La familia Pérez Pardo, memorias de una mucama (2)
María no solo quiere a su hijo, quiere su vida entera. Con la casa vacía y los traidores expulsados, la pasión se desata, pero el cáncer llega para probar si su amor es más fuerte que la muerte. Y cuando Roberto cae en la desesperación, una nueva mujer entra en escena con la intención de llenar el vacío que deja la enfermedad.
Después de una noche extraña, Roberto se despertó y tras vestirse, se dirigió a la cocina donde los esperaba María ubicada en la punta de la mesa, de piernas cruzadas, con una bata liviana.
Él entró desafiante, la miró con una mezcla de odio e ira.
Roberto: ¿me pensas arreglar con un café?
María: para nada Roberto. Era necesario que supieras esto de mi boca para que como mi nueva pareja entiendas algunas cosas
Roberto: te escucho
María: hace tiempo que me atraés y creo que siento algo más que afecto de madre por vos pero no me animaba a decirlo.
Se tomó casi 2 horas en explicarle todo lo que había sucedido desde que conocieron a su madre biológica y como fueron cambiando sus sentimientos hacia él, le ofreció contactarla (Roberto se negó), cómo espiaba las relaciones que él tenía con el personal doméstico, por qué lo aceptaba y su necesidad de aclarar lo que sentía por él.
María: si querés llámalo venganza, pero es una dulce venganza y sé que no te soy indiferente.
Roberto: pero me estás usando
María: para nada, quiero que seas mi hombre de aquí en más y lo pongamos en la calle a Alberto y su zorra, pero que él no sepa que ya conoces tu historia por completo. Ambos seremos beneficiados, como pareja y económicamente.
Roberto: ¿seré empleado de Alberto?
María: para nada, serás mi representante y cuidarás nuestro dinero.
Le explicó cada detalle hablado con el contador y el abogado, completamente y absolutamente claro. Tendría su oficina y pasarían por sus manos mucha documentación que debía supervisar y ante la menor duda llamar a los profesionales. Una vez entendida su función, lo tomó de la mano y lo llevó a su habitación.
Buscó en la baulera dos valijas y procedió a retirar las pertenencias de Alberto, las acomodaron en las valijas y las llevaron a la estancia siguiente a la puerta de ingreso a la casona. No mudaron la ropa de Roberto a la habitación principal pues sabían que Alberto buscaría algo más y no querían despertar sospechas.
Luego de acomodar todo, volvieron a la cocina y se sentaron a almorzar, charlaron de proyectos a futuro y si pensaban o no quedarse en la casona, cosa que ambos coincidieron en que no sería lo mejor: buscarían un nuevo hogar, algo más pequeño, más íntimo, alejado del ruido céntrico y las miradas indiscretas. Se sentían felices y decididos a avanzar en sus ideas, se dieron varios pequeños besos y se acariciaban ante cada posibilidad.
María: vayamos a disfrutar de los últimos momentos en la habitación. Sólo nos queda la tarde para estar solos.
Tomados de la mano se fueron a la habitación, se despojaron de sus ropas, se acostaron, mimándose, llenando el cuerpo del otro de caricias y abrazados durmieron hasta avanzada la tarde.
El atardecer del domingo puso a los cuatro integrantes de la historia ante un momento que sería trascendente, los viajeros llegaron a la ciudad y tras no observar a nadie que los viniese a recibir tomaron un taxi rumbo a la casona Pérez Pardo. María y Roberto, estaban esperándolo a Alberto, sentados en el living. Grande fue la sorpresa cuando sintieron las llaves en la puerta y vieron ingresar a la pareja.
María con toda su compostura y ajustándose a lo que indicó el abogado, mantuvo la calma y serenó a Roberto que estaba ansioso por avanzar sobre quien creía era su padre.
María: Alberto, quiero que sepas que ya no hay lugar para vos en la casa, allí están tus valijas para que te vayas a casa de tu amante.
Alberto: esta es mi casa también, no podes echarme
María: sí que puedo, mi abogado estuvo ayer y me informó los pasos a seguir.
Angie: creo que te estás extralimitando María.
Al borde de la explosión, María le dirigió una furibunda mirada a la traidora que le robó a su esposo.
