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Fantasías sexuales de las españolas: Esther I

Esther nunca imaginó que su noche de cerveza terminaría en la cama, sola, fantaseando con la mujer que la miraba desde la barra. Maxim no es solo una camarera; es una fuerza de la naturaleza que ha desafiado todas las etiquetas de Esther. Esta noche, la curiosidad se transforma en un deseo que no sabe cómo controlar.

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Esther

Me llamo Esther tengo 32 años y es la primera vez que entro en un bar de lesbianas.

- Venga tía ¡atrévete! - me dice mi amiga Montse mientras tira de mí arrastrándome hacia el local, un semisótano identificado solo por un pequeño neón que titila en la oscuridad de la calle. Entre risas yo me resisto.

- Que no, que me van a meter mano…

- Más quisieras tú. Anda ven, que eres muy sosa y te hace falta vivir nuevas experiencias.

Montse es lesbiana y me empuja a través del portal con la tranquilidad que da el conocer el ambiente y el terreno que pisa. Yo no y de repente, el cachondeo y las ganas de diversión que dan el ir ya por la quinta o sexta cerveza, se transforman en cierto nerviosismo y aprensión ante lo desconocido.

La primera sorpresa es que el portero del local es un hombre, que nos franquea el paso sin apenas pasarnos revista. No sé qué me esperaba, quizás una chica con el pelo cortado a cepillo, tatuada y musculada a lo sargento O'Neil que me hiciera un test de lesbianismo.

La segunda sorpresa es que el local es luminoso, bien decorado, con aspecto limpio y pulcro. Nuevamente me sorprendo de mis prejuicios. Nada de un sitio oscuro, cargado de humo y olores a alcohol. Aquello tiene más pinta de club social que de antro de vicio y perdición.

Nos vamos a la barra y nadie nos molesta, ni se nos echa encima una pandilla de moteras para acosarnos. La gente mantiene la distancia social y las conversaciones son animadas pero sin voces ni estridencias. Observo y me llama la atención que hay varios muchachos en el local.

- ¿Dejan entrar a los chicos? - pregunto ingenua.

- Claro - responde Montse - siempre que vengan acompañados de una mujer.

- ¿Son gays?

- Pero mira que eres boba. Hay de todo, aquí no se le pide el carnet a nadie.

- ¿Que va a ser? - pregunta la camarera, una morena alta con el pelo corto y negro, barra de labios oscura, tan oscura como su mirada que te taladra y te traspasa como si pudiera ver dentro de ti. Una auténtica psicóloga de bar que de un vistazo te evalúa y te clasifica. Un tatuaje tribal en el hombro, que se puede apreciar porque solo lleva un top negro que deja los brazos al descubierto. Bajo el top, los pechos se mueven evidenciando que no lleva sujetador pero que tampoco lo necesita, los tiene erguidos, ni muy grandes ni muy pequeños, lo justo para destacar en un talle musculado y libre de grasa. Vamos, una auténtica chica fitness.

- Dos coronitas.

La camarera se gira y con movimientos medidos saca dos coronitas del botellero, les inserta un gajo de limón en el gollete y las deposita frente a nosotras. Resulta hipnótico verla moverse, parece una gata. Elástica, elegante, afilada. Junto a mi botellín coloca un vaso de chupito y vierte un par de dedos de tequila.

- ¿Y esto? – pregunto.

- Te veo un poco nerviosa, debe ser tu primera vez aquí. Tómatelo te vendrá bien. Invita la casa, es el detalle de bienvenida.

Miro el vaso con prevención. Tolero regular el alcohol puro, no estoy acostumbrada y menos a tomarlo a palo seco, sin mezclar. La camarera mueve de forma apenas imperceptible su boca, curvando los labios en algo parecido a una sonrisa. Creo adivinar un leve tono de burla en su gesto de “¿Ni a eso te atreves?”

Miro a Montse y también la veo expectante. Se le escapa una risita ¿Me están tomando el pelo estas dos?

Cojo el vaso y lo hago desaparecer de un trago. El licor me rasca la garganta y hace que se me humedezcan los ojos. Me llevo la mano a la boca en un intento de evitar la tos, que apenas consigo transformar en un carraspeo. La camarera me sonríe y se da la vuelta, yéndose a atender a otros clientes y dejándonos solas. Me tomo un sorbo de coronita y la cerveza fresca filtrada a través del limón, consuela mi castigada garganta.

- Menuda es Maxim ¿verdad?

