Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 37)

María siempre ha mantenido su dignidad intacta, pero esta noche, frente a la mirada fría de su amante y la impotencia de su esposo, esa fachada empieza a resquebrajarse. No es solo sexo lo que se juega en esa mesa, sino quién controla la vergüenza. Y cuando el silencio se vuelve opresivo, la humillación se vuelve tangible.

Tanatos127.7K vistas9.0· 14 votos

CAPÍTULO 37

Hacía tiempo que era obvio, pero nunca había sido tan explícito. Y es que nunca había sentido de manera tan extrema y clara mi condición. Al fin y al cabo estaba haciendo una entrega. Evidente. Manifiesta. La entrega de un cornudo al amante, que debía colmar a su pareja.

Conducía, camino al encuentro, y miraba de reojo a una Maria que mal disimulaba inquietud y pensaba que nunca me había sentido parte de ese mundo, que lo que había leído alguna vez en internet me sonaba ajeno, y pensaba que quizás siempre había escapado de aquella etiqueta, no para no rebajarme a mí, sino para no rebajarla a ella; pues María era más, mucho más que todo aquello que yo había visto, lejano e inferior.

Era indescriptible el morbo que sentía, y no tanto por la aceptación, sino por la resistencia, pues aun siendo evidente su necesidad, ella exteriorizaba temple, como pretendiendo decir que si no se planteaba todo como ella quería, nada sucedería.

Pocas veces había admirado tanto y escrutado tanto su físico como durante aquella conducción, aplastados por el resplandor espeso del atardecer. Y ella no se daba cuenta, o fingía no hacerlo, y revisaba las redes sociales en su teléfono, mientras mi corazón palpitaba al ver sus piernas largas, sus zapatos de tacón, su falda gris, formal, y aquella camisa: de traje, arreglada, elegante, fina, cara, para ir al trabajo, y que constituía un fetichismo extraño para Víctor, seguramente por reflejar una clase social, acrecentada por la altanería y distancia que probablemente ella marcaba en el despacho, y más precisamente con alguien como él. Era aquel elitismo, de niña pija, de abogada digna, de mujer inalcanzable, estirada y rancia, lo que excitaba a aquel desaliñado cuarentón, que, sin embargo, y según lo dicho, no aparecería, lo cual entrañaba un tremendo contrasentido.

De todas mis incertezas esa fue la que llegó a tomar la delantera, tanto que me vi forzado a romper el silencio cargado y cargante de aquel habitáculo. Ya se lo había preguntado en casa, pero insistí, preguntándole por qué Víctor no estaría si aquella especie de cita había empezado con él como elemento peculiar y hasta motivacional.

—Edu me dijo que Víctor tenía que ir buscar a su hijo al aeropuerto, así que no podía, o no sé qué. Yo creo que se lo inventó —respondía María.

—¿Por?

—Porque sabe que con él no.

Tras aquella respuesta, sorpresivamente, volví a sentir aquel amor, pero a la vez aquella mínima y singular repulsa hacia ella. La miré otra vez, con su tez morena, su melena voluminosa, su camisa perfectamente remangada, su escote casto, sus pechos delineándolo todo… su mirada limpia y joven… y una especie de “a quién quieres engañar”, brotaba de mi mente como una verdadera reprobación, ya que sentía que detrás de aquella dignidad flotaba evidente su deseo más desesperado.

Llegué a fijarme también en una delicada gargantilla de oro y en un pequeño reloj dorado, ambos regalos míos, y hasta en una pulsera que no recordaba, en la misma muñeca que su reloj… y todo se me hizo más concentrado, como si al amor y al rechazo por su falsa dignidad, se uniera súbitamente un cariño, actual y añejo, que me agarraba por el pecho aún con más fuerza que los otros dos sentimientos.

Yo no tenía ni idea de qué saldría de allí. Todo era extrañamente confuso: en el restaurante de Rubén, pero sin Rubén, con la ropa para Víctor, pero sin Víctor. Y no tuve las cosas más claras mientras llegábamos, ni cuando aparcamos, ni cuando llegamos a aquel local. Y lo peor no era que no crecieran mis certezas, sino que sí lo hacían mis inseguridades y mis nervios.

