Xtories

La escala (Capítulo 4)

David sabe cosas que solo Carla y su esposo deberían conocer. Y ahora, con la puerta cerrada y el ruido de la discoteca de fondo, le propone un juego del que no podrá salir sola. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar Carla cuando su propio marido la entrega a otro?

Sylke5.4K vistas9.2· 15 votos

La escala

Capítulo 4

Me encuentro atrapada por el abrazo de ese hombre joven, que pega su considerable bulto en mi culo y su fornido pecho en mi espalda desnuda. El vestido es tan fino, que casi puedo notar su calor... Me siento tan bien, que no soy consciente de lo que hago, hasta que de pronto veo aparecer a Óscar avanzando hacia nosotros y el chico me libera, dejándome con un vacío extraño, pues estaba sintiéndome tan arropada…

- Hola. Ya estoy aquí. ¿Qué hacéis? - pregunta al vernos ahí plantados, aunque creo que no ha visto ese abrazo intenso.

- Íbamos a buscarte, pero ahora que estás aquí, me apetece bailar. - añado dejando a ese chico ahí plantado con la erección que se nota evidente.

- ¿Y Los americanos? - pregunta David mientras yo sigo tirando de la mano de mi hombre.

- Están con otra copa, vete a saludarles - grita Óscar y nos adentramos en la pista entre la gente hasta desaparecer de la vista de ese tipo que ha conseguido volverme loca.

Mi marido me abraza, sosteniendo por la cintura y comenzamos a bailar bajo el compás de una canción melosa. Mis manos se van a su cuello, me pego más a él y le doy un besito intentando olvidarme de todo lo que ha pasado. Ese juego de mi esposo de calentar al personal ha traspasado la frontera de lo normal.

- ¿Qué tal con David? - me pregunta.

- Bien - contesto algo cortada.

- ¿Sólo bien?

Tardo en contestar, pero la sonrisa de Óscar me incita a confesar:

- Es un poco cerdo, la verdad.

- Ya te lo dije. Siempre se las da de conquistador y mujeriego. Ya he notado como se le van los ojos. Supongo que tú le has encendido y sueña con tus curvas.

- ¿Yo le he encendido?

- Cariño, no eres consciente de las pasiones que levantas. A veces eres un poco ingenua. - me comenta.

Parece mentira, que sea él quien me llame ingenua. Supongo que Óscar imagina que David sólo me ha admirado y piropeado galantemente, pero en realidad eso solo ha sido la parte light, lo que no se debe ni sospechar es lo que me ha insinuado, mejor dicho, planteado, porque de insinuación tenía bien poco. Óscar fliparía al saber las cosas tan íntimas que ha relatado de mí ese hombre y con tanto descaro. Debería montar la bronca a mi esposo por haber hablado de mí hasta esos límites, aunque no estoy segura de sí se lo ha contado realmente o el otro es un inventor de historias. Al fin le digo con cierta suavidad:

- En serio, Óscar, ¿Que le has contado a este chico sobre mí? Me tienes alucinada, la verdad.

- Pues lo normal. Que eres preciosa. - dice él con su mirada de no haber roto un plato.

- Venga, la verdad. No me trates como a una tonta.

- ¿Por qué dices eso, cariño?

- No sé, parece conocerme mucho... ¡demasiado bien!

- Bueno, sí que le hablo de ti, casi constantemente. Es inevitable, estar separados y teniendo a una diosa como tú...

Mi hombre es un idiota o no acaba de ver hasta qué punto su joven superior habla de ciertas intimidades, que todavía no sé si se inventa o realmente el bobo de Óscar se las ha relatado como el que habla de su coche. Por fin le suelto eso que me tortura:

- ¿Le contaste que tengo una peca en la ingle, Óscar?

- ¿Te ha dicho eso él?

- Sí. Y es algo que no se puede inventar. ¿No?

- Jajaja… ahora estará cardiaco imaginándola.

Me quedo mirando a mi marido sin creer lo que dice y le digo con enfado.

- ¡Óscar, por Dios!, ¡cómo eres!

- ¡Mujer…!

- ¿Cómo se te ocurrió contarle semejante cosa?

- Bueno, tampoco tiene importancia.

- No la tendrá para ti.

