La familia Pérez Pardo, memorias de una mucama (3)
La muerte de la madre lo hundió en el alcohol y la desesperación. Ella, la mucama que lo cuida, sabe que las palabras no bastan. Esta vez, su promesa de ayuda se cumplirá entre sábanas, donde el deseo reemplaza a la tristeza y el cuerpo habla más fuerte que la jerarquía.
Cuando pasó el primer mes de tratamiento, la evolución de la salud de María era un retroceso constante, por lo que Roberto delegó en sus abogados el manejo de los negocios y se dedicó a pleno junto a Maylén a su madre.
Hubo noches de desvelo en sillones de la clínica, mientras ella se sometía al tratamiento, descansos en los que Maylén ocupaba su lugar y el volvía a la casa para reponerse y retornar. Lamentablemente el médico de María le informó que las cosas empeoraban y que el desenlace no demoraría, por lo que debía enfrentar una situación extrema.
Así pasaron otros dos meses, hasta que sucedió lo inevitable. Aquella mujer que le entregó su vida, hoy le entregaba uno de los peores momentos a afrontar. Roberto se refugió en el alcohol, cayendo en un pozo depresivo del que Maylén y Alberto trataban de sacarlo a como diera lugar.
Había pasado un mes y medio del fallecimiento de María cuando Alberto mantuvo una charla más que clara con Maylén.
Alberto: entenderás que si esto no cambia, tendré que llevar a Roberto a mi casa y ponerlo bajo un estricto control médico.
Maylén: lo entiendo señor, pero eso pone en riesgo mi trabajo supongo.
Alberto: exactamente, en esas condiciones tus servicios ya no serán requeridos.
Maylén se tomó unos minutos, reflexionó en esas palabras y comprendió que la decisión de Alberto era correcta, pero deseaba mantener su empleo por lo que pidió una semana más de plazo. Alberto aceptó la propuesta y fijaron ese lapso como límite a las funciones de Maylén en la casa de no haber cambios en la situación de Roberto.
Alberto se fue de la casa, dejándola sola en la cocina, meditando la situación. Analizó sus posibilidades y decidió ponerse firme frente a la lucha contra la depresión de Roberto, recordó la promesa realizada a María en su lecho de enfermedad y lo que ésta le había comentado de él. Entendió que debía jugarse la última carta y tendría que recurrir a cada una de las estrategias para acabar con el momento que la estaba comprometiendo.
El día viernes se presentó como el momento indicado para utilizar el recurso extrema que tenía planificado. Trató de que Roberto saliera de su habitación, pero no pudo lograrlo. Le pidió que tomase un baño y se acicalara, mientras ella iba a realizar unas compras necesarias para el fin de semana.
A regañadientes él aceptó, apenas salió de la habitación, ella abrió las ventanas para ventilarla, ya que el olor a suciedad era muy fuerte, cambió las sábanas, recogió botellas vacías, ropa sucia, algunos envases de snacks arrugados y esparció fragancias en el ambiente. Se aproximó a la puerta del baño, donde él se hallaba y le avisó que saldría en busca de algunas provisiones para el fin de semana. “Lo que quieras” fue la única respuesta que recibió.
Salió a la calle y pasó primero por el salón de belleza, hizo que la esteticista la atendiera primero para emprolijar sus vellos púbicos, las axilas y el rostro. Luego un tratamiento de coloración y corte de cabello para esconder un poco las canas que asomaban en las raíces. Más tarde fue al supermercado, compró víveres necesarios para el fin de semana, planificó los mejores platos que conocía y finalmente pasó por la farmacia en busca de algunas cosas necesarias para llevar a cabo su plan extremo.
Cuando volvió a la casa, Roberto ya había vuelto a su habitación previo pasar por el living y tomar del aparador una de las últimas botellas de whisky que quedaban. Permaneció encerrado todo el día, lo que le permitió a Maylén preparar el ambiente para el día siguiente.
Era sábado a mediodía y dirigiéndose a la puerta de la habitación, luego de golpear la puerta, lo llamó a almorzar. Él no salía de la habitación. Pasó la tarde y ya nerviosa por la situación, fue a buscarlo, entró y lo halló sentado en su sillón de trabajo tomando nuevamente.
Maylén: no tomes tanto, eso no ayuda
Diciendo esto le pasó una mano por el cabello y lo abrazó, él sollozó y se abrazó a su cintura. No podía retener más las lágrimas, y aquella mujer a la que apenas conocía se volvía la tabla a la que aferrarse para no naufragar en la tormenta, le dejó descargar su angustia y enjugó sus lágrimas y con una actitud maternal, le besó la mejilla. Roberto agradeció el gesto y casi como un acto reflejo se puso de pie y la abrazó fuertemente.
Ella compartió esa situación devolviendo la gentileza, retribuyendo el abrazo. Él levantó su rostro del pecho de ella y mirándola a los ojos, aproximó sus labios a la boca de Maylén, quien aceptó el movimiento aunque sin avanzar más. Roberto intentó profundizar el beso, y desplazó sus manos por la espalda de ella, que le permitió las caricias y no tanto el beso. Él llevó sus labios al cuello, lo recorrió dulcemente y comió el lóbulo de su oreja izquierda, ella sentía sus fuerzas flaquear y sus defensas rendirse, emitió un pequeño gemido y girando su rostro atrapó los labios de él.
