Elisa y los masajes
Elisa sabe que Javier la desea desde el primer masaje, pero la profesionalidad siempre frenó sus manos. Hasta que un viernes, la toalla cae, el sujetador se quita y la puerta de la sala de ejercicios se cierra. Esta vez, no hay excusas para no tocar lo que tanto ha anhelado.
Para Elisa, si alguna vez lo lee.
Elisa ya sabía qué tenía que hacer. Llevábamos jugando a esto mucho tiempo.
Todo empezó incluso antes de que yo, Javier, la contratara como secretaria para mi centro de masajes. Elisa, una mujer morena entre los 40 y 50 años de edad, de estatura media, de estas personas que no paran de hablar solo por vergüenza, era asidua a mis servicios de masajes por su espalda. Recuerdo perfectamente esas sesiones; me encantaba verla cuando se quitaba la camiseta y me dejaba ver, aunque cubiertas, la parte más atractiva de ella, sus grandes tetas. Era inevitable sentirte atraído por ellas. Solía llevar sujetadores no muy favorecedores, pero aun así se adivinaban bien puestas para el tamaño y con unos pezones grandes y gordos que se marcaban ligeramente en la tela.
Las sesiones avanzaban y la confianza entre nosotros crecía de manera proporcional a lo que crecía mi admiración por ese par de buenas razones que Dios o lo que sea que exista le ha dado. Elisa también se iba soltando cada vez más; contaba que estaba divorciada, se atrevía a preguntar que cómo era posible que un chico joven y guapo como yo no pudiera tener novia, entre otras cosas que empezaron a crear ese ambiente cálido, cercano y ligeramente picante que caracterizaba esas primeras sesiones. Los masajes se fueron sucediendo de manera normal; ella se tumbaba en la camilla bocabajo y yo le desabrochaba el sujetador. Ella sacaba los brazos de los tirantes y yo empezaba mi trabajo. Yo era incapaz de no mirar cómo, al aplastarse, los pechos se salían por los dos lados del cuerpo y tenía que luchar para no extender más de lo debido mis masajes por las zonas laterales de su pecho, aunque las ganas no me faltaban. Como ya he dicho, la relación usarlo-profesional se fue haciendo cada vez más cercana con pequeños atrevimientos por parte de ambos a la hora de hacer ciertos comentarios, como que no podía tocarle mucho el cuello porque se le ponía la piel de gallina, que se tenía que morder la lengua para no decir según qué cosas.
El día que todo cambió, entró diciendo que el dolor esta vez se iba un poco más hacia la parte delantera del hombro. Empezamos como siempre; ella se tumbó boca abajo, sacó los brazos de los tirantes y yo empecé con la c trasera del hombro. Los comentarios de como había ido el fin de semana pasado, sabía, lidos, que me iba a pegar y morder por hacerle daño, pero enseguida le entraba la vergüenza y paraba con esas preguntas.
Cuando estábamos a mitad del masaje, le dije que se iba a tener que dar media vuelta para verle la parte delantera el hombro. Elisa, para mi sorpresa, decidió que sin abrocharse el sujetador, pero sí cubriéndose con él, se daría la vuelta para quedarse mirando para arriba con los colores rojos en la cara que le caracterizaban.
Empecé con el masaje en la parte delantera; mi profesionalidad me impedía quedarme mirando embobado cómo gran parte de sus tetas caían hacia los lados del pecho, aunque la gran mayoría de ellas quedaba cubierta por ese sujetador negro básico que llevaba. Los movimientos que hacía yo en el hombro y con el movimiento del brazo propio del tratamiento, el sujetador se iba cayendo poco a poco y la inevitable atracción que sentía al mirar furtivamente como el color de su piel cambiaba, apareciendo el inicio de su aureola más oscura que su piel en contraste con el tono más bien pálido del resto de su piel.
