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Unos vecinos influencers 18. La piscina de Teddy

La puerta se cerró y el mundo real quedó atrás. Ahora solo existen las miradas hambrientas de Teddy y la piel desnuda de Clara, mientras Armando aprende, aterrorizado, a disfrutar de su propia humillación.

LuzOscura905.8K vistas8.2· 10 votos

CAPÍTULO 18

La piscina de Teddy

" Sé que me estoy perdiendo, que estoy viendo cómo mi matrimonio se rompe en cámara lenta… y, aunque debería doler más, hay una parte de mí que lo desea. Me excita este caos, esta sensación de romper con todo lo que era seguro. Como si, por fin, sintiera algo real. No es que quiera herir, pero tampoco puedo parar. Es como si esta caída fuera mi forma de encontrarme… aunque me esté destruyendo en el camino."

Todo se congeló al ver la cara de mi hijo, Alex, asomada por la puerta de la casa de Teddy.

¿Qué cojones hacía él aquí?

La pregunta me estalló en el cráneo con la fuerza de una granada. Mi mente, nublada por los celos, la lujuria y la obsesión por complacer a Teddy, no había previsto esto. Ni por asomo. ¿Teddy había invitado a mi hijo a su orgía privada? ¿Era esto parte del juego? ¿Una humillación más? ¿Usar a un niño como espectador?

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal, barriendo de un plumazo toda la excitación sucia y reemplazándola por un instinto paternal primario, ciego y furioso. Esto no me gustaba. Esto no podía pasar.

—¿Alex? —logré decir, y mi voz no sonó a la del marido cornudo y sumiso, sino a la de un padre alarmado—. ¿Qué haces aquí?

La sonrisa de Alex se desvaneció un poco al notar mi tono. —Teddy me dijo que viniera. Que había piscina y hamburguesas —explicó, como si fuera lo más normal del mundo.

Hamburguesas. La palabra sonó obscena en ese contexto. Teddy usaba a mi hijo como carnada, como el señuelo inocente para camuflar la verdadera naturaleza de la reunión.

—No —dije, con una firmeza que no había sentido en semanas—. No, Alex. Teddy se ha equivocado. Tú no puedes estar aquí hoy.

Clara, a mi lado, pareció salir de su estupor. El horror de que nuestro hijo la viera así, casi desnuda, delante de esa casa, debió de golpearla también.

—Papá tiene razón, cariño —dijo, su voz un poco temblorosa mientras se ponía detrás de mí para esconderse, un gesto inútil pero revelador—. Hoy no es un buen día. Vete a casa, por favor.

Alex frunció el ceño, confundido y herido. —¡Pero si Teddy dijo…!

—¡Yo no me fío de lo que diga Teddy! —corté, con más brusquedad de la que pretendía. La rabia, el miedo, la traición, todo salía a borbotones—. Esta casa no es sitio para un niño hoy. ¿Me entiendes? Vete a casa. Ahora.

Le estaba hablando como si fuera un recluta, no como a mi hijo. Pero no podía evitarlo. La situación me superaba. Verlo allí, en el umbral de ese lugar, era como ver a un corderito entrando en el matadero. Y por primera vez en mucho tiempo, algo se rebeló dentro de mí con la fuerza de un toro.

Alex me miró, y sus ojos se llenaron de una mezcla de decepción y enfado. —¡Qué rollo! —protestó—. Siempre me prohibís los planes chulos. ¡Sois unos pesados!

Giró sobre sus talones, con el gesto cabreado de un adolescente, y echó a andar calle abajo, hacia nuestra casa, refunfuñando para sus adentros.

Clara y yo nos quedamos en silencio, mirando cómo se alejaba. El alivio de verlo marchar fue inmenso, pero también amargo. ¿En qué nos habíamos convertido que nuestro propio hijo era un estorbo para nuestros juegos perversos?

La puerta de la casa de Teddy seguía abierta. Desde la penumbra del interior, una voz profunda y cargada de diversión maliciosa rompió el silencio.

—Vaya, vaya… ¿Problemas familiares? —era Teddy—. Entrad, entrad. La fiesta está a punto de empezar. Y Alex… ya se unirá más tarde, si se porta bien.

Su voz era un recordatorio. La batalla por alejar a Alex solo había sido una escaramuza. La guerra, la de verdad, estaba a punto de comenzar dentro de esa casa. Y nosotros, vestidos para la ocasión, íbamos a entrar en ella.

