Xtories

El mirón del cine (3)

El mirón no solo los observaba; quería participar. Y cuando Silvia cedió ante su provocación, el narrador comprendió que ya no controlaba la situación, sino que era parte de ella.

David Lovia17K vistas8.9· 34 votos
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5

No hicimos caso a su comentario y al apagar tan rápido la linterna no me dio tiempo a reprenderle por lo que había hecho. Pero tengo que reconocer que en cuanto se puso a nuestro lado me dio mucho más morbo y me puse nervioso, y creo que a Silvia le pasó lo mismo, aunque de primeras se guardó las tetas en el vestido.

―No, rubia, ¡no me jodas!, no te las tapes, ¡¡si tienes unas tetas cojonudas!! ―exclamó el mirón tirando de unos de sus tirantes hacia abajo y descubriendo uno de sus pechos.

―¡Aparta, cerdo! ―protestó Silvia colocándose de nuevo el vestido.

―Ey, tío, ni se te ocurra volver a tocar a mi mujer... ―le advertí en medio del polvo levantando el dedo.

Me gustó mucho que Silvia le parara los pies y que entre los dos le pusiéramos en su sitio con determinación, sin embargo, eso no rebajó nuestra calentura y Silvia siguió follándome, solo que ahora incrementando el ritmo.

―¿Te ha gustado que ese cerdo te vea las tetas? ―jadeé en su oído.

―¿Qué...?, nooooo...

―Claro que te gusta..., he notado lo caliente que te ponías, ufffff, Silvia, quiero que te deseé, que vea lo buena que estás ―suspiré tirando de uno de sus tirantes para destaparle un pecho.

―Noooo, para, ¿qué haces? ―me preguntó ella, dejándose hacer.

―Da igual, deja que te vea... no me importa...

―Uf, sigueee, un poquito más...

―Sí, ¿vas a correrte?, yo estoy a punto ―la anuncié ante mi inminente orgasmo.

Estaba orgulloso de follarme a una jaca como Silvia delante del viejo y me tensé para que mi polla se clavara en lo más profundo de su coño. Miré al viejo desafiante con las manos en la cintura de mi mujer, mientras le daba golpes de cadera acompasando mis sacudidas al movimiento de su culo.

―Es mucha hembra para ti la rubia, je, je, je... ―soltó el viejo de repente.

Yo seguí embistiéndola sin dejar de mirarle y bajé el otro tirante de su vestido para que el cabrón viera cómo se le bamboleaban las dos tetas al ritmo de mi follada. El mirón se sacudía la polla frenéticamente y por la velocidad de su mano, a él tampoco le faltaba mucho para terminar.

―¿Has visto cómo me la follo? ¿Vas a correrte ya, cerdo? ―le pregunté intentando vacilarle un poco.

El viejo sonrió y detuvo la paja que se estaba haciendo. Entonces bajó la mano y acarició el muslo de mi mujer, haciendo que los gemidos de Silvia subieran de nivel. Eran increíble, pero con un leve roce el muy cabrón consiguió que mi mujer se volviera loca. O quizás es que yo le estaba llevando al borde del orgasmo con el polvazo que la echaba y el mirón se había vuelto a aprovechar de la situación.

Sí, tenía que ser eso.

No podíamos caer otra vez en la misma trampa y aparté la mano del viejo con decisión, mirándole fijamente.

―Si la vuelves a tocar se acabó, y te quedas con un palmo de narices ―le advertí.

Pero Silvia ajena a lo que pasaba entre el mirón y yo, golpeaba su culo contra mis muslos cada vez con más potencia. Y cuando noté que el orgasmo brotaba de mis pelotas intenté avisarla, y puse las manos en sus caderas para que ralentizara el ritmo.

―Aaaaah, Silvia, paraaaaa... aaaaah, aaaaah... para... un momento, más despacio...

Ella se giró por el lado contrario, para que el viejo no viera su cara de placer, me comió la boca sin dejar de follarme y yo no pude más.

―Aguanta un poco... no te corras ahora... ―me pidió. Pero ya era tarde.

―Silvia, aaaaaah, aaaaaah... no puedoooo, paraaaaa... aaaaah, joderrr, diosss, me corro, me corro.

―Un minuto más... solo un min... ¡¡AHHHHHGGGGG!! ―y un potente gemido salió de su boca sin saber por qué.