- Mejor aún que sepa que la tiene la tía más buena que nunca podrá tener. Que se lo imagine y que sueñe contigo. Estoy seguro de que hoy se hace una paja en tu honor… o varias. ¡Me encanta la idea!

Suspiro mirando al techo, sin creerme que Óscar me diga eso.

- De verdad que alucino contigo. - le digo.

- Mujer, es nuestro juego, ¿recuerdas?

Lo cierto es que nunca habíamos llegado tan lejos.

- ¿Qué más cosas sabe de mí? – insisto.

- Pues eso, cosas que le he ido contando. Nada de particular...

Mi marido está apurado, lo noto y no sé hasta donde le ha podido contar, ni qué tipo de relación tiene con su comandante para llegar a confesar secretos tan íntimos de pareja. ¡Es inaudito!

No soy capaz de enfadarme con Óscar a pesar de todo, no sé qué me pasa, que entre guardar el secreto de mis pensamientos o porque realmente esto me pone demasiado, soy incapaz de irritarme y creo que hasta me gusta que ese chico sepa tanto de mí. Al fin y al cabo, lo mejor es pensar que se hará una paja en mi honor, llevando su imaginación a todas esas cosas que le han contado y algunas que supondrá él… que evidentemente no va a probar, porque hoy quien me va a comer es mi marido. Lo que tengo que hacer yo es olvidarme de ese crío insolente de una vez y dejar este absurdo juego de Óscar.

Mi marido me mira con esa cara de niño bueno y nos besamos nuevamente, los dos callamos, sabiendo que ese juego suyo a veces se vuelve peligroso y casi es mejor intentar borrar de nuestras mentes cualquier cosa que nos pueda dañar afectivamente. Sí, es verdad que yo participo, no lo puedo negar y me gusta ese morbo, pero...

- ¿Nos vamos ya? - le ruego a mi esposo con la intención de acabar en el hotel con todo este calor que me invade.

- ¿Tan caliente estás? - me dice.

- ¿Acaso tú no?

- Claro, pero la noche es larga.

- Por favor, amor, estoy muy cachonda. - le ruego con mi mohín de suplicante.

- Vale. Me despido de los americanos y nos vamos. - me comenta Óscar.

- ¡Uf!

No me lo creo. Todavía se me escapa unos minutos más, pero opto no acercarme a la mesa con él, porque la presencia de David volvería a ponerme nerviosa, prefiero no volver a tener cerca esos ojos atrapantes y ese cuerpo fornido. ¡Definitivamente no!

- Yo voy al baño. Te espero en la puerta. - le digo dándole otro beso y separándonos por poco tiempo ya.

- ¿No quieres despedirte de David?

- ¡Mejor no, cariño!, ¡Hazlo tú por mí!

- Vale, como quieras… - me contesta algo decepcionado, porque me imagino que quiere seguir luciéndome ante él, aunque lo yo quiero es follar con mi marido de una puta vez. Estoy encendidísima con todo esto y hay que reconocer que el chico a ayudado a mi calentura.

Supongo que estoy huyendo del acoso y también de mí misma, porque no puedo controlar mis propias acciones, de hecho, cuando ese chaval me agarró por la cintura y pegó su bulto en mi culo, me puse como loca y tengo que sacar eso de mi mente. Tengo que pensar en mi marido, y que me va a echar un polvo inolvidable en unos minutos...

Aunque la idea de ir al baño es medio excusa, lo cierto es que tengo ganas de aliviarme de tanto líquido que he ingerido. Mi vejiga pide ser liberada y de paso necesito secar la humedad que tiene mi chochito con tanto “ajetreo”.

Cuando llego a la planta de arriba en donde me imagino que se encuentran los servicios, veo que aquello está lleno de salas privadas, atendidas por camareras que entran y salen con bandejas con champagne, caviar y ostras… La verdad es que no sé lo que hay al otro lado, pero supongo que serán reservados. Una de las camareras me pregunta si estoy esperando para una sala y le digo que sólo quiero ir al servicio y me indica sonriente que están en la planta de abajo.

