Noche de infidelidad
Tomás juró ser un buen esposo y padre, pero la presión de sus clientes lo llevó a una puerta cerrada donde las reglas no aplican. Cuando su esposa llama en el peor momento, la culpa se transforma en una furia sexual que él no sabía poseer. ¿Podrá regresar a su vida normal después de cruzar esta línea?
El ambiente en el club nocturno era sofocante, cargado de una mezcla de perfume barato, cuero desgastado y el tenue aroma a licor derramado sobre las mesas de madera. Para Tomás, ese espacio se sentía ajeno, como un teatro montado para exhibiciones que preferiría evitar. Pero allí estaba, sentado junto a sus nuevos clientes, celebrando la resolución de un caso que marcaría el inicio de su carrera como abogado.
Con apenas veintiocho años, había conseguido lo que muchos de sus compañeros soñaban: ganar un caso de alto perfil que le aseguraría futuros contratos y consolidaría su reputación. Sus clientes, una pareja de empresarios con más dinero del que podían gastar, habían insistido en llevarlo a ese lugar para "agradecerle como se debía".
—Relájate, Tomás —le dijo Alfonso, el más hablador de los dos, mientras daba un largo sorbo a su whisky—. Un lugar como este está diseñado para disfrutar. Déjate llevar.
Intentó sonreír, pero su incomodidad era palpable, como si cada fibra de su cuerpo supiera que no pertenecía a ese lugar. Los sofás de cuero rojo, desgastados y pegajosos, parecían haber sido testigos de miles de secretos sucios, mientras las luces tenues bañaban el ambiente en un aura de decadencia. Sobre el escenario, una mujer se balanceaba al ritmo lento y cargado de la música, sus pechos desnudos moviéndose con cada giro de sus caderas. Las lentejuelas que adornaban su diminuta prenda inferior atrapaban la luz roja, proyectando destellos provocadores que acentuaban cada curva de su cuerpo.
Cuando su mirada rozó la de Tomás, fue como un golpe directo. Él sintió el calor trepándole desde el cuello hasta las mejillas, y desvió los ojos rápidamente, aunque no podía evitar seguir percibiéndola en su visión periférica.
—Es su primera vez aquí, ¿no? —dijo Verónica, la socia de Alfonso, con una sonrisa astuta mientras se inclinaba hacia él—. No te preocupes. Nosotros nos encargamos de todo.
Antes de que pudiera responder, Alfonso chasqueó los dedos, y una mujer de tez oscura y exótica, con un porte que capturaba todas las miradas, se acercó a la mesa. Su cabello largo y brillante caía como un manto de seda sobre sus hombros, mientras sus ojos felinos destellaban con una mezcla de misterio y descaro. Vestía un atuendo que parecía hecho para encender fantasías: una malla negra transparente que se ajustaba a su figura voluptuosa, revelando la curva perfecta de sus caderas y su cintura. Debajo, solo llevaba una diminuta prenda, que acentuaba aún más su sensualidad descarada.
Cada paso suyo era un espectáculo; los tacones altos resonaban suavemente contra el suelo, y el vaivén de sus caderas se sincronizaba con la música tenue del lugar. La luz rojiza del ambiente acariciaba su piel como si ella fuera el centro del universo. Cuando llegó a la mesa, inclinándose lo suficiente para que sus pechos quedaran aún más evidentes bajo la malla, sonrió con una confianza que no dejaba espacio para titubeos.
—¿Quién es el homenajeado? —preguntó con una sonrisa pícara, deslizando su mirada de Alfonso a Tomás.
—Él, nuestro abogado—respondió Alfonso, dando una palmada en el hombro de Tomás—. Este muchacho nos salvó el pellejo.
—Oh, un héroe. Me gustan los héroes. —La mujer se inclinó hacia él, dejando que un mechón de cabello cayera sobre su rostro.
Tomás sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quiso protestar, pero las miradas de Alfonso y Verónica eran implacables. Había una presión implícita, un mensaje silencioso que decía que rechazar el “regalo” sería una afrenta.
—Acompáñame —susurró la mujer, extendiendo su mano hacia él.
Tomás tragó saliva, dudando por un instante. Luego, se levantó lentamente, sintiendo cómo las miradas de sus clientes lo seguían con aprobación. Sus pasos resonaron en el suelo alfombrado mientras la mujer lo guiaba hacia una puerta al fondo del club. Cada fibra de su ser le decía que debía detenerse, que debía rechazar lo que estaba por venir. Pero el alcohol y la presión lo tenían atrapado en una red que no sabía cómo deshacer.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el mundo pareció reducirse a ese pequeño espacio. Las luces eran aún más tenues, y el aroma a sándalo llenaba el aire. Ella lo miró con una mezcla de curiosidad y provocación, como si pudiera ver más allá de su fachada rígida.