La puerta de la casa de Teddy se cerró a nuestras espaldas con un clic siniestro, dejando fuera el mundo real, el sol, y la imagen de nuestro hijo alejándose cabreado.

Clara dio un paso adelante, con esa seguridad que le daba saber que estaba espectacular, pero Teddy alzó una mano, plantando la palma abierta frente a ella sin llegar a tocarla.

—Eyyy, tú —dijo, con una sonrisa de lobo que no llegaba a sus ojos—. Tranquila, bombón. No se puede entrar así por las buenas. Hay normas.

Clara se detuvo, sorprendida, pero una sonrisa coqueta y nerviosa se dibujó en sus labios. Le estaba siguiendo el juego. ¿Hasta dónde?

Teddy la escrutó de arriba abajo sin el más mínimo disimulo, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo como si fuera un trofeo que iba a ser suyo. El silencio se hizo tenso, pesado. Yo me quedé paralizado, un par de pasos detrás, con el pulso acelerado. «No será capaz», pensé, una oración desesperada. «No le quitará el sujetador a mi mujer delante de mí.»

Clara también parecía contener la respiración. Su sonrisa se congeló un poco. «No serás capaz», debió de pensar ella también, desafiándole con la mirada.

—Estás estupenda, Clara —dijo Teddy, y su voz era una caricia áspera—. De verdad. Pero ya sabes que mi norma para entrar en casa es… sin sujetador.

La declaración cayó en la habitación como una bomba. Clara parpadeó, sin saber cómo reaccionar. Miró hacia mí, buscando… ¿ayuda? ¿Protección? Yo no me moví. Era una estatua de puro pánico e indecisión.

Teddy no esperó. Avanzó un paso, acortando la distancia hasta quedar a solo centímetros de ella. No la tocó. En vez de eso, alzó un dedo índice y, con una lentitud deliberada y humillante, lo deslizó por el canalillo de sus tetas, metiéndolo en el pequeño hilo de piel que quedaba entre los dos minúsculos triángulos de tela rosa.

Clara contuvo el aliento. Sus ojos se abrieron como platos.

—Pero bueno —murmuró Teddy, con falsa condescendencia—, viendo que poca diferencia hay entre llevarlo y no llevarlo…

Y entonces, tiró del dedo hacia abajo, con un movimiento rápido y brusco, y soltó.

La tela elástica del bikini, tensionada al máximo, saltó contra su piel con un sonido sordo. Las tetas de Clara botaron de forma obscena con el impacto, un movimiento que puso de relieve su peso y su firmeza de la manera más vulgar posible.

Clara emitió un pequeño grito de sorpresa, llevándose instintivamente las manos al pecho, no para cubrirse, sino más bien para contener la vibración.

Teddy se rió, una risa baja y satisfecha.

—…Así que por hoy está bien —concluyó, como si le hubiera hecho un gran favor—. Pasa, princesa.

Clara, con las mejillas arreboladas y una expresión entre shock y excitación, dudó un instante antes de pasar por delante de él. Teddy no le quitó la vista de encima. Se giró para seguirla con la mirada, y cuando ella avanzó hacia el salón, le dedicó una vista panorámica a su culazo, que el tanga hacía parecer aún más perfecto, si cabía.

—¡WAUUU! —pegó un grito exagerado, haciendo que Clara se volviera, aún más ruborizada, pero con una sonrisa tonta de orgullo en los labios—. ¡Ese sí que es un recibimiento!

Cuando Clara se adentró en la casa, Teddy se acercó a mí. Se puso a mi lado, demasiado cerca, y me pasó un brazo por los hombros como si fuéramos viejos camaradas. Su aliento, caliente, me llegó al oído.

—Joder, banquero —susurró, con una voz cargada de lujuria y complicidad—. Se le marcan hasta las venas de las tetas. Buen trabajo. De verdad.

La crudeza de sus palabras, la imagen que evocaban, me dejaron sin aire. Me estaba dando las gracias. Por traerle a mi mujer así. Por prepararla. Por ser su chulo.

—Ahora —añadió, dándome una palmada en la espalda antes de soltarme—, vamos a ver si tus… habilidades… como anfitrión están a la altura de las de tu mujer. Los chicos no tardan.

Se giró y se fue tras Clara, dejándome solo en el recibidor.