Mientras me corría dentro de Silvia no quise mirar al viejo, que ya se estaría imaginando lo que pasaba. Y es que al eyacular dentro de ella le había dado un gustazo tremendo a Silvia y ya nos importó una mierda que la pareja que teníamos delante nos mandara callar.

―Aaaaah, ¡qué rico, mmmmmm! Aaaaah, me estoy derritiendo ―dije dejándome llevar.

―¿Quéeeee?... nooooooooooo, no te corrassss, noooo... AAAAAH... ―volvió a jadear incrementando el ritmo de su cabalgada.

Entonces me di cuenta de lo que sucedía, esos aullidos de placer repentinos de Silvia se debían a las rudas manos del mirón, que le apretaba las tetas, hundiendo sus dedos en la piel, como si se las quisiera hacer estallar. Y cada vez que se las estrujaba mi mujer gritaba completamente extasiada.

―¡¡¡¡AAAAH, AAAAAH, AAAAAH, AAAAAH!!!!

Mi polla deshinchada salió de su coño, aunque Silvia siguió moviéndose intentando follarme y notó mi humedad brotando entre sus piernas y mi pingajo frotándose contra su culo. Entonces se quedó parada dejando que el mirón, con una sonrisa sarcástica, manoseara sus tetas a la vez que se pajeaba con la otra mano.

Intenté apartar sus garras del cuerpo de Silvia, que tenía la respiración acelerada y gemía cada vez que él sobaba sus pechos sin decirle nada, como si no le importara que aquel tío estuviera metiéndola mano delante de mis narices.

―Ey, tío, tranquilo, que a tu mujer le gusta, además, ella me lo permite, ¿no ves que no protesta? ―dijo sin apartar sus manazas de las tetas de Silvia―. Le has dejado a medias, todavía no se ha corrido, je, je, je.

La cosa se estaba poniendo seria.

Y busqué el apoyo de mi mujer, teníamos que hacer un frente común contra aquel cerdo. Ese era el plan inicial y había que reconducir con urgencia la situación.

―¿Qué pasa, Silvia?, ¿no te has corrido?, yo pensé que... que... ―tartamudeé intentando poner un poco de cordura en lo que estaba sucediendo.

―No le hagas caso, ha estado muy bien ―susurró Silvia echándose hacia atrás para darme un beso en la mejilla.

―Es mucha hembra para ti, ya te lo dije la otra vez ―se burló de mí el mirón―. Uf... ¡qué buena está! ¡menudas berzas tiene la rubia! ―exclamó sin dejar de meneársela.

Silvia bajó la mirada y se quedó mirando cómo el viejo se la cascaba delante de nosotros a un ritmo frenético. Yo le aparté la mano de un golpe seco y tiré de los dos tirantes de su vestido hacia arriba, cubriendo los pechos de mi mujer.

Se acabó la función.

Pero el viejo protestó. Eso no entraba en sus planes.

―No, tío, pero, ¿qué haces?, al menos deja que le vea las tetas para hacerme la paja, ella me está mirando la polla, es lo justo, ¿no? ―me pidió bajando un tirante para volver a descubrir una de sus tetas.

―Te he dicho que no la toques...

―Ehhh, ahora no la he tocado a ella, solo el vestido, si veo sus tetas me correré enseguida, ¿no es eso lo que queréis?

Yo fui a taparla de nuevo tirando del tirante, pero esta vez fue Silvia la que me lo impidió.

―¿Qué haces, Silvia? ―pregunté yo sin saber qué pretendía mi mujer.

―Da igual, déjalo, cuanto antes termine mejor... ―dijo ella.

―¿Ves?, anda, haz caso a la rubia... y todos tan contentos... ―intervino el viejo.

―Y a ti, ni se te ocurra volver a tocarme ―le recriminó Silvia.

―Vale, vale, entendido, sin tocar... ―y con todo el cuidado del mundo tiró del otro tirante agarrándolo con dos dedos en forma de pinza y bajándoselo por un lado para destapar su otro pecho.

Ahora Silvia volvía a estar con las dos tetazas al aire.

Y el mirón se las miraba relamiéndose mientras reanudaba su paja. Otra vez me fijé en su polla, que a cada sacudida se le ponía más grande y gorda. Aquella verga no era ni medio normal para un tío de su edad. Debía ser el doble que la mía en cuanto a grosor y cuatro o cinco dedos más larga y en el tronco central se le marcaba una pedazo vena que parecía a punto de explotar.

