Salvando a Livia: Capítulos (13 y 14)
Entre las máscaras de una boda profana y la desesperación de un hombre vendido por dinero, el deseo se convierte en una trampa de la que no hay salida limpia. ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por sobrevivir o por placer?
13.LA BODA NEGRA
LIVIA ALDAMA
TIEMPO ATRÁS
¿Cuánto es capaz de corromperse una mujer por la pasión, por lujuria y por el deseo de un hombre?
Eso yo lo sé, y me avergüenzo y me arrepiento de haber caído tan bajo.
Tras los desastrosos y trágicos acontecimientos ocurridos el sábado 3 de junio, día en que mi ansiada y esperada boda con Jorge Enrique Soto Galvin se canceló, frustrándose con ello mis deseos de perpetuarme como la señora de Soto, a costa de un renuente Aníbal Abascal que moría de celos y de la maldita loca cornuda de Raquel Soto que a toda costa pretendía nulificarme, me di cuenta que el demonio ya me había anticipado a ello, premiándome (o condenándome) con una ceremonia herética que me consagró como la mayor zorra, pervertida e inmoral de Monterrey.
¿Quién iba pensarlo? Después de todo, yo ya estaba casada con Aníbal Abascal, al menos de forma profana, según el ritual que habíamos llevado a cabo en aquella ceremonia sacrílega y degradante en el club de los Baroneses, en la que su locura y la mía, arrastrada por mis ansias de trasgredir lo moralmente correcto, se homogenizaron hasta fecundar un sin nombre.
Aníbal me hizo aquella sucia proposición una noche turbia y húmeda de finales de mayo, previo al verano a mi boda con Jorge. Me lo dijo mientras nos deslizábamos, desnudos en las suaves sábanas blancas de lino que Jorge había mandado poner con los decoradores, en la cama matrimonial que supuestamente estrenaríamos él y yo durante nuestra primera noche como esposos.
La preparación fue de un día para otro, y la boda un domingo por la noche.
El antiguo monasterio de las benedictinas de Monterrey, ahora convertido en La Guarida, oficialmente la Sede del Club de los Baroneses, fue dispuesto y ornamentado para la ocasión.
Todo el mundo llevaba máscaras venecianas de diversos estilos y colores, sin importar si las mujeres eran esposas o novicias. Todo el mundo portaba antifaces; había bufones y mujeres con vestuarios exóticos haciendo malabares con tiras de colores y botellas prendidas de fuego que lanzaban al aire y las atrapaban con las manos, para volverlas a lanzar.
Aníbal y yo portábamos antifaces negros, el suyo semejante el que usaba el personaje del zorro, y la mía con apariencia de mariposa.
Era evidente que la proposición de aquella boda negra había sido un mero trámite, pues Aníbal siempre supo que yo aceptaría.
«Quiero que te cases conmigo, Drusila, cúmpleme este capricho ya que padeceré la humillación y el sacrificio de verte casada con otro. Cásate conmigo, Drusila, cásate conmigo antes que con él. Si esto para ti no es una forma de decirte que te amo en exceso, no sé qué más hacer para convencerte de mi amor.»
Tales palabras las tomé como una declaración de amor. Una confesión venida del alma. Una entrega de sentimientos. Una consecución de placeres como resultado de nuestras perfidias.
A lo mejor fue la palabra «te amo» la que me hizo ceder a su proterva propuesta, y la que ha hecho ceder y colapsar hasta los más eruditos de la tierra, corrompiendo tantos cuerpos, tantos espíritus, tantas almas, tantas mentes y tantas promesas: porque «amor» es esa palabra; es esa victoria, es esa consonante incorpórea que envenena los buenos sentimientos.
Ahora sé que el amor tiene caducidad. El amor es la única certeza que tengo de que, después de él, todo lo demás se consume, convirtiéndose, luego, en resentimiento.
Y esa noche me vestí de negro, como el frac, el antifaz y la camisa de Aníbal que engalanaban su apostura, porque negra era mi victoria, mi alma, mi conciencia, mi intelecto. Porque sólo Livia tenía derecho de casarse de blanco. Mas no Drusila, que hasta la tanga que partía sus nalgas por detrás eran del color atezado.
Y por eso nos presentamos la noche de ese domingo de mayo en aquella antigua cofradía convertida en una selecta fraternidad de varones, prendados del brazo el uno del otro, él orgulloso, erguido, y yo nerviosa, inquieta. Ambos descendiendo una escalera de piedra para llegar al gran vestíbulo donde todo los Baroneses y sus mujeres nos esperaban, engalanados.
Aníbal lucía cual caballero de la realeza, y yo como la zorra que era: con el cabello suelto, liso y brillante hasta mis caderas, con un vestido de seda negra, corte imperial, que transparentaba todo mi cuerpo, salvo mis pezones y mi vulva, sitios concretos donde se le habían añadido motivos de pedrería de plata.
Ahora entiendo por qué en su momento mi amante se había obsesionado tanto con ponerme modistas que me tomaran las medidas de mi cuerpo. Era para mí vestido de bodas, que por cierto su textura parecían suaves manos acariciándome la piel.
En mi cabeza portaba con orgullo un finísimo velo que estaba ensamblado por una hermosa tiara diamantada que, dijo él, «es como la que luce la emperatriz Drusila en la pintura que te regalé.»