Mientras me encamino de nuevo a las escaleras para bajar, trato de pensar en lo sucedido durante esta noche y buscar cierta cordura. Supongo que Óscar quiere agasajarme con lo mejor, desde las flores, la exquisita cena, un hotel romántico e incluso traerme a esta discoteca para lucirme, porque sabe que también me gusta ser admirada, ser adulada y que los hombres se sientan atraídos por mí, al menos ese es el juego de siempre entre nosotros y no es que me incomode, más bien al contrario, eso me hace sentirme más atractiva, muy bien conmigo misma. Sin embargo, el hecho de haber venido aquí y conocer a su superior, ese joven tan atractivo, me está haciendo sentir bastante rara. Entiendo que Óscar tenía ganas de presentarme a su compañero, después de hablarle de mí tantas veces y con tanto detalle, pero también me siento sucia por saber que él está al tanto de mis intimidades, eso no me parece ni medio normal... llegando a hablar de mi cuerpo y de cómo me muevo. A veces, pienso que Óscar parece bobo y no controla ese tipo de juegos. Desde luego, con este se ha pasado, sobre todo porque me da la impresión de que no conoce tan bien a quién se lo ha contado.

- ¡Hola preciosa! - dice la voz de David sosteniendo mi cintura desde atrás pillándome desprevenida una vez más. Su abrazo es tan cálido… y la dureza que marca su notable polla en mi culo nuevamente, es algo que me produce un extraño placer, recorriendo toda mi piel.

- ¿Qué haces aquí? - le pregunto volviendo mi cara, aunque la suya está casi pegada a la mía y su olor vuelve a embriagarme.

- Eso debería preguntarte yo. Esto son las salas VIP. No me digas que tienes una.

- No, no… yo, venía buscando los servicios. – digo confusa.

- Ah, pues si es por eso, puedes entrar en una de estas salas.

- Pero ¿no son privadas?

- Claro, pero tengo la llave. – me dice mostrando una tarjeta magnética con una mano y acariciando mi tripita con la otra, jugando con mi ombligo.

- ¿Tienes una llave de una de esas salas VIP?

- Bueno, no la he usado todavía, la tenía reservada para los americanos, por si había que seguir negociando…

Me doy cuenta de que el joven comandante está sugiriendo que entre en el baño privado de una de esas salas.

- No hace falta, David. Me voy a los de la planta de abajo. No te molestes- le digo señalando las escaleras, pero no le retiro su mano que sigue dibujando mi ombligo y acercándose de vez en cuando peligrosamente con su pulgar a mis tetas.

- Pero mujer, yo tengo acceso vip a un baño privado, totalmente limpio. No compares.

- Pero...

- Ven conmigo. No te voy a comer. Te lo prometo- dice sonriente.

David me extiende la mano y agarrando la mía tira de mí hasta llevarme tres puertas más allá, abriendo con esa tarjeta el reservado número “8”.

- Ven, pasa. - dice abriéndome la puerta

Debería haberme dado la vuelta y sin embargo me meto con él en una sala iluminada débilmente, con varios sofás, sillones desde donde se ve en un gran ventanal toda la pista de abajo. Ahora entiendo que desde la planta inferior parecieran espejos, pues desde abajo no se ve nada, sin embargo, desde aquí se ve prácticamente toda la discoteca y la gente bailando como loca. David me sonríe viendo mi sorpresa.

Me quedo paralizada al sentirme vulnerable en ese lugar, en donde hay sobre una mesa, una botella de Moet&Chandon, unos bombones y dos copas, junto a un gran centro de flores. Aunque la luz es tenue en esa pequeña sala, pero lo suficiente para ver en sus ojos escrita la palabra “lujuria”.

- ¿No querías ir al baño? Aquí está todo mucho más limpito y sin tener que esperar. - me apremia señalando la puerta del fondo.

- Vale, no tardo nada. – digo acercándome al baño.

- El tiempo que necesites. Esta sala la tengo pagada por toda la noche.

El pequeño servicio, cuenta con todo lujo de detalles, incluyendo una pequeña ducha, lo que indica que en esos reservados se hace algo más que escuchar música o hablar de negocios y un pequeño cesto con cosméticos, cremas, geles y maquillaje variado, incluso un par de preservativos que tomo en mi mano pero sonrío al saber que no los necesito, pues Óscar y yo seguimos en nuestro empeño de ser papás.

Me subo el vestido y al pasar mis dedos por mi sexo noto que estoy empapada y en gran parte por culpa de ese chaval que está al otro lado de la puerta. ¡Maldita sea!

Me limpio, aprovechando para aliviar mi vejiga y salgo de nuevo con intención de salir de allí, antes de que mi marido me eche en falta y piense cosas raras… o ¿soy yo la que ve fantasmas?