―¿Te gusta, eh? ―alardeó el mirón cuando sorprendió a mi mujer mirándosela―. Pero, tú no te cortes, rubia, me la puedes tocar si quieres, no me importa, es toda tuya... siento que este inútil te haya dejado a medias y no sepa follarte como dios manda... ―y se soltó la polla apoyándola sobre su tripa.

―No, Silvia, no lo hagas ―le pedí yo―. Ahora deberíamos irnos...

Pero Silvia seguía sentada encima de mí sin moverse y yo no podía hacer nada, el voluminoso cuerpo de mi mujer me tenía medio aplastado contra el asiento.

―Venga, termina ya, y ahora ¿por qué paras? ―le preguntó Silvia al viejo.

―Porque necesito algo más para correrme... no estaría mal si me ayudaras un poco ―dijo subiendo una mano y pellizcando un pezón de mi mujer.

―¡¡Auuuuu, cabrón!!, ¡me has hecho daño!

―¡Que no la toques! ―le amenacé yo en alto.

Y cuando me quise dar cuenta el mirón le había cogido a Silvia por la muñeca guiando la mano de ella hasta su polla.

―Así terminaría muy rápido..., ¿o es que ni tan siquiera puedes conseguir que se corra un pobre viejo como yo? ―la retó él.

Pensé que Silvia se iba a negar, a pesar de lo excitada que se encontraba y lo morboso de la situación, hasta el momento le estaba parando muy bien los pies, además, habíamos hablado de lo que teníamos que hacer si llegábamos hasta este punto, pero ante mi sorpresa, Silvia cerró los dedos sobre su falo, empuñando su erección.

―Mmmmmm, eso es... la echabas de menos, ¿eh?, je, je, je, tranquila, les pasa a todas igual, en cuanto la prueban siempre repiten... ―dijo el viejo en plan fanfarrón.

―Silvia, ¿qué haces?, ¿por qué le agarras la...

―Es para que termine cuanto antes, así nos dejará en paz... ―suspiró Silvia interrumpiendo mi pregunta, con un argumento que no se creía ni ella misma, y empezó a masturbarle lentamente.

El viejo volvió a manosearla, apretando y estrujando sus tetas y de vez en cuando le pellizcaba los pezones. Los gemidos de Silvia fueron subiendo de nivel y sus caderas comenzaron a moverse encima de mí. El ronroneo de su mi mujer, unido al baile de su culo hizo que mi polla recobrara vida de nuevo.

Y al mirar hacia abajo observé la mano de Silvia meneando despacio la poderosa tranca del mirón, le pajeaba agarrándosela con fuerza, como me había hecho antes a mí, pero a un ritmo pausado y continuo.

―Así no me voy a correr en la puta vida, yo no soy como el pichafloja de tu marido, joder... mmmmm, me encanta la carita de cachonda que pones, ¿te gusta mi polla, eh? ―preguntó bajando la mano para comprobar el estado de su coño―. Ahhhgggg, joder, ¡qué puto asco!, no tenías que haber dejado que este se corriera antes... así no te voy a poder follar...

―Tú no te vas a follar a nadie ―aseguré yo con voz firme.

―Eso lo tendrá que decidir la rubia, ¿no? ―dijo el viejo volviendo a subir sus rudas manos y apretando sus pechos―. Anda, ven aquí, zorra, y déjate ya de tonterías ―y agarró con fuerza su cuello tirando hacia abajo, y cuando mi mujer se quiso dar cuenta tenía la polla de ese tío pegada en su mejilla.

―¡¡Suéltame!! ―le gritó mi mujer.

―¡Déjala, cerdo o te parto la cara! ―le amenacé yo mientras mi polla no dejaba de crecer bajo los glúteos de Silvia.

―Es solo hasta que llegue..., y ya te dejo..., con la mano no voy a terminar nunca... ―aseguró el mirón―, ¿en serio no puedes conseguir que un viejo como yo se corra?

El muy cerdo acababa de tocar la tecla exacta. Silvia parecía herida en su orgullo, ningún hombre se había podido resistir a sus encantos y ahora aquel sinvergüenza le acababa de retar. Y a orgullo no la ganaba nadie. Ella misma se inclinó en el regazo del viejo, sin que él volviera a pedírselo.

