Gloria, masajista en hotel Todo Incluido con SPA
Gloria sabe que su trabajo le da acceso a los cuerpos más deseables, pero Andrés no es un cliente cualquiera. Entre toallas, aceites y miradas cómplices, la línea entre el masaje terapéutico y el placer prohibido se desdibuja hasta desaparecer.
Hotel con SPA todo incluido
Esta es la historia de aquel encuentro inesperado, narrada desde mi perspectiva:
Me llamo Gloria, soy quiromasajista y esteticista. Tengo 30 años. Empecé a trabajar de azafata y animadora en hoteles, y como me gustó este ambiente, me hice un curso de quiromasaje, porque vi la oportunidad de colocarme fija en un buen hotel.
Ahora trabajo como masajista profesional en un spa de lujo que está en un conocido hotel de la costa de Málaga. Quizás hayas estado, no digo más por discreción, pero si tienes suerte igual te toco yo.
Una tarde de primeros de Julio me tocaba turno. No tenia a nadie en la agenda por lo que bajé a refrescarme en la piscina del SPA. Estaba disfrutando de la soledad y el gusto de sentir los chorros en mi cuerpo alli donde te hacen sentir de maravilla, cuando me llamaron por megafonía: Un cliente había pedido cita de masaje para la siguiente hora.
Tenía 30 minutitos para prepararme. Fui al vesturario de mujeres donde tenía mi taquilla. Me di una duchita, y me puse crema del hotel, que huele fenomenal y deja la piel muy suave. Aun tenía mis zonas erógenas algo alteradas por los chorros, por lo que me aplique la crema con demasiadas ganas sobre los senos y entrepierna. Mientras me tocaba en la fantasía de dar un masaje a un gran falo… Un calvo lo parece, y si está musculoso más.
Afortunadamente algo me hizo recordar mi deber. Saque la minifalda y el top que nos hacen poner. Son demasiado provocativos creo, porque el bajo de la falda queda en el borde de la camilla, y algunos pacientes que dejan la mano en el borde aprovechan para tocarme los muslos o meter su dedo entre mis muslos. A veces los clientes te piden finales felices o sexo en sus habitaciones, porque yo no les digo nada al meterme mano. Si se pasan me retiro, pero no monto escándalos. Sería despedida. Las cantidades que me han ofrecido no son nada despreciables, pero yo no me acuesto con cualquiera.
Hoy me veía supergenial, sexy, y esperaba que el cliente se mereciera a este bombón. El cliente de la cita estaría a punto de acabar en el SPA de darse chorros de agua a presión, tuve tentaciones de asomarme a ver quien era, pero decidí mantener la compostura. Al menos fuera quien fuera vendría limpito. Hay mucho guarro que no se ducha en semanas y con los que haces pelotillas al masajearlos.
Subía recepción. Elena, mi compañera del SPA me caía mal, era una aprovechada, a veces me robaba los clientes, y siempre tardaba más de lo estipulado para las sesiones de masajes. Había días en que a última hora ella olía a semen una barbaridad. Elena me decía que era de la crema, pero a mi no me iba a engañar. Sé muy bien como huele y como sabe.
El cliente que me tocaba tocar,..., era de una convención que empezaba hoy en el hotel durante tres días. No sería un palurdo extranjero, ni un paleto local de vacaciones. Seguro que sería interesante. Me acerqué a Elena y le dije muy seria que era mío.
Entonces apareció por la puerta de las piscinas. Venía vestido de traje. Se identificó como Andrés. Le pregunté si no había estado en el SPA, y me respondió que sí, pero que no sabía que se podía dejar el traje en la taquilla y subir en bata. Entonces le dije que me siguiera, que podía dejar el traje en la sala de masaje.
Por el pasillo me preguntó si yo iba siempre descalza, sin nada. Me hizo gracia. Le respondí que siempre llevaba debajo mi tanguita, y le guiñé un ojo. Él sonrió, pero se le notó que mi gracia le cortó un poco. Le invité a pasar a la sala, y le pedí que tocara el botón cuando estuviera ya preparado, que podía quedarse desnudo del todo porque así estaría más cómodo. No estaba mal el tipo, sus 50 años, complexión bastante atlética, calvo, y me había caido bien por lo tímido que me pareció.
Sonó el timbre de la sala. Fui allí, él ya estaba tumbado boca a bajo. Comencé por sus pies y luego piernas. Como se había puesto la toalla atada a la cintura, tuve que hacer fuerza para subir mis manos por sus muslos. Al empujar la toalla para pasar, mis manos fueron directas a sus testículos, creo, porque toque en blando. Él se movió un poco por la sorpresa, pero ya la toalla quedaba más holgada y pude seguir trabajando sus muslos, y luego sus nalgas por debajo de la toalla. Mis manos resbalaban hacia su entrepierna y más de una vez le acaricié sus testiculos o su glande. El no decía ni mu. Pasé a su espalda, entonces me dijo que si podía tratar directamente el abdomen, porque no le gustaba mucho que le tocaran ahí por una tendinitis, por haberse caído navegando. No obstante decidí acabar los pases por esa zona porque me encantaba esa espalda musculosa, recorrer sus lomos imaginando dos penes monstruosamente grandes.
Entonces le pedí que se diera la vuelta mientras sujetaba la toalla a modo de cortinilla. No sé si lo hizo a propósito o no, pero en vez de girarse hacia el lado correcto, lo hizo hacia mi, mostrándome toda su anatomía. El chico no estaba nada mal, mostraba un pene generoso, no sé si en media erección o relajado. Le tapé de nuevo, y al colocarle la toalla mi mano se fue a por lo que la interesaba: le tiré del capullo hacia arriba sin quererlo. Miré de reojo y no vi que se inmutara. Eso me puso muy cachonda. Quería saber hasta donde podía aguantar el tipo hasta suplicarme por una paja.
Me gustaba su piel, muy suave, y sobre todo porque parecía dejarse dominar por mis manos. No se quejaba de nada. Le dije que si apretaba mucho que me lo dijera. El tan solo asintió. Me fui hacia su abdomen, porque él quería que se lo tratara más. Tenía su mano en el borde, y al acercarme le dejé la mano entre mis piernas a propósito, levantandome un poco la mini para que él notara bien mis muslos calentitos. El abdomen es una zona dificil, porque si te descuidas tocas donde no debes. El caso es que sin proponermelo le puse el antebrazo sobre su verga para darle los pases, y nada más apoyarme noté como palpitaba. Seguí masajeando en esta postura notando como crecía el pedazo salchichón del chaval. Le miré a los ojos. Él los mantenía cerrados, pero le notaba respirar con más frecuencia. Su mano izquierda trataba de ceñirse la toalla para que su amigo no se desmandara. pero notaba como intentaba tocarme el conejito con sus dedos. Se estaba calentando. Entonces usé la técnica que muchas conocemos para acelerar el tema. Mis manos pasaban cada vez mas cerca del borde de la toalla, empujándola hacia abajo, colando mis manos en busca del premio. Poco a poco su bulto fue aproximándose al borde, mis manos ya pasaban directamente por entre su glande y su bajo abdomen. Notaba en mis dedos su ardor y tremenda suavidad. Eso me ponía mucho, y fijo que mi tanga goteaba ya por mi calentón, y por el roce sutil de su dedo corazón en mis labios vaginales. Entonces por fin asomó. Su pene era de los peladitos, sin prepucio. Nunca habia tenido uno entre mis manos ni dentro de mi, y me excité. Entonces torpemente me tiré el aceite encima.Me quedé un poco parada y él lo notó. Así no podía estar, ni salir a buscar otra muda.
Afortunadamente me había traído mi ropa de calle en la bolsa del gym, porque ese día me tocaba entreno. Le dije que me disculpara, que tenía que hacer una pausa para cambiarme, y que le compensaría por la interrupción con 10 minutos más. Le miré y le dije que por favor mirara hacia la ventana mientras me ponía otra ropa. Me quedé en ropa interior. Entoces él me dijo que por él podía seguir yo así vestida dándole el masaje. Sonreí, me estaba mirando en paños menores, me volví hacia él y le expliqué que si entraba alguien me despedirían.Dijo que me daría una buena propina si lo hacía.
Entonces lo intenté, me acerqué a él y su mano entera se coló entre mis muslos, mi vagina empezó a humedecerse muy intensamente, y tenía que ser él y no yo el que pidiera sexo. Además, como Elena se había quedado molesta, decidí vestirme. Muy despacion, porque en realidad no quería, me fui hacia atrás sacando su mano de entre mis piernas. Presentía que ella abriría la puerta para pillarme con las manos en la polla.
Me puse mis leggins y top de gimnasio. Los leggins eran super ceñidos, y me marcaban toda la hucha, como el top los erectos pezones.
Sentía que le tenía casi a punto de nieve, porque no se había tapado, estaba con todo el glande por fuera de la toalla, y cimbreaba. Que me despidieran por follármelo no me importaría mucho si él me lo pidiera, y me ofreciera una buena propina. Así que fui a por todo.
Me puse sobre la camilla, poniendo su cabeza entre mis piernas, y me reclinaba levantando mi cadera, para que mi coño se rozara con su cara esperando que me lo lamiera para iniciar entonces el folleteo. Como no, finalmente me senté sobre su polla y le segui masajeando el pecho mientras mi pelvis resbalaba sobre su cilindro. Pero nada. Y eso que el aceite había vuelto casi transparente los leggins en la entrepierna. Lo tenía completamente empalmado pero ni se corrió ni me pidió un final feliz.
Sonó la melodía que anuncia el fin de la sesión de masaje. Me puse de pié, y él también pero algo apresurado, haciendo por ocultar su rabo erecto. Fue cómico porque se le escapó la manguera por fuera de la toalla dos veces y en una casi me roza la cadera con él.
Me agradeció el masaje, y me dijo que volvería sin duda. Yo no sabía si tirarle de la toalla, besarlo o qué. Con las piernas temblorosas por la excitación y un orgasmo por llegar salí de la sala. Sentí como sus ojos me acariciaban mi culo, me volví hacia él y le sonreí guiándole un ojo, invitandolo a venir otro día.
Como ya iba vestida con mi ropa, y era la hora de salir, fiché y salí del hotel, dispuesta a ir a fundir mi consolador esa noche, o a tirarme al primer tio que me dijera «hola». En el parking vi un bonito jeep con el motor en marcha, pero iba más atenta por consolar mi conejo que a otra cosa.Oí mi nombre. Era él y tenía unas flores en la mano. No sé como se habría apañado para tener ese detalle y salir antes que yo. Me llamó de nuevo y fui como una corderita hacia el lobo.
Me dijo que había sido algo inesperado, inolvidable, y que me deseaba locamente, que estaba dispuesto a lo que yo quisiera por pasar esa noche con él.No hice otra cosa que sonreírle, besarle en los labios sutilmente y meterme en su coche.
Andrés vivía en Marbella, en un duplex de una urbanización con salida directa a la playa. El viaje desde el hotel a su casa fue corto. Me fue contando a qué se dedica, que está divorciado, sin hijos, y que no tiene mucha suerte con los ligues. Y que le gusto horrores. Yo le dije poco de mi, porque sincerarme con un desconocido me parece inadecuado. Llegamos a su casa, me dijo que me pusiera un biquini si no traía, y que bajáramos a la playa. Me mostró un cajón con ropa de mujer. Cogí un bikini y pasé al baño. No era momento para despelotarme delante de él. Bajamos a la arena y estuvimos charlando y contándonos anécdotas calientes.
Me picaba en el chichi, no sé si por el calentón o por el biquini. Le dije que necesitaba cambiármelo. Me dijo que en el cajón de su cómoda había más. Encontré uno rojo, lo olí, parecía recien lavado, y me lo puse. Era muy pequeño y el tanga solo tapaba un poco mi entrepierna. Demasiado sexy. Y bajé a la playa de nuevo.
Él estaba en una hamaca, y me di un bañito en el mar. Entonces propuso darme crema del sol. Decidí seguirle el juego, estaba atardeciendo y realmente no era necesaria. Puso una toalla sobre la arena, y me tumbé boca abajo. Él empezó por las piernas, fue subiendo por los muslos montandose sobre mi. Con descaro metió su manos entre mis muslos, me los separó, tocando sin disimulo mi coño. Luego dejó caer un chorro de crema sobre mi columna, y lo sentí como si me hubiera eyaculado. Puso sus dos manos sobre mi espalda, froto un poco, y separó una de sus manos de mi piel. Noté que movía su cadera y piernas, entonces sentí como una vara bien caliente y muy lubricada se metía por entre mis muslos, en mi entrepierna. Luego la sacó, y me la puso entre las dos nalgas, levantó el tanga y metió su rabo por debajo del cordoncillo para que se quedara aplastado entre mis dos cachetes. Mientras me masajeaba la espalda su pene subía y bajaba dándome un gusto inesperado.
Entonces cuando pensaba que me la iba a meter, me dijo a la oreja que ya teníamos la mesa para cenar. Bastante alterada y desconcertada me levanté. Fuimos a su casa, pasé a un baño y me vestí con mi ropa. Este tío me estaba calentando, torturándome.
La cena fue genial. Es un tipo muy gracioso e interesante. No pude evitar jugar con mis pies y acariciarle sus piernas. Le deseaba locamente. Seguramente hay tipos más guapos que él, pero ninguno sería capaz de estar poniéndome a tope de esta forma.
Volvimos a su casa, y me di una ducha para quitarme la sal y la crema de antes. Él se duchó fuera en la piscina. Sali solo con el albornoz. Nos encontramos en la terraza. Me tomó de la mano y fuimos a la habitación.
Le tumbé en la cama dispuesta a foliármelo. Me puse sobre él, le bajé el calzón, y me moví el tanga para que su rabo tocara mi sexo. Empecé a deslizarme sobre el mientras mis labios vaginales resbalaban por su falo, lubricandolo con mis jugos vaginales. En una de esas me fui demasiado atrás y su glande se metió en mi vagina. Me quedé parada. Si hubiera querido él me habría atravesado entera. Le dije que mejor con goma. Él asintió.
Entonces me dijo que ahora le tocaba a él. Me dijo que me pusiera boca a bajo, sacó un aceite espeso de masajear, y empezó a hacerme sentir en el paraíso desde los pies a los muslos. Entonces me cogió de los laterales del tanga y me lo bajó. Noté como él se quitaba su calzón. Se puso sobre mis muslos y con su pene en la mano me dio unos azotes en las nalgas. Me encantó. Volvió a frotarse como antes en la playa. Y cuando su pene estaba totalmente erecto, a punto de reventar, se puso una goma.
Estando así tumbada, la vagina no se puede dilatar mucho, por lo que noté como entraba primero su glande, y poco a poco su interminable tallo. Quería abrirme de piernas pero no podía por estar entre las suyas.
Me folló así un buen rato. Entonces me dijo que me girara, me abrió de piernas y me comió el coño maravillosamente. Le dije que se diera la vuelta, para comerme yo su rabo. Tenía ante mi cara un chorizo de cantimpalos y no sabía que hacerle. Me metí su glande en la boca y se lo succioné, se lo lamí, se lo besé una y otra vez, de pronto tuve un latigazo de un orgasmo, abrí la boca para jadear, y su tranca se metió hasta la glotis. No me dejaba respirar. Le dí unas palmadas en sus nalgas para que se quitara, pero no lo hizo tan rápido como yo quería. Casi me desmayo, pero entonces tuve otro orgasmo aun más intenso. Se puso entre mis piernas y me penetró con dureza,. Me dijo entre golpe y golpe que la falta de oxigeno aumenta el placer. Yo le pedía que no lo volviera a hacer. Ya me ardía la vagina del roce con el latex, me olía a quemado. Entonces le pedí ponerme yo encima. Le quité la goma, se lo sujeté por la base y me empalé. Necesitaba sentir su piel, las venas duras de su falo, y los bultitos de la cicatriz de la circunsición, Era lo más, como tener dentro un salchichón de pueblo. El tio era duro para correrse. Pero finalmente agarrado a mis tetas me dijo que se iba. Yo también estaba a punto. Y de pronto, me dio otro espasmo, las piernas me vibraban sin control, y entonces él también se corrió, y dentro de mi. Me giré con su rabo dentro hasta darle la espalda, para dejarle ver como salía de mi coño su rabo porque sé que a los tios les gusta mucho esa vista, ver como se desempala su víctima, pero decidí tumbarme de costado con su rabo dentro, y nos dormimos así.
A la mañana siguiente no estaba. Me metí en la bañera y me quedé un buen rato allí. Parecía todo un sueño.
Entonces noté como alguien en la casa, era él. Me dijo que no podía trabajar y por eso se había vuelto. Y me dijo que debería haberme ido, porque el resto del día lo pasaríamos entonces juntos, jugando a su juego del calenton interminable.
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