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La familia Pérez Pardo, memorias de una mucama (1)

María creyó que su vida se desmoronaba con el cáncer y la traición de su esposo, pero el destino le tenía reservado un placer prohibido: su propio hijo. En la oscuridad del living, la línea entre madre e amante se difumina, y lo que comenzó como una paja mutua se convierte en un pacto de fuego y venganza.

El Negro13K vistas9.3· 9 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

En este caso, voy a pasar por varias categorías y con una historia que no me pertenece. El origen de ésta es, para mí al menos, llamativo. Hace unos días recibí un mail de una inmigrante venezolana de nombre Maylén, que había leído uno de mis relatos donde hacía referencia a una experiencia con una doctora venezolana. Ella ratificó mi pensamiento respecto de lo fogosas y ardientes que suelen ser las mujeres de ese origen, pues me dijo que se sintió identificada con el personaje.

Surge desde ese momento una serie de mails que intercambié con ella, donde nos fuimos conociendo más profundamente, y terminó por contarme algunas infidencias de un tiempo en que trabajó para una familia argentina de muy buen pasar económico.

Como todo personal doméstico de una familia de este tipo, Maylén, sabía mucho de la familia: ya sea lo que se podía ver superficialmente como de confesiones de los integrantes familia Pérez Pardo.

Vamos a describir a los 5 integrantes de la historia:

Maylén González: inmigrante venezolana de 40 y tantos años, con estudios incompletos de medicina, una figura de curvas abundantes, dedicada al servicio doméstico y acompañamiento terapéutico por necesidad, respetuosa, educada y muy buenos modales, servicial y pronta a servir a sus empleadores.

Alberto Pérez Pardo: Jefe de familia, importante personaje de la ciudad, económicamente muy solvente y cuyos ingresos provenían de sus dos empresas y algún que otro negociado algo oscuro. Un hombre cincuentón de buen ver, siempre elegante y definitivamente un mujeriego con todas las letras.

María Ricciardi de Pérez Pardo: la señora de la casa, ferviente participante de acciones filantrópicas, de salud algo endeble, que tenía una buena ascendencia social por su familia paterna. Adicta a los gimnasios y un físico más que interesante.

Roberto Pérez Pardo: hijo de los dos anteriores, el típico niño bien de unos 22 años, eterno fracasado en los estudios universitarios, pero que hacía notar los logros de su padre y su posición económica. Físico normal, aunque se creía un Adonis y con todos los vicios de un hijo único y mimado al extremo. Íntimamente lo llaman Beto.

Ángela Cabana: empleada del Sr. Pérez Pardo en una de sus empresas, 35 años, figura forjada en un gimnasio, rubia de peluquería y curvas conseguidas con cirugías paga por sus amantes de turno. Básicamente una trepadora y puta fina. Para desgracia, allegada a la Sra. Pérez Pardo. Era más conocida como Angie.

Esta historia contiene diferentes aristas: podría encuadrarse en amor filial, sexo con maduras, heterosexual, infidelidades y alguna más, pero pienso incluirla solo en sexo con maduras por ser la relación mayoritaria.

En esta primera entrega, voy a contarles de la familia y sus primeros momentos álgidos y turbios.

Como ya les comenté, Alberto era un mujeriego empedernido situación que era favorecida por su excelente pasar económico. Lograba lo que se proponía y dejaba a su esposa con un par de cuernos importantes hasta que Angie ingresó una de las empresas. Pasaron apenas unos meses para que trepara rápidamente de ser una simple empleada administrativa a ser ejecutiva de finanzas. Acompañaba a Alberto a “viajes empresariales” que eran cada vez más frecuentes, su progreso económico fue meteórico hasta tener un vehículo de modelo 0 km., y un departamento en una zona de alta cotización.

Alberto compraba las habilidades en la cama de Angie con estos bienes.

Alberto: Angie, tenemos un viaje desde el jueves al domingo a Córdoba. Pasá por la peluquería y la esteticista que voy a darte tanta actividad que te costará levantarte de la cama. Quiero esa conchita bien depilada y el culito limpio.

Angie: ay Alberto, no podés ser tan cursi.

Alberto: te encanta chupármela y que te llene de leche, mi yegua.

Angie: si no te amara tanto, te dejaría por ser tan vulgar. Además esa herramienta me fascina.