—Relájate, héroe. No muerdo… a menos que me lo pidas.
La mujer dio un paso hacia él, y el espacio reducido parecía volverse aún más opresivo. Su presencia llenaba la habitación, no solo con su figura sinuosa, sino con una energía que lo envolvía como un perfume embriagador. Sus ojos, negros como la noche, lo escrutaban con una mezcla de diversión y deseo. Sus labios, oscuros y gruesos, tenían una forma naturalmente sensual, ligeramente entreabiertos, como si estuvieran diseñados para provocar pensamientos prohibidos. Su piel, oscura que brillaba bajo las luces tenues, parecía desafiarlo, como si supiera el conflicto que se libraba en su interior.
Tomás intentó retroceder, pero su espalda chocó con la pared. La mujer sonrió, acercándose aún más, hasta que sus dedos rozaron la corbata que él aún llevaba puesta.
—¿Siempre eres tan rígido? —susurró, tirando suavemente de la tela hasta aflojarla.
—Yo… —La voz de Tomás salió apenas como un murmullo. Quería decir algo, cualquier cosa, pero su mente estaba atrapada en una tormenta de imágenes: su esposa, Sofía, con la barriga de ocho meses, acariciándose distraídamente mientras leía en el sofá; el eco de su risa la última vez que la llevó a cenar.
Pero esos pensamientos eran barridos por el presente, por el olor dulce de sándalo, por el calor del cuerpo de esa mujer que ahora estaba tan cerca que podía sentir su respiración contra su cuello.
—Tranquilo —susurró ella, inclinándose para dejar un beso suave sobre el borde de su mandíbula—. Esto es un regalo, ¿no? disfrútalo.
Sus manos eran expertas, deslizándose desde su pecho hasta el cinturón, mientras Tomás contenía la respiración. Quería detenerla, pero no lo hizo. La culpa lo carcomía, pero también lo excitaba. Cada caricia de sus dedos largos y ágiles hacía que su voluntad flaqueara más.
—Eres muy guapo —dijo ella, desabotonando su camisa con movimientos lentos, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Sus labios, llenos y brillantes, dejaron un rastro de besos desde su cuello hasta su pecho, y Tomás cerró los ojos, como si al no mirar pudiera pretender que esto no estaba sucediendo.
Su mente volvía a Sofía. Su esposa. Su compañera. Habían compartido tanto en esos meses de matrimonio, desde los temores del embarazo hasta la alegría de escoger un nombre para su hijo. Pero mientras intentaba aferrarse a esos recuerdos, sus manos, como si tuvieran voluntad propia, subieron hasta posarse sobre los hombros de esa mujer. Sintió la suavidad de su piel cálida bajo sus dedos y la textura provocadora de la malla negra que cubría su cuerpo, cada pequeño patrón de la tela marcando un contraste delicioso que lo hacía olvidar, aunque fuera por un instante, todo lo demás.
Ella se arrodilló frente a él, moviéndose con una gracia felina. Tomás abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo deslizaba la cremallera de su pantalón, su mirada fija en la suya con una intensidad que lo desarmaba.
—Shh —murmuró ella, dejando un beso sobre la tela que cubría su erección, ya evidente. Luego, sin apartar la mirada, bajó su ropa interior con una lentitud calculada, liberándolo.
El aire se volvió denso, casi irrespirable, mientras ella se inclinaba hacia adelante, su lengua trazando un camino húmedo y ardiente desde la base hasta la punta. El contacto lo hizo estremecerse, arrancándole un jadeo que apenas pudo contener. Tomás cerró los ojos con fuerza, intentando apartar la imagen de Sofía en casa, esperándolo, confiando en él. Pero la calidez y la humedad de aquella boca lo envolvieron con una voracidad que lo hacía olvidar todo lo demás.
Cuando sus labios se cerraron alrededor de él, suaves pero firmes, se movieron con un ritmo que lo hacía temblar desde la raíz hasta la columna. Cada succión, cada roce de su lengua, le arrancaba gemidos entrecortados que intentaba sofocar apretando los dientes. Tomás apoyó la cabeza contra la pared, su respiración ya descontrolada, mientras sus manos se aferraban al borde del sofá como si eso pudiera salvarlo del abismo en el que estaba cayendo.
