Por unas bragas en mi balcón 4
Ella le permite tocarla, pero bajo sus propias reglas estrictas: sin ver, sin prisa, sin perder el control. Él debe aprender a esperar, a respetar el silencio de su cuerpo y a descubrir que la verdadera pasión no está en lo que se muestra, sino en lo que se contiene.
Fue pasando el verano. Besos, caricias. Como algo excepcional una tarde me dejó tocarle las tetas por debajo de la ropa, sin destaparlas porque le daba mucha vergüenza que la viera.
Creo recordar que sucedió de la siguiente manera:
Estábamos con los besos. Y seguramente ya teníamos los labios morados con tanta succión y frote.
Fue cuando se separó y ruborizada quería que supiera cómo son sus tetas.
- ¡Ah! Bien, gracias cariño. – Me animé, por eso dije sincero y algo nervioso. - Tengo ganas de verlas.
- ¡No! Podrás tocarlas y decirme qué te parecen, pero sin verlas, que me da mucha vergüenza.
* Creo que necesitaba una explicación sobre los grados de vergüenza, pero no en ese momento que parecía que por fin iba a tocar chicha ibérica.
Llevó una mano por su espalda. Desabrochó el sujetador y por las mangas de la camiseta retiró los tirantes al pasarlos por sus brazos. Luego lo sacó por delante. Para mi desgracia nada vi.
El sujetador quedó en el sofá. Era de hechura normal, discreta, para unas tetas tirando a pequeñas.
Se giró y se ofreció:
- Ya puedes meter tus manos y tocarme. – Y puntualizó: - No aprietes. ¿Vale? Y cuidado de arañarme. Y, y… eso.
- Cariño. – Propuse. – Si tanto apuro te da, creo que es mejor que lo haga mientras nos besamos.
- ¡No! No quiero. Tiene que ser así. ¿Vale? Así o nada. – Y ya justificó el porqué de consentirlo. - Las tocas y me dices tu opinión.
Vale. Estaba claro que temía dejarse llevar consintiéndome más de lo pretendido.
- Tesa, cariño. Puedo darte mi opinión ya. – Sonreí sincero. - Me encantan, son preciosas y…
- ¡Cállate! Y haz lo que te dijo. – No necesitaba gritar para mostrarse enérgica. - ¡Ya!
* ¡Jope! ¿Su familia es de obreros o militares?
Por debajo de la camiseta llevé una mano a una teta. Tesa, al notar mi mano dio un respingo soltando aire. Tensando su cuerpo. Creo que estaba más asustada que excitada.
Sí, como ya sabía era pequeña, pero era de Tesa y por eso ya me gustaba. Tenían un tamaño semejante a media naranja siendo duras y suaves. Sus pezones, en ese momento duros, notaba que quedaban bien centrados.
Con el pezón en la palma de mi mano sujetaba su teta dando suaves apretoncitos. La solté pasando a la otra repitiendo la caricia. Tesa repitió el sobresalto mientras aspiraba fuerte por la boca. Nada dijo y continué con la caricia.
- ¿Lo ves? – Murmuró ruborizada. - Las tengo pequeñas. Soy así. Todo mi cuerpo es así.
- Me gustan. – Pedí esperanzado: - ¿Puedo darles unos besitos?
- ¡No! ¡Recuerda! Solo tocar sin retirar la ropa.
- Con la boca también es tocar.
- ¡No!
Mi calenturienta cabeza buscaba una solución.
- Puedo ponerme un pañuelo en los ojos y…
- Solo así. – Ordenó.
- Tesa, cariño: El día que te veas como yo te veo descubrirás a una chica muy guapa, hermosa, perfecta. Y que me tiene loco de amor.
* ¿Fue mi boca la que dijo eso?
Se quedó mirándome.
Ante su silencio metí la otra mano por debajo de la camiseta. Acaricié su cadera y fui subiendo despacio hasta alcanzar la teta que quedaba libre. Acaricié las dos a la vez deslizando mis dedos por su cálida piel. Hasta que las cogí para apretarlas un poco.