Yo, llevaba ato con una incipiente erección que me hacía retorcerme, intentando evitar que Elisa la viera o pudiera notar algo. Me estaba volviendo loco; en ese momento lo único que quería era quitarle el sujetador que le tapaba, tirarlo bien lejos y tener esas enormes tetas entre mis manos y comerme cada centímetro de ellas. Pero el destino quería regalarme más esa tarde; el sujetador siguió moviéndose y, en uno de esos movimientos, apareció. Un pezón grande, gordo, casi como mi pulgar, oscuro, duro, apuntando hacia el techo. Parecía pedir a gritos ser tocado, devorado; creo que podría haberme pegado horas y horas chupando ese pezón. No me equivocaba cuando imaginé durante tantas sesiones cómo serían.
Por un momento dudé si decirle lo que había ocurrido con su sujetador. Elisa parecía ajena a lo que estaba ocurriendo, no decía nada; solo sus colores rojos de sus mejillas, su ligera sonrisa y su pezón recto, me hacían pensar que, aunque ajena a lo que estaba ocurriendo, la situación no le disgustaba.
Terminé como pude ese día, salí de la sala dejándole vestirse tranquilamente y yo pude recolocarme todo en su sitio para evitar que pudiera notar nada. Elisa era la última de la tarde, salió con su habitual sonrisa, nos despedimos, quedando para la siguiente semana, como era habitual, y me fui para mi casa. Sin quitarme la imagen de esa gran teta prácticamente entera con ese pezón oscuro, duro y gordo apuntando hacia el techo, llegué a casa, me metí a la ducha y esa fue la primera vez que me masturbé pensando en Elisa.
La siguiente semana empezó y solo pensaba en que llegara el viernes a última hora, que era cuando Elisa venía; no dejaba de pensar en si se podría volver a repetir lo del viernes anterior.
El viernes llegó. Elisa llegó sonriendo como siempre. Entramos en la sala de masajes y me contó que el dolor del hombro estaba mucho mejor, que había mejorado mucho, pero que le había aparecido un dolor en el costado que le iba de detrás hacia delante, como el recorrido del sujetador. Por dentro de mi mente daba volteretas pensando en ver y tocar esa parte lateral de su pecho y que pudiera llegar incluso más adelante. Empezamos, como siempre le dije yo; ella se tumbó, sacó los brazos de los tirantes y se dejó hacer, empezando a relajar la parte de la espalda más cercana a la zona que le dolía.
Ella, como siempre, hablaba y me decía que me odiaba por hacerle daño, pero en el fondo me tenía cariño. Las preguntas de todas las semanas, nunca pasaba de ahí; palabras que, de haberlas recibido en otro contexto, me habrían dado pie a intentar algo más, pero que en mi trabajo, como siempre, la profesionalidad siempre por delante, y si ella no daba el paso, yo no lo daría nunca.
El masaje continuaba y le pedí que se pusiera de lado para continuar con el costado hacia delante. Como el viernes anterior, Elisa, sin abrocharse el sujetador y solo aguantándolo cubriendo parte de sus pechos, se puso en la posición que le había pedido y yo seguí trabajando la parte afectada sin poder dejar de mirar cómo se veía gran parte de la parte lateral del pecho que no podía cubrir. Me iba acercando a esa zona preguntando cómo iba su dolor y ella me decía que todavía lo notaba, incluso un poco más adentro. Empecé a rozar suavemente el inicio de su pecho por su parte lateral y, siguiendo esa línea, bajé hacia abajo, llegando hacia el aro del sujetador, pegando Elisa un pequeño salto acompañado de un quejido.
E-: Ahí, ahí es donde me duele.
—Vale, Elisa, aguántame un poco —dije yo, pensando para mí que era normal que con esos pechos el aro del sujetador no le hiciera daño tratando de aguantar su peso.
Intenté trabajar esa zona, pero el aro,al igual que ella, no hacía más que dificultar la tarea. Después de recolocarse varias veces, intentando que pudiera trabajar mejor, le preguntó: Lisa, ¿qué te parece si te pongo una toalla tapándote y te quitas el sujetador del todo para poder trabajar mejor?
E-: Claro, sin problema —dijo con la cara roja.