Y todo el mundo aplaudió. Y a mí me extrañó que un hombre tan celoso y posesivo como Aníbal Abascal consintiera exhibirme vestida de esa forma pues, de alguna manera, se me veía mi desnudez.
En el centro de la estancia habían puesto un enorme tálamo nupcial de cuyo dosel caían ricas telas tintas con brocados dorados que se recogían en las cuatro partes de la cama con un moño.
Y me horrorizó pensar que después de la ceremonia tuviésemos que hacer el amor delante del mundo entero. Y el pecho me tembló de miedo y vergüenza. Miré al hombre que me sujetaba y él sonreía envanecido, y yo no sabía lo que estaba haciendo.
Delante del tálamo yacía una especie de mesa de piedra, y junto a él un hombre trajeado, con una máscara roja que simbolizaba la eternidad, y que se hacía llamar el Gran Baronés, que fue quien llevó a cabo la ceremonia.
Se dijeron diversas palabras ceremoniales mientras se repartía vino; un vino fuerte que yo bebí con rapidez a fin de desinhibirme aún más, pues no sabía lo que podía pasar después.
Perla y Claudia, las dos amigas de Abascal que yo ya conocía de antes, nos entregaron cada una las alianzas matrimoniales, revestidas en oro y cobalto, que le daban una apariencia oscura a los metales.
Cuando los recibimos, primero besaron a Aníbal en la boca, y luego metieron sus lenguas en la mía, las cuales recibí, con sorpresa, intentando exteriorizar la misma naturalidad con que estaba intentando comprender aquella inverosímil ceremonia.
Pero los ricos tienen gustos extravagantes incomprensibles para el resto de la humanidad.
Y suspiré nerviosa, el pecho temblándome angustiado.
En el interior del anillo de Aníbal rezaba la leyenda «en posesión de Drusila» y en el mío «en posesión de Augusto», y tras diferentes palabras en que el Gran Baronés me recordó lo afortunada que era de quedar bajo la protección de «Augusto», pidió a mi nuevo esposo declararme sus votos, diciéndome:
—Mi querida Drusila. Prometo amarte perennemente. Poseerte en cuerpo, consciencia, mente, espíritu y alma. Juro fornicarte con ferocidad bravía y con romance. Custodiar tu probidad. Preservar tu integridad física cuando las sombras de la clandestinidad nos revistan en tu vida y en la mía. Y hacerte mía para siempre, sin importar disentimientos y tempestades, ahora y hasta después de mi muerte. Amén.
Y mis votos como esposa consistieron en mi entrega total hacia mi hombre antes que en palabras «porque las palabras se las lleva el viento» dijeron «en cambio los actos se perpetúan.»
Y tras otro trago de ese vino tan poderoso, de pronto me vi tendida sobre el tálamo nupcial, con Aníbal tumbándose arriba de mí, y yo agitada, impasible, con el efecto del vino suspendido en mis mejillas.
—Aquí no —susurré con vergüenza, cerrando los ojos y empuñando las sábanas con mis manos, fuerte, agitada.
—Ábrete de piernas para mí, dulzura.
—Por favor —supliqué llorosa, sintiéndome expuesta, consternada, en tanto oía bullicio a mi alrededor.
—Ahora eres mía, y quiero tomar posesión de mi esposa, Drusila. Ábrete de piernas.
Y le hice caso, apretando mis manos en las sábanas, con mi cuerpo tensado, y al poco tiempo con sus labios hundidos en mi clavícula.
Cuando menos acordé tenía las piernas abiertas para él y mi cuerpo descubierto, exponiendo mi frágil desnudez. Y sentía mis pesados pechos desparramándose por mis laterales, el pálpito de mi corazón retumbando en mis orejas, y el recubrimiento que me ofrecía el antifaz haciéndome viajar a un mundo alternativo donde yo simplemente era Drusila.
Y a oscuras, percibiendo murmullos y vocerías en derredor, distinguí el caluroso aliento de mi hombre golpeándome la cara, al tiempo que tres de sus ásperos dedos ingresaban en mi acuosa vagina y palpaban mi rugosidad. Y yo me contraje, atrapando sus dedos con mi abertura, y mis jadeos se volvieron suaves como sus besos, como su lengua, como sus profusas respiraciones.
Abrí los ojos y de pronto nos vi rodeados por hombres y mujeres que se besaban, que se desnudaban, que se recostaban, que se masturbaban los unos a los otros, y otros que se chupaban.
—¡Dios…! —jadee.
Y mi lengua atrapó la suya, mojándola con mi humedad. Sus dedos hurgando mi coño y mis senos vibrando ante cada movimiento procaz.
Entre mis jadeos, mi perverso esposo sacó sus dedos de mi hondura carnosa y me los metió en la boca. Le gustaba hacerme probar mis propios flujos:
—Así saben las putas —solía decirme, y yo sorbiendo la humedad con constante brío.
Y la ansiedad que sentía por sentirme vacía me obligaron a exigirle mi necesidad «métemela», y él, con una sonrisa satisfecha, accedió.