¡Era excitante! Me gustaba.
Tesa cerró los ojos, creo que también le gustaba que las acariciara así, que les diera apretoncitos. Las empujara a los lados o las alzara.
Se cogió de mi cuello lanzando un suspiro. Fue cuando cogí los dos pezones a la vez provocando que se estremeciera.
- ¡Ah! ¡Uhm! – Ocultó su gemido de placer con una protesta al tiempo que se agitaba. – ¡Bruto! Te dije que con cuidado. Son… son muy frágiles.
* Yo habría dicho sensibles.
Cogió aire por la nariz para soltarlo por la boca. Cerrando y abriendo los ojos varias veces. Le gustaba, lo pasaba bien. Cada vez estaba más excitada. Dándose cuenta que perdía el control ante mi caricia, empujó mis manos fuera de su cuerpo y mediante unos tirones se puso bien la ropa.
- Ya vale por hoy. – Ordenó con voz sofocada.
Vale. Estoy seguro que un poco más acariciando sus pezones y se habría corrido en un apoteósico orgasmo, si es que no lo había tenido ya. Con un brazo se sujetaba de mi hombro haciendo presión. Yo la asía con una mano por la cintura mientras que la otra la apoyaba en uno de sus muslos.
Esperé unos segundos para preguntar:
- ¿Quieres decir que mañana más?
No contestó. Sus ojos tenían un brillo extraño. Su respirar no era normal. La presión de su brazo en mi hombro ya empezaba a ser dolorosa. ¿Era Tesa quien estaba sentada en mis piernas o una hembra en celo que por alguna incompresible razón se contenía? Llegué a pensar que, si cambiando de opinión se lanzara sobre mí, me destrozaría.
Paseos. Algún refresco. Nada de cine ni otros gastos. Tesa continuaba intentando ahorrar lo máximo posible lo que me llevó a pensar que sus padres eran unos tiranos que se quedaban con el fruto de su trabajo. Nada dije sobre ellos, pero sí que propuse:
- Puedes ahorrar de lo tuyo, mientras que con lo mío puedo invitar a mi novia a pequeñas…
- No, gracias.
Era cuando se colgaba de mi brazo y podía notar sus tetas. O al menos una de ellas si estábamos caminando. Esa vez añadió despacio y sin mirarme:
- Mejor no. No sería justo.
Seria, y con algo de preocupación miró alrededor, sobre todo a la acera de enfrente, antes de cambiar de tema.
- Otra cosa, Carlos. Ayer ya me lo pareció, pero hoy, al salir del trabajo he visto a una de las idiotas del colegio. – Me detuve para mirar mejor su rostro. Continuó: - Nada me dijo, pero creo que me siguió para ver donde vivo. Ignoro qué pretenden, y, bueno, tengo miedo que se burlen otra vez en medio de la calle o en el trabajo.
Se me ocurrió decir:
- Bueno. Puedo ir a esperarte a la salida del trabajo hasta que empiece el mío.
- No sé. Al mes que viene, con dieciocho años, paso a hacer la rotación de turnos.
Tuvo que explicar que siendo menor pudo elegir. Pero ahora era por turnos y al igual que las compañeras podría tocarla mañana o tarde.
- El día que me toque a las siete de la mañana saldré a las tres, y si entro a las dos saldré a las diez de la noche.
Solamente podían escoger las embarazadas.
- Y no es el caso. – Añadió: - Lo malo es mi otro trabajo. Ya lo he tanteado y solamente en dos casas aceptan la rotación.
Asentí.
- Bueno. Lo dicho. Estos días puedo ir a esperarte.
A continuación, me tiraba del brazo en un gesto, que, estando bien amaestrado, sabía que debía agacharme para que pudiera alcanzar mis labios con los suyos en un tierno beso.
* Bueno, tan solo es mi teoría sin ser un científico ni tener idea de psicología, sociología o sexología. Expongo: Creo que cedemos a órdenes o caprichos de las novias, compañeras o esposas, pensando en la compensación o evitar un berrinche. Cuando en verdad… ¡Nos están amaestrando! ¡Emplean un método similar al palo y zanahoria! ¡Berrinche o besito! Para que hagamos lo que ellas quieren. Sin más. Y lo aceptamos tan felices.