—Esto… esto está mal… —susurró, su voz quebrada, como un ruego ahogado en placer. Pero ella no se detuvo, ignorándolo por completo. Al contrario, sus movimientos se volvieron más intensos, más desesperados, como si supiera exactamente hasta dónde podía llevarlo.
La fricción de sus labios, el sonido húmedo y rítmico que llenaba el pequeño espacio, le hacían perder el poco control que le quedaba. Su cuerpo traicionaba a su mente, empujándose instintivamente hacia ella, buscando más de esa boca que lo devoraba sin tregua. Las uñas de Tomás se clavaron en el cuero desgastado del sofá, sus caderas comenzando a moverse al compás de sus embestidas, cada vez más profundas y crudas.
El placer era tan abrumador como la culpa que lo perforaba. En su mente, el rostro de Sofía aparecía fugazmente, su sonrisa tierna, la promesa de una vida juntos. Pero esa imagen era constantemente borrada por el calor que lo envolvía, por los ojos de aquella mujer, que lo miraba desde abajo con un destello triunfante mientras seguía devorándolo sin compasión.
Cuando el clímax llegó, fue como un golpe directo, una ola implacable que lo dejó sin aire, sacudiéndolo desde las entrañas. Tomás dejó escapar un gemido ronco, su cuerpo temblando mientras la sentía exprimir hasta la última gota de su resistencia. Su respiración era errática, y un sudor frío corría por su espalda, mezclándose con el calor que aún quemaba su piel.
Ella se apartó lentamente, sus labios brillando mientras se limpiaba con una calma provocadora que lo hacía sentir aún más expuesto. Tomás, derrotado, se dejó caer contra la pared, con la culpa asfixiándolo mientras el eco de su respiración llenaba la habitación.
La mujer sonrió, inclinándose para susurrarle al oído:
—No te preocupes, héroe. Nadie tiene que saberlo.
La sonrisa de la mujer era un desafío descarado, una provocación que encendió un fuego incontrolable dentro de Tomás. Lo que había empezado como un torbellino de culpa y deseo se transformaba en algo más visceral, más oscuro. Sus ojos recorrieron cada curva de su figura mientras ella se levantaba, ajustando sutilmente la malla negra que apenas cubría su cuerpo. La transparencia del tejido dejaba al descubierto la piel bronceada y brillante de sudor, y cada movimiento suyo parecía calculado para subrayar su control absoluto sobre el momento, como si lo que acababa de suceder no hubiera sido más que un juego.
Tomás, aun jadeando, sintió un impulso primitivo apoderarse de él, uno que enterró cualquier rastro de remordimiento. Su mente era un campo de batalla: imágenes fugaces de Sofía y su hogar luchaban contra el calor abrasador que esta mujer había despertado. Pero el deseo, crudo y salvaje, ganó.
Antes de que ella pudiera girarse hacia la puerta, Tomás la atrapó por la muñeca con una fuerza que la hizo tambalearse. Sus ojos se abrieron brevemente por la sorpresa, pero no hubo resistencia. En cambio, una sonrisa pícara, casi desafiante, asomó en sus labios gruesos y sensuales antes de que él la empujara hacia la cama al fondo de la habitación.
—¿Héroe? —murmuró él, su voz ronca, cargada de algo que ni él mismo reconocía—. No te equivoques. No tienes idea de quién soy.
La espalda de ella chocó con el colchón con un leve rebote, y antes de que pudiera decir algo más, Tomás ya estaba sobre ella. Sus manos grandes y torpes se deslizaron por sus muslos expuestos, sintiendo la textura de la malla y el calor que irradiaba su piel. La presión de su tacto la hizo soltar un jadeo suave, mientras él separaba sus piernas con una firmeza que no admitía oposición.
Con un movimiento casi instintivo, tomó una de sus piernas y la levantó hasta colocarla sobre su hombro, como una declaración de dominio y fuerza masculina. El ángulo expuso aún más su figura, y el gesto le arrancó una sonrisa satisfecha, una que desapareció cuando él inclinó la cabeza para besar el interior de su muslo, sus labios dejando marcas húmedas que subían lentamente hacia su centro.
—Vaya, parece que finalmente te has soltado —susurró ella, su voz cargada de burla y provocación, aunque temblaba levemente por la intensidad del momento.
Él no respondió. Sus labios atraparon los de ella en un beso feroz, casi hambriento, mientras sus manos recorrían su cuerpo, explorando cada curva a través de la malla. Sus dedos buscaron la tela que quedaba entre ellos y la apartaron con una brusquedad que hizo que ella soltara un gemido bajo.
