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Confesionesago 2023

Delicadeza

Fernando no quería ser el típico novio posesivo; él buscaba conectar, no solo penetrar. Ella, llena de nervios y expectativas, descubrió que la primera vez podía ser un acto de entrega total, no de conquista. ¿Qué sucede cuando el deseo se encuentra con la delicadeza absoluta?

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DELICADEZA

La verdad es que creo que soy una chica afortunada, muy afortunada. A diferencia de casi todas mis amigas, mi primera vez fue dulce, llena de sentimientos por parte de los dos y sin que Fernando diera rienda suelta como macho a sus instintos de penetrar a la chica y correrse dentro de ella como acto de posesión, como suele ocurrir. Fue un acto de confianza, ternura e intimidad entre ambos.

Antes de que Fernando me penetrara ya habíamos tenido juntos varios toqueteos sexuales e inocentes en el parque al anochecer. Él me había masturbado con el dedo sobre el clítoris y lo había introducido entero, pero nunca llegué a sangrar ni él encontró obstáculo en el recorrido. Por mi parte, había deslizado la piel de su pene hacia arriba y hacia abajo hasta conseguir que el líquido blanco lechoso aflorara a chorros. En una ocasión, había llegado a chuparle la punta, lo que llaman el capullo, porque mis amigas me contaban que lo hacían con sus chicos de turno. La verdad es que cualquier cosa que hiciera con él me gustaba y me excitaba.

Un día me dijo que el fin de semana se quedaba solo en casa. Sus padres tenían previsto visitar a los abuelos y lo pasarían fuera. Como no podía ser de otra manera, quedamos en pasar el sábado los dos solos en su casa. Sería la primera vez que estuviéramos juntos sin estar pendientes de posibles miradas indiscretas.

Pasé el resto de la semana nerviosa. Sabía que iba hacer el amor con mayúsculas el sábado, tal y como lo habíamos hablado muchas veces. En cuanto pudiéramos hacerlo en un sitio tranquilo me penetraría para disfrute de los dos. Para mí era una prueba de amor hacía Fernando pidiéndole que fuera el primero en penetrarme y que me desflorara.

Me depilé las ingles como cuando lo hacía en verano para ponerme el biquini sin que se me saliera el vello púbico por los lados. Me recorté el resto para que estuviera igualado a no más de un centímetro. Me hubiera gustado afeitármelo entero, pero mi madre se habría alarmado al intuir que estaba teniendo relaciones sexuales a los dieciséis años y me habría hecho demasiadas preguntas que no tenía ganas de contestarle.

El sábado por la mañana me llamó Fernando y entre otras cosas me preguntó si seguía dispuesta y convencida de que quería que lo hiciéramos. Mi respuesta fue que no veía la hora de que dieran la cuatro de la tarde para ir a su casa y entregarme a él. Nos despedimos hasta la tarde diciéndonos una sarta de ridículas tonterías, pero el amor es así.

A las tres, nada más acabar de comer, me duché y me puse la colonia que más le gusta a él. Incluso me puse un par de gotas en las ingles, como había leído que hacía la Monroe al acostarse. Me revise el pubis por si había algo de vello que retocar, era al menos la quinta vez que lo hacía desde que me había levantado esa mañana. Una vez comprobado que todo estaba perfecto me vestí con la ropa que él había manifestado en algún momento que le gustaba o que me quedaba bien. Por supuesto una tanguita minúscula y sin sujetador, al fin y al cabo por entonces, el tamaño de mis pechos me lo permitía.

Estaba tan nerviosa y sentía tal ansiedad, que cuando toqué el timbre de su casa ya tenía mojado el pubis. Cuando abrió la puerta y me cogió en brazos aplastándome contra su pecho para besarme metiéndome la lengua hasta la garganta al tiempo que me pasaba la mano por el culo, cualquier atisbo de duda desapareció. Estaba deseando que me penetrase y quería que lo hiciera cuanto antes.

