Xtories

El profesor de filosofía

Victoria no quería aprobar la asignatura; quería aprobar a su profesor. Con una mirada que quema y una audacia que desafía toda norma, la alumna pelirroja decide que las clases teóricas se quedan cortas. Esta noche, el despacho estará vacío, y ella tiene planeado hacerle fallar el examen más importante de su vida.

Underwood12K vistas8.9· 9 votos

Hace unos meses empecé a dar clase de filosofía en un instituto. No podía estar más feliz el día que entré por la puerta del centro. Tras cuatro años de grado, dos másteres y varias interinidades, por fin tenía mi plaza fija. Por primera vez iba a tener un año entero para moldear la asignatura a mi gusto. Quizá lo más importante era que, después de años dando tumbos por la Comunidad de Madrid, tendría un sitio donde establecerme de forma algo más permanente.

Los primeros días transcurrieron con total normalidad. Lo bueno de tener veintisiete años es que aún conectas con los alumnos. Algunos compañeros me recomendaron aprovecharlo al máximo, pues es una cualidad que se acaba perdiendo. Tenían razón. Tanto que empecé a aprovechar algunas clases, donde ni estudiantes ni profesor tenían ganas de avanzar en materia, para ir enterándome de los salseos del centro. Entre otras cosas: apodos, anécdotas, historias varias, y lo más jugoso, quién se había acostado con quién. Me dio la sensación de que en ese centro los profesores eran incluso más adolescentes que los propios alumnos. Así que yo, joven y con la labia que ofrecen seis años de filosofía intensiva, empecé a fichar profesoras. La que más me ponía era la de música, que ya superaba los cuarenta pero tenía cuerpo de modelo. Todo lo que tenía de cachonda lo tenía también de desagradable. ¿Eso me causó rechazo? Al contrario, me excitó el triple.

Un día, sobre la tercera semana de clases, coincidí con ella en la cafetería y aproveché para presentarme.

—Hola, todavía no nos conocemos. Soy Pablo, el nuevo de filo. Tú eres de música, ¿no?

Ella me repasó de arriba a abajo. Físicamente no soy gran cosa, aunque de cara no ando mal —tíos, la barba ayuda un montón, en serio—. Quizá fue el rollo pantalón chino y camisa negra metida por dentro, que le dio morbo, o qué sé yo; a lo mejor ya le habían hablado de que era un comeorejas. El caso es que su expresión rancia pasó a relativamente amable, y se presentó con dos besos bien cercanos.

—Encantada, soy Carmen. Sí, la de música —y se rio.

Charlamos un rato. Ella me estuvo contando historias del instituto. Sobre todo, trató de prevenirme de los profes que no le gustaban —eran bastantes— y se despidió soltándome un «ya nos veremos por aquí». Yo intenté lanzarle el típico «acabo de mudarme al pueblo, no conozco mucha gente para salir a tomar algo», pero no pareció cuajar. Bueno, el sexo y el amor son carreras de fondo, así que lo asumí como una partida en disputa. Desde luego, algo en mí le gustó.

Un par de horas después, la penúltima clase —última para mí—, tocaba con segundo de bachillerato. No quería traumatizarlos, como es habitual con mi asignatura, así que empecé por mi filósofo favorito, Santo Tomás de Aquino. Es un tipo que siempre me ha hecho gracia porque era ateo como el que más, pero tenía la teoría de rezar por si acaso, no vaya a ser que exista Dios y la líes. Mientras yo trataba de introducir su obra más importante, el «Summa Theologiae», una alumna del fondo no me quitaba ojo. La fui mirando de vez en cuando, confundido. Me observaba como una gata en celo deseosa de abalanzarse sobre mí. Cada vez que la mirada se me iba hacia ella, se inventaba algo. Primero se enredó el pelo en el dedo índice de una mano; luego, empezó a jugar en su boca con un bolígrafo. Todo con la misma mirada que yo le pongo a la tarta de queso.