La escena que se abrió ante nosotros era un aquelarre de color, carne y una energía que vibraba con una intensidad casi palpable.

Lo primero que captó mi mirada fue Félix. Estaba de pie, con un slip azul marino tan ajustado que marcaba un paquete considerable y definido sin el más mínimo rubor. No era exhibicionismo, era simple confianza. A su lado, Mar era su contrapunto perfecto. Llevaba un bikini rojo minúsculo, dos triángulos de tela que parecían pintados sobre su piel. La parte de abajo, un tanga que hacía sacar lo mejor de su culo, redondo y alto, como dos melones perfectos. No se tocaban, pero la forma en que se miraban y reían, con las cabezas juntas, hablando en voz baja, delataba una intimidad especial.

Un poco más apartada, en un sillón bajo, Lidia observaba todo con sus ojos de pantera. Llevaba un bikini tanga negro de una simplicidad obscena. No tenía adornos, ni volantes. Era pura funcionalidad y elegancia depredadora. Estaba bebiendo un cubata oscuro, y el hielo tintineó en su vaso cuando nos vio entrar. Su sonrisa fue lenta, calculadora, como si ya estuviera anticipando el drama.

Carlota y Andrés formaban una mancha amarilla chillona. Carlota no llevaba un simple bikini amarillo; era un tanga amarillo con unos hilos en las caderas que servían para que no se cayera su tanga y estéticamente quedaba muy bien. Era atrevido, casi punk, y contrastaba con su sonrisa dulce. Andrés, a juego con ella como un fiel escudero, lucía un bañador amarillo igual de estridente que parecía desafiar al sol. Estaban cerca de la barra, pero no juntos; Andrés hablaba animadamente con Xavi, que, como siempre, optaba por la discreción: un bañador negro sencillo que destacaba su físico atlético sin esfuerzo.

Carlota, en cambio, estaba enfrascada en una conversación con Lucy. Y ver a Lucy fue como un puñetazo en el estómago. Llevaba un bikini granate de un tono profundo y aterciopelado que le quedaba espectacular. Realzaba sus curvas sutiles de una manera que era a la vez delicada y profundamente sensual. Hablaba con Carlota, gesticulando con timidez, pero sus ojos… sus ojos tenían una tristeza residual, un brillo apagado que yo creía reconocer después de lo que había visto anoche. ¿Se acordaba? ¿Lo lamentaba?

Nuestra entrada actuó como un interruptor. Las conversaciones se cortaron. Todas las miradas se volvieron hacia nosotros, o más concretamente, hacia Clara. El bikini rosa hizo su efecto. Hubo un silencio de admiración genuina, mezclada con codicia.

—¡Eh! ¡Por fin! —gritó Félix, rompiendo el hielo con su vozarrón.

Y entonces, se abalanzaron todos a la vez. Una oleada de besos. Félix le dio dos besos a Clara, y sus ojos se bajaron descaradamente a su escote. Mar la abrazó, riendo, pero su mirada evaluó el bikini con la competitividad profesional de quien sabe que acaba de ser destronada. Lidia, desde su sillón, alzó su vaso en un saludo burlón, sin levantarse. Andrés y Xavi me dieron palmadas en la espalda, sus sonrisas eran fáciles, de fiesta, ajenas por completo a la tensión subyacente. Carlota besó a Clara con efusividad, pero sus ojos brillaban con la curiosidad de quien ve llegar a la protagonista de un escándalo.

Y luego, Lucy. Se acercó la última. Me dio dos besos rápidos, evadiendo mi mirada. Sus mejillas estaban sonrojadas. Cuando besó a Clara, fue un roce fugaz, y un "hola" casi inaudible. El contraste entre las dos era brutal: Clara, radiante y segura en su exhibición; Lucy, frágil y avergonzada en su elegancia granate.

—Vaya pedazo de bikini, Clara —dijo Mar, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Armando tiene muy buen ojo.

Clara rió, halagada, girando sobre sí misma para mostrar el efecto completo. Todos rieron con ella. Todos menos Lucy, que se mordió el labio y miró al suelo. Y menos yo, que forcejeaba por sonreír mientras sentía que estaba viviendo en una película de terror interpretada por los amigos de Teddy.