―Te vas a enterar ―susurró mi mujer furiosa.

―Abre la boca, eso es... ¡¡mmmmmmm!! ―exclamó el mirón cuando mi mujer le pasó la lengua por todo el tronco sin dejar de meneársela con la mano.

A la segunda pasada de arriba abajo por su rabo, el viejo acarició su cuello y ella hizo círculos con la lengua sobre su morado capullo. Por más que Silvia lo deseara iba a ser imposible meterse semejante verga en la boca. Y aun así lo intentó. Con todas sus ganas. Abrió la mandíbula como un tiburón hambriento y cuando cerró los labios sobre esa barra de carne incandescente apenas pudo tragarse el glande.

A mí no había querido chupármela, pero a ese viejo se la comía con devoción. ¡Y yo no salía de mi asombro!

―¡Silvia! ―protesté sabiendo que estaba perdiendo el control de la situación, pero ella no me hizo caso.

Además, mi polla me delataba. Y Silvia se había dado cuenta de que me estaba excitando demasiado todo aquello, pues ya notaba mi erección bajo sus glúteos.

Me quedé unos segundos mirando cómo mi mujer le aplastaba las tetas contra sus muslos y le mamaba la polla a ese señor. Cada poco se la tenía que sacar de la boca para coger aire y aprovechaba para darle golpecitos con la lengua a la vez que se le meneaba y luego se la volvía a introducir tratando al menos de tragarse su capullo al completo, cosa que consiguió un par de veces, inflando sus mofletes de una manera extraña.

El mirón sonrió y acarició su pelo.

―Muy bien, rubia... aaaah, ¡tengo que reconocer que eres muy buena con la boca!, joder, no me la habían comido así en la vida... ―y bajó la mano para acariciarle la cara interna de los muslos.

Esta vez no se conformó con tocarla por encima, tiró de una de sus piernas hacia fuera, abriéndola, para luego, clavar el índice en su coño.

Aquel dedo tenía un grosor casi como el de mi polla y se dispuso a follarla con él. Silvia tensó las caderas y ahogó sus gemidos, luchando por seguir avanzando en su intento de meterse lo máximo posible la verga del mirón en la boca.

―¡Qué asco!, espera un momento, rubia... ―protestó él tirando de su pelo hacia arriba y sacando la mano de su falda―. Vamos al baño, tendrás que limpiarte un poco si quieres que sigamos..., ya no me queda mucho..., creo que lo vas a conseguir... ―y se incorporó del asiento a la vez que se guardaba la polla en los pantalones y después agarraba el brazo de Silvia para levantarla como si fuera una pluma.

―¿Qué haces? ―protestó Silvia.

―Ey, deja a mi mujer, cabrón...

¡¡¡PLAS!!!

Y sin que me lo esperara, y con toda la tranquilidad del mundo, el viejo me soltó un guantazo rápido en la mejilla con el dorso de la mano, haciendo que cayera hacia atrás, mostrándole mi pollita erecta. Me quedé sentado sin atreverme a reaccionar, y él se abalanzó sobre mí.

―¡Cállate ya la boca de una puta vez!

―No, no, no me pegues más, por favor... ―le rogué cuando él volvió a levantar la mano.

―Joder, eres patético, pensé que tenías más cojones, te suelto una cachetada y ya te has meado encima... ―dijo poniéndome la mano sobre el cuello y apretando sin hacer mucha fuerza―. No vamos a pelearnos aquí, ¿no?, anda, guárdate esa cosita, levántate y ven con nosotros... ―me pidió soltándome.

―No vuelvas a tocar a mi marido ―le amenazó Silvia.

―Perdona, es que ya se estaba poniendo un poco pesado...

―No vamos a ir contigo a ninguna parte... ―le dijo mi mujer.

―¿Y vas a dejarme así? ―preguntó mostrando su paquete―, pensé que eras diferente..., especial, pero ya me veo que me he equivocado contigo, ni tan siquiera has conseguido hacer que un pobre viejo como yo se corra...

―Ese es tu problema... ―respondió mi mujer observando el exagerado bulto que se le marcaba bajo los pantalones.

―Vamos, solo van a ser cinco minutos, te lo juro que estoy a punto y además, yo también quiero hacer que disfrutes...

―Silvia, no ―intervine yo viendo en su cara la determinación y el convencimiento, pues había sido herida en su orgullo y ya no iba a parar hasta hacer que se corriera el viejo.