Así las cosas, Alberto y Angie viajaron a Córdoba, mientras él cerraba tratos comerciales, ella paseaba y gastaba dinero que justificaba abriendo las piernas, boca y culito en la cama.

En tanto en Mar del Plata, la Sra. Pérez Pardo hacia su visita rutinaria a la consulta médica anual.

Doctor: María hay algo que no me gusta en tus estudios, debemos profundizarlos.

María: no me asuste doc., ¿qué está pasando?

Doctor: hay dos bultos en uno de tus pechos que no me gustan nada.

María: no noté nada en mis revisiones rutinarias en casa.

Doctor: están muy profundos y algo ramificados por lo que se ve en las imágenes.

María salió asustada del consultorio, apenas pisó la vereda tomó su celular y llamó a su esposo. Le sorprendió que fuera Angie quien atendiera la llamada, su voz sonaba agitada y entrecortada.

Angie: María, lo llamo a Alberto que está en una reunión, ya te paso.

A María le sorprendió que a las 19 horas su esposo estuviese en una entrevista y mucho más cuando él respondió tan agitado como Angie.

Alberto: María estoy cerrando un negocio, ¿qué pasa?

María: ¿Cerrando o abriendo? Suena a que estás abriendo algo que no es un negocio, más bien un par de piernas.

Alberto: estás imaginando cosas raras, vine apurado a atenderte.

María: no me mientas, ya sé que ella es tu amante. Estoy enferma, cuando vuelvas hablamos.

Tras esas palabras, ella cortó la llamada, no solo estaba frente a un problema de salud sino que también enfrentaba lo que era un secreto a voces, Angie era la amante de su esposo.

Alberto se detuvo unos instantes, aún sobre el cuerpo desnudo de su amante, y con su verga en el interior ella, se tomó un instante para pensar pero luego continuó con su sesión de sexo.

Una vez llegado al orgasmo, se bajó de Angie y perdió su mirada en el techo.

Angie: ¿qué pasa amor?

Alberto: María se dio cuenta de lo nuestro, me lo acaba de decir.

Angie: ya era hora, no soporto ser segunda de nadie, es momento de blanquear lo nuestro.

Alberto: hoy tenía controles médicos y sonaba preocupada.

Angie: no pienses mal y volvamos a lo nuestro, quizá sea el momento de oficializar nuestra relación.

Alberto giró, la vio desnuda y no pudo más que rendirse a los deseos de su amante. Comenzó a besarle su piel de pies a cabeza, deteniéndose en su vientre para luego pasar a sus pechos y deglutirlos de manera golosa.

Angie sonreía, sabía que su momento había llegado, disfrutaba no solo de su éxito, sino también del polvo que le estaba dedicando su amante.

Terminaron rendidos, él agotado y ella satisfecha y llena de semen.

María caminaba como un zombi por la avenida rumbo a su casa, se sabía engañada por su esposo y las palabras de su doctor la torturaban. Brotaron algunas lágrimas de sus ojos, que surcaron sus mejillas. Llegó a casa, abrió la puerta y se encontró con su hijo que iba camino a la salida, lo abrazó y rompió en llanto.

Roberto no comprendía nada, sólo se limitó a abrazar a su madre y dejar que descargara su angustia sin hacer pregunta alguna.

Roberto: ¿qué pasa mamá?

María: tu padre se come a Angie, es su amante.

Roberto: mamá son idea tuyas

María: para nada hijo, lo acabo de confirmar. Estaban encamados cuando llamé a tu padre. Ella atendió el celular de tu padre, agitada, gimiendo y me pasó con él.

Roberto: vamos mamá descansa unos momentos y luego hablamos, ¿sí?

La acompañó hasta su pieza, la ayudó a recostarse y dejando la habitación en penumbras, salió rumbo al living. Se sentó en el amplio sillón de la estancia y su cabeza comenzó a trabajar rápidamente. Roberto sabía que su padre era muy mujeriego, pero siempre había sido bastante discreto, difícilmente dejaría al descubierto su debilidad por las mujeres livianas, de fácil apertura de piernas, sobre todo si quien las requería era acaudalado y prestigioso. Él sabía de varias de las andanzas de su progenitor, por lo que no le resultaba extraño que su madre ocupara tiempo en actividades sociales y gimnasio, pues trataba de llamar la atención de Alberto para sacarlo de esa vida.

