Ganas de salir corriendo 1
Juan tiene 43 años y Merche 26. Ella exige dos orgasmos por sesión, mínimo, y él teme por sus testículos si falla. Pero todo comenzó con una tormenta, un coche averiado y una sonrisa angelical que escondía un apetito insaciable.
Estaba cansado. Y no es para menos, con cuarenta y tres años en los huesos es difícil contentar a toda una mujer ardiente de veintiséis. Sobre todo, si se trata de la fogosa Merche que es todo un terremoto en la cama. Debía ir pensando seriamente en comprar esa pastilla azul que algunos tienen por milagrosa cómo única solución a tan gran problema.
Miedo me da pensar lo que me sucedería si la dejo insatisfecha, sin correrse por lo menos dos veces en una sesión.
- ¡Vamos por el segundo!
Dice la muy cabrona tras unos segundos para recuperarse, sonriendo como una gata en celo, como una diablesa.
¿Y yo qué? Tengo que aguantar hasta que vuelve a correrse porque de no ser así peligran mis apreciados testículos. Sé que me los arrancaría de un zarpazo con esas uñas.
Solemos meternos en la cama ya desnudos. Y dependiendo de lo cachonda que esté o sus ganas de jugar, se recuesta bocarriba y me dice:
- Cariño. Puedes empezar cuando quieras.
Que traducido significa: no te retrases, vamos, adelante o el famoso “ya estás tardando”.
Salvo excepciones empezamos, quiero decir: empiezo, con las caricias en las tetas alternando besar, chupar y lamer los pezones. Algún pellizco y morder sin dejar marcas. ¡Uf! No me lo perdonaría. En caso que dedique más atención a una teta sobre la otra, se la coge para que destaque el pezón mientras me recuerda:
- Cariño. Que tengo dos tetas. No te olvides de esta. ¡Anda! Hazle cositas que se pone triste.
Y cuando gracias a sus suspiros, jadeos y clavarme las uñas en los hombros, veo que ya “está en sintonía” bajo al sexo. Normalmente me lo encuentro con toda la vulva ya mojada y con el clítoris esperándome fuera de su capucha.
Procedo a las caricias con los dedos sobre los labios menores, alrededor del orificio hasta que me pide que acelere las caricias, que no lo retrase o directamente me insulta ordenando que quiere su orgasmo ya.
- ¡Venga cabrón! ¡Necesito correrme!
Otras, me centro en el clítoris un buen rato hasta que de su vagina mana todo un torrente de flujo, y acerco la boca y, según cómo le venga bien a la señora, se "conforma" con dos orgasmos. De no ser así me tiene follándola con los dedos hasta conseguir el tercero, sin dejar de lamerle el clítoris, claro. Que para eso dios me dio esta lengua.
- Sigue con la lengua. ¡Sigue por dios! – Lo dicho.
Sin importarle lo más mínimo que mi boca queda desencajada o con agujetas en la lengua.
Las posiciones para follar: Pues normalmente a lo vaquera. Primero me maneja la polla un ratito, como si tocara la zambomba, o delicadamente como un director de orquesta la batuta. Cuando me “pone” a su gusto lo mismo se la mete por el coño poco a poco, o bien se sitúa encima y se deja caer. Así de bruta, y es cuando me suelta:
- ¡Bruto! ¡Me la vas a sacar por la boca!
Entonces, me cabalga rauda hasta la meta de su primer orgasmo. Luego, a veces, cambiamos de posición, dejándose caer en la cama. Y con esa delicadeza que destila me pide:
- ¡Fóllame! ¡Ven! Métemela.
O bien se pone en cuatro para hacerlo a lo carretilla.
- Así, cariño. Ven, soy tuya. Haz que disfrute.
Y continuamos hasta su segunda corrida, en la que ya me permite descargarme.
- ¡Ah, sí! ¡Ya puedes soltarlo! ¡Lléname! ¡Quiero notarlo!
Hay veces que, si me corro al tiempo de su primer orgasmo follando, no se enfada achacándolo a que estoy muy marchoso o que ella lo ha hecho bien, lo malo es que tan apenas me permite un ratito de descanso antes de continuar.