La fiesta bullía alrededor de la piscina, un crescendo de risas, música y el chapoteo del agua. Yo me había convertido en un fantasma, en un mueble más, bebiendo una cerveza que no quería junto a la barra, mientras mi mirada no podía evitar seguir a Clara, que reía y coqueteaba con todos bajo la atenta y aprobatoria mirada de Teddy.

Fue él quien, con una seña, reunió a su círculo íntimo. Félix, con su slip azul marino que ahora parecía aún más ajustado, y Xavi, el de siempre, discreto pero con una mirada que lo absorbía todo, se acercaron. Teddy me agarró del hombro y me incluyó en el círculo como si fuera uno de ellos, un gesto que sentí tan falso como peligroso.

—Oye, banquero —comenzó Teddy, voceando para que se le oyera por encima de la música y con la botella de cerveza señalando a Clara, que en ese momento se reía con Mar—. Joder, qué buena está tu mujer. En serio.

Félix soltó una risotada, siguiendo la mirada de Teddy con unos ojos que parecían querer desnudarla allí mismo.

—¡Hostia, sí! —apostilló Félix, dándome una palmada en la espalda que me hizo tambalear—. Menudas tetas, tío. Parecen de silicona, pero esas no las hace ningún cirujano, eh. Se las debe de haber comido a alguien.

La vulgaridad de la frase me hizo estremecer, pero me forcé a reír con ellos, una risa corta y falsa que se ahogó en mi garganta.

—¿Verdad? —dijo Teddy, disfrutando de mi incomodidad—. Mira cómo me la pone. Dura como una piedra. —Se ajustó el bañador sin ningún pudor, y Félix y Xavi rieron con ganas—. Oye, Armando, préstamela cinco minutos, que la llevo al cuarto de los trastos y le doy un repaso que no se olvida.

Xavi, el más callado, sonrió con sorna y añadió, mirándome fijamente:

—¿Cinco minutos? Con ese culazo, Teddy, te vas a quedar corto. Yo le dedicaría una hora, mínimo. Empezando por ahí y terminando… pues donde ella quiera, la verdad.

La conversación era tan cruda, tan deliberadamente humillante para mí, que me mareaba. Me trataban como a su alcahuete personal, como al dueño de un caballo de carreras del que todos querían montar.

—Joder, sí —rió Félix—. Fíjate cómo se le marca el tanga, tío. Se le clava en el coño. Me encantaría ser yo el que se lo estuviera clavando, la puta madre.

Teddy me miró, con los ojos brillantes por el alcohol y la malicia.

—¿A que sí, banquero? ¿A qué te pone cachondo oírnos? —me provocó—. A que te gusta que digamos todas las guarradas que te da vergüenza pensar. Tú tranquilo, que luego te la devolvemos… más blandita, pero entera. O casi.

Félix se rió a carcajadas, y hasta Xavi soltó una risa seca. Yo seguí ahí, con la sonrisa congelada, bebiendo mi cerveza, sintiendo cómo cada una de sus palabras me escocía y, para mi horror, excitaba. Era como si al compartir su lujuria, al oír sus fantasías, la traición se volviera de repente más soportable, más compartida.

—Bueno, pues ya sabes —concluyó Teddy, dándome un último golpe en el hombro antes de irse—. Cuando te canses de ella, la pones en circulación. Que hay cola, eh.

Se alejaron riendo, dejándome solo con el sabor amargo de la cerveza y el aún más amargo de mi propia sumisión. Me habían utilizado como el espejo en el que proyectar sus fantasías, y yo, en vez de partirles la cara, les había sonreído. Había sido el "buen chico" una vez más.

Me quedé clavado en mi sitio, la cerveza sudorosa e ignorada en mi mano, la risa de Teddy y los demás aún resonando en mis oídos como un eco venenoso. Mi mirada, imantada, buscó a Clara en la multitud.

La encontré al lado de la piscina, en un grupo con Mar y Andrés. Reían, pero algo no cuadraba. La imagen, desde la distancia, empezó a distorsionarse, a tomar un cariz que encendió todas mis alarmas y, al mismo tiempo, alimentó el monstruo de los celos que Teddy había desatado.

¿Era mi parecer o Andrés estaba demasiado pegado a ella?