Lejos de lograr recuperar a su esposo, María había logrado inquietar con su figura a su hijo, ya que a ésta la veía en mallas de gimnasia súper ajustada, shorts y brassier deportivos y de vez en cuando con batas semitransparentes que mostraban todo su cuerpo cubierto apenas por diminuta ropa interior cuando se despertaba e iba a desayunar.

Roberto tenía una debilidad, las mujeres que su madre contrataba para el servicio doméstico, generalmente maduras y que le entregaban su cuerpo a cambio de un dinerillo extra por su parte.

Eso había provocado que su madre despidiera a varias por haberlas encontrado en la cama de su hijo en plena faena, ya que entraba y salía de la casa sin aviso y más de una vez llegaba en momento álgidos.

María había notado que su hijo era más vigoroso que su esposo y estaba dotado mejor que él. Llegó a espiarlo mientras mantenía relaciones con las empleadas, observando el desempeño de su hijo en la cama, para luego ingresar repentinamente a la habitación y provocar el final de la actividad y el consecuente despido de la empleada.

En algún momento llegó a fantasear con que su hijo reemplazaba a su esposo en la cama, pero rápidamente trataba de quitar esa idea de su cabeza, igualmente en alguna oportunidad cuando su marido decidía cumplir con ella, al cerrar los ojos volvía a su mente la imagen de su hijo haciéndole el amor.

María durmió durante toda la noche del jueves, rendida después de tanto llorar por las dos situaciones: la infidelidad y la inquietud por su salud, mientras Roberto tuvo problemas para conciliar el sueño: por un lado el problema que asomaba si las sospechas de su madre se confirmaban y por el otro haber notado la firmeza de las curvas de su madre mientras la abrazaba y luego haberla observado detenidamente mientras le ayudaba a desvestirse para que se acostara. Tuvo una erección brutal, que solo calmó con una paja furiosa.

El viernes por la mañana, ambos se encontraron en la cocina para desayunar, María con una bata liviana como vestimenta y Roberto con remera y short, se miraban disimuladamente estudiándose uno a otro, en tanto la empleada les servía el desayuno a ambos. Cuando ella salió rumbo a las habitaciones, fue María quien rompió el silencio.

María: Roberto, algo sospechaba de tu padre, pero recién ayer lo confirmé.

Roberto: mamá, ¿estás muy segura?

María: esto no debería ser tema de charla de madre e hijo, pero hace más de seis meses que tu padre no me toca como mujer y ha llegado a casa con ropa interior manchada de semen.

Roberto: eso no lo confirma, bien sabés que los hombres solemos humedecernos si nos excitamos.

María: una cosa son gotas que se desprenden y otros grandes manchones.

Roberto: ¿por qué no se lo dijiste? Debiste enfrentarlo en cuanto lo notaste.

María: pensé que era sexo casual pero se repitió después de cada viaje de negocios y casualmente Angie es siempre su acompañante.

Roberto: apenas llegue de este viaje nos juntaremos los tres y pondremos en claro esta situación.

Se levantó de su silla y se aproximó a su madre, la abrazó por la espalda y le depositó varios besos sobre su cabeza, para luego inclinarse sobre ella. Esa posición le dio una vista privilegiada de sus pechos apenas cubiertos por la bata, donde podía observar sus pezones oscuros que coronaban esas blancas montañas de carne, lo que provocó que su miembro se despertara.

María: gracias hijo, y hay algo más. Ayer visité a mi médico y encontró algo que lo impulsa a estudios más profundos, estoy inquieta.

Roberto: tranquila mamá, hay que esperar los estudios y no hacerse una película.

María: voy a liberar a Juana a mediodía y pienso quedarme en casa, suspender mis actividades, no estoy con ánimo para otras cosas.

Roberto sintió algo de fastidio, pues había planeado con la empleada una tarde de sexo mientras su madre cumplía con sus compromisos. Su cara cambió algo y también su tono de voz.

Roberto: está bien mamá. Hago lo mismo y nos hacemos compañía todo el finde, ¿ok?

María: gracias hijo, no es necesario pero me encantaría.

Roberto concluyó su desayuno y partió rumbo a su habitación, sabía que Juana (mujer madura de unos 45 años y muy buenas tetas) estaría terminando de arreglarla, buen desorden le dejaba él para que ella se demorase y aprovechaban esa situación para toqueteos, mamadas y eventualmente un polvo rápido. Juana vestía siempre vestidos cortos que le ayudaban a él a levantarlo y hurgar bajo la falda en busca de una conchita jugosa y deseosa de sexo furtivo. Ese día no fue la excepción, la tomó por la cintura, se pegó a su espalda mientras sus manos se repartían entre el tetamen de la doméstica y la concha encharcada.