Al salir veo a David sentado en uno de los sofás sirviendo las dos copas de champagne.

- ¿Qué tal? – me dice cuando aparezco.

- Bien. Ya estoy… podemos bajar cuando quieras.

- Espera, mujer. Tómate una copa antes. ¿Qué prisa hay?

Miro a ese tío allí sentado con su uniforme militar, en el que se ha soltado la americana y está todavía más atrayente. Ese tío bueno, mirándome con descaro, dejándome muda y paralizada, pero un rayo de lucidez me hace decir.

- No, David, mi marido me espera. Seguro que me anda buscando. No creo que le guste que...

- No, tranquila, está con los americanos. Ya sabes lo responsable que es. – contesta, señalando hacia el ventanal que da a la pista.

Al girar mi cara veo perfectamente a Óscar sentado con tres militares mayores, cargados de medallas y charlando amistosamente, riendo las gracias que debe estar soltándoles mi esposo. Se les ve bastante bebidos a todos y esa debe ser la estrategia de David para que firmen ese acuerdo internacional.

- ¿Ves? Sigue ocupado. Tómate una copa, mujer. – añade dándole unas palmadas al sofá a su lado.

- He bebido demasiado, David.

- Este champagne no se sube. Además, así hacemos las paces, porque creo que tú y yo no hemos empezado con buen pie. – me dice levantando una copa y su cara de niño bueno.

- Vale, sólo una. - respondo ante esa tregua que me ofrece.

Me siento junto a ese chico, sin creerme que yo misma haya accedido a seguir vete a saber qué pretensiones, en una sala cerrada al público. Intento bajar mi vestido que muestra demasiado, pero es inútil mi esfuerzo, pues al subirse se ve el refuerzo de mi media, algo que parece encantarle.

David me alcanza una copa y tras brindar, con su mirada clavada en la mía, bebemos, metidos en nuestros pensamientos y es inevitable que mis ojos se dirijan a su entrepierna, algo de lo que ha debido darse cuenta a tenor de su sonrisa.

- ¡Qué bien se ve todo desde aquí! – digo disimulando y girando mi vista hacia el ventanal observando cómo la gente se mueve al ritmo de una salsa.

- ¿Te gusta la sala?

- Sí, está muy bien. Será muy cara. – digo observando a mi alrededor la discreta decoración, pero con lujo.

- ¿Cuánto estarías dispuesta a pagar por ella? Por un módico precio te la dejo una hora para que disfrutes aquí con tu esposo. Podrías aprovechar sin tener que ir al hotel…

Vuelvo a mirar a mi alrededor y pienso en Óscar, en lo que está dilatando nuestro encuentro cuando deberíamos estar en la habitación de nuestro hotel. Desde ahí le observo y le veo enfrascado con los militares americanos.

- No, seguro que me pides mucho. – le digo sonriendo y no sé por qué le estoy siguiendo el juego.

- ¿Qué tal por tus braguitas?

- ¿Cómo dices?

- Si me regalas tus braguitas te dejo la sala por una hora. – suelta con chulería y volviendo a acariciar mi rodilla.

Yo pensaba que David venía en son de paz, pero creo que ha sido un error entrar en esa sala con él. Ni me creo oír lo que me propone. Notar sus dedos jugando en mi rodilla por encima de la media me pone más nerviosa y cachonda. Estoy metida en una sala cerrada con un tío joven y buenorro... estoy tan caliente que no coordino y creo que bastante bebida.

- No creo que sea buena idea. – afirmo negando con la cabeza mientras veo que rellena de nuevo la copa.

- Desde luego, la opción que te propongo es un sitio muy especial, en el que puedes estar con tu marido, disfrutando de una copa y de este sofá tan cómodo... seguro que aquí se hacen maravillas... - añade tocando el cuero del tapizado.

Suena tentador, la verdad, pues estoy tan excitada, que cualquier cosa podría apagar mi calor... pero luego miro a ese chico, que es además el jefe de mi marido y niego con la cabeza, tratando de ser educada.

- Mujer, por el favor y por habernos conocido el día de tu cumpleaños.

- Bueno, el regalo deberías hacérmelo tú a mí, no yo a ti - digo sin saber muy bien lo que sale de mi boca, pues noto que las palabras salen atolondradas.