Fui a por la toalla, se la di y ella se la colocó y seguidamente se quitó el sujetador suelto que llevaba y me lo pasó. Me habría gustado más quitárselo yo, pero bueno, no está mal, pensé mientras llevaba a la silla uno de los sujetadores más grandes que había tenido en mis manos.
La verdad es que no sé si fue mejor el remedio o la enfermedad, ya que la toalla me permitía trabajar un poco mejor, pero no dejaba de moverse. Yo también la movía un poco, para dejarme más espacio para trabajar, y cada vez se iba viendo más.
Elisa, creo que viendo que no estaba trabajando a gusto, puesto que movía y quitaba todo el rato la talla de la zona que estaba trabajando, me sorprendió.
E- —Espera, toma, que no creo que sean las primeras que ve —mentira, me daba la toalla, quedándose con los pechos sin cubrir.
Creo que tardé en reaccionar más de lo que me habría gustado; mis ojos fueron a sus dos grandes tetas y sus dos grandes y duros pezones como queriendo hacer miles de capturas dentro de mi cabeza que aún a día de hoy están Y no creo que nunca pueda olvidarlas.
J-: Bueno, vale, la verdad es que así no molesta. —dije, saliendo de mi cabeza.
Miento si digo que no podía dejar de mirar esas pedazo de tetas que podía ver de lado caer sobre la camilla. Menos mal que yo estaba a su espalda y no podía ver lo excitadísimo que estaba; ese día, si hubiera estado Elisa en otra posición, no podría haber disimulado nada.
Al igual que en la anterior sesión, terminé de la manera más digna posible; me salí de la sala para dejarla vestirse tranquilamente. Salió aún roja, nos despedimos hasta la semana siguiente y se fue. Ese día no pude llegar a casa; en cuanto salió por la puerta, me fui directo al baño y me masturbé, pasando por mi mente muchas de esas imágenes que había tomado con ella.
Este fue uno de los puntos de inflexión de mi historia con Elisa: a partir de ese día, cuando ella llegaba para su masaje, entraba en la sala, se quitaba camiseta y sujetador, dejándome deleitarme con la visión, y me ponía a trabajar. La relación cada vez se hacía más cercana, con más confianza. Los primeros días se tapaba un poco la cara como avergonzada; más adelante ya podía estar hablando perfectamente conmigo boca arriba, enseñándome los pechos sin ningún tipo de problema. Yo terminaba esas sesiones más caliente que el pico de una plancha, pues nunca se atrevía a dar esos pequeños pasos que yo necesitaba para dejar a un lado la profesionalidad y tirarme a comerle los pezones y la boca salvajemente.
Por circunstancias de la vida, me quedé sin secretaria para el centro y no tardé en decirle a Elisa si quería trabajar en el centro, ya que ella era secretaria en otra empresa. No tardó mucho en pensárselo, ya que ese mismo día dijo que sí, pero con una condición: no perder la costumbre de decirles os masajes. Así que de la noche a la mañana pasé a tener una secretaria que el resto del día era una trabajadora ejemplar, pero cuando le tocaba masaje, entraba en la sala, ¡se quedaba con las tetas al aire para su jefe! ¡Y qué tetas!
La confianza y tensión sexual en esos ratos siguió creciendo; nos inventamos un juego en el cual, cada día de masajes, había que hacerle tres preguntas al otro. Elisa, con su timidez propia, empezó haciendo preguntas muy generales sobre mis gustos y experiencias sexuales; le interesaba conocer cuáles eran mis puntos débiles, si había estado con mujeres casadas o más mayores, cuál sería mi tipo de cita favorita o si alguna cliente se me había insinuado alguna vez, por ejemplo. ¿Se estaría preparando para hacerlo ella?
Por mi parte, yo descubrí preguntándole, que le encantaba que le besaran el cuello, que le comier los lóbulos, que había quedado con hombres solo para tener sexo con ellos, que le encantaba hacer sexo oral. Imagino a vosotros contándome todo eso y además enseñándome esas dos pedazo de razones que hacían que mi miembro acabara todas esas sesiones como una piedra; ya me escondía poco, puesto que al final de la sesión ella se ponía sentada, yo me ponía detrás de ella para estirarle el cuello y me pegaba bien a ella con mi duro miembro presionando su espalda. Creo que la situación también podía con ella, puesto que empezó a terminar todas las sesiones teniendo que ir al baño.