Tras los cincuenta y cinco minutos más largos de la semana, todos se fueron pitando del aula menos ella, que iba deliberadamente lenta. Entonces, de pie, la pude observar bien. Tenía unas piernas largas, acentuadas por estrechos vaqueros. Su culo era redondo y su cintura fina. Sus pechos no parecían muy grandes, aunque sí firmes. Lo que más me gustó fue su cara, con rasgos marcados, labios carnosos y ojos grandes. Por si alguien daba más, era pelirroja, mi debilidad. Se me acercó mucho, tanto que pude hasta identificar la marca de perfume —Calvin Klein, el mismo que usaba una exnovia—.

—Hola profesor, soy Victoria.

Entonces caí.

—Ah sí, me han hablado de ti. Se te atasca la filosofía, y eso está impidiendo que puedas hacer selectividad.

Ella trató poner ojos tristes, fingidos por supuesto.

—Es el tercer año que intento aprobar esta maldita asignatura, pero no me entra en la cabeza.

—Eso es porque la mayoría de profesores de filo son unos inútiles —dije, chulo—. Pero no te preocupes, conmigo te la sacarás.

—No sé, la tengo demasiado atravesada —contestó ella, frustrada en serio.

Lo siguiente que hice entró dentro de la absoluta normalidad del manual del profesor. Desconocía el camino por el que me llevaría aquella propuesta.

—No tengo más clases, y creo que el despacho estará vacío. ¿Quieres que hablemos un rato de tu trauma con Platón?

Victoria aceptó, y así hicimos. El despacho estaba a menos de un minuto, tan solo había que bajar una escalera. Mi alumna, que parecía estar avergonzada por ir junto con un profesor, no habló hasta cerrar la puerta del nuevo habitáculo.

—Por cierto, no tengo ningún trauma con Platón, me encanta ese tío —dijo, por fin—. Es solo que se me da mal estudiarlo.

Yo reí. Me acordé de las infinitas noches de mi grupo de amigos, tratando de descifrar el auténtico sentido de la República entre litros de cerveza.

—Se te da mal porque era un filósofo insoportable. Será porque fue el primero. Los pioneros siempre son unos incomprendidos.

Me senté tras mi mesa, y cedí a Victoria la silla de los invitados. Ella se situó en la esquina del escritorio, lo más cerca posible. Su perfume, las miradas que me echaba y su escote me estaban despistando. Empezamos a charlar, pero había veces que los ojos cobraban vida propia, incluso por un par de segundos. Tartamudeé en una frase, y ese fue mi fin.

—¿Está usted nervioso por algo? —soltó ella, con voz aniñada.

—No, no, estoy bien.

—¿Seguro? —repitió—. Yo le veo un poco nervioso. ¿Es porque estoy muy cerca? Los chicos se ponen nerviosos si me acerco mucho.

Mientras hablaba, colocó su mano izquierda sobre mi rodilla, y empezó a subir. Según los dedos avanzaban sobre el pantalón, bajo él crecía mi entrepierna. Menos mal que el pantalón era ajustado y el escritorio alto. Aun así, cometí el error de no hacer ningún gesto de disgusto, lo que Victoria interpretó como un «venga, sigue». Debería haberla parado, era mi alumna joder. Algo mayor que las demás, afortunadamente mayor de edad. Pero igualmente una estudiante que estaba traspasando todos los límites. Ahora sí que estaba nervioso.

—Victoria…

Fue lo único que acerté a decir. Ella llevó su mano hacia mi entrepierna. Acarició superficialmente mi pene, totalmente erecto. Se puso de pie, llevando su boca a mi oreja. Eso me dio un primer plano de su escote. Estaba seguro de que, según hablábamos, se lo había ido bajando para enseñar cada vez más pecho.

—No se preocupe, soy una buena chica.

Y se retiró. No hubo más. Hice lo posible por recomponerme, hablarle de filosofía, fingir que a ella le interesaba lo que tenía que contarle. En su rostro había satisfacción. Me tenía donde me quería; era suyo sin yo saberlo. Seguimos ahí media hora más, donde por momentos fuimos de nuevo profesor y alumna.