Una mañana descubrí por qué la seguían, iban a por mí.
Regresaba a casa después de hacer la compra en el mercado de la plaza que es más fresco que en el súper o eso creo. Y me salió al paso una chica que no conocía. Debía tener poco más de dieciocho años. Puede que los veinte. Bien maquillada, blusa blanca, falda hasta medio muslo, y algo de tacón. Es de esas mujeres que por girar el cuello al mirarla oyes crujir las cervicales.
Sabía mi nombre ya que lo dijo al saludarme y me sentí el hombre más afortunado del planeta, como si me dicen que me toca la lotería. Al principio pensaba que nos conocimos en una discoteca o un sitio similar. Aunque no recordaba haber buceado entre sus muslos.
Sin más dilación propuso ir a tomar un refresco señalando un cercano bar. Afirmó que tenía algo que contarme.
Las alarmas sonaron en mi cabeza y mi mente evocó el rostro de mi adorada Tesa. Mi amor.
- Perdona, no puedo. – Pude decir y mostré las bolsas que cargaba en cada mano. - Tengo compra que poner en la nevera.
¡Mentira! Solamente compré fruta. No empleo la cocina.
- Bueno, pues casi mejor. Vamos a tu casa.
* ¡Así de fácil!
No me fie. Las alarmas volvieron a sonar. Con un gesto hice que nos detuviéramos y pregunté:
- Antes dime quién eres y qué quieres.
Miró a los lados sonriendo y se desabrochó un botón de la blusa mostrando pechuga contenida en un sujetador blanco. Se ofreció como mejor mujer, más mujer, que Tesa. Así de claro lo dijo. Afirmando que era una mujer de verdad y no una enana.
- Puedes darte cuenta en mis tetas. Son más bonitas. – Irguiéndose sacó busto. - ¿Ves? Son más grandes y mejor puestas. – Agitó la falda sin levantarla. - Mis piernas son largas y bonitas. Tengo el vientre plano. Y sin falda muestro un precioso culo.
- Ya veo.
* ¡Qué gran esfuerzo en contenerme! Y no era para metérsela ya y echar un polvo. No. ¡Mi esfuerzo era no destrozar su cara a golpes!
Como ahogándome en el mar recordé el salvavidas de la imagen de Tesa. De su sonrisa. La calidez de su cuerpo la suavidad de sus labios. De ahí saqué fuerzas y se me ocurrió decir:
- Y supongo que eres muy experta gracias a la práctica. - Su sonrisa se congeló asimilando lo que acababa de escuchar. Continué: - Gracias a que te has "follao" media ciudad, además de chupar un montón de pollas. ¿Verdad que te gusta? Seguro que se te mojan las bragas solo de pensarlo. Si es que las usas, claro. – Creo que fui muy claro al añadir: - Pues con eso no te conviertes en mejor como persona, como mujer, solamente en puta.
Se puso de todos los colores.
Sin más me retiré. Tan solo había dado unos pasos retirándome y ya pude escuchar su grito:
- ¡Cerdo! ¡Eres un cerdo capado! ¡Jamás sabrás lo que es bueno! ¡Nunca estarás con una mujer de verdad!
Esperé a girarme cuando ya había cruzado la calle y estaba en la otra acera. Como supuse no iba sola. Creo que estaban las cuatro o cinco de la otra vez. ¿Qué pretendía realmente? ¿Ofrecerse y luego burlarse al caer en el engaño? Podría ser. Puede que incluso grabara la conversación con la que luego decir a Tesa lo sucedido para burlarse más.
Lo sucedido. Que nada pasara no me tranquilizaba ni relajaba, pero debía esperar a poder hablarlo con Tesa.