Pregunté a un camarero por una mesa reservada a nombre de Eduardo y no estaba en la lista, y la sombra de un macabro plantón comenzó a asaltarme. Nos acabó guiando a una de las mesas altas, que eran más de cóctel que para cenar, siempre envueltos por aquellas plantas, aquel mimbre, y aquel olor a mar, y yo no me podía creer lo guapa que estaba María y lo sucio y perverso que era estar allí, junto a aquellos taburetes, frente aquella mesa redonda, esperando por la bebida y esperando por el amante.

Era tan asfixiante como humillante y desolador. Si bien aquellos sentimientos derivaron en una repentina bocanada de estresante realidad en el momento en el que vi aparecer a Edu, en vaqueros y con una camisa azulada de lino: moreno, llamativo, casi salvaje con su melena algo desordenada y con su barba un poco descuidada, con un garbo visualmente hipnotizante, pero a la vez sin exteriorizar ansia por llamar la atención, como una arrebatadora guapura involuntaria.

Una vez llegó a nosotros, sorprendentemente ni saludó, y María casi ni le miró, y yo contemplaba, extrañado por su aridez, cómo se creaba un trío que no tenía nada en común más que un juego sórdido que hacía tiempo que se había ido de las manos.

Apenas unas palabras. El calor. El lugar. Pero los silencios eran opresivos y su sequedad agobiante. Y poco más que la llegada del camarero con las cervezas y los pinchos suponían un leve respiro.

Y tuvo que ser María la que intentara que aquello pareciera una conversación, y le preguntó por Madrid, por el trabajo, por aquel tema laboral con Alberto, y yo la sentía incómoda y a él tan insultantemente poderoso que ni se regodeaba en su mando.

María le llegó a preguntar por la pelirroja y él la cortó en seguida:

—Bueno, la pelirroja tiene nombre, y realmente no creo que te importe qué tal nos va, ¿no?

María supo, por el tono y desde la primera palabra, que él respondería de forma arisca, y le escuchaba, recolocándose el pelo, incómoda, incomodísima, acalorada, y yo sufría otra vez, más incluso por ella que por mí.

Edu bebió de su cerveza, los tres algo apoyados en nuestro taburete, medio de pie medio sentados, y entonces él dijo:

—Puestos a preguntar sin parar… es un poco raro que me preguntes estas chorradas y no por qué llevamos un mes sin vernos.

—Ya. Sí. Dime. Bueno. Fuiste tú que... desapareciste —respondió María, buscando entereza y en tono conciliador. Y hablaban entre ellos y yo sentía que no existía.

En ese momento el teléfono de Edu, que yacía sobre la mesa, se iluminaba, y él leía algo en su pantalla y se dispersaba, y María y yo esperábamos a que él tuviera a bien explicarse, hasta que, cambiando de tema, dijo:

—Has venido con sujetador. Te dije por teléfono que me había gustado vuestro juego.

Pude sentir el ardor de María en sus mejillas y me sentí mal por mirarla tan fijamente, presionándola sin querer.

—Bueno, tú estarás perdido —dijo entonces Edu, dirigiéndose por fin a mí y leyendo mi confusión— pero María me contó que… ¿cuando fue?, la noche esa que… se la follaron los universitarios esos… que… antes de ir… tú estabas cenando con ella y le pediste que se quitara el sujetador… y os fuisteis a su fiesta con ella marcando teta en plan zorrón, ¿no? ¿No fue así? —me preguntó buscando mi dolor, queriendo restregarme que ella le contaba intimidades.

—Mira, me voy al baño, me lo quito y ya está. Si te hace feliz —quiso interferir María en un tono chulesco.

Y entonces Edu la miró, como si efectivamente fuera obvio lo que debía hacer, como si fuera incomprensible que no lo hubiera hecho ya… Y aquella orden que desprendían tácitamente sus ojos me molestó a mí y la sulfuró a ella.

—¿Pero para qué? —pregunté yo entonces, sin saber muy bien por qué, quizás en un intento por salvarla, pues sí sentía que ella no quería obedecer a aquello.

—Pues, a ver, Pablo —dijo él, como si quisiera compadrear, pero solo desprendía sadismo —porque tú, aquella noche, cenaste con ella y la pusiste a… marcar teta, y me parece una idea cojonuda, ¿te parece mal? ¿ya no te gusta que marque teta bajo la camisa?