Ya no hubo más defensas ni forcejeos, sino más bien un deseo irrefrenable de ambos de fundirse en abrazos y besos. Cuando las manos de Roberto se apoderaron de las nalgas de Maylén, cayó la última barrera: las lenguas se entrelazaron en una danza feroz, el intercambio de saliva era muy fluido y la erección que crecía indisimuladamente de Roberto se correspondía con el aumento de humedad de la entrepierna de ella. Las manos de ambos no habían llegado a tocar aún la zona más caliente del otro, pero ambos sabían lo que estaba a punto de suceder.
Ella le pidió que invadiese su triángulo de placer y él que lo tocase más íntimamente. Ambos respondieron al pedido del otro, Maylén abrió sus piernas permitiendo que la mano de Roberto frotase su concha candente a través de la tela de su calzón empapado y él liberó su verga del pantalón para que ella la apretase, sacudiéndola arriba y abajo.
El físico de Maylén era demasiado amplio para que Beto la levantara en andas y la llevase a la cama donde poder avanzar sobre ella, sin dejar de manosearse. Apenas cayeron en ella y se quitaron la ropa uno a otro, hasta quedar solo cubiertos por la ropa interior, así en la penumbra de la pieza retomaron las caricias y besos. Apenas él pudo eludir el elástico del calzón de ella, enterró sus dedos en la concha empapada y ardiente, mientras ella logró sacar la verga de la prisión de su bóxer para sacudirla frenéticamente arriba y abajo.
Roberto: déjame comerte la concha, chuparte hasta hacerte acabar
Maylén: quiero mamarla, mientras me comes mi coñito
Se dejaron caer en la cama y se dispusieron a comerse mutuamente, recostados de lado para ubicarse de la mejor manera y entregarse a una ración de sexo oral salvaje, ninguno se detenía y exigía al otro más acción profundizando las mamadas. Una concha desbordante de flujos era retribuida por una verga dura que dejaba escapar líquidos previos a la explosión, que demoró poco en llegar. Ella tuvo un orgasmo feroz que llenó la boca de su amante de líquidos y él exprimió sus huevos hasta dejarlos secos de tanta leche derramada.
Quedaron rendidos, se acomodaron en la cama, con él a espaldas de ella, dejando su verga entre las piernas de ella y sus manos jugando con sus tetas, mientras acariciaba los pezones erguidos. La respiración de Maylén era acompasada, reponiéndose de la acción pero consciente que apenas aquella verga que se frotaba entre sus piernas recuperara vigor, se perdería entre los labios de su concha irritada del trato que la boca de él le había propinado. Se sentía plena, pero quería rematar la tarde con una buena cogida y recibir leche en ella, necesitaba un buen polvo para completar la función.
No se dio la situación, Beto se rindió al sueño y al descanso y Maylén lo abrazó para que descansara. La noche encontró a Beto desnudo bajo las sábanas pero sin la presencia de su amante. Se levantó y se vistió con una remera y un short, partiendo rumbo a la cocina donde ella silbaba una canción, tan solo vestida con una remera larga y gastada que oficiaba de camisón, mientras preparaba una cena algo fuerte, la abrazó por la espalda y le besó el cuello.
Maylén: buenas noches mi rey, ¿pudo descansar?
Roberto: me dejaste rendido, eres una mujer muy especial.
Maylén: y tu un machote.
Se sentaron a cenar, uno junto al otro.
Al finalizar, Maylén levantó los platos, vasos y restos de la cena, se dirigió a la pileta y comenzó a fregar trastos. Por primera vez en varios días, Roberto se quedó sentado en la mesa, observándola sin huir rumbo a su habitación. Cuando ella terminó la tarea, se giró y lo vio ahí sentado, como si la estuviese esperando. La miró y la invitó a acompañarlo, señalando la silla a su lado.
Roberto: ¿por qué hiciste esto Maylén?
Maylén: por usted, por mí y por la promesa que hice a su madre.
Roberto: ya no más formalidad Maylén, por favor.
Maylén: está bien Roberto. Tú me necesitabas y yo también. No puedo permitir que el trago te haga más daño y sé que mi cariño puede ayudarte.
Roberto: es difícil quitar de mi mente a María, pero eres la persona que más se preocupa por mí.
Maylén: desde que te vi, me inquietas. No pretendo reemplazarla.
Roberto: y no lo harás, pero me atraes y eso es importante para mí.
Ella se aproximó y le dio un beso corto en los labios que lentamente se fue transformando en más intenso, hasta que la excitación se volvió fuego.
Sin dejar de besarse, fueron caminando rumbo a la habitación de ella. Al ingresar, se desvistieron rápidamente y se tumbaron en la cama. Ahí la sesión de besos y caricias se volvió más intensa, las manos de ambos jugaban con el cuerpo del otro, acariciando las zonas más íntimas y calientes, hasta que la pasión los desbordó totalmente.