Suele decir:
- Vamos, cariño. Quédate bien satisfecho de tu nena.
O lindezas similares. Se ocupa mediante una mamada de “ponerme a punto” y otra vez a follar de la forma que más le apetezca en ese momento.
Hay otras, que por el motivo que sea, todavía lo tengo en observación y estudio, se conforma con un único orgasmo al follar y, cariñosamente, me dice:
- Me va bien así cariño, no puedo más. – Ya conozco la teatralidad de esos gemidos pues pronto añade: - Perdona, pero no te preocupes que ahora te lo soluciono.
Y es cuando me da una mamada con la que también me sorbe parte del alma. Otras, se queda a mi lado y me suelta esa amenaza:
- Perdona, cariño. No sé qué me pasa hoy, pero no puedo más. Mañana te lo compenso. ¿Vale? Te prometo que será el doble.
Así me va con esta diablesa. Este es mi purgatorio en la tierra.
Nuestra relación duraba algo menos de dos años y si estoy vivo es porque gracias a su periódica menstruación descanso esos cuatro días y que hemos llegado a un acuerdo con su tía Priscila. Con la que, desde que vino a vivir a mi casa, mantengo relaciones un sábado o dos al mes. Y por suerte se conforma con correrse una o dos veces mientras que consiente que solamente le llene el coño una vez.
- Juan, ven. Esta noche será conmigo. – Decía sonriendo.
- Sí, cariño. – Contestaba al carecer de opciones.
Y luego gemía lo bien que lo pasaba con su cuerpo entregado. Mientras que yo me esforzaba en darle el placer exigido, sus tetas se agitaban a cada golpe de mi cadera.
- Así, cabrón. Córrete que quiero notarte.
Me hacía dudar si era bueno o no estar entrenado para aguantar. ¡Qué dilema por dios!
Por suerte para mí, Priscila dedica totalmente su tiempo a sus dos trabajos muy relacionados. Por las mañanas en una gestoría, con un sueldo que no está mal además de sus ocasionales y bienvenidos pluses. Y por las tardes lleva la contabilidad directa de varias tiendas del barrio desde casa. A los que les cobra cien euros al mes y como son una docena, pues eso, se lleva una cantidad que no está mal.
Mientras que Merche trabaja en la misma oficina que yo y solamente por las mañanas, salvo alguna excepción, claro. Ya que tenemos que hacer algunas horas extras después de navidad o durante la campaña de rebajas de cada verano.
Llevamos la gestión y contabilidad de unos grandes almacenes de las que hay dos tiendas en esta ciudad y otras cuatro repartidas por las poblaciones de alrededor de la capital. Su sueldo es el básico, porque lleva poco tiempo en la empresa, mientras que yo, entre cuatrienios y algún extra más, ya queda mejor.
Todo empezó una jornada laboral muy poco ordinaria.
Con sus quince años de servicio sobre las ruedas, mi apreciado coche me dejó tirado en la cuneta cuando me dirigía al trabajo a las siete de la mañana de aquel maravilloso día de junio durante una tormenta de verano. A empujones me tocó retirarlo de la estrecha carretera hasta el aparcamiento de lo que parecía un almacén, que por suerte estaba cerca.
Hice mi entrada triunfal en el solar del almacén, ante unos trasportistas y operarios que se asomaron curiosos sin salir del edificio. Nadie me ayudó porque además del esfuerzo al empujar se enfrentarían a la torrencial lluvia y a los terrosos charcos.
Corrí a refugiarme con ellos. Pregunté si molestaba ahí el coche.
Uno, que no sé qué cargo tendría en esa empresa, simplemente avisó que no lo podía dejar mucho tiempo ahí. Otro, dijo que debía pasar por la tarde para recogerlo. Hasta que un tercero ya dio más explicaciones.
- Sí. Debes retirarlo esta tarde porque si lo dejas para mañana no encontrarás ni el tubo de escape.
- Hay muchos chorizos en la zona. – Ya puntualizó el primero.
- Pues qué bien.