María: Zorra, cerrá la boca. Jamás vas a ser dueña de ésta casa. Se venderá en los próximos días.
Alberto: no estoy de acuerdo
María: no es necesario, soy dueña de la mitad de los bienes y empresas. Permaneceré en la casa hasta conseguir nueva vivienda y luego se venderá
Alberto quedó mudo ante esa expresión, todos sus planes se esfumaron en segundos, Angie quedó boquiabierta con la mirada perdida.
María: es más, Roberto será mi representante en la firma y le habilitarás para que libre y controle pagos realizados y supervise todos los movimientos.
Alberto: no sabe nada de mi trabajo y menos de lo que sucede allí.
María: tendrá tiempo para aprender y cuidar mis intereses de esa zorra.
Alberto no podía entender lo que estaba pasando y menos aun cuando ella le presentó las valijas con sus pertenencias y le marcó la salida.
María: tenés donde pasar la noche, en el tugurio de la zorra, ándate ya.
Roberto cerró el paso hacia las habitaciones y los fue empujando hacia la puerta de salida.
Alberto y Angie se encontraron puertas afuera de la casa, sorprendidos por la firmeza de ambos y casi sin reacción. Optaron por llamar un transporte e irse al departamento de Angie.
Cuando la puerta se cerró, María volvió a desplomarse sobre el sillón y Roberto se volvió hacia ella con una sonrisa.
Roberto: primer paso dado, vamos por más.
María: que ganas tuve de plantarle una cachetada a cada uno
Se abrazaron y con lágrimas en los ojos, se besaron profundamente, festejando la nueva situación.
Roberto: yo tengo ganas de plantarte mil besos, comerte de pies a cabeza y dejarte regada de leche, mi hembra…
María: ¿y qué esperamos? Vamos a la cama mi machote.
María intentó una corrida rumbo a la habitación de él, que estaba en la planta baja, Roberto la perseguía y le iba manoteando la ropa que fue arrancando de su cuerpo, hasta dejarla solo en bragas y brassier. La derribó sobre el colchón y comenzaron una lucha cuerpo a cuerpo, beso a beso y lengua a lengua.
Ella también tironeo de su ropa hasta dejarlo en bóxer, estaban desbocados, necesitados de sexo.
María: No quiero que me garches todavía, llevaba meses sin coger, pero llevo años sin una buena comida de concha, prometo mamártela a pelo hasta que acabes si me provocas un orgasmo con la lengua.
La tendió en la cama, le puso un par de almohadas bajo la cadera para levantarla y sin quitarle las bragas, comenzó a comerse los laterales de la ingle, jugueteaba con su lengua en el interior de sus muslos y mordisqueaba la finísima tela, arrastrando levemente hacia afuera los labios vaginales. Los primeros gemidos de María empezaron a rebotar en las paredes de la habitación, arqueó el cuerpo para facilitarle el trabajo y trataba de quitarse las bragas, pero él se lo impedía y jugaba con los labios y el jugo que brotaba de ella.
María: si mi macho, me gusta el sexo oral, chupamela.
El respondía a sus pedidos y avanzaba por los costados en busca de la raja de la hembra que abierta de piernas, se aferraba a su cabeza, hundiéndolo más y más.
La tela gastada no resistió tanta presión y se desgarró, dejándole a Roberto la entrada libre a una concha completamente depilada, sin un solo vello. La recorrió desde el nacimiento hasta hacer tope con el anillo del culito, cuando ella sintió el roce de la lengua con el culo emitió un gemido profundo y mucho más cuando en el regreso, abrió los labios y se topó con el clítoris inflamadísimo.
María: si, ahí, quiero más…. No pares, seguí!!!
Volvió a recorrer todo el camino y se detuvo en el botón del placer, aprovecho la humedad que le provocó con la lengua para instalar un dedo dentro del culo. El grito de placer de María debe haberse escuchado por toda la casa y los jugos que brotaron de la concha casi lo ahogaron a Roberto. Un orgasmo feroz, con todas las letras.
La concha le latía desenfrenada, el culo le palpitaba, los pezones estaban a punto de explotar y desde su boca surgían gritos desesperados de placer.