Además de preguntas cada vez más tórridas, empezaba a haber pequeños retos. Recuerdo perfectamente el día que se dio ese segundo punto de inflexión que hablaba; ella me había retado a que la siguiente sesión fuera un masaje relajante de cuerpo entero. Yo acepté, claro. Cuando entramos en la sala, quise ver por dónde quería ir y le dije que se tenía que quitar toda la ropa que me pudiera molestar de los sitios donde ella quería recibir el masaje que ahora volvía. Tenía intriga: si esta vez se quitaba el sujetador, significaba que podría tocarle esas tetas por las que empezó todo. ¿Se quedaría desnuda del todo? Ahí sí que no sabía qué hacer. Entré y lo que vi me sorprendió: Elisa se encontraba bocabajo y lo único que me cubría el cuerpo era un pequeño tanga negro que se perdía entre sus glúteos. Unos glúteos que nunca habían llamado especialmente la atención, puesto que las dos poderosas razones de más arriba, por cierto, no llevan sujetador, pensé relamiéndome, me impedían fijarme en ese bonito culo también grande, ya que Elisa tiene un cuerpo de los que hay para agarrar por todos lados, pero sin estar gordita.
Empecé, aun sin creérmelo, a masajear por las piernas; no podía dejar de mirar ese culo so «cubierto» por esa tanga que se perdía en donde no me habría importado nada perderme. Cuando terminé con las piernas, cogí el aceite y dejé caer un fino chorrito sobre sus glúteos y empecé suavemente a trabajarlos. Terminó siendo más un magreo en toda regla que un masaje suave y delicado; los apretaba, separaba un poco mientras mi miembro luchaba por salir del pantalón que lo sujetaba. Seguí con la espalda, con especial atención a su cuello, que ya sabía de primera mano que era uno de sus puntos débiles. Yo la veía respirar más fuerte de lo normal; no sé si se estaba relajando. Yo estaba también muy caliente pensando en lo que estaba por venir. Le pedí que se diera la vuelta; creo que no he visto a Elisa tan roja en mi vida. Sus tetas con anhelados duros pezones aparecieron ante mí. A pesar del deseo de tocar esas tetas, decidí guardarme el caramelo para el final y continué por sus muslos, los cuales masajeaba casi llegando al borde del tanga, el cual, a pesar de ser negro, creí poder adivinar mojado en su única zona guardada.
Ya no podía aguantar más; me situé en la cabecera de la camilla. Sus dos pechos descansaban hacia los lados de su tórax, sus pezones se adivinaban duros apuntando hacia el techo; mis ojos no podían parar de mirarlos. El aceite que dejé caer sobre sus pechos se extendió por toda la dimensión de ellos y los toqué. Entré en el paraíso que tanto había imaginado, disfruté tocando, masajeando, intentando abarcarlas todas ellas entre mis manos; las cogí por los lados y las juntaba, deseando sentir su peso. Toqué sus oscuros, grandes y duros pezones de todas las maneras posibles; los acaricié, rodeé y apreté. Se podría decir que le toqué las tetas con mis manos. Ella roja, se limitaba a errar los ojos y respirar cada vez más fuerte; incluso, alguna de las pocas veces que mis ojos podían separarse de sus tetas, le vi morderse el labio.
No podía parar, no quería acabar; creo que me habría podido pegar toda la vida haciendo lo que estaba haciendo, pero tenía que parar por el bien de sus tetas que empezaban a estar ya rojas y de mi miembro que no podía estar más duro.
E-: Impresionante —acertó a decir Elisa.
Cogió su ropa de la silla y se fue al baño. Por fin pude colocarme el miembro; más bien me lo saqué en cuanto salió por la puerta. Pocas veces lo había tenido tan duro; el capullo babeaba líquido preseminal y más que había en el calzoncillo.
