Xtories

La primera vez

Ava siempre fue conservadora, pero esa noche en la casa rural, entre el frío de octubre y la intimidad de la habitación, su fachada se desmorona. No es solo el primer sexo; es la revelación de una pasión que ambos guardaban en silencio. ¿Qué pasa cuando la chica de buenas costumbres decide tomar el control en la cama?

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LA PRIMERA VEZ

Nos las apañamos para coger unos días libres al poco de estar saliendo. Deseábamos hacer un viaje, cerca de casa, por la montaña, pasar unos días mirando las estrellas, o algo por el estilo. No es que fuera yo muy de montaña, pero ella era tan romántica que me daba pena quitarle la ilusión. Sus ojos brillaron cuando le propuse hacer el viaje, así que ya se encargó de montar el guion de la película.

Tras días de preparaciones, nos fuimos de viaje a la montaña. A perdernos en el frío de octubre mientras caminábamos agarrados de la mano, sonriendo sin mirarnos, yendo con cuidado al pisar, por si uno se torcía el tobillo o le daba por aplastar algún bichejo que se cruzara entre nuestras botas y su camino. Todo iba a pedir de boca, sobre todo cuando, por fin, nos encontramos solos en la habitación.

Era la típica casa rural que se alquilaba durante unos días, pequeñita pero muy acogedora. De madera de la que crujía, casi preparada para una película de terror, de no ser por la gran cantidad de luz que entraba. Las vistas eran preciosas, pero lo mejor era ver la cara de Ava, irradiante de felicidad, abrazándose a mí como si fuera la persona más feliz del mundo.

—Qué bonito es todo esto —dijo con la sonrisa grabada en su cara mirando desde el balcón.

Igual íbamos un poco deprisa, pero nada más lejos de la realidad. Los primeros meses eran los más bonitos, los que se utilizaban para echarnos de menos casi en cuanto nos despedíamos, contando segundos hasta que volviéramos a encontrarnos, anhelando el recuerdo del sabor de sus besos y de su cuerpo, de la finura de su piel, de la calidez de sus labios y del perfume que me embriagaba.

Y nuestra primera noche de hotel rural fue también nuestro primer encuentro sexual. En realidad, no sabía si ella estaba dispuesta a hacerlo porque era bastante conservadora. Por si acaso, llevado por el amor y el positivismo, eché preservativos para el viaje. Por suerte, antes de subir al coche tuvo que abrir la maleta y comprobé, con una mezcla entre sorpresa y excitación, que llevaba un gel de placer, de esos que se usan para jugar o simplemente para lubricar las zonas íntimas. Sabía, pues, que aquellas tres noches iban a ser interesantes, y ya estaba algo más tranquilo por no tratar de hacerla sentir mal, por aquello de lanzarme y que me parara los pies.

El caso es que estaba ya esperándola en la cama mientras le echaba un vistazo al móvil y ella se lavaba los dientes en el lavabo.

—¿Has acabado del móvil? —preguntó desde dentro.

—Sí, ¿por?

Y salió vestida con lencería cara, la más sexy que había visto nunca puesta en una mujer. Estaba preciosa con aquellas braguitas de encaje y el sujetador a juego. Podía no tener curvas, pero me puso cachondo de inmediato, sobre todo cuando caminó por la habitación hasta que se detuvo frente a mí para besarme. Su fragancia me envolvió, haciendo que mis manos actuaran por sí solas.

La levanté al vuelo y la puse en posición de flor de loto, sentada sobre mí, con sus piernas rodeando mi cintura y con nuestros sexos rozándose mientras nos besábamos con ternura. Debió notar que algo crecía en mi interior, porque comenzó a apretarse una y otra vez contra mí de una manera muy sensual y casi imperceptible. Pero en esas distancias tan cortas cualquier movimiento se percibe, así que, tras besar su cuello y lamer su lóbulo, me decidí a quitarle el sujetador con suavidad. Aparecieron sus pechos, escasos, sí, pero con llamativos y redondeados pezones que ansiaban una boca que los abrigara. No dudé en lanzarme y sentir que echaba la cabeza hacia atrás, seducida por el placer y el roce de mis dientes y lengua contra sus pezones. Mis manos recorrían su espalda y vientre con veneración, descubriendo zonas de su cuerpo que nunca antes había visitado.

La levanté de nuevo, pesaba muy poco, y la tumbé sobre la cama. Besé su sexo por encima de las braguitas de encaje que llevaba. Habría apostado mi cuello a que eran de Woman Secret. Lo caras que eran y lo poco que duraban puestas. Gimió cuando mi boca encontró su coño por encima del encaje, también cuando la abandoné buscando su ingle, forzándola a que sus piernas actuaran y me empujaran hacia su sexo de nuevo. Nada de eso, me dije, todavía tenía mucho cuerpo por recorrer, así que le di la vuelta sobre la cama y besé la parte baja de su espalda con mis dedos deslizándose por toda su columna. Se estremeció, me agarró de una mano y se la llevó a sus pechos, para que sintiera cómo sus pezones se erguían. Llevé los dedos hacia sus labios, recorriendo su sinuosidad mientras ella los besaba, y sin dudar se los introdujo en la boca. Un mensaje que mi miembro erecto había captado al instante. No dejaba de relamer mis dedos anular y corazón, dándome permiso para que con la otra mano comenzara a arrancarle unas braguitas tan húmedas como mis dedos anular y corazón.