Disfrutaba de cada segundo con los ojos cerrados, apretados y lágrimas que bajaban por las mejillas.
Cuando las piernas se aflojaron, los ojos se abrieron y los labios articularon las primeras palabras.
María: ¡¡qué hermoso polvo!! Si así es la lengua, lo que me espera con la verga…
Era la primera vez que escuchaba a María con lenguaje tan vulgar, pero Roberto sabía que era fruto de su trabajo. Se sonrió y acomodándose un poco, se arrodilló y le frotó apenas la punta de la verga en los labios de la concha.
María: dame unos minutos, déjame reponerme y métemela, pero esperá un poco más.
El atardecer y la noche fueron en desenfreno de sexo, casi ni salieron de la habitación, se la pasaron en la cama experimentando lo que cada uno deseaba del otro, hasta quedar rendidos. El amanecer del lunes los encontró entrelazados, cuerpos agotados, pegajosos (propio de la actividad sexual y los fluidos de ambos); María fue la primera en despertar, envuelta en una sábana se fue al baño a darse una ducha, dejando a Roberto tendido en la cama, con la verga a media asta.
Cuando salía de la ducha, sintió las llaves en la puerta: Juana había vuelto en busca de sus pertenencias y la liquidación prometida. Se encontraron en el pasillo que unía la habitación de Roberto y la de María, se miraron y fue la ahora ex empleada la primera en hablar.
Juana: María, ya imaginaba esto. Disfrútelo mientras pueda.
María: sin resentimientos Juana, sabía lo de ustedes y lo acepté sin reparos.
Juana: esto es demasiado para mí, que una madrastra se encame con su hijo.
María: sólo te pido discreción.
Juana: la tendrá, pienso irme de la ciudad para no volver a verlos.
María: gracias Juana, te lo compensaré de manera importante.
Mientras Juana retiraba sus cosas, María se colocó algo de ropa y volvió a la cocina para firmar los papeles pertinentes y un cheque de cifras generosas. En eso estaba cuando apareció Roberto en el lugar.
Roberto: buenos días mi reina ¿cómo pasó la noche?
María: excelente, estoy liquidando los honorarios de Juana.
Roberto: Creo que no es momento.
María: lo es, nos encontramos hace minutos y estuvimos hablando.
Roberto quedó con la mente en blanco, no era necesario ser muy hábil para saber que las mujeres habían hablado de la relación de María y él.
Antes que él dijese nada, María le contó lo que hablaron, como cerraron trato por su silencio y algún detalle más.
Juana ingresó a la cocina con la maleta con sus ropas, se acercó a él y le depositó un beso profundo en los labios. Tras separarse de él, miró a María, se acercó a ella, repitió la acción (ahora con ella) y dejó una frase a ambos: “espero que le des lo que yo no pude: ama acabar en el culo de sus conquistas”, diciendo esto tomó el cheque, entregó las llaves de la casa, les arrojó un beso desde la puerta y se fue.
Ambos sabían que necesitaban una nueva integrante en la casa, alguien que cubriera el trabajo de Juana y decidieron publicar un aviso buscando personal.
Esa semana fue un descontrol: entre reuniones con los profesionales contratados por María para concretar el divorcio, la búsqueda de una nueva morada y cualquier momento libre que encontraban para revolcarse en la cama, sillones o mesa de la cocina. No paraban de tener sexo donde fuera, cuando fuera, sin importar horario ni lugar.
Llegó la fecha en que María debía realizarse los estudios médicos complementarios. Roberto la acompañó, pues la notaba muy inquieta.
Doctor: María, después de analizar los estudios, no tengo las mejores noticias
María: no me asustes ¿qué pasa?
Doctor: hay señales de cáncer de mamas. Procederemos en consecuencia.
Fue como recibir un mazazo para ambos, María escondió su cara entre sus manos para ocultar las lágrimas que brotaban de sus ojos. Roberto no podía asumir lo que acababa de escuchar.
Doctor: primero sesiones de radiación y ver si eso detiene el progreso. Lo siento.