Roberto: vamos Juanita, entregá esa concha empapada, acá tenes la pija que te deja llenita de leche.

Juana: por favor, correme la tanga y lléname la concha. No hagas ruido, tu madre está en la casa.

Roberto: movete Juani, ahí te va la pija.

Juana apenas abrió las piernas y lo recibió en su interior, aferrada a la cama, casi en cuatro patas, restregando su culo contra el vientre de él, mientras se movía atrás y adelante, favoreciendo la penetración.

Juana: vamos, rápido, lléname de leche la concha (y los bolsillos de billetes - pensó).

Roberto entró en un vaivén frenético, tomando fuertemente la cintura de Juana, llegando tan profundo como podía en el cuerpo de la mucama.

Estaban ambos tan compenetrados en su faena que no notaron que habían dejado la puerta de la habitación abierta, apoyada en el marco de la misma estaba María, observando como su hijo empotraba a la mucama y la hacía gemir de placer. Instintivamente, llevó su mano a la entrepierna y comenzó un masaje suave que fue aumentando la velocidad mientras su hijo hacía llegar al orgasmo a la mucama. Podría decirse que ambas llegaron simultáneamente, Juana cayendo de bruces en el colchón y María haciendo que sus piernas se bañaran de flujos.

Las piernas de Roberto no pudieron soportar el momento y se derrumbó sobre Juana, ambos rendidos en la cama, María apenas pudo a sujetarse del marco de la puerta cuando sus ojos se nublaron y su orgasmo hizo que sus piernas temblaran. Trató de recomponerse y salir raudamente del lugar, mientras los amantes se reponían del combate cuerpo a cuerpo.

Como pudo, llegó al baño de su habitación, se sentía agotada, sucia, pero satisfecha por la tremenda paja que se propinó. En su cabeza retumbaban las palabras de su hijo sometiendo a la empleada y los gemidos de ésta satisfecha por el rendimiento del joven.

Apenas se metió bajo la ducha, María no lograba sacar de su cabeza las imágenes que minutos antes había observado, dejaba caer agua caliente por su cuerpo tratando de relajarse, que la recorriera desde su cabeza a los pies, pero al enjabonarse para quitar los restos de los flujos que habían brotado de su cuerpo, volvió a masturbarse ayudada por el potente chorro del bañador. Abrió sus piernas y hundiendo dos dedos dentro de su concha depilada, ejercía presión, metiendo y sacando sus falanges hasta volver a lograr un profundo orgasmo.

Murmuró el nombre de su hijo, al sentir la explosión de su cuerpo, no el de su esposo, ¡¡¡EL DE SU HIJO!!! Se sobresaltó por ello, jamás había llegado a ese extremo. ¿Deseaba que su hijo ocupase el lugar del infiel marido? Su mente se volvió un remolino de ideas locas, su necesidad de sexo le jugaba una mala pasada, deseaba que su hijo hiciese con ella lo que recibía la mucama como trato, y que su esposo hacía tiempo no le brindaba, pero era su hijo. Era una auténtica locura, su hijo la excitaba más que su esposo, tan solo verlo. Mientras uno no la tocaba, deseaba que el otro lo hiciese aun tratándose de ser su propio hijo.

Se secó rápidamente y se acostó, tratando que el sueño la venciera y quitase esas ideas de la cabeza, logró dormirse profundamente, rendida por los orgasmos que sus pajas le habían generado.

Roberto se dio una ducha, y también se tendió en la cama, tratando de reponerse de la actividad sexual con Juana, a quien oía canturrear feliz mientras terminaba sus labores. No era para menos, se llevaba una buena cantidad de leche en las entrañas y varios billetes en el bolsillo.

Anochecía cuando María despertó, había tres llamadas perdidas de su marido y varios mensajes en su teléfono, los escucho como una acción mecánica. En ellos él le pedía reunirse a su llegada el domingo, aclarar la situación y demás, pero ella parecía no tomar conciencia de los audios y textos.

Se levantó y fue rumbo a la cocina. Una nota sobre la mesa le recordó que había liberado a Juana de sus labores del día sábado y que su hijo volvería a las 21 horas para cenar juntos, comida que él mismo traería.