Recordé que algo había oído sobre las fechorías nocturnas en ese barrio. Al parecer no se limitan a carreras en moto.
Les agradecí el consejo, y al poco desistí, tras varios intentos, de llamar a un taxi.
“No disponible o fuera de cobertura”.
Repetía dos o tres veces una voz automática.
- ¡Mierda! ¡Maldita tormenta!
Y el clima se vengó de mi insulto arreciando la lluvia.
Un hombre que con aquel mono sucio indicaba que trabajaba en ese almacén, y que no era de los tres anteriores, me ofreció un paraguas.
- ¿Vas al polígono? Toma, ya me lo devuelves esta tarde. Que me ha salvado de más de una. – Añadió como si no tuviera importancia. - Cómo no estaré, basta con que lo dejes ahí. - Señaló una pared.
Se lo agradecí pensando que de dejarlo en el sitio indicado corría el mismo peligro que el coche: lo podrían robar. Y ahí mismo lo abrí encontrando que tenía una varilla rota que ya había perforado la tela por dos sitios. Seguramente por eso es que me lo ofreció. No había peligro que lo robaran.
“Es lo que hay”. Pensé.
Antes de enfrentarme al mal tiempo miré los coches aparcados cerca. Debían ser de los operarios de ese lugar. Ya fuera para no enfrentarse al mal tiempo o cuestiones de horarios, el caso es que ninguno se ofreció a llevarme.
¿Cuánto tiempo llevaba caminando? Posiblemente unos minutos, aunque la verdad es que ante tanto inconveniente me parecieron horas. Tenía agua en los zapatos, en el bajo del pantalón, la espalda y en los… por todo. Bueno, quizás ahí fuera sudor.
Me harté que hacer el gesto con el dedo para autostop. Ya que lo único que conseguía era que los coches me salpicaran al pasar tan cerca y sin aminorar la marcha, añadiendo suciedad a mi ropa.
A veces la cola se detenía amontonándose varios coches en la rotonda y ningún conductor veía mis gestos pidiendo ayuda. Entonces a pocos pasos por delante se detuvo un coche y cuando lo alcancé, a través de la ventanilla con el cristal bajado vi el rostro del ángel más bello que pudiera imaginar. Una voz que sonaba a trompetas celestiales propuso:
- ¡Hola! Te puedo acercar hasta la gasolinera del polígono.
- Sí. Gracias. ¡Qué bien! Gracias.
Subí de un salto. Aunque al vehículo que venía detrás debía parecerle lento ya que a modo de protesta hizo sonar la bocina varias veces. Tras ponerme el cinturón de seguridad continuamos.
- Me has salvado de un buen resfriado. - Dije mostrando la mejor de mis sonrisas. Y ofrecí: - En la gasolinera hay una cafetería…
- No gracias, perdona. No quiero llegar tarde al trabajo. Empiezo hoy.
- ¡Vale! Perdón, perdón, no quiero molestar. De la gasolinera a mi trabajo solo hay un tramo corto. Por lo que el favor que me haces es inmenso. Estoy en los almacenes del Golden Point.
Su gesto para mirarme solamente duró unos segundos porque no apartaba la vista de la carretera. El coche de delante aceleraba y frenaba continuamente siguiendo la inercia de los demás ante la rotonda que une la entrada al polígono con esa carretera y la cercana autopista a Alicante.
- ¿Qué? ¡En el Golden! ¡Yo también! - La hermosa joven amplió su sonrisa mostrándose más guapa a mis ojos. Más angelical. - Empiezo hoy. Por favor haz de guía que es la primera vez que voy en coche y no tengo claro por dónde acceder al aparcamiento.
- ¡Ah, bien! Es más fácil de lo que parece. Simplemente hay que pasar por detrás y se coge mejor la puerta de entrada porque no quedas cruzada en medio de la calle. Evitas tener que esperar a que te dejen pasar, tendrás preferencia en el giro de acceso.
Asintió ante mis palabras.
- La veteranía es un grado.
Nos sonreímos.