Polla en mano, me acerqué despacio a la puerta del baño donde se había metido Elisa,acerqué el oído y escuché claramente cómo Elisa se estaba masturbando. Sus gemidos y el sonido de chapoteo eran inequívocos; los gemidos acompañados de suspiros fueron demasiado para mí y, al igual que ella, mi mano empezó a trabajar acompañada por suspiros. Fueron sonidos hasta que ninguno de los dos pudo más y terminamos, yo sobre la puerta, imaginándome que lo hacía sobre sus tetas y ella con un gran gemido que no hacía falta; está muy lejos para escucharlo.
Me alejé de la puerta; casi no me dio tiempo casi a limpiar el semen de la puerta, y tampoco me importaba que lo viera ya. Seguía nublado por lo que había sucedido. Elisa salió:
J-: ¿Todo bien, Elisa? - le pregunté.
E-: Más que bien, Javi, creo que ya no vuelvo a darme de los que hacen pupa. —Me contestó ela con una sonrisa en la boca, pero muerta de vergüenza.
Su carácter sumiso era una de las cosas que hacía que la deseara todavía más.
J- Ya sabes que no hay problema, la próxima vez será mejor; además, ademas yo todavía no te he puesto el reto de esta semana, pero en la próxima sesión te lo digo.
Y así fue; intentaré recordar y detallaros lo que pasó en esa siguiente sesión.
J-: Cuando quiera vamos para adentro, que ya no tiene que venir nadie.
E-: Voy, que apago el ordenador y voy.
—Vale, voy yo también recogiendo la sala de ejercicios; tú, cuando subas, te quitas como el otro día todo lo que quieras que masajee —le decía, entrando en la sala que tenemos para que la gente haga ejercicios, recogiendo todo excepto una cochoneta que situé frente a un espejo que ocupa toda la pared. Mi mente caldehuienta ya estaba anticipando lo que podía llegar a pasar.
Me fui para la sala de masajes; Elisa ya estaba esperando.
J- —Hemos pasado del negro al blanco —dije cerrando la puerta, puesto que, a diferencia de la sesión anterior, lo único que llevaba puesto era un tanga blanco, incluso más pequeño, de encaje, semitransparente. Me encantaba y me ponía tan caliente verla tumbada solo con el tanga que constaba un mundo reprimirse de arrancárselo y follarla salvajemente.
E-: "Jijiji ", reía ella nerviosa.
J: Empezamos —dije yo, poniendo aceite en sus piernas.
Si en la anterior sesión me costó aguantarme las ganas de ir todavía más allá, en esta sesión todavía más. Me recreé más en sus piernas, su culo, su cuello mientras todavía estaba bocabajo. Elisa se dejaba hacer, pero sabía que lo quería y deseaba.
E-: Todavía no me has dicho cuál era mi reto de la semana pasada.
J-: Al final de la sesión lo sabrás; de momento, disfruta y date la vuelta.
E-: ¡Uy, Dios! ¡Me tienes en ascuas! —dijo Elisa dándose la vuelta.
Seguí con el masaje de los muslos; me acercaba peligrosamente cerca del tanga e incluso, alguna vez, introducía justo el inicio de los dedos en el elástico lateral de su tanga, un tanga que dejaba ver, debido al encaje, un pubis cuidado. Incluso habría dicho que tenía una fina línea de vello en medio, pero lo que de verdad se veía era la gran mancha que la delataba. Yo sonreía, sabía que estaba muy caliente y todavía quedaba lo mejor. Su pecho subía y bajaba, intentando mandarle oxígeno a ese cerebro que ansiaba sentir en cada uno de los sitios que iba tocando. El mío luchaba por salirse del pantalón.
Su estado de excitación era tanto que se arqueó y apretó los puños en cuanto el aceite que le derramé tocó sus duros pezones y suspiró. Yo para mis adentros sabía que la tenía donde quería y, al contrario de la sesión anterior en la que me pudieron las ansias y no me corté en tocar, esta vez quise ser más sutil. Deseaba llevarla a un estado de calentura máxima, que deseara que le apretara las tetas y pellizcara sus duros pezones; por eso lo hice de manera sutil, solo pasaba las manos por ellas y los rozaba a ellos. Las caras de Elisa eran un poema; no paraba de morderse los labios intentando no gemir, los casi espasmos que daba su cuerpo cada vez que uno de mis dedos rozaba sutilmente uno de sus pezones.