Salieron como zombis del consultorio, se fueron directo a la casa y sin mediar palabras ambos se acostaron abrazados, Roberto tratando de contener a María y ella dando rienda suelta a su llanto, hasta dormirse rendida de tanto llorar. Apenas lo notó, Roberto se levantó de la cama, fue a la cocina en busca de una bebida fuerte, bebió hasta dormirse en un estado de ebriedad importante.
Él despertó con un dolor de cabeza notorio, fruto de la ingesta de alcohol. Encendió el ordenador y se puso a buscar centros especializados en el tema: los mejores estaban en Buenos Aires y los turnos databan al menos para dentro de un mes.
María se despertó a mediodía, fue al estudio y lo encontró frente al ordenador, con la vista clavada en buscadores y resultados de los mismos, estaba buscando nuevas opiniones sobre el diagnóstico de ella.
María se ubicó a su lado y ambos miraron los resultados. Ingresaron en una web y concertaron una cita para dentro de un mes. El primer paso estaba dado.
Por la tarde, revisaron los currículos de las postulantes al puesto de Juana y seleccionaron a tres que no solo tenían buenas referencias, sino que además contaban con experiencia en acompañamiento terapéutico.
Cuando Alberto recibió la llamada del abogado de María solicitando una entrevista urgente, lo primero que pensó fue que ésta presentaría nuevas objeciones y peticiones al trámite de divorcio iniciado. Citó al abogado para el día siguiente, así tendría tiempo de armar un esquema defensivo y presentar alguna contrapropuesta, sumada a la que ya había elaborado: la compra del 50 % de la casona con el dinero proveniente de la venta del departamento de Angie.
Llegado el momento de la reunión, lo que Alberto no sabía es que recibiría la noticia sobre la salud de María, el grado de complicación de la misma y el requerimiento de un cambio en cuanto al personal de la casa que tuviese conocimientos de enfermería, lo que generaría un sueldo mayor.
Alberto quedó en shock, en poco tiempo, aquella que lo había expulsado de la casa, ahora era una mujer sumamente frágil y a merced de una cruel enfermedad.
Obviamente y sin dudarlo siquiera Alberto aceptó el pedido del abogado de María y le entregó la propuesta de compra de la casona, sabiendo que sin ser el momento adecuado, sin dudas ayudaría a su ex y su hijo a afrontar gastos que demandaba el tratamiento médico.
Habiendo recibido la aprobación de Alberto, María se puso rápidamente en la búsqueda de un reemplazo para Juana.
El proceso de selección del remplazo fue relativamente rápido: descartaron postulaciones que no se ajustaban a los requisitos de ambas, dejando solo 3 para entrevistas personalizadas.
Las mismas se llevaron a cabo en la casa familiar, para que las aspirantes conocieran el lugar, la primera postulante fue rápidamente descartada por dos razones: era recomendada de Angie (habría un informante dentro de la casa) y se interesaba más por los beneficios que por las obligaciones a cumplir. La segunda causó mejor impresión pero tenía como contra ser casada y con hijos, lo que dificultaba la permanencia continua en la casa. Finalmente la tercer aspirante fue quien cerró todas la expectativas: tenía conocimientos para ayudar a María con su enfermedad (era enfermera y acompañante terapéutico), soltera y sin hijos, de físico importante, necesitada de trabajo (y daba el target de las conquistas de Roberto).
Maylén, que de ella se trata, era una inmigrante venezolana, simpática, de buen trato, profesional en sus tareas, con muy buenas recomendaciones y un físico imponente: cabellos oscuros, piel cobriza, labios finos, excelente par de tetas y un culo que llamaba la atención a quien la viera.
Una vez aprobada la elección, María se lo comunicó a Maylén y ésta se presentó de inmediato. Ambas recorrieron la casona, a sabiendas que restaba poco tiempo para irse de allí.
Finalizada esta recorrida, María se fue a su habitación a descansar puesto que cada sesión de radiación la agotaba
Roberto quedó a solas con Maylén y la estudió de pies a cabeza, tuvieron una charla amena donde cada uno comentó las necesidades y requerimientos del otro. Consensuaron la inmediata incorporación de la empleada y fue él quien la acompañó a lo que sería su habitación hasta que se mudaran al nuevo domicilio.