Así ya me permití la confianza de mirar discretamente cómo era esa muchacha. Pantalón ajustado, color claro. Camiseta amplia de discreto escote, pero que el cruzado cinturón de seguridad dejaba adivinar unos senos ligeramente pequeños. Su rostro, lo dicho el de un ángel, bonitos labios, preciosos ojos y una nariz tan pequeña y perfecta que erróneamente supuse operada. La melena era castaña y tan apenas llegaba a los hombros. Parecía rondar los veinte años. Es decir, unos cinco menos de los que realmente tenía. ¡La magia de la sonrisa!
No hubo problemas en el trayecto ya que, desde la gasolinera, el trabajo prácticamente estaba al lado. Le indiqué la calle por donde girar y listo. Ya en la entrada enseñé mi pase plastificado en control y conmigo fue fácil mientras que la joven tuvo que mostrar un documento que indicaba que empezaba ese día. De no ser así tenía que aparcar fuera y esperar a las nueve para que le dieran un pase de visitante.
- Bien. Puede pasar, señora. - Dijo el guardia cambiando de actitud ante la nueva empleada con la que se toparía más de una vez. Le devolvió el documento. Y aconsejó: - Debe conseguir el pase hoy mismo. Así se evitarán estas molestias.
No quedaba claro de quién serían las molestias. Posiblemente hablara por los sufridos vigilantes.
La joven cerró la ventanilla mientras murmuraba.
- Pocas veces me han llamado señora.
Pensé que era lógico debido a su juventud.
Aparcar. Correr a la puerta y una breve despedida. Pues yo no tenía problemas en cruzar por el almacén hasta llegar a las escaleras de acceso a las oficinas. Mientras que ella fue retenida por otros vigilantes hasta que abrieran la centralita de seguridad y obtuviera un pase provisional que tendría que renovar en Personal al hacer el contrato.
- Bueno, gracias. - Repetí al despedirme con un sencillo gesto con la mano. Eso de porque sea mujer tener que darnos un beso me parece machista, o, como poco, oportunismo, por muy de moda que esté. - Quizás coincidamos en el tiempo de descanso y ya pueda invitarte al desayuno.
Y ahí quedó la cosa. Pensé que rara vez coincidiríamos en aquel lugar tan grande. Repasé mentalmente mientras me alejaba: Había diez vigilantes por turno, en las oficinas éramos diez solamente por la mañana, además de los cincuenta operarios de la fábrica. Y por la noche quedaban cinco vigilantes, aunque de esto no estoy seguro. No sabía si incluir a los repartidores en el recuento, o serían autónomos. No me ocupaba de eso.
Tras fichar fui al lavabo donde sequé mis zapatos con papel y los calcetines con el chorro de aire caliente del secador de manos.
“Como poco me resfriaré. Espero que no pase ahí. No puedo permitirme una baja”.
Creo que fue esa mañana que, al pasar por el mencionado almacén, al pasillo dan las puertas de los lavabos. Y justo en ese momento salían dos mujeres de ellos, el caso es que una se iba abotonando la bata de faena y mostraba el sujetador. Una prenda bien tupida y nada se veía mientras que la otra que todavía no se abotonaba porque se hacía algo en el pelo y con la bata ligeramente abierta mostraba hasta las bragas.
Como no me lo esperaba quise creer que se trataba de un pantaloncito y un top. Pues no. Lo vi bien: unas bragas y dos sujetadores.
Ni se cortaron un pelo, porque estoy seguro que me vieron acercarme. Seguían hablando como si nada. Al pasar por al lado las saludé con un normal “buenos días” sin dejar de andar. Y sí, me vieron y oyeron porque me contestaron igual. El caso es que esa mujer me regaló la visión de un cuerpo de unos cuarenta años algo entrado en carnes. Parecía que el sujetador no bastaba para esas moles y sus bragas de un color pálido trasparentaban “la sombra” del vello púbico.