E-: ¡Ya, por favor! —dijo Elisa.
Ya la tenía donde quería; sabía que Elisa haría cualquier cosa.
J-: ¡Está bien! —Levántate —dije y mientras una contrariada Elisa se ponía de pie.Me acerqué por detrás suyo, me pegué literalmente a su cuerpo haciéndole notar perfectamente mi erección en su culo, llevé mi boca hasta su oído.
J- —Date media vuelta, mírame a los ojos, quítate el tanga, dámelo y vete a la sala de ejercicios y delante del espejo repites lo que hiciste el otro día en el baño —le susurré con una sonrisa en la boca.
Elisa no dijo nada y, como yo le había dicho, se dio la vuelta. Intentando mirarme a los ojos, cogió los laterales de su tanga y lo bajó sacándoselo.
por los pies, me lo dejó en la mano y se fue hacia la sala de ejercicios.
Veía cómo se iba por el pasillo hacia la sala de ejercicios; instintivamente llevé mi mano con su tanga a mi nariz, invadiéndome de inmediato el mejor de los aromas de mujer, el olor a ganas, sexualidad, picardía. Mi otra mano fue a mi miembro erecto; la saqué de su prisión. Dolía, dolía de llevar tanto tiempo dura y aprisionada; no sé cómo podía pensar, puesto que la gran mayoría de sangre estaba en esa estaca. Me quité la ropa, me adentré en el pasillo oliendo ese tanga empapado; era mi mejor premio. Había llegado la hora; por fin me iba a follar a Elisa.
Por el pasillo aguzaba el oído en busca de sonidos que me ayudaran a adivinar qué estaba haciendo Elisa; solo se oían ligeros suspiros. Cuando llegué a la puerta y avancé, la imagen que vi me gustó más de lo esperado. Elisa estaba sobre la colchoneta, frente al espejo, dándome la espalda. Estaba sentada, con los pies apoyados sobre la colchoneta y abiertas las piernas como si de lasas del paraíso se tratasen. Las tetas caían por el pecho fruto de la gravedad, una mano apoyada en la colchoneta para poder inclinarse ligeramente hacia atrás y la otra mano no se acariciaba, se estaba follando el coño con sus dedos.
—J: Puedes gemir y gritar; ya no queda nadie.
Elisa miró a través del reflejo hacia la puerta donde me encontraba yo desnudo. Solo un segundo nuestras miradas se juntaron; su mirada era pura pasión, puras ganas, puro sexo. Vi cómo me miró de arriba a abajo, llevó la cabeza hacia atrás mientras se perforaba su parte más íntima y gimió, gimió fuerte, se estaba corriendo.
Yo me quedé viendo cómo se convulsionaba, cómo salía su orgasmo por su boca y su sexo, el cual acariciaba ya más despacio. Podría haberme corrido solo mirándola, pero no me quería perder todo lo que quedaba por venir.
Avancé hacia donde estaba ella, que abría los ojos y veía cómo me iba acercando. Ella no decía nada, solo respiraba agitada y cachonda, mirándome a través del espejo.
J-: Ponte de rodillas y sigue tocándote. —Le ordené.
Ella, sumisa, lo hizo. Yo llegué por detrás. Mi miembro erecto quedó a un lado de su cara, rozando su mejilla. La otra mano con la que no me estaba tocando fue en busca de mi polla.
J: —¡Espera! —No te impacientes —le dije a la vez que me agachaba, llevando mi boca a su cuello, mordiéndole ligeramente.
Llevé mis manos a sus tetas; esta vez sí que se las apreté. Ella gimió profundamente.
J-: ¿Esto era lo que querías antes? —le dije mientras le pellizcaba y tiraba de los pezones más duros que he visto y tocado en mi vida.