Horas más tarde, estando en el comedor de casa, conté todo a Tesa. Intentando repetir palabra por palabra aquella conversación. ¿Por qué en el comedor en lugar del sofá al lado del ordenador? No lo sé. Al entrar en casa tan apenas nos dimos un beso en el saludo y la empujé ahí.
- Carlos, cariño. He venido a trabajar.
- Un momento por favor, es importante.
Lo dicho, le conté todo sin olvidar detalle.
Me hizo varias preguntas llegando a la conclusión sobre quién era la que me hizo la propuesta.
Estaba sentada a mi lado y con las suyas me cogía de una mano.
- Yoli repetía algunos cursos. Por eso es más mayor. – Tesa desvió la mirada al suelo. Explicó que su nombre viene de Yolanda. - No era quien más se burlaba, pero según sus propios comentarios sí es la más "lanzada" cuando iba con chicos. A veces comentaba las guarradas que hacía, que se dejaba hacer.
Me miró un instante y luego otra vez el suelo, al afirmar seria, casi triste.
- Seguro que te grababa con el teléfono. Y también las otras en la distancia. Seguramente con la intención de mostrarme lo poco que le costó que te fueras con una mujer de verdad.
Quedó callada hasta que preguntó mirándome a los ojos:
- ¿Pudiste ver sus tetas? – Fue terminar la pregunta y bajar la mirada. Añadió con voz temerosa: - ¿Te gustaron?
Llevé la mano libre hasta sus tetas y las acaricié por encima de la ropa. Suave, sin apretar. No hizo intención de retirarse. Afirmé:
- Son estas las que me gustan. Las que quiero, añoro y sufro al no poder verlas. Tú eres mi mujer de verdad.
* Insisto: No sé si esto lo saqué del Tenorio, de Casanova o La Desesperación del pobrecito Carlos.
Me cogió la mano para unirla a la otra y retirarlas.
- Perdona, Carlos. Ahora no. No estoy de humor.
La alcé en brazos. Se dejó llevar en silencio hasta la sala del ordenador y me senté en el sofá quedando Tesa sobre mis piernas. Protestó:
- En brazos como a una nena.
- En brazos como a una princesa, como una novia al entrarla en la casa. Como Rhett Butler subió a Scarlett O´hara en aquella escalera para llevarla a la habitación. Y te he traído aquí. ¿Sabes por qué?
Sus ojos brillaban.
- Dímelo.
Sin hablar acerqué mis labios a los suyos. Pasé mi lengua por su boca como quien llama a la puerta. Y se abrió dándome paso al paraíso de su lengua, de sus besos.
Estuvimos mucho rato besándonos. Aunque lo más bonito fue permanecer abrazados con mi nariz pegada a su oreja oliendo su sudor con algo de colonia.
- Bueno, vale. - Me empujó para bajar de mis piernas. – Ya basta que tengo que limpiar. – Ordenó señalando el ordenador. - Ponte a matar marcianos mientras esperas.
Iba a retirarse y la contuve. Mis manos bajaron de su cintura a su culo. Lo masajeé por encima de la ropa.
Protestó:
- Por favor, Carlos, déjame. Quita las manos.
Daba las órdenes sin retirarse. Sin impedir que continuara.
- Sí, lo haré. Con la condición que me des un beso.
- ¿Más? Bueno.
Retiré mis manos de su cuerpo y sus labios tan apenas rozaron los míos antes de retirarse.
- ¡Tramposa! Ese no cuenta.
Escuché su risa alejándose.
* Ya he explicado mi filosófica teoría. No insistiré.
Una mañana me llamaron de Inversiones Fuente Ahorro. Debía aportar una documentación al despacho de personal, antes de empezar a trabajar unos días más tarde.
Propuse a Tesa ir a la piscina.
- No tengo bañador.
- ¡Qué bien!
Mi mirada debía mostrar deseo y la suya parecía echar fuego ante mi reacción hasta que se ruborizó.
Fuimos a pasear y huyendo del calor acabamos dentro de un centro comercial. De esos que menos naves espaciales hay de todo. Vimos ropa para ella siendo las tallas adecuadas en la sección infantil. Aguantando su disgusto cambiamos de planta. En la de electrodomésticos miré algunas cosillas para el ordenador, desechando comprar nada.
