó diciéndole que se había metido en la fila.

- Tienes mucha suerte de que no cayera en mis zapatos, estúpida bola de grasa - le increpé, haciendo que algunas personas voltearan a verme, mientras mi mirada permanecía fija en la cada vez más roja cara de ese imbécil.

- Quien tuvo suerte fuiste tú, si no se hubieran metido esos tipos de seguridad te hubiera dado una lección, te hubiera enseñado algunos modales, cretino - dijo el tipo, haciendo gala de un valor que sabía perfectamente que no poseía, pues era evidente la manera como sus manos temblaban de miedo, de la misma forma como también lo hacía su boca, provocando que sonara inseguro y temeroso mientras hablaba.

- Pues si tienes algo que probar, podemos ir afuera y arreglar cualquier deuda que creas que tengo contigo, idiota - le espeté, viendo cómo su cara se ponía más roja aún, mientras más y más gente se reunía a nuestro alrededor en un esfuerzo por presenciar lo que sea que estuviera a punto de ocurrir, nada que evitara el que me acercara a él tanto que mi cara y la suya quedaron a tan solo unos centímetros de distancia, tan cerca que podía oler su asqueroso aliento y el hedor que su sudorosa piel despedía - ¿Qué pasa idiota? ¿Ya recordaste que no soy un mocoso debilucho como ese chico al que estuviste amedrentando? - le espeté, sin tener la más mínima intención de apartarme de él, viendo cómo parpadeaba nervioso antes de que desviara la mirada y fuera ese tipo repugnante quien decidiera alejarse de mí, dando solo un par de pasos atrás, seguramente sin querer perder su lugar en aquella fila en la que era el tercero en espera, mientras yo negaba con la cabeza, sin entender qué era lo que llevaba a ese sujeto a hacer esa clase de estupideces con las que solamente lograba ponerse en ridículo a sí mismo una y otra vez.

- ¡Venga, hijo! ¡Tranquilo! ¡Todos venimos a pasarlo bien! - comentó un hombre un par de lugares adelante del gordo al que acababa de poner en su lugar, empleando un tono de voz relajado y amigable, con el cual hizo lo posible por tratar de apaciguar mi ánimo tan exaltado - ¡Vamos! ¡Relájate un poco! ¡Es más! ¡Si quieres puedes tomar mi lugar en la fila! ¡No hay necesidad de ponerse violentos! - dijo el hombre que de hecho estaba al frente de aquella hilera, dejándome su lugar a cambio de que me apartara de ese insufrible animal, yendo de inmediato a la cola, sin saber que en realidad yo no tenía intención de usar a una sierva en esas cabinas, pues me parecía un acto repugnante y considerablemente asqueroso; no obstante, ya que estaba ahí, decidí mirar el monitor de la cabina para saber quién era la chica a quien en aquel momento estaban haciendo gemir mientras un hombre de rasgos asiáticos le penetraba el culo sin miramientos.

- ¡Tiene que ser una puta broma! - exclamé sorprendido cuando vi la foto de esa sierva y leí su información, antes de que tuviera un acceso de una risa incontrolable ante la increíble coincidencia de que aquel sujeto obeso hubiera corrido dos veces con la misma suerte, pues la sierva que se encontraba en esa cabina, al igual que pasó con Anahí, también era una vieja conocida.

- ¡No me jodas! - exclamó el tipo asqueroso cuando notó que estaba comprando a la sierva en cuestión, justo después de que hubiera sonado la chicharra que anunciaba el fin del tiempo del sujeto que la estaba usando, una reacción que precedió a las expresiones de molestia de los otros sujetos que habían esperado su turno con esa hermosa chica de cabello rojo y piel clara, cuya información decía que antes de ser capturada era una maestra cuyo nombre era Blanca y quien curiosamente en el pasado, también fue la protagonista de mis más perturbadoras fantasías eróticas, cuando era solo un adolescente conociendo el delicioso mundo de la masturbación y el sexo.

Blanca no era mucho más grande que yo, apenas me llevaba unos pocos años, sin embargo, para el momento en que me fijé en ella, yo la veía como un monumento de mujer, porque por aquellos días yo me encontraba a la mitad de mi educación secundaria mientras ella ya estaba por terminar la preparatoria, a punto de entrar en la universidad, algo que ante mis ojos la ubicaba en un pedestal que por ese tiempo estaba dispuesto a venerar, principalmente cuando la chica me daba aquellos enloquecedores espectáculos en cada ocasión en que decidía tomar una ducha.