Aníbal no quiso desnudarse, sólo tomarme como suya en presencia de aquella fraternidad, como dictaba la tradición. Tan sólo se sacó el falo de la bragueta, hinchada, venosa, y la posicionó en el preludio de mi vulva mojada justo después de recoger mis piernas y ponérmelas en sus hombros.
Desde la perspectiva de los espectadores puedo imaginar lo que ellos veían; una joven de 24 años con las piernas en los hombros de un hombre maduro de 44.
—¡Aaah! ¡Ahhh! ¡Sí! ¡Sí! —sentí su glande floreando mi coñito.
—Uffff —bramó él, ingresando lentamente, amando mi estreches y la forma en que lo enrollé con mis brazos para pegarlo junto a mí.
—¡Aaaahhh! —gemí cuando mi vagina absorbió por completo su pene y él comenzó a entrar y a salir.
Mis gemidos hicieron eco en el gran salón, uniéndose a la orquesta de procacidades que reverberaban por doquier.
La escena era de lo más sórdida; todos fornicando a nuestro alrededor mientras nosotros sacudíamos la cama en el centro de la estancia. Mi mente flotaba ante cada aroma. Mi cerebro se perdía entre el vino y la obscenidad.
Pero yo no era la Livia de Jorge. Yo era la Drusila de Aníbal.
Cuando abrí los ojos volví a la realidad, y vi a nuestro alrededor una escena orgiástica que no hizo sino excitarme aún más.
—¡Ahhh! ¡Hummm! ¡Aaaaah!
Aníbal me puso a cuatro patas, y con sus largos dedos me cogió del pelo y tiró de él, haciéndome mirar la escena que tenía delante.
Vi a una mujer pelirroja, totalmente maniatada por el placer y la desvergüenza. Tres falos inundaban sus orificios; uno en la boca, el más grueso en el recto, y el más largo en la vagina. La tenían colocada de una forma inverosímil en una alfombra que había junto a nosotros.
A su costado una mujer desnuda, sólo con las joyas puestas, chupaba cuatro vergas a la vez como una irreprochable viciosa. Luego pasaba la lengua por sus huevos, mojándolos, estilándolos, mientras sus manos las masturbaban.
—¡Diooos… Aníbaaaal! —suplicaba yo, cuando me rellenaba en cada embestida.
—¡BUUUUF! ¡AaaaaHhh! —bufaba él.
Sobre la mesa donde se había efectuado la ceremonia nupcial habían dos mujeres a cuatro patas, una frente a la otra, siendo perforadas por un hombre cada una, en medio de ellas un pene adicional que mamaban las dos mientras él se restregaba, al grado de que en las chupabas sus lenguas lograban tocarse.
—¡AH! ¡AH! ¡AH! ¡Papi! ¡Papiiii!
Y yo estaba ardiendo de calentura, mientras la polla de Aníbal me rellenaba la vagina, y yo sujetada del poste de hierro que daba hacia la zona izquierda del gran salón.
Y mientras la orgía se llevaba a cabo con sordidez, Aníbal volvía tumbarme sobre la cama, y de pronto mis tobillos estaban al lado de mis orejas, de tal manera que mi rajita estaba más abierta que nunca.
—¡Dilo! —me obligó, poniendo la punta de su glande sobre mis mojados e hinchados gajos vulvares, que vibraban de erotismo, ansiosa de recibirlo.
—¡Soy tu puta!
—¡Dilo!
—¡Métemela ya, por Dios!
El cosquilleo que detonó desde mi perineo y que se expandió incluso hasta mi recto, espalda y vientre, lo provocó la forma implacable en que Aníbal penetró su verga sobre mí «¡AAAAHHHH!» grité. Mis endurecidos pezones recibieron una descarga de adrenalina que me puso a vibrar, en tanto un chorro de placer explotaba desde mi vagina cuando Aníbal metía, además de su trozo de carne, tres dedos en mi agujerito, mientras con otro masajeaba mi clítoris.
Mi boca atrapó la suya y absorbí su lengua hasta que empapó mi paladar. Nos llenamos de saliva y al poco rato sentí sus dedos libres cerrándose en uno de mis duros pechos.
Todo era un acto demencial.
—¿Dónde la quieres? —solía preguntarme previo a correrse—, ¿en tu cara, en la boca, en tus pechos o en tu puchita?
Pero aquella noche no hubo anuncio ni alternativas. Drusila ya era su mujer, y como tal quería sellarme.
—¡Voy a inundarte las entrañas, Drusila… porque eres mía… eres mía! ¡Pffff!
Su grito me paralizó, al mismo tiempo que sentí cómo mis vísceras se ahogaban con su leche caliente, que salía desde su glande disparada y febril, con abundantes borbotones acuosos que me marcó como la mayor puta de Monterrey.
Esa noche no sólo me casé con Augusto, sino con la depravación misma.
Y, en esas condiciones, ¿quién tiene salvación?
14.PRECARIEDAD
JOAQUÍN ARMENTEROS
Lunes 10 de julio
Monterrey Nuevo León
Después de un mes, Aníbal seguía sin ser apresado por las autoridades, pues un juez de control había considerado que las pruebas presentadas «no eran consistentes», y aunque la batalla legal seguía, había un descontento generalizado de quienes pensaban, como yo, que la gente de Abascal estaba usando toda clase de sobornos para desestimar las denuncias.
«¡Maldito país de mierda!»