Se dio la vuelta, acaricié su bajo vientre y ella se retorció y suspiró con sensualidad. Mis manos se movieron rápido y se deslizaron entre sus labios inferiores. Estaba mojada, dispuesta a que la penetraran. Así lo hice, mientras con el pulgar acariciaba su clítoris y con la mano libre sus pechos. Ella se las arregló para agarrar mi polla y masturbarme con las manos, pero no duró mucho, porque mis dedos dejaron de trabajar en su punto G y después abrieron sus piernas de par en par. Estaba completamente depilada, perfecta para que mi boca y mi lengua comenzaran a besar sus alrededores mientras Ava se combaba y respiraba cada vez con más fuerza.

Pasé mi lengua humedecida por su clítoris y comencé a besarlo creando circunferencias, rectángulos y triángulos sobre él. No importaba si eran isósceles o equiláteros, no cuando los gemidos de Ava recomendaban y me animaban a continuar presionando mis labios contra su sexo mientras mi lengua revoloteaba creando formas inimaginables. No sé en qué momento lo hizo, pero noté que algo alcanzaba mi miembro. Eché una mirada de reojo y vi que sus pies comenzaban a masturbarme. Tantas ganas tenía de sentir que era suyo, de saber que aquello era por y para ella, que ni siquiera esperó al orgasmo para ser ella quien me diera placer.

—¿Lo hago bien? —preguntó cuando notó que mi ritmo con la lengua comenzaba a decelerar.

—Lo haces demasiado bien —dije yo—. Voy a correrme si sigues así.

—No, por favor —dijo con una voz fina, sensual y casi teatral que todavía me puso más cachondo.

—Me pones mucho.

Esas palabras hicieron que se mordiera el labio inferior y su cara se tornara en la más pura expresión de placer que había visto nunca. Sus pies dejaron de masturbarme y sus gemidos a acrecentarse. Comprendí que el orgasmo estaba cerca, así que lamí e hice presión en su clítoris con mi lengua hasta que me apartó con la mano y comenzó a encogerse sobre sí misma, dando sugerentes espasmos durante cerca de quince segundos. Qué satisfactoria es la imagen ver a alguien retorciéndose de placer.

Al recuperarse inició la contraofensiva, que se tradujo en aferrar mi pene y llevárselo a la boca sin compasión. Subió y bajó, casi introduciéndoselo por completo, mientras con sus manos acariciaba mi bajo vientre y estimulaba los testículos. Era una imagen que rompía con lo decoroso de su aura hasta entonces. Una chica de primorosas formas y educación estaba chupándome la polla con todo el ansia y placer del mundo. Siempre se ha dicho que la mujer en la calle debía ser una señorita y en la cama una guarra, y Ava parecía llevarlo escrito a fuego, algo que todavía me encendía más.

Pensar en eso me llevó a un descontrol que por poco no me hizo derramarme en su boca, cosa que a su vez me dio tanto morbo que tuve que apartarla con suavidad y tumbarme sobre ella mientras la estimulaba con los dedos. No aguantaba más, debía metérsela y sellar así una pasión y amor que se desbordaba entre las sábanas de aquella habitación de hotel rural. Fuera podía hacer frío, pero dentro el color rojizo tintaba nuestra piel y la respiración entrecortada se agitaba por momentos.

Su gemido, tan suave como placentero al sentir mi polla dentro de ella, nos llevó al éxtasis. Lo hice con suavidad, sintiendo su placer, acariciando sus piernas, besando sus ardientes labios y dejando que su respiración se acompasara a la mía. Deseábamos ser uno solo, pegados nuestros cuerpos sobre unas sábanas húmedas que ejercían de testigos del amor entre dos personas. Amor que se aferraba, que se arremolinaba sobre nuestros cuerpos, deseo irrefrenable de sentirnos el uno al otro, afán por ir más allá de un simple te quiero, palabras ahogadas entre gemidos y susurros placenteros, orgasmos perdidos en la adherencia de dos cuerpos, labios unidos y manos entrelazadas.

—No puedo aguantar más —dije casi pidiendo perdón. Mi mente se había nublado.

—Córrete —gimió.

Me estremecí sobre ella una y otra vez. Un orgasmo incontrolado, ahogado en su cuello mientras mi respiración comenzaba a recobrarse y ella acariciaba mi cuerpo. Me entró frío enseguida, nos tapé con las finas sábanas y la besé con ardiente pasión.

—Te quiero —me dijo.

Y mi sonrisa se ensanchó, mis ojos brillaron y mi corazón rebotó con potencia en la caja torácica.

—Yo también te quiero.