No voy a negarlo, cuando era joven esa mujer me tenía enloquecido de lujuria, no solo por lo hermosa que era, sino porque también era mi vecina y tenía la peculiar costumbre de bañarse con la ventana abierta, un descuido que me permitía mirarla mientras limpiaba su cuerpo, pues el departamento de mis padres se encontraba un piso arriba del de ella y la ventana de mi cuarto daba justamente hacia su baño, una disposición que me obsequió muchas veces una vista privilegiada de su anatomía por los minutos que le tomaba ducharse, tiempo en el que disfrutaba del cuerpo desnudo de esa chica a quien por aquellos días no parecía importarle mucho que la mirara, quien incluso creo que lo disfrutaba dada la forma como se ponía a bailar y acariciar su cuerpo cuando se daba cuenta de que la estaba observando, sin que jamás se tomara la molestia de cerrar su ventanilla, demostrar alguna clase de enojo al saber que la espiaba o reclamarle a mis padres por el pervertido hijo que no dejaba de mirarla cada vez que se duchaba.

Dado el pasado que compartíamos y el hecho de que solo mirarla me hubiera transportado a aquellos tiempos en los que la deseaba como a ninguna otra mujer, me costó mucho trabajo creer que aquella chica que un día protagonizó mis más pervertidos sueños, fuera la misma que en ese momento parecía tener problemas para sentarse sobre la cama, mostrando una expresión atontada en su rostro, seguramente provocada por la ambrosía, luciendo el cuerpo notablemente maltratado por la clase de vida que una sierva se veía obligada a llevar al interior de esas cabinas, la misma cuya compra solamente me había costado 4200 créditos.

- Veo que al fin te decidiste a comprar chicas fuera de tu pasado - dijo Emilio con una voz presuntuosa, como si hubiera estado esperando a que ese momento llegara desde que nos conocimos, haciendo que me riera antes de voltear y señalar al sujeto que confronté minutos atrás.

- ¿Lo recuerdas? Es el tipo con el que discutí cuando compré a Anahí - le respondí, sin que me cortara siquiera un poco al ver la cara de pocos amigos que se imbécil me dirigía.

- ¡Claro! ¡Es el caballero que se quejó de que te metiste en la fila! - respondió Emilio, demostrando aquel comportamiento tan elegante, a pesar de la enorme sonrisa que de pronto apareció en sus labios.

- El mismo. Pues resulta que otra vez pretendía estar con una chica a quien yo conocía - le comenté a mi amigo, sin dejar de reírme, porque en realidad resultaba hilarante que aquel mismo sujeto hubiera estado envuelto dos veces en una situación similar, más aún al notar la forma como el tipo, a diferencia de los otros hombres que estuvieron formados detrás de mí, parecía resistirse a marcharse del lugar, como si no quisiera creer que aquella fuera la segunda vez en que le había hecho la misma chingadera.

- Tal vez deberías contratarlo, parece tener una habilidad nata para encontrar mujeres que son de tu interés - comentó mi amigo con un tono jocoso mientras dos hombres de seguridad sacaban a Blanca de la cabina, quien me miró con los ojos entrecerrados, creo que sin terminar de reconocerme, algo que tal vez se debía al hecho de que no llevara sus gafas puestas, pues según la recordaba, desde aquellos tiempos siempre había necesitado de anteojos para ver con claridad, los cuales llegaba incluso a ponerse mientras se bañaba.

- Un día de estos, imbécil. Un día de estos - dijo el sujeto gordo en una voz apenas perceptible, antes de marcharse a toda prisa, haciendo que Emilio y yo nos riéramos un poco mientras caminábamos detrás de los hombres que llevaban a mi nueva sierva al área de limpieza y estética.

- Escucha, si no mal recuerdo, ella usaba anteojos cuando era más joven, siempre padeció de la vista, así que… bueno, no sé si conozcas algún lugar en el que le puedan fabricar unos… - Emilio sonrió de esa forma presumida y pretenciosa que ya tenía bien aprendida.