Ella lo volcó sobre el lecho, se ubicó sobre él y con maestría hizo que su verga fuese atrapada por la vagina ardiente. Cuando lo sintió dentro, comenzó a sacudirse rápido, buscando que él explotara en sus entrañas.
Disfrutó a pleno de cada chorro que impactaba en su interior y gemía intensamente mientras le entregaba un orgasmo pleno.
Se detuvieron unos momentos, pero sin que él pudiese retirarse de su interior, aflojó sus brazos y enfrentando sus labios volvió a besarlo de manera intensa.
La noche apenas empezaba, pero la vitalidad de Roberto era demasiado para Maylén. Ella necesitaba descanso y él más acción. Le pidió ir a darse una ducha reparadora y le prometió volver para que él hiciera su trabajo y se deleitara con su cuerpo.
Él aceptó, ella bajo de la cama y se dio una ducha rápida, volviendo para acceder a los deseos de su amante. Se tendió a su lado y lo dejó hacer. Caricias, recorridos de sus labios por cada centímetro de su cuerpo, hasta que él se concentró en comerse cada milímetro de la entrepierna, rodeando su clítoris, torturándola y llevándola al punto más alto del placer.
Su nuevo orgasmo ahogó a Roberto de tanto flujo derramado, dejándola rendida. Esa noche no hubo más acción, solo caricias y abrazos hasta que el sueño los doblegó.
Maylén despertó el domingo por la mañana, sintiendo el suave aroma del café recién hecho, miró a su lado y él no estaba. Se sintió plena y entendió que había logrado que él abandonara su postura depresiva.
Se levantó de la cama, desnuda y se aproximó a la cocina, lo vio de pie tan solo cubierto por un bóxer, preparando el desayuno. Sabía íntimamente que había ganado la primera batalla, pero aún no la guerra.
Volvió sobre sus pasos y se calzó la remera de la noche anterior, sin ropa interior debajo. Entró en la cocina y lentamente se acercó a Roberto, estiró sus brazos y lo abrazó fuertemente.
Maylén: Bienvenido de nuevo, mi rey.
El giró una de sus manos hacia atrás y rodeo la cintura de ella.
Roberto: te lo debo a ti.
Ella dejó escapar unas lágrimas de sus ojos, sabía que utilizar el último recurso había dado resultado. Se pegó a su espalda y depositó un beso en su cuello.
Todo hacía suponer que se aproximaba un nuevo encuentro entre ambos cuando el sonido del teléfono de él interrumpió el momento.
Roberto: ¿hola?
La voz de Alberto surgió al otro lado del aparato, le avisó que en media hora estaría allí, para hablar con él y programar algunas actividades. Luego de informarle, cortó la llamada.
Roberto:¡¡¡ Mierda!!! Ni siquiera un domingo puede dejarme en paz.
Tras contarle a Maylén sobre la llamada, ambos partieron rumbo a sus habitaciones, había que vestirse y estar preparados para esa visita inoportuna.
Se prepararon y lo esperaron, como si nada hubiese ocurrido entre ambos.
Cuando Alberto llegó hablaron de algunas cosas típicas, aún en presencia de Maylén.
Más tarde, habló a solas con Roberto y le comentó sobre sus ideas. Alberto había tomado una decisión contundente: impulsarlo a vender la casa y que se mudara a otro lugar para dejar atrás el duro momento y los fantasmas que lo rodeaban, pero con la obligación de mantener el puesto laboral de Maylén, para que lo controlase y fuera una emisaria de la evolución de la situación del muchacho.
No fue algo que le agradara demasiado a Roberto, pero decidió acceder al pedido, a cambio de ser él y Maylén quienes seleccionaran el lugar. Alberto estuvo de acuerdo y tras compartir un café con ambos se retiró, previo pedirle a Roberto que fuera a almorzar con él y Angie.
Roberto: No soporto a esa mujer, no me pidas cosas imposibles.
Alberto: deberás aceptarla, ya que será mi esposa en poco tiempo más.
Roberto: ni lo sueñes. ¿Cuándo podemos ver nuevas opciones para vivir?
Alberto: Cuando gustes, te espero el martes en la empresa y allí hablamos.
Dicho esto, se puso de pie y se dispuso a retirarse.
Alberto: una cosa más. ¿Maylén cumple con su trabajo?
Roberto: de manera excelente
Alberto: me alegro, ¿No querés volver a la casa?
Roberto: para nada, quiero vivir solo y que Maylén se haga cargo de todo.
Apenas Alberto se fue, Maylén entró a la cocina. Había escuchado lo que ellos habían hablado. Los ojos vidriosos denotaban la emoción y el agradecimiento para con Roberto. Lo abrazó fuertemente y sin dejar de apretarse a su cuerpo lo beso una y mil veces,
Maylén: gracias mi rey
Roberto: te mereces eso y mucho más mi diosa.
Se pusieron de acuerdo y decidieron ir a almorzar a un lugar alejado de las miradas indiscretas, aprovechando el momento para planificar parte del futuro de ambos.
Tras un paseo por la playa, volvieron a la casa.