Ni siquiera le habían otorgado prisión preventiva, y lo único relevante del caso era el hecho de que le habían prohibido salir de la ciudad.
«¡Puta corrupción!»
Para colmo, la ley decía que Olga Erdinia tomaría posesión de Monterrey hasta el 1 de septiembre, y mientras tanto, con una crítica constante ante el nulo avance contra Aníbal Abascal, su frustración era evidente:
«Aunque todavía no tomé posesión en palacio de Monterrey, estoy haciendo todo lo humanamente posible para que Aníbal Abascal sea vinculado por los delitos imputados. ¡No me cruzaré de brazos, ni consentiré que dentro y fuera de mis gestiones haya infractores de la ley! ¡Nos iremos a tribunales federales e internacionales de ser necesario! ¡No voy a consentir la impunidad!»
Por otro lado, sabía que Raquel Soto y la señorita Vanessa Abascal habían viajado a Escocia, a fin de llevar consigo parte de las cenizas de la difunta Ximena. Así que, para su suerte, habían abandonado a Aníbal, y yo estaba seguro de que él aprovecharía esa ausencia para tramar sus próximas venganzas.
Por mi parte, me preocupaba de las pocas noticias que se había de Jorge Soto. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Nadie hablaba sobre él, y parecía que se les hubiese olvidado que semanas atrás hubiese sido él quien prendiera el fuego que todavía estaba ardiendo en el imperio de Abascal. Pero hasta cierto punto me parecía lógica la ausencia del nombre de Jorge en los noticieros, ya que, de no ser por el escándalo de Abascal, el pobre pelirrojo a lo único que habría podido aspirar era a ser el mayor cornudo de Monterrey.
¿Y Livia? ¿Dónde mierdas estaba mi pequeña Livia?
Escondida de la ignominia, era evidente, ¿pero dónde?
Otro que estaba desaparecido era Valentino Russo, y si bien no es que me importara su suerte, se me hacía raro no haberlo visto desde finales de mayo, cuando me la juró luego de que yo renunciara a mi cargo tras robarle unos documentos que lo señalaban como el principal sospechoso de haber incendiado Fermenta, el bar de Pato, que por cierto estaba a días de volver a reinaugurarse.
Valentino Russo ni siquiera tenía activas sus redes, y eso sí que era de extrañarse, suponiendo que él basaba el éxito de su vida en los «me gusta» y cantidad de seguidores que tenía día a día. Ya en el gimnasio donde yo trabajaba de monitor me había encontrado a algunas de sus «hembras» quienes también me habían preguntado por su paradero.
—Si te digo la verdad, no lo sé ni me interesa, hace más de un mes que ya no trabajo con él. —Solía responderles con acritud.
Y, a decir verdad, ojalá que nunca más me lo volviera a encontrar. Es que Valentino tenía una forma demoniaca de hacer que todo en su entorno se contaminara con él, incluido yo, quien siempre fui su vertedero de desperdicios y el premio de consolación de sus mujeres.
Me dolía sobre manera haberle fallado a mi padre que, hasta su muerte, me crio con los códigos morales más estrictos que debía tener un buen hijo regiomontano. También le fallé a mi madre, porque aun si cumplí mi ambición de verla salva y a mis tres hermanas estudiando una carrera, no pude ser el hijo que ella esperaba:
«No quiero tu dinero si ese dinero es mal habido, hijo mío» solía decirme mamá.
«Madre, recíbalo, porque yo no he matado a nadie»
«Pero he oído cosas de ese tal Valentino. No es trigo limpio. Y sé que muchas veces ha querido propasarse con tus hermanas, y, aun sí, tú sigues detrás de él, como un esclavo sin conciencia. Yo quiero un hijo recto, no me decepciones, Joaco.»
«Valentino jamás tocará a ninguna de mis hermanas, madre, créame cuando se lo digo. Y, por otro lado, yo no puedo renunciar a ser su escolta, porque necesito darles a todas ustedes una vida digna… y, sobre todo, una vida digna a él, a mi desvalido hermano menor»
Al llegar a casa me llamó Isaías, que estaba tendido en el suelo simulando nadar.
—¡Joaco!
—¿Dónde está en chico más poderoso de la casa?
—¡Aquí! ¡Aquí! —decía él, levantando las manos para que lo abrazara.
Isaías tenía 14 años, pero no había crecido demasiado. Podía caminar, pero lo hacía con dificultad. Le gustaba el fútbol, y le frustraba el hecho de no poder jugar como lo hacían otros niños, quienes lo trataban como «retrasado mental.» No había nada que me doliera tanto como verlo llorar. Por eso trataba de consentirlo la mayor parte del tiempo.
—¿Quieres cenar, hijo? —me preguntó mi madre desde la cocina, quien, desde que yo renunciara a mi empleo con Valentino, ella había tenido que volver a trabajar a escondidas de mí, que no aprobaba tal situación.
—¿Y ese delantal, madre? —la reproché—. ¿Ha vuelto a lavar ropa ajena?
—¿Eh? No, no, hijo, ¿cómo se te ocurr…?
—Sí, sí —la desmintió mi hermanito, señalándola con el dedo—, mamá lava… mamá lava, ropa de vecinos, lava…
Y justo me estaba diciendo eso cuando un vahído la hizo tambalear.