- Si tiene algún problema de la vista, el néctar se lo arreglará, no te preocupes - dijo con orgullo, como si él mismo hubiera fabricado esa medicina milagrosa - ahora supongo que tendrás que pasar un rato en la sala de espera mientras tus siervas están listas, porque con Ivette tuvieron que emplear cuatro dosis de néctar y deben retenerla unos minutos en observación para asegurarse de que todo esté bien. En cuanto a Blanca, ¿Mismas indicaciones que con las anteriores? - asentí - ¡Perfecto! Entonces les pediré que la arreglen a tu gusto.

- Me parece muy bien. Gracias por todo, amigo - le agradecí por sus atenciones, él solamente asintió en mi dirección antes de perderse de mi vista y de que yo me fuera a sentar en la sala de espera, sin poder ocultar lo alegre que me puso encontrarme con esa mujer de mi adolescencia, cuyo solo recuerdo, sin que apenas lo notara, había levantado una importante erección entre mis piernas.

***

A pesar del impacto que tuvo en mí el encontrar a Blanca en esa galería, la verdad es que en cuanto estuve solo, mi atención se desvió muy rápido hacia lo que haría con Ivette una vez que terminara su periodo de descanso, un asunto que no era menor, pues en realidad me costa trabajo confiar en esa mujer y me inquietaba el pensar en lo que podría hacer si decidía que era necesario cobrarse alguna especie de venganza en mi contra, una posibilidad que, en mi forma de ver las cosas, no parecía tan lejana a la realidad, haciendo que me preguntara ¿Qué debería hacer con ella? ¿A caso lo mejor sería venderla? Y de ser así ¿A quién se la vendería? Porque a pesar de todo no quería que terminara en un lugar como el mercado de Tavroz o el sitio en el que compré a Lucero.

No era una decisión sencilla y no estaba seguro de nada más allá que del hecho de que no quería que pasara mucho tiempo bajo el mismo techo en el que vivía con Alejandra y el resto de mis siervas, porque no quería que ni yo ni ellas estuviéramos de alguna manera en peligro, una inseguridad que parecía haberse instalado de forma permanente en mi cabeza a pesar de que Ivette pareciera haberse sometido por completo y de que su actitud me indicara que haría lo que fuera con tal de que no volviera a someterla a esas interminables jornadas de servicio como una sierva.

Luego estaba el insufrible asunto de la hermana de Anahí, Lourdes, y la aparente obstinación del universo para que no pudiéramos encontrarla. Algo que no solo a mí me molestaba, sino que al parecer se había convertido en un factor de incomodidad en Alejandra, en las hermanas de la chica, obviamente, e incluso en Emilio, quien después de la charla que tuvimos me había dejado claro que se había empezado a tomar ese asunto como algo personal.

Sí, no era fácil pensar en ello, me provocaba una gran ansiedad pensar en lo que podrían estarle haciendo a esa chica, en los horrores que podría estar viviendo en las manos de un amo perverso, algo que de alguna manera me hizo sentir como un hipócrita dada la razón de que estuviera ese día en la galería, aunque estaba convencido de que la vida que les daba a mis siervas no era tan mala como la que podrían tener si caían en las manos de alguien como Tavroz o de algún militar cuyo deseo de venganza pudiera terminara en pocos días con la vida de alguna mujer sometida a su voluntad.

Un suspiro muy ruidoso se me escapó mientras consideraba todas aquellas posibilidades, uno que me hizo enderezar un poco el cuerpo y recargar mis codos en las rodillas mientras me desmenuzaba la cabeza pensando en dónde podría estar esa chica y en lo que tendría que hacer antes de poder llevarla a casa.

- Lamento interrumpir tu momento de introspección, Rodrigo, pero tu sierva está lista - dijo Emilio, colocándose a un lado de mí, de una forma tan sigilosa que ni siquiera noté en qué momento llegó hasta ese lugar, antes de que levantara la cabeza y me encontrara con una hermosa mujer pelirroja, tan alta como la recordaba, igual de hermosa, con su piel blanca como la nieve y esos ojos con pestañas enormes y naturales que tantos suspiros me habían robado en un pasado distante. En serio que no me podía creer que estuviera frente a mí, que a partir de aquel momento me perteneciera, que tuviera la posibilidad de hacer lo que quisiera hacer con ella.