Roberto: bien Maylén, siéntate aquí vamos a charlar algunos temas para mañana salir de compras.
Se sentaron ambos a la mesa, enfrentados. Él le explicó que pretendía darle más comodidades y montar dos habitaciones amplias que compartirían si así lo deseaban. La liberaba del uso de uniformes y le permitiría utilizar la ropa que quisiese, se comprometía a respetar los tiempos de ella, y pretendía montar un estudio para su teletrabajo.
Ella escuchaba atentamente las explicaciones de Beto, sin emitir palabra alguna. Por momentos asentía con una sonrisa y en otros casos, se mostraba asombrada, finalmente él incluyó en la charla un tema picante.
Roberto: voy a serte demasiado honesto y voy a necesitar que también lo seas.
Maylén: no me asustes
Roberto: para nada. Allí va mi pregunta: ¿qué sientes por mí?
Maylén quedó con la mente en blanco, la pregunta era directa y su respuesta podría llegar a cambiar el tenor de la charla, se tomó unos minutos para responder. Por fin, se decidió y contestó.
Maylén: siento un afecto muy especial, mucho cariño además de atracción física. Eres un joven respetuoso y no has abusado de tu posición para beneficiarte.
Roberto: vaya, esperaba una respuesta algo más concreta. Por eso voy a hacerte una nueva pregunta: ¿Maylén, quieres ser mi pareja?
Ella quedó en shock, era la primera vez que alguien le proponía algo de esa manera y más le sorprendía que un joven al que casi doblaba en edad se mostrara tan interesado en ella. Si la primera pregunta la hizo reflexionar, esta segunda no la esperaba en absoluto.
Maylén: ¿estás seguro de lo que dices? ¿Te has fijado en mi edad, mi cuerpo? Es descabellado lo que dices
Roberto no dejaba de mirarla fijamente a los ojos, mientras ella enarbolaba un cuestionamiento tras otro, para no dar una respuesta concreta. Así estuvieron varios minutos, hasta que él se puso de pie y se acercó a ella e inclinándose levemente tomó su rostro entre sus manos la hizo callarse depositando sus labios sobre los de ella. El beso fue dulce y delicado, tanto que logró el cometido, ella abrió sus labios y lo recibió en su boca, de manera apasionada. Los besos y caricias se hicieron cada vez más intensos, la ayudo a ponerse de pie, la abrazó fuertemente impidiéndole despegarse.
Cuando por fin se separaron unos segundos, ella tomó la voz cantante: le pidió ser medido y discreto, guardar compostura fuera de la casa y tomarse un tiempo de prueba, ya que la diferencia de edad de ambos y la posibilidad de que él conociera a una joven era absolutamente posible. No quería sufrir un desencanto ni resultar herida, además asumía que él estaba deslumbrado y confundía la comprensión y contención con algo más. Lo que si le dejó en claro que la excitaba, le resultaba atractivo y en más de una oportunidad había deseado meterse en su cama y disfrutar de encuentros sexuales.
Roberto la escuchó atentamente, respondió con monosílabos y se sonrió ante la confesión de su interés por tener relaciones sexuales: “¿Y qué esperamos? Vamos a mi cama, quise hacerlo desde que nos besamos hoy en la mañana”.
La tomó de la mano y la llevó a su habitación, dejó las luces apagadas pero entreabrió las persianas para que la luz del sol se filtrara tenuemente. Se detuvo frente a ella y le fue quitando la ropa hasta dejarla solo con un tanga colocado, la fue besando y recorriendo mientras ella luchaba por desvestirlo, cuando atrapó el primero de sus pechos y succionó fuertemente el pezón erecto, Maylén abandonó la lucha con lo que quedaba de ropa y lo atrajo fuertemente a su pecho, como si quisiera que lo tragase por completo.
El momento era ideal, ella entregada y él desesperado por tenerla pronto en su cama. Acarició la entrepierna de Maylén, mientras ella le dejaba el espacio suficiente para que invadiera ese espacio, su tanga se fue convirtiendo en un lago de flujos incontenible.
La depositó en la cama, con las piernas colgando del borde, abiertas, llenas de aroma de mujer en celo. Se arrodilló en la alfombra y se perdió entre ellas, pasando su lengua sobre la tela empapada, el perfume que brotaba de su sexo era fuerte, lo embriagaba y le provocaba cada vez más deseos de comerla. Apartó levemente la tela y pasó por primera vez su lengua a lo largo de esa raja, los labios que ya había visto al despertar en la mañana brillaban perlados por el abundante torrente de jugos vaginales. Los apartó lentamente y procedió a morderlos con ternura. Un primer gemido brotó de la boca de Maylén, situación que se fue repitiendo mientras él la recorría en busca del clítoris. Ella se aferró a la cabellera de Beto, llevándolo tan profundo como podía, sujetándolo cuando mordisqueaba el botón del placer que se hacía cada vez más notorio.
Se retorcía de placer, necesitaba que él entrara en ella y la llenara, ya casi no podía soportar más cuando entre gemidos le pidió ser penetrada.