No se limitaba a estar a su lado. Su postura era… posesiva. Intima. Su brazo derecho rodeaba la cintura de Mar, sí, pero su mano… ¿dónde estaba su mano? Desde mi ángulo, contra la luz, parecía perderse en la curva inferior de la espalda de Mar. ¿Estaba en su culo? No podía asegurarlo, pero la forma en que los dedos se curvaban y la postura relajada de Mar, que se apoyaba contra él, sugería una familiaridad carnal que iba más allá de la amistad.

Pero era su brazo izquierdo el que me helaba la sangre. También rodeaba una cintura. La de Clara.

No era un gesto casual. Su mano reposaba en la cadera de mi mujer, en la piel desnuda justo por encima del comienzo del tanga rosa. Clara no se apartaba. Al contrario, se reía de algo que Andrés decía, inclinándose ligeramente hacia él, y en ese movimiento, su propio costado presionaba contra el brazo de Andrés, como aceptando el contacto, como buscándolo.

¿Se lo estaba permitiendo? ¿Le gustaba?

Mi vista, intoxicada por la conversación soez de hace unos minutos, empezó a jugarme malas pasadas. Ya no veía a amigos charlando. Veía un trío en potencia.

Imaginé que la mano de Andrés en Mar no se detenía en el hueso de la cadera, sino que se deslizaba bajo el minúsculo tanga rojo, apretando una de sus nalgas con familiaridad. Imaginé que los dedos que acariciaban a Clara bajaban unos centímetros, metiéndose bajo el elástico de su bikini rosa, tocando la piel prohibida que solo yo debería conocer.

Veía sus labios moverse, riendo, y mi mente los transformaba en susurros sucios, propuestas indecentes. «¿Qué os parece si nos escabullimos?» «A mí me vuelve loco cómo os veis juntas.» Clara reía, y yo imaginaba que era una risa cómplice, de aceptación.

Andrés dijo algo, y ambas mujeres rieron a la vez. Mar le dio un golpe juguetón en el pecho, y Clara… Clara posó su mano en el antebrazo de Andrés, el que tenía alrededor de su cintura, como para equilibrarse de la risa, pero el gesto me pareció de una intimidad brutal.

Era una imagen perfecta, obscena. Andrés, el macho alfa del grupo, con una mujer en cada brazo. Dos de las mejores piezas de la fiesta. Y ambas parecían encantadas de ser su trofeo.

¿Era real? ¿O era la paranoia y los celos comiéndome vivo?

No podía oír lo que decían. Solo veía los cuerpos, los gestos, las sonrisas. Y cada uno de ellos, filtrado por el veneno que Teddy me había inyectado, se convertía en una prueba de una traición que quizá ni siquiera estaba ocurriendo.

De repente, una explosión de gritos y risas brutales cortó el aire. Teddy, Félix y Andrés irrumpieron en la zona de la piscina. Teddy llevaba una botella de tequila rosa brillante, Félix una bandeja con chupitos humeantes de no sé qué mezcla explosiva, y Andrés… Andrés blandía un puñado de bengalas que ya estaban encendidas, escupiendo chispas multicolores con un crepitar peligroso.

—¡¡ES LA HORA DE LOS CHUPITOOOOOS, PUTAAAAS!! —rugió Teddy, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa desencajada.

El caos se apoderó del lugar. Las chicas gritaron, una mezcla de alarma y excitación. Lucy retrocedió instintivamente, buscando refugio. Lidia, en cambio, sonrió con avidez, como si aquello fuera exactamente lo que había estado esperando. Clara y Mar se miraron con una risa nerviosa, y Carlota se abrazó a Andrés, riendo.

El espectáculo había comenzado.

Teddy se abalanzó sobre Lidia primero. —¡Tú siempre tan sedienta, zorra! —le gritó, y sin mediar palabra, le agarró con rudeza—. ¡Manos a la espalda! ¡Abre el pico! Lidia, con una sonrisa de complicidad perversa, obedeció al instante. Teddy inclinó la botella de tequila rosa y le tiró un chorro directo y violento a la garganta. Lidia tragó a duras penas, atragantándose, y el líquido rosado se le escapó por las comisuras de los labios, corriéndole por el cuello y el escote como un reguero de pecado. Ella tosió, riendo, y se limpió con el dorso de la mano, lamiéndosela después.

