Marta. Mi compañera de trabajo. (Parte 2). Camino
El semáforo en rojo fue solo el comienzo. Entre el jadeo y el riesgo de ser vistos, Marta demostró que no venía a trabajar, sino a jugar. Ahora, el camino a su casa promete ser aún más largo y peligroso.
Habíamos salido tan rápido de aquel aparcamiento que casi ni nos habíamos mirado a la cara. Con la respiración de ambos aún bastante agitada por lo que había sucedido hacía apenas unos minutos y la música de fondo de Bunbury, recorrimos varios kilómetros de aquella larguísima avenida hasta que nos encontramos con el primer semáforo en rojo. Fue entonces cuando la miré por primera vez.
Su rostro seguía medio desencajado aún, pero adornado con una enorme sonrisa y la boca entreabierta por el jadeo constante. Su pelo estaba bastante enmarañado y, en algún momento de esa ruta que estábamos realizando, se lo había recogido en un precioso coco. Su vestido, que continuaba recogido por encima de la cintura, dejaba ver sutilmente su liguero y sus largas piernas envueltas en las sedosas medias rematadas con un fino encaje. Y su mano derecha estaba posada en medio. Marta estaba tocándose por encima del tanga. No puede decirse que estuviera masturbándose totalmente sino que simplemente tenía apoyados sus dedos sobre su vagina y se acariciaba sutilmente.
En ese momento, alargó su mano izquierda y agarró firmemente mi aún erecta verga. Al sentir el contacto de sus largos y estilizados dedos sobre ella fue cuando caí en la cuenta de cómo me encontraba y de cómo me había separado de ella cuando estábamos sobre el coche en el aparcamiento. La camisa medio abierta solo unida por dos botones y mi polla al aire a través de la cremallera del pantalón que, aún con el cinturón suelto, se mantenía en su sitio gracias a su botón superior. El respingo que dio mi miembro al sentir el tacto de su piel hizo que hasta ella soltara media risita.
M - Oye, vamos a tener que hacer algo con esto porque si no igual acabamos teniendo un accidente. Es imposible que te esté llegando la sangre al cerebro.
I - ¿Se te ocurre algo?
Marta, esbozando una mueca, comenzó un ligero vaivén a lo largo de toda mi masa fálica con la cadencia propia de quien se sabe dueña real de la situación. Arranqué al ponerse el semáforo en verde, aún estando entre jadeos, pensando en que teníamos que llegar a su casa cuanto antes. Sin embargo, entre mi excitación personal, lo que traíamos vivido de la fiesta, mi tensión acumulada y el fino tacto de la mano de Marta hizo que se me empezara a nublar la visión. Todo ello sin menoscabo de comenzar a escuchar los susurrantes gemidos de mi acompañante que, ya más liberada, había retirado la tela que tapaba su linda concha y estaba acariciándose con más fuerza.
El siguiente semáforo me lo salté en rojo. Ni siquiera me di cuenta porque por mi cabeza pasaban miles de destellos lumínicos provocados por los movimientos, cada vez más enérgicos que realizaba Marta sobre mí. Me di cuenta de que podíamos tener un accidente en cualquier momento y, en el primer espacio que encontré me retiré a un lado y estacioné el coche, manteniendo el motor encendido y la música puesta. Marta seguía masturbándome mientras mi cabeza quedó apoyada en el reposacabezas del asiento, con mi vista hacia lo alto y mis ojos totalmente entornados.