- Ah, si es por eso, yo te regalo lo que tú me pidas. – contesta sonriente.

- No, déjalo. - respondo al darme cuenta de que él se lo toma por donde no debe.

- Entonces… ¿hay trato?, ¿me regalas tus braguitas?

- No, no puede ser, David. - respondo seria.

- Vale, hagamos una cosa. Si adivino el color de tus braguitas, ¿me las regalas?

- No creo que acertaras… - esta vez no puedo evitar reirme.

- MMmmmm, ¿me pones a prueba? Parece que te divierte la cosa – pregunta acariciando mi pantorrilla y subiendo por mi muslo.

- Creo que es mejor que bajemos. – digo poniéndome de pie bastante alterada.

- ¿Tienes prisa? ¿Miedo de mí? ¿o es que estás cachonda? – me pregunta cuando levantándose inmediatamente frente a mí agarrándome de la cintura y acaricia suavemente mi cadera sin despegar su mirada de mis ojos.

Esta vez no sé por qué, no soy capaz de retirarle esa zarpa y reconozco que estoy demasiado proclive a sus caricias, como para desecharlas. Me gusta sentir ese calor apoyado en mí y es que tiene razón, ¿estoy cachonda con ese tío? ¿Por qué quiero imaginar su cuerpo desnudo...? Uf, llevo demasiado tiempo sin que me toquen, como para ahora no poder sentir calor por todo. Ese tío está tan bueno… yo estoy tan caliente, estamos tan cerca… Joder Óscar, teníamos que haber ido al hotel, ahora ya no soy dueña de mis actos y este chaval me pone como una perra, cuando veo que estamos casi abrazados sin darme cuenta.

- Negras. – dice.

- ¿Qué?

- Tus braguitas, son negras. – afirma.

- No, fallaste. – digo sonriendo.

- Vaya, qué raro.

- ¿Por qué creías estar tan seguro de que eran negras? – digo con mirada desafiante, sabiendo que no son de ningún color, pues no las llevo.

- Porque es el color favorito de Óscar. – dice con esa sonrisa de vencedor.

Me parece inaudito todo lo que sabe de mí, hasta que mi marido diga cuál es color favorito de mis bragas.

- ¿Estás segura de que he fallado? – pregunta muy envalentonado viendo mi apuro.

- Pues sí, porque no llevo. – digo sin pensar.

- ¿No llevas braguitas? - dice con los ojos muy abiertos – ¡no te creo!

En ese momento él se pega a mí y noto su pecho duro en el que se incrustan mis tetas, por no hablar de su bulto que percibo duro a la altura de mi tripa. Creo que el hecho de que sepa que estoy desnuda bajo el vestido le ha encendido aún más. Sus manos me soban el culo por encima del vestido para certificar si digo la verdad. Incomprensiblemente, no le doy un tortazo, ni salgo corriendo de allí, que es lo que debería hacer. Parece que mi comportamiento es una manera de saldar su deuda con él y le permito que compruebe de primera mano que es verdad lo que le digo. Sus manos no dejan de acariciar mis caderas y ostensiblemente mi culo, llegando a amasarlo. ¡Dios, qué me pasa! ¡Me muero de gusto!

- Vaya, veo que es cierto que no llevas nada debajo. Tendré que castigarte- dice como si eso formase parte de un acuerdo no firmado. todo sin dejar de dar un tremendo sobeteo a mi culo que no deja de encenderme más y más.

- Eres un poco depravado, David. - le digo empujándole con mi cadera para que se separe de mí con la poca dignidad que me queda.

- ¿Yo soy depravado? o ¿Tú que has jugado conmigo? Eres tú la perversión andante. Moriría por una noche contigo. - me dice lamiéndose esos carnosos labios.

Ese chico malvado vuelve a juntarse a mí agarrándome por el culo con el mismo descaro, haciendo un sobeteo cada vez más intenso. Esa parte de mi cuerpo es muy sensible a los toqueteos y tanto tiempo sin sexo, me hace más proclive a recibirlas sin rechistar.

- Te recuerdo que soy una mujer casada. - le digo sin que eso parezca frenarle mucho.

- Mmmm, eso me pone más.

- Y soy la esposa de tu subordinado.

- No me incentives más... Carla. - me dice posando sus labios en mi cuello.