Elisa no decía nada, no hacía falta; sus respuestas eran los gemidos mezcla de placer y dolor de lo que le estaba haciendo. Cuando le dejaba un segundo de descanso entre el cuello y las tetas, miraba el reflejo en el espejo y seguía tocándose.
Me volví a levantar quedándome a su lado; me fascinaba la imagen reflejada de Elisa tocándose, las tetas con sus pezones duros y brillantes aún del aceite de masaje, y la mirada fija en mi polla que se encontraba dura a su lado, a la altura de la cara.
J-: ¡Es toda tuya! Chúpame… - No me dio tiempo a acabar, puesto que se tiró cual leona hambrienta a por mi polla.
Cuando me quise dar cuenta, mi miembro había desaparecido en su boca; notaba cada milímetro de su lengua recorriéndome la polla mientras la volvía a sacar. Agarrándola con la mano, me empezó a pajear y mirándome a los ojos.
E-: ¡Por fin! —dijo Elisa, volviéndose a meter el miembro en la boca.
Empezó una frenética mamada; por los juegos de las preguntas, sabía que le gustaba chupar, pero me imaginaba que se le daba tan bien. Se la sacaba de la boca, recorría toda la largura con su lengua sin dejar de mirarme. Se metió mis huevos en la boca, los chupó, jugué con ellos con la mano mientras trataba de meterse mi polla lo más adentro posible. Sé que si le hubiera pedido que estuviera hasta el día siguiente, habría estado, pero yo estaba a punto de correrme y quería hacer más cosas con ella.
J-: ¡¡¡Elisa, para!!! Date la vuelta frente al espejo y ponte a cuatro patas —le dije, separándola como cuando quieres quitarle un helado a un niño.
Elisa quitó con la mano el hilo de saliva que unía su boca y el rojo glande de mi miembro, fruto de la brutal mamada que esa mujer me había dado. La misma mano que, tras voltearse y ponerse en la posición que le había pedido, llevaba a su ya mojado tesoro. Mis manos fueron a su culo; siempre sus pechos habían llamado la mayoría de mis atenciones, pero este no se quedaba atrás. Lo apreté, lo abrí, me agaché para pasarle la lengua por el coño mojado, me encantó el sabor de sus fluidos. También llevé mi lengua hasta ese apretadito y virgen culito. Ella se estremeció, yo me incorporé y empecé a jugar con la punta de mi miembro por toda la rajita de su coño; podía notar el calor que desprendía. Me paré en la entrada al cielo y lo miré en el espejo; la estaba esperando mi mirada.
E-: ¡Por favor! —suplicaba cachonda.
J-: ¡Pídemelo!
E-: ¡FÓLLAME!
No me hizo falta casi ni empujar y mi polla empezó a entrar en ese coñito. Muy despacio, quería que notara cada milímetro de mí. La humedad que había en el interior dificultaba ir despacio. El gemido que dio Elisa llegó a través de mis oídos hasta lo más profundo de mi cabeza; si existieran los orgasmos de oído, lo habría tenido.
Llegué a lo más profundo del cuerpo de Elisa; ella empujaba su culo contra mi pubis, intenta no desaprovechar ni un milímetro de mí. Mi mirada iba de su culo al espejo, donde me encontraba con su mirada, esperando cruzarse con la mía. Sus tetas colgaban; qué delicia de tetas, esas que me volvieron loco y me habían traído hasta aquí.
Al principio empecé un balanceo suave, pues tenía miedo de correrme, para luego ir aumentando el ritmo acompasado por sus jades y sonidos. Como la calma antes de la tempestad, Elisa por milésimas de segundo se calló, quitó sus manos y se dejó caer sobre la colchoneta, abrió todavía más si es las piernas.
E-: —¡¡Me corrooooooooooo!! — gritó de repente al mismo tiempo que sus piernas empezaron a temblar. El interior de su coño comenzó primero a apretar mi polla como queriendo exprimirla para después llenarse de flujo que me obligó a sacarla para luego terminar saliendo, cayendo por sus piernas que habían cedido para hacerla caer contra la colchona mientras el placer invadía su cuerpo.