No tardó mucho en colocarse un brassier azul que hacía juego con su diminuta tanga y una bata clara a media pierna, para luego bajar desde la habitación a la cocina y preparar lo necesario para la cena. Casi como al descuido, se observó en el reflejo de una ventana y observó su vestimenta, que le pareció adecuada para la ocasión.

Roberto llegó a las 21:30 con una pizza del sabor que más le agradaba tanto a él como a su madre y pack de cervezas frías, una botella de gin y una gaseosa tónica, sabía que tras la cena lo esperaba una noche de películas o series en el sillón del living, no era el mejor plan pero podría aceptarlo.

Si bien era invierno, el calor de la cocina brindó el ámbito apropiado para la cena de ambos. Tras la cena, se llevaron las dos botellas para preparar los gin-tonic, se acomodaron en el sillón más amplio para ver una serie elegida por María.

María: ¿por qué no traes una manta para cubrirnos? Tengo un poco de frío.

Roberto: ok ma.

Fue en busca de lo solicitado y volvió al living, se sirvieron el primer trago, se cubrieron con la manta y empezaron a ver la serie.

A Roberto le sorprendió que su madre eligiese una de alto contenido sexual, los encuentros entre los y las protagonistas se sucedían, algunos más fogosos, otros furtivos, pero lo que más sorprendió era que en varios de ellos las relaciones eran de maduras con jóvenes. Los tragos fueron pasando, al igual que los capítulos de la serie. María estaba muy interesada en la serie y su trama, mientras que Roberto disfrutaba de cada encuentro entre jóvenes de su edad y maduras que quizá tendrían la edad de su madre. En un momento ella tembló y él lo notó, por lo que se aproximó a María la abrazó y sus cuerpos comenzaron a intercambiar calor. Ella apoyó como al descuido su cabeza sobre el hombro de su hijo y se acurrucaron como si de dos novios se tratase.

María estaba absorbida por la trama de la serie y lentamente notó que las imágenes la excitaban, humedeciendo su tanga. Roberto no perdía detalle de cada encuentro sexual y las figuras de las actrices lo iban calentando más y más, provocando una erección más que notable. Ambos metidos en sus ideas, pero compartiendo el lugar, la cercanía y la excitación que las imágenes les provocaban. Casi como al descuido los dedos de Roberto comenzaron a acariciar suavemente los hombros de María, que le retribuía frotando lentamente su mano contra su muslo. Tan metidos estaban en sus pensamientos, que los sorprendió un corte de luz que dejó la estancia completamente a oscuras, sin saber exactamente la ubicación del otro, giraron hasta enfrentarse y sin mediar palabras se fundieron en un beso, se abrazaron y comenzaron a repetir aquello que habían visto durante casi tres horas.

Las manos de María se enredaron en los cabellos de él y las de Roberto fueron directo a las curvas de su madre. Primero tímidamente, para después avanzar invadiendo espacios que ambos ansiaban conocer. Ella acarició el pecho de su hijo y le permitió a él imitarla, ella bajó por su vientre y él recorrió el camino desde sus pechos hasta el borde de la tanga.

María: no digas nada, no preguntes nada, solo quiero sentirte como lo hiciste hoy con Juana.

Roberto: mamá, esto es muy fuerte.

María: es hoy, ahora o nunca. No hables más y haceme sentir mujer.

Las manos de María llegaron al elástico del short de Roberto y apartándolo acarició sobre la tela la pija que lentamente se hacía más y más dura. Él invadió la entrepierna de su madre, esquivando el borde de la tanga y jugando con los cortos vellos que rodeaban los labios abultados y húmedos. Sintió el gemido de ella cuando pasó su dedo mayor por el centro de la raja y notó la fiereza de su mano cuando se aferró a la pija. Él comenzó a jugar frotándola y ella hizo lo mismo liberando su pija y comenzó a pajearlo son suavidad.

Fueron instantes eternos, ambos conociéndose, investigando en la oscuridad el cuerpo del otro hasta que el decididamente enterró un dedo en el interior de esa cueva que lo había alojado años atrás. Ella notó como brotaban las primeras gotas de la pija y aceleró sus movimientos. La paja que María le estaba haciendo era frenética, parecía querer exprimirlo de manera urgente y él respondió metiendo y sacando dos dedos en su concha encharcada. Fueron minutos brutales, hasta que ella llenó su mano con la leche de Roberto y él con los jugos que María expulsó al llegar a su orgasmo.