María hizo entonces un gesto exagerado, haciéndose con su bolso, y murmuró un hastiado y extrañamente orgulloso “mira, ya está, chico”, exteriorizando una molestia casi sobreactuada, y se bajaba del taburete, queriendo zanjar aquello por la vía rápida, y después se alejaba, hacia el fondo del local, en busca de los aseos.

Me quedaba a solas con él. Como otras veces. Y siempre con aquel nudo en el estómago. Un minuto. Dos minutos. El más absoluto silencio. Y yo me veía empequeñecido, e incluso encontré más de una mirada de alguna mujer sobre él. Sobre todo, y más descarada, la de alguna mujer algo mayor. Y podía escuchar mi corazón latir y la incertidumbre me estaba matando, pues lo veía tan frío que le veía incluso capaz de que, tras la humillación de María de aparecer sin sujetador, él apenas dijera alguna frase más y se marchara. Sabía que era surrealista hacernos ir, e ir él, para nada, pero había creado un ambiente tan parado, espeso y hasta absurdo, que lo veía posible. Y entonces él, tras otro trago desganado a su cerveza, y como si se le acabara de ocurrir, preguntó:

—¿Que tal se la folló Rubén?

Yo tragué saliva, e intenté aguantar la mirada de aquellos penetrantes ojos azules, y dije:

—¿No te lo ha contado él?

Edu esbozó una mueca descontenta, y volvió a beber, y miró hacia su teléfono otra vez, como si estuviera pendiente de algo. Y yo, que no podía soportar otro silencio eterno, le dije:

—Pues… se… vamos… que duró bastante poco.

—Que se corrió nada más metérsela, dices. Ya. Normal. Oye… ahora que estamos… me apetece… Me voy a confesar… a ti —sonrió—. Si te digo la verdad, me jodió un poco imaginar a Rubén con María. No celos, obviamente. Pero no sé. Como que me dije… voy haciendo muchos favores por ahí. Bueno, para favores los que haces tú, ¿no?

Yo le escuchaba y no sabía si aquel había sido el motivo de su desaparición durante un mes. Por un lado podría encajar, pero por otro pensaba que no tenía demasiado sentido. Y entonces yo emití un tenue “ya… bueno…” que pretendía responder a su burlesca e irónica pregunta, al tiempo que veía a María caminar entre las mesas, acercándose de nuevo a nosotros.

Pude sentirla. Pude sentir que se sentía desnuda y que intentaba que su caminar no señalizase la libertad de sus pechos bajo la camisa. Pude sentir el bochorno, pues allí se marcaba contundencia, volumen y hasta pezón. Y pude sentir su inflamación por su traición a sí misma.

María llegó a su taburete y entonces un automatismo la traicionó y terminó de exponerla, y es que tiró de su camisa, por la zona de su escote, en sacudidas nerviosas, en tres movimientos rápidos y cortos, como ventilando un escote agobiado, manifestando calor, y sus pechos bailaron un poco bajo la delicada camisa rosa, y su rubor se hizo aún más patente cuando descubrió su error, y Edu no quiso parar:

—Desabróchate un botón, que pareces una monja —dijo mandón, pero además en un dominio desganado.

Y aquello cayó belicoso y desafiante, y yo la veía ardiendo, y a punto de explotar. Y ella se apartó un poco el pelo de la cara, y, aún más chulesca que antes, y llevando sus dedos a su escote, a aquel botón demandado, dijo:

—Mira, Edu. Puedes ir parando. Porque no voy a hacer nada más que esto.

Soltó aquel botón y el escote pasó de cohibido a provocador, tanto que cualquiera que lo viera pensaría que aquello tenía que obedecer a un descuido o a un accidente. Y en mi mente rebotaba su última frase que venía a expresar que sí, que quería que la follase, pero que no quería más juegos, que a partir de aquel momento todo debería ir tornando hacia una normalidad, hacia un aflojamiento… pero entonces Edu quiso forzar aún más:

—No, más que eso no. Que a ver si nos van a echar… Pero cuéntame… cómo te folló Rubén.

—No te voy a contar eso, y menos aquí —protestó María, y yo la veía ya a punto de que su orgullo venciera a su lujuria y a sus recuerdos…

… Cuando vi entonces cómo Edu alzaba la mirada, y yo seguí la línea imaginaria de sus ojos, y vi, a unos quince o veinte metros, a Víctor, con un chico joven a su lado.

Continúa en