- ¿Maxim?

- Máxima, la camarera.

- ¡No jodas que se llama Máxima!

- Bueno no, en realidad no tengo muy claro cómo se llama, pero aquí todos la llamamos Maxim.

- ¿Y eso por qué?

- Máximo Décimo Meridio…Ya sabes, de la película Gladiator. Es una gladiadora, una guerrera, por eso lo el apodo de Máxima. Al final todo el mundo acabó llamándola Maxim.

- ¿Qué quieres decir con eso de que es una guerrera? ¿Ha sido militar?

- No que yo sepa, pero le gusta el boxeo, creo que ha competido en algunos combates.

Fijo la vista en la chica. Es fuerte sin duda y está en forma. Tiene la mirada dura y reina detrás de la barra con aire de defender su territorio. “De aquí para dentro es mi sitio, aquí ordeno yo, así que déjate las prisas fuera, las cosas se hacen a mi manera”, parece querer decir con cada gesto. Pero a pesar de todo no me la imagino boxeando. No parece tener cara de haber recibido muchos golpes. Su nariz es recta aunque un poco achatada. Los pómulos angulosos pero sin marcas evidentes. Me parece guapa, con una belleza de una evidencia difícil, extraña.

- No me acabo de creer que haya combatido en un ring.

- Pues te puedo asegurar que pega de lo lindo. Yo tampoco la he visto en un ring pero una amiga mía la vio repartiendo hostias en la puerta.

Yo le pongo cara de ¡venga ya!

- Parece ser que el vigilante tuvo problemas con unos tíos que querían entrar por las bravas. La policía tardaba en llegar y la cosa se puso complicada. Maxim salió y (visto y no visto) dejo KO a dos de los tres tipos. No se la esperaban y se ve que los pilló de sorpresa. A uno lo dejó conmocionado y otro le partió la nariz.

- Joder con la camarera.

- Sí, es más de lo que parece ¿verdad?

Si ya me parecía especial, ahora además, la miro con otros ojos. Entendedme, no me refiero a eso, que ya os he dicho que no soy lesbiana. Simplemente es que me parece todo un personaje.

Charlo con Montserrat que me cuenta su primera vez en un local de ambiente. Observo a mi alrededor mientras ella me narra. Todo es más relajado de lo que yo esperaba, más natural. Chicas charlando igual que nosotras, algunas manos entrelazadas, algún beso con lengua pero poco más. Hoy es jueves y no es de los días que más se llena. Según Montse es un día tranquilo. Si yo esperaba ver una fiesta loca y degenerada me he equivocado de día y de lugar, me dice.

- A ver: no te iba a traer tu primera vez a un garito chungo ¿no? - dice riéndose.

Montse es mi mejor amiga. Al menos aquí en Barcelona. Compañera de trabajo, me adoptó nada más llegar. Dice que le caí bien y que además cuando me vio pensó que tenía un polvazo. Ya ha perdido la esperanza de meterse en mi cama pero sigo gustándole como amiga. Todos los sitios que conozco aquí me los ha enseñado ella y toda la gente con la que me relaciono, de una forma u otra, también me los presentó Montse.

Ya os he contado que tengo 32 años, ahora ya solo me falta explicaros que soy química y me vine de Zaragoza a trabajar a la ciudad Condal. Me contrataron unos laboratorios catalanes que se dedican, entre otras cosas, a testar productos y analizar muestras de comida. Trabajan con empresas importantes, pagan bien y ofrecen buenas condiciones laborales. Eso es lo que me ha hecho dar el salto y también mis ganas de independizarme y de ver un poco de mundo. Barcelona es tan cosmopolita que me enamoró desde el primer día.

La gente pone cara de intriga cuando le digo que soy química. Siempre tratamos de fantasear llevando las cosas al extremo. La mayoría piensan que doy clases de alto nivel, explicando procesos interesantes como por ejemplo la fabricación de metanfetamina azul al estilo de Breaking Bad. O que trabajo en un instituto forense y soy capaz de datar un hueso de Neandertal. O que estoy en un laboratorio inventando nuevos compuestos revolucionarios, como un tinte que aplicado a un pantalón evita que éste se arrugue.

La verdad es mucho más prosaica. Estudié química porque se me daba bien y pensé que podía tener salida. Tampoco es que mi profesión sea el amor de mi vida. Y en mi laboratorio el trabajo es súper rutinario. Cambian los clientes, cambian los productos, pero la mecánica es siempre la misma. Básicamente controles de calidad y de caducidad. Nada emocionante que se pueda comparar a entrar por primera vez en un bar de lesbianas.