―Ya casi hemos terminado... ―insistió él.

―Joder, de acuerdo, cinco minutos, ehhhh, ni uno más... ―cedió Silvia, que sin duda alguna quería seguir gozando con el pollón de ese tío.

El mirón agarró su mano y tiró de ella para salir del cine con mi mujer, que se dejó llevar a los baños, dispuesta a terminar lo que había empezado. Yo les seguí y llegamos al pasillo del que iban saliendo las distintas salas. El viejo pasó el brazo por la cintura de mi mujer para guiarla, bajando un par de veces la mano, y sobando su trasero por encima del vestido.

―Estás muy buena, rubia... ―dijo soltando un azote sobre el glúteo de Silvia.

―¡Para un poco, aquí no!

Cualquiera podría habernos visto, aun así, Silvia caminó impúdicamente, moviendo las caderas con descaro, y yo les seguí a dos metros de distancia, hasta que llegamos a los baños de los cines.

―Venga, vamos, y tú quédate en la puerta... vigilando... ―me ordenó el viejo―. Hoy está de segurata el Bartolo y como nos pille... este es de los que nos denuncia y llama a la policía..., no querrás que tu mujercita se vea implicado en un escándalo así... ¿verdad?

Y se metió en el baño de hombres abrazando a Silvia de la cintura antes de darle otra cachetada en el culo.

―Tira pa dentro, rubia... y no te preocupes por nada... que ya tenemos a tu marido vigilando... en cuanto te limpies un poco voy a hacer que te corras como te mereces...

6

Me daba mucha vergüenza mi comportamiento y el haberme amilanado cuando el viejo me cruzó la cara, y ahora Silvia estaba dispuesta a satisfacer las exigencias de ese tío, que ya nos dominaba a su merced.

Como me ordenó el mirón, me quedé en la puerta por si venía el chico de seguridad con el que antes nos habíamos cruzado por el pasillo. La advertencia de que si nos pillaba podía denunciarnos por escándalo público e incluso llamar a la policía hizo que todavía me pusiera más nervioso. A pesar de eso, me encontraba extrañamente excitado, y eso que me acababa de correr, pero ver al viejo manoseando a mi mujer en medio del pasillo había hecho que se me pusiera más dura.

Entré en el baño y eché una ojeada rápida para ver qué es lo que estaban haciendo. Cuando me asomé, Silvia se limpiaba el coño con un poco de papel y al terminar, el viejo le agarró por la cintura e hizo que se inclinara sobre el lavamanos sacando el culo hacia fuera. Me fijé que las bragas de Silvia se encontraban hechas un ovillo en el suelo y él metió las manos por el lateral de su falda hasta que desnudó su culo.

El mirón se quedó unos segundos deleitándose con el trasero de Silvia y luego le soltó una cachetada suave. ¡Plas!

―Uf... ¡qué bien suena!, nos lo vamos a pasar de puta madre ―aseguró accionando el jabón para que cayera sobre su mano a la vez que abría el grifo, para después meterla entre las piernas de Silvia.

El muy cerdo clavó un par de dedos en su coño, y se los restregó unos segundos, como si se lo estuviera lavando por dentro. Silvia se apoyó, sacando más el culo y cerró los ojos gimiendo, mientras el viejo la limpiaba con sus rudas manos.

―Bueno, creo que esto ya está listo... ven, termina tú... ―y pulsó el botón del jabón para que cayera sobre la palma de Silvia.

En cuanto notó el jabón, bajó la mano y mi mujer se introdujo un par de dedos en el coño para terminar de asearse. La escena me parecía tremenda y me asomé fuera otros treinta segundos comprobando que no venía nadie.

Al regresar al interior, Silvia seguía con el culo desnudo y ahora se metía y sacaba los dedos de su coño con rabia, mostrándole al viejo lo caliente que estaba.

―¡Madre mía!, joder, tío, ¿has visto a tu mujercita? ―me preguntó al verme―. Le digo que se limpie un poco y la muy puta se hace un dedo, je, je, je. Tengo que reconocer que me la ha puesto muy dura. ¡Anda, ven aquí! ―dijo incorporándola y agarrando su brazo para meterse juntos en un reservado.