Elisa quedó boca arriba intentando recuperarse. Me encantó ver todo su cuerpo desnudo; la mezcla de sudor y aceite, hacía que su cuerpo brillase. Una fina línea de vello púbico te guiaba hasta un coñito con unos labios abultados de los que salían restos de lujos propios.
Empecé a acariciar su cuerpo suave, dejándole tiempo para recuperarse; pasé por sus piernas, su pubis, su abdomen, llegué a sus tetas, las cuales parecían estar muy sensibles.
E-: ¡Gracias! —pudo decir Elisa.
J-: Todavía no hemos terminado. - Le respondí llevando mi boca hacia uno de esos pezones duros.
Me recreé en ellos; quería, despacio, suavemente. Siempre lo había soñado.
Cuando me di cuenta de que Elisa volvía a responder a lo que le estaba haciendo, me tumbé yo sobre la colchoneta.
¡J- móntame! Déjame ver cómo se mueven tus tetas mientras estás encima mío.
Elisa, haciendo caso de mis palabras, se levantó, pasó una pierna a cada lado de mis caderas, con la mano apuntó mi miembro en su entrada y se dejó caer, clavándosela entera en su interior.
Empezó a follarse con la mirada perdida hacia el techo; sus tetas botaban al ritmo que Elisa imprimía. Llevaba mis manos para agarrarlas y las volvía a soltar para seguir como volvían a botar; estaba hipnotizado. La incliné para llevarme esos pezones a la boca mientras ella se seguía clavando mi miembro en lo más profundo de su ser; no me habría importado morir ahogado por sus tetas. Elisa no decía, solo gemía e intentaba llegar cada vez más profundo.
J-: Sé que te gustaría que me corriera en tu boca, pero hoy me voy a correr sobre tus tetas; ellas son las causantes de que estemos hoy así.
E-: mmmmmmmm -contestó Elisa.
J-: Ahora te voy a follar yo de pie contra el espejo —dije intentando parar sus botes.
Elisa se levantó, pegó su cuerpo y sus tetas, aplastándolas, contra el espejo y sacó un poco el culo para que yo, después de levantarme y situarme detrás de ella, se la clavara en el coño lo más fuerte que pude. Empecé a bombear pegando mi cuerpo contra el suyo, intentando hacer uno solo; mi boca la comía el cuello.
J-: Esto era lo que querías desde el primer día, ¿verdad? —le decía al oído.
Mientras Elisa asentía entre gemidos y yo no dejaba de perforarle, quería correrme, necesitaba correrme ya.
Elisa se me anticipó; ya no gemía, ¡¡gritaba!!
E: ¡¡¡Sisi,joder, me corro!!! —dijo mientras sus piernas flaqueaban, cayendo al suelo de rodillas y de su coño salía flujo a presión como si se estuviera meando.
¡Esa escena fue mi culmen! ¡Yo tampoco aguanté más!
J- —Eli, me corro yo también —llegué a decir mientras con mi mano terminaba de darme placer.
Elisa se giró y, cogiéndose las tetas, esperó su premio.
Creo que nunca me había corrido tanto y con tanta fuerza. El primero le fue de las tetas hasta la boca y, relamiéndose, Elisa recibió el resto ya en las tetas y con las manos se lo iba repartiendo, dejándolas cubiertas de mi semen.
En cuanto acabé, la Elisa vergonzosa volvió a aparecer y, sin mirarme a la cara, nerviosa, se levantó.
E-: Perdona por todo este estropicio, yo lo limpio, no te preocupes; tú vístete y vete, que es tarde. Dijo mientras cogía la fregona del armario y se ponía a limpiar como Dios la trajo al mundo, con todo el cuerpo brillando y las tetas llenas de mi semen.
Sabía que no tenía que decirle nada; Elisa era así.
Me cambié, me puse la ropa y, antes de marcharme, pasé por última vez por la sala de ejercicios.
J-: Eli! La próxima vez, más y mejor —dije, guiñándole un ojo.
Elisa sonrió.
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