Cuando finalmente la penetró, lo hizo con una fuerza que la hizo arquearse contra él, sus piernas envolviéndolo con un fervor que lo hizo gemir contra su cuello. El ritmo era frenético, desenfrenado, una explosión de semanas, quizá meses, de tensión acumulada. Sus manos se aferraron a sus caderas, empujándola con cada embestida, mientras la pierna que aún descansaba en su hombro se tensaba, sus dedos rozando su espalda en un intento de aferrarse a algo en medio de la tormenta de placer que los consumía.
— Mierda, eres intenso —jadeó ella, su voz temblando por el placer mientras sus caderas se movían al unísono con las de él—. Dime, ¿esto es lo que no te han dado en casa?
Las palabras lo golpearon como un martillo, pero en lugar de detenerlo, lo empujaron más lejos. Sus manos se aferraron a sus caderas, levantándola ligeramente para profundizar sus embestidas, arrancándole un gemido más fuerte.
—No sabes nada de mí —gruñó, pero su voz traicionó algo más. Algo vulnerable.
—Entonces dímelo… —susurró ella, su aliento cálido contra su oído—. Dime, ¿qué te trajo hasta aquí? ¿Qué te hizo perder el control?
Tomás cerró los ojos, su respiración entrecortada. La imagen de Sofía, embarazada, volvió a su mente, pero esta vez no fue suficiente para detenerlo. Al contrario, el conflicto lo hizo perderse aún más en la sensación del cuerpo bajo el suyo, en el calor, en el sudor, en el ritmo frenético que ambos compartían.
—Seis meses… —confesó finalmente, su voz rota, como si esas palabras arrancaran algo de su interior—. Seis meses desde que... nada. Mi esposa está embarazada. No puedo… no debo…
Ella rio suavemente, pero había un tono oscuro en su voz.
—Así que el héroe tiene secretos… —murmuró, sus piernas apretándose más a su alrededor, obligándolo a seguir—. ¿Es eso lo que te tiene así? ¿Todo ese tiempo acumulando ganas, mirando, pero sin tocar?
Tomás enterró el rostro en su cuello, jadeando contra su piel mientras el placer lo llevaba al borde una vez más. Su respiración era errática, un eco de la lucha interna que lo carcomía, pero su cuerpo ya había cedido por completo. Las palabras escaparon de sus labios como un gemido ahogado, cargadas de un dolor y una frustración que había contenido por meses.
—No sabes lo que es —susurró él, sus palabras entrecortadas, como si cada una le costara un esfuerzo titánico—. Tener todo lo que amas… y aun así sentir que te estás ahogando.
La mujer deslizó sus uñas por su espalda, dejando un rastro ardiente en su piel mientras arqueaba la espalda, empujando sus pechos ya desnudos hacia él. Sus pezones oscuros y endurecidos rozaron su pecho, provocándole un escalofrío que lo hizo perder el poco control que le quedaba.
—Entonces toma aire, abogado —susurró ella, su voz baja, entrecortada, cargada de deseo—. Aquí, ahora, olvida todo.
Tomás levantó la cabeza, y sus ojos se encontraron con los de ella por un instante, un destello de desafío y deseo entre ellos. Su mirada bajó rápidamente hasta sus pechos, que se balanceaban con cada movimiento, firmes, perfectos, llamándolo a reclamar lo que se ofrecía sin reservas. Su mano se deslizó hacia ellos, agarrándolos con una mezcla de desesperación y posesión. Los sintió cálidos y llenos contra sus palmas, y el temblor que recorrió el cuerpo de ella al contacto solo lo empujó más lejos.
Sin esperar un segundo más, inclinó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con su boca, succionando con fuerza mientras sus dientes lo mordían suavemente, arrancándole un jadeo profundo que lo envolvió como un aliciente. Su lengua trazó círculos alrededor del pezón, humedeciéndolo antes de apretarlo nuevamente entre sus labios, alternando entre succiones intensas y mordiscos que la hicieron gemir su nombre.
—Mierda… —jadeó ella, arqueando su espalda aún más, ofreciéndole todo de sí, su cuerpo completamente rendido bajo el suyo.
Él se movió hacia el otro pecho, tomando el pezón entre sus dientes mientras sus manos seguían amasando la piel firme, dejando marcas visibles en su carne. La intensidad del momento lo consumía, como si cada mordisco y cada succión fueran una forma de reclamar algo que no sabía que necesitaba tanto. Era un acto de deseo bruto, primitivo, que lo despojaba de cualquier rastro de control.