- Creo que ya podemos irnos. - le insisto nerviosa queriendo zanjar el tema ahí y empujando su fornido pecho.

De pronto me giro para salir de allí y me sostiene de la muñeca para decirme.

- Espera, Carla tengo que confesarte algo.

- ¿El qué? - pregunto temiendo que puede ser.

- Yo tampoco llevo nada debajo.

Mi vista se dirige a su entrepierna y a continuación, para mi sorpresa, se agarra el paquete y muestra el dibujo de un gran miembro que se forma en relieve bajo su pantalón. Se puede intuir en la forma un gran tronco, coronado por un glande de gran cabeza, gruesa y robusta. Parece realmente enorme y tengo que reconocer que nunca he visto nada igual ¡Está empalmado!

- ¿Quieres ver al natural como está de tiesa? - me pregunta descardado, acariciando la largura de ese miembro aprisionado en su pantalón.

- No, mejor nos vamos. Abre la puerta por favor, David. - digo nerviosa, aunque algo dentro de mí me dice que saque semejante miembro de su prisión, queriendo ver por mí misma lo enorme que es. No he visto nada semejante en vivo, jamás.

- Sería mi regalo de cumpleaños. - añade sin dejar de tocarse.

- No, déjalo, David. Gracias. Vámonos por favor. - respondo sin poder apartar la vista de ese gran tronco.

- Sé que te gustaría verlo y que te vuelven loca las pollas grandes. - me suelta con una sonrisa socarrona.

- ¿Cómo?

- Sí, Óscar me lo dijo. Te encantan las vergotas, así como la mía.

- ¿Qué? Óscar…

- Sí, me contó que alguna vez fantaseáis con eso.

No me puedo creer que mi esposo le haya confesado una cosa como esa. Es cierto que muchas veces hemos hablado de esas fantasías, como la de que a él le gusten las chicas asiáticas, pero esas intimidades se dicen siempre en momentos de alcoba que solo nos pertenecen a nosotros y ahora David lo suelta así… como si tal cosa. Es nuestro gran secreto. Estoy flipando...

- No me mires así, ya te dije que tu marido me lo cuenta todo. - añade el chico volviendo a juntarse a mi cuerpo y a seguir manoseando mi trasero dejándome bloqueada, al sentir de nuevo ese bulto por debajo de mi ombligo.

- No me creo que Óscar te haya dicho tal cosa.

- Tu marido me ha confesado que la tiene pequeñita, que tú misma se la has medido y es de unos 11 de larga y algo estrechita en su máximo apogeo, de unos 9 centímetros de diámetro.

- Eres un cabrón - le digo por su forma chulesca de decirlo, pero estoy alucinada con que sepa tal cosa, pues es totalmente cierta. Mi esposo, al que yo siempre digo que tiene 12 y está en la media, apenas llega a los 11 de largo en su máxima tensión.

- Vamos Carla, estás deseando verla... sé que te gustan grandes.

- No, David.

- La mía mide 22 de largo y un diámetro de 16. - afirma cuando hago ademán de darme la vuelta.

- ¿Perdona? - digo sin poder asimilar tal cosa, que es prácticamente el doble de lo que conozco.

- ¿No me crees?

Me agarra con firmeza por el culo y estoy tan impactada con todo, que no soy capaz de entender lo que me dice e instintivamente me agarro a su cuello, permitiendo sus caricias en mis posaderas que siguen calentándome más. Eso tío me ha puesto como una gata en celo.

- Entonces es verdad eso de que te gustan grandes. - me susurra mordiéndose ligeramente el labio inferior muy cerca de mi cara.

- Sí, pero…

- Vamos, nena, no te avergüences, a mí también me gusta que te gusten. - añade apretando más su pelvis contra mí. - Seguro que te gustaría tener una como esta dentro de ti y no la pollita de tu marido.

Además de chulo y engreído es prepotente y faltón.

- ¡No! Deberías soltarme, David. Esto no es normal- le digo como súplica, pero, no sé por qué, mi cuerpo no quiere que lo haga.

- Ya te dije que te conozco bien y ahora que me confirmas que te gustan los pollones, me pones muy burro.

- Demasiado por lo que veo. - añado mientras noto esa dureza que está entre nuestros cuerpos.

- Ahora te das cuenta de que no miento. ¿Te gustaría verla al natural?

- No, mejor no. Todo esto, me parece increíble. No sé ni que hago aquí contigo.