Ignoro cómo hubiera terminado la cosa si en lugar de cruzarse conmigo hubiera sido con uno de los dos o tres “salidos” que hay en la oficina. Y ahora pienso que por esos días las compañeras no me consideraban peligroso. Posiblemente homosexual y todo. Casi sin excepción todo el mundo sabía que vivo solo y rara vez participo en las bromas e insinuaciones que hacen algunos compañeros por la sencilla razón que no quiero líos.
De siempre mi comportamiento en la oficina era discreto, destacar lo menos posible.
Llevaba una hora mirando y remirando unas órdenes de pago que me parecían un tanto extrañas. Tenía impreso el logotipo de una empresa con la que trabajamos hace un tiempo, y salvo aquellas líneas hechas en imprenta a dos colores todo el texto era a mano, incluyendo el número de factura, que era un poco más corto que cuando lo envían impreso, seguramente por un ordenador. Pero todas llevaban la firma y sello de don Ernesto, el jefe de compras. En principio era conforme gracias a esa aprobación, pero había algo que no me gustaba.
Como faltaba una semana para el límite de plazo en la orden de pago las dejé aparte. Con tanta duda y mirar esas facturas, se acumulaban otras con fechas más apremiantes. Decidí que ya las estudiaría con más detalle en otro momento.
De pronto creí reconocer la voz.
- ¡Hola! ¡Qué casualidad!
Se trataba de la joven que me había traído en coche.
- ¡Ah! Hola. - Mi mente trabajó rápido. - Así que empiezas aquí. ¿No?
Recordé que se había planificado una sustitución de un compañero que se jubilaba, pero no lo relacioné con la incorporación de tan bella joven a la oficina de la empresa. Que se fuera o viniera alguien solía ocurrir varias veces al año en el almacén o con los repartidores, no en la oficina.
- Pues sí. Ya ves. Tengo que ocuparme de aprender cómo lleváis el papeleo sobre mantenimiento y trasportes.
- Ya veo. - Murmuré.
Giré la cabeza buscando al que hasta ese momento llevaba esa documentación y que tan solo quedaba a tres mesas de distancia.
- Lo de Pascual que se nos va a fin de mes. Vamos y te lo presentaré. ¿O lo conoces ya? - Entonces caí en un detalle. - Por cierto, me llamo Juan.
- Yo Mercedes, y mis amigos me llaman Merche. Aunque esta una amiga catalana que me llama Merçé.
- Vale. Pues como solamente soy un compañero de trabajo supongo que estoy en el grupo de los que te llaman Mercedes.
Sonrió, y como si me entregase las llaves del paraíso me permitió que la llamara Merche.
La presenté a los demás, pues todos los hombres y alguna compañera vinieron corriendo desde los diversos rincones de la oficina para conocer a la nueva. Tan joven, tan guapa, tan por conocer todo de ella. De esta forma también nos dijo su edad ya que una compañera afirmó que parecía muy joven.
- ¿De qué os conocéis? - Preguntó doña Agustina.
Al escuchar la pregunta algunos compañeros ocultaron sus sonrisas, otros aguzaron el oído.
Se trata de una señora que por las tardes se reúne con otras cotillas en un bar en la Rambla Antigua. Mientras toman chocolate parece que les gusta criticar y airear tolo lo sucio que tenga alguien. Y en caso que nada tenga lo crean encabezando la crítica con la frase: Dicen por ahí que…
Respondí lo más serio que pude:
- Esta mañana el coche me dejó tirado en la carretera que pasa por el polideportivo. Y me rescató de la lluvia.
- ¡Ah! ¡Ya veo! Es por eso. – Agustina asintió moviendo la cabeza. - Ahora comprendo por qué vas tan sucio.
Es por estos detalles que uno siente ganas de estrangular a tan simpática compañera.
Al poco dejaba a Merche ante la orientación de Pascual y las recomendaciones de todos los que pasaban “casualmente” cerca. Algunos solteros le lazaron el anzuelo casi con descaro y Merche simplemente sonreía respondiendo inteligentes evasivas.
Al verlos así, lo relacioné como jóvenes estudiantes en el instituto. Y con este pensamiento recordé aquellos besos a escondidas en el último rellano de la escalera y la primera vez que toqué unas tetas. Bonitas, blancas, con el pezón destacando durito.