Sus labios dejaron un rastro húmedo desde sus pechos hasta su clavícula, mientras su mente seguía luchando en vano contra la realidad de lo que estaba sucediendo. En ese momento, no había promesas ni anillos, ni una esposa esperando en casa. Solo existía el calor abrasador de la piel de esa mujer, el sonido de sus gemidos y la forma en que su cuerpo respondía a cada embestida, a cada mordisco, como si estuviera hecha para él.
—No pares —susurró ella, con una voz quebrada por el placer, mientras sus manos se hundían en su cabello, guiándolo de vuelta a sus pechos—. No te detengas.
Tomás obedeció, su boca reclamando nuevamente uno de sus pezones mientras su cuerpo seguía moviéndose contra el de ella en un ritmo frenético, desenfrenado. Sus dientes dejaron otra marca en la piel tensa de su pecho, una huella que quedaría como un recordatorio de ese momento, mientras su mente se rendía por completo al deseo.
Los gemidos de ella llenaban la habitación, mezclándose con el sonido de sus respiraciones entrecortadas, y por un instante, el mundo exterior dejó de existir. Todo lo que importaba estaba ahí, en el calor, en el ritmo salvaje de sus cuerpos y en la manera en que se entregaban, como si la culpa, el amor y la moral fueran conceptos que no tenían cabida en ese lugar.
El sudor perlaba la frente de Tomás mientras sus manos permanecían inmóviles sobre el cuerpo desnudo de la mujer. Sus labios aún estaban húmedos por el rastro de deseo que había dejado en su piel, pero su mente, en un instante de claridad brutal, lo arrastró hacia un abismo de dudas. ¿Hasta dónde había llegado? ¿Había ya traspasado todos los límites?
Se inclinó hacia atrás, retirándose ligeramente, observando el cuerpo de la mujer que ahora yacía sobre la cama, su piel brillando bajo la luz tenue de la habitación. Ella respiraba profundamente, sus pechos aun moviéndose al compás de los latidos acelerados de su corazón. Era hermosa, su figura perfectamente delineada, su piel tersa y cálida. Pero, en ese momento, Tomás no podía evitar pensar en Sofía, en el rostro de su esposa, en sus risas, en la dulzura de su voz llamándolo desde el otro lado de la cama por las noches.
Él cerró los ojos, intentando ordenar sus pensamientos, pero la voz de la mujer lo arrancó de su reflejo.
—¿Qué pasa? —dijo, con una sonrisa que rozaba lo burlón mientras se incorporaba ligeramente en la cama—. ¿Ya te estás arrepintiendo?
Tomás no respondió de inmediato. Su pecho subía y bajaba con fuerza, un intento desesperado por encontrar aire en medio del torbellino de emociones que lo consumía. Frente a él, ella se giró lentamente, con movimientos calculados, colocándose de rodillas sobre la cama. Su cabello caía como una cascada oscura sobre su espalda, enmarcando la sensualidad de su figura. Se inclinó ligeramente, dejando que su trasero quedara alzado, provocador, moviéndolo en un ritmo lento y deliberado que parecía invitarlo, desafiarlo.
Levantó la mirada hacia él, y sus ojos chispearon con una mezcla de deseo y burla.
—Aún no has terminado conmigo —susurró, recorriendo con sus manos sus propias caderas, acentuando sus movimientos—. Y no pienso dejar que te detengas ahora.
Tomás apretó los puños, atrapado entre la vorágine de su culpa y la brutalidad del deseo que ella seguía avivando. Dio un paso hacia adelante, como si su cuerpo ya hubiera tomado una decisión que su mente seguía rechazando. Sus manos encontraron su cintura, firme y cálida bajo sus dedos. Ella dejó escapar un suspiro que se transformó en un gemido cuando sintió la presión de él acercándose, justo en el umbral de lo inevitable.
Sin esperar más, Tomás la penetró de una sola vez, arrancándole un jadeo de placer. Su cuerpo temblaba mientras se movía dentro de ella, empujado por una mezcla de rabia, deseo y la necesidad de escapar, aunque fuera por un instante, del peso de su culpa. Ella lo recibió con movimientos de cadera lentos al principio, luego más intensos, más demandantes.
—Eso es… —jadeó ella, sin molestarse en contenerse, su voz cargada de un placer descarado que parecía destinado a llevarlo al límite—. Así… dame más.