- ¿Rodrigo? - preguntó de pronto, extrañada, con una expresión en su rostro que me hacía pensar que se estaba esforzando por recordar a la persona que relacionaba con ese nombre, hasta que de pronto abrió mucho los ojos y me miró como queriendo analizar cuidadosamente mi rostro, sin poder cerrar la boca por completo mientras veía como sus ojos recorrían mi cuerpo de pies a cabeza - ¡No, no puedes ser ese Rodrigo! ¡No puedes…! ¿Eres el chico que me espiaba mientras…?

- Mientras te bañabas, sí, soy ese mismo - respondí, haciendo un esfuerzo enorme por controlar la excitación y la euforia que esa chica me había provocado con solo pararse frente a mí, mirarme a los ojos y recordar quién era yo y la forma tan peculiar como había formado parte de su vida.

- ¡Carajo! ¡Pero si solo eras un niño cuando…! - comenzó a decir, antes de que sus ojos parpadearan nerviosos de que su mano acariciara el brazalete que llevaba en la muñeca y agachara la cabeza, avergonzada, sin poder evitar que su rostro se pusiera de pronto tan rojo como un tomate - y ahora eres mi dueño ¿Cierto? - dijo con resignación, sin mirarme a los ojos, encogiéndose de tal forma que resultaba un poco incómodo mirarla, provocándome unas sensación desagradable que me llevó a admirar su cuerpo de pies a cabeza, encontrándome con un short destruido, un par de botas sin agujetas y aquel top blanco que, de manera sorpresiva, no estaba tan destruido como la ropa de la mayoría de las siervas que había comprado en ese lugar.

- Así es, y como tal espero que a partir de ahora te refieras a mí como amo ¿Entendido? - le indiqué, viendo cómo ella asentía, sin recuperar el ánimo con el que me saludó, mostrándose derrotada, cansada y por completo desanimada, mientras yo completaba el pago de los servicios que la chica había recibido, antes de que Emilio la hiciera darme la espalda para mostrarme el tatuaje que ahora adornaba la parte baja de su espalda - quedó tan bien como el de las demás - comenté, antes de que la chica levantara la cabeza, mostrándose desconcertada, mirándome con mucha aprensión.

- ¿Las demás? - preguntó sin contener su curiosidad.

- Las siervas suelen terminar cada frase o pregunta con la palabra amo, así que te sugiero que practiques tus modales para que no obligues a tu amo a tener que castigarte ¿Entendiste, sierva? - la reprendió Emilio, mostrándose de una forma que me hizo pensar que juzgaba el comportamiento de Blanca como algo por completo inapropiado, ella bajó la cabeza sin decir nada más.

- No eres la primera sierva a la que compro - le aclaré sin que ella volviera a levantar la cabeza - tengo un negocio en el que prostituyo a mis siervas semana a semana y contigo las cosas no serán diferentes, así que será mejor que te empieces a hacer a la idea y que te adaptes rápido a tu condición, porque no suelo ser muy paciente al respecto ¿De acuerdo?

- Sí, amo - respondió, mientras se limpiaba una lágrima de su mejilla.

- Eso está mejor - intervino Emilio, antes de volver a dirigirse a mí - lo siento, amigo, pero el asunto con Ivette tardara un poco más de tiempo, el personal médico insistió en tenerla un par de horas en observación, así que…

- Tómense el tiempo necesario, mientras pasaré el rato con mi nueva sierva en los cubículos privados, de cualquier forma, si para cuando esté lista Ivette aún no he salido, por favor mándame un mensaje para saber que es hora de irnos.

- Por supuesto, disfruta de tu nueva adquisición - expresó Emilio, disfrutando del efecto que aquellas palabras tuvieron en Blanca, quien se estremeció al escucharlo, antes de que la tomara del brazo y la hiciera caminar a mi lado hasta llegar a los cubículos privados, donde recorrimos aquel pasillo oscuro hasta encontrar uno libre y nos metimos en él.

Lo admito, algo había que me encantaba en esa primera ocasión en la que estaba con una sierva, un elemento especial que experimenté con cada una de las chicas a quienes había comprado la primera vez en que las penetré, porque el ver su nerviosismo y esa cierta reticencia a estar conmigo, el ver cómo se sometían a mis deseos porque no tenían opción y sentir esa mezcla de incertidumbre y miedo que las dominaban cuando estaba a punto de usarlas, agregaba algo muy rico a lo que estaba por hacer con Blanca, algo que me hizo ponerme muy duro en muy poco tiempo, que me llevó a sentarme en la cama, recargando mi espalda en la cabecera mientras contemplaba la forma como esa chica se quedaba muy quieta, con las manos juntas, sin decidirse a hacer o decir algo mientras yo la miraba.