—¡Mi turno! —gritó Félix, y fue directo hacia Carlota. —Para ti, bombón, algo especial —dijo, con una sonrisa de dientes manchados de alcohol. En vez de apuntar a su boca, le tiró el contenido de un chupito directamente en las tetas. El líquido frío y dulzón hizo que Carlota gritara y se encogiera. Félix, rápido como un rayo, se abalanzó y se puso a lamer el alcohol de sus pechos con lengüetazos largos y ruidosos, delante de todos, mientras Andrés le sujetaba los brazos, riendo como un loco. Carlota se reía, se intentaba escapar, pero su novio no la dejaba y Félix aprovechaba para lamer esas tetazas. Me pareció escuchar que decía que había mucha diferencia con su novia.

Luego, Andrés le arrebató un chupito a Félix. Miró a Mar con una sonrisa pícara. —Tú y yo tenemos sed, ¿no, preciosa? —Mar asintió, juguetona. Andrés se metió el chupito entero en la boca, lo agitó exageradamente y luego, acercándose a Mar, escupió el líquido directamente en su boca abierta. Mar lo tragó sin pestañear, con los ojos brillantes, y después gritó entre risas: —¡¡Qué asco, Andrés!! —pero se abalanzó a besarlo con un fervor que dejaba claro que el asco era la menor de sus preocupaciones.

Teddy, viendo que la locura escalaba, cogió uno de los chupitos humeantes. Buscó con la mirada y la clavó en Lucy. —¡Tú, tímida! ¡Te toca! —Lucy puso una expresión de pánico, intentando negar con la cabeza, pero Teddy era implacable. Le tiró el chupito directamente a la cara. El líquido, quizás con hielo seco o algo picante, le golpeó en los ojos y la nariz. Lucy gritó, tapándose la cara—. ¡Ay, me escuece! —protestó, con lágrimas en los ojos.

—¡Yo te ayudo! —gritó Clara, riendo, y se acercó a Lucy. Cogió la cara de Lucy y empezó a lamerle el líquido de las mejillas y los párpados, en un acto que pretendía ser de ayuda pero que resultó terriblemente lésbico y excitante para los presentes, que vitorearon la escena.

Y entonces, todos se volvieron. Todas las miradas, cargadas de alcohol, lujuria y expectación, se posaron en Clara. La habían dejado para el final. El plato fuerte.

Teddy avanzó hacia ella. La botella de tequila rosa estaba ya medio vacía.

—Y para la reina de la fiesta… —anunció, y su voz era ahora un susurro ronco que todos oyeron—… algo especial.

Agarró a Clara no con rudeza, sino con una posesividad que era aún peor. La atrajo hacia sí.

—Tú tranquila, bombón. Relájate y disfruta —le murmuró, pero lo dijo para que todos lo oyeran.

Con una mano, le sujetó la nuca. Con la otra, cogió la botella.

—Abre esa boquita que tengo muchas ganas de metértela —ordenó, y Clara, con los ojos brillantes, entre avergonzada y excitada, obedeció.

Pero Teddy no se la dio a beber. En vez de eso, inclinó la botella y empezó a verter el tequila rosa lentamente sobre su lengua, sobre sus labios, dejando que se derramara y cayera a chorros por su barbilla, por su cuello, y se embebiera en el minúsculo triángulo de tela rosa que le cubría las tetas. El líquido rosado tiñó la tela clara, pegándosela a la piel y volviéndola transparente, dejando sus pezones duros y oscuros marcados con una obscenidad brutal.

—¡Mira, mira cómo se le pone! —gritó Félix, señalando con el dedo.

Clara cerró los ojos, dejando escapar un gemido que no supo si era de protesta o de placer. Teddy no dejaba de verter, empapándola, hasta que el tequila le corrió por el estómago y se acumuló en el ombligo, formando un pequeño charco rosado.

Entonces, Teddy soltó la botella, que rodó por el suelo, y se abalanzó sobre ella. No para besarla. Para lamerla. Empezó por su cuello, bajó por su escote, bebiendo el tequila directamente de su piel, de entre sus tetas, hundiendo la lengua en su ombligo ante los vítores y los gritos de aprobación de todos.

Era el acto más posesivo, más vulgar, más humillante que podía imaginarse. Y Clara, empapada en tequila y en la saliva de Teddy, lo permitía. Incluso, arqueaba la espalda levemente.

Yo me quedé mirando, al fondo, con la cerveza caliente en la mano, sintiendo que cada lengüetazo de Teddy me lo daba a mí. Era el cornudo oficial. Y el espectáculo, para mi desgracia, no hacía más que empezar.