El ritmo se aceleraba, y Tomás estaba completamente perdido en el calor del momento, en el vaivén frenético de sus cuerpos y el sonido húmedo de sus gemidos llenando la habitación. La realidad parecía haberse desvanecido, dejando solo el placer abrumador que lo consumía. Pero justo cuando el frenesí alcanzaba un punto de no retorno, un sonido agudo rompió el hechizo.
El teléfono vibraba en el bolsillo de Tomás, interrumpiendo bruscamente el trance en el que estaba sumido. El impacto fue inmediato. Su cuerpo se tensó, y sus movimientos se detuvieron mientras buscaba con torpeza el dispositivo. Sus dedos temblorosos sacaron el teléfono, y su corazón dio un vuelco al ver el nombre de Sofía parpadeando en la pantalla. La llamada no era solo una interrupción; era un recordatorio brutal, como un cuchillo en su pecho, de la traición en la que estaba inmerso.
—Responde —susurró ella con una sonrisa maliciosa, sin detener el movimiento rítmico de sus caderas contra él. Su voz era un aliento cargado de desafío, sus labios rozando su oído mientras su cuerpo seguía atrapándolo en la espiral del deseo—. Vamos, no querrás preocupar a tu esposa, ¿verdad?
La perversidad de sus palabras lo dejó inmóvil, su mente dividida entre la culpa desgarradora y el calor abrasador de su cuerpo que todavía se movía sobre él. El teléfono seguía vibrando en su mano, cada zumbido resonando como un eco ensordecedor en la habitación, recordándole que había algo más allá de ese momento, algo que estaba poniendo en peligro con cada segundo que pasaba.
—¿Sofía? —logró decir, su voz cargada de tensión mientras intentaba apartarse, pero ella no lo permitió. Su trasero continuaba moviéndose, encontrándolo en cada empuje, en cada pausa calculada. Tomás apretó los dientes, intentando contener cualquier sonido que pudiera delatarlo.
—Hola, amor —respondió Sofía al otro lado de la línea, su voz suave, llena de ternura—. Quería saber si ya estás en camino. Pensaba prepararte algo para cenar… algo ligero, por si estás cansado.
Mientras Sofía hablaba, la mujer frente a él aumentó la intensidad de sus movimientos. Sus caderas se arqueaban con una precisión devastadora, y su cuerpo lo apretaba en un ritmo que lo hacía perder el aliento. Tomás cerró los ojos, aferrándose al borde de la cama como si eso pudiera mantenerlo anclado a la realidad.
—Sí… estoy a punto de salir… —dijo, forzando cada palabra mientras sentía los músculos de ella envolviéndolo. Un gemido bajo escapó de sus labios, pero lo ahogó rápidamente al morderse la lengua.
—¿Estás bien? —preguntó Sofía, con un tono de preocupación que hizo que la culpa apuñalara el pecho de Tomás con más fuerza—. Suenas extraño.
Ella no disimuló sus gemidos esta vez. Dejó escapar un susurro cargado de placer mientras seguía moviéndose, como si el sonido fuera un arma destinada a quebrarlo.
—Estoy… bien… solo cansado —logró responder, su voz entrecortada mientras intentaba mantener el control. La sonrisa de ella se amplió, y sus movimientos se volvieron más intensos, más frenéticos.
Sofía permaneció en silencio un momento, como si intentara descifrar lo que sucedía.
—Bueno, te espero en casa… Te amo.
El peso de esas palabras lo golpeó como una tormenta, pero su cuerpo seguía actuando por instinto. La mujer, con su determinación maliciosa, lo mantenía atrapado en un ciclo de placer y culpa del que no podía escapar.
—Yo también te amo… —susurró antes de colgar, su voz casi inaudible.
El clic de la llamada terminada pareció liberar algo en él. En un arranque de ira y desesperación, Tomás se aferró con más fuerza a sus caderas y comenzó a moverse con una brutalidad que lo sorprendió incluso a él. Cada empuje era firme, profundo, castigador, como si buscara exorcizar su propia culpa a través del cuerpo de ella.
—¿Esto es lo que querías? —gruñó entre dientes, inclinándose sobre su espalda, sus manos aferrándose a sus caderas mientras ella gemía sin control.
—Sí… justo esto… —jadeó ella, su voz quebrada por el placer, mientras sus manos buscaban algo a lo que aferrarse.
Tomás continuó, perdiéndose en el frenesí, en el calor, en la necesidad de castigarse a sí mismo tanto como a ella. Era un momento de pura brutalidad, de deseo desenfrenado, donde la línea entre el placer y el tormento se desdibujaba, y el remordimiento se ahogaba en cada embestida.