Se quedaron quietos, sumergidos en la oscuridad del living, sin decir absolutamente nada, como tratando de comprender aquello que terminaban de hacer: una paja mutua madre-hijo.

Fueron minutos interminables, hasta que María tomó la iniciativa.

María: No sé porque lo hice, pero quería hacerlo.

Roberto: perdóname, me dejé llevar, no debí hacerlo.

María: soy una mujer necesitada de sexo, y reconozco que te he espiado muchas veces mientras te cogías a las empleadas. No lo pude resistir.

Roberto: pero nosotros no debíamos.

María: como te dije hace un rato, es hoy o nunca. Vamos a mi cama.

Roberto: ¿estás segura? ¿No nos afectará en el futuro?

María: no sé cuánto me queda de futuro. Si estás de acuerdo, desde hoy serás mi macho, no quiero buscar quien me garche fuera de casa.

Roberto: es una propuesta demasiado fuerte.

María: tu padre no me ha atendido, si vos lo hacés, mañana mismo lo echo de casa. Solo debes comprometerte a cumplirme cuando te lo pida.

Roberto: así será, mientras pueda encamarme con otra mujer si quiero.

María: es un trato. A partir de hoy, serás mi pareja puertas adentro, con beneficios.

Roberto: ¿y si se me ocurre un trio?

María: lo veremos. A partir de hoy dormiremos juntos, en mi habitación.

Roberto: está bien. Tengamos una gran noche de bodas. Vamos a tu cama.

A oscuras y esquivando muebles y puertas subieron a la habitación de María, encendieron una vela que ella tenía en su mesa de noche y se sentaron por primera vez en la que desde ese momento sería su lecho común.

María: un detalle más, antes de nuestro primer polvo. A partir de ahora soy María, no más mamá.

Roberto: ok, así será.

Se pararon frente a frente y fue él quien inició las acciones, desprendió la bata dejándola caer al piso, luego llevó sus manos a la espada de ella y desprendió el brassier liberando sus pechos, para finalmente agacharse lentamente y enredando los dedos en el elástico lateral de la tanga la bajó hasta depositarla en el suelo. Ella cerró los ojos y él la observó detenidamente, totalmente desnuda frente a sus ojos, movió sus manos tímidamente por los hombros y comenzó a recorrerla.

Roberto: no puedo entender como Alberto no te valoró, sos hermosa y voy a garcharte siempre cuando y como quieras. Voy a hacerte tan feliz como pueda.

María: si, siempre estaré para vos.

Posó sus labios sobre los pezones que comenzaban a erguirse y mamó de ellos, primero uno y luego el otro para después empezar el descenso en busca del vientre de María, que gemía y empujaba la cabeza sobre su piel. María no recordaba haber sentido tanto placer, cuando notó los labios de Roberto acercarse a su concha hirviendo, trató de detenerlo.

María: no sigas, jamás me Alberto me chupó ahí.

Roberto: ya verás cómo lo vas a gozar, será tu primera vez, pero me rogarás que lo siga haciendo.

María sintió el calor de la lengua de él invadiendo por primera vez sus labios mayores, en busca de su clítoris que ganaba tamaño con cada pasada. No pudo resistirlo y gimió fuertemente, lo atrajo hacia ella favoreciendo la exploración de cada centímetro de su ardiente cueva, sentía como si la estuviese cogiendo con ella, entraba tan profundo como era posible y salía en busca de aire para luego volver a embestir.

La habilidad de Roberto en el sexo oral la transportó a lo más alto del placer y con un grito pleno de éxtasis, llegó a su segundo orgasmo de la noche, sus piernas se aflojaron totalmente y el peso de su cuerpo tumbó a su amante en la cama. Estaba en el cielo, no podía dar fe de lo satisfecha que había quedado con semejante chupada de concha y el orgasmo provocado, estaba rendida pero sabía que debía darle a su amante algo a cambio. Como pudo, se ubicó en la cama, abrió totalmente sus piernas y lo invitó a penetrarla cosa que él no resistió y montándola, clavó su pija totalmente dura en ella. Permanecieron quietos unos segundos eternos, hasta que María lentamente comenzó a moverse buscando que él también acabara.