- Pues ya ves, quizás en otra de vuestras fantasías.

- ¿Cómo? - pregunto confusa.

- Pues bien, preciosa. Tu marido me ha contado ese juego que os traéis de seducción y provocación al personal, creo que especialmente conmigo.

Mis ojos se clavan en los suyos intentando asimilar que le haya contado algo tan nuestro como lo del juego en público.

- No me mires así, preciosa. Lo sé, incluso que hoy también estéis jugando a eso, a seducirme y calentarme.

- Pero… - respondo totalmente descolocada.

- Tranquila, que si el objetivo era encenderme lo has conseguido y con creces. Tú misma lo estás comprobando. - añade en otro golpe de su pelvis contra mi cuerpo.

- Creo que debería irme. Esto no está bien, David. Te lo ruego.– digo empezando a asustarme por todo lo que sabe de mí.

- Tú sigue en tu papel de provocación que eso me tiene loco y complaces a tu esposo.

- ¿Provocación?

- Bueno, tú misma me has dicho que estás desnuda bajo el vestido...

Me asusto, pienso en cómo he acabado ahí y en esta loca situación y le aparto violentamente consiguiendo salir apresuradamente de aquel cuartito a toda prisa, acelerada y excitada, sin creerme que mi marido le haya podido desvelar lo de nuestro juego íntimo de provocar al personal. Bajo las escaleras, dando algún tropiezo por culpa del champagne y los tacones, pero al llegar abajo me encuentro de frente con Óscar.

- Cariño, ¿dónde estabas? - me pregunta él, sorprendido al verme bajar las escaleras tan aprisa.

- Estaba arriba en el baño. - contesto nerviosa.

Todavía no sé cómo me he metido en este lío. Noto mis piernas temblar y estoy todavía más cachonda que cuando entré en esta discoteca.

- Pues he subido varias veces y no te he visto. Allí sólo hay salas privadas - añade él.

- Estaban al fondo. – miento de pronto intentando disimular y notando bajo mi vestido mi coño húmedo e inflamado después de tanto roce con David.

No sé por qué estoy mintiendo a Óscar… parece que le he sido infiel y realmente no, ¿o sí? ¿Qué me pasa?

- Bueno, mira estos son nuestros colegas norteamericanos… - me dice presentándome a tres tipos rubios maduros que me comen con la mirada especialmente mi escote y veo por el rabillo del ojo que Óscar parece feliz por eso.

Les doy dos besos a cada uno y sus miradas son de lo más puercas, pero a estas alturas de la noche es tanta mi calentura que hasta las miradas tan cerdas me parecen excitantes. Me siento súper guarra y todo gracias al bobo de Óscar que me ha llevado a un callejón sin salida, rematado con el cerdo de su jefe que me ha puesto a mil.

Él en cambio vuelve a sonreír victorioso al ver cómo se comen a su mujercita con los ojos, pensando que sólo él podrá tocarme. Lo que no sabe es lo que acaba de ocurrir en ese pequeño cuarto con su colega.

En ese momento aparece David bajando las escaleras y siento una tensión por todo mi cuerpo, como si se adivinara en mis ojos o en mi comportamiento que hemos cometido una tremenda travesura, gracias al arte descarado de ese chico. Me agarro al brazo de mi esposo y David baja sin despegar su vista de mis ojos. Sabe que me tiene sorprendida por su comportamiento y por saber todo ese juego y esas fantasías, pero además no hace falta que adivine lo caliente que me tiene. Mis ojos se van de nuevo a su entrepierna, pero él disimula.

- Mi comandante. Ellos se quieren ir ya. - le dice Óscar a su jefe, mientras el otro no despega su vista de mi trasero que segundos antes acarició.

- Ah, genial. Pero estoy pensando que no sé ir hasta la base americana y a estas horas no habrá taxis por la zona. - comenta David.

- Vaya - responde mi marido dándome la mano, queriendo decir con ese gesto a su alumno que no tiene otro tema pendiente.

- Mira Óscar, si no te importa, podías llevarlos en el coche oficial. Tu chofer es parisino y seguro que sabe llegar. Si voy yo, me pierdo. Ya sabes que soy un poco despistado...

- Pero David, Carla y yo… - interviene mi esposo señalándome mientras yo intento negarle con la cabeza para que no se deje embaucar de nuevo.