Respiraba con dificultad, cada movimiento suyo era impulsado por una mezcla de furia, culpa y un deseo animal que no podía contener. Sus manos, firmemente aferradas a las caderas de la mujer, dejaron marcas rojas en su piel mientras sus embestidas se volvían más profundas, más contundentes. Ella no se quejaba; al contrario, sus gemidos eran cada vez más intensos, cargados de un placer que lo impulsaba a seguir.
De repente, Tomás soltó su agarre y llevó una mano al trasero de ella. Sin previo aviso, un golpe seco resonó en la habitación, arrancándole un jadeo ahogado. Su piel oscura brillaba bajo las luces, y la marca de su mano comenzaba a tomar forma sobre la curva perfecta de su nalga. No esperó, asestando otro golpe, más fuerte esta vez, mientras ella arqueaba la espalda, empujándose hacia él como una súplica silenciosa.
—Esto… —murmuró Tomás entre dientes, asestando un tercer golpe que hizo que ella gritara, aunque su voz estaba cargada de lujuria—. Esto es lo que querías, ¿no?
—Sí… —jadeó ella, girando ligeramente la cabeza para mirarlo por encima del hombro, sus labios curvados en una sonrisa traviesa, desafiándolo—. Dame más.
Sus palabras lo desarmaron y encendieron al mismo tiempo. Con ambas manos, Tomás acarició y apretó sus nalgas antes de continuar el castigo, cada palmada resonando en la habitación. La piel de ella se enrojecía bajo su toque, y cada golpe parecía arrancar un gemido más intenso de sus labios.
Cuando sintió que estaba cerca de su límite, Tomás se detuvo de golpe. Su respiración era irregular, y un temblor recorría su cuerpo mientras salía de ella bruscamente. La mujer, aún de rodillas en la cama, giró para mirarlo con ojos llenos de sorpresa y excitación, pero él no le dio tiempo para reaccionar. Con más fuerza de la necesaria, aferró su cabello, tirando de ella hacia atrás hasta que su cuerpo quedó expuesto, sus pechos alzados hacia él.
—Ahora, mírame —gruñó, su voz cargada de una autoridad que ni siquiera reconocía en sí mismo.
Ella levantó la mirada, y lo que encontró en sus ojos no era miedo, sino una mezcla peligrosa de deseo y desafío. Sus labios, ligeramente entreabiertos, parecían invitarlo a tomarla de cualquier manera que él decidiera. Tomás sintió un nudo formarse en su pecho mientras su otra mano se aferraba a uno de sus pechos, amasándolo con fuerza. Sus dedos se hundieron en la carne suave, y su boca atrapó el pezón con un mordisco que arrancó un jadeo quebrado de sus labios. Su cuerpo temblaba bajo su toque, pero su expresión seguía siendo la de alguien que no se arrepentía.
—Eres… —jadeó ella, pero las palabras se interrumpieron cuando Tomás tiró de su cabello con una brusquedad que la hizo arquearse hacia atrás. Su rostro quedó inclinado, expuesto, y sus pechos elevados hacia él. Fue entonces cuando la furia contenida y el deseo acumulado se desbordaron.
Con una respiración temblorosa, Tomás liberó todo lo que había contenido, su cuerpo estremeciéndose mientras su placer se derramaba sobre ella. La primera oleada cayó directamente sobre su rostro, marcándolo con su liberación. La siguiente cubrió sus pechos, dejando un rastro húmedo que brillaba en la penumbra. Cada espasmo venía acompañado de un suspiro pesado, como si con cada gota estuviera exorcizando los demonios que lo atormentaban.
Ella cerró los ojos, pero no desvió la mirada ni intentó apartarse. Su respiración entrecortada era un eco del impacto, y su lengua asomó para recoger una pequeña gota que resbaló hasta sus labios. Tomás, con las manos aún firmes en su cabello y sobre su pecho, sintió cómo su rabia y su culpa se fundían en un acto de humillación y liberación emocional que lo dejaba completamente vacío.
Cuando finalmente todo terminó, su respiración se estabilizó, y sus manos temblorosas soltaron su agarre. La miró, y encontró en sus ojos un brillo distinto, satisfecho pero desafiante, como si ella hubiera ganado algo en medio de todo aquello.
Dio un paso atrás, su respiración aún pesada, mientras la observaba. La culpa comenzaba a colarse de nuevo, afilada y punzante, recordándole lo que había hecho, lo que había permitido. Pero antes de que pudiera hundirse en su propio abismo, ella, todavía con su cuerpo marcado por la evidencia de lo que él había liberado, se movió con una gracia que lo desarmó por completo.