Desde mi rincón, pegado a la barra como un espectro, observaba la escena con una mezcla de emociones tan violenta y contradictoria que me mareaba. Por un lado, un asco visceral me revolvía las entrañas. Ver a Teddy, ese animal sudoroso, lamiendo a mi mujer como si fuera un helado derretido, debería haberme hecho empuñar la botella de cerveza y reventársela en la cabeza. Debería haber sentido una rabia pura, una ira que me hubiera cegado.

Pero no.

No podía.

Porque, para mi eterna vergüenza y confusión, me estaba excitando.

Cada lengüetazo de Teddy sobre la piel brillante y empapada de Clara era como una descarga eléctrica que me recorría el estómago y bajaba directamente hacia mi entrepierna. La veía allí, con los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, permitiendo esa profanación pública, y algo oscuro y retorcido dentro de mí disfrutaba de ello. Disfrutaba de su sumisión, de su belleza expuesta y manchada, de la obscena posesividad de Teddy. Era como si, al verla tratada como un objeto, su valor, su atractivo, se multiplicaran de una manera perversa.

«Me encantaría que todo esto me diera asco», pensé, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre. «Me encantaría pegarle una hostia a Teddy.» Pero mis puños estaban cerrados a los lados, inmóviles. Mis ojos, en cambio, no se apartaban de ellos. Bebía cada detalle: la forma en que la lengua de Teddy recorría el valle entre sus tetas, cómo sus dedos se hundían en la carne de sus caderas para tenerla sujeta, cómo el tequila rosado goteaba por su vientre.

Era una tortura. Era un éxtasis.

Después de lo que pareció una eternidad de lametones y de manoseo disfrazado de limpieza —todos sabíamos que no era solo lengua, que había habido pellizcos en los pezones, restregones de sus nudillos contra su entrepierna, apretones de nalgas—, Teddy se separó por fin.

Jadeaba, con la boca brillante y una sonrisa de satisfacción animal. Clara abrió los ojos. Tenía la mirada vidriosa, perdida, y las mejillas encendidas. Se tambaleó un poco, y Teddy la sostuvo.

Todos estábamos en silencio, esperando su reacción. ¿Iba a avergonzarse? ¿A enfadarse?

Ella se pasó la lengua por los labios, todavía empapados de tequila, y miró a Teddy con una sonrisa torcida, cómplice, de pura lujuria.

—Vaya, Teddy… —dijo, y su voz era un hilillo ronco y cargado—. Me has lamido… pero bien.

La frase, aparentemente inocente, estaba cargada de una intención obscena que. «Pero bien». Todos lo entendimos. No se refería a que hubiera limpiado el tequila. Se refería a la habilidad de su lengua. A la intensidad de sus lametones. Al morbo de todo ello.

Teddy soltó una carcajada triunfal, soberbia, y le dio una palmada en el culo.

—Sólo es el aperitivo, bombón. Lo mejor está por llegar.

Clara se rió, una risa libre y desinhibida que me sonó a traición, y se dejó llevar por él hacia donde estaban los demás, que vitorearon y le ofrecieron más bebida.

Yo me quedé allí, solo, con una erección dolorosa y un odio feroz hacia mí mismo por disfrutar de mi propia humillación. Teddy no solo se estaba follando a mi mujer delante de mí. Me estaba follando a mí también. Y yo, le estaba pidiendo más.

La orgía de tequila y lametones derivó, como no podía ser de otra manera, en un salto colectivo y caótico a la piscina. Gritos, salpicaduras, cuerpos que se entrelazaban bajo el agua clorada. Yo me quedé al margen, un espectador maldito de mi propia vida, hasta que mi mirada se cruzó con la de Lucy.

Ella estaba apartada, recogiendo vasos vacíos con una expresión ausente, como si quisiera fundirse con los muebles. El bikini granate, que antes le había sentado tan bien, ahora parecía una armadura triste.

Sin pensarlo, me acerqué. Cada paso era una batalla contra la vergüenza.

—Lucy —dije, y mi voz sonó ronca.

Ella se sobresaltó levemente, como si no me hubiera visto llegar. Sus ojos, esos ojos tristes que me perseguían, me miraron y luego esquivaron rápidamente.

—Hola, Armando —murmuró, fingiendo concentración en un vaso que tenía en la mano.