* Antes que me aprenda para qué sirve algo en el ordenador, ya han sacado otra cosa que dicen es mejor. Y me da vergüenza preguntar qué y cómo. Creo que voy a rescatar del trastero el Comodore 64 de papá.
Como realmente se trataba de pasar el rato nada compramos. En el último piso había un bar y ahí nos dirigimos.
Nos sentamos ante una ventana con maravillosas vistas a las antenas de televisión de los edificios de enfrente. Tras ojear la carta de precios Tesa se levantó y, tirando de mi brazo, ante la mirada atenta de una camarera que parecía interrumpir la intención de acercarse, salimos fuera del local.
* Salir fuera, entrar dentro, subir arriba, bajar abajo. Así, de cristalino transparente hablamos conversando las personas humanas. Para eso está nuestro lenguaje hablado, y la escritura escrita, para eludir evitando que haya dudosas dudas o confusas confusiones. Cierto, sí.
Ya en el ascensor que nos llevaría al exterior del centro comercial, me soltó la mano, se miró en el espejo aprovechando para poner bien un pliegue de su falda, y ya preguntó mirando mi imagen en el reflejo:
- ¿Has visto qué precios?
- Bueno. Se trata de lo más barato del menú. – Pensaba que, por ser un día, sin convertirlo en costumbre, nada pasaba. - Solamente son dos bebidas normales en un local que se está fresquito.
No lo consintió. Salimos a la calle. Y siguiendo por la misma acera llegamos a un súper Tot i Bó cercano. En la sección de bebidas en un frigorífico cogió dos latas de cola.
Estábamos haciendo turno para pagar en la caja cuando afirmó:
- ¿Ves? Estas dos bebidas salen por la mitad de una en ese sitio. ¡Nunca más!
¿Nuca más qué, si nada compramos? Nada, nada, calladito, que no vaya a liarse.
* ¡Faltaría más! Haciendo gala de mi adiestramiento como Alfa en la pareja.
Además, en caja presentó una tarjeta mostrando que es trabajadora en esa empresa y acumula la compra mensual para que le hagan un descuento al siguiente mes.
Fuimos a beberlas debajo un árbol que por suerte había un banco a la sombra y hacía algo de aire. Protesté:
- El asiento está duro. A la bebida le falta hielo. No hay aire acondicionado.
- Pues te abanicas con una mano y sopla si se calienta. Además, estas latas son de la marca Mega, ya sabes. ¿Verdad qué es mejor?
Mostró las letras dibujadas en la lata. Luego señaló el comercio de donde me sacó a tirones. Solamente se veía retazos de la fachada entre la gente y los árboles.
- Y allí era de esa que no la conoce ni su padre.
Vale. Ese comercio daba preferencia a la marca de la casa tan criticada por todo el mundo y, además, es a granel. Algo así como la marca blanda de ese comercio. Creo que en su tienda la vende en envases de dos litros.
Tesa estuvo un rato aleccionándome sobre lo que había que hacer con los sitios caros. Concluyó:
- Si la gente dejara de ir a esos sitios tan a la moda, ya bajarían los precios. O eso o cerrar.
- Bueno, está la calidad de los artículos y que con los precios ya seleccionan la clientela. Y son lugares cómodos, agradables…
Me estaba oponiendo a lo dicho por ella, ahí está el ejemplo de la calidad de la bebida.
Tesa me miraba apretando la boca, sus ojos echaban chispas.
Mientras que yo, ante quien se estaba transformando en una terrible esfinge, se me pasaron las ganas de discutir. El macho que hay en mí sonrió dando un trago a la lata.
* También se puede decir que escondí la cara por si llovían ostias.
Como quien invoca un conjuro se me ocurrió decir:
- Un beso de tus labios es mucho más sabroso.
La metamorfosis a monstruo se detuvo. Su rostro se tornó de bonito rubor. Bajó la cabeza y disimulando se acercó quedando sentada a mi lado. Me cogió de la mano que tenía libre.