Las miradas de Roberto a la figura de Maylén no pasaron desapercibidos y menos aun cuando le indicó la indumentaria a utilizar, ella tuvo algunos reparos pero accedió en tanto le permitirá ajustar la ropa a sus medidas.
Al día siguiente, Maylén iniciaría sus actividades.
Cuando llegó para establecerse en la casa, fue recibida por María, le indicó lo que quería de ella y pretendía que los acompañase en cada visita médica, para saber cuáles serían los pasos a seguir.
Pasadas las 13 horas a almorzaron todos juntos y programaron la primer visita al médico de cabecera de María.
María: Maylén, vas a ser importante en nuestras vidas, espero cumplas eficientemente tu labor.
Maylén: estoy a sus órdenes María.
La tarde transcurrió entre instrucciones y descripción de tareas, mientras Roberto pasaba a cumplir algunas obligaciones en la empresa.
Dos días más tarde, la primera visita al médico: los tres aceptaron las propuestas y comenzaron el tratamiento. María y Maylén concurrían al centro médico para ocuparse del tratamiento y Roberto cumplía horario en la empresa, supervisando tareas.
Llegó el momento de viajar a Buenos Aires en busca de una nueva opinión médica: María y Maylén subieron al avión para iniciar trámites y estudios, mientras Roberto terminaba con temas laborales. El día miércoles habría un enroque: Maylén volvería a Mar del Plata y Roberto acompañaría a María hasta terminar con las visitas médicas y estudios.
Esos tres días en Buenos Aires le permitieron a María saber que Maylén era de fiar y le dio la confianza de contarle todo lo que la venezolana necesitaba saber: el origen de Roberto, la traición de Alberto con Angie, lo que sentía por Roberto, la relación entre ambos y algunos detalles más.
María: Maylén, te he desnudado mi vida. Si algo me sucede, quiero que no te apartes de él, cuídalo y dale todo el afecto necesario.
Maylén: es mucho lo que me ha contado y más aun lo que me pide, pero intentaré cumplirle al máximo.
Ambas mujeres cerraron la charla con un abrazo apretado, María dejando caer algunas lágrimas y Maylén sabiendo que el compromiso asumido era muy fuerte.
Juntas afrontaron estudios dolorosos, molestos pero necesarios para lograr nuevos diagnósticos. Los resultados estarían a disposición recién el lunes próximo, por lo que cuando mutaron los acompañantes, Roberto sabía que debía levantar el ánimo de María y Maylén preparar la casa para recibirlos al volver.
Cuando Roberto llegó, dejaron el hotel que ocupaban las mujeres para trasladarse a un departamento en pleno centro porteño, así no dependerían de horarios y mucho menos de miradas indiscretas.
Pasearon durante toda la tarde y al anochecer recorrieron la zona de Puerto Madero, seleccionando un restó donde cenaron. Charlaron de los planes que concretarían al volver a Mar del Plata durante la cena. Al llegar al portal del departamento, Roberto aprovechó la penumbra y le depositó un beso profundo a María, acompañado de un recorrido de su espalda, desde el cuello al nacimiento de sus nalgas.
María: tranquilo Beto, subamos al departamento.
Subieron al ascensor y comenzaron a darse besos y caricias, amparados del pequeño espacio. Cuando llegaron al piso indicado, dejaron el recinto y casi corriendo se adentraron en el departamento: era pequeño (living, cocina-comedor, baño y habitación matrimonial), pero suficiente para ambos, la cama era amplia y Beto sabía que el edificio era utilizado por ejecutivos, amantes y escorts, para estadías ocasionales: la discreción estaba garantizada.
María se sorprendió de la escasa iluminación de la habitación, que solo contaba con un placard pequeño, un espejo en el techo y paredes que parecían anti acústicas.
María: esto parece un albergue transitorio, más que un departamento.
Roberto: es algo así, discreto, bien ubicado. Perfecto para un viaje de bodas.
María: sos un tramposo, lo habías programado.
Roberto: obvio, tres días para disfrutarnos.