Sí el recuerdo de aquella maravilla me hizo pensar que debía comprar un bollo para comer junto el café.
En el tiempo de descanso el local destinado al desayuno de los empleados estaba lleno y lo peor es que al ser el segundo turno ya había suciedad acumulada en las mesas y en el suelo. Esto sucedía desde hacía varios años, pero son cosas a las que nunca me acostumbraría.
Desde una ventana con la maravillosa panorámica sobre los tejados metálicos del aparcamiento pude ver que ya no llovía, y que no debía fiarme de esas negras nubes. Seguramente me tocaba ir andando hasta donde estaba el coche. Y los charcos todavía estarían ahí.
Me acordé de aquella vez, hacía unos años, que a la salida del cine con una chica me refugié de la lluvia en una cabina de teléfono. De aquellas que tenían puerta. Empujados por la emoción del momento nos besamos. Acaricié su culo por encima de su falda. Intenté alcanzar sus tetas abriendo el escote y solo de recordarlo me duele la cara del bofetón que me dio.
Salió de la cabina llamándome gilipollas, y nada más supe de ella.
Parece que esa mañana estaba en plan nostálgico.
Busqué una mesa que no estuviera demasiado sucia.
El café estaba tan malo como siempre y la fecha de caducidad en el envase del bollo era del día siguiente.
- Bueno, no fue ayer. - Me conformé.
Menos mal que lo empujaba con el café porque temía que se atascara en la garganta. Parecía goma y debía saber igual.
“De haberlo arrojado al suelo hubiera botado, seguro”.
Alcé la vista y en otra mesa había dos compañeras de la fábrica. Debían tener unos treinta años, quizá alguno más. Me miraron, murmuraron entre ellas riendo y la que estaba bien enfrentada a mí separó las piernas mostrando sus muslos y lo que supuse las bragas. Reían.
Sí. Ahí está otra vez mi fama como homosexual.
Merche apareció en el local y la mitad de la gente se giraron abriendo bien los ojos para observarla. Los de ellos con picardía y deseo, calibrándola como hembra y la oportunidad de algo más que un ocasional hola. Más de uno ya se la imaginaba desnuda y haciendo cosas sexuales en los lavabos.
Los ojos de ellas con envidia y ganas de saber más cosas para clasificarla y poder criticarla como persona. Alguna ya se imaginaba poder llamarla puta haciéndola sonrojar sin poder defenderse.
Mientras que los de la otra mitad de gente, yo incluido, simplemente pensábamos en otra cosa. En mi caso en el trasto ese que me dejó tirado.
"Tengo el coche averiado en un solar que me lo pueden desvalijar en cualquier momento. La grúa la paga el seguro, menos mal, pero a saber por cuánto me sale la broma del taller. Tengo que llamarla quedando allí. Y además me tocará venir al curro en bus… durante una semana como poco. Y las paradas están… - Dudé. No lo sabía. - ¿Dónde están las paradas? ¡Cachis! Tendré que mirarlo".
Me sorprendió ver a Merche frente donde me sentaba, portando un vaso de café y un paquete de galletas. Se acercó dejando el café sobre la mesa y ya estaba acomodando su culo en el asiento cuando con voz cantarina pidió:
- ¡Hola! ¿Está libre este sitio? ¿Puedo sentarme aquí?
Mi pensamiento fue largarme de inmediato, a ser posible a la carrera y mejor a hurtadillas, y al estar sentado ante alguien nueva, joven y tan guapa me situaba en el punto de mira de muchos cotilleos, pero mi boca me traicionó diciendo algo distinto:
- Por supuesto.
Mostrando una enorme sagacidad por mi parte nos pusimos hablar del clima. Hasta que me di cuenta que es la conversación de los que no saben de qué hablar. Todo un tema muy empleado entre vecinos que coinciden en las zonas comunes. Vamos, lo llamado conversaciones de ascensor.
- Perdona, ya ves, soy un aburrido. – Me disculpé. - La verdad es que además del clima o del trabajo, no sé de qué puedo hablar con alguien tan joven.