* Debo recordar estas palabras que en un futuro pueden ser útiles como un conjuro mágico. El problema está en su complejidad, no sé cuántas son porque me pierdo en la cuenta, creo que son más de dos. Algo así como: Tus… ¿Morros? ¿Qué? ¡Uf!
Un domingo vino a casa y quedó descalza para notar el frescor de las baldosas del suelo. En el cuarto del ordenador pusimos un ventilador. Y ya pudimos besarnos un rato sin derretirnos demasiado. Luego puse para ver en el ordenador una película que yo había visto una docena de veces y ella ni sabía que existía.
Se justificó:
- Creía que los clásicos son en blanco y negro.
- Bueno. Cuando tienen tanta fama se convierten en clásico, aunque tan solo tengan cinco años. Y al paso del tiempo… pues eso.
Dije varios títulos de los últimos veinte años muy premiados en los festivales de cine y que casi me sabía de memoria. Mientras que a ella le sonaba a mandarín chino, sanscrito indio o Lineal B micénico.
- ¿No tienes algo de Cagney?
- ¿Quién?
- Sí, hombre. Protagonizó Yanki Dandy, Un dos tres, El enemigo público… Era todo un actor con letras grandes.
- Pues… ¿Te va bien que veamos La conquista de Titania?
- ¿Titania? – Me miró extrañada. - ¿Dónde queda eso?
- Es un reino imaginario en un planeta que no existe. Sacado de una novela de fantasía.
- ¡Ah! ¿Y el autor es real o una IA?
Después de ochenta minutos le pregunto si le ha gustado.
- Pues. Yo no entiendo mucho de esto. ¿Vale? Pero solamente he visto explosiones, tiros, peleas y mucho truco de ordenador.
- Así es el cine.
- Así es ahora.
Añadió que sabía de películas clásicas, las de blanco y negro, porque en el colegio había una profesora que era cinéfila y en esa hora libre acudían a ver pelis o escucharla hablar de cuando “el cine era cine de verdad”, según diría el director José Luis Garci.
- Pues yo creo que entonces el cine se parecía más al teatro.
- Y ahora pueden sobrar los actores. Solo hay que dibujarlos.
- Vale, tienes tus gustos.
- Sí, y tú los tuyos.
- Pues ya está. ¿Quieres saber lo que más me gusta?
Asintió y seguro que vio venir mi respuesta porque ya sonreía antes de escucharla.
- Tú.
* Creo que solamente las personas enamoradas son capaces de soportar entre ellas estas cursiladas.
Una tarde, creo. Caminábamos por la calle. Se detuvo y dijo algo sería.
- Tengo dieciocho y tú veinticinco. Nos llevamos siete años. Dime. ¿Te parezco una cría?
La tarde anterior compré un pastel al que puse una vela. Y como regalo una tarjeta que escribí a mano que la amaba. Eso fue todo. Y su júbilo fue indescriptible.
* En ningún diccionario encontré palabra que definiera su alegría correctamente. Lo juro.
- ¡Ah! ¡Qué susto! - Dije poniendo una mano en mi pecho como si calmara mi corazón. - Por un momento creía que te replanteabas lo nuestro porque soy viejo.
Reímos y a continuación hizo que me bajara del bordillo de la acera para darnos unos besos en los labios.
Al separarnos dijo de idear algo así para tener en casa.
- Pues puede ir bien. – Dije intentando mostrarme serio. - Creo que es mejor que contarme las piernas.
- ¡Bruto!
- Sería poco sacrificio para alcanzar tus labios.
Sonrió.
* Recomiendo leer dos párrafos en negrita anteriores.
- Bueno. – Admitió. – Es una idea que saqué de la película Bola de fuego de Hawks, con Cooper y Stanwich de protagonistas.
Ni idea. Ya lo buscaré en internet.