- Desnúdate - le ordené, haciendo que me mirara de pronto antes de que obedeciera mi orden, de que la contemplara quitándose aquellos vestigios de lo que una vez fue su ropa, de que mirara con una sonrisa en el rostro la manera como intentaba cubrir sus senos para que yo no pudiera mirarlos - ¿En serio? ¿Ahora te molesta que te vea desnuda? Antes no parecía incomodarte que lo hiciera mientras te bañabas - comenté, disfrutando de la incomodidad de aquella muchacha quien bajó sus manos y me dejó contemplar su desnudez sin ninguna clase de obstáculo.

- Eso era diferente… amo - comentó en un susurro, quedándose de nuevo muy quieta en medio de la habitación - cuando eso pasaba… bueno, era divertido. Usted era un chico muy lindo, me gustaba pensar en lo que hacía mientras me observaba, me sentía halagada de que un muchacho tan guapo como usted me mirara como si yo fuera la mujer más hermosa del mundo. De alguna manera, eso se sentía bien - respondió, haciendo que algo se removiera en mi interior cuando la escuché expresándose de esa manera de mí, provocando que mi ansiedad por llegar al momento en que la penetraría se hiciera mucho más grande y desesperada.

- Y supongo que ser una sierva ya no es tan divertido ¿Cierto? - le pregunté, ella asintió sin moverse, sin hacer el intento por volver a cubrir su cuerpo con sus manos - ¿Cómo fue que llegaste a esto? Porque según te recuerdo, eras una chica centrada y dedicada al estudio y esas cosas, así que me cuesta trabajo entender cómo es que te metiste en una de esas marchas de…

- No lo hice - me atajó, de una forma tan abrupta y con ese tono de indignación que me hizo mirarla con más atención, sabiendo que detrás de aquella chica había una historia que en aquel momento quería escuchar casi tanto como quería poseer a esa mujer - fue una trampa, no quise acostarme con el director de la escuela en la que daba clases y él… él… - suspiro, tratando de calmarse - llenó mi gaveta con cosas de Aurora, me inculpó y esos soldados… - la voz se le cortó al recordar cómo se convirtió en sierva, haciendo que la mirara diferente, que me diera cuenta de que ella en realidad no merecía estar ahí, nada que disminuyera la excitación que ya llevaba encima ni que me hiciera retroceder en el objetivo que perseguía al tenerla en esa habitación, porque en realidad quería saber lo que se sentía estar dentro de la mujer que había despertado en mí, a una edad temprana, los deseos más pervertidos y vergonzosos que un adolescente podría haber experimentado.

- Lamento escucharlo - comenté, viendo cómo ella levantaba un poco la mirada, justo en el momento en el que yo apretaba mi pene por encima de mi pantalón, sin retirar mi atención de los hermosos y rosados pezones de esa chica a quien estaba a punto de poseer - pero a la vez me alegra que eso pasara, porque de no ser así no estarías esta tarde conmigo. Acércate - le ordené, viendo casi de inmediato cómo la chica se subía en la cama y gateaba hasta arrodillarse a un lado de mi cuerpo, mirando mi miembro con cierta resignación, suspirando una y otra vez mientras esperaba una nueva instrucción y yo me desabrochaba el pantalón para luego arrojarlo lejos junto con mis tenis, liberando mi miembro, dejando que ella lo contemplara con los ojos muy abiertos por algunos segundos, antes de tomar mi celular e iniciar la descarga de ambrosía en el cuerpo de Blanca - tal vez esto te haga más fáciles las cosas - expresé, viendo cómo la chica cerraba los ojos, cómo instintivamente tensaba todo su cuerpo, llevando una de sus manos a su entrepierna mientras la otra comenzaba a acariciar uno de sus senos, provocándome una perversa sonrisa antes de que la tomara de la nuca y la llevara hasta mi miembro, dejándome sorprender cuando vi la forma tan sumisa como abrió la boca para engullirlo, iniciando de esa manera una mamada en la que sus labios succionaban mi pene mientras su lengua recorría mi glande sin detenerse, ejecutando insistentes movimientos sobre la apertura de mi pene, haciéndome cerrar los ojos y gemir de placer, tomándola de la cabeza cuando quería enterrar mi verga en su garganta, sintiendo cómo aquellas arcadas expulsaban grandes cantidades de saliva que hicieron mucho más fluidos los movimientos que luego ejecutó al mover toda su cabeza una y otra vez, recorriendo mi miembro de ida y vuelta, sin detenerse durante un solo segundo, hasta que tuve suficiente de sus labios y sentí la necesidad de probar su coño, de sentir su calor y disfrutar de la imagen que me obsequiaría cuando cabalgara sobre mi cuerpo.