Pude cortar mi frase antes de añadir: tan guapa.
Sonrió y propuso hablar de coches. Otra sorpresa que debió reflejar mi rostro porque de inmediato añadió que debía cambiar el que tenía por uno nuevo.
- No lo he visto aún, pero seguro que tiene sus añitos.
- Bueno, no tantos… - Una frase de manual a la que se me ocurrió añadir una mentira: - Dos más y sería de tu edad.
Sus carcajadas llamaron la atención de todos a nuestro alrededor. Y quedé tan fascinado por su voz que no me preocupé de las miradas que convergían en nosotros.
- ¡Eres muy gracioso! Me caes bien.
Desde ese día quedábamos para desayunar de café de máquina y bollería de la otra máquina expendedora. Hasta que hicimos como algunos compañeros, sobre todo mujeres y hombres casados que se fijan más en la salud que en la comodidad. Compré un termo para llevar el café con leche ya hecho en casa, suficiente para cuatro tazas, aunque solía ser una y media cada uno. Siendo lo sobrante el postre o merienda en casa. Y los bollos fueron sustituidos por cruasanes, cada día de diferente tipo, que compraba en una pastelería cerca de casa. Me salía a dos o tres euros más que en el trabajo, además de adelantar mi salida de casa casi veinte minutos.
En algún momento me había comprometido con la sonrisa de Merche y por el momento no podía evitarla.
- ¡Qué diferencia, Juan! – Me animaba. - Esto es más sano.
- Bueno. – Me encogí de hombros. - Después de tanto tiempo creo que era inmune.
Otra vez me maravilló su risa.
Acordamos que cada día pagaba uno. Pero ante la diferencia de precio era mejor hacerlo a medias.
- He visto que vienes en autobús. – El coche parecía echar raíces en el taller, siendo abonado por la palabrería de los mecánicos. Y propuso: - Podemos quedar y te traigo.
- No quiero molestar.
- Solo son unos días. ¿No?
- Vale.
Más madera para dar qué hablar a doña Agustina y sus amigas al vernos llegar juntos por la mañana.
La verdad es que me venía muy bien que me recogiera en la esquina evitando coger dos autobuses ya que cerca de casa no lo había directo al polígono industrial.
Aquella tarde cargaba con la bolsa de la compra mientras esperaba el ascensor de casa. En esto, subiendo por la escalera de acceso al garaje llegó una mujer más o menos de mi edad que no conocía. El pelo recogido en una coleta con un lazo. Era bajita, algo regordeta de enormes volúmenes tanto en la cadera como en el pecho. Y por la ropa, además de los utensilios que cargaba, supuse que se ocupaba de la limpieza de la escalera. Vestía una bata azulada, muy desgastada por el uso, y estaba mojada a la altura del pecho.
La mujer no se daba cuenta que al estar mojada se trasparentaba y, aunque llevaba sujetador, este también se volvió trasparente. Y se veía perfectamente el pezón y la areola de una teta enorme sobre todo al hinchar el pecho al respirar, como si también se inflara.
Saludos. Se situó a mi lado y esperamos el ascensor.
Sujeté la puerta para que entrara y lo hice detrás. Pulsé el botón de mi piso y pregunté dónde iba con intención de pulsar el correspondiente.
- Al último. – Y añadió la innecesaria explicación. – Siempre bajo fregando las escaleras.
Asentí. Mis ojos iban continuamente a esa trasparencia como si en lugar de pezones fueran imanes. Por lo que me di la vuelta agachando la cabeza como si mirase la bolsa de la compra que sujetaba delante de mis piernas.
En el ascensor hay un espejo y al parecer la mujer no vio su reflejo. Nada dije hasta que salí de la cabina. Al despedirme avisé:
- Perdón señora. Creo que tiene algo en... en el vestido, mírese en el espejo.
Salí corriendo cuando la mujer se giraba para mirar su reflejo. Cerrándose la puerta escuche su gritito de sorpresa y risas.
Murmuré:
- Pues menos mal que se lo ha tomado así.