Aunque se supone que no debía ver sus tetas, durante las caricias de aquella tarde en el sofá, me las ingenié para poder ver al menos un pezón. Esto es, al acariciarla levanté un poco los brazos empujando la camiseta y pude verlo durante unos segundos. Marrón claro destacaba sobre la areola también marrón en una teta blanca. Estaba durito y me contuve las ganas de chuparlo. Eso habría delatado que las veía.
“Debe ser más sabroso que la sal. – Pensé. - Más dulce que el azúcar, más embriagador que el cubata de güisqui”.
* El amor nos hace poetas. ¿O son las ganas de follar?
Tesa gemía lo bien que lo pasaba con mis caricias, aunque afirmaba que era por mis besos.
No sé si sería esa tarde que después de acariciar sus tetas durante un buen rato me cogió las manos para que las apretara más y gimiendo con la boca abierta, su cuerpo vibró. Sobre mis piernas noté el calor que salía de su cuerpo.
- ¡Ah! ¡Uhm! – Gimió. - Cariño que bien… besas.
Cuando recuperó la respiración pasé mis manos por su cintura y la atraje más contra mí. Escondió su ruborizado rostro en mi cuello. Quise preguntar si le había gustado y no lo hice pensando que la molestaría. Por lo que solamente murmuré:
- Te amo.
Su reacción, ya fuera a mis caricias o, a mi corta frase fue darme un beso que succionó el aire de mis pulmones y casi se traga mi lengua.
La señora Alicia era menos hueso de lo que parecía. Ignoro cómo vestiría por la calle, pero en las oficinas siempre llevaba una chaqueta a juego con una falda o un pantalón. Tenía varios trajes así o los combinaba sabiamente. Un día me llamó la atención por llevar una camiseta de manga corta en lugar de camisa y eso que era con botones, solapas y sin dibujos.
- Aparentas menos responsable en el trabajo.
- ¿Debo llevar chaqueta y corbata?
- Eres el único sin eso.
Miré alrededor dándome cuenta de lo que había. Por lo que esa tarde fui corriendo a comprarme un traje. Y más adelante me di cuenta que necesitaba dos por lo menos.
Durante la semana me explicaba en qué consistía el trabajo. Y me pasaba notas que leyéndolas en vertical eran las contraseñas al ordenador y distintos programas.
Buenos días:
Cuidado al acercarte a
Xisca. Tiene la manía de coger
1 lápiz para pincharte jugando. Pero
+ con Lucía, que en estos días
parece loca. Conclusión: Las
2 están como cabras.
La contraseña al llegar por la mañana y conectarme al sistema es: CX1+p2. La primera letra de cada línea. Y hay que añadir cuatro letras de mi nombre: Carl. Y mi clave personal que son cinco dígitos. A la nota sobre la base de datos la llamaba el baúl. A la de datos antiguos, el trastero. Y la de los datos migrados, mochilero. Y todo en ese plan.
- Tardaré un año en aprenderlo. – Me quejé.
- Pues mal. Se cambian cada cuatro meses.
Con aire aleccionador cogió el calendario de sobremesa, y, siendo de las pocas veces que sonreía, mostró:
- Aquí tengo una del cuatrimestre pasado.
En el mes de julio tenía marcadas unas letras de los nombres de los santos, algunos números, e intercalado entre algunos días había dos símbolos matemáticos que más parecían tachaduras o una atención sobre algo que hacer fuera del trabajo ordinario.
Lo comprendí porque sabía lo que buscaba. Poniendo en orden de fecha las letras, números y símbolos era la contraseña. Pero me faltaba saber para qué. Y ya me fijé que cogido con una grapa había la foto de un ave que en latín decía de cuál se trataba: falcon peregrinus. (halcón peregrino). Aclarado. Era el archivo migrado de la fusión con el banco BGH.
- Solo una cosa. - Pregunté mientras ya sonreía. - Estas notas que me pasas no son para mí. Sino para tu propio recordatorio. ¿Verdad?
Me quitó el calendario poniéndolo por la página actual.
- Basta de juegos, niño. – Ordenó sin contestar. - Estamos aquí para trabajar.
* La conversación la inició ella.
Continúa en
- Relato #242789— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
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