Maylén: ¡¡cógeme, fóllame, pero ya me hagas sufrir más!!
Tito: no voy a cogerte, voy a hacerte el amor.
Subió lentamente por el cuerpo de ella, llenándola de besos en su recorrido, mientras apuntaba la verga a la concha hirviendo. Le costó nada entrar en su cuerpo y mientras saboreaban juntos sus jugos la clavó hasta hacer tope de sus cuerpos. Él comenzó a moverse, entrando y saliendo de su cueva, ella le impedía salir por completo y tomándolo de sus nalgas lo llevaba hasta lo más profundo de su ser.
Maylén: seré tu hembra, cada vez que me necesites, jamás me niegues esta hermosa sensación, me vuelves loca
Se movieron acompasadamente por casi 10 minutos hasta que ella clavó sus uñas en la espalda y con una sacudida feroz llegó a su orgasmo. Beto duró algo más, mientras sentía latir los músculos de la vagina de ella aceleró para regarla de leche, inundando cada centímetro de su cuerpo.
Quedaron rendidos, uno sobre el otro, ella satisfecha y él agotado. El peso del cuerpo de Beto la incomodaba un poco, por lo que lo hizo girar, aunque sin que saliese de su interior.
Volvieron a dormirse abrazados, mientras él perdía rigidez y ella no se despegaba de su amante. Maylén al despertar, lo observó y vió una sonrisa de placer, que aún dormido no se borraba de sus labios. Eso la impulsó a separarse un poco y bajar en busca de la verga de su amante, la miró detenidamente y no dudó ni un instante, comenzó a besarla, para luego chuparla en busca de volver a levantarla. Él despertó ante la caricia de los labios de su amante rodeando el tronco y la cabeza de la verga, la dejó hacer, se sentía en las nubes.
Cuando Maylén se dio cuenta que él ya había despertado, aceleró su trabajo y puso todo el empeño para que aquella herramienta tuviese su máximo tamaño. Con gran habilidad, lo volvió una estaca que se clavaba desde sus labios hasta su garganta, sintió los primeros espasmos y se preparó para recibir el premio: abrió su boca al máximo y se llenó de leche con cada disparo, se aferró a la base de la verga y pajeándolo extrajo hasta la última gota.
Cuando hubo logrado su cometido, se levantó de la cama, le mostró algunas gotas que aún descansaban en la lengua, las tragó y se fue al baño, dejándolo tendido en la cama.
Cuando ella salió del servicio, se asomó a la habitación y lo invitó a ducharse. “Te espero en la cocina, le preparo algo rápido para reponer energías” dijo mientras abandonaba la habitación desnuda.
Él se levantó y tras pasar por una ducha reparadora, se fue tal como estaba rumbo a la cocina. Ella llevaba un delantal sobre su desnudez, por lo que poco le costó ubicarse tras ella y hacerle notar su verga entre las nalgas.
Maylén: no sea malito, o no saldremos de aquí en todo el día.
Tito: ¿te gustaría quedarte en casa toda la tarde?
Maylén: no tengo tu vitalidad, pero bien que me gustaría. Guarda algo para la noche, hay cosas que aún no hemos explorado.
Le dio un beso en el cuello, le acarició la entrepierna de manera profunda y se ubicó en una de las sillas. Ella le sirvió el almuerzo y se fue a acomodar la habitación. La sentía cantar alegremente mientras hacía sus labores, luego la vio pasar rumbo a su habitación meneando el culo y eso le provocó las ganas de volver a encamarse con su hembra. Lo pensó, pero cuando tomó la decisión de hacerlo, la vio entrar en la cocina ya vestida con unos leggins apretados de colores vivos, una blusa algo ajustada, aún descalza pero pronta a salir.
Maylén: vamos hombre, que los negocios han de cerrar y hay cosas por hacer.
Tito: tienes razón, ya me visto y nos vamos.
El resto de la tarde transcurrió entre compras y visitas a varios locales. Antes de volver a la casa ella pidió ir sola a un comercio de fragancias y él aprovechó a ingresar a una tienda de ropa interior femenina. Eligió algunos modelos atrevidos, tratando de acertar la talla de su amante. La dependiente se sonrió cuando vio el último que seleccionó: era evidente que poco le duraría puesto a la pareja. Un conjunto de color morado, que tenía buen formato en el brassier pero lo acompañaba un hilo dental muy diminuto, un conjunto de color rojo intenso. Pagó y los guardó dentro de otro empaque para disimular el contenido. Bajó hacia el bar donde habían quedado en encontrarse, pero no la halló. Se sentó en una mesa y pidió un café para matizar la espera, si bien ella demoró un buen rato, llegó con dos bolsas que contenían perfumes y aromas para la casa. Se pidió un café, le mostró las compras realizadas.
Maylén: sólo falta algo más, necesito pasar por una farmacia para compras personales, ¿me lo permites?
Roberto: siempre que no demores demasiado, tenemos trabajos por hacer en la casa, hay una mudanza que nos espera.