- ¡Ahhhhhh! ¡Rodrigo! ¡Ahhhhhh! ¡No sabes cuántas veces me metí los dedos pensando en ti! ¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhh! - gritó mientras se sentaba en mi verga, antes de que comenzara a mover las caderas con movimientos fluidos de atrás hacia delante, sorprendiéndome con el contenido de sus palabras, haciendo que mirara su rostro mientras ella apretaba cada parte de su cara en gestos que parecían ser motivados por un placer inmenso o por la desesperante necesidad que seguramente estaba sintiendo por llegar cuanto antes a un orgasmo - ¡Me encantaba que me miraras! ¡Ahhhhhh! ¡Era tan morboso! ¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhh! ¡No puedo creer que estés adentro de mí! ¡Ahhhhhh! - exclamó, con la voz y la mirada perdidas en los efectos de la droga que corría por su cuerpo, dejándome claro que jamás hubiera hecho tal clase de confesión de no ser por lo que la ambrosía provocaba en su cuerpo, pero logrando que me excitara tanto que dejé de ser un espectador de sus movimientos y comencé a sacudir mis caderas debajo de su trasero, mientras la tomaba con mis manos de la cintura y disfrutaba de la imagen que sus senos me brindaban al sacudirse de un lado a otro, al tiempo que ella llevaba sus manos a su nuca, haciendo que sus senos se pronunciaran hacia delante, tentándome para que los apretara con mis manos mientras nuestros movimientos se iban acompasando poco a poco hasta que al fin logramos esa sincronía que nos llevó a gritar y gemir como locos, entregados a un placer que al parecer ambos pudimos conocer años atrás, en los tiempos de aquellas duchas secretas que los dos compartimos a la distancia, si tan solo me hubiera animado a hablarle.

Tocar su cuerpo, sentir la forma como sus labios envolvían mi miembro y presenciar la manera como esa hermosa mujer disfrutaba de tenerme dentro, fue algo tan intenso que casi lograba superar a la clase de sensaciones que experimentaba al estar con Alejandra, porque el deseo que sentí por esa chica pelirroja era muy similar al que me provocaba mi sierva de compañía, algo que solo se veía superado por la clase de sentimientos que tenía por la mujer que en aquellos momentos me esperaba en casa.

- ¡Ahhhhhh! ¡Estás deliciosa! ¡Ahhhhhh! ¡No puedo creer que ahora seas mía! ¡Ahhhhhh! - exclamé con una voz enloquecida, tomando a la sierva de la cintura para derribarla sobre la cama y colocarme encima de ella, llevando sus piernas a mis hombros para penetrarla a mi manera, sintiendo sus manos al apretar mis brazos, mirando esa manera tan morbosa como las facciones de su cara se apretaban al embestirla con tanta fuerza como mi cuerpo me lo permitía, disfrutando de la forma como sus tetas temblaban ante cada ida y venida de mis caderas, entre gemidos, jadeos y ese olor a sexo que se dispersaba cada vez con más intensidad por toda la habitación, hasta el momento en el que salí de su coño y me masturbé algunas veces hasta eyacular sobre su concha, viendo con morbo la forma como ella usaba mi leche como lubricante para tocarse, para atacar su clítoris con desesperación en su incansable búsqueda por llegar a un orgasmo que apaciguara al menos un poco la ansiedad que la ambrosía provocaba en su interior.

Gemidos, los movimientos apretados de su cuerpo y la forma como sus piernas se apretaron contra la mano con la que se tocaba, fue lo que acompañó a ese orgasmo tan intenso que experimentó, el cual no logró dejar de sacudir su humanidad antes de que retirara la ambrosía, provocando que esa chica se sintiera muy avergonzada al no poder contener sus gemidos mientras experimentaba los efectos finales de aquella explosión de placer que se provocó a sí misma.