Apenas pude llegar hasta ella para sostenerla con mis brazos. La cargué de cuerpo completo y la llevé a su habitación:
—¡Por favor, madre, no quiero que salga a trabajar, mire cómo menguan sus fuerzas!
—¡Mamá! ¡Mamá! —comenzó a llorar Isaías.
—¡Estoy bien, Isaías —lo intentó tranquilizar mi madre—, estoy bien, no te asustes.
—Campeón —le dije, tendiendo a mi madre en la cama—, ¿por qué no me traes un poco de leche, para darle a mamá?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Yo traigo leche a mamá!
Y entre trompicones salió del cuarto.
—Mire sus manos, madre, todas rasposas.
—Hijo, he tenido la bendición de que volvieras a cause. Lejos de ese embustero, ahora vuelves a ser el mismo de antes. Ya duermes en casa todas las noches, ya no me mortificas.
—¿La mortificaba antes, madre?
—Siempre, hijo. Una madre nunca duerme hasta que sabe a sus hijos dormidos en sus cuartos.
—Lo siento —dije, con los ojos humedecidos—, le juro que lo siento.
—Lo importante es que estás aquí, Joaco. Y así quiero que siga siendo. Que seas un buen muchacho, que encuentres una chica educada, bonita, trabajadora, que te cases con ella y me des nietos.
Y pensé en Estefi con pesar.
Suspiré, mientras medía los pálpitos de sus muñecas, y se lo prometí:
—Así será, madre, pero para eso necesito que usted sea buena y se porte bien. Que se quede en casa, que cuide a mi hermano, que la necesita. ¿Qué cuentas le voy a dar a padre, que en paz descanse, cuando se entere que no la supe cuidar?
—Ya me cuidas, Joaco, ya me cuidas bastante. Déjame ayudarte. Con lo que me pagan lavando gano bien. Ahora ya las lavadoras hacen todo, y yo…
—¡No, mujer, no! ¡Yo no voy a consentir que mi madre se destroce sus manos sirviendo para otra gente, estando yo para sostenerla!
—Mi muchacho… mi querido Joaquín, además de guapo eres bueno, noble y trabajador. Tus hermanas ahora están fuera, en sus estancias de enfermería, y mientras no se establezcan bien, tú les sigues enviando dinero. Eres buen hijo y buen hermano, ¿qué más pide una madre a la vida?
Y me eché a llorar de verdad, sabiendo que en el fondo yo no era lo que ella esperaba de mí.
—¡Madre… no soy bueno… he hecho cosas horribles… horribles!
Recordé mi complicidad ante la perversión de Livia y no me pude controlar. Pero no hay nada como el consuelo de una buena progenitora que con su abrazo te libra de culpas.
—Eres bueno, hijo, porque la gente mala no enmienda sus caminos cuando comete errores. —Se incorporó, limpió mis mejillas y me dio un beso en la frente—. Y tú volviste a cause. Como te digo, eres buen hijo y buen hermano. Y eres tan apuesto como tu padre. Por eso yo no entiendo cómo es que aún no tienes una esposa y muchos hijos.
Ambos nos echamos a reír, limpiándonos las lágrimas.
—Hace falta más que un cuerpo atlético y una cara bonita, madre —le dije, dándole un beso en la frente—. Hace falta ser leal, recto y veraz. Y eso… apenas lo tengo.
Por dar una buena vida a mis hermanas, hermano y madre, yo no pude terminar una carrera, salvo un curso de Educación Física, porque siempre me gustó el deporte y el bienestar físico. En realidad, por mi gran complexión fornida y tamaño, yo desde adolescente trabajé de estibador y en empleos de carga pesada.
El problema es que en los trabajos decentes nunca ganas lo suficiente, menos sin una carrera, y Valentino, que era mi amigo de toda la vida porque su padre y el mío estuvieron juntos en la escuela militar donde sólo pude ir mientras papá vivía, me invitó a cuidarle las espaldas cuando nos hicimos mayores, a hacer de su secretario personal y a ejercer de su criado, al cual gozaba de humillar cada vez que, a través de su dinero, me quitaba alguna chica que yo conocía en una disco, para después contarme todo lo que había hecho con ella durante la fornicación.
Nunca me di cuenta, al menos no a tiempo, que sólo me utilizaba, que tenía envidia de mí porque yo sí tenía una madre y unas hermanas y hermano que me querían. Que envidiaba que yo no tenía necesidad de meterme anabólicos al cuerpo para ser tan musculoso como él, pues mi robusta consistencia era natural.
No voy a negar que me dolió mucho descubrir que no me tenía afecto, porque Valentino Russo no le tenía afecto a nadie que no fuera él y, aun así, yo seguí siéndole leal.
De haberme querido con la hermandad con que yo lo quería a él al principio, no me habría tratado de convertir en una réplica exacta suya, haciéndome menos que su sombra.
Y aun si luché por ser un caballero y un hombre con honor, el dinero corrompe, el poder obnubila, y la maldad nunca descansa hasta volverte uno de sus esbirros. Y sin saberlo me sentía feliz cuando Valentino me reconocía, cuando me pasaba a sus mujeres, esas que desechaba o de las que se cansaba, sin yo valorarme, sin yo saber que por mis propios medios habría podido tener, decentemente, a la mujer que yo quisiera.