Sin demoras, se desnudaron y se tendieron en la cama a propinarse besos y caricias. Beto se afanaba en satisfacer a María, evitando que su cabeza se fuera a los estudios y resultados que esperaba de las visitas al centro médico. Esa primera noche fue dulce y delicada, no fue sexo, sino hacer el amor de manera tierna: dos, tal vez tres orgasmos conseguidos con penetraciones lentas, profundas, acompañadas de besos y caricias, hasta quedar rendidos.
El amanecer hirió los ojos de María, ya que habían dejado las ventanas entreabiertas y el sol se filtraba por las cortinas. Se vio desnuda, con uno de los brazos de Beto rodeándola, se sonrió y se acurrucó entre los brazos de su amante. Él se movió apenas y entregándole una sonrisa le acarició los pechos. Un escalofrío estremeció a María, sintió como se le erizaba la piel y acercó sus labios a los de él para darle el primer beso de la mañana.
Ella no permitió que iniciara un juego de caricias que la llevara a retomar las actividades de la noche anterior.
María: ¿nos bañamos juntos amor?
Él asintió y ambos se levantaron y desnudos como estaban fueron camino al baño para darse una ducha conjunta: se enjabonaban y acariciaban, se besaban bajo el agua y se iban excitando lentamente. María notó como la verga de su amante cobraba vida y su concha respondía dejando fluir flujo de modo abundante: se ubicó de espaldas a él, abrió sus piernas, se inclinó un poco y lo invitó a penetrarla desde atrás.
El agua, el jabón y la excitación de ambos, colaboró para que la penetración fuese sencilla, profunda y completa. El vaivén de los cuerpos estuvo muy bien acompasado, permitiéndoles un orgasmo tranquilo y prolongado. El agua caliente contribuyó a relajarlos y dar por finalizada la sesión.
Volvieron a la habitación, se vistieron y después de desayunar, bajaron a la calle y se mezclaron entre la población.
Tomados de la mano recorrieron negocios hasta que se hizo la hora de ir a la clínica. La reunión con la junta médica ratificó el diagnóstico del médico personal de María; lo que prometía ser dos días de amor y sexo, se transformó en solo unas horas de pesadumbre.
Roberto llamó por teléfono a Maylén avisando que llegarían en el último vuelo de la tarde, que tuviese todo preparado. La tarde fue una tortura para ambos, los pensamientos no eran los más gratos pero debían ser fuertes y afrontar nuevos desafíos.
Al llegar a la casa, María fue directo a la habitación y se acostó sin siquiera hablar. Roberto se sentó a la mesa con la botella de whisky entre las manos, que fue apurando vaso a vaso.
Maylén lo observó y se quedó junto a él en la cocina, acompañándolo en silencio, cada tanto extendía su mano tratando de evitar que él bebiese tanto. No deseaba verlo así, pero comprendía la situación.
Maylén: ya no beba joven, María lo necesita pleno.
Roberto: lo sé, pero quiero desahogarme.
Maylén: hágalo hablando conmigo, no con el alcohol.
Ella le retiró la botella, se puso de pie y la dejó sobre la mesada. Volvió a la mesa y ubicándose tras él, acarició la cabellera del joven, tratando de consolarlo. Él rompió en llanto y ella en un acto de ternura, lo abrazó, dejando que dejara salir toda su tristeza.
A lo largo de una hora, él dejo brotar toda la impotencia y dolor, amparado por los brazos de Maylén. Cuando la mujer lo notó más calmo, lo invitó a acompañar a María en la habitación, situación que el rechazó pues creía que no era lo mejor en ese momento.
Maylén: ocupe mi habitación, yo dormiré en el sofá del living.
Roberto: gracias Maylén.
Lo vió irse por el pasillo, abrir la puerta de la habitación y desaparecer rumbo a la cama, ella preparó un par de mantas, una almohada y se dispuso a recostarse, previo pasar por la habitación de María. La observó profundamente dormida entre sollozos, la cubrió con la frazada y apagando la luz, volvió al sofá para descansar.
Maylén fue la primera en despertar, necesitaba darse una ducha pero toda su ropa estaba en la habitación que ocupaba Roberto en ese momento. Ingresó tratando de no hacer ruido, abrió cajones, retiró su ropa interior, una pollera y una blusa. Al girar rumbo a la puerta, observó al joven que estaba profundamente dormido y con una erección imposible de esconder.