Maxim parece que ha decidido prestarnos atención. Me mira y parece que me atraviesa. Es una mirada curiosa pero no impertinente. Le hacemos una seña y se acerca con otras dos cervezas. Vuelve a ponerme otro chupito y también, esta vez, a Montse.

- No te me vayas a poner tu celosa - le dice.

Ahora el líquido raja menos. Vuelvo a echar un buchito de Coronita para apagar el fuego. Me siento cómoda, parece que peso menos. Un leve mareo que se me pasa enseguida hace que me aferre a la barra. Aparte de Maxim hay otras chicas que me miran. Parece que soy la novedad. No sé por qué, pero es una sensación que poco a poco va dejando de ser embarazosa para convertirse en excitante. No me apetece estar con otra mujer, pero ser su objeto de atención sexual me está poniendo cachonda.

Montse se ríe como si supiera lo que me está pasando por la cabeza. Empieza a vacilarme. Me gusta verla reír. Está guapa y radiante pero de nuevo os pido que no os confundáis. No me atrae. La sola imagen de estar en la cama con mi amiga me provoca repulsa. Para mí sería casi como un incesto. Como hacerlo con mi hermana. Y con el resto de mujeres tampoco, creo estar segura de mi heterosexualidad. Y sin embargo me estoy poniendo tontorrona, especialmente cuando Maxim se une a la conversación y le pregunta a Montserrat aunque mirándome a mí.

- Y esta amiga tuya tan guapa ¿cómo se llama?

- Esther - me adelantó yo responder.

- Encantada Esther, espero verte a menudo por aquí.

- No lo sé, no es mi ambiente…

- ¿No te gusta la cerveza ni el tequila?

- Sí.

- Pues entonces es tu ambiente. Relájate y deja de ponerle etiquetas a todo ¿No te encuentras incómoda, verdad?

- No, claro que no.

- ¿Te lo estás pasando bien?

- Bastante - me sorprendo respondiendo.

- Pues entonces regresa otra noche, será un placer volver a verte.

Hora y media después, salimos mi amiga y yo y nos detenemos unos minutos en la puerta mientras llega el taxi que hemos pedido. Estamos contentas pero un poco cansadas y la cabeza me da algo de vueltas por el alcohol. Ya me estoy arrepintiendo, verás mañana cuando suene el despertador. Siempre nos pasa igual cuando salimos a cenar entre semana: se nos calienta el pico y acabamos a las mil y tantas.

Cuando nos recoge el taxista nos mira de arriba abajo y luego va todo el rato pendiente del retrovisor. Se ve que conoce perfectamente el bar y sospecha que somos algo más que amigas. Las dos nos damos cuenta y Montse intenta meterme su lengua en la oreja mientras yo la empujo para evitarlo. Nos descojonamos de la risa ante un perplejo taxista.

Al llegar a casa me quito la ropa, me desmaquillo y sin más preámbulo me meto en la cama. A pesar del sueño no dejo de darle vueltas a la experiencia de esa noche. Me toco la entrepierna y noto las braguitas mojadas ¿Será por el Pipí?

En una especie de duermevela dejo que mi mente genere fantasías. No las dirijo ni las invento, solo dejo que fluyan. Entonces imagino que estoy de nuevo en el local, esta vez sola. Algunas mujeres se me acercan y tratan de entablar conversación. Las rechazo con educación, no me atraen, pero me pone mucho que lo intenten. Mis dedos hurgan en mi vulva acariciando y estimulando. Noto que me va llegando el placer. En ese momento la fantasía se concreta. Es Maxim la que se acerca a mí. Me dice que estoy buenísima. Que soy la más guapa y hermosa del local. Que le pongo mucho y me desea. Y también que me espera al finalizar su turno. Cuando cierre el local, promete llevarme con su moto a la playa para darme un buen revolcón. Le digo que no, insistiendo en que no me gustan las mujeres, pero el simple hecho que me declare sus intenciones hace que me muera de gusto.

En mi fantasía me corro allí, sentada, con las piernas cruzadas sobre el taburete y los codos apoyados en la barra. En la realidad lo hago en mi cama, cómodamente estirada en mi colchón y revuelta entre sábanas. Es un orgasmo fuerte y liberador tras el que me quedo dormida profundamente.