Y aunque él quería hacerme como él, también siempre me hacía sentirme inferior. Y yo lo creía.
Desde que renunciara a seguir trabajando para él, apenas ganaba lo justo, pero no lo suficiente. Además, había perdido el seguro social, por lo que las atenciones de mi hermano ya no serían gratis, sino que tenía que pagar mucho dinero por cada una de sus consultas. Encima una de mis hermanas estaba por titularse, y necesitaba dinero para la tramitación y la que le seguía había sido enviada a dar su servicio social a un pueblo rural.
Y me vi cercado por mis obligaciones. Frustrado por no tener lo suficiente para verme desahogado. Y no quería seguir pensando mi teoría que decía que de manera digna no se podía vivir en paz. Por las mañanas despertaba, ayudaba a mi hermanito con sus rehabilitaciones corporales, para evitarle atrofias, y luego me iba al gimnasio más cerca del vecindario, donde el dueño, viendo mis capacidades y ganas de superarme, me contrató para ejercer de coach y entrenar a quienes pretendían tener un cuerpo marcado como el mío.
Pero a veces cuesta servir a otros, sobre todo cuando los clientes esperan ver resultados desde la primera rutina, y si son petulantes, luego te ofenden, y tú tienes que tragar aunque te digan «pinche inútil de mierda», porque si los haces enfadar, te dejan de pagar la cuota semanal.
Y yo necesitaba el dinero, sobre todo cuando el doctor cambió la medicación. La atención sanitaria pública en México está perfectamente cubierta por el IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), que protege el derecho a la cobertura por enfermedad, la asistencia médica, la protección social y los servicios sociales. Pero tal garantía pierde vigencia si no eres un trabajador activo bajo una empresa o un patrón que te tenga afiliado. Y yo era autónomo, y ni siquiera estaba registrado en hacienda.
Al mediodía volvía a casa, comía con mi madre y mi hermano, llamaba a mis hermanas para saber cómo estaban, y tras una breve siesta me dirigía a la central de abastos, donde ofrecía mis servicios de cargador de mercancías en diversos almacenes.
En Monterrey, si no tienes una carrera, no puedes aspirar a nada más. Mucho menos si, como yo, eres un parásito social dispuesto a reinsertarte dignamente.
Pero seguí luchando por perseverar. Lo único que tenía era la suerte de poseer un cuerpo atlético, torso ancho, fuerte, abdominales y bíceps marcados, piernas largas, nervudas y vigorosas, y una madre que cada mañana me echaba su bendición.
Pero la precariedad humana debe de notarse a kilómetros, y esa mañana lo confirmé, cuando una mujer madura llamada Graciela, de algunos 50 años, aparentemente viuda, de muchas carnes y de cara bonita, se acercó a mí, con su cabello cenizo recogido en una cola de caballo, y un movimiento de caderas que hacía despliegue de seducción y vileza. Nada más saludarme me preguntó cuánto cobraba por mis servicios, a lo que le dije la cantidad fija, creyendo que se refería a mi asistencia como coach.
La mujer madura, que estaba embutida en un apretado leggins gris que le marcaban sus abundantes nalgas, y un top del mismo tono desde donde se desbordaban sus gordos pechos, se mordió los labios, me miró de arriba abajo como si fuese una res antes de ser comprada por el carnicero, esbozó una sonrisa sugerente y acarició con sus largas uñas mis robustos brazos, que se exhibían por llevar puesta sólo una camiseta de tirantes.
«Ven, cariño, que con tu belleza y tu compañía, te aseguro que puedo ser muy agradecida» y con los dedos hizo una señal de dinero que me asombró.
Apenas entendí a lo que se refería cuando añadió:
«Te espero en mi auto en 30 minutos, que he vigilado tus horarios y sé a qué hora terminas tu última rutina. Estaré en la caja ocho del aparcadero.»
Y vi cómo su culazo ondeante desaparecía de mi vista. A diferencia de Valentino yo nunca fui delicado a la hora de elegir con quién acostarme. Me gustaban de todo tipo de mujeres, jóvenes y maduras, delgadas o carnudas. Y esa mujer, desde luego, me parecía un delicioso manjar. A lo mejor por eso, cuando me bañé en las regaderas del gimnasio, fui a su auto a la hora marcada quizá por ansiedad, por deseos de variar en mi rutina tan hastiada, o por la pretensión de olvidarme por un rato de encontrar a Estefi y de mis apuros familiares.
Graciela apenas si me miró cuando me subí, pues estaba entretenida hablando por teléfono con una de sus amigas «no sabes el mangazo que me voy a comer, querida… ¿qué?, sí, sí, en el gimnasio de oriente… ya había días que lo había visto pero apenas mi marido se fue a la capital… sí, sí, querida, en el mismo donde conocimos a Rubén. Allí, sí, ¿feo de cara? Claro que no, si parece tallado por Miguel Ángel… ¿foto?, no, mejor no, que no quiero evidencias que me inculpen… sí, sí, cielo, es un buen mozo y con un cuerpo que te mueres… sí, sí, también educado…»
Y me miraba de reojo, sardónica, engreída, evaluando lo que “se iba a comer” y describiéndome a su amiga, diciendo:
«…Unos ojazos turquesa que te mueres… no, no, más bien es rubio, y casi mide dos metros, ¿te imaginas la tranca que se carga? Ya te contaré, mi vida, ya te contaré»
Y me parecía incómodo que estuviese hablando de mí como si yo fuese una mercancía, y que encima lo hiciera como si yo no estuviera ahí.