Apuraron el café y partieron rumbo a la última parada, con la camioneta ocupada con bolsas. Una vez en la casa, guardaron cada cosa en su lugar y pidieron comida a domicilio. Tras la cena, ella notó que su habitación no estaba preparada para pasar la noche, estaba desordenada y llena de bolsas y cajas.
Maylén: mi niño, ¿dónde voy a dormir esta noche? Mi habitación no está lista
Roberto: está más que claro, dormiremos juntos
Maylén: eres un pillo, lo tenías preparado ¿no es cierto?
Tito: si lo deseas, puedes dormir en el sillón del living
Maylén: ¿lo permitirías?
Roberto: ni lo sueñes, mi cama te espera.
Ambos rieron, juntos levantaron los restos de la cena, limpiaron los trastos y se prepararon para descansar, primero ella se dio una ducha y al verse con muy poca ropa disponible, se colocó una tanga y un camisón liviano. Él preparó dos tragos y los llevó a la habitación, la encontró ya acostada, tendida en la cama porque el calor era agobiante. Le alcanzó la bebida refrescante y se desvistió, hasta quedarse en bóxer.
Maylén: vaya con el señorito, ¿no piensa ponerse más ropa que esa?
Roberto: para nada, es más creo que ambos terminaremos con menos ropa.
Ella rió, le hizo un espacio a su lado y golpeando con su mano el colchón, lo invitó a acompañarla. “sé juicioso, mañana nos espera un día largo y de mucha actividad” le dijo mientras dejaba el vaso casi vacío en la mesa de noche. “Vamos a descansar un poco que ya hemos tenido bastante actividad hoy” le comentó mientras le daba un beso corto a modo de despedida. Se acomodó de lado, dándole la espalda, el apuró el final del trago y se acomodó tras ella rodeándola con sus brazos y pegándose a su cuerpo. Ella acomodó su cuerpo amoldándose a su figura y no tardó nada en notar como la erección del muchacho intentaba acomodarse entre sus nalgas. “Estate quieto o me voy al sillón” murmuró pero para nada se separó de su cuerpo. “Amor, quiero dormirme pegado a vos” le dijo Roberto al oído, “eres incansable y caprichoso, venga, pero la dejas quietecita ahí”. Ella estaba rendida y el sueño ya se apoderaba de su ser, cuando sintió que él se movía quitándose los bóxer. “Que te quedes quieto” dijo ya casi dormida, la somnolencia le ganaba y sus parpados se cerraban en el momento en que sintió como le levantaba el camisón y decididamente le colaba la verga tiesa entre los cachetes del culo. Bastaron pocos roces para que su concha se mojara y abriera las piernas para dejar que el intruso buscara meterse entre sus labios, quiso disimular su excitación pero no lo logró, una mano hábil desplazó su tanga hacia el costado y con un suave empujón se coló dentro de su ser.
Maylén: oye si quieres hacerlo, hagámoslo bien. Déjame acomodarme.
Roberto: amor, quiero montarte en cuatro patitas.
Maylén: vale, pero rápido que estoy cansada.
Le dio el espacio suficiente para que ella se preparase en la posición, subió su camisón hasta el cuello, corrió la tanga a un lado y abriendo las piernas un poco, le dejó la ubicación justa. Él se ubicó detrás, y tomándola de las caderas fue aproximando la verga a la conchita empinada, la puso en la entrada y ella hizo el movimiento para llevarla a su interior. Al sentirla adentro, hundió la cara en la almohada para ahogar un gemido y se empezó a mover adelante y atrás, él estaba quieto dejándola hacer el trabajo. Cuando ella giró la cara y sus gemidos ya empezaban a llenar la habitación él aceleró los movimientos con entradas y salidas profundas, dejo caer algo de saliva en el agujero de su culo y sin aviso, metió un dedo acompasando las penetraciones de su verga con el mete-saca de su nuevo trofeo.
Maylén: ¡¡¡qué placer!!! Sigue así que me vengo, no saques nada de su lugar
Bufidos, bramidos, gemidos y el clásico sonido de las penetraciones llenaban la habitación. Duraron apenas unos minutos, ella acabó regando la cama de flujos y él derramando la poca leche que quedaba en sus huevos. Sus cuerpos agotados no resistieron el ejercicio y ambos cayeron de bruces en la cama: ella a piernas abiertas y el metido en el cuerpo de ella.
“Mi niño, ya basta por hoy, ya no resisto más. Cómo me has hecho gozar” dijo antes de pedirle que saliera de encima de ella. “Ya duérmete”.
Así lo hicieron, hasta que el sol llenó la habitación. Se habían quedado dormidos con las ventanas y persianas abiertas, la claridad los despertó, el olor a sexo era muy intenso y los restos de jugos secos y pegados en las sábanas y sus cuerpos era testigo del último encuentro entre ambos.
Beto corrió las sábanas y la observó con su tanga corrida, dejando a la vista los labios vaginales y el oscuro anillo de su culo. Era una tentación irresistible, pero había quedado seco de tanto cogerla, la verga le dolía un poco y no daba muestras de querer erguirse.
Fue a su habitación, buscó ropa informal, se dio una ducha y se puso a preparar el desayuno. El lunes se iniciaba y prometía ser ajetreado.