Quedó sorprendida por el bulto que resaltaba bajo las sábanas y un pensamiento caliente la invadió: envidiaba a María por poder disfrutar de aquella herramienta, sintió como se humedecía su tanga y prácticamente huyo de la pieza. Vio que María dormía y se metió al baño, se desnudó, notando como su raja brillaba de excitación. Se metió bajo la ducha y ayudada por el agua, calmó su ansiedad con una masturbación profunda. Habiendo saciado su necesidad, completó el baño, se secó, se vistió y fue a la cocina para iniciar sus actividades.
Sobre mediodía, María despertó y sintió el perfume del café, se colocó una bata y se acercó a la cocina. Maylén la saludó, le ofreció una taza humeante que aceptó de buen grado.
María: qué mala noche te hemos dado.
Maylén: no se preocupe María, es mi trabajo
María: te ví acompañar a Beto y como lograste que dejara el trago
Maylén: la bebida no ayuda a nada
María sonrió y asintió con la cabeza. Comentó a Maylén que en los próximos dos días buscarían una nueva casa, aprovechó a preguntarle cómo se sentiría más cómoda: con un apartado de la casa principal o con una habitación dentro de la misma. Maylén dio sus explicaciones para justificar la opción de una habitación, que fue aprobada por María.
Eran las 13 horas cuando Roberto despertó, el dolor de cabeza era importante. Miró a su alrededor y notó que estaba en la habitación de Maylén, se puso de pie, buscó sus ropas y como pudo se vistió. Antes de abandonar la habitación, pudo ver un juego de ropa interior de Maylén colgada del respaldo de una silla: rojo, con puntillas, semitransparente, apenas un triángulo minúsculo en la parte delantera, casi un hilo dental en la parte trasera y el brassier pequeño para lo que él suponía era el tamaño de los pechos de la venezolana. ¿Cómo se verían esas prendas sobre la piel cobriza, de curvas abundantes? Sonrió imaginándolo, mientras abandonaba la pieza y se encaminaba a la cocina.
Al entrar se encontró con las dos mujeres charlando animadamente, hablando de casas, comodidades, preferencias, ubicaciones y espacios verdes. Eso lo animó, se dejó ver en el lugar, se aproximó a María y le dio un beso corto en los labios y, para sorpresa de ambas, también un beso en la mejilla a Maylén.
Roberto: gracias por contenerme anoche Maylén
Maylén: ha sido un placer
María: bueno… ¿de qué me perdí?
Ambos comentaron lo acontecido, la gentileza de la venezolana de cederle su habitación y acceder a dormir en el sofá. Los ojos de María brillaron de emoción, sintió que la elección de Maylén era la adecuada, que no había fallado al elegirla. La tomó de la mano y agradeció los hechos con un apretón sumado a un par de lágrimas que bajaban por su mejilla.
Los tres almorzaron juntos, planeando las visitas a las propiedades potables para comprar, organizaron la recorrida por ellas.
Cuando Maylén partió a las habitaciones para el aseo, María y Roberto se quedaron juntos hablando por un buen rato sobre las visitas médicas y el tratamiento a afrontar.
Llegó el lunes en el horario previsto, María se presentó en el centro médico y completó su primera sesión de quimioterapia, de la que terminó agotadísima, debilitada con escasas fuerzas que solo le permitieron volver a la casa y recostarse en su habitación. Se durmió rápidamente, dejando a Roberto y Maylén solos en la cocina, compartiendo un momento duro. Ella lo miró y rompió un silencio tenso.
Maylén: dime que piensas
Roberto: no pensé que esto sería así
Maylén: pues deberás acostumbrarte, ya que esto será así
Roberto: no es sencillo para mí. Necesitaré fuerzas que no tengo.
Maylén: cuenta conmigo, para eso me contrataron
Roberto: lo hicimos para que acompañes a María, no para otra cosa.
Maylén: pues el hecho de ser acompañante me permite tanto serlo con ella como contigo.
Roberto: te lo agradezco, pero es muy fuerte.