Desde mi posición ya no podía verles, aunque no cerraron la puerta. Salí fuera y eché otro vistazo, no había nadie y me metí en los baños avanzando hasta donde se encontraban. Mi mujer tenía las dos tetas fuera y se miraban a los ojos frente a frente mientras el viejo, ahora con la camisa abierta, manoseaba su culazo. Los dos se dieron cuenta de mi presencia, pero no dijeron nada y Silvia no pudo más y tiró con fuerza del pantalón del viejo para desabrochárselo y meter la mano por dentro.

―¡Qué ganas de polla tienes! ―exclamó el mirón dejándose hacer.

Y de repente, su venosa polla apareció entre los dedos de ella, que se afanó en sacudir con ganas aquella verga, agarrándosela a dos manos. El mirón acarició su cuello y tiró de Silvia para acercar su boca a la de mi mujer. Eso sí que no me lo esperaba. Podía entender que le gustara su polla, pero que abriera los labios para besarse con el viejo ya me descolocó del todo.

¡¡Silvia estaba decidida a desplegar todos sus encantos para hacer que el viejo se corriera!!

El muy cabrón no dejaba de sobar su culazo mientras se morreaba con Silvia, que lejos de amilanarse, le correspondía lamiéndole los labios y entremezclando sus lenguas en un beso guarro, húmedo y soez. Cuando el viejo bajó la cara para chupar su cuello, Silvia no pudo más y me miró fijamente a los ojos aumentando el ritmo al que le meneaba la polla y bajó una mano para sobarle los huevos.

―¿Vas a correrte ya? ―le preguntó mi mujer.

―Mmmmm, me matas, rubia, todavía me queda un poco, yo no soy como el inútil de tu marido, que termina en quince segundos, je, je, je ―y apartó de nuevo sus braguitas metiendo dos dedos dentro.

Eran gruesos, ásperos y varoniles y se los clavaba con fuerza, formando en su interior un gancho a la vez que la penetraba. Silvia tuvo que agarrarse a su cuello con las dos manos, soltándole la polla y comenzó a gemir en alto.

―Aaaaaah, aaaaah, aaaah, síííí, sííííííí ―se dejó llevar mientras ese desgraciado ya tenía el control absoluto de la situación.

Y a punto de conseguir que Silvia se corriera le sacó los dedos y tiró de su vestido hacia abajo desnudando sus tetas. Mi mujer le miró sorprendida, preguntándose por qué se había detenido ahora que estaban tan cerca de llegar al orgasmo los dos.

Con un rápido movimiento el viejo la giró y le puso el antebrazo contra su espalda, prácticamente inmovilizándola.

―No, joderrr, para, para, estate quieto..., ¿qué haces? ―protestó Silvia.

―Si te la meto me voy a correr, te lo prometo, ¿no es lo que quieres?, me tienes muy cachondo y ya no puedo más.., ahora voy a follarte, rubia...

En cuanto sintió su polla entre las piernas, Silvia apoyó la cara contra los fríos azulejos del baño y ella mismo buscó la abertura de su falda para ir pasando la tela por un lado y desnudar su culo. El mirón se puso detrás de ella y le pegó varios golpecitos secos con su verga en medio del coño, haciéndola gritar de placer.

―Mmmmm, ¡cómo chapotea! ¿Lo escuchas? ―me preguntó disfrutando del momento―. Venga, anda, sal fuera y vigila, luego te dejamos mirar un poco para que te hagas una paja, je, je, je..., ¡¡ahora voy a follarme a tu mujercita!!

Me quedé unos segundos quieto, no me apetecía salir de allí y dejar a Silvia en las garras de aquel cretino, que seguía restregando su polla entre sus piernas. Mi mujer no paraba de gemir con los ojos cerrados y cada vez sacaba más el culo hacia fuera buscando el contacto.

―No, aaaaah, para, para, aaaaah... ―le pidió por última vez.

Pero el muy cerdo se lo estaba haciendo desear. Nos lo estaba haciendo desear.

―Vamos, vete fuera a vigilar, o no voy a poder follarme a la rubia, en cuanto se la meta se va a poner a chillar... ―me repitió el mirón.

Entonces la voz de mi mujer me sacó del trance en el que me encontraba.

―Por favor, Santi, sal fuera... haz lo que te dice... ―susurró en una especie de gemido.

―¿Entonces quieres que te folle? ―se regodeó el viejo.

―Eres un cabrón, aaaaah, aaaaah...