Maylén despertó y su cuerpo le demostraba que esos tres días pasados habían sido muy intensos. Estaba algo dolorida, su vagina irritada de tanta acción y el culo sensible después de recibir la visita de los dedos de Beto. Pero se sentía feliz, no sólo por saber que mantendría su trabajo sino porque había sacado a Beto de su depresión y la había dejado súper satisfecha sexualmente. Había pasado meses de abstinencia y ahora tenía toda la atención que deseaba.
Se levantó de la cama, recogió ropas desparramadas, quitó las sábanas y llevó todo al cesto de la ropa sucia que había en el baño. Abrió el grifo de la ducha, se puso debajo del chorro y con lentitud se fue quitando los restos de semen y flujos del cuerpo. Tras secarse, se puso algo de crema para suavizar las irritaciones, se perfumó, estrenó ropa interior diminuta de color piel, se calzó un par de leggins negras, una remera holgada y descalza fue hacia la cocina.
Al llegar ahí, encontró a su amante que mate en mano, la esperaba con el desayuno servido en la mesa, acompañado por una rosa junto a su taza.
El detalle la emocionó, se acercó a él y lo besó en los labios.
Maylén: gracias mi rey, eres un sol.
El día transcurrió entre visitas a futuras casas, locales de mobiliario, para concluir en el estudio jurídico que llevaba la documentación de la herencia de María, donde él firmó papelería variada. Ya de vuelta en la casa, se dedicaron a embalar pertenencias de ambos, preparar todo para una nueva mudanza, dejando sólo una habitación para pasar los últimos días en el lugar.
Al atardecer, se fueron a caminar por la rambla y se ubicaron en un bar (en un espacio reservado) donde intercambiaron ideas respecto de lo que habían observado en la recorrida. Seleccionaron una casa algo alejada del ruido céntrico, que les brindaba espacios necesarios e intimidad. Festejaron la elección con un brindis, tras abonar la cuenta se fueron nuevamente a la casa. Al cruzar la puerta, dejaron la formalidad para volver a besarse y mimarse como adolescentes, se ubicaron en el sillón del living, se quitaron calzados, se despojaron de las remeras algo transpiradas y con la complicidad de la penumbra, se dedicaron a colmarse de besos.
Maylén: mi rey, he estado pensando en tu propuesta.
Roberto: ¿y cuál es tu idea?
Maylén: pese a la diferencia de edad, me haría muy feliz ser tu pareja. Pero con algunas condiciones: lo seré puertas adentro de la casa, hasta que me adapte a la situación.
Roberto: ¿Sientes temor?
Maylén: no es eso, podría parecer que soy una oportunista
Roberto: ¿qué podría ayudar para que te sientas más segura?
Maylén: por el momento, no lo sé. Dame un tiempo para adaptarme.
Roberto: de acuerdo
Sellaron el momento y la emoción de ambos con un beso, largo, profundo y acompañado de cientos de caricias.
Maylén: hay algo más
Roberto: dime
Maylén se puso de pie, le extendió la mano y lo invitó a seguirla. Lo llevó a la habitación, lo dejó sentado en la cama mientras iba en busca de algunas cosas al baño. Volvió minutos después, absolutamente desnuda, encendió la luz principal y le extendió una pequeña bolsa plástica. Él la abrió y miró el contenido, levantó la vista hacia ella y sonrió.
Roberto: ¿estás segura de esto?
Maylén: absolutamente, será mi regalo especial para ti.
Él sacó un envase de lubricante íntimo y una caja de preservativos retardantes.
Maylén: voy a entregarte mi último espacio virgen esta noche. Quiero que me hagas el honor de desvirgar mi culito, jamás una verga entró allí.
Diciendo esto, se ubicó en la cama, buscó un par de almohadas para colocarlas en su vientre y una tercera para ahogar los gemidos cuando su ano fuera forzado. “Solo te pido que seas delicado y que lo hagas lentamente, para evitar lastimarme” le dijo mientras se arrodillaba en la cama, dejando el culo en pompa y abría las nalgas con sus manos.
Roberto se sorprendió del pedido y entendió que debería esmerarse en su accionar para cumplir el deseo de su amante.
Para ello, primero se desnudó, luego se situó tras ella y comenzó a acariciarla, para después iniciar el proceso de comerse la concha de su amante. Lentamente ella se fue humedeciendo y los primeros gemidos comenzaron a brotar de la boca de la venezolana, el recorrido de la lengua de Beto iba desde la raja de la concha hasta el anillo del ano, deteniéndose en este último para llenarlo de saliva, que le permitiera instalar un dedo en su interior. Lo hizo reiteradamente, buscando que la humedad ayudara con la dilatación: fue primero un dedo, luego dos los que entraban y salían de aquel hoyito que se abría lentamente.
Puso la punta de la verga entre los labios de la concha y repitió el recorrido que previamente había hecho su lengua, deteniéndose por momentos y tratando de penetrarla analmente. Los gemidos de Maylén se hacían más profundos cuando la verga trataba de invadirle el culo, sentía como latía y se esforzaba por resistir la penetración: era claro que la virginidad de aquel orificio era cierta.