—¿Podemos hablar? En privado —insistí, sintiendo la urgencia de explicarme, de limpiar, aunque fuera un poco la porquería que había entre nosotros.

Ella dudó. Se mordió el labio, mirando hacia la piscina, hacia donde Teddy chapoteaba con Clara a cuestas. Finalmente, asintió con un gesto casi imperceptible.

—Vale.

La seguí hasta la cocina. El contraste con el bullicio del exterior era absoluto. Solo el zumbido de la nevera y nuestro silencio incómodo. Lucy se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre su pecho, protegiéndose.

—¿Qué quieres? —preguntó, y su tono no era hostil, pero sí cansado, distante.

Respiré hondo. No había vuelta atrás.

—Quiero hablar de lo que viste el otro día. En mi casa. Cuando… me pillaste con Lidia.

El nombre de la otra mujer sonó como un latigazo en el espacio cerrado. Lucy frunció el ceño, mirando al suelo.

—Armando, a mí no me tienes que dar explicaciones —dijo, con una firmeza que me sorprendió—. Sois mayores. Haced lo que queráis.

—¡Pero no es lo que parece! —exploté, la voz quebrada por la desesperación—. Ella se tiró a mí. Yo no… no supe decir que no. No fui lo suficientemente fuerte para apartarla. Me dejé llevar. —Hice una pausa, tragando en seco. La siguiente admisión me costó aún más—. Me excitó, Lucy. Para que te voy a mentir. Pero me arrepiento. Me arrepiento muchísimo.

Callé, jadeando, esperando su rechazo, su desprecio.

Pero Lucy no dijo nada. Me miró fijamente, como si estuviera buscando algo en mis ojos. La tensión se podía cortar.

—¿Y Clara? —preguntó al fin, su voz era un hilo—. ¿Se lo contaste?

—Claro que se lo conté —dije, con vehemencia—. ¿Cómo iba a poder vivir con eso? Se lo dije esa misma noche.

Por primera vez, una reacción genuina cruzó el rostro de Lucy. Sus ojos se abrieron ligeramente, una ceja se arqueó en una expresión de… ¿sorpresa? ¿Aprobación?

—¿Se lo contaste? —repitió, como si no pudiera creérselo.

—Sí.

Una sonrisa lenta, extraña, casi de complicidad, se dibujó en sus labios. No era la sonrisa burlona de Lidia ni la triunfante de Teddy. Era otra cosa. Algo que no entendí.

—Bueno… —dijo, y su tono era ahora más suave, menos tenso—. Eso está bien, ¿no? La honestidad. Me alegra… me alegra ver que fuiste honesto con ella.

El cambio fue sutil pero radical. Sus brazos se descruzaron. Su postura se relajó. Empezó a hablar un poco más, preguntándome por cosas triviales, como si necesitara llenar el silencio, pero ya sin la urgencia de huir. Yo seguí el juego, confundido pero aliviado por el cambio de atmósfera. Hablamos un poco más, de nada importante, pero el peso entre nosotros parecía haberse aliviado.

—Bueno, deberíamos volver —dijo ella al final, con una sonrisa casi amable—. Se estarán preguntando dónde estamos.

Asentí. Ella salió primero de la cocina. Yo la seguí, con un nudo de confusión en el estómago pero con un extraño destello de alegría.

Pero al salir al salón principal, nos encontramos con el silencio.

El silencio absoluto.

La música había parado. Los gritos, las risas, los chapoteos… habían desaparecido.

La piscina estaba vacía. El agua inmóvil, reflejando las luces del atardecer como un espejo roto.

No había nadie.

Nadie.

Las tumbonas vacías. Los vasos abandonados en el borde de la piscina y en las mesas. La botella de tequila rosa, vacía, tirada en el césped artificial.

Teddy, Clara, Félix, Mar, Lidia, Carlota, Andrés, Xavi… todos habían desaparecido.

Lucy y yo nos miramos, la confusión y el alivio de hace un segundo remplazados por un escalofrío de puro desconcierto.

—¿Dónde…? —empezó a decir Lucy, su voz un susurro incrédulo.

Pero no hubo respuesta. Solo el zumbido de la nevera en la cocina a nuestras espaldas y el silencio aplastante de una casa vacía que, minutos antes, había estado rebosante de vida, alcohol y pecado.

¿Dónde cojones estaban todos?

Continuará...