Eché a andar hacia la puerta y un segundo antes de abrir, un potente gritó desgarrador brotó de la boca de Silvia.

―¡¡¡AAAAHHHHHHH!!!

No sabía qué hacer, si dar media vuelta para ver por qué había gritado así, o quedarme en medio del pasillo como me habían pedido. Y después del primer aullido de Silvia vino otro. Y después otro.

El viejo mirón ya se estaba follando a mi mujer en los baños del cine.

Y la cosa se puso peor cuando vi aparecer al de seguridad al fondo del pasillo. Debí de disimular muy mal, porque echó a andar en mi dirección con paso decidido. Sin tiempo que perder entré en los baños y fui hasta la última cabina, donde el viejo, con los pantalones por el suelo, embestía a Silvia agarrando con fuerza sus tetas.

―¡¡Parad, parad... viene el segurata!! ―les avisé.

―¡Mierda, no me jodas!, ¿en serio? ―preguntó el mirón deteniendo sus movimientos.

Silvia miró hacia atrás, preguntándose por qué había parado de follársela y ella misma meneó las caderas para que siguiera.

―¡No pares, sigueee..., venga, córrete ya...! ―le pidió al viejo.

―Silvia, ese tío viene hacia aquí... ―les advertí.

―Yo creo que ahora mismo le da absolutamente igual, je, je, je... ―alardeó el mirón sacándosela para dejarla apoyada sobre sus glúteos.

―Parad ya, joder, o por lo menos cerrad la puerta... ―dije yo entornándola un poco.

No me dio tiempo a volver a salir, pues cuando me dirigía de nuevo al pasillo se abrió el acceso al baño y apareció el tipo de seguridad, con sus extrañas gafas de culo vaso.

―Buenas noches ―me saludó con una irritante voz de pito.

―Buenas noches...

Se metió en un reservado a hacer pis y yo me lavé las manos. Cuando terminó se puso a mi lado, en el otro grifo y de repente se escuchó un gemido que provenía del último cubículo.

No cabía duda de que había sido una mujer.

Frunció el ceño y nos miramos a través del espejo, entonces sacó la porra, se acercó a la puerta y le dio un ligero empujón con ella. Pensé que al menos habrían echado el cerrojo, pero otra vez me equivoqué.

Y la puerta se abrió lentamente.

―¡¡¡¿¿Pero, qué coño es esto??!!! ―gritó el segurata con su particular voz.

7

El mirón estaba detrás de mi mujer, con su polla dentro, follándosela despacio contra la pared. Las descomunales tetas de Silvia lucían aplastadas contra los azulejos y abrió la boca, soltando un gritito, al verse sorprendida por aquel tipo.

―¿Otra vez tú? ―le inquirió al viejo.

Estaba claro que no era la primera vez que le pillaba en una situación así. Yo me puse muy nervioso, pero el mirón se quedó tan tranquilo, sacando su verga del interior de Silvia y volviéndola a dejar apoyada sobre su culo.

―Te advertí que si te cazaba otra vez te iba a denunciar..., lo siento, ya no puedo dejarlo pasar, además, esta vez tengo testigos ―dijo mirando hacia mí y cogiendo el móvil para llamar a la policía.

―Espera, venga, tío, enróllate un poco, y por este no te preocupes, es el marido de la rubia... ―le interrumpió el viejo.

―¿Cómo dices? ¿El marido?

―Sí, es solo un cornudo al que le gusta ver cómo se follan a su mujer...

―Ey, no te pas... ―quise intervenir yo.

―Shhh, cállate, te pedí que vigilaras la puerta y ni para eso sirves... ―me regañó.

―Pero si os he avisado que venía...

―Venga, déjanos terminar, y hacemos como que aquí no ha pasado nada... ―le pidió el viejo al segurata sin hacerme caso.

―No puedo, tengo que cumplir con mi trabajo...

Durante toda la conversación surrealista que se traían entre los dos, Silvia no cambió de posición, pero al menos, se subió el vestido para taparse las tetas, mostrando un mínimo de pudor y decencia, aunque siguiera sacando el culo con la esperanza de volver a ser penetrada.

―¡No me jodas!, ¿pero no has visto lo buena que está la rubia?, nos has cortado el polvazo a la mitad, y mira qué cachonda está... ―le explicó el viejo restregando la polla entre sus piernas para que se escuchara el chapoteo―. Déjanos un poco más...