María: por favor hazlo lento, hace tiempo que no paso por dos orgasmos y mi cuerpo no está tan entrenado para ello.

Roberto hizo caso y comenzó a moverse, pero dejando que ella llevara el ritmo, cuando notó que estaba próximo a explotar se lo hizo saber, ella aceleró un poco y sintió como su ahora amante la llenaba completamente de leche.

Exhaustos, se durmieron abrazados.

A más de 800 km., y totalmente ajenos a lo que sucedía en la casa familiar de los Pérez Pardo, en una cabaña alquilada estratégicamente a pedido de Angie, Alberto padre se daba una ducha y (viagra mediante) se preparaba para dar cuenta de su secretaria.

Angie sabía cómo dominar a Alberto, las tetas que él había pagado generosamente eran su perdición. Untó con un lubricante el canalillo que las separaba, se colocó un brassier deportivo que tenía el elástico algo vencido y permitía que se colara por debajo tanto una mano como una verga. Se sentó en el borde de la cama y esperó que Alberto saliera del baño, apenas sintió la puerta cerrarse, abrió sus piernas para exhibir su concha depilada y brillosa, sabía que eso atraería a Alberto directamente hacia ella como un imán y no se equivocó. Como un autómata, Alberto fue directo a ubicarse entre las piernas de Angie y dejó que ella llevase adelante las acciones.

Con tres o cuatro movimientos enérgicos de su mano, Angie logró que la verga de Alberto se volviese una estaca (el viagra hacía efecto), la ubicó por debajo del brassier en el canalillo de sus tetas y empezó a pajearlo con ellas, aprovechando cada salida hacia arriba para pasar su lengua sobre él, darle besos y tratar de chuparlo. Cuando lo supo a punto por el líquido que brotaba, lo retiró del lugar y definitivamente lo metió por completo en su boca, tragándolo por completo. Enroscaba su lengua alrededor del falo, chupaba y lo hacía entrar y salir. Alberto se deleitaba con la habilidad de su amante, la tomó de los cabellos y ayudaba a que ella se tragara tan profunda como pudiese su verga, Angie sabía que lo tenía rendido a sus pies (o mejor dicho a su boca), y aceleraba por momentos para luego tomarse un pequeño descanso y volver a la acción. Indudablemente la pastilla azul era la mejor aliada de Alberto, mantenía su dureza y le permitía gozar de la situación al máximo.

Cuando ya la boca de Angie se agotaba de tanto chupar, le metió un dedo en el culo a Alberto y provocó que este explorara llenando la boca de su amante de leche. Tragó tanto como pudo, pero igualmente escaparon restos de sus labios que cayeron sobre las tetas de ella, dejando una imagen propia de una puta que había cumplido la primer parte de su misión. Angie se retiró hacia atrás, se giró y colocándose en cuatro patas sobre el filo de la cama, bajó su cabeza al colchón, dejando sus piernas abiertas y ofreciéndole su concha y culo a Alberto, poniéndolo en un aprieto: enfundar su verga en la concha o bien taladrar el orto de su amante.

Sabiendo que el efecto de la pastilla solo duraría un par de horas, se decidió por ir al agujero más pequeño y prieto. Tomó el recipiente que estaba junto a su amante, desparramó el tibio líquido sobre el culo de ella y se aproximó para colocar su verga en puerta. Angie entendió lo que venía, se acomodó mejor y lo atrajo hacia su agujero negro, abrió con sus manos los cachetes del orto y se dispuso a recibirlo. Obviamente aquel agujero había perdido la virginidad hacía mucho tiempo, pero aún conservaba la atracción de mantenerse prieto. Cuando recibió la cabeza de la verga, emitió un gemido fingido que Alberto creyó y lo motivó a empujar más a fondo. Ya ubicado dentro de ella, empezó con el vaivén de cadera para completar la faena, que duró poco pero lo suficiente para llenar los intestinos de leche de Angie que aflojó sus rodillas, arrastrando a Alberto y cayendo de bruces en la cama. Él estaba más que satisfecho pero Angie necesitaba más, se sacó la verga del culo, tumbó a Alberto boca arriba y se montó sobre él dejando su concha que escurría jugos sobre la boca de Alberto, obligándolo a que la chupase hasta hacerla acabar.

Angie: descansá un rato papito, todavía me debes una buena cogida.

Alberto: si mi reina, un descanso, un cigarrillo y vamos de nuevo.

El descanso se hizo horas, ambos se durmieron trenzados en la cama, llenos de jugos y leche. Fue Alberto el primero en despertar al amanecer, al verla allí tendida, boca arriba y con las piernas entreabierta, no dudó un segundo y se zambulló directo a la concha que aún destilaba algo de líquido y un olor fuerte producto de sexo de la noche. No le importó en lo más mínimo, si mamaba jugos de ella o semen de él, se dedicó a chupar la concha de su amante provocando que ella despertara sobresaltada, pero ansiosa de más acción. Lo guió hasta que logró dar con el lugar adecuado para excitarla al máximo, cosa que sucedió rápidamente.

Angie: hola papito, hermosa chupada ¿verdad?

Alberto: si mi reina – balbuceo entre chupón y chupón.

Angie: ya está lista cariño, métela pronto.

Alberto hizo caso, se acomodó de rodillas entre las piernas de ella que levantó hasta ubicarlas en sus hombros y sin mediar más palabras, apunto su verga a la concha y la enterró a fondo. Angie lo sintió y comenzó a moverse más y más. Era bueno despertar con un buen polvo y no desaprovechó la situación. La posición ayudó a que el orgasmo fuera rápido y ambos acabaran casi simultáneamente. Ella bajó las piernas y él se acomodó a su lado.

Eran las 10 de la mañana, y a 800km de distancia, la mesa del desayuno tenían algo en común: Alberto y Angie organizaban la vuelta y como afrontarían la situación. María se había despertado sobre las 8 de la mañana y había citado a su abogado y un contador conocido que la asesorarían en los temas concernientes a su divorcio y dejar a Roberto como representante ante las empresas de Alberto para que no la timasen. Roberto era un espectador de lujo de la reunión, solo asentía cuando lo mencionaban, su cabeza estaba turbada por la noche vivida y las obligaciones que estaban a punto de surgir en su vida.

Las reuniones concluyeron en Córdoba y Mar del Plata, casi simultáneamente. Alberto confirmó el viaje aéreo de regreso y volvió a la habitación, donde Angie lo esperaba para salir a recorrer la ciudad y sus alrededores, María en tanto preparó un almuerzo liviano y se dispuso a charlar con Roberto y contarle lo que esperaba de él más una confesión.

María: decidir que seas mi hombre tiene dos puntos elementales.

Se cruzó de piernas y comenzó con un monólogo que despertó en Roberto muchas dudas. Entendió que sería el representante de María en la empresa, respaldado por un grupo de profesionales hasta que lograse entender cada una de las obligaciones en las empresas.

Pero lo que más lo sorprendió fue la parte familiar: Alberto no era su padre y de hecho, tampoco María su madre. María era incapaz de concebir y tras varios intentos de adopción fallidos, conocieron a una joven en uno de los tantos viajes que solían realizar por el exterior y ella, incapacitada para mantenerlo, lo había cedido a cambio de una importante suma de dinero. Si bien ellos lo habían criado como propio, su origen genético no correspondía a la familia.

María: Roberto, eres el hijo que no pude tener y ahora te pido que seas el hombre que ansío tener, por favor perdóname por estos años de silencio.

Roberto escuchaba esto en absoluto silencio, sin poder creer lo que llegaba a sus oídos. Se puso de pie y partió rumbo a su habitación, en el trayecto se cruzó con Juana que aún no había salido de la casa, la tomó de una mano y la llevó con él. Al cerrar la puerta, se abrazó a ella, lloró desconsolado y terminaron acostados.

Juana, que sabía de la historia, se limitó a acompañarlo y permitir su desahogo, en principio de llanto y más tarde de sexo salvaje, violento, hasta quedar dormido de tanta acción.

Salió de la habitación y fue al comedor donde se encontró con María.

María: al fin pude decírselo

Juana: lo sé y fui parte de su descarga, déjelo dormir y más tarde vuelva a hablar con él, ya no soy necesaria aquí.

María: gracias Juana, pase el lunes por la mañana que tendré su liquidación y un buen bono.

Juana: sea prudente, elija bien sus palabras; él es muy sensible.

La mañana del domingo representaba para María un momento importante, esperó que Roberto despertara y lo esperó con el desayuno en la cocina.

Hay más para esta historia, esto es tan solo la primera parte.

Espero sus comentarios, y más que nada su opinión.

Saludos,

Alejo Sallago – [email protected]