Cuando llegamos a su casa, allá por los barrios ricos de San Pedro Garza García, se bajó del auto, y me dijo que metiera las bolsas con mandado del súper mercado que había comprado por la mañana «los dejas en la cocina y subes a mi cuarto, al fondo del pasillo derecho»
«Sí, señora, como diga»
Hice lo que me ordenó: bajé al menos siete bolsas de súper mercado y cumplida mi tarea subí a su habitación. Las vistas que tuve de ella fueron un espectáculo; Graciela era una mujer madura bajita pero carnosa, y bien conservada. Estaba desnuda, con las piernas abiertas de forma obscena.
—Desvístete —me dijo mordiéndose el labio inferior.
Lo hice sin rechistar, poco a poco.
—No, no, hazlo sensualmente —me ordenó.
—¿Eh?
—Bailando, como un stripper.
Le sonreí. Al parecer se había equivocado conmigo.
—Yo no bailo, señora, ni soy un stripper.
—Mmmm —torció los ojos—, te pagaré menos, entonces.
Alcé las cejas y no entendí bien a lo que se refería, pero me terminé de desnudar, mientras ella continuaba masajeándose sus enormes senos que caían blandos sobre su pecho.
—Tal y como la imaginaba —dijo, mirándome de arriba abajo, posicionándose en mi flácido pene—, lo tienes gordo y largo incluso sin estar tan duro.
—Me alegra que le guste, señora.
Ella separó aún más sus abultados muslos, y me enseñó su coño depilado, cuyos labios vulvares oscuros permanecían estilando, brotados, hinchados.
—Veamos qué tal me comes el chocho, putito.
Y aunque no me gustó en absoluto que me llamara «putito», me acerqué a la cama, pues mentiría si dijera que no le traía ganas a la madurita, sobre todo después de semanas sin follar. Así que ignoré su forma denigrante para dirigirse conmigo, me puse de rodillas, me deslicé hasta ella y metí mi lengua entre sus piernas.
—¡Aaaaauuuhhhfff! —lanzó un alarido inverecundo, y gocé con el pálpito de su coñito—. ¡Come, putito, cómeme el coño cabrón, que estoy chorreando!
En efecto, la quincuagenaria se revolvía sobre las sábanas, embutía mi cabeza sobre su abertura, y con mis gruesos dedos apretaba sus derramadas piernas.
—¡Muérdeme el clítoris, cabrón, vamos, chapotéame con tu lengua!
Hice lo que ella quiso, como un esclavo de sus deseos, pues siempre fui un hombre complaciente que priorizaba la satisfacción sexual femenina antes que la propia, y no por ello digo que no lo disfrutaba, pues en ese instante mi mayor placer era el sabor y aroma de sus genitales.
—¡Que deliciaaaa cabroneteee! —bramó Graciela cuando le produje su primera deposición ácuea de su éxtasis.
Me retiré de su sexo para limpiar mi cara de sus líquidos, y al mirar hacia el buró percibí una fotografía de Graciela donde aparecía sonriente con su presunto marido.
Suspiré pesaroso, con remordimientos, pero luego me obligué a convencerme de que no era yo el que debía respeto al desdichado hombre, sino esa supuesta «viuda» que no parecía contrita ni mortificada.
—Ponte al borde de la cama —me exigió, recomponiéndose de su clímax, incorporándose y gateando hasta mí. Ver sus gordas carnes vibrando ante cada movimiento me excitó—. Voy a sentarme a horcajadas sobre ti, hundiéndome tu verga, mirándonos cara a cara, pero sin besarnos, que no me gusta que me besen los putos.
Tragué saliva, mientras me acomodaba en el filo de la cama. Su comentario de nuevo me caló en el pecho, pero no quise contravenirla mientras. Me puse un condón texturizado que la misma Graciela sacó de la parte posterior de la fotografía donde aparecía con su marido, y pronto sentí sus inmensidades aplastándome las piernas, mientras mi duro falo se hundía dentro de ella.
—¡Huuuyyy! —jadeó complacida.
Y Graciela misma se impulsó hacia arriba, golpeándome el mentón con sus tetazas. Luego yo la ayudé a ir más rápido agarrándole sus grasientas nalgas, una con cada mano, a fin de levantarla y hacerla rebotar sobre mí.
—¿Te gusta, putito, te gusta follarte una mujer gorda y madura como yo?
—Es usted… preciosa… y muy complacienteee…
Y ella balanceaba las caderas, experta, y toda su carnosidad rebotaba sobre mi cuerpo. Y yo cerraba los ojos y de pronto era Estefi la que se enterraba en mi polla, era su sonrisa la que veía, eran sus gruesos labios mullidos los que se prendían de los míos, era su lengua la que ingresaba dentro de la mía.
—¡Jódeme fuerte, cabrón, fuerte, pégame en el culo, estrújame las tetas, jálame los pelos! ¡Haz algo bien, no te quedes tieso como idiota!