No me pude aguantar más. Abrí los ojos y la miré de frente. Ella se quedó parada, a la espectativa de ver como reaccionaba. Le solté el cinturón de seguridad. Pasé mi mano por su nuca, justo por debajo de su recogido pelo y dirigí suave pero de manera firme su cabeza hasta una distancia de unos cinco centímetros mi orgulloso tronco que esperaba ser convenientemente atendido. Se quedó así unos instantes, con su mano izquierda sujetando aún firmemente mi polla, su mano derecha acariciando su, posiblemente, más que inflamada vulva y con la boca entreabierto jadeando a pocos centímetros de mi capullo. A esa distancia cada respiración, cada jadeo y cada gemido eran perfectamente percibidos por mi inalterable miembro que luchaba por crecer unos milímetros más para conseguir el deseado roce con los sublimes y carnosos labios de Marta. Ella se mantenía así, incomprensiblemente estática mientras jadeaba sobre mi enaltecida verga formando entre ésta y su boca una especie de campo electromagnético que nos unía pero manteniéndonos a una mínima distancia insalvable. Pequeñas gotitas salivales caían sobre mi pene con cada respiración, al igual que algunos restos de sudor resbalaban desde la frente de mi adorada madurita hasta llegar asu barbilla, cayendo algunas sobre mis pantalones y otras perdiéndose por dentro de su vestido a través de su escote.
No aguantaba más. No podía seguir sufriendo. Posé mi mano en su coco sujetándola la cabeza con firmeza y levanté mis caderas hasta que por primera vez mi glande y sus labios tomaron contacto entre sí. La sensación de que una descarga eléctrica atravesó nuestros cuerpos hizo que nuestros cuerpos es tensionaran tan solo con ese levísimo contacto tan ansiado. Marta se separó de mí y, alargando la su estrecho y afilado apéndice bucal, rozó ligeramente con su vértice lingual toda la corona de mi glande terminando sucintamente en el orificio del mismo, separándose nuevamente de él.
- Está rico-, susurró, y, sacando su lengua hasta que una parte de mi trono quedó perfectamente alineado y apoyado sobre el surco de su lengua, abrió la boca y engulló lentamente todos los centímetros de verga que fue capaz de introducir en el interior de la misma, aprovechando para retirar su mano izquierda del miembro para acabar dejándolo apoyado sobre mi muslo. En esa posición, Marta comenzó un sube y baja a todo lo largo ensalivando y degustando cada milímetro, cada pliegue y cada poro de aquel trozo de carne que se estaba llevando a la boca.
Noté que había mucho más movimiento en su mano derecha. Hasta ese momento yo apenas había actuado y mi cuerpo se movía más por las sensaciones que se transmitían a través de nuestros cuerpos que por lo que mi vista había captado, al seguir con la mirada entrecerrada perdida en el techo del coche. Ese frotamiento fuerte hizo que me recuperase del estado de semiinconsciencia en el que había caído y mi cuerpo se irguió lo justo para poder observar toda la escena en su conjunto. Era absolutamente maravilloso. Marta estaba caída sobre su costado izquierdo, casi boca abajo, con su mano apoyada en mi pierna, mientras su cabeza flotaba a lo largo de mi miembro con movimientos quedos, prolongando el placer de manera sucinta. Su vestido, que apenas se había movido de su parte posterior, seguía arremolinado en su cintura como el recuerdo del acto sexual dado en zona público. Su mano derecha frotaba de continuo su abultada vulva con mucha más desesperación de la que su boca estaba haciendo gala en mi pene, habiéndose retirado la tanga y estando con sus piernas abiertas todo lo que la anchura del hueco del acompañante le permitía.. Sin embargo, al tener ese escorzo natural su cuerpo para poder realizar tareas bucales en mí persona, su culo había quedado expuesto ante mí estando adornado por el tanga negro que, no sé cuánto tiempo antes, había retirado para penetrarla de manera infructuosa en el aparcamiento. Mirando con más detenimiento me fije mucha más en sus perfectas nalgas, dignas de adoración perpetua, el tango iba rematado en su unión por una piedrecita de color rojo que destacaba sobremanera y que, imagino que por la poca luz y mi imperiosa necesidad de penetrarla antes no había visto. ¿Qué era eso? Algo se veía en el lateral de su nalga derecha. ¡Tenía un tattoo! Ers un pequeño y divertido corazoncito a modo de diablo con cuernos y cola.
I - ¿Y este tatuaje, Marta?
M - (Tomando aire) ¿También me lo vas a lefar? Mira que no sé si vas a tener leche para tanto.
I - No tiene que ser necesariamente hoy. ¿Por qué no me habías dicho nada de él?
Marta se incorporó, quedando su cara frente a la mía -¿Crees que está bonito ir contándole a un compañero de trabajo que tengo un tattoo en el culo teniendo pareja?- Y me pegó un dulce lametazo en los labios que hizo que mi verga palpitara e hiciera el esfuerzo de poner aún más enhiesta.
I - No, claro. Está mucho más bonito comerle la polla en un coche en mitad de la calle.
Estallamos en una carcajada y, casi de inmediato, coloqué mi mano izquierda sobre su cabeza indicándole lo que tenía que seguir haciendo mientras mi mano derecha no dejaba de masajear su culo. Dios, era un culito increíble. Aproveché para retirar su mano de su coño, colocando la mía ente medias - déjame esto a mí -. Balbuceó algo, inentendible al tener toda mi polla en la boca, y aprovechó que su mano derecha había quedado liberada para agarrar todo mi tronco, absolutamente lubricado y ensalivado por la profunda mamada que estaba recibiendo. Mientras, mi mano se dedico a masajear el inflamado coño de Marta, cuyo clítoris parecía que iba a salir disparado como un cohete. No me tome ni siquiera la suficiente calma de comenzar a tocarla con suavidad dado que lo tenía absolutamente lubricado. Estaba tan excitada que tardo poquísimos minutos en comenzar a convulsionar en un largo orgasmo que hizo que sus espasmos se transfiriesen hasta mi polla atravesando todos los músculos de mi cuerpo. Ya estaba. Marta balbuceó. Ers imposible lo que quería decirme, pero lo que sí dije yo fue - Aparta, que esta noche no vas a tener ningún biberón, puta-. Volvió a balbucear mientras le agarré fuerte del pelo y tire de su cabeza hacia el volante quedando su cara frente a mi verga que comenzó a palpitar fuertemente y escupió media docena de latigazos de lefa, cruzando el primero de ellos la cara desde su boca hasta su oreja izquierda y terminando con restos de mi simiente por toda la parte izquierda de su rostro y que iba cayendo lentamente sobre mis pantalones.
Nuestras respiraciones seguían agitadísimas y, minutos después, por fin nuestras miradas se cruzaron. Sonreímos ambos. Agarré el móvil y le hice una foto mientras seguía sonriendo. Me dió un chuponazo en la verga y se incorporó, poniéndose el cinturón de seguridad, bajando el parasol y mirándose en el espejo.
M - Joder, me has hecho un buen destrozo. ¡Gracias!
I - Estás preciosa.
M - ¿Sí? Pues entonces no me limpio. Venga, arranca y vámonos a casa. Que aún tengo que sentir esa verga dentro de mí.
Arranqué, me incorporé a la avenida y tomé dirección a su casa.
Apenas diez minutos después estábamos aparcando en su garaje. Cuando bajamos del coche nos quedamos mirándonos. Vaya pintas llevábamos ambos. Por mi parte, aparte de llevar la camisa totalmente empapada, la llevaba totalmente abierta, con el cinturón desabrochado y mi bulto luchando por salir por la cremallera que iba abierta. Lo de Marta era un absoluto despropósito. Si alguien nos hubiera visto habría sido escándalo. Seguía con el vestido subido, un tirante bajado, el pelo desaliñado y con media cara y parte del pelo cubiertos por mi semen ya reseco. Estaba increíblemente preciosa y, más aún, transpiraba morbo por todos los poros de su piel. La agarré, la apoyé contra el coche y la besé frenéticamente. Mis manos se pasearon desde su cintura hasta su culo, sujetándola con las dos manos que apretaban y soltaban sus nalgas alternativamente. Se separó de mí y, agarrándome de la mano me dirigió al ascensor. Marta no aguantó más y, mientras llegaba el ascensor, se agachó delante de mí liberando mi polla. No hubo tanteo. No hubo delicadeza. No hubo lubricación previa. Tal y como esta, abrió la boca y trago todo lo que pudo exhalando un sonido gutural al tocar mi glande el fondo de su garganta. Llegó el ascensor y, como pudimos porque no quería soltarme, nos metimos dentro mientras ella continuaba con una soberbia mamada. - Pulsa en el ático-. El ático ers una decimoquinta planta, con lo que íbamos a tener unos segundos para nosotros. Marta no paraba de engullir como si aquel manjar como si le fuera la vida en ello. Nada tenía que ver esto con lo que había hecho en el coche. Su ansiedad le hacía chupar, morder y succionar como nunca antes me lo habían hecho.
Llegamos a su planta y no tuvo más remedio que soltarse para ponerse en pie, salir del ascensor y, girando a la derecha, introducir la llave en la puerta de su casa y entrar. En cuanto cerré la puerta Marta se abalanzó sobre mí como una auténtica leona que acaba de dar caza a su presa besándome profundamente en la boca. Nuestras lenguas se entremezclaban pasando de una boca a otra, repasando delicada, pero ansiosamente nuestros labios y soltando algún que otro mordisco. Marta se lanzó sobre mi cuelo mordiéndome con tal dureza que lancé un grito mientras mis manos se agarraban fuerte a su culo y la alzaban unos centímetros. Sin dejar de morderme y chuparme el cuello ávidamente, pide dar un repaso a la estancia en la que estábamos. Una sala totalmente diáfana con la cocina a la derecha, el salón a la izquierda y, justamente delante, una mesa de comedor. Decidí que aquél iba a ser mi objetivo y, tal y como la tenía sujeta, fui avanzando los pocos más de dos metros que nos separaban de aquella mesa. Cuando ya estábamos a su altura, me separé crudamente de Marta y, haciéndola girar sobre sí misma con cierta fuerza, la empujé violentamente sobre la mesa, quedando su cuerpo totalmente expuesto para que pudiera disfrutar de él a mi antojo. La escena era soberbia: Marta tenía su pecho apoyado completamente sobre la mesa, con sus brazos por encima de la cabeza que la tenía girada hacia la izquierda mirándome impasible. Levanté aún más su vestido y pode ver el liguero que llevaba y sujetaba sus mágicas medias, con una costura que marcaban verticalmente la trasera de sus largas y contorneadas piernas. Y su ya más que conocido para mí tanga. Saqué el móvil y la fotografié. Marta me miraba entre extrañada y enfadada, deseosa de que ya, por fin, me apoderase de ella. Y así fue. Agarré la tira del tanga con firmeza y lo arrastré hacia la derecha agresivamente, le solté una fuerte nalgada con mi mano en su culo, que quedo marcado, la sujeté con mi mano izquierda a la altura de su casera y dirigí mi polla hacía su chorreante coño. No hubo juegos, bromas o risas. La penetre profundamente hasta que mi pelvis chocó con sus duras nalgas, quedándome estático mientras ambos soltábamos un bufido que lleno de música celestial la sala.
- Por fin.... - dijo Marta unos segundos después cuando pudo recuperar el habla. Giró más aún si cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Ambos sonreímos. Toda la tensión acumulada después de tantos años por fin había sido destapada. A Marta incluso se le escapó alguna lágrima, producto seguramente más de las emociones que de cualquier dolor o placer que estuviera sintiendo en ese momento. Mi mano derecha, que se había asido a su cadera durante la penetración se dirigió a su tanga, introduciendo tres dedos por debajo de él para poder mantenerlo bien alejado de su posición original y, además, porque así podía tener todo el culo de Marta agarrado por mi mano. Retrocedí un poco y nuevamente embestí con virulencia a Marta que soltó un gemido más fuerte que el anterior. Y otro, y otro,y otro... Mis golpes de cadera iban arrancando uno tras otro los acordes de la música celestial que rodea al sexo entre gemidos, sonidos guturales, gritos, chillidos, palabrotas, respiraciones contenidas, el chapoteo constante de mi verga entrando en su cavidad absolutamente húmeda y los golpes de mi pelvis contra las relucientes nalgas de Marta.
Mis manos se habían asido hacía ya unos minutos a la cintura de Marta, sujetándola a la altura del liguero, mientras empujaba una y otra vez martilleando a Marta como un herrero en el yunque. Era una sucesión de golpes secos, rotundos y profundos que hacían que la mesa se desplazara hacia adelante en cada embestida. Marta había abierto los brazos en cruz sujetándose a la mesa por los laterales e intentando disipar la fuerza del empuje sin mucho éxito. Mi mirada estaba clavada en su culo y observaba detenidamente el movimiento que se producía cada vez que nuestros cuerpos, a modo de cilindro, iban realizando ese movimiento mecánico longitudinal, nublándome incluso ocasionalmente la visión y haciéndome bajar el ritmo, algo que creo ambos agradecimos para poder recuperar un poco de aire. Esto también hizo que Marta pudiera incorporarse un poco, apoyando ahora los codos bajo su cuerpo e irguiéndose sobre la mesa. Volteó su cara y sonrió. - Sí, que me tenías ganas, ¿eh? - No le contesté. Por primera vez me había fijado en que aún llevaba el pelo recogido. Deshice aquel coco que se había hecho en el coche y, enrollé su larga cabellera en mi mano derecha dando dos vueltas sobre ella y tirando con fuerza hacia mí mientras mi mano izquierda se posaba sobre su hombro. La espalda de Marta se encorvó haciendo que tuviera que estirar sus brazos para apoyar sus manos en la mesa y seguir teniendo un cierto equilibrio. Al llegar su oreja a la altura de mi boca, susurré suavemente - No te imaginas cuántas. Y esto solo ha empezado.- El cuerpo de Marta vibró y su piel se erizó, como si mis palabras tuvieran el mismo efecto que un rayo atravesándola. Retrocedí y empujé con fuerza sacando de sus labios un grito enorme de placer. Y otro más. Ese descanso había hecho que ambos recuperásemos unas mínimas fuerzas y poder seguir dando rienda suelta a nuestros deseos. En esa postura Marta era más vulnerable porque no podía ahogar sus voces de ninguna de las maneras y sus gemidos llenaban el ambiente.
No sé cuántos minutos aguantamos así hasta que ella posó su mano sobre mi pecho pidiéndome que bajara el ritmo. Deseaba disfrutar de la visión de su cuerpo, por lo que tiré de la cremallera y abrí completamente el vestido. Ella seguía con su mano en el pecho pidiéndome que frenara, pero en ese momento yo, descontrolado, no hice el mínimo ademán de reducir los impactos de mi polla contra su receptor hasta que, segundos después, clavó con fuerza sus uñas en mí, arañándome desde el pezón izquierdo hasta los abdominales, creando cuatro surcos desde los que salieron unas pocas gotas de sangre. Lanzando un aullido me separé de ella mientras le daba otra nalgada con todas mis fuerzas que le sacó un grito y la dejó bien marcada, haciendo que se diera la vuelta completame. Retiró los tirantes de su vestido del hombro, lo que hizo que este cayera al suelo y lo lanzara lejos con un gesto de su pierna, tirándose a continuación a mi cuello para chuparme, morderme y buscar ansiosamente mi boca. Mis manos se dirigieron a su culo y, alzándola lo justo, la posé sobre la mesa del placer, acercándome a ella entre sus piernas y perdiéndome entre sus dulces, húmedos y lujuriosos besos mientras mi mano jugaba con su pelo.
Separándome, comprobé que la visión frontal de Marta era encantadora. Con su sonrisa de placer en la boca que aún seguía suspirando aceleradamente. Su pelo alborotado. Con toda su lencería puesta sobre su hermoso cuerpo. Sus pechos. Sus pequeños y redondeados pechos. Decidí que era el momento de verla en todo su esplendor y, acercándome a ella, rocé con la punta de mi lengua toda la extensión de sus labios mientras mis manos recorrían el trayecto desde sus pechos, donde los había posado, hasta el cierre trasero de sus sostén que cedió realizando un sencillo gesto con los dedos. Marta me separó unos centímetros y, llevándose las manos a los tirantes, se sacó el sujetador dejándolo sobre la mesa.
- ¿Te gustan? - preguntó poniendo incluso cara de incredulidad, como si en algún momento alguien no hubiera sentido adoración por esas perfectamente moldeados senos que, sin probarlos, recordaban a la ambrosía que degustaban los Dioses.
No respondí. Actué. Lentamente mis manos se posaron bajo ellos, alzándolos mientras mi cabeza se agachaba hasta que mi cara quedó frente a ellos y mi boca se dirigió para degustar ese manjar de Dioses. Mi lengua repasaba lentamente cada milímetro de piel, cada poro de sus preciosos pechos, repasando también sus pequeños pero firmemente erectos pezones que se clavaban en mi lengua. Sus areolas, pequeñas y oscuras, se erizaban con cada paso de mis labios sobre ellas y mientras, el resto del cuerpo de Marta reaccionaba encorvándose hacia atrás y haciendo que ella llevara sus brazos allí para mantener la verticalidad. Pasaba de uno a otro y de otro a uno jugando continuamente con trayectorias indefinidas y siendo mi boca, mis dientes y mi lengua acompañadas por mis manos que, sutilmente, acariciaban los pechos y las yemas de mis dedos, que apenas buscaban el contacto rozándose con el pezón que no estaba siendo atendido por mi boca en ese momento.
Marta no podía más. Gemía, gruñía y tenía toda su piel erizada. Estaba a punto. Paré, la miré a los ojos y su respuesta fue clara y concisa. No eran necesarias las palabras. Mis manos bajaron por su cuerpo rozando toda la extensión del mismo hasta encontrarse con el fino hilo de su tanga que agarraron con firmeza arrastrándolo con ellas en su camino. Marta, visiblemente cansada, hizo un esfuerzo y levantó su culo para ayudarme en mi tarea y bajé su tanga hasta sus rodillas, desde donde cayeron por su propio peso hasta quedarse a la altura de sus tobillos. Allí, con un gesto, consiguió liberarse de él en una de sus piernas quedando el mismo colgando de su tobillo izquierdo. Pasé mi brazo derecho por debajo de su pierna izquierda, apoyándome en la mesa y dejando que su corva descansara sobre mi antebrazo, lo que además hizo que sus piernas quedaran más abiertas y, por extensión, su coño estuviera mucho más receptivo. Me acerqué, la miré o, mejor dicho nos miramos a los ojos y la penetré de una vez hasta tocar fondo. Marta no aguantó más y se vino como un manantial recién abierto en la roca de la montaña, regando mi verga de sus calientes y viscosos fluidos mientras su cavidad se contraía una y otra vez aprisionando mi miembro que no aguantó más y sucumbió ante la fuerza invasiva del coño de mi adorada Marta, expulsando interminables ríos de semen que acabaron por inundar el lecho marino de su vagina mientras nuestras bocas consiguieron ahogar nuestras ganas de gemir buscándose para fundirse en un largo, profundo y húmedo beso.
Pasaron los minutos y Marta y yo seguíamos abrazados, besándonos, reconociendo nuestros cuerpos con nuestras manos que se iban pasando por cada parte de los mismos aprendiendo cada pliegue de nuestra anatomía. A pesar del impresionante orgasmo que ambos habíamos sufrido hacía un buen rato, nuestra excitación era máxima, posiblemente merced a lo contenida que había sido nuestra relación hasta el día de hoy. Mi verga, si bien había sentido un pequeño retroceso tras la voluminosa eyaculación, permanecía erecta y comenzaba a dar claros signos de recuperación buscando rellenar al completo el hueco receptivo de mi amante. Mientras seguíamos besándonos, riéndonos y acariciándonos en silencio mi cuerpo comenzó a moverse pausadamente disfrutando de cada rugoso centímetro de su cavidad. Dicho movimiento fue ganando en intensidad por lo que volví a pasar mi brazo bajo la pierna de Marta para tener más espacio sobre el que trabajar y que las penetraciones fueran más limpias y profundas y haciendo también que nuestros rostros se separasen para conseguir una mayor capacidad pulmonar que nos ayudase a superar este nuevo asalto.
Marta no tardó en volcar su cabeza hacia atrás en la búsqueda de una bocanada más de oxígeno que pareciere no llegarle nunca mientras que yo tenía la cabeza agachada concentrando mi visión en la fabulosa visión de mi miembro penetrando aquel maravilloso coño y agarrándome como podía a la mesa y a la cadera de Marta para no caer rendido al suelo durante esta nueva batalla.
El ritmo comenzaba a ser constante y se armonizaba con nuestras respiraciones. Pero quería más. Pasé mi brazo izquierdo por debajo de su otra pierna quedando Marta frente a mí totalmente abierta y receptiva. Y embestí con fuerza. Marta gritó sin filtros dejándose llevar por un maremágnum de sensaciones y, casi de manera inconsciente, levanto de la mesa su culo quedando suspendida en el aire y sujeta solo por sus brazos. Otra embestida más y Marta se movió como si estuviera en un columpio sobre mis brazos. Y otra. Y otra. Y otra... Marta resoplaba continuamente buscando bocanadas de aire mientras yo me esforzaba por arrancarle todo el placer que me era posible a base de penetraciones contundentes y fuertemente marcadas aunque no excesivamente rápidas que terminaban en una continua confrontación de mi pelvis con la suya.
Marta se agarró con una de sus manos a mi cuello, cargando todo su peso sobre el único brazo que seguía apoyado en la mesa y comenzó a dar golpes de cadera más y más violentos para acompañar a mis penetraciones hasta que ella misma se provocó un nuevo orgasmo que le produjo varios espasmos mientras ahogaba sus gritos bufando en mi pecho que mordía con ansia. La deje descansar en la mesa y esperé a que recuperase el aliento para besarla dulcemente. Marta pasó sus brazos por mi cuello mientras prolongando los nuestros besos. Su cara de absoluta felicidad...
I - Pídemelo.
M - (Resoplando) ¿Qué?
I - (Me acerqué a ella y le susurré al oído) Que me lo pidas.
M - ¿Que pares? ¡Ni loca! - dijo sonriendo.
Me planté delante de ella y, tensionando mi verga empujé fuerte hasta el fondo sacándole un largo gemido mientras le volvía a replicar - Que me lo pidas, puta. - Su cara cambió, tornándose seria.
M - ¿Qué es lo que quieres?
I - Quiero que me lo pidas. - respondí mientras me movía dentro de ella con suavidad.
M - Y que sea tu puta, por lo visto.
I - Quiero que seas mi puta. Quiero marcarte como mi puta. Y quiero que me pidas que te rompa el culo como la puta que eres.
Sonrió, me besó y me desplazó para bajarse de la mesa. Cogió el bolso que había dejado sobre la mesa rebuscando algo en su interior y, agarrándome de la mano, se dirigió al sofá poniéndose de rodillas sobre él y apoyando lo brazos sobre el respaldo. Se volvió y me dio el botecito que había cogido del bolso y me espetó - No tenía claro si te ponía más cerdo romperme el culo o que te lo pidiese. Vamos, rompeme mi culo de puta.-
El bote era un envase de lubricante... - ¿Dónde esperabas que me pusiera a darte por culo para llevar esto en el bolso? -
- Ya te dije que pensé que no ibas a aguantar tanto y me ibas a empotrar en los baños,jajajajaja.
Mientras tanto, yo había ido depositando una cierta cantidad de lubricante y lo estaba esparciendo con mi mano por su pequeño y oscuro agujero del placer, introduciendo un dedo en el mismo y realizando pequeños movimientos circulares. Con la otra mano fui esparciendo el resto a lo largo de toda mi verga. - Venga, no tardes tanto. Clávamela. -
Saqué mi dedo, agarré a Marte por la cadera, subí una pierna encima del sofá para obtener una postura que me facilitara la penetración, acomodé mi verga en su orificio y presione mínimamente a la vez que Marta resoplaba. Empujé hacia abajo y mi miembro comenzó a abrirse paso y justo cuando estaba a punto de cumplir uno de mis sueños sexuales más repetidos...
I - ¿Cuánto hace?
M - ¿QUÉ?
I - Que cuánto tiempo hace que tienes un cipote incrustado en tu culo.
M - Joder, déjate de mierdas y rómpeme el culo de una puta vez.
I - Cuánto hace.
M - Diez años por lo menos, joder. Vamos, párteme por la mitad. Rómpeme el culo, por favor. Es tuyo. Quiero que sea tuyo... hazlo.
I - Recuerda este momento... -Y empujé hasta que mi glande traspasó su esfínter y se acomodó en el interior de su ano, introduciéndose un par de centímetros más y arrancando un bufido de Marta que me miraba ansiosa. Tras esperar un momento a que su culo se acostumbrase al grosor de mi polla tome impulso y volví a la carga con un nuevo empujón que me llevó a introducir poco más de media verga en el culo de Marta sacándole nuevos gruñidos ahogados en su boca mientras apretaba los dientes con fuerza. Un poco más, un nuevo impulso, y mi pelvis hizo tope en su culo, clavando mi polla totalmente en el culo más deseado por mí desde hace años y con un enorme gemido que se esfumó al meter Marta su cabeza entre sus manos y mordiendo el respaldo del sofá. Me quedé allí, quieto, disfrutando del momento que tantas veces había imaginado en mi cabeza. - Vamos, fóllame como Dios manda. No te imaginas cuánto deseaba esto. No tengas piedad de mi culo-.
Y no la tuve. Saqué mi verga hasta que el glande topo con su arito, disfruté de la visión de su culo abierto y le pegué media docena de nalgadas hasta encenderle su precioso pandero sacándole gritos y aullidos que no conseguía ahogar entre los cojines del sofá. Comencé a penetrarla virulentamente. Si no quería piedad, no la habría. Su culo engullía mi polla en cada estocada que recibía y, más allá de quedarse en una cómoda posición pasiva, Marta se dedicaba moverlo de manera circular buscando que mi verga se rozara con absolutamente toda su cavidad.
El agotamiento comenzaba a hacer efecto. Marta, directamente, había encorvado totalmente su cuerpo y tenía la cabeza clavada casi entre sus rodillas. Yo, por mi parte, cada vez tenía más problemas de mantener el ritmo, si bien las embestidas seguían siendo profundas y continuadas. Nuestras respiraciones se agitaron. Una embestida profunda. Otra. Otra... Marta comenzó a convulsionar en un largo y agitado orgasmo aderezado por gritos y bufidos. Yo estaba a punto.. Le agarré del pelo y tiré hacia mí...
I - Y ahora, ¿me lo vas a pedir o no, puta?.
M - Córrete en mi cara...
I - Suplícamelo.
M - Por favor, Izan. Córrete en mi cara. Léfame. Márcame como lo que soy. Márcame como tu puta.
Me apoyé en su culo y saqué mi polla de él con un sonoro PLOP. No hizo falta que le diera la vuelta, ella misma se volteó y se colocó de rodillas a mis pies de con cara suplicante. Comencé a masturbarme a pocos centímetros de su cara. No podía más. Explosioné y mi verga comenzó a lanzar varios chorros de esperma que cubrieron la cara, el cuello y el pelo de Marta. Mi leche comenzó a resbalar por su cara y llegó a sus senos tras pasar por su terso cuello.
Marta había quedado marcada para siempre. Le ayudé a levantarse, la abracé cariñosamente y, pasando mis brazos por su espalda, la besé profundamente empapándome de todos los restos que tenía en su cara. - Deberíamos ducharnos- dijo y, agarrándome de la mano, me llevo con ella. La ducha siguió con caricias, besos y masajes y, una vez listos, acabamos tumbados en la cama desnudos y tapados por el nórdico, quedándonos dormidos hasta la mañana siguiente en la que...
Continuará...
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