Una mañana estaba repasando esas facturas que tan mal rollo me daban, a la que ya se había unido otra similar, tanto en hechura como en el importe.
- ¡Vaya! La situación se ha triplicado. ¡No! Sigue siendo igual de molesta.
Fue cuando se acercó Merche.
- Es hora del descanso. ¿No vienes?
No me había dado cuenta de la hora.
- ¿Qué? Sí. Ahora.
Contesté dejando las hojas sobre mi mesa. Bien a la vista. Pues si bien en mi opinión se trataba de algo raro, no se podía catalogar como secreto de empresa o del departamento. Me agaché para sacar del cajón el termo, los cruasanes y unos vasos desechables.
Merche cogió una factura y la miró con curiosidad.
- ¡Uhm! ¡Qué casualidad! – Su rostro mostraba asombro o curiosidad. Señaló el lugar de entrega. - Precisamente hoy he leído un informe sobre ese local. Lleva cerrado cinco años por lo que resulta caro pagar luz, agua, contribución… en fin no sé por qué no se vende, alquila o se abre una tienda porque está bien situado. Y según esto han llevado ropa y otros artículos para vender. - Hizo un gesto de duda que quedaba gracioso en ese rostro. - Debe ser que lo convierten en un almacén en el centro. - Agitó el papel mostrando la parte inferior donde figuraba la firma de don Ernesto al lado de un sello. - Pero creo que lleva la firma de un jefe.
Simplemente me encogí de hombros y fuimos a desayunar. No recuerdo de qué hablamos durante ese rato, supongo que sería cómo solucionar los problemas del mundo si tuviéramos la oportunidad de hacerlo.
No fue hasta que regresé y volví a leer las fechas de compra de las facturas que me di cuenta del detalle que me aportó Merche. ¿Para qué comprar y llevar ahí nada si el local está cerrado? El edificio del polígono es el único almacén en Zamalca, y provee a toda la provincia. No era lógico emplear otro que, aunque bien situado estaba entre calles estrechas de imposible acceso con los nuevos camiones de reparto al ser tan grandes.
Redacté un escrito explicando la incongruencia, lo metí junto con las facturas en un sobre, y pasé todo al departamento de intervención, cuya oficina está en Barcelona. Debía tratarse de un error en la dirección o… dejé que lo averiguara otra gente.
Como cada mañana fui a la pastelería por los cruasanes. Al abrir casi choca la puerta con un tipo que tomaba un café estando en pie ahí en medio. Luego me sorprendí al ver tanta gente desayunando. La mayoría eran hombres que estaban en pie tomando un café y bollo cerca del mostrador donde una hermosa mujer de algo más de treinta años atendía a la clientela.
Bien maquillada, rubia de peluquería. Sonrisa picarona. Hablaba muy animadamente con varios clientes que parecían babear más que un saco de caracoles.
Por fin me vio la dependienta, me hizo un gesto a modo de saludo y se acercó para situarse ante mí, al otro lado del mostrador.
Tras repetir el saludo me preguntó:
- ¿Qué es lo que quieres? ¿Ves algo especial que te guste?
Entonces reparé en el tono de voz empleado. En la sonrisa que me dedicó. En esa bata blanca cuyo botón parecía estar a punto de reventar ante el empuje de dos enormes globos con pezones. Ignoro si llevaba sujetador, aunque esos marcados pezones indicaban que seguramente no, a no ser que se pusiera ahí unas canicas. Casi puso sus tetas sobre el mostrador mientras hablaba.
Ya me era fácil deducir que por eso había tantos hombres simulando tomar el desayuno en ese momento y lugar. Todos estaban pendientes de ese botón.
- Dos de esos. – Pedí señalando al otro lado del cristal.
Y menos mal que dije "esos" en lugar de pezones porque esos volúmenes ocupaban totalmente mi atención. Ya me imagino el cachondeo general a pedir:
- Deme dos pezones, por favor.
Y me tocaría excusarme, tartamudeando y muy ruborizado, diciendo que preguntaba por el dulce ese a base de crema de almendra, con ron y chocolate blanco que se popularizó con la película Amadeus de 1984.
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