—Te voy a mandar en PDF algunos libros que me sirvieron mucho en la universidad. —Saqué mi agenda y un bolígrafo—. Apúntame aquí tu mail, porfa. Esta tarde, si no me olvido, te los envío.

Victoria se levantó, inocente, volviendo a fingirse aniñada. Antes de salir, desde la puerta, se giró con cara de zorra.

—Espero que no se olvide.

Al salir me crucé con Carmen, la buenorra de música. Intenté acercarme a ella, quizá por el calentón que me había dejado la tutoría con Victoria. Cuando casi estaba a su altura, me di cuenta de que iba hablando por el móvil con los auriculares inalámbricos, así que deseché la opción. En lugar de eso, llegué a casa, comí a toda prisa y me masturbé pensando en mi alumna. Nunca había hecho algo parecido. Era una barrera inamovible para mí. Pero ahí estaba, en el sofá de mi casa, pajeándome con ella. Tardé algo menos de diez minutos en correrme y me quedé durmiendo.

Desperté como un hombre nuevo. Abrí el portátil para preparar las clases del día siguiente, y la agenda para ayudar a mi desordenado cerebro. Entre las notas reconocí una dirección de correo electrónico escrita con impecable caligrafía. Recordé que le iba a mandar unos libros a Victoria, como así hice. Tras ello, seguí repasando algunas diapositivas y actualizando conocimientos para no quedarme en blanco. Preparar clases me parece emocionante, lo disfruto como un niño. Sumido en mi trance filosófico, recibí respuesta de mi cariñosa alumna.

«Muchas gracias, profe:) Ahora que acabo de salir de la ducha y voy desnudita, voy a empezar a leerlos».

Mi pene reaccionó instintivamente. Es increíble cómo el mínimo detalle lascivo nos pone en marcha. Hice lo posible por ignorarlo y seguir con mi trabajo. Aun así, volví a ese mensaje otras tres veces, y no fue hasta la última que me percaté de un archivo de vídeo. Era Victoria, grabándose totalmente desnuda, sentada en la cama con una gran tablet tapando zonas estratégicas. Leía en voz alta uno de los libros que le había mandado. Un minuto después, el vídeo se terminó igual que empezó. Yo ya volvía a tener la polla en la mano.

Al día siguiente traté de que todo siguiera como si nada. No tenía clase con segundo de bachillerato, así que no corría peligro. Tras las dos primeras horas, me tocó una guardia que aproveché para trastear proyectos más personales en el despacho —estaba escribiendo un libro—. Vi que tenía otro mail de Victoria, pero preferí reservarlo para casa. Eso habría sido lo apropiado. Pasados quince minutos, el ansia me pudo y lo abrí. Era otro vídeo. En él, la estudiante seguía leyendo desnuda, pero esta vez se llevaba la mano a la entrepierna. Gemía mientras trataba de poner en su boca palabras de Kant. Otro minuto, donde esta vez no pude masturbarme hasta llegar a casa. Cuando por fin pude hacerlo, sentí que los testículos me iban a reventar. En el vídeo, Victoria se lamía los dedos llenos de fluidos, se acariciaba el clítoris y los labios, y se metía un par de dedos. Las frases se cortaban entre leves gemidos. Hubiera jurado que alguna vez incluso me miró directamente, es decir miró a cámara.

Entre medias de todo esto, y de nuevo con un calentón que no me tenía en pie, pude por fin hablar con la profesora de música. Esta vez sí, quedamos esa misma noche —era viernes— para tomar algo. Yo no soy de ir muy a saco en las primeras citas, pero desde la tutoría con Victoria era otro. Tenía que hacer algo para sacarla de mi cabeza, y Carmen iba a ser ese algo. Quedamos en uno de los bares más concurridos del pueblo, básicamente porque era el único decente. Quien no bajaba a Madrid se encontraba allí. No sé si Carmen también quería olvidarse de alguien esa noche, pero sacó todas sus armas. Se puso un top que realzaba su enorme pecho, y un pantalón que le hacía un culo imponente, además de una cintura de adolescente. Me saludó con un beso entre la mejilla y la oreja.