Recostarme a su lado mientras ambos recuperábamos el aliento, representó tan solo un respiro necesario para el momento en que volví a la carga, en el que una vez más inundé su cuerpo de ambrosía para penetrarla de nuevo, dejándome llevar mientras el tiempo pasaba e Ivette se recuperaba de la mala vida que había llevado durante las últimas semanas, una tarea que se extendió durante casi dos horas, en la que tuve que pagar de nuevo por aquella habitación para poder seguir disfrutando de mi sierva, de esa preciosa pelirroja en quien desquité todos aquellos años en los que provocó el deseo de un chico que no podía dejar de masturbarse pensando en ella, prolongando esa deliciosa sesión de placer hasta que mi celular sonó con el mensaje de Emilio donde me avisaba que Ivette había salido, que ahora estaba lista para que me la llevara a casa.

- Parece que lo pasaste muy bien con tu nueva sierva - comentó Emilio con un tono de complicidad y camaradería, de una forma que hizo que Blanca se sintiera muy avergonzada, que provocó el rubor de sus mejillas, pero que al mismo tiempo le hizo componer una sonrisa en sus labios que no fue capaz de contener.

- Sí, así fue - respondí orgulloso mientras contemplaba los asombrosos resultados que había tenido la administración del néctar en Ivette.

- Como te lo dije, está como nueva; sin embargo, te recomendaría que para mantenerla así, le des unos cuantos días de descanso y le proporciones al menos unas cuatro botellas de alimento durante una semana para que termine de recuperarse.

- Está bien, lo haré de esa manera, mientras tanto… - la voz se me cortó de golpe cuando a unos metros de mí pasó un tipo a quien reconocí en el acto, pues se trataba del exesposo de Alejandra, algo que en cualquier otro momento no me hubiera provocado una reacción en particular, pero que en ese momento logró conmocionarme un poco al ver que iba acompañado de una chica rubia, una mujer muy hermosa a quien reconocía de todas aquellas fotos que había visto desde que Anahí regresó a mi vida, algo que me hizo componer una cara de estupefacción que llamó la atención de Emilio, que lo hizo mirar en esa dirección y sorprenderse tanto como yo al entender la razón de mi perplejidad.

- ¡Carajo! ¡Es ella! - respondió el hombre, alternando de pronto su mirada entre mi rostro y aquellas personas que caminaban como si tal cosa, sin que yo me atreviera a hacer nada, quedándome paralizado al saber que no sería una buena idea tratar de negociar con el mismo animal a quien le rompí la madre después de que tratara de humillar a Alejandra.

- ¡Vamos! ¡Tenemos que tratar de…! - dijo Emilio, dando un paso al frente antes de que yo lo sujetara del brazo y él me mirara sin entender lo que estaba pasando.

- No, no podemos negociar con él. Es el exesposo de Alejandra, el mismo al que le pegué cuando trató de humillarla y estoy seguro de que me pedirá que se la entregue para darme a Lourdes - expliqué, viendo cómo la expresión en el rostro de Emilio se hacía muy tensa y alarmada, sin que hiciera nada más que contemplar a ese imbécil mientras se alejaba de nosotros hasta perderse de vista.

- Siendo así, creo que tendrás que encontrar la forma de ofrecerle algo a lo que no se pueda resistir, tal vez incluso te cueste más de una sierva, porque en cuanto lo busques y le digas lo que quieres, expondrás lo mucho que deseas tener a esa chica, lo cual te colocará en una franca desventaja frente a ese tipo.

- Necesito pensarlo bien, solo espero que cuando encuentre la forma de negociar con ese animal, no sea demasiado tarde - comenté, antes de estrechar la mano de Emilio y salir de la galería con mis siervas, metiéndome en la camioneta sin dejar de pensar en que ya había encontrado a Lourdes, maldiciendo el hecho de que estuviera en manos de ese patán, pero sabiendo que nada en el mundo me haría renunciar a Alejandra, ni siquiera si eso significaba reunir a esa chica con sus hermanas.

Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha llegado a su final [25 capítulos]) o adquiriendo alguno de mis libros en AMAZON (el tercer tomo de la serie se sube esta semana [capítulos 14 - 19]) (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.

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