Comprendió la razón de los preservativos retardantes, ya que aquel trabajo llevaría un buen tiempo y el lubricante que evitara que hubiese algún desgarro en la mujer. Volcó una pequeña cantidad sobre el agujero y volvió intentar el ingreso: el líquido favorecía su trabajo, la cabeza ya entraba y salía casi sin dificultad.
Retiró la verga, calzó un preservativo, lo bañó de lubricante y retomó la tarea. Maylén había cambiado el dolor por placer, sus gemidos eran muy distintos; dejó de abrir sus nalgas para acariciar los labios vaginales, estimulándose mientras Beto iba ingresando de a poco en su cuerpo.
Ella aceleró el ritmo de sus manos, cosa que Beto aprovechó para ingresar los últimos centímetros, la penetración era total: ella sintió como chocaban sus nalgas contra los huevos de él y no dudó un instante.
Los movimientos fueron más y más veloces, el ruido clásico del sexo invadió la habitación y los gritos de ambos retumbaban en la habitación.
Maylén: ¡¡no lo saques, sigue, sigue!!
Beto: ¡¡voy a llenar el forro de leche!!
Maylén: ¡¡correte que ya no resisto!!
En un movimiento rápido, él la sacó del culo, tiro de la punta del forro para quitarlo y una vez libre, volvió a meterlo en el culo.
Beto: ¡¡ ahora sí, te lleno de lechita amor!!
Maylén: ¡¡ya ya ya ya!!
Beto explotó volcando en los intestinos varias descargas de leche, el ano de Maylén se cerró y lo apretó en su interior, mientras hundió tres dedos en la concha para completar el orgasmo.
Él cayó sobre el cuerpo de ella, derrumbándola en la cama, sin salir de su culo palpitante. Se quedaron unos minutos así, reponiéndose hasta que ella en un movimiento involuntario lo despidió de su interior, como si liberara un gas. El sonido fue intenso, acompañado de un derramamiento de parte de la leche que él había dejado en su interior.
La situación les provocó risas, y abandonaron la posición para recostarse uno junto al otro. “Has sido gentil y me encantó, lo repetiremos. Gocé como nunca en mi vida mi rey.” Dijo Maylén mientras lo besaba tiernamente.
Beto: el mejor polvo de mi vida, un culito incomparable.
Maylén: ya descansemos, mi culito está dolorido pero feliz.
Apagaron la luz de la habitación, se abrazaron y durmieron ambos enredados.
El sonido del despertador, alarmó a Beto, quien se levantó de la cama y tras buscar ropas, se dio un baño y salió rumbo a la empresa familiar.
Maylén despertó mucho más tarde, el culo le ardía, le costaba acomodarse en la cama para evitar el dolor. Desnuda, fue al baño, abrió la ducha, tapó la bañera y se sumergió en ella para tratar de quitar la molestia. Permaneció allí cerca de 40 minutos, hasta que el agua se volvió apenas tibia, completó su baño, se secó suavemente y esparció crema hidratante en el orificio que recientemente había sido desvirgado. Se sintió tentada de meter un dedo en él, pero solo resistió el ingreso de unos centímetros.
Estaba feliz, se sentía mujer plena, deseada, admirada y querida. Sonrió y se vistió con ropas holgadas, sin bragas para evitar el roce y caminando muy despacio fue a la cocina para desayunar.
Hasta aquí, la tercera parte de esta historia. Se viene el capítulo final.
Espero sus comentarios, y más que nada su opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]
Continúa en
- Relato #241508— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
Relatos similares
- Hetero: General
Mi primera vez
Llevaban un año explorándose sin cruzar la línea final, pero esa noche la casa estaba vacía y el calor de la noche encendía las ganas.
Comparte:Primera vezHeterosexual generalRelacion profesor alumna
- Confesiones
Siendo bien hombre, igual tuve que hacer de mujer
Tenía que elegir entre perder la vida en los pabellones o perder su masculinidad en la intimidad.
Comparte:Primera vezRelacion profesor alumnaHeterosexual general
- Confesiones
Delicadeza
Fernando no quería ser el típico novio posesivo; él buscaba conectar, no solo penetrar. Ella, llena de nervios y expectativas, descubrió que la…
Comparte:Primera vezHeterosexual generalRelacion profesor alumna
- Parodias
Evangelion, Girlfriend of steel 4
La noche era joven y el hambre no era solo de comida. Entre besos y caricias, Shinji descubrió que la virginidad de Mana no era solo una barrera…
Comparte:Primera vezHeterosexual generalRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Un solo día para cambiar una vida
Tras sobrevivir a un atraco, Carmen siente que su vida está muerta. En la comisaría, una mirada y una mano en la oscuridad de una furgoneta encienden…
Comparte:Primera vezDespertar sexualConexion inesperada
- Sexo Anal
Cura de pueblo
Llegaste al pueblo para montar un show, pero el cura real se fue y te quedaste tú. Ahora, bajo el púlpito y el confesionario, descubres que la…
Comparte:Heterosexual generalPrimera vezRelacion profesor alumna