Estuvimos un buen rato sentados en el bar, charlando sobre la vida de profesor. Ella, con veinte años de experiencia a sus espaldas, yo recién estrenado. Esta última frase no solo era aplicable a lo de ser profesor. Entonces vi cómo detrás de Carmen pasaba Victoria con otras tres amigas, vestidas más elegantes de lo que aquel bar requería. Debían estar haciendo la previa de algo más importante. Mi alumna se sentó en un punto estratégico. No habíamos quedado allí aposta, pero trató de aprovechar al máximo la coincidencia. Como si fuéramos dos nostálgicos, ella empezó a jugar con una pajita exactamente igual que el día anterior con el bolígrafo. Dejé de prestar atención a Carmen, a la que dejé hablar todo lo que quiso. Por suerte, era una charlatana a la que mi pedantez filósofa no le había dado cancha. Empezó a hablar por los codos, ni recuerdo de qué. Mientras, Victoria se repasaba los labios con la lengua mirándome fijamente. Sus amigas no existían, en la misma proporción que la profesora de música para mí tampoco.

—Voy al baño —solté de repente.

Debí tener suerte y decirlo entre discursos, así que no le molestó demasiado. Me respondió con una sonrisa, en lo que yo abandonaba la mesa. Fui directo a un pequeño pasillo que había entre el baño de hombres y el de mujeres, convenientemente tapado con una mampara. Era lo bastante íntimo. Victoria pareció leer la situación, y se levantó quince segundos después. Cuando llegó a mí, me besó sin mediar palabra. No fue un beso inocente. La muy guarra de mi alumna metió lengua en cuanto pudo; también agarró el paquete con fuerza, que crecía por momentos. La separé de mí agarrándole el cuello, signo de «esto no ha hecho más que empezar».

—¿A qué juegas, niña? —susurré.

—A lo que tú quieras, profe —contestó, con mirada inocente y pervertida a la vez.

La cogí de la mano y me la llevé al baño de hombres. La metí en uno de los habitáculos, cerrando la puerta tras de mí. Ella bajó la tapa del wáter, se sentó sobre ella y fue directa a mi bragueta. No perdía el tiempo la muy zorra.

—Qué directa.

—No quiero que hagas esperar mucho a la de música.

Entonces me acordé. Yo no había quedado con Victoria, sino con Carmen. ¿Qué estaba haciendo? Antes de poder responder esa pregunta volví a olvidarme, pues la adolescente ya se estaba metiendo mi polla en la boca. Chupaba como una auténtica profesional. ¿Cuántas se habría comido ya a sus diecinueve añitos?

—Joder, esto se te da de bien todo lo que mal filosofía.

Ella no dijo nada. Siguió chupando. De vez en cuando se la sacaba de la boca, me masturbaba y me chupaba los testículos. Luego volvía a ella, jugando con la lengua sobre la punta. Eso era lo que más perro me ponía. De la nada, cogió mi muñeca izquierda para mirar la hora.

—Hmmm, hay que ir más rápido.

Subió el ritmo de la felación, usando todas sus artes para ello. Dos veces se la tragó entera, impulsada por mi mano. Yo estaba en el cielo. Noté cómo me temblaban las piernas, me iba a correr. Sujeté su cabeza para mantenerla firme, y empecé a follarle la boca. Ella apretó los labios para forzar el mayor contacto posible. Tras unas cuantas embestidas, me corrí en su boca. Fueron tres chorros enormes, que se tragó sin rechistar hasta la última gota. Cuando terminó de tragar, se puso de pie y se quitó las bragas. Me las puso en la cara para que viera lo empapadas que estaban. Olía a puro sexo. Me dieron ganas de empotrarla allí mismo, pero iba a ser demasiado. Victoria hizo una bola con las bragas y las metió en mi bolsillo. Me plantó un beso en la mejilla, y aprovechando la cercanía se despidió.

—Nos vemos, profe. A ver si la de música te la chupa igual.

Tal como llegó, se fue. Yo volví a mi cita con Carmen, que pareció no sospechar nada. De hecho, seguimos la mar de bien, tanto que acabamos en mi piso. Pero eso, querido lector, es otra historia.