- Mira, muy sencillo. Yo me quedo aquí con Carla unos minutos y te esperamos, seguro que no tardas nada. - propone David.

- El cuartel de estos está al otro lado de la ciudad, en las afueras. - insiste mi marido, pero los ojos de su jefe señalan a los americanos, a los que no se les puede dejar tirados.

- Háblales por el camino de ese nuevo software que has preparado. Seguro que flipan- dice el comandante guiñando un ojo a Óscar.

Aprovechando que los americanos ríen entre ellos sin que logre entender qué dicen, el comandante agarra el brazo de mi esposo para apartarle y comentarle.

- Capitán, necesito que firmen y no podemos quedar mal con ellos. Te les he dejado a huevo. Solo te falta el remate y eso lo dominas. - le comenta a Óscar pasándole la mano por el hombro liándole a todas luces mientras los americanos sonríen y me miran con descaro. Me siento desnuda y ahora que David sabe que no hay nada bajo el vestido, aún más.

Mi marido me mira y luego a su jefe. Está claro que es una orden, más que un consejo. Óscar observa mi reacción sin saber qué hacer. Entiendo que quiere complacer a esos americanos, que hay mucho en juego, además mi esposo no puede desobedecer una orden… nunca lo haría y soy yo la que le quiere quitar de la cabeza la idea.

- No, Óscar. Vámonos al hotel. Veníamos a tomar una copa... - le susurro al oído.

- Cariño, quédate con el comandante y yo vengo en media hora.

- Pero no me puedes dejar sola. - digo ya en voz alta.

- No estás sola, yo te cuido. Además, no tarda nada, ya verás. - responde el descarado joven con su sonrisa burlona y avanza delante con los americanos para acompañarlos a la salida.

En un momento le dice algo a uno de ellos al oído que se vuelve, escrutando todo mi cuerpo y a continuación ambos ríen a carcajadas. No sé lo que ha podido decir, pero está claro que es referente a mí. A saber, qué guarrada se han contado ambos sobre mí cuerpo o lo que haría con él.

- No quiero que te vayas, Óscar. - ruego con todas mis ganas a mi marido reteniéndole del brazo.

- Pero mujer, ¿qué te pasa? No tardo nada, amor, ya verás - me dice él levantando las cejas como si no tuviera remedio.

No entiendo cómo Óscar se ha metido en este lío y de paso me ha liado a mí. Se me acerca, me da un tierno beso y me susurra al oído.

- Amor, tómate una copa a mi salud y pon un poco más cachondo a ese mamón, así te calientas tú y cuando yo vuelva te echo el polvo del siglo. Te lo prometo.

- Cariño... ¿Y me dejas a solas con él?

- Sé que le tienes controlado y a tope. Que disfrute de tus atributos o se los imagine. Sólo vas a calentarle, ¿recuerdas?

- Pero Óscar...

- Me encanta verle así de sometido a tus artes, cariño. No hay más que ver cómo te mira como un perrito deseando comerte, me encanta sentir esa sensación de poder con él, que sueñe contigo de esa manera y en cambio se va a quedar con ese calentón y seré yo el que disfrute de este cuerpo. - añade acariciando mis caderas.

- Por favor, Óscar, ¿no puedes darles una excusa e irnos al hotel? - insisto pegando mi cuerpo al suyo y sacándole de la cabeza esa obsesión suya por jugar a provocar continuamente a los demás con mi cuerpo. Esto ya no tiene gracia y me provoca un miedo atroz.

- Tu ponle cachondo y luego nos reímos en el hotel cuando le dejes con una tremenda empalmada.

Por mucho que tiro de su brazo y por mucho que le miro con cara de ruego, él me sonríe y me da otro beso tierno en la frente, mientras yo pienso en cómo su jefe me ha sobado el culo en aquel reservado

- Vete tranquilo, Óscar, yo cuido personalmente de tu linda esposa. - añade David acercándose a mí y agarrando mi cintura con un descaro total frente a mi marido que lejos de mosquearse, al contrario, parece estar disfrutando de la situación, que a mí me parece ridícula y tan fuera de control, que no sé a dónde me puede llevar.

El joven comandante tira de mi mano mientras veo desaparecer a los americanos acompañados por mi marido y yo grito por dentro “Óscar no me dejes sola con este...”

Continuará...

Sylke