Abrí los ojos ante sus quejas, y vi a la mujer enterrándose y desenterrándose en mi falo, con sus formas sacudiéndose de arriba abajo, y la mirada presuntuosa reclamándome una ejecución más violenta de mi parte hacia ella.
Y me levanté cargándola en el aire. La tumbé en la cama, la giré con ferocidad y la puse en cuatro. Y ella gimió fascinada.
—¿Ves? Así me gusta, que se sepa que un hombre me está fornicando, no un puto maricóooon…
Ni tiempo tuvo de quejarse. Mi hierro ardiente se incrustó en su vagina casi al mismo tiempo que me eché hacia adelante, sobre su espalda, para estrujar sus gordas tetas con mis manos.
La apertura de su vagina se hizo evidente ante mi colosal ingreso. Graciela era una mujer con experiencia, y también chillona, porque se la pasó gritando como cerda en el matadero mientras la forniqué con acometividad, sin dulzura ni misericordia, tal y como ella me lo había pedido.
—¡PUTOOO! ¡JÓDEME MÁAAASCABRÓOON! ¡AAAHHH!
Un orgasmo, dos orgasmos, y al tercer orgasmo la mujer se tumbó boca abajo en la cama, que ya estaba mojada por tanta humedad expulsada de su vagina. Como vi que Graciela ya no iba aguantarme más, hice por sacarme el falo de su encharcado agujero, girarla, para que quedara con las tetas expuestas ante mí, sacarme el forro y apretarme mi virilidad con fuerza hasta eyacular sobre su mentón, cuello y pezones. Fueron chorros densos, copiosos y muy calientes. Y ella, saciada y satisfecha, mientras se frotaba su clítoris brotado con una mano, empleaba la otra para humedecerse sus dedos con hilos de mis espermas y comérselos.
—¡Mmmm! —se los seguía saboreando en su boca.
Bañado en sudor pretendí tumbarme junto a ella, pero no tuve suerte, ya que no me permitió recostarme en su cama, sino que más bien me ordenó que recogiera mi ropa, que sacudiera las almohadas y limpiara todo mi desastre. Luego, antes de correrme como un perro de su casa, me dijo:
—Has usado preservativo mientras me cogías, baby, pero de todos modos me preocupa tu salud sexual, porque seguramente haces esto a menudo, ¿no?, el ejercer de puto.
Su respuesta me descompuso el gesto mientras me vestía. Y por respeto a ella, no me sentí en condiciones de recalcarle que aquí la única puta era ella, pues yo en mi vida me había vendido por dinero.
Ella continuó:
—Eres un dios para follar, ¿Joaco dices que te llamas?, tienes un cuerpo hercúleo y estás hermoso, pero… ¿estás seguro de que no tienes alguna enfermedad? No sé, a lo mejor también eres maricón y te dejas follar por hombres.
Y ya no pude aguantar una más de sus ofensas:
—Señora, no tiene por qué ser tan grosera conmigo. Le exijo respeto tal y como yo la he respetado a usted.
Graciela, que seguía limpiándose mis mecos de sus pezones, se echó a reír, burlesca, cruel:
—¿Y desde cuándo los putos piden respeto? Deja de decir payasadas, que te has prostituido para mí, pedazo de mierda, ¿ahora te haces el digno? Toma, mejor lárgate de mi casa y recoge tu dinero, que follas muy rico, pero no me gustan los hombres respondones.
Me metí a su baño para lavarme la cara, y cuando salí, me puse una sudadera y me dirigí a la puerta, justo cuando ella me tiraba en el suelo billetes y monedas, según lo que ella consideró que valían mis servicios.
—Me dijeron que valías menos, pero visto lo visto, te pago más, aun si eres demasiado poquita cosa para mí. Del César lo que es del César.
Ante tal humillación y mi pérdida de moral, mis ojos se encharcaron, recogí mi gorra del suelo y dejé el dinero allí, dirigiéndome a la puerta.
«Si no lo recoges tú se lo daré a los perros, cabrón malagradecido»
Y de un portazo le expresé mi descontento.
Ni siquiera tenía para un taxi, así que me fui, degradado como hombre, limpiándome las lágrimas hasta el gimnasio donde había dejado parqueado mi vehículo. El único bien material que me quedaba de mi antigua vida de placeres. Y mientras reflexionaba tuve un golpe de realidad respecto a lo que es la prostitución, la forma en que Valentino había tratado a todas las mujeres con las que se acostaba, y cómo yo, de alguna manera, también había sido parte de esa desvergüenza aceptando a aquellas que él ya no quería.
Llegué a casa asqueado y avergonzado tras haber sido utilizado como un pedazo de carne que no tenía ningún otro valor salvo el de la satisfacción.
Volví a desnudarme para ducharme una vez más, y cuando lo hice, al salir, oí el sonido de un nuevo mensaje que me había llegado a mi teléfono.
Lo agarré, abrí el mensaje y, horrorizado, caí tumbado en el filo de mi cama, cuando leí el contenido:
Número desconocido
Espero hayas disfrutado ejerciendo de puto, cabrón traidor. Respira hondo, rubito de mierda, porque mi venganza apenas comienza.
Tu amigo, Valentino Russo.
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