Maylén: habla si es que deseas, descarga tu angustia.
A partir de esa noche, compartieron horas de charla, él se apoyaba en la experiencia que Maylén demostraba, las vivencias que había afrontado en su vida profesional y privada. Roberto ya no la veía como empleada de la casa, sino como una confidente.
Cuando María estuvo algo más animada, visitaron tres viviendas. Seleccionaron una de ellas y en poco menos de una semana ya estaban viviendo en la nueva locación. Por comodidad, la habitación de María y la de Maylén estaban una junto a la otra, la de Roberto algo más alejada y tenía el espacio suficiente para montar un pequeño estudio donde trabajaba a diario. Sin jardín de ingreso, pero con un pequeño patio al que se podía llegar desde las habitaciones de las mujeres.
Después de la segunda sesión de quimioterapia, María debió permanecer internada en la sala de terapia intensiva, por lo que Maylén y Roberto volvieron solos a la casa.
Maylén preparó la cena para ambos, la compartieron en la cocina cruzando algunas palabras. Maylén lavó la vajilla, después pasó por la habitación de Roberto a despedirse hasta el día siguiente. No lo halló ahí, pero si en las penumbras del living.
Maylén: señor, ¿necesita algo?
Tito: si Maylén, compañía. ¿Compartimos un trago?
Maylén: no sé si deba, pero si lo desea, acepto.
Tito: vamos mujer, necesito con quien hablar.
Ella se sentó en el sillón que estaba frente a él, tomó uno de los dos vasos que estaba sobre la mesa, se lo acercó.
Maylén: ¿qué bebemos y por qué?
Roberto: whisky y lo hacemos por quienes nos han dejado y quienes llegan.
Maylén: no es la bebida que más me agrada, pero comparto el resto.
Roberto: ¿Quién eres Maylén? ¿Qué te trajo aquí?
Maylén: me trajo el trabajo y soy una persona capaz de escuchar y callar.
Roberto: brindemos por ello y porque la salud de mi madre mejore.
Extendió el vaso, lo chocó con el de ella y lo apuró hasta dejarlo vacío. Lo llenó nuevamente. Decidió, envalentonado por el alcohol, ratificarle casi todo lo que sucedía en la casa: la infidelidad del padre, como le afectaba la enfermedad de su madre, las responsabilidades que debió asumir y como aprovechaba su posición para ganar el favor de las mujeres.
Maylén: ¿puedo tratarlo de tú?
Roberto: adelante
Maylén: ¿qué buscas de una mujer? ¿Sólo sexo?
Roberto: ¿hay algo más que eso?
Maylén: si, amor. ¿Has estado enamorado?
Él explotó de risa.
Roberto: la mayoría estaban enamoradas de los billetes que les daba a cambio de sexo ¿y tú?
Maylén: El sexo es importante, pero si influye el amor es mucho mejor.
Roberto: ¿te gusta el sexo?
Maylén: lo disfruto, pero lo gozo más si hay una relación
Roberto: ¿tendrías sexo conmigo? Digo hoy, ahora mismo.
Maylén: ¿por qué no? Pero no lo disfrutarías, solamente te consolaría
Él quedó sorprendido, ¿ella aceptaba un revolcón en la cama sin más? Era un paso adelante, pero no parecía ser el mejor momento. Dejó el vaso sobre la mesa, se puso de pie y se aproximó a ella, se despidió con un beso en la mejilla y le dejó una frase intrigante.
Roberto: ya retomaremos esta charla, pero como tú dices, hoy sería un desahogo, no más que eso.
Maylén: vaya a descansar, mañana será otro día. Ya veremos que sucede.
Ella se aproximó a la mesa, tomó ambos vasos y girando sobre sus talones se encaminó hacia la cocina. Él recorrió su cuerpo con la mirada y extendiendo su mano le aplicó una nalgada suave, ella giró la cabeza y con una sonrisa cómplice se fue a la cocina, donde lavó las copas y apagando las luces se fue a su habitación.
Hasta aquí, la segunda parte de esta historia. Hay más, que seguiré subiendo al sitio después que la protagonista acepte.
Espero sus comentarios, y más que nada su opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]
Continúa en
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