Me desnudó besando cada centímetro de piel que descubría, lo que hizo aumentar mi ansiedad. Se detuvo en los pechos chupando y mordiendo suavemente los pezones para descender por el estómago hasta llegar a mis shorts. Me desabrochó la cremallera y me los deslizó hasta las rodillas. Una sonrisa pícara apareció en su cara al ver que llevaba un tanga blanco minúsculo.

Colocó la cara delante de mi pubis y lo besó. Sacó la lengua y me mojó con saliva la parte delantera del tanga. Yo estaba ya a punto de caramelo para correrme, pero no me lo permitió. Su intención era que deseara tanto ser penetrada que me olvidara del dolor al metérmela. Al menos tres veces me llevó casi al punto de no retorno sin permitirme alcanzar el orgasmo.

Mi respiración estaba super agitada lo que hacía que mis pequeños pechos subieran y bajaran aceleradamente. Me tumbó en la cama de sus padres, se desnudó y me puso la polla delante de la cara diciéndome que se la pusiera bien dura. Con mis ansias no dude en chuparle la punta para acelerar todo lo posible el proceso de empalmarle todo lo posible.

Se tumbó encima de mí con cuidado de no aplastarme. Puso el pene pegado a mi pubis y empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo sin prácticamente penetrarme. Solo el capullo entraba y salía de mi vulva. Estaba esperando a que me acostumbrase a su intrusión en mi interior.

Al no encontrar resistencia, entró un poco más buscándola hasta toparse con el himen. No tuvo que presionar demasiado para su sorpresa. Tan solo un poco de presión, que yo no noté por lo excitada que estaba, y pudo seguir avanzando hasta tener media polla dentro de mí.

Me preguntó si estaba cómoda y me encontraba bien y le dije que un poco sorprendida por la sensación de sentir como me iba abriendo. Era como cuando metes la mano en un guante de látex y notas como se desliza dentro. Por lo demás me encontraba en la gloria y deseando tenerle totalmente dentro para que empezara a follarme de verdad.

Fue oírme y ya convencido de que no me haría daño, se introdujo dentro hasta hacer tope. Gemí por la sorpresa. Nunca esperé que me pudiera golpear tan dentro y la verdad es que me encantó. Fue como una mezcla de dolor y placer que me hizo pedirle que siguiera golpeándome tan dentro.

Fue casi sin darme cuenta. De repente me tensé de forma involuntaria y una oleada de placer empezó a subirme por el cuerpo hasta alcanzar el orgasmo. La sensación duró mucho y le pedí que no se saliera de allí. No quería experimentar sentirme vacía cuando me la sacara. Me dijo que si seguía dentro iba a acabar corriéndose y le dije que me daba lo mismo. Siempre podíamos comprar después la píldora del día después que comentaban mis amigas.

En esas estábamos cuando sentí muy dentro de mí los chorros de semen que me lanzó y que volvieron a excitarme hasta el punto de desear correrme de nuevo. Se lo dije a Fernando y metió una mano entre nuestros pubis. Me buscó el clítoris y me lo acarició muy despacito. La tensión dentro de mí aumentó hasta conseguir correrme de nuevo.

Pasamos la tarde desnudos en la cama y lamentamos el momento de tener que irme a casa antes de las doce de la noche. Me acompañó y recorrimos la distancia de una casa a otra cogidos de la mano. No hacía más que preguntarme si de verdad me encontraba bien y yo le respondía lo mismo siempre. Que estaba deseando levantarme por la mañana para ir a su casa y meterme de nuevo en la cama con él, para que me follase hasta que la saciedad.

Aquella noche no pegué ojo y estuve tentada más de masturbarme en más de una ocasión recordando como me había sentido con la polla de Fernando dentro de mí, pero evité hacerlo. Quería estar lo más dispuesta posible para él al día siguiente. Fue un fin de semana muy especial. Me desvirgó y follamos tantas veces como fuimos capaces de aguantar. Aprendí a chupársela hasta hacerle que se corriera en mi boca, lo que me encantó. Sobre todo cuando nos comíamos los dos al mismo tiempo y acabábamos juntos.