Sin decir una palabra, ella se levantó de la cama con una elegancia felina, dejando que el rastro de su piel húmeda brillara bajo la tenue luz de la habitación. Sus movimientos eran lentos, deliberados, cargados de una sensualidad que parecía hecha para consumirlo. Caminó hacia él, y Tomás, incapaz de retroceder, sintió cómo el peso de su presencia lo arrastraba de nuevo al borde del precipicio.
—No te vayas todavía —susurró, su voz suave, pero firme, mientras levantaba una mano y deslizaba un dedo sobre su pecho, trazando un camino que hacía arder su piel—. No puedes marcharte cargando eso contigo.
Tomás tragó saliva, incapaz de encontrar palabras mientras su mirada seguía los movimientos de su mano. Ella bajó lentamente, dejando que su palma recorriera su abdomen antes de detenerse justo por encima de su cintura. Lo miró, con esos ojos oscuros llenos de una mezcla de comprensión y desafío, antes de inclinarse hacia él.
—Déjame mostrarte algo… —dijo, sus labios apenas rozando los suyos, un roce suave que dejó a Tomás paralizado.
Antes de que pudiera responder, ella se arrodilló frente a él, sus manos firmes deslizándose por sus muslos. No fue el acto lo que lo desarmó, sino la forma en que lo miraba desde abajo, como si pudiera ver a través de él, como si estuviera arrancándole cada capa de culpa con un gesto calculado. Sus labios dejaron un beso cálido y húmedo sobre su piel, y luego otro, avanzando lentamente mientras su lengua trazaba un camino que lo hacía estremecer.
—No pienses en nada más —susurró, antes de volver a atraparlo con su boca, llevándolo a un punto donde la realidad parecía desvanecerse. Su lengua, sus labios, cada movimiento suyo, no era solo placer; era control, una promesa de algo más profundo.
Tomás cerró los ojos, permitiéndose por primera vez no pensar, no sentir nada más que la intensidad de lo que ella le ofrecía. Con cada movimiento, cada gesto, parecía que ella no solo lo estaba reclamando físicamente, sino arrancándole la culpa que lo había consumido desde el primer momento.
Cuando ella se detuvo, lo miró nuevamente, su rostro aún brillante, sus ojos encendidos con una fuerza que lo dejó sin aliento.
—Ahora, estás limpio —dijo, levantándose con una confianza abrumadora mientras sus dedos trazaban un camino por su pecho hasta su rostro. Inclinó la cabeza y susurró cerca de su oído—. Pero sé que volverás. Porque no has terminado conmigo.
Antes de que él pudiera responder, ella lo besó, un beso profundo, intenso, que lo dejó marcado, no solo en su cuerpo, sino en su alma. Cuando ella se apartó, su sonrisa fue el golpe final, la chispa que encendió algo en Tomás que no pudo ignorar.
En ese momento, lo supo. Había cruzado una línea de la que no podría regresar. Ella no solo lo había arrastrado al pecado, sino que lo había liberado de su carga y lo había hecho suyo. Y aunque intentara convencerse de lo contrario, sabía con certeza que volvería. Porque ella no solo había reclamado su cuerpo, sino su voluntad.
¿Te dejé con ganas de más? Cuéntamelo en los comentarios y déjame tu voto. ❤️ Me encanta saber lo que despiertan mis historias. Sígueme en mi página de Instagram. —Voluptas
Finalizado el 10 de enero de 2025.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
El Precio del Ascenso
El ascenso de su marido depende de una sola noche. Ricardo Salazar no pide dinero, pide su cuerpo.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
DULCE VI (Final de la historia)
Laura ya no es la única pieza en su tablero. Con la llegada de Dulce, el juego se complica y la competencia se enciende.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveTrio fff
- Hetero: Infidelidad
Arrastrados por el morbo
Pedro creía que comprar el silencio de los muros era fácil. No imaginaba que la pared del cuarto de al lado sería el escenario de su propia…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
La nueva (retrato de una obsesión) (5)
Jorge creía que la tenía bajo control, pero Ana estaba a punto de descubrir que su propia lujuria era la verdadera jaula.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
Una mala decisión. Parte 1
Le ofrecieron la oportunidad de su carrera, pero el precio era su dignidad. En la puerta de su despacho, la mirada de su supervisor no prometía…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
Mi esposa cuando salgo a trabajar II
Nunca imaginó que la cámara oculta revelaría tanto. Mientras él viaja, ella se entrega a un amante que la trata como a una perra, y él, desde la…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina