Por unas bragas en mi balcón 5
Tesa siempre ha sido pequeña, pero su secreto es enorme. Cuando Carlos descubre la deuda que ahoga a su familia, la barrera que ella había erigido entre sus cuerpos comienza a derrumbarse, revelando un deseo que ambos habían mantenido oculto.
Le mostré a Tesa mi traje recién comprado. Y tras afirmar que estaba guapo llegaron las correcciones. Debía ir a un sastre a que ajustaran las hombreras y que el pantalón no hiciera bolsas en mis caderas.
Por eso, para el segundo traje me acompañó de tiendas esperando fuera del probador. Siendo ella quien eligió cuál quedarme tras probarme cuatro por lo menos. Según ella, uno me hacía muy mayor, con otro parecía de la funeraria, con el tercero no me acuerdo qué problema encontró, hasta que con el último acerté.
- Las mangas te quedan bien. No hay que tocarlas. – Señaló mis piernas a la altura de los tobillos. - Solamente el bajo del pantalón. Aunque no sé. Creo que es tan poco… quizá con dos lavados ya se ajuste.
Pregunté una duda:
- ¿La chaqueta se pone en la lavadora?
Habló seria:
- Si haces eso la meto en el siguiente lavado sin quitártela.
- Esto. Vale. Creo que lo pillo.
Ya en casa lo puse en un perchero y nada hice hasta que se ofreció a los besos.
Se sentó sobre mis piernas y consintió besos además de unas caricias en sus tetas. Fueron caricias sin desnudarnos, como solían ser. Tan solo retirando su ropa a un lado. Hasta que faltando poco para marcharse a su casa ordenó que cesaran.
- ¡Uf! Carlos. Me gustan tus besos. Mucho. – Creo que le gustaban mis caricias en sus tetas. - Ahora deja que me refresque en el lavabo o mis padres notarán lo que hacemos.
Creo que su intimidad olía a hembra cachonda.
Una mañana la señora Alicia se quedó mirando el ordenador, lanzó un suspiro y dijo que el trabajo era muy diferente de cuando empezó en un despacho de otro edificio, y concluyó:
- Ahora todo es mucho más fácil y rápido gracias a los ordenadores. No te contaré de cómo fue mi inicio.
- Bueno, perdone. – Se me ocurrió decir: - Supongo que emplearé una frase similar cuando aleccione a quien me sustituya en unos años.
Me miró sería. Y murmuró.
- Ojalá sea así y no empleéis un ábaco o una pizarra para las cuentas. Qué tal como están las cosas…
Solía llegar a casa con dolor de cabeza y Tesa se burlaba tras escuchar mi comentario de la jornada.
- ¡Pobrecito! Cansadito por darle a coco estando sentadito en su sillita y con aire acondicionado en la sala. – Su voz se tornó sarcástica. - Si supieras lo que es tener que descargar un camión a mano porque se estropeó la plataforma hidráulica. – Casi gritó al añadir: - ¡Eso es trabajar!
La abracé pidiendo perdón. Y ya comenzábamos con los besos. Y, para mi desgracia: ¡No me dejaba tocar sus tetas!
¿Qué había pasado? Solamente besos. Durante unos días lo relacioné con la menstruación.
- Por favor, no me toques hoy. – Decía mientras contenía mis manos con las suyas o se retiraba. - Ya veremos mañana. ¿Vale?
Y en ese plan.
Y vuelta al trabajo, hasta que un día Alicia me pasó unos discos duros con más documentación a revisar.
- Se supone que es correcta, pero al venir de la fusión con el BGH, ya sabes el Banco de Gestión Hipotecario, hay que revisarlo todo. Nos toca hacerlo. – Y puntualizó. - Te toca, niño.
* Por fin me enteraba qué significaba BGH sin tener que preguntar.
Ese día fue de las pocas veces que pude ver sus rodillas porque en lugar de pantalón llevaba falda y se subía un poco estando sentada. El escote nunca fue visible. Siempre llevaba un broche o lazo que ajustaba su ropa al cuello.
Pasaron unos días. Por la mañana iba al trabajo, por la tarde si tenía acordado con Tesa que tenía turno hasta las diez de la noche me iba a la piscina, donde tan solo hacía unos largos en los carriles con los que intentaba mantenerme en forma.
Solía esperarla en la puerta de su trabajo, y ya en mi casa, tras las labores de limpieza, nos besábamos estando sentados en el sofá de la sala del ordenador, hasta que una hora más tarde se despedía.
Una tarde volvíamos de pasear y el ascensor no funcionaba, según la luz parecía que estaba en movimiento y no era así. Por más que se pulsaba el botón, la cabina no acudía. Sin embargo, se oía el chasquido del pasador al intentar cerrarse la puerta.
- ¡Otra vez! – Se quejó Tesa. – Lleva unos días que la puerta del primero no se cierra sola. Hay que empujarla para que quede bien y nadie piensa en hacerlo por lo que el ascensor queda inutilizado.
Con un gesto me ordenó seguirla.
En el descansillo antes de llegar al primer piso encontramos a dos vecinos de unos veinte años que rápidamente se abrochaban los pantalones. A uno no lo conocía, mientras que el otro era de ese primer piso. Estaba muy ruborizado. Saludos y continuar subiendo.
Entramos en el ascensor que como dijo Tesa estaba ahí y con la puerta abierta.
- ¡Pobres! - Murmuró Tesa refiriéndose a la pareja. – Parecen novios y no tienen dónde ir.
Asentí sin decir que nosotros sí teníamos donde y llevábamos varios días que no me dejaba acariciarla.
Sin más explicaciones por parte de Tesa, las caricias pasaron de esporádicas a prohibidas. Ni siquiera por encima de la ropa. Era mejor no alegar que ya se las había tocado.
Al poco, tan solo una semana, dejó de mostrarme las bragas y los besos se volvieron más cortos. Había veces que no se subía a mis piernas. Y permaneciendo en una postura incómoda a mi lado los besos solamente eran durante un ratito. También se marchaba antes a su casa.
- Perdona, hay cosas de la casa por hacer. – Solía decir.
- ¿Qué cosas?
Me miró. Parecía que la había pillado en falso, y no era así.
- Somos más de familia, se ensucia más. Somos cinco, ya sabes. Cosas de la cocina, ropa y lo del día a día.
Fue poniendo más límites. Al vernos no nos besamos diciendo que tenía alguna incomodidad como que estaba cansada. Luego ya había alguno, corto. Tan corto que si fuera un poco más largo parecería un relámpago. Y de despedida agitaba la mano al marcharse desde la puerta del ascensor, o como aquella tarde que al estar ocupado subió por la escalera por no esperar en la puerta de casa. Además, dos tardes no nos vimos por no recuerdo qué excusas. Y lo mismo sucedía con los domingos.
Una tarde, antes de marcharse, y estando algo separados para que no se sintiera coaccionada pedí que me mostrara las bragas. Sonriendo añadí a la petición:
- Hace mucho que no me las enseñas.
- ¡No! No puede ser. – Respondió, y ya se justificó: - Vengo de trabajar y están con manchas de sudor. Me da vergüenza.
Pensé que se había dado cuenta de esa sombra húmeda que se forma sobre la entrada a su vagina. La sombra del portal a una dimensión que a este paso tardaría en explorar.
* ¡Toma frase! ¡Cada vez me gusta más eso del portal! Y eso que ya no juego tanto con el ordenador. Quedando demostrado que no soy un adicto a la pantalla, y como premio a mi esfuerzo, jugaré al “The ugly Martians must die” un par de horitas.
Estando tan cansado por el trabajo fui aceptando sus límites en nuestra relación como lo más natural.
Por la mayor de las casualidades imprimí el encabezado y listado para el trabajo del día. Y así, quedando menos oculto, encontré el nombre de Adriano, del padre de Tesa. Descubrí que debía una fortuna que pagaba en unas cuotas mensuales muy incómodas para un albañil. ¡Qué digo! Para cualquier persona. El banco solamente era el mediador, siendo el cobrador final el hospital de la Santa Cruz.
* ¡Qué fácil sería emplear el nombre del hospital para hacer el chiste sobre la que tienen encima!
Pensando que podría ser apellidos coincidentes busqué el domicilio. Ni dos minutos y ya estaba aclarado, se trataba del padre de mi novia.
¿Por qué así los cargos y no mediante un préstamo de una financiera? Ni idea. No pude acceder a más datos. En otro momento pensé en una nueva hipoteca sobre la casa.
Por eso Tesa era tan ahorradora. Por eso concluida la primaria se puso a trabajar.
Los labios de Tesa eran tan sabrosos como siempre. Como ya parecía una costumbre no me permitía tocar sus tetas. Mi mano se deslizaba por su espalda, desde la cinta del sujetador a su cintura. Y no estaba sentada en mis piernas por lo que tampoco notaba una teta contra mi pecho. Por dos veces ordenó que nada más intentara. Debía conformarme.
Más tarde continuábamos abrazados, y, como parecía que se terminaron los besos, y se cernía la amenaza de marcharse, ya me decidí a preguntar por qué su familia debía tanto dinero al hospital de la Santa Cruz.
Tesa dio un respingo y se retiró al extremo del sofá. Su mirada, entre asombrada y escrutadora estaba fija en mi rostro.
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó al fin.
No tendrá estudios, pero es lista. Me miró asintiendo. Sin darme tiempo a responder lo hizo ella:
- Ya veo: el banco. – Acertó a la primera. - La fusión de bancos de hace un año. Ahora el mediador en los recibos es donde trabajas.
Hacía menos de un año, pero tenía razón.
Se movió en el sofá apoyando la espalda en el respaldo del sofá. Sus piernas quedaron rectas sobre el asiento. Arregló la falda cubriendo hasta las rodillas. Estuvo callada mirando sus zapatillas.
- No es un secreto que debemos dinero. – Habló por fin. Levantó la cabeza y me miró fijamente. - Todo el mundo debe dinero a los bancos. Todos pagamos los recibos a través de ellos.
No hablaba del hospital por lo que no lo volví a mencionar. No pedí más explicaciones, solamente me ofrecí a ayudar. Ya tenía un sueldo y mis padres continuaban enviándome dinero. Vamos, que podía ahorrar.
Seria, ordenó que nada hiciera. Para poder contarme más, antes tenía que hablar con sus padres.
- La deuda contraída es de ellos. Yo ayudo, pero eso.
Iba a retirarse dejándome sentado en el sofá cuando regresó corriendo. Con un ágil movimiento subió a mis piernas y nos besamos. Sin ser un morreo hubo más cariño en ese gesto que en los acumulados durante varios días antes, y dijo a modo de consuelo:
- ¡Te amo! Y no te preocupes, porque lo que ocurre no repercute en nosotros.
* El caso es que era una cuña contra nuestra relación.
Por otro lado, había dicho que me amaba por primera vez en varios días sintiéndome aliviado.
* Para no decir que mi cabeza era un lio liado, de caliente calentura debería buscar el diccionario, pero me daba pereza.
Unas horas más tarde Tesa me llamó al teléfono desde su casa. Sus padres querían hablar conmigo.
Consentí. Me puse las zapatillas. Y tal como estaba, en pantalón de chándal y camiseta, subí. Solamente cargaba las llaves de casa.
Tesa me esperaba en la puerta de su casa y cogiéndome de una mano hizo que me agachara a su lado. Me advirtió sobre los muebles y otros detalles de la casa:
- Son bajos para ti, ya sabes, pueden resultarte incómodos. Ten cuidado con las lámparas. Y no te molestes si te sientes como Gulliver en Liliput, les pasa a los amigos de la familia.
Ni idea de qué me decía. Ya buscaría Liliput en el ordenador, aunque me sonaba por el este de Europa, de esos países que tan solo conozco el nombre de alguna capital sin saber situarlos correctamente en el mapa.
Sillas, mesas, lámparas, todo estaba adaptado para la estatura de esa familia. En ese momento no vi la cocina y ya me enteraría que para acceder a los fogones y al frigorífico había unas plataformas móviles de madera.
El señor Adriano era el más alto de la familia y no superaba el metro y veinte. Y debo recordar que no son enanos, no tienen acondroplasia, son de baja estatura.
Los hermanos de Tesa me miraron sonriendo nerviosos y la madre ordenó que era hora de dormir. Los niños protestaron, pero tras el beso a papá se fueron delante de su madre como unas ovejas ante el pastor.
El señor Adriano, mi ya no tan seguro suegro me ofreció una copa de brandi, me negué.
- Perdone, no tengo costumbre.
- Pues yo lo necesito para dormirme pronto.
- ¡Por favor, papá!
Se quejó Tesa de esa franqueza de su padre conmigo. No le gustaba esa costumbre del progenitor que se saltaba cada sábado y sus ojos brillaban mirando a mamá.
La señora María Jesús regresó. Los esposos se miraron y el rostro de mi tan poco probable futura suegra se volvió lloroso al comenzar las explicaciones.
Tres años atrás la familia era de seis miembros. El segundo de los hijos, después de Tesa, con trece años de edad cruzó un paso de peatones cuando un guardia ordenó que se detuviera. No lo hizo y fue atropellado. Estuvo dos semanas en el hospital hasta que murió. Días después hubo un juicio contra el conductor. Lo perdieron y les tocaba afrontar las costas del juicio, los grandes gastos del hospital y del abogado.
En esos días no tenían seguro médico. Por ser albañil sin contrato y limpiadora doméstica, también sin contrato, a nada de la seguridad social tenían derecho. Lo dicho: las facturas eran abrumadoras.
Todo el dinero que se podía ahorrar se destinaba a esa deuda, y desde hacía un año también el aportado por Tesa.
No recordaba a ese muchacho y eso que llevo cinco años viviendo en el mismo edificio.
- Bien. – Dije serio. – Ayudaré.
- ¡No! – Dijeron casi a la vez los padres de Tesa.
Continuó hablado el padre.
- De momento nada tienes que ver con esta familia. Y, bueno. No debes poner nada.
A lo que María Jesús añadió:
- Hemos calculado que falta un año y medio a dos años. Depende de otros gastos inesperados que siempre hay. - Estaba claro que habían fraccionado algunos pagos. - Luego, Luego... podéis. ¡No! ¡No! No es así. ¡No debe ser así! - Miró a su marido buscando apoyo y añadió: - No podemos condicionar vuestras vidas.
El señor Adriano se puso hablar:
- Si mañana o cuando sea decidís marcharos. No tenéis por qué aportar nada a esta casa.
- Nos parecéis jóvenes. – Añadió María Jesús. – Y en verdad tenéis edad para hacer lo que queráis.
Tuvo que callar. Uno de los pequeños apareció desde el pasillo. Iba descalzo y vestía solamente unos calzoncillos. Como ya me pareció con Tesa cuando la vi en ropa interior, parecía mucho más joven de lo que es.
- No tengo sueño. – Dijo parpadeando.
Lo que tenía era curiosidad por saber que hablaban los papás con el novio de la hermana.
María Jesús le cogió de una mano y lo llevó corriendo a la cama. Adriano se disculpó:
- Toca darles el segundo beso de buenas noches. Cuando ya están en la cama. Es una costumbre. Vuelvo enseguida.
Tesa se sentó a mi lado. Nos quedamos mirando en silencio. Y con un murmullo avisó que ya me contaría más cosas en otro momento.
- Ya puedo decirte todo. Con lo de ahora tengo permiso.
Los padres regresaron a los pocos minutos encontrándonos cogidos de las manos.
- Bueno, muchacho. Ya sabes cómo es la situación en esta casa. Pero en nada queremos que intervengas. ¿Vale? – Adriano seguía con su idea que no debía participar. - Son nuestras cosas. ¿Vale? Pues eso.
- Tesa, nena. - Ordenó María Jesús. - Acompaña a tu novio hasta la puerta y no te entretengas mucho. Es tarde. Deja la puerta abierta, por si os ven los vecinos, no vayan a pensar mal.
Entre líneas pude leer que le daba permiso para unos arrumacos sin pasarnos.
Tesa me acompañó a la puerta. Me senté en los peldaños de la escalera. Lo hizo en mis rodillas y nos besamos. Juntar los labios, sin lengua. Luego, en susurros para no llamar la atención de los vecinos, agradeció mi preocupación, pero que era algo totalmente familiar.
- Estamos así desde hace unos tres años, y aún nos quedan dos. – Se corrigió rehaciendo el cálculo. - Bueno, creo que en total serán cuatro y algunos meses.
- Una cosa, cariño. – Pregunté en un susurro. - ¿Prohibir las caricias tiene que ver con esto?
Seria y evitando mirarme, asintió. Explicó que tal como estaban las cosas en su familia tardarían en tener solvencia económica, si la conseguían. Además, estaba su apariencia física y todo junto era totalmente diferente a como soy, a como me va.
- Eres guapo y con un buen trabajo, tienes derecho a aspirar a más, a una muchacha guapa. Mientras que yo… ya ves. A perro flaco… Eso.
* El dicho significa: Las desgracias se acumulan en los débiles.
Continuó hablando. Sus ojos se mostraban muy brillantes, creo que tenía acumulada alguna lágrima a punto de salir.
- No soy capaz de rechazarte, de decirte que no te amo y por eso buscaba que te cansaras de mí. Que me dejaras.
Acaricié su rostro y murmuré.
- Pero yo te amo. Por favor volvamos a lo de antes, a los besos, paseos y… eso, paseos y besos.
* No iba a decirle que me gusta estrujar sus tetas, y las ganas tengo de clavarle la polla hasta hacerla gritar de gusto.
Sus ojos brillaron, esta vez alegres.
Nos besamos. Noté que realmente me ama y que la barrera que intentó poner entre nosotros había desaparecido.
Como reina conquistadora puso sus condiciones murmurando a mi oído:
- Me lo pienso. ¿Vale?
- Puedo ahorrártelo. – Sonreí. - Ya lo tengo pensado.
Miró a la casa de sus padres, la puerta del vecino y se inclinó para mirar la otra vivienda que quedaba detrás de la escalera, al tiempo que se bajó de mis piernas. Se situó en un lugar que calculó adecuado y se levantó la falda para mostrarme las bragas. Sonreí. Su vulva quedaba bien delimitada. Bien dibujada en esa ropa.
Se acercó a la carrera. Su beso cayó en mis labios y ocultando su rubor entró en la casa. Antes de cerrar la puerta me dedicó una mirada cargada de ilusiones y esperanzas.
Mis piernas bajaban ligeras a casa. Mi alma volaba alrededor del edificio y mi alegría, careciendo de límites, debía estar por esos mundos rebotando como una bola de pinball.
Al día siguiente, ya en el trabajo volví a leer el informe del seguro, el resultado del juicio, la aportación policial.
* En mi opinión, durante la carrera de derecho deberían enseñarles a redactar en moderno, en actual. ¿Quién dice Señoría, interfecto, el día de autos…? Sin llegar a ser un mensaje por teléfono, claro.;)
Notaba que había algo que leía en los informes, pero no sabía ver. La fusión de otros casos me adsorbió el resto de la jornada.
Esa tarde, fue ver los ojos de Tesa y recordar la situación familiar. Debía repasar el informe más detenidamente.
Tesa estaba sentada en mis piernas, nos besábamos mientras pensaba en cómo ayudar a su familia sin ofenderles.
- Carlos. Pareces distraído. – Cogió mi rostro entre sus manos para mirarme a los ojos y preguntar: - ¿Qué te pasa? ¿Acaso no tienes ganas de acariciarme las tetas? ¿He conseguido que deje de gustarte?
Con la sonrisa que poco antes me dedicó era evidente que volvía a tener permiso para acariciarla por debajo de la ropa, pero pensaba que no era el momento.
- Te amo, Tesa. Mucho. Y disfrutaré de tus tetas cuando las ofrezcas porque tienes deseo de mis caricias, no porque me ves triste ante una adversidad.
- Te amo. – Insistió. - Ahora dime qué te pasa.
Conté mis ganas de ayudar, sin ofender a sus padres. No mencioné que tenía, siendo parte de la documentación del seguro a la hora del crédito bancario, una copia del veredicto del juicio. No sé cómo llegó eso ahí. En principio no debería estar, ya que no debía formar parte de las condiciones o aval en el préstamo.
- Gracias, Carlos. – Me acariciaba el rostro al hablar. - Es muy bonito lo que pretendes. Lo que te gustaría hacer. Por eso me gustas y te quiero. Ahora deja de pensar en algo que no sea yo. Céntrate en nuestro amor.
Se quitó la camiseta mostrando un sujetador acorde al tamaño de su cuerpo, pero para nada infantil. El tejido era fino y se notaban los bultos de sus pezones. Se retiró de encima de mis piernas y tirando del elástico de mi pantalón busco mi polla.
Solamente de ver su intención ya me animé olvidándome de todo lo demás.
* Creo que esta reacción tiene que ver con un chip que llaman “única neurona masculina”. No sé por qué.
Sacó mi polla del pantalón y sin soltarla, se quedó mirando, tanto el extremo como los testículos.
Crecía poniéndose bien dura. Con su pequeña mano por igual me daba apretoncitos o la sujetaba con delicadeza.
- Es la primera vez que veo una. Que la toco. – Afirmó. Me miró al rostro y pidió: - Ahora, Carlos, enséñame a acariciarte. Quiero que… Quiero que lo pases bien.
En silencio, y más cachondo que nunca, puse mi mano sobre la suya y comencé el movimiento. Al poco aceleré.
- ¿Te gusta? – Preguntó. - ¿Lo hago bien?
Realmente me gustaba más el morbo porque era ella con su mano, que la calidad de la paja. Sus pezones abultaban debajo del sujetador. Alegando que la despistaría no me dejó acariciar sus tetas ni mostrármelas. ¡Lástima!
Pedí que parase para buscar un pañuelo de papel motivando que preguntase curiosa, con ganas de aprender.
- ¿Ya te... eso?
- Pronto.
Continuamos. Al poco la agüilla que me salía mojaba su mano. Acercó la nariz sin cesar la caricia.
- No es semen. ¿Verdad?
- No. Aunque creo que sí puede haber algo de esperma.
Asintió y continuamos con la caricia.
Aunque avisé se sorprendió al ver que el primer chorro pasó por encima de su mano alcanzado su brazo.
- ¡Ala! - Dijo sorprendida.
Con mi mano sobre la suya continué con la paja o me habría fastidiado el momento. Tres descargas más cayeron sobre sus dedos.
Dejó de salir semen.
- ¿Ya?
- Sí, cariño.
Retiró la mano. La tenía totalmente manchada de semen. De entre sus dedos un pegote resbaló cayendo en mi pierna.
Tuvimos que emplear varios pañuelos para limpiarnos.
- Huele raro. – Se interesó. - ¿Es normal?
- Sí, supongo.
No era como para preguntar a qué llama raro. Me siento sano y estoy convencido que es normal.
Fuimos al lavabo. Se lavó primera las manos, yo esperaba. Con mucha agua retiró el semen, y luego ya empleó el jabón. Como era normal el lavabo quedaba a la altura de sus hombros. Necesitaba de un taburete que no tenía. Debía comprarlo.
Sin dejar de mirarme durante mi turno en el lavado, vio que me enjabonaba la polla, retiraba el prepucio para lavarme. Luego mucha agua y secarme. Vale, para alcanzar con la polla sobre el lavabo debía ponerme de puntillas.
- Te sería más cómodo en el bidet. - Lo señaló.
- Sí. No lo he pensado.
Cierto, que permaneciera a mi lado mirando me daba morbo.
Ya limpio y seco, iba a ponerme bien el pantalón y me contuvo con un gesto. Creo que quería repetir o al menos tocarme otra vez. Alargó una mano al preguntar:
- ¿Puedo?
- Cariño hay que esperar un poco.
No dejaba de mirarme. Esta vez sin la intención de tocar. Mi polla sin estar erecta, tenía algo de volumen.
- ¿Cuánto?
- Pues, supongo que unos besos y unas caricias, y ya.
- ¿Sí? ¿Solo con eso?
- Con todo eso. – Corregí.
Me miró. Se ruborizó más al comprender.
- ¡Ah! ¿Los besos son ahí?
Asentí.
* ¡Cómo deseaba que lo hiciera!
Su rostro estaba totalmente rojo. Supongo que sé en qué estaba pensando y lo dejaba para otro momento.
Impidiendo que se moviera hice que se situase frente a mí. Pasé mis manos por sus hombros. Me agaché poniéndome arrodillado. La miré a los ojos, nos dimos un beso y empujé los tirantes del sujetador a los lados. Las copas del sujetador todavía ocultaban sus tetas. Me miró.
Tesa aspiró agitando los hombros, sus pezones destacaban más en el sujetador. Creo que esa ropa no se caía al quedar enganchada por esos pitones que se habían convertido sus pezones.
- Cariño. Me gustaría verte.
Cerró los ojos y luego desvió la cabeza para no mirar mi rostro. Sus labios temblaban. Asintió sin hablar ni mover las manos. Busqué en su espalda por dónde abrir el sujetador. No lo encontré.
Dándose cuenta de mi problema avisó que es elástico.
Asentí. Llevé mis manos a los lados de sus tetas y cogí el sujetador y tiré hacia arriba. Sus pezones botaron sobre las tetas al ser liberadas.
Movió las manos como si pretendiera cubrirse sin llegar a hacerlo.
- ¿Ves? Son pequeñas. - Se quejó. - Ya ves que todo en mí es pequeño.
- Son perfectas, muy bonitas. Toda tú eres preciosa.
- ¿Preciosa?
- Sí, preciosa. Bonita. ¿Sabes por qué? Porque tú eres tú, y te amo.
Sin avisar ni pedir permiso acerqué mi boca y besé sus pezones. Ganaron más volumen y parecían piedras. Tesa gimió, y al poco protestó.
- ¡Tu barba pica!
Me retiré y volvió a protestar, esta vez para que continuara con la caricia. Le gustaba.
- Qué raro y… y delicioso notar tu boca ¡Ah! ¡Uh! ¡Ahora es con la lengua! - Protestó: - ¡Tienes que avisar!
Comencé a succionarlos como si pretendiera sacar algo de ellas. Su voz me animaba en la caricia.
- ¡Ah! ¡Uhm! ¡Sigue! ¡Qué bueno!
Tuvo un orgasmo. Sujetó con fuerza mi cabeza y gemía mostrando lo bien que lo pasaba.
- ¡Oh! ¡Cariño!
Regresamos al sofá del salón donde el ordenador pensando que sería más cómodo y, sentada en mis piernas, continuamos con los besos. No se cubría las tetas y no podía dejar de mirarlas, de acariciarlas. Luego escondió su rostro en mi cuello.
- ¿Será así? – Preguntó. - ¿Cuándo lo hagamos será así?
- Cariño. Solamente puedo decirte que me esforzaré para que lo pases lo mejor posible.
Asintió y hubo más besos.
- Cariño. – Pedí. - Me gustaría que me enseñaras el coñito.
- ¿Qué? – Protestó. - ¡No estoy lista para eso!
- Solamente mirar. Si no quieres no lo tocaré. Te lo prometo. – Repetí muy formal. - Solo mirar.
* ¡Pero qué mentiroso!
- Ya. Y para eso tengo que desnudarme del todo. ¿Verdad?
- Por favor.
Trató de evadirse.
- ¿No prefieres que te enseñe las bragas?
- Cariño, por favor.
Volvió a ocultar su rostro al apoyarse en mi hombro, y al poco murmuró su conformidad, pero debía salir del cuarto y ya me llamaría.
Así lo hice. Esperé en el pasillo hasta que gritó que ya podía regresar.
- ¡Carlos! Ya puedes venir.
La encontré tumbada en el sofá. Con las manos se cubría el sexo. Tras sonreírme desvió la mirada. Me situé a su lado y acaricié sus piernas. Le pedí un beso. Consintió.
Durante el beso en los labios, que resultaron muchos, acaricié sus piernas, los muslos, el interior de estos. Y volví a pedir:
- Nena, cariño, voy a poner mi mano más cerca de ti. – No contestó por lo que insistí. - ¿Puedo?
- Sí. – Murmuró.
Noté la cálida humedad de su sexo. Los pelitos mojados. Pedí que separase más las piernas.
- ¡Ten cuidado! – Ordenó o pidió al saber que mi intención es acariciarla ahí. – Por favor, con cuidado.
Se incorporó apoyándose en un codo. Con la mano libre cogió la mía que estaba entre sus muslos. Me miró suplicante. Sus ojos, su rostro. ¡Tenía miedo!
- Carlos, te amo.
En realidad, me hacía una pregunta antes de dejarme continuar con la caricia.
- Tesa, cariño. Te aseguro que te amo. Eres mi novia. Te deseo. Quiero hacer muchas cosas con tu cuerpo. Y por eso necesito tu permiso. ¿Puedo acariciarte ahí?
Me soltó la mano y volvió a tumbarse. No separó sus piernas.
- Sigue.
Me acerqué a su rostro. Besé sus labios. Noté que temblaba y no supe interpretar si eran nervios, miedo o emoción. Propuse dejarlo y por suerte me dio la respuesta que me gustaba.
- Sigue.
Sin dejar de mirar sus ojos acaricié el vello púbico retirándolo a los lados. Por eso también tocaba los labios menores provocando que diera suaves quejidos. ¡Cada vez estaba más mojada!
Retiré mi boca de la suya para moverme y poder ver su sexo. Los negros pelitos quedaban a los lados mostrando una rajita un poco abierta, insuficiente para poder ver. Alcé la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Creo que me vigilaba. Tenía la boca un poco abierta y respiraba con fuerza. Pedí que alzara las piernas y las separase. Tesa dudó, pero lo hizo.
Mejor. Su vulva era visible por completo.
* Ahí está el portal que me llevaría a la dimensión del placer.
- Es precioso, cariño. – Besé su cercana rodilla. - Me gusta mucho tu cuerpo.
Su ruborizado rostro tenía los ojos cerrados. Y cuando los abrió me descubrió mirando su rostro en lugar de su sexo. Creo que acerté.
- Preciosa mía. Eres muy guapa. Me gustaría darle un besito.
- ¿Ahí?
Asentí.
Apretó la boca, cerró los ojos y, temblorosa, movió la cabeza afirmativamente.
Me acerqué a la vulva situándome entre sus piernas, le di un beso en el poblado monte de venus, aguantándome las ganas de lamer todo el coño con desespero. De meter la polla por ese orificio que mojado parecía un lugar acogedor.
* Notaba mi polla intentando hacer un agujero en el pantalón del chándal.
Me decidí. Despacio pasé la lengua por la vulva que ya estaba roja, brillante, húmeda. Su cuerpo volvió a agitarse. Con sus manos me sujetaba de la cabeza sin empujarme. Gemía diciendo mi nombre.
- ¡Carlos! ¡Carlos!
Noté más líquido cálido en la barbilla. Salía de su vagina.
No pregunté, ni lo admitió. Creo que había tenido un orgasmo.
Me acerqué a su lado y la besé en la boca. Tesa bajó y juntó sus piernas por lo que intenté animarla.
- Gracias, cariño. Por favor, no estés asustada. Te amo.
- ¡Carlos!
Me abrazó muy fuerte por el cuello. Temí que me lo rompiera.
* Una muchacha joven, que todo el día está moviendo cosas pesadas en el trabajo termina haciéndose fuerte.
- Carlos, perdona. Hoy no.
- Será cuando digas.
Volvimos a besarnos y propuse ir al baño.
Me levanté ofreciendo mi mano. No hacía falta, ya se había levantado. Ordenó:
- No mires. Iré sola.
Quería lavar su intimidad sin espectadores.
Minutos más tarde, desde la puerta sin llegar a entrar en el cuarto del ordenador y cubriendo su cuerpo con una toalla sobre las tetas, pidió que cerrase los ojos o que al menos no la mirase, quería coger su ropa para ir a vestirse al cuarto vacío.
¡Qué cosas! Hace un rato lo más íntimo de su cuerpo estaba ante mis ojos, ante mis manos y boca, y ahora no quería vestirse a mi lado.
Sentado ante la apagada pantalla del ordenador solamente recordaba su maravilloso cuerpo vibrando con mis caricias.
Sin ser la barra de hierro de antes todavía tenía un buen empalme. Para distraerme miré alrededor descubriendo que la mujer del poster parecía felicitarme con esa sonrisa.
“Bien hecho, chaval. Así, poco a poco, pero sin pausa”.
Ya vestida regresó para sentarse en mis piernas sin retirarme del ordenador. Había entrado en el juego de siempre en un acto reflejo, la verdad es que no tenía ganas de jugar. A Tesa se la veía lozana. Se sentía poderosa, con ganas de jugar conmigo. Sabía que me tenía en sus manos.
* Ya he contado mi teoría sobre los machos alfa.
Preguntó por el juego.
- ¿Ganas o pierdes?
Realmente no le importaba el juego del ordenador porque ya ganaba con el suyo.
- Muy ajustado. – Respondí: - Estoy distraído.
Sonriendo se giró para darme un beso en la cara y con la lengua jugó con mi oreja, creo que noté sus dientes en el lóbulo. Con voz de inocente criatura preguntó qué podría ser que me distraía. Dejé el juego y puse una mano sobre una teta por encima de la ropa. Le di unos apretoncitos sin llegar a notar su pezón. No se endureció.
- ¡Tú! Preciosa. Es imposible no pensar en ti.
Reímos. No retiró mi mano.
Fingió interesarse en el juego, fingí mostrárselo. Su culo se movía cerca de mi polla, nada dije. Mi mano asía su teta dándole apretoncitos, nada dijo, y era excitante.
Faltaba una media hora para que tuviera que irse y preguntó:
- ¿Esta noche te calmarás… te harás una paja?
- Pues… es posible. Sí. Sería pensando en ti. En lo que me has enseñado de tu cuerpo.
Se puso muy ruborizada. Y supuse lo que me iba a ofrecer.
- ¿Quieres que te la haga?
Acerté.
* Tuve que regresar de mi paseo entre las nubes para continuar la conversación.
Fuimos al cercano sofá. Mi pantalón y calzones terminaron por debajo mis rodillas.
Si bien se entretuvo mirando al retirar el prepucio y luego el agujerito. Pronto se puso con la caricia sin que fuera necesario que la guiara con mi mano. Mucho mejor que la anterior.
Cambió de posición y así nos podíamos besar.
- ¿Puedo acariciarte las tetas?
Aspiró con fuerza antes de responder.
- Sí.
Metí una mano por debajo de su ropa retiré las copas del sujetador y disfruté acariciando sus pezones.
- Me gustas, cariño. – Afirmé.
- ¡Uhm! ¡Sigue, sigue! – Ordenó.
No era cómodo. Se sentó sobre mí a horcajadas. Mejor. Me podía pajear, y yo acariciar sus tetas mientras nos besábamos. Con una mano me acariciaba y con la otra se sujetaba de mi hombro. A veces soltaba una de sus tetas para sujetarla por la cintura.
Cuando avisé que me faltaba poco dejamos de besarnos. Quería ver salir el semen. Se retiró para que no manchara su ropa, poniéndose agachada frente a mí. En esa nueva posición no podía acariciarla.
Su respirar era sonoro.
- ¿Te lo hago bien? – Preguntó.
- Mucho.
- ¿Te gusta mi caricia? ¿Quieres que haga algo más?
Iba a pedir que se la metiera en la boca y me conformé cómo estábamos.
- Sigue, así.
Unos minutos y avisé que la descarga estaba próxima. Su cuerpo vibró al escucharme y ordenó que lo hiciera.
Mi descarga volvió a manchar sus manos.
- ¡Ah! ¡Caliente!
Se preocupó que nada cayera al suelo. Igual que antes preguntó si me había gustado.
- Sí, cariño.
* Siempre hay que admitir que lo hace genial, por muy mal que lo haga, para que la cosa evolucione. ¡Uf! ¡Qué ganas de follar! ¿A qué santo hay que llevarle la vela? Quien lo sepa puede escribir a desesperado.arrogando.com.
- Bien. A mí también me ha gustado acariciarte. Y hacer que tú también, eso. - Su rostro se puso muy rojo. - Más adelante te lo haré con la boca. Dicen que gusta más.
Tenía ganas que ya fuera más adelante. No le recordé que poco antes le había lamido el coño. Parecería que exijo intercambio de favores.
* Recordé aquel dicho: Lame, y podrás hacerlo muchas veces. Muerde, y solo lo harás una vez.
Formando parte de la despedida hubo un beso estando al lado de la puerta de casa.
- Mañana, al final de la calle. Te esperaré.
Habíamos acordado que iría a buscarla después de limpiar en una casa.
- Seré puntual.
Por la mañana leí ese puñetero informe una veintena de veces, por lo menos.
Acudió Alicia desde otro despacho preguntando sobre los progresos en la fusión de datos y se dio cuenta del que tenía en pantalla. Lo leyó por encima, esto es, solamente los títulos. Parecía no darle importancia hasta que dijo:
- Testigos presenciales.
Y dijo tres nombres. Al poco añadió:
- ¡Curioso! No están los testimonios de los testigos.
Con el ratón deslizaba la pantalla buscando esos párrafos.
Me asombré.
- ¡Mierda! ¡Eso es! ¡Eso notaba!
Alicia me dedicó una mirada taladrante, agitó la cabeza y con voz ligeramente elevada me riñó:
- ¡Niño! Esa boca que esto no es una taberna.
Pedí disculpas bajando la mirada a mis pies.
Alicia se quedó mirándome, seria. Como si intentara leer dentro de mi cabeza. Escrutando mi rostro la maestra contable supo sumar dos y dos, llegando a una conclusión sobre mí, e inmediatamente pidió que le pasara el número del expediente a su ordenador.
- Deja que lo lea. – Y ordenó señalando mi ordenador: - Mientras, no te entretengas. ¡A trabajar que llevas retraso!
Asentí. No era cierto, pero era la jefa.
Vale, estuve descuidando mi trabajo para observarla.
Seria, con el índice de la diestra Alicia giraba la rueda del ratón pasando los renglones. Leía. Hasta que un buen rato más tarde vi que se estiraba con los brazos en cruz y dijo mi nombre. Corrí a su lado.
- Bien chico. Buen trabajo. ¡Aquí hay miga para rato! Y lo has descubierto tú solito.
No era verdad. E ignoro por qué lo decía.
* Supongo que alentaba mi curiosidad.
Juntó las manos cruzando los dedos y con varios movimientos hizo crujir las articulaciones de los nudillos.
- Hoy, y quizás mañana, me ocuparé de este caso. He de redactar un informe adjuntando más documentación, que de figurar aquí...
Todavía tenía la mano izquierda sobre el teclado y con la derecha controlaba el ratón.
Cogió aire, y lo expulsó en un profundo suspiro mirando su pantalla. Luego volvió a mirarme como si me amenazase que no intentara escapar:
- El lunes te enseñaré a distinguir el informe redactado por una persona trabajadora y honrada, de otra que solamente corta y pega cubriendo el expediente y el tiempo. – Movió la cabeza afirmativamente. - Y sobre todo las más peligrosas, aquellas que cubren, ocultan o silencian a personas o actos por las que reciben una gratificación, esto es, cometen un delito.
Sobreponiéndome a mi asombro pregunté:
- ¿Por qué vas a ayudar a esta gente?
Me miró durante unos segundos antes de hablar.
- Varios son los motivos. El primero: me da asco que la gente vaya por ahí empleando su dinero para ponerse por encima de la ley. Segundo: En verdad al banco no le afecta ya que se trata de un hospital y no pertenece a nuestro grupo financiero. – Señaló una línea en la pantalla. - Lo mismo pasa con el seguro del conductor. Pero si nuestro cliente, el pagador, se encuentra con un dinero extra en las manos quizás podemos venderle alguno de nuestros productos. – Retiró las manos del ordenador y giró la silla para enfrentarme. Clavó sus ojos en mi rostro. - Y tercer motivo: Sospecho que tiene alguna relación contigo.
Me ruboricé y admití que es la familia de la novia.
Asintió, tan seria como siempre, aunque se burlaba de mí.
- ¡Novia! ¡Ah! Ya veo. Sí, Ahora te comprendo, muchacho. Si fueras inteligente... no. – Su mirada era acusadora. - Pero veo que tienes la misma enfermedad que todos padecimos alguna vez: Eres joven. - Agitó la cabeza a los lados al explicar el remedio: - Algo que solo se cura con el tiempo.
* Filosofía, o quizás experiencia.
Y añadió que a ver si podíamos conseguir que el vestido de novia fuera el más bonito de la tienda. Y volviendo a mirar la pantalla de su ordenador, repitió:
- ¡Ajá! Necesito dos días. – Al poco añadió: - Ya ves cómo es el trabajo. Hay días que haces docenas de informes en una mañana y otros que lo pasas intentando comprender el porqué de un despropósito. Unos son cansados, otros producen nauseas.
Añadiría que no comprendía como había llegado hasta nosotros ese desastre cuando para evitarlos están los letrados y las aseguradoras.
Esa tarde estaba muy animado. Y Tesa al verme contento también se animó. Lo pasamos muy bien en el sofá de mi casa.
Los dos estábamos desnudos con la promesa por mi parte que no me pasaría del límite.
* Sí, claro. Por eso dejé de pensar con la cabeza que peino para hacerlo con la que retiré el prepucio.
Acaricié su cuerpo. Esta vez no conseguí que se corriera con las caricias en las tetas. Ya no había esa excitación del primer día. Pero sí al tocar, lamer y besar su vulva hasta que me regaló el néctar de su cuerpo mojándome la barbilla.
Mis labios separados por la lengua abarcaban desde su clítoris hasta la entrada de su cuerpo. Y la oí gemir.
- ¡Ah! Carlos, yo. ¡Ahora! ¡Uf!
Su cuerpo se agitaba, sus manos apretaban mi cabeza contra su coño. Continuó gimiendo hasta que en un largo suspiro quedó quieta. Entonces aflojó sus manos y casi a la vez me empujó para poder juntar las piernas.
- ¡Quita! Deja, Carlos. Yo… necesito descansar.
Se puso de lado. Como arrepentida de darme su intimidad. Su respiración era muy fuerte y sonora.
Me acerqué, retiré el pelo que ocultaba su rostro y la besé en la sudada frente.
Me pidió un abrazo. Me tumbé a su lado para empujarla quedando debajo de su cuerpo. Era imposible que no notara mi erección en sus muslos.
Tras los minutos que necesitó para recuperarse me cogió la polla. Fácil de localizar: es eso que parece un garrote entre los dos. Y me hizo una paja cuya descarga cayó cerca de mi ombligo.
- ¿Lo he hecho bien? ¿Te gustó?
Intenté decir sí, y mi voz solamente fue un gemido. Sonrió.
Tras limpiarme con papel repetí las caricias en su cuerpo.
Empecé chupando sus tetas y terminamos con su orgasmo en mi boca.
- ¡Ah! Cariño. – Murmuró sin fuerzas. - De cada vez me gusta más.
Me retiré. Esta vez no juntó sus piernas, pero sí que se acarició el interior de los muslos. Así pude ver toda su vulva brillar. De su orificio salía flujo que empujaba mi saliva manchando el sofá.
Para acariciarme por segunda vez me puse en pie frente el sofá estando ella sentada. Me cogió la polla y tuvo que afanarse más al ser por segunda vez. Hasta que poniendo la otra mano para recibir mi descarga evitando que cayera en su cuerpo, suspiré aliviado.
- Ha salido menos. – Afirmó.
Me dejé caer a su lado. Mis piernas flaqueaban. Me justifiqué:
- Te aseguro que no queda más.
* Quizá si emplea la boca saque algo.
Quedamos abrazados sobre el sofá.
- Gracias cariño. – Fui sincero. - Me gusta acariciarte y, bueno me lo paso bien con tus manos.
- Gracias Carlos. Por favor espera a que… eso. Te pido paciencia y… eso. No puedo decirte si será pronto, porque no lo sé. Cariño, espera y ya te daré eso. ¿Vale?
La entendí.
* Claro que la entendí, como perteneciente al sexo masculino, solo tengo una neurona, pero está especializada en un único tema.
- Estoy bien, cariño. Será cuando digas.
Se movió para alcanzar mi boca con la suya. Nos dimos mil besos.
* ¡Las cosas que se dicen para agradar! ¡Me estaba muriendo por follar! No lo hacía desde que somos novios. La eternidad de un verano.
Continuábamos abrazados cuando, evitando mi mirada en sus ojos, hizo un lio de palabras en las que parecía ofrecerme o permitirme que si quería follar podía buscar a alguien por ahí para desahogarme, pero con cuidado de las guarras. Que usara protección.
- ¿Qué? ¡Espera! No sé si te entiendo. – Me moví para poder mirar su rostro que se esforzaba en ocultar. - ¿Me estás dando permiso para que folle con otra? ¿Tan desesperado me ves?
* Nunca pensé que se me notara tanto.
No dejé que me contestase. Le expliqué que es con la única que tengo ganas y puedo esperar.
Creo que dije lo que quería oír.
Claro que tampoco podía decir que pensar en ella estando con otra hizo que se me arrugara.
* Sí. Habría quedado mal.
- ¡Bésame! – Ordenó.
Y estando abrazados le acariciaba el culo.
- ¿Te gusta? Quiero decir si te gusta mi culo.
- Mucho. Toda tú.
- Es… bueno. Eres hombre. Estoy segura que algún día querrás follarme por ahí. ¿Verdad?
- Cariño. Deja que te acaricie así. Ya se verá.
* De momento tenía ganas de metérsela por el coño. ¿Ganas? La palabra correcta era: desesperado.
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