―¡Hostia! ―exclamó, abriendo los ojos de par en par detrás de sus gafas de culo de vaso.

―¿Ves?, lo que te decía..., si quieres puedes mirar cómo me la follo, no nos importa, ¿verdad, rubia?

Silvia apenas podía articular palabra, y emitía pequeños gemiditos, a la vez que movía sus caderas, mientras el viejo le frotaba la verga por los labios vaginales.

―Seguro que podemos llegar a un acuerdo ―soltó el mirón.

Pude ver en la cara de Bartolo que empezaba a tener dudas, había echado la mano al móvil, pero la erección bajo sus pantalones marrones le delataba. Y ahora el viejo le estaba ofreciendo un trato.

―¿Qué te apetece hacer?, ¿quieres sobarle las tetas?, te aseguro que son impresionantes...

―Este no va a tocarme un pelo ―aseguró Silvia.

―No, no puedo... tengo que denunciar, de verdad... ―se reiteró el segurata.

―¿Quieres tocarle el coño y ver lo mojada que está?, ¿quieres soltarle un azote?, vamos, habla, tiene que haber algo que te guste...

―¿No me has oído que no pienso hacer nada con este tío? ―volvió a decir mi mujer.

―Venga, nena, colabora un poco, no querrás que nos denuncie...

―Me da igual.

―No, de verdad que no puedo.

―Acércate, tío, mira qué melones... ―dijo el viejo sacudiendo las tetas de Silvia delante de sus narices y bajando los tirantes de su vestido para descubrírselas―. Hazte una paja mientras follamos, o que te la haga el cornudo del marido si eso es lo que te pone...

Y la cara de Bartolo se transformó cuando escuchó esas palabras, comenzando a tartamudear todavía más.

―Per... perdona, ¿qué..., qué has dicho?, que me haga una paja, ¿quién?

―El marido, que te la menee mientras me follo a la rubia...

―Ni de coña..., no te lo crees ni tú ―me negué yo.

―Yo prefiero que me la haga ella... ―le corrigió.

―Está bien, como prefieras, pues que te la haga la rubia... ―aceptó el mirón.

―Que noooo, que noooo ―protestó Silvia―, que te he dicho que este no me va a tocar ni un pelo..., ni yo a él...

―Solo es para que se vaya y nos deje solos...

―De eso nada...

―Está bien..., qué difícil me lo pones, rubia...

Seguro de sí mismo, se agarró la polla y comenzó a restregarla con fuerza en el coño de mi mujer. Los gemidos de Silvia subieron de nivel y sacó el culo hacia fuera cediendo contra la pared, cuando las piernas le flaquearon.

―¿Quieres que te la vuelva a meter? ―preguntó el mirón soltándole un duro azote en su nalga izquierda que resonó en todo el baño. ¡PLAS!

―Ey, parad ya, en serio... ―volvió a pedirles Bartolo.

―Venga, sácate la polla y hazte una paja, este se puede quedar fuera vigilando la puerta ―dijo el mirón refiriéndose a mí―. Nadie se va a enterar nunca, a ojos de todos seguirás siendo un profesional intachable, te prometo que si viene alguien paramos... y cada uno por su lado...

―No, no puedo...

―Vamos, la rubia se está derritiendo...

―¡Métemela ya! ―le pidió Silvia mirando hacia atrás y pasando la mano entre sus piernas para agarrarle ella misma la polla al mirón.

―Joder..., venga, vale ―cedió al final el de seguridad, animado por los gemidos de Silvia... ―. Pero que este vaya a la puerta...

―Bien, sí, ya le has escuchado, si quieres que me folle a tu mujercita tienes que salir fuera y vigilar...

―Silvia... ―le fui a preguntar si estaba de acuerdo, pero no me dio ni tiempo.

―Hazlo, Santi, por favor... aaaaah, aaaaah... joder... sal fuera, vamos... aaaaah... ―jadeó cuando el mirón volvió a restregarle la polla entre las piernas.

El vigilante de seguridad se quitó el walkie, dejándolo sobre el lavabo y se desabrochó el pantalón. El muy cabrón se iba a masturbar viendo cómo el mirón se follaba a mi mujer. Entonces, antes de salir al pasillo, le escuché desde la puerta con su voz de pito.

―¿Al final me hago